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jueves, 24 de febrero de 2011

El hundimiento de la socialdemocrácia; la necesidad de construir una nueva izquierda (III)

MITOS Y MIEDOS DE LA IZQUIERDA




















En la acción política y en la ideología de la izquierda de los últimos años podemos observar que existen una serie de mitos y un miedo a cambiar ciertas cosas. Estos mitos y miedos generan un inmovilismo peligroso que lleva a quedarse congelado en un mundo muy cambiante, y que por lo tanto tus políticas para favorecer a los menos favorecidos se queden obsoletas, o lo que es peor, que acaben generando exactamente lo contrario de lo que se pretende.

Uno de los mitos de la izquierda es todo lo referente al gasto público de las administraciones públicas, y se han establecido peligrosas ideas en este ámbito. Básicamente se ha aceptado que un gasto público elevado es de izquierdas, que unos impuestos elevados son de izquierdas y que la aceptación y la despreocupación por el déficit de las administraciones públicas también es de izquierdas. Por supuesto, lo contrario es de derechas; poco gasto público es de derechas, bajos impuestos es de derechas y la obsesión por acabar con el déficit es de derechas. Creo que es muy importante hablar claramente sobre esto y fijar bien las ideas, y creo que también es muy importante no olvidar que los objetivos de la izquierda de mayor igualdad y libertad no tienen un único camino, y que estas materias son herramientas cuyo principal papel es ser funcionales y que si no lo son no tiene sentido mantenerse en una posición defensiva.

¿El gasto público elevado es de izquierdas? Depende. Un gasto público en sanidad, educación, prestaciones económicas para quienes las necesitan, etc. Sí son de izquierdas en principio, pero eso no es todo el gasto público. Dentro del gasto público hay partidas para infraestructuras, para la administración del estado, para el ejército, ayudas a instituciones como la iglesia católica, subvenciones a empresas y actividades económicas, construcciones de obras faraónicas, etc, etc. Este último gasto responde a multitud de variables, muchas razonables y otras no.
El gasto público es importante, pero es igualmente importante es el destino de este gasto y el acierto de su inversión. Y, en cualquier caso, dentro de cualquiera de las partidas existen multitud de gastos que son totalmente evitables, que son puro despilfarro y que su existencia hay que entenderla como una resta de recursos para cosas realmente importantes.
Hay que ser totalmente escrupuloso en el gasto de las administraciones públicas, tanto por una cuestión ética como porque hay que entender claramente que estamos hablando de recursos limitados. Gastar recursos para pagar una prestación por desempleo de un parado o la atención médica de un enfermo es un gasto que hay que hacer y sobre el que no se puede recortar, donde hay que recortar es en la prestación que cobra quien no lo necesita y en el gasto sanitario abusivo, absurdo y evitable.

Todo esto enlaza con el concepto de déficit. Yo no entiendo cómo se puede decir que el déficