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lunes, 21 de febrero de 2011

El hundimiento de la socialdemocrácia; la necesidad de construir una nueva izquierda (II)

MORAL, VALORES Y PRINCIPIOS

















Decíamos el otro día que en un terreno de libertades y moral pública la izquierda política sí había marcado fuertemente la sociedad actual. Esto es cierto, pero esto no debe generar la sensación de que se ha triunfado en un terreno “Moral” y de valores, porque esto no es en absoluto así.
Estamos de nuevo, pues, navegando entre los múltiples significados que tienen las palabras en función de los contextos. Vamos a tener que diferenciar bien lo que es “Moral”, con mayúsculas, de la moralidad y el moralismo. La izquierda sí ha conseguido que el moralismo conservador sea cada vez más algo propio de ciertos grupos de la sociedad y no de la sociedad como concepto general y mucho menos del estado (en el caso del estado esto es común con los liberales). Llamaré “moralidad” a este concepto, a la idea de extender la moral propia personal sobre modos de pensar, actuar, relacionarse, etc. A toda la sociedad. Ahí si que creo que no hay dudas que el posicionamiento de la izquierda ha sido aceptado mayoritariamente y, en mi opinión, ha sido acertado.

Pero yo quiero hablar de Moral, con mayúscula, y de valores. ¿Ha tenido esta izquierda de las últimas décadas una Moral y unos valores definidos? Yo creo sinceramente que no, y creo que esto ha sido uno de los principales errores ideológicos de la nueva izquierda de finales del siglo XX y principios del XXI.
El problema de la definición de valores viene probablemente como extensión de ese concepto tan comentado que es el relativismo. Al lector le podrá parecer que quienes hablan de relativismo son siempre curas o personas muy conservadoras y tendrá razón en lo referente a la moralidad, pero cuando hablo del relativismo no lo hago refiriéndome a eso, quiero hablar del relativismo aplicado a la acción política y a la ideología.
El relativismo suele ser algo que no es absoluto. Un relativista absoluto sería prácticamente un nihilista. Pero muchas de las ideas relativistas han penetrado en prácticamente todas las personas y entidades sociales de estas últimas dos décadas. El relativismo tiene una cara positiva, que es que genera una mayor tolerancia social y una menor tendencia a la violencia política por dogmatización; pero también tiene multitud de caras negativas, como por ejemplo puede ser la tolerancia o aceptación acrítica de realidades y comportamientos nada éticos por parte de personas, gobiernos, empresas, ejércitos, etc.

La izquierda de antes de los 80 sí tenía una moral y unos valores muy definidos. Tenían claro el tipo de sociedad que querían, con qué valores e incluso que tipo de “moral” personal debía tener un verdadero izquierdista. Los anarquistas de principio del siglo XX, por ejemplo, tenían una moral muy definida. Jamás iban a prostíbulos por considerar a las prostitutas unas esclavas del capitalismo, no se drogaban por entender que era un vicio que abstraía a las personas de su responsabilidad revolucionaria, la mayoría ni bebía y una minoría era incluso naturistas convencidos. Aquí vemos una moral definida.
Hay un trozo del un capítulo de la serie “Cuéntame cómo pasó” de hace un par de semanas donde Miguel, uno de los protagonistas que es del PCE, va a hablar con el secretario general de su ciudad. Él piensa que le van a incluir en las listas electorales pero el secretario tenía otros objetivos. La hija de Miguel apareció desnuda en Interviú y el secretario general le espeta en cierto momento a Miguel “Entiende, camarada Miguel, que esto no es propio de la moral proletaria”.Si podéis encontrar el fragmento miradlo porque está muy gracioso. A pesar de ser ficción, creo que este es un buen ejemplo de cómo los comunistas entendían, también, la moral izquierdista.
Este tipo de “moral” en mi opinión es excesiva. Hay una mezcla entre Moral y moralismo, entre valores y moralidad. Se tiene un concepto claro sobre la idea política, sobre los valores que sustentan esa idea y sobre las bases morales que justifican la aplicación de esa política. Pero también hay una extensión hacia la apariencia, los modos de vida de los “izquierdistas” y una fijación de qué costumbres son las “buenas” y cuales son las “malas”.

La socialdemocracia de las últimas décadas, en cambio, ha evolucionado hacia exactamente lo contrario. Se ha sobreentendido, dentro de este replanteamiento de las bases tradicionales de la socialdemocracia, que hay que eliminar el dogmatismo. Fijar valores o ideas morales sólidas se consideró como algo caduco, algo propio de conservadores intervencionistas en moralidad y por lo tanto es algo que se fue evitando hasta prácticamente desaparecer.
La nueva izquierda ya no tenía valores fuertemente definidos, no seguía un modelo claro de sociedad y no “exigía” al ciudadano ciertos comportamientos para poder ser miembro de esa sociedad mejor que vagamente ofrecían. Los conceptos de responsabilidad en las acciones propias y de la propia vida progresivamente desaparecieron hasta generar un tipo de mercantilismo político y social dónde todo el mundo cabía, donde no se requería esfuerzo ni compromiso por parte del simpatizante y el ciudadano, y donde el ciudadano se convertía en un mero receptor de las bondades políticas del gobierno. Del “hombre nuevo” se pasó a lo contrario, al “da igual cómo sea usted, lo que haga, cómo actúe, mientras nos vote”.
En medio del auge del relativismo las derechas también han entrado en esto en parte, pero de una manera distinta y no tan marcada. Bien es cierto que los conservadores ya no construyen su discurso en base a una exigencia social de moralidad como lo hacían antes, pero en cualquier caso no han abandonado el discurso sobre valores. Cualquiera que oiga un discurso derechista podrá ver referencias al “esfuerzo”, al “mérito”, a la “familia” o a ideas similares. En este mundo de democracia mediática y de proselitismo absoluto los términos se usan de forma cada vez más ambigua, pero se usan, existen y dan la sensación de que quienes los defienden tienen una idea de sociedad clara en la cabeza. Luego está la realidad, que es que muchas veces las ideas, realidades y modos de vida del que dice este tipo de discursos son las contrarias a las que predican, y el mérito es en realidad enchufe, el que predica esfuerzo es en realidad un vividor, y la familia se deja de lado a favor de amantes y visitas al prostíbulo. Pero la percepción social, en una ciudadanía cada vez menos crítica y más despreocupada por conocer la realidad, es que los valores y modelos sociales existen.

En función de esta realidad yo creo que la nueva izquierda debe recuperar unos valores bien definidos, pero también debe saber dónde está el límite entre valores, principios y moral respecto a moralidad y moralismo.
Las personas son libres para llevar el tipo de vida que quieran. Nos debe dar igual cómo alguien vista, qué tipo de música le guste, con quién se acueste, cuál sea su familia, qué creencias religiosas y trascendentales tenga y cuales sean sus preferencias “vitales” en todos los sentidos. La libertad individual y de costumbres es un valor supremo en el que jamás hay que tener la tentación de entrar.
Pero eso es una cosa y otra cosa son los principios y valores que marcan nuestras ideas y acción política, y qué extensión debe tener esto sobre nuestra vida. Ser de izquierdas no es una pegatina que te pones en una carpeta, ni un carnet que guardas en la cartera para irte a tomar el bocadillo los viernes por la noche. Ser de izquierdas representa un modo de ver la sociedad, unas preocupaciones y un rechazo a ciertas realidades sociales que quieres cambiar. Hay que ser coherente con esto en la medida de lo posible, sin llegar a dogmatismos absurdos.

¿Qué valores debe tener la izquierda? La izquierda quiere una sociedad más igualitaria y quiere una sociedad de ciudadanos libres. No es coherente, pues, que se actúe personalmente de manera contraria a estos principios.
Cuidado, aquí nadie está diciendo de hacer votos de pobreza como en las órdenes religiosas, ni de rígidas obligaciones con la caridad ni nada parecido. Hay gente que hace teorías absurdas (sobre todo del entorno del “liberalismo” casposo y mediático que tenemos en este país) sobre que una persona de izquierdas debería vivir prácticamente en una cueva para ser coherente con sus ideas igualitaristas. Estas chorradas demagógicas son una idiotez, pero desgraciadamente mucha gente las defiende de forma un poco torpe por lo que debemos comentarlo. Como ya dije el socialismo pretende igualar a la gente en la riqueza y en los recursos y no en la pobreza. En ningún caso el socialista o izquierdista se opone a que haya gente que tenga un nivel de vida alto, ni siquiera a que haya gente que sea rica. Una persona puede ganar mucho dinero si su trabajo o aportación social lo vale, el problema aparece fundamentalmente cuando el acaparamiento de riqueza es tan amplio que provoca situaciones de pobreza y dificultad asociadas, o bien cuando es producto de un privilegio inadmisible.
Demos ejemplos claros. Es inaceptable, desde un punto de vista izquierditas, la evasión de impuestos. No hablo, por supuesto, a dar una clase particular en negro o a unos pequeños ingresos sin declarar, hablo de evasión con palabras mayúsculas. Hablo de contabilidad fraudulenta de empresas, hablo de saltarse las leyes fiscales no para subsistir, si no para ganar más dinero aún o enriquecerte, hablo de contratación de trabajadores ilegales para ahorrar costes. La evasión fiscal provoca una falta de recursos en el estado, que debilita los servicios públicos y las ayudas a la gente que las necesita; y es por eso por lo que es algo plenamente condenable desde la “Moral” izquierdista, además de ser ilegal.
Y siendo serios este mismo concepto vale para el fraude en el otro lado, es decir, en el cobro de ayudas y prestaciones que no son necesarias. Cobrar una ayuda al desempleo cuando se trabaja en negro (se trabaja ganando suficiente dinero, se entiende) es igualmente condenable que el caso anterior. Cobrar ayudas cuando no las necesitas y mediante la falsificación de tus ingresos es también un acto contra nuestros valores.

