La nueva marca de La suerte sonríe a los audaces

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lunes, 14 de noviembre de 2016

Donald Trump y las lecciones de un nuevo mundo














No voy a decir que esperaba la victoria de Trump porque de hecho pensaba que Hilary tenía alguna posibilidad más de ganar (aunque no muchas más), pero tampoco la descartaba en absoluto. Llevamos ya varias elecciones en distintas partes del mundo en las que las encuestas han fallado cuando se trata de elegir entre dos posiciones y una de ellas es fuertemente rechazada por los medios (o bien la otra masivamente apoyada).
Si hay dos posiciones y una de ellas es la considerada propia de gente inculta, estúpida, racista, xenófoba, etc. Y resulta que las encuestas no dan un resultado indudable, más vale que tengamos cautela porque ante esa presión social es muy probable que la gente esté ocultando su voto a esa opción “incorrecta” a ojos de la opinión pública. O quizá es que la gente se enfada ante una propaganda que les puede resultar insultante si se han planteado alguna vez votar esa opción y eso potencia a una reacción a la contra. No lo sé, la cuestión es que cuando hay posibilidades de que gane la opción mediáticamente vilipendiada, al final gana.

Donald Trump ha ganado estas elecciones teniendo menos votos que su rival y también menos votos que el derrotado republicano de 2012 Mitt Romney. No es que sea un gran resultado individual, pero Hilary perdió 5 millones de votos demócratas y eso es lo que ha llevado a Trump a la casa Blanca. Hilary era una mala candidata, vista como ambiciosa, cínica y poco fiable por muchos americanos y esa es probablemente la causa principal de lo que ha pasado. Muchos dicen ahora, a toro pasado, que el senador Sanders hubiese podido ganar a Trump. Yo la verdad es que no lo veo, creo que si bien Sanders podría haber movilizado más voto joven y obrero quizá hubiese perdido todo el voto de “demócratas conservadores” que Hilary si ha recibido.
Al final que Clinton perdiese votos o que los ganase Trump no creo que cambie el fondo de la cuestión, que es el hartazgo de muchos americanos con un statu quo que consideran perjudicial y dañino para ellos, y con un establishment que consideran que los engaña y solo mira para sus intereses de clase o lobby.

Se han dado básicamente dos interpretaciones a la victoria de Trump. La primera, la que defienden los medios hegemónicos y tradicionales, es que es una victoria de la xenofobia y de una especie de proto-fascismo. Esta visión es sesgada y parcialmente falsa, pero también tiene parte de verdad. A Trump se le ha votado en los estados más conservadores y también toda esa gente que rechaza la inmigración o el multiculturalismo.
La otra visión, defendida por algunos analistas, es que Trump ha ganado gracias a un voto anti-establishment de gente que ha visto su nivel de vida hundido a consecuencia del neoliberalismo y la globalización. Se basan en que Trump ha ganado en estados tradicionalmente demócratas e industriales como Wisconsin, Michigan u Ohio. Esta visión también es parcialmente cierta, mucha gente ha apostado por el proteccionismo de Trump y/o ha castigado a los demócratas por venderles una visión de éxito económico que no se correspondía con su realidad.
En realidad Trump ha conseguido votos de varios grupos heterogéneos y en eso se edifica su victoria. Igual que vendía proteccionismo y paternalismo vendía una América sin inmigración ilegal y bajos impuestos, y además de todo eso vendía muchas más ideas: De hombre hecho a sí mismo que se pagaba la campaña electoral con su dinero, de opositor a los “burócratas” de Washington, de “keynesiano” que quiere hacer un gran programa de obras públicas, etc. Al final, el factor que cohesionaba a los votantes de Trump era un rechazo a la América actual, la América de Obama con todas sus realidades, sean responsabilidad del presidente saliente o no.

La victoria de Trump, por ajustada y confusa que sea, y por mucho que Trump no sea totalmente alguien de la alt-right, creo que nos lleva a un punto en que debemos hacer una completa reflexión sobre las décadas anteriores y sobre las alternativas que le estamos ofreciendo a la gente. Trump puede ser el primero de muchos y, sobre todo y por muy limitados que tenga sus poderes, puede representar el principio del fin de la era neoliberal.
Desde hace décadas pero sobre todo desde la caída del comunismo nuestras sociedades han desarrollado un relato social y político determinado: La democracia representativa y de libre mercado era sacralizada como el súmmum y la más perfecta de las estructuras sociales, el libre comercio y la desregulación era la religión económica, la inmigración y la multiculturalidad bases esenciales de nuestras sociedades, etc. Todo esto bañado de cierta cultura posmoderna, pasiva y relativista.
Quien osó rebatir estos principios durante los años pasados fue vilipendiado. Quienes dudaban del libre comercio eran tratados como ignorantes económicos, quienes hablaban de los efectos negativos de la inmigración catalogados de racistas o fascistas, quienes han osado poner en duda la superioridad o perfección de la democracia representativa tratados de totalitarios. Se generó un relato único que sólo permitía unos estrechos márgenes de movimiento, y la mayoría de gente aceptó los nuevos cánones de una u otra manera, desarrollándose una espiral de silencio. Y quienes no lo hicieron acabaron moviéndose en círculos cerrados, en grupúsculos donde el rechazo al dogma social se acababa convirtiendo en teorías de la conspiración de toda índole, que enlazaban con el pasado de forma más o menos peligrosa y que ha acabado explotando de la manera que vemos hoy día.

Yo creo que todos somos en parte culpables de esta situación, y lo digo personalmente pero sobre todo a nivel del grupal o de partido político. Hoy deberíamos preguntarnos si hemos hecho lo correcto cuando a todas aquellas personas que eran recelosas con la inmigración las hemos calificado de xenófobos. Eran personas que veían sus barrios degradados e inseguros o personas que vivían cómo los sueldos de sus sectores eran reducidos gracias a la oferta de mucha mano de obra inmigrante, y la única respuesta que se les ha dado era la negación de esa realidad o directamente la acusación personal.
Desde hace muchos años me encuentro estas situaciones, gente que en confianza te reconocía ese rechazo a la inmigración porque afectaba directamente a sus vidas y que, ante el rechazo y el silencio al que se veían sometidos, entraban en esa conspiranoia y se acababan convirtiendo en claros xenófobos. Estoy convencido que si a esta gente no les hubiésemos negado la realidad que ellos mismos vivían y se les hubiese explicado que los inmigrantes no eran culpables sino víctimas de la misma estructura que ellos, hoy esa gente quizá rechazaría la inmigración como fenómeno pero no a los inmigrantes.
Sin embargo fuimos cobardes. Quizá porque temimos que nos acusasen de racistas o porque no nos sentimos capaces de explicar que obviamente la inmigración creaba problemas en los trabajadores de menor formación, en los peores barrios y ocasionaba trastornos en el estado del bienestar, pero que eso no era culpa de los inmigrantes sino de una realidad económica determinada que necesitaba bajar los costes para competir con otros países. O quizá es culpa de que nosotros, con nuestros trabajos de cuello blanco o situaciones ajenas a esa problemática, no fuimos lo suficientemente empáticos para entender a esa gente. Sea como fuere era más fácil no nombrar el problema, no fuese que potenciásemos a la extrema derecha aceptando colateralmente parte de su discurso. Y por ese silencio muchos han visto en los partidos de derecha dura a los únicos que hablan de la realidad que ven todos los días.

Algo parecido ha pasado y todavía pasa con los discursos económicamente proteccionistas. No dejo de encontrarme gentes de todo tipo, trabajadores y empresarios, que me hablan del hundimiento de sus sectores a causa de la competencia de países de bajo coste, fundamentalmente asiática. Yo soy de una región donde actividades como el mueble, el juguete, el calzado, la cerámica, etc. Eran muy potentes hace pocas décadas, así que entenderéis que he tenido centenares de conversaciones en este sentido. Desde hace mucho tiempo la mayoría de la producción en muchos de estos sectores se hace total o parcialmente en Asia y eso ha tenido una influencia obvia en los trabajos, salarios y beneficios.
¿Cuál es la respuesta que encuentra esta gente ante ese problema? Que el proteccionismo es malo, que es algo cavernícola y casi propio de Corea del Norte, que el libre comercio genera mucha riqueza, etc. etc. ¿Soluciones? Para las empresas que se genere valor añadido, algo que intentan todas las empresas pero que desgraciadamente consiguen muy pocas en cantidad suficiente para compensar esta degradación industrial; y para los trabajadores que se formen, no sé sabe muy bien cómo ni en qué.
Las soluciones para estos “perdedores de la globalización” son generalidades sin concreción, pero los problemas sí son realidades concretas. Y no puede ser, no se puede decir a la gente que su añoranza por otras épocas o situaciones es mala pero ser incapaz de darles una alternativa razonable y relativamente rápida. Luego abrazan el proteccionismo y es normal ¿qué alternativa tienen?

No hay idea y estructura que dure para siempre y mucho menos en un mundo tan dinámico como el nuestro. Era evidente que la era neoliberal no iba a durar eternamente (por mucho que algunos abrazasen aquello del fin de la historia), el problema es que no hay alternativa alguna preparada para esa eventualidad más allá de la vuelta al pasado, que es básicamente lo que propone Trump, Le Pen u otros. Quizá nada de esto hubiese pasado si en 2008 se hubiese planteado una alternativa que se focalizase en los problemas creados por la globalización, lo que pasa es que si vivíamos en un mundo edulcorado donde se silenciaban los problemas ¿quién demonios iba a plantear una alternativa?
Quizá se perdió la oportunidad, aunque tampoco hemos generado nada auténticamente nuevo en estos años siguientes. Hay retales, ideas sueltas sobre rentas básicas, empleo verde, cómo enfrentarse a la robotización, economía colaborativa, etc. Cosas que son dejadas en el cajón a las primeras de cambio para abrazar teorías tradicionales más fáciles de vender y que en el fondo demuestran lo perdidos que están nuestros líderes sobre las alternativas.

Mientras no se generen alternativas coherentes parece claro que el mundo va a caminar hacia la desglobalización y cierto proteccionismo como reacción a los problemas generados y hasta hoy ignorados. Y a la vista de los acontecimientos me temo que este camino va a ser conducido por la alt-right o la far-right, y no por su mérito sino por tantas cosas que se han ignorado durante tanto tiempo. Es nuestra culpa, pero nuestra reacción sigue siendo la negación y llamar xenófobo y populista a todo el mundo, que es precisamente lo que nos ha llevado hasta aquí.

viernes, 28 de octubre de 2016

La subversión















Si miramos al pasado, a hace escasamente diez años, recordaremos cómo la política estaba estructurada bajo unos pilares fáciles, cómodos. Teníamos periodistas “progresistas”, generalmente alineados con el PSOE y fácilmente identificables, igual que los medios donde escribían (siendo EL PAIS el de referencia). También había periodistas conservadores “moderados”, próximos al PP pero intentando mantener cierta distancia profesional, y luego teníamos a una serie de extremistas derechistas que, convencidos o forzando el personaje, se encontraban en una minoría de medios generalmente residuales con la excepción de la cadena COPE.
A pesar de que la existencia de ese tercer grupo era una degeneración reciente en aquel momento, la estructura era adecuada para la generación de identidades políticas y la previsibilidad informativa dual. Los medios y periodistas progresistas solían defender las libertades públicas y personales, ser tolerantes y más abiertos con las minorías políticas, defender los derechos sociales y una visión “progresista” del mundo. Los conservadores lógicamente eran más reacios a estas cosas, se aferraban más a la tradición y desconfiaban de las novedades políticas y sociales. El tercer grupo servía directamente para reírnos de sus disparates.
Hoy día toda esta estructura ha desaparecido. Casi todos esos periodistas de referencia que se consideraban altavoz de las ideas progresistas han transmutado en una especie de imitación civilizada de ese tercer grupo de exaltados, acaso cambiando de víctima. Hoy nuestros “progresistas” tratan a Podemos con el mismo desprecio y agresividad que Losantos o García Serrano trataban a Zapatero y al PSOE hace diez años, hoy el disparate conspiranoico y fatalista que considerábamos ridículo entonces se puede leer en las páginas de EL PAÍS escrito por los mismos que considerábamos referentes progresistas. Los conservadores también se han subido mayoritariamente a ese carro y los exaltados han sido sustituidos por una especie aún peor, los amarillistas amorales, salidos de la escuela de Pedro J. Ramírez y evolucionados hasta el goebbelianismo de Eduardo Inda.

La uniformidad en el rechazo al nuevo partido lleva parejo el aplauso a esta coalición de intereses que finalmente va a investir a Mariano Rajoy y una visión de sociedad donde Podemos y sus aliados (o incluso quienes los toleran como actor político legítimo) deben ser marginados de la gobernación del país y de su estructura futura. Esta idea política, al final, no deja de ser una defensa cerrada del establishment como estamos viendo en otros muchos países, un establishment que se antagoniza y cierra ante cualquier propuesta de modificación sustancial del mismo y que pretende crear su base moral exprimiendo la hegemonía de ideas existente y que favorecen sus intereses.
Más allá de la demonización de Podemos, Pedro Sánchez o los nacionalistas, lo verdaderamente relevante es la sacralización permanente y exagerada de los mitos de nuestro sistema político, que enraízan en la transición, y el aleccionamiento social aprovechando los tics de la moral posmoderna. Se está creando (o mejor dicho, rescatando) ciertas ideas preexistentes sobre el respeto a la ley, el orden, la “estabilidad”, la sacralización de la democracia representativa o la inevitabilidad de ciertas políticas (“no hay alternativa”, “el fin de la historia”). A nivel más primario, se está promocionando la teoría de inmovilismo político más vieja del mundo, el miedo a lo desconocido, algo especialmente eficiente en un país en vías de envejecimiento como el nuestro.

Esta situación la podemos ver en el tratamiento de dos protestas que hemos visto estos últimos días. La primera fue el “boicot” del acto de Felipe González y Juan Luis Cebrián en la universidad autónoma de Madrid, boicot promocionado por el grupo libertario Federación Estudiantil Libertaria (FEL), que fue considerado por la prensa un acto “fascista” y “totalitario” que atacaba la libertad de expresión y que, además, se empeñaron en relacionar con Podemos y con Pablo Iglesias, al que consideraron una especie de “autor intelectual” del acto.
Protestas universitarias como estas ha habido siempre. La sufrió Rosa Díez hace unos años, también Felipe González en 1993 y las han sufrido muchas personalidades en grados de agresividad diversos. No es algo exclusivamente español, pasa en todos los países (sin ir más lejos recuerdo esta protesta en la City University of New York donde hubo estudiantes detenidos por intentar boicotear conferencias de David Petraeus, exdirector de la CIA) y es algo normal, forma parte de la realidad hace décadas. Se puede no estar de acuerdo, lo que no se puede hacer es considerar la protesta una prueba del riesgo de totalitarismo que se avecina. Eso es, simplemente, asustar a la gente y tomarla por idiota.
La segunda es la protesta convocada enfrente del congreso por la coordinadora 25-S para denunciar “el golpe de la mafia”, en referencia al golpe interno en el PSOE que ha permitido la investidura de Mariano Rajoy. En base a que está prohibido manifestarse en frente del congreso cuando la manifestación altere “su normal funcionamiento”, nuestra prensa y opinólogos orgánicos varios están tratando a los manifestantes casi de golpistas y de querer destruir la democracia representativa sustituyéndola por la coacción callejera.
Este es uno de los mensajes más peligrosos que se están dando. Distintos políticos del PP, PSOE y C’s han argumentado que las movilizaciones y protestas callejeras no son “democracia”, sino coacción populista al servicio de no sé qué voluntades anti-democráticas. El argumento es tan indecente, absurdo y peligroso que cualquiera que conozca mínimamente la historia de los dos últimos siglos no puede hacer otra cosa que llevarse las manos a la cabeza. La protesta y la manifestación es una de las libertades básicas imprescindibles en cualquier democracia, el intento de cambiar las cosas mediante la presión “callejera” es consustancial a la democracia. No entender esto debería hacernos dudar de la capacidad de cualquier político. Poner la legitimidad de este derecho en duda es precisamente lo que pone en peligro la democracia y no al revés.

Que los políticos crean argumentaciones convenencieras a sus intereses lo sabemos y que la prensa escrita puede responder a intereses espurios también. Que se use el miedo para mantener un estado de las cosas tampoco es nada nuevo. El problema es que la ciudadanía se está dejando enredar por este tipo de argumentaciones y se convierta en defensora activa de las tesis que se usan desde el poder y el establishment para su propio interés y auto-protección.
Estos últimos días he estado defendiendo en persona (y también en Twitter) tanto la infamia de tratar de “fascistas” y “totalitarios” a los protestantes de la autónoma como el derecho de manifestación de la coordinadora 25-S. No es cuestión de estar de acuerdo con los fondos de las protestas, yo no creo que el golpe interno del PSOE sea equiparable a un golpe de estado (Mariano Rajoy iba a acabar gobernando igual) ni simpatizo con los boicots, la cuestión es defender que el derecho de manifestación, como el de expresión, es básico, y  tan sólo en circunstancias muy justificadas puede ser limitado, y que en cualquier caso hay que ser proporcional y justo en las críticas, sin frivolizaciones peligrosas como llamar “fascista” a un estudiante que protesta ni caer en disparates prohibicionistas.
Pues bien, al calor de la hegemonía de pensamiento actual, pasivo, infantil y acomodaticio con los dogmas enseñados, mis interlocutores prácticamente me acusaban de simpatizar con los violentos y con las teorías que quieren acabar con la democracia representativa, algo que confirmaron cuando me hicieron la capciosa pregunta de si era partidario de incumplir la ley. “Si una ley que es injusta, sí” respondí, respuesta genérica que creo que daría cualquier persona que no se considere a si mismo una Oveja pero que para ellos fue escandalosa y anti-democrática….Hasta eso hemos llegado, a que la aceptación como “normal” de hechos que son normales y la defensa de derechos que deben ser preferentemente defendidos se convierta, tirabuzón propagandístico mediante, en un colaboracionismo antidemocrático.

Lamentablemente tengo que contaros un terrible secreto…En mundo es complicado. Sí, lo siento, no existe el sistema perfecto donde no existan problemas sociales ni existen unos procedimientos cristalinos y perfectamente democráticos para solucionar esos problemas. Revelaré otro secreto so pena de destruir la ilusión del lector: La ley no es siempre justa, ni perfecta ni convierte a sus obedientes seguidores en mejores que quienes incumplen leyes cuestionables o injustas, quizá sea incluso al revés. Existen conflictos continuos y constantes entre las leyes, la ética y la moral socialmente aceptada, hay leyes que son absurdas, injustas o limitadoras de las libertades. Quien crea que incumplir alguna ley en un estado democrático es no ser demócrata y aplique este concepto como ley general es que es un idiota, con perdón.
Las sociedades democráticas están sometidas constantemente a intentos de sus élites para legislar en su beneficio, a conflictos entre derechos, a conflictos entre poderes del estado, degradaciones y degeneraciones de estados democráticos que acaban violando las legitimidades y morales democráticas, eso sí de forma escrupulosamente legal ¿Era legal el impeachment a Rouseff? Sí, lo era ¿Era legítimo? No. Imaginad que a Bill Clinton le hubiesen destituido de presidente de los EEUU por acostarse con una becaria ¿cabe en la cabeza de alguien que eso cumpla el mandato democrático o sea democráticamente legítimo? Equiparar legalidad con legitimidad y la ley vigente en una democracia con la moral democrática que debería estar presente en todas las leyes (pero que no está), es no tener ni idea de cómo funciona la realidad y vivir en un wishful thinking fantasioso.

La realidad es que el mundo es un lugar peligroso, el mundo es inseguro, las cosas no son permanentes y las realidades que consideramos sólidas se nos diluyen entre las manos en cuanto nos despistamos. Las democracias tienen huelgas salvajes, tienen manifestaciones con heridos, tienen conflictos entre poderes y los dirigentes obvian la voluntad y el mandato popular habitualmente si no se les controla. Es una incómoda putada pero es así. Precisamente por eso es fundamental permitir esas incómodas huelgas y manifestaciones, que provocan perjuicios, coaccionan a gente y rompen mobiliario urbano, porque son las que efectivamente ejercen un contrapeso necesario que evita el abuso de quien tiene el poder. Y que yo sepa no se ha encontrado aún un sistema de contrapesos que funcione mejor que este.
Sí, sé que desearíamos que los contrapoderes se ejerciesen escribiendo en twitter o tocando una batucada en la plaza del pueblo, y que mágicamente los gobernantes rectificasen, las empresas retirasen los ERE’s y lloviese donde hay sequía, pero eso es un pensamiento mágico e infantil y no va a suceder. No es que la violencia solucione las cosas ni mucho menos (muchas veces genera más violencia), pero el horrorizarse ante el más mínimo acto incómodo o que genere damnificados es hacerle el juego a quienes ocupan el poder y eventualmente pueden abusar de él, protegidos por las leyes que luego juzgamos de forma mucho más benevolente. Criminalizar al pobre desgraciado que aporrea una puerta en una conferencia mientras se es tibio ante el poderoso que se hace un traje legal a medida me parece moralmente obsceno.

No distan mucho aquellas épocas donde quienes se manifestaban, protestaban o escribían cosas incómodas eran tachados de subversivos. Yo, por lo visto y ante cierto pensamiento débil y biempensante de algunas personas, debo ser parte de esa subversión, como parece que lo es cualquiera que ponga en duda la criminalización de los protestantes contra el actual estado de las cosas.
También fueron subversivos muchos de los que hoy acusan de subversivos a los demás, pero esos hoy son poder, son establishment. Lo entiendo, lo que no entiendo es cuando la acusación la hace el pobre desgraciado sin darse cuenta que están jugando con él como una pelotita. Mañana se indignará cuando se lo hagan a él, cuando sus quejas, protestas y convicciones sean criminalizadas por no cumplir los exquisitos cánones de los biempensantes. Y lo siento, pero entonces será tarde, al menos para él.

lunes, 24 de octubre de 2016

El PSOE en su pacto de Múnich














Fue Josep Borrell quien comparó la abstención del PSOE en la sesión de investidura con el pacto de Múnich de 1938 entre Reino Unido, Francia y Alemania, pacto que se hizo para evitar una guerra en Europa que 11 meses después acabaría estallando igual y en peores condiciones para las potencias aliadas. La comparación me pareció tan brillante que se la tomo prestada al señor Borrell para iniciar este texto.

Mucho se ha hablado ya de la abstención del PSOE, quizá demasiado. Desde el golpe interno contra Pedro Sánchez estaba claro que el PSOE o al menos parte de él iba a abstenerse para facilitar la investidura de Mariano Rajoy, así que lo que pasase en el comité federal del partido era poco relevante y esta sobre cobertura informativa parecía casi un macabro baile ritual alrededor del cadáver del muerto.
Los abstencionistas tenían mayoría para sacar adelante su idea, pero es que incluso si se hubiese acordado votar NO en el comité federal probablemente Rajoy habría sido investido igualmente. Se hubiese acabado absteniendo diputados de alguna federación o hubiesen aparecido once “sacrificados” por la causa, pero pensar que después de lo organizado se iban a conformar con un NO era absurdo. De hecho, y digo esto sin ninguna prueba, mi sensación es que no se organiza una rebelión interna como la del PSOE sin tener claro que con eso se van a evitar elecciones, lo que implicaría necesariamente que el movimiento estaba por lo menos hablado con el PP y con Mariano Rajoy, y digo hablado por no decir acordado.
Lo único que me sorprende de la decisión del comité federal es no haber permitido cierta libertad de voto de los diputados que preferían el NO. El hacer pasar por el aro de la obediencia a los diputados proclives al NO es tensionar aún más las costuras en un partido roto y tiene tan poca inteligencia estratégica que solo se entiende si es por algún tipo de venganza o golpe de autoridad mal entendido, como si quisiesen humillar a los derrotados.

El problema de esta abstención no es ya la abstención en sí, son las (no) condiciones de la misma y las argumentaciones falaces sobre las que se edifica. En un sistema parlamentario normal nada impide que un partido socialdemócrata (o social-liberal) pacte un partido conservador, y por tanto ese hecho per se no me parece condenable. Si el partido conservador, en cambio, está plagado de casos de corrupción y éstos han sobrepasado en varios grados la barrera de lo tolerable, la cosa ya es más grave.
Pero es que además el segundo partido de una cámara no puede regalar un apoyo a una investidura, es algo sin precedentes. Un partido regional o un pequeño partido pueden dar un apoyo o una abstención sin contraprestaciones en una investidura porque se entiende que su posición no es rectora o que están allí por objetivos concretos. Pero un gran partido, el segundo de la cámara, no puede comportarse como un grupo de cinco diputados porque en su esencia está el aplicar su programa y sus políticas. Un gran partido puede apoyar a otro, pero nunca gratis y siempre consiguiendo concesiones programáticas, de personas o ambas. No hacerlo es minimizarse a sí mismo.
Para negar esa evidencia el PSOE vende que tendrá una posición decisiva en el parlamento y que desde el mismo se podrán cambiar las políticas de la pasada legislatura, pero eso es falso. Para empezar, nuestro sistema político está hecho para que el legislativo no pueda condicionar al ejecutivo, tan solo puede limitarlo en la legislación. Nos hablan de hacer leyes desde el parlamento, pero las proposiciones de ley pueden ser “vetadas” por el gobierno si éstas tienen partida presupuestaria acogiéndose a que contradicen los presupuestos. El parlamento no podrá legislar nada contra el gobierno que implique gastar un euro de más.
Pero es que además la única herramienta coactiva que tienen los grupos parlamentarios sobre el gobierno es la moción de censura, y para ella el parlamento tendría que apoyar mayoritariamente a un candidato único. Si los partidos no han sido capaces de ponerse de acuerdo para investir a un candidato distinto a Mariano Rajoy ¿cómo van a hacerlo para apoyar al candidato de la moción de censura? Es casi imposible. Sin esa amenaza real, Rajoy puede ignorar al parlamento todo lo que quiera. Recordemos que Rajoy es ante todo con conservador, la parálisis no es algo que le vaya a preocupar lo más mínimo.
Al final la realidad es la contraria a la que nos venden. No es el parlamento el que puede coaccionar al gobierno, es el gobierno quien va a poder coaccionar al parlamento porque es quien tiene todos los incentivos para hacerlo. Unas elecciones beneficiarían al PP, así que los principales interesados en evitarlas son C’s y sobre todo el PSOE. Rajoy puede presentar presupuestos o leyes al parlamento y amenazar con disolver las cortes si no son aprobadas, y los partidos tendrán que decidir si vetarlos e ir a unas elecciones que los destrozaría o bien pasar por el aro y aprobarlos, con su consiguiente desgaste. Rajoy va a poder chantajear al parlamento cuanto quiera, al menos mientras PSOE y C’s tengan tan malas perspectivas electorales como las tienen hoy.