Todo esto enlaza con un valor fundamental que deberíamos defender, este es, el compromiso social. La izquierda debe defender una responsabilidad social por parte de todos los ciudadanos, una responsabilidad que exige de cada uno un esfuerzo.
La izquierda debe hacer entender a los ciudadanos que si queremos mejorar la sociedad es totalmente necesario el concurso de la ciudadanía en este esfuerzo colectivo. De nada vale todas las leyes del mundo si las personas a quienes van dirigidas esas leyes se dedican a actuar de forma contraria a lo que las leyes predican.
Igual que la democracia no vale para mucho si los ciudadanos van a meter el voto en una urna de forma acrítica y sin criterio ninguno, de nada nos vale una redistribución de los recursos si la gente evade impuestos o si quien no lo necesita acapara los recursos, de nada nos vale una sanidad universal si nos dedicamos a abusar de ella y a despilfarrar, de nada nos vale una educación pública de calidad si luego los padres se despreocupan de la educación de sus hijos e incluso ponen en duda, con su ejemplo y actos, la educación que están recibiendo. De nada nos vale una administración pública si ésta se convierte en un despilfarro de recursos económicos y humanos, o si por el contrario no la dotas de recursos; de nada nos vale unas leyes laborales protectoras si luego se incumplen las mismas, de nada nos vale intentar generar una igualdad relativa de renta si luego los ciudadanos la desbaratan invirtiendo locamente y especulativamente en viviendas, o en pagarés de Rumasa, pensando que se van a hacer ricos.

Debemos, pues, fijar unos valores concretos para esta nueva izquierda. No debe valer todo, no se le puede prometer a la gente todo a cambio de nada. Se debe exigir honestidad, responsabilidad individual y colectiva, compromiso social y un intento por ser mejor ciudadano.
La nueva izquierda no debe tener miedo a mostrar, sin miedo, unos valores básicos, pero firmes. La nueva izquierda no puede tener miedo a que estos valores puedan ser rechazados por una parte de la población por su exigencia y petición de responsabilidad. Una apertura a todo, una aceptación de todo dentro de un partido, lleva irremediablemente a la conversión de tu ideología y principios en la nada. Y esa “nada” es lo peor que le puede pasar a una idea política.
Compromiso social, responsabilidad y ética, esos deben ser nuestros valores. Y en base a ellos, construir unas nuevas formas e ideas políticas y un nuevo programa de acción gubernamental.

2 comentarios:

  1. Buenos días,
    Quiero felicitarte por el excelente artículo. Creo que son muy necesarios este tipo de trabajos teóricos para volver a retomar el norte de la izquierda. Que parece navegar sin rumbo en este mar neoliberal mundial.
    Moral frente a moralidad y respeto por lo público y esfuerzo colectivo.
    Excelente la argumentación de igualdad en riqueza no en pobleza.
    He enlazado tu blog al mío , espero que no te importe.
    Y repito, gracias por tu trabajo. Necesitamos redefinición teórica.

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  2. Gracias Mentalista,

    Hombre, por supuesto que puedes enlazar mi blog, faltaría más. Yo también tengo el tuyo...
    Todavía habrá 2 ó 3 escritos más de esta serie, espero que sigan gustándote.

    Saludos,

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