Siendo esta la situación todo indica que entramos en una legislatura corta que será de transición. Después del 20-D todos pensamos que España entraría en una nueva era de parlamentarismo, donde los equilibrios y el pacto serían la norma. Pero después de lo acontecido todo apunta a que vamos a una nueva época con un bipartidismo de nuevo cuño, y probablemente con un partido dominante.
No parece probable que el PP se comporte con magnanimidad ante sus aliados forzados de PSOE y C’s. Un partido como el PP, tan aislado y con tan poca tendencia a la cesión y al pacto, probablemente acabará con la legislatura en el momento vea que puede finiquitar a estos dos partidos. Sólo la conocida tendencia al inmovilismo de Rajoy deja abierta la posibilidad de que no sea así. Por otro lado Podemos no va a perder ocasión de señalar al PSOE como verdadero responsable de que el PP gobierne (de hecho lo será), y a cada cesión de éste ante el PP le atacarán. La situación del PSOE va a ser terrible, apresado entre dos frentes y desangrándose continuamente por uno de los dos lados.
Por otro lado C’s ha perdido su razón existencial después de todos los bandazos que ha dado desde enero. Primero pactó con el PSOE para disgusto de parte de su electorado, y en parte lo pagó en las elecciones de Junio. Luego acabó aceptando a Rajoy después de negar sistemáticamente que fuesen a hacerlo, y entremedias acabó entregando la presidencia del congreso al PP cuando siempre habían dicho que no debía tenerla el mismo partido del gobierno. C’s se ha comprometido tanto con el PP y el PSOE y con esta visión de la “gobernabilidad” que es un partido que, ahora mismo, no tiene función ni capacidad de influencia ninguna.
Cuando lleguen unas nuevas elecciones, que serán más pronto que tarde, es muy posible que PSOE y C’s acaben cediendo parte importante de su voto, el primero a Podemos, el segundo al PP y ambos a la abstención. Y nuestro sistema electoral hacer perder muchos escaños con descensos no muy grandes de voto. El PSOE puede acabar siendo un partido secundario y C’s directamente marginal.

Tengo que reconocer que este escenario no me gusta, porque genera una dualidad entre el PP y sus “toleradores”, por un lado, y Podemos por el otro. Al final parte importante de lo que ha pasado es porque C’s prefiere mil veces antes al PP que mezclarse con Podemos y el sector abstencionista del PSOE básicamente también, y esto no es desconocido para el electorado. La coalición de interés que va a investir a Rajoy va a acabar representando el establishment, la “moderación” o lo “tradicional”, y enfrente se va a situar Podemos como la negación o la ruptura con todo lo anterior.
Falta saber cómo va a actuar Podemos en estas circunstancias, y tiene dos opciones. Puede optar por la vía de Errejón, que sería intentar atraer a toda el ala socialdemócrata del PSOE y a sus votantes mediante un discurso transversal y una posición más moderada, u optar por la vía de Iglesias, que sería volver a los orígenes, a conceptualizar a todos sus adversarios como “la casta” y a enfatizar un discurso de resistencia y rebeldía.
Por atractiva y cómoda que parezca la segunda opción (el PSOE se la ha dejado “a huevo”), estratégicamente creo que sería más inteligente la primera, que podría poner en riesgo la alianza con IU pero situaría a Podemos como fuerza claramente dominadora de la izquierda. Sin embargo me temo que Podemos optará por la segunda y esto creará un problema adicional, un enorme gap entre ese Podemos rebelde y rupturista y esa coalición de intereses en torno a la “gobernabilidad”. Y lamentablemente ese gap coindice con la posición política en que más españoles se encuentran, el centro-izquierda.
Quizá haya quienes, en Podemos, disfruten con este futuro escenario de dualización, pero eso es dejarse llevar por las peores tendencias y ensoñaciones de la izquierda. Esta dualización no iba a traer el gobierno de España en cuatro años, al contrario, lo que llevaría es a un dominio de las fuerzas conservadoras en España por un larguísimo periodo. En España hay un porcentaje importante de la población que está aterrado por la visión de que Podemos llegue al gobierno, porcentaje activo electoralmente y que ha demostrado que prefiere que le roben, empobrezcan y engañen antes del apocalipsis podemita. Esas personas son víctimas de las teorías del miedo que usan los políticos sin nada más que ofrecer, pero eso no puede llevar a ignorar su existencia ni pensar que de golpe van a cambiar de opinión.

Cuando pasen los años analizaremos con perspectiva lo que ha pasado durante este 2016 y cómo Mariano Rajoy ha hecho suicidarse a sus rivales sin mover un dedo, generando un escenario donde el PP más corrupto y desesperanzador de la historia se ha posicionado como la gran fuerza dominante para el futuro próximo. Parece la obra de un genio, pero creo firmemente que le ha salido bien por casualidad y por los errores de sus rivales. El PP en un sistema multipartidista hubiese perdido la centralidad política, siendo el antagonista de Podemos puede mantener cautivo al país por largos años.
Para un parlamentarista convencido como soy yo este escenario es muy incómodo, estar sometido a la elección de bandos aparentemente irreconciliables en base a emociones primarias como el miedo o la rabia no trae nada bueno a una sociedad. Todavía quiero confiar en el buen juicio de Podemos a la hora de elegir su estrategia o en que alguien ocupe ese espacio de centro-izquierda que el moribundo PSOE no va ya a poder ocupar con credibilidad.

miércoles, 28 de septiembre de 2016

Réquiem anticipado por Pedro Sánchez
















Pedro Sánchez lleva resistiendo mucho tiempo presiones inaguantables que ninguno de sus predecesores ha soportado. Ni el Felipe de los GAL y la corrupción ni el Zapatero del inicio de la crisis económica sufrieron jamás una presión ni desafección similar, ni interna ni por parte de la prensa. Pedro Sánchez no tiene aliados mediáticos, toda la prensa escrita sin excepción le critica sus decisiones y, además, tiene barones territoriales abiertamente enfrentados a su gestión.
Pero después de las elecciones de Euskadi y Galicia la presión y la rebelión han llegado a tal punto que Pedro no va a poder resistir. A pesar de que el secretario general está decidido a resistir, parece que se está gestando un golpe interno que lo va a desplazar de la dirección o, al menos, le va a obligar a dimitir. A pesar de que los ciudadanos ven con cierto estupor la situación, a nivel mediático y político Pedro Sánchez es hoy el hombre más vilipendiado del país.

La catalización de la rebelión por los resultados autonómicos no deja de ser una pantomima indecorosa. Se carga sobre Sánchez la responsabilidad sobre unas elecciones en las que no se ha presentado y en las que estaba claro que el PSOE iba a caer, mientras los candidatos a sendas elecciones no son responsabilizados de nada ni se les pide la dimisión. El argumento subyacente, que viene a ser que los resultados son culpa de no haberse abstenido en la investidura de Rajoy, es tan insostenible que produce vergüenza ajena. ¿De verdad alguien piensa que un PSOE que hubiese dejado gobernar a Rajoy hubiese sacado mejores resultados en Galicia y Euskadi? Por favor…
La actitud de la prensa es, además, grotesca. EL PAÍS pidió directamente la dimisión de Sánchez por su responsabilidad en la derrota, argumento que sería absurdo si solo fuese eso, pero que se convierte en indecente cuando se observa la actitud del periódico con Rubalcaba en 2012 justo después también de las elecciones gallegas y vascas. En ese caso EL PAÍS defendía la unidad del partido, que se dejase trabajar al secretario general y ¡Atacaba a Susana Díaz por crear tensión interna!

Cargarle a Pedro Sánchez los malos resultados es ridículo. El PSOE lleva inserto en una crisis desde 2009, crisis que no es particular y que tiene componentes muy parecidos a la crisis de toda la socialdemocracia occidental. Hay una cuestión estructural en esta crisis que está por encima del propio PSOE y por supuesto de Pedro Sánchez, y que tiene que ver tanto con las responsabilidades de los socialdemócratas en la gestación de la crisis internacional como, sobre todo, con la incapacidad de mantener las ideas socialdemócratas en el mundo de la globalización.
Ante el mundo globalizado los socialdemócratas de casi todo el mundo se hicieron socioliberales y se aproximaron tanto al centro-derecha que se hicieron difícilmente distinguibles en muchas facetas. La alternativa contraria, que era intentar readaptar el sistema socialdemócrata (altos impuestos para mantener un estado del bienestar) a la realidad del mundo y mantener sus valores políticos, parece que no encontró mecanismo adecuado y nadie la siguió. Sólo recientemente el laborismo británico y la opción Sanders en EEUU han intentado volver a las esencias tradicionales de la socialdemocracia sin que quede muy claro cómo lo van a hacer en un mundo que no es el de hace 30 años.
Ante esto han nacido y crecido los partidos de izquierda alternativa o “populista” (como despectivamente los llaman sus críticos), y también los de derecha “populista”. Syriza, Podemos, M5S, Frente Nacional, AfD, UKIP…Todos han arrebatado parte de su electorado a los partidos socialdemócratas en mayor o menor medida.
Pretender que los socialdemócratas consigan mayorías claras como hace 10 años en esta situación es sencillamente ridículo. Ni el PSOE ni ningún otro partido socialdemócrata va a sacar un 40 o 50% de votos con partidos anti-establishment que compiten con ellos ¿Cómo iba a sacar mejor resultado el PSOE en Galicia y Euskadi si ahora compite con Podemos y en 2012 no? Podía haber sacado un par de puntos más quizá pero no mucho más. Ya eran partidos hundidos en 2012 y con más motivo lo son hoy. Pedro Sánchez tiene muy poco que ver.

De todas maneras y a pesar de la simpatía que ahora mismo genera Pedro Sánchez a causa del linchamiento al que está sometido, no nos equivoquemos. Pedro Sánchez no es un candidato “de izquierdas”, no es Corbyn, ni Sanders, ni Montebourg ni Pérez Tapias. Pedro Sánchez es un socioliberal más que, sin embargo, cogió la secretaria general del PSOE con una convicción: No dejar que el PSOE fuese desplazado por Podemos. Todo lo que ha hecho se ha orientado a ese objetivo.
Y ese es el tema central. Pedro sabía que la tendencia del PSOE cuando él lo cogió era de sorpasso y desplazamiento de la posición central de la izquierda, pasando a ser un partido subalterno. Cuando el PSOE ha quedado, dos veces seguidas, por encima de Podemos, su obsesión ha sido evitar que este sorpasso suceda a corto plazo. Y para que no pase era fundamental que el PSOE no pactase con el PP de ninguna manera. Si recordáis lo que repetía Pedro Sánchez cuando salió elegido Secretario general, esto era que no iba a pactar ni con “la derecha ni con el populismo”.
Sánchez ha sido leal a su objetivo y a su palabra. Para ello ha intentado estirar la aritmética hasta posiciones casi imposibles, intentando juntar a dos antagonistas como C’s y Podemos, o intentando el apoyo de los nacionalistas sin aceptar cosas que no podía aceptar. ¿Era la postura adecuada? No lo sé, en un sistema parlamentario estable y normal al no poderse dar otra combinación el PP y el PSOE hubiesen pactado algún gobierno conjunto sin Rajoy. Pero España no tiene un sistema parlamentario estable y normal, lo que tenemos es una situación novedosa, con partidos no acostumbrados a pactar, con diputados “desconectados”, con un empate diabólico, un presidente en funciones que ni entiende ni acepta el parlamentarismo y con partidos amenazados en su posición.
No sé si Sánchez ha hecho lo mejor para el país. Lo ha intentado, como debía hacer, pero una vez no podía hacer su “gobierno de cambio” quizá debería haberse sentado con el PP. Pero eso hubiese llevado al PSOE probablemente a ser superado por Podemos en la siguiente elección, y eso es lo que pretendía evitar. No sé si ha hecho lo mejor para el país, pero sí ha hecho lo mejor para su partido y, en compensación, su partido le está acuchillando.

El problema es que el PSOE no tiene ninguna buena alternativa. Lo que pretende Pedro si no sale su gobierno de cambio, que es ir a unas terceras elecciones donde el PP saque mayoría absoluta (o casi) y que el PSOE, aun perdiendo diputados, no pierda la dignidad ni la cara ante Podemos, no parece una buena opción. Pero pactar con el PP un gobierno sin Rajoy (imaginemos que esto fuese posible, que creo no lo es) no sería mejor opción, porque dejaría solo al Podemos en la oposición y probablemente le haría crecer. Aunque al menos tendrían cuatro años de tregua.
Pero la peor opción, con diferencia, es la que pretenden los barones, que es abstenerse a cambio de nada. Para empezar es permitir el chantaje de Rajoy y que éste rompa todos los usos y consensos parlamentarios y democráticos, generando un daño moral inmenso que afectaría al futuro del país. Pero es que además, ese gobierno sería debilísimo y no podría legislar sin el apoyo o tolerancia del grupo parlamentario socialista.
Podemos no perdería oportunidad para recordar al PSOE que Rajoy gobierna gracias a ellos, y cada vez que el PSOE votase con el PP (y si quisiesen que se pueda gobernar tendrían que hacerlo) lo mostrarían como prueba. Pero es que, además, Rajoy podría disolver las cortes cuando quisiera y cuando viese al PSOE lo suficientemente débil lo haría para darle la estocada final. La abstención es, en definitiva, quedarte a merced de Rajoy y Podemos, acurrucado en una esquina esperando a que ambos te devoren. La abstención es, con diferencia, la peor opción para el PSOE, y es inconcebible que los barones puedan defenderla, a no ser que sean unos kamikazes perturbados.

Al final el problema del PSOE es que probablemente no tenga solución. Si ante un Podemos que ha acabado aburriendo a mucha gente con sus peleas internas, posicionamientos poco creíbles y decisiones maquiavélicas, el PSOE está tan contra las cuerdas es que probablemente el partido no tenga remedio. A poco que Podemos se centre y estabilice un poco, el PSOE puede acabar como tercera fuerza y con importancia central tan solo en el sur de España.
Pedro Sánchez no es culpable de nada de esto, ni del nacimiento de Podemos, ni de la crisis de la socialdemocracia ni de que el PSOE esté hecho unos zorros. Si es culpable de algo es de haber priorizado su partido sobre todo lo demás y no haberse rendido a su decadencia. Si consiguen tumbarle sus herederos se enfrentarán al abismo que ellos mismos han traído, acelerando tendencias que vienen de lejos. Provocarán bajas y quizá hasta provoquen escisiones. Otros vendrán que bueno te harán, Pedro.

jueves, 22 de septiembre de 2016

La parálisis que degenera un país











Estoy muy cansado de la cuestión de la investidura y la formación de un gobierno en España, verdaderamente cansado. No es solo que el país se haya quedado secuestrado en manos de un extorsionador político como Mariano Rajoy, con el necesario concurso y connivencia del resto de partidos y su guerra de posiciones estratégica, es que creo que no somos conscientes de que esta parálisis política es una cortina que tapa la realidad.

Detrás de las bambalinas de nuestro show político se fortalecen y agrandan los graves retos de nuestro tiempo. El anti-establishment se hace fuerte en todos los países de occidente, de EEUU a Francia, de Alemania al Reino Unido, producto de un fracaso político y económico que ese mismo establishment se niega a ver y a aceptar. Los partidos tradicionales y los medios que los siguen creen que la política del miedo, la distorsión mediática o algún tipo de inercia mágica devolverá a estos genios a su lámpara, pensamiento infantil sostenido en la negación del fracaso comentado.
La desigualdad, económica, que eventualmente producirá todo tipo de desigualdades, es el gran reto de nuestro tiempo y germen de las peligrosas derivadas políticas de las que hablábamos. Si os soy sincero cada día me interesa más este tema y menos la política de partidos, quizá porque veo una creciente desconexión entre la primera y la segunda, que debería ser su solución pero que se muestra impotente o incluso insensible en muchos casos.

Pero la política también es importante y lo que está pasando en España es lo que va a marcar el devenir del país. En la sociedad todos los temas se entrelazan de una manera endiablada y a pesar de las desconexiones aparentes todo acaba influyendo en otras áreas de la vida. Y lo que pase en España con la formación de gobierno influirá decisivamente en el sistema de partidos que tendrá el país en el futuro, y éste a su vez tendrá mucho que ver en cómo se canalizan las demandas sociales y cómo un sistema político y económico anquilosado es capaz de transformarse.
Pero quizá lo que más me preocupa a corto plazo es la derivada moral de lo que está pasando en España. Durante estas últimas semanas, igual que durante los últimos años, asistimos a un goteo constante de casos de corrupción que afectan en su mayoría al PP. Aparecen nuevos imputados, los indicios de corrupción se confirman y crecen exponencialmente, y asistimos a esta realidad con la pasividad y normalización que nos da la costumbre.
Sin embargo estamos viendo como la corrupción no pasa factura alguna ni a los votos (basándonos en el 26-J) ni a la expectativa de votos del PP. Muchos dirán que eso ha pasado siempre y que el votante del PP es acrítico pero eso no es verdad. De 2011 a 2015 el PP perdió 3,6 millones de votos, que es más del 30% de su voto anterior. No fue solo la corrupción, es verdad, pero negar que el votante conservador castigó a su partido por la corrupción y buscó otras opciones (en C’s, por ejemplo) no tiene sentido.

La cuestión es que desde ese momento hasta ahora el PP no ha perdido un solo voto, es más, los ha ganado (700.000 en Junio), mientras la corrupción sigue desbordándolos. Ya no es que haya una base de votantes impasibles al desaliento, es que hay personas que les castigaron el diciembre pasado y que, por alguna razón, consideran que es más importante que haya un gobierno aunque sea de Rajoy a cualquiera de las razones morales que les llevaron a cambiar el voto.
No quiero juzgar a quien personalmente tome esa decisión pero debemos convenir que la acción está guiada por principios ajenos a la ética y la moralidad. Que la formación de un gobierno esté por encima de quién forme ese gobierno es un comportamiento no sólo amoral, es anti-político en el sentido de que anula la democracia y la vacía de contenido. Un gobierno por encima de planteamientos morales es básicamente lo mismo que la priorización del orden sobre todo lo demás.
Formar un gobierno, acabar con la ingobernabilidad, etc. ¿Es tan distinto a las arengas militares de aquellos golpistas que, en distintos países y épocas, justificaban sus acciones para acabar con “el caos”? Sin equiparar ambas cosas, el principio moral es el mismo, es que el fin justifica los medios y que la moral y los valores son secundarios frente al utilitarismo o prescindibles cuando hay miedo.

En España parece que el único problema sea que no hay gobierno y que esto esté invisibilizando todos los principios y problemas de nuestro tiempo y nuestro país es algo inaceptable y que me temo que acabaremos pagando muy caro. Porque bajo el gobierno nominal que se forme seguirá estando el 20% de paro, un 31% de trabajadores ganando cantidades inferiores al salario mínimo, una Unión Europea disfuncional, un sistema de pensiones sin fondo de reserva, un nuevo estrangulamiento por parte de las instituciones europeas y todos los problemas que se han borrado del mapa durante este año porque lo único que importa es la “parálisis política”.

domingo, 4 de septiembre de 2016

La última oportunidad del parlamentarismo















Al final se confirmó el fracaso de Mariano Rajoy en las dos votaciones de investidura de hace unos dóas. Pedro Sánchez y el PSOE aguantaron las presiones generalizadas para que se abstuviesen y parece como si de golpe hubiésemos vuelto al 20 de diciembre pasado, con un parlamento que sólo podrá investir a un presidente con alguna solución novedosa diferente a los pactos fáciles a los que este país está acostumbrado.

El intento de investidura de Rajoy en el fondo tenía un componente irracional, absurdo. A pesar de haber contado con los votos de C's y el voto comodín de Coalición Canaria, Albert Rivera dijo que estaba votando a favor porque había que elegir “entre lo malo y lo menos malo” y reiteró que no se fiaba de Rajoy, algo que también dijeron algunos otros dirigentes de C's esos días.
Creo que hay algo que no se entiende en este país y en lo que es necesario insistir. En un sistema parlamentario como el nuestro un gobierno no puede gobernar con un parlamento en contra, y es por eso por lo que en otros países es habitual que los primeros ministros dimitan a la mínima dificultad parlamentaria. Aunque Mariano Rajoy fuese investido presidente con la abstención del PSOE seguiría teniendo a éste en contra y por tanto también a la mayoría del parlamento. Es más, su socio en la investidura, C's, dice no fiarse de él y su apoyo se circunscribe al acto de investidura, no habiendo compromisos sólidos que garanticen su apoyo durante la legislatura.
Investir a un presidente que tiene en el parlamento sólo 137 diputados a favor y en cambio tiene 180 en contra y 32 más que no se fían de él es un experimento que no puede salir bien. En esas circunstancias no se puede legislar, no se puede gobernar, y lo esperable sería una de estas dos circunstancias, cada cual peor: O nos encontraríamos con la disolución del parlamento a los pocos meses y unas nuevas elecciones, o bien tendríamos un presidente aferrado a la silla con el país paralizado.

Es evidente, pues, que Mariano Rajoy no puede ser el presidente del gobierno, por mucho que la prensa insista en lo contrario. En estas circunstancias sólo podemos tener dos tipos de presidencias posibles: Una que se base en un pacto sólido de dos o más partidos con un programa claro y pactado y un compromiso de sacar adelante ciertas leyes antes de acabar la legislatura, o bien una presidencia que consista en interpretar el deseo parlamentario, que dé vehículo a las reformas que allí tengan apoyo mayoritario y que tenga poco rechazo entre los distintos grupos.
La primera de estas opciones, la de un presidente y un gobierno apoyado por un pacto sólido, sólo se puede dar si pactan PP y PSOE, pues cualquier otra combinación es una amalgama de siglas y tendencias divergentes que es imposible que perdurase en el tiempo. El PSOE se niega a este pacto (el PP parece que no), así que en principio parece que esta opción no es posible, al menos por ahora. Pero insisto, me refiero a un pacto sólido, de gobierno, con un programa claro y un apoyo comprometido, no una abstención para la investidura que no es más que una atajo que no soluciona nada.
La segunda opción también es válida, pero es evidente que se necesita encontrar una figura que no suponga rechazo a la mayoría de grupos y que tenga la habilidad de escuchar los deseos del parlamento y tejer una red de apoyos para cada uno de los proyectos de ley. Esta figura obviamente tendría que tener un perfil digamos “centrado” entre las distintas fuerzas del parlamento, porque sería la única manera de que tuviese poco rechazo. No es planteable, por ejemplo, que un miembro del PP jugase este papel (porque es un partido que está en un extremo del espectro político parlamentario) ni tampoco uno de Unidos Podemos.

Alguien del PSOE (que podría tener apoyos puntuales de Podemos, PSOE, C's y otros grupos) podría ser una opción. También lo podría ser en teoría alguien de C's, que podría tener apoyos del PP y PSOE, aunque sería algo un poco raro y un tanto surrealista ya que PP y al PSOE no necesitan a C's para nada. Si esto sucediese hablaría muy mal del PSOE y el PP, que demostrarían necesitar un intermediario para pactar cosas, pero bueno como posible es posible.
Pero también podría ser un independiente o alguna figura secundaria de los partidos políticos. Todos los partidos tienen “familias” o sectores, y dependiendo cual sea se sienten más próximos a un partido rival u otro. Por poner nombres al azar, un Jordi Sevilla sería más aceptable para el PP y un Odón Elorza lo sería más para Podemos. La verdad es que no se me ocurre un independiente posible, porque desgraciadamente en España casi toda la política está vehiculada a través de partidos políticos y no tenemos esas figuras públicas que otros países sí tienen, pero estoy seguro que si pensamos alguno saldría.

No es mi intención ponerme a listar aquí posibilidades realistas de formar un gobierno con una figura de poco rechazo, porque realmente el “realismo” lo marcan los caprichos, las manías y las compulsiones pre-electorales de los partidos, y son éstas las que nos han llevado al bloqueo, no la realidad política salida de las urnas. Porque opciones políticamente realistas hay muchísimas, desde que se deje gobernar a Pedro Sánchez con el apoyo de Podemos y C's en base a ciertas política de regeneración y garantía de rentas (mi propuesta de enero), hasta un segunda espada del PSOE que también pueda obtener el apoyo de estos partidos (¿Borrell? ¿Ángel Gabilondo?), pasando porque Albert Rivera se quiera investir presidente con un programa con las supuestas 100 medidas que ha pactado tanto con PP como con PSOE, o que el PP acepte presentar un candidato distinto a Rajoy (¿Soraya? ¿Cifuentes?) y se pacte cierta estabilidad con el PSOE.
Todo es factible, o mejor dicho, debería ser factible en un entorno parlamentario sano y en unos partidos políticos también sanos, entorno en el que no estamos. Así que al final la cuestión parece que va a ser quien va a ceder primero, los partidos en sus insanas actuaciones o la realidad. Porque aunque parezca mentira vamos camino a que la realidad se rinda ante los chantajes de Rajoy y los vetos de los partidos, y ese sería el final más dramático de todos.

Si vamos a elecciones de nuevo en diciembre hay una sensación generalizada de que la abstención será masiva y que esto beneficiará de nuevo al PP. Si llegamos a diciembre es muy posible que C's, una vez ya ha hecho pacto con los dos partidos mayoritarios y no ha valido para nada, y ha dejado claro que va a vetar a Podemos e independentistas sobre todas las cosas, sea visto como un partido amortizado que no aporta nada a la gobernabilidad del estado. No sé si los votantes de C's votarían al PP, al PSOE o se abstendrían, pero es probable que el partido perdiese muchos más apoyos de los que perdió en Junio, y con nuestros sistema electoral eso les llevaría a una posición de intrascendencia parlamentaria.
Hay también sensación de que unas nuevas elecciones favorecerían al PSOE sobre Podemos, aunque no lo veo ni tan claro ni tan acusado como en el caso anterior, por varias razones: Podemos tiene más de un 20% de votos y aunque perdiese muchos aún sería parlamentariamente relevante. Por otro lado Podemos representa algo distinto a lo que representa C's, no es un partido bisagra ni es un partido que vaya a ser castigado porque no sirva para formar gobierno. Finalmente creo que el ciclo parlamentario anterior demostró que las posiciones pasivas (la del PP entonces) desgastan menos que las activas, y el partido pasivo ahora es Podemos. Ojo, no quiero decir que no perdiese votos, probablemente los perdería ante el hartazgo de la población, pero no al nivel de C's.
Pero en definitiva sí parece que unas nuevas elecciones fortalecerían el bipartidismo de nuevo, fundamentalmente al PP. Y ojo que incluso eso no garantizaría que el PP pudiese formar gobierno, porque si gana 20 escaños pero esos los pierde C's estamos en las mismas.

Algunos vimos con esperanza el resultado del 20-D porque, pasase lo que pasase, la pluralidad y la cultura del pacto habían llegado a España, y por cuestiones estructurales (desde edad de los votantes hasta cambios socioeconómicos) era previsible que esa pluralidad se quedase por mucho tiempo. Pero después de casi un año de peleas políticas estúpidas, de vetos mutuos, de chantajes políticos, etc. La gente está hastiada, cansada, desesperanzada ante este panorama. Y eso le viene muy bien a Mariano Rajoy pero es un desastre para todos los demás.
Si este nuevo ciclo político se va al garete y vamos a terceras elecciones es posible que hayamos matado la oportunidad multipartidista por mucho tiempo, no sólo por el resultado sino porque es muy posible que el PP planteé una reforma electoral para ir a un sistema mayoritario y que ésta pueda salir adelante con un PSOE fortalecido. Y esto dispara en la línea de flotación de C's, pero también de los socios de Podemos (IU, EQUO) y posiblemente del propio Podemos. Y esto hay que entenderlo, estas fuerzas deben entenderlo, y no hacer como Albert Rivera que parece que quiere enterrar a su partido.

Un candidato sin grandes rechazos, con mano izquierda y que legisle en función de las mayorías que hay en el parlamento, esa es la opción que tenemos si PP y PSOE no hacen una gran coalición. No sé si Pedro Sánchez puede ser esa figura (quizá no sería conveniente después del desgaste de tantos meses de batalla política) pero quien obviamente no lo es es Rajoy. Que se elija una mayoría (bien una mayoría “centrista” con PSOE, C's y PP, bien una mayoría “reformista” con Podemos, PSOE y C's) y se busque después al candidato adecuado, y dejémonos de una vez de presidencialismos postizos porque si no acabaremos en un presidencialismo de verdad.

lunes, 29 de agosto de 2016

Análisis del pacto PP-C's ¿Papel mojado?














Como parecía previsible desde que C’s cambió su posición de No a Rajoy a estar abierto a una negociación, C’s y el PP han llegado a un acuerdo de investidura por el que el primero apoyará a Mariano Rajoy en su investidura a cambio de 150 medidas pactadas en este documento. Digo que era previsible porque C’s ya pacto algo similar con el PSOE y, teniendo el partido naranja una mayoría de pactos locales y autonómicos con el PP, era lógico que alcanzase un pacto similar con este; y por otro lado porque sabemos que en C’s tienen pánico a unas nuevas elecciones que les puede minimizar aún más.

Cuando el PP aceptó sin rechistar las 6 (+1) condiciones de C’s para comenzar a negociar me sorprendió mucho. Eran condiciones algunas difíciles para el PP, otras coloristas sin demasiado fundamento, pero el PP no hizo cambiar prácticamente nada de las mismas. Ahora, y leyendo las 150 medidas pactadas entre PP y C’s, tengo la misma sensación: Parece que este documento está muy marcado por C’s, tanto en la dialéctica como en los contenidos, generando la aparente contradicción de que el más débil y pequeño de los dos partidos ha sido el que más ha influenciado en lo pactado.
El documento del pacto es como todos los programas y documentos políticos, cuando lo lees por encima todo parece bueno y destinado a solucionar los problemas del país, de hecho todos los programas de los partidos políticos se parecen mucho entre sí hasta el punto de encontrar asombrosas coincidencias entre partidos presuntamente antagónicos. Pero cuando rascas un poco ves que los “compromisos” son más bien “intenciones” y a veces muy vagas, se abusa de términos como “impulsaremos”, “promocionaremos”, “buscaremos”, términos que comprometen poco y que pueden acabar siendo nada. Este documento tiene exactamente ese mismo defecto.

Entre las 150 medidas hay cosas que parecen muy buenas. Por ejemplo, se habla de acercar los tipos reales del impuesto de sociedades a los nominales con el objetivo de aumentar la recaudación, y se indica también de aprobar esto en tres meses (concreción poco habitual en este documento). También se habla de revisar la amnistía fiscal, de eliminar las restricciones al autoconsumo eléctrico, aumentar la inversión en I+D+i hasta el 2% en 2020, incentivar el crecimiento de las Pymes o bonificar la cuota de autónomos a las madres en su baja por maternidad. Otras tres cosas positivas, que tienen dotación presupuestaria, es la ampliación de escuelas infantiles públicas de 0 a 3 años, el plan de gratuidad de los libros de texto y la “ampliación y equiparación de permisos de maternidad y paternidad”, que al tener dotación presupuestaria es de suponer que no se equiparará a la baja sino al alza.
Hay otras cosas que también suenan bien pero están redactadas de forma poco concreta, lo que hace dudar de qué efectividad tendrán. Se habla, por ejemplo, de reformar la ley de seguridad ciudadana en el sentido de “intensificar las garantías”, de mejorar la ley de contratación del sector público para evitar casos de corrupción, de mejorar la conciliación y racionalización de horarios laborales o la ley de segunda oportunidad para renegociar deudas impagables, con mención directa a la dación en pago en ciertas circunstancias.

Mención aparte merecen dos puntos, los modelos de contrato laboral y el complemento salarial. En cuanto a los modelos de contrato laboral el documento prevé que se queden en tres, uno indefinido (igual que ahora), otro de “protección creciente” de dos años máximo de duración aunque ampliable a tres (que sustituiría al temporal actual) y otro de formación. Básicamente lo que se pretende es sustituir el contrato temporal por el de “protección creciente”, que difiere de éste en que la indemnización de 12 días por años se convierte en 16 el segundo año y en 20 el tercero, todo esto para finalización de contrato porque si es finalización por causas objetivas se quedará en 12 días (entiendo que el documento comete un error, y dice que si es por “despido improcedente, la indemnización seguirá siendo la misma que en la actualidad”. Creo que quería decir procedente en vez de improcedente).
En principio esto parece un avance en la protección del trabajador temporal, porque el indefinido queda igual y el temporal mejora en segundo y el posible tercer año, aunque esto tiene otra cara, que dice que si el contrato de “protección creciente” se convierte en indefinido, el empleador tendrá una exención de 500€/mes en la base de cotización durante 4 años. Obviamente esto produciría que todos los contratos empiecen como temporales y, ante su conversión, restaría importantes ingresos a la seguridad social. Este coste, por cierto, no se contempla como bajada de ingresos en la mini memoria económica que anexa el acuerdo, memoria económica que, por otro lado, es de todo menos creíble.
Al final volvemos a lo mismo de siempre con el Contrato Único. Por mucho que el programa hable de un “bonus-malus” inconcreto, parece lógico que ante esta estructura quien quiera contratar temporal lo haga con contratos de 1 año y rescisión posterior. O a lo mejor les interesa contratar 6 meses temporales, pasar a indefinido 4 años, ahorrarse la cuota, y luego pagar un despido de 132 días a los 4 años (que es menos de lo que se han ahorrado). Al final todas estas “garicanadas” creo que no valen para nada, es buscar un sistema de incentivos que sólo funciona sobre el papel y que, cuando llega la realidad, acaba haciendo aguas por todas partes.

Respecto al complemento salarial éste queda inconcreto, aunque se valora en 2.100 millones de euros. Esto es la cuarta parte (o menos) de lo que costaba este complemento en el programa original de C’s, así que no sabemos si se limitará el número de receptores, las cantidades o ambas. Me resulta muy raro que se dediquen escasas tres líneas al complemento salarial cuando es una de las medidas estrellas de C’s, aunque intuyo que la razón debe ser que el PP no se ha querido comprometer a nada.
El complemento salarial es algo que no sabemos cómo afectaría al mercado laboral español, pero si no se hace bien puede suponer la creación de un tapón salarial y una subvención encubierta a los salarios que pagan las empresas, sobre todo en entornos de alto desempleo como el nuestro. En descargo de esta hipótesis pesimista, un complemento salarial con una dotación de la cuarta o quinta parte del original poco va a ser y, por tanto, no creo que afecte demasiado, ni en sus vertientes positivas ni en sus negativas.
También se hace una referencia al sistema de “mochila austriaca”, también sin concreción. El programa original de C’s hablaba de una mochila del 1% del sueldo, que es una cantidad ridícula, pero aquí no se dice nada. Por lógica de cesión no será más que esto, así que en nada relevante quedará.

Pero el pacto recoge también cosas inquietantes. Ya hemos visto estas idas y venidas sobre la corrupción que ha tenido el equipo de C’s estos días, llegando a la increíble situación de considerar sólo corrupción política lo que implique enriquecimiento personal o financiación ilegal. Así pues todo lo referente a la corrupción, por agradable de leer que sea, creo que hay que cogerlo con pinzas, pues si al final la lucha contra la corrupción se basa en la interpretación subjetiva de lo que es corrupción por parte del partido que más corrupción tiene, me temo que todo quedará en nada. Incluso algo que me suena muy bien como la “ley de protección a denunciantes de corrupción” temo que no sea más que palabras vacías.
Otra cosa muy peligrosa y absolutamente chocante que vemos en el texto es la reforma del régimen electoral, que era una de las seis peticiones iniciales de C’s. La redacción no compromete a nada, simplemente se habla de “impulsar” una reforma que “aborde” ciertas cuestiones (como si el “abordaje” quisiese decir algo). Pero lo peor es que, entre las cosas que tiene que “abordar”, no está solo la proporcionalidad o el desbloqueo de listas, está también algo absolutamente anti-proporcional como la elección directa de alcaldes. Pero no solo eso, es que además se indica que el PP se reserva la posibilidad de presentar iniciativas para “garantizar que gobierne la lista más votada”.
O sea, que pides una condición sine qua non que es la reforma de la ley electoral en sentido proporcional, pero luego en el texto del acuerdo no es ya que esto no aparezca ¡Es que dejas al PP que pretenda reformar la ley para que gobierne la lista más votada!, es decir, en sentido anti proporcional. ¿Qué cachondeo es este? Es directamente romper con una de las condiciones pactadas hace una semana. Me resulta una tomadura de pelo.
Otra cosa que veo inquietante es la elección de 12 de los 20 miembros del CGPJ por parte de los jueces. Creo que la intención de que los partidos no controlen a los jueces para garantizar la separación de poderes es noble, pero dejar que los jueces tengan poder para gobernarse a sí mismos más que separación de poderes podría propiciar que éstos queden fuera del control democrático. Como el sistema de votación de los jueces no está claro (¿tendrán presencia las minorías?) es difícil analizar nada, pero si el sistema de votación no da representatividad a las distintas corrientes y sensibilidades judiciales nos podemos encontrar con un problema.

Lo demás son todo ambigüedades del estilo “se impulsará” y “se hará una comisión” (hay un chiste que dice que cuando los políticos no quieren hacer nada forman una comisión). El texto habla de muchas cosas pero concreta pocas, como muchas requieren una reforma constitucional o leyes orgánicas (y los firmantes no tienen mayoría para sacarlas adelante) sólo se habla de impulsar, buscar consensos o analizar, que al final no comprometen a nada y permite a los firmantes hacer luego lo que les dé la gana.
Ah! Y una cosa que me ha sido muy llamativa: Las dos peticiones de C’s respecto a la iglesia católica, que ésta pague el IBI y que la religión se imparta fuera del horario escolar, están virtualmente desaparecidas del pacto ¿Llegó acaso C’s a intentar incluirlas? Lo ignoro.

Al final tengo la sensación de que el PP ha firmado un documento que recoge casi todas las demandas tradicionales de C’s pero redactadas de tal forma que no compromete al PP a nada en la mayoría de casos. Y si a esto le sumas que los programas electorales no se suelen cumplir casi nunca en su parte más concreta (y esto al final es como un programa electoral), y que los firmantes no tienen mayoría para hacer la mayoría de cosas, acabamos concluyendo que de lo escrito en el programa sobre todos los “topics” de C’s acabaremos viendo realizado entre poco y nada.
Seamos serios ¿qué garantía tenemos de que el PP cumpla este pacto? Es decir ¿dónde están las garantías e incentivos que permitan intuir que el PP no se desdecirá del mismo? Porque una semana después de las seis condiciones, vemos que una (la de la dimisión de los imputados) está reinterpretada y la otra (la de la reforma electoral) se ha convertido casi en lo contrario ¿Cómo sabemos que esta colección de ambigüedades e intenciones no acabará en nada? Sólo podemos confiar en que el PP tenga a bien cumplirlas, y recuerdo que hablamos del partido que hizo lo contrario en el gobierno de lo indicado en su programa.
Muchos diréis que el incentivo para cumplirlas es que C’s si no votará en contra de sus propuestas, pero es que C’s no ha garantizado que vaya a votar nada fuera de la investidura. C’s va a votar lo que le dé la gana y el PP también, porque este pacto no recoge compromisos que sean contrarios a las ideas de C’s y éste se haya comprometido a cumplir. Es decir, C’s no ha tenido que comprometerse a apoyar cosas que vayan en contra de sus ideas (más allá de apoyar a Rajoy) ni tiene compromisos de no impulsar cosas que no estén en este programa. Esto es lo “curioso” del pacto, que parece que sólo obliga al PP y no a C’s, cuyas máximas cesiones han sido suavizar ciertas cosas ¿No resulta raro?

Mirad, el problema aquí es que C’s va a votar a favor de Rajoy pero, en el fondo, no tiene “fuerza” para poder exigir que sus medidas vayan a ser llevadas a cabo. Si C’s hubiese hecho un pacto de gobierno y tuviese ministros o directores generales sabría que éstos van a trabajar por su programa, van a hacer proyectos de ley conforme a las ideas de C’s y que éstos al menos intentarían salir adelante. Pero no los tiene, todo el gobierno va a ser decidido por el PP y presuntamente con gente del PP, y así poco vas a poder garantizar. Cualquiera de las reformas puede ser reinterpretada, o dilatada o dejada de lado con la excusa de que no hay mayoría suficiente, y C’s poco podrá hacer.
Porque lo único que podría hacer es amenazar al PP con una moción de censura si no cumple el pacto, pero es que resulta que para una moción de censura C’s tendría que apoyar un candidato que también tendría que apoyar Podemos, y C’s ya se ha declarado incompatible con Podemos y ha dicho que nunca van a llegar a pactos de gobierno con ellos. Así pues la moción de censura está descartada (a no ser que C’s cambie de convicción), y por tanto a Rajoy no le va a sacar nadie del gobierno hasta que se acabe la legislatura o él quiera.
Al final queda la sensación que el PP le ha firmado a C’s lo que éste ha querido pero intentando que fuese lo menos concreto y comprometedor posible, con el único objetivo de ser investido. Y luego ya veremos, sin compromisos ineludibles. Y sí, C’s podría boicotear en el parlamento la labor legislativa del PP si éste no cumple, pero debemos recordar que estamos ante un presidente que lleva un año en funciones tan ricamente y que convierte el término “conservador” en una caricatura del mismo ¿de verdad pensáis que sería preocupante o angustioso para Rajoy no poder legislar? Total, aquí los votos que importan son los del PSOE, que es quien tiene la clave de las mayorías, no los de C’s.

A mí me encantaría que las medidas que he indicado en el tercer párrafo se llevasen a cabo, pero tengo la sensación que muy poco de esto vamos a ver al final. Este pacto, redactado ambiguamente y sin compromisos claros, sin presencia de miembros de C’s en el gobierno y sin fuerza por parte de C’s para obligar al PP a cumplirlo, me parece que no es más que papel mojado, uno de tantos documentos en la política que se los lleva el viento.
Eso sí, la propaganda para C’s (después de sus cambios de posición continuos) ha sido buena y muy funcional para sus objetivos, si vamos a terceras elecciones usarán su pactismo y si Rajoy es investido y no hace nada dirán que han sido engañados. Pero aquí quien se lleva el gato al agua es Rajoy, que saca unos votos importantísimos para presionar al PSOE a cambio de un pacto que le compromete a muy poco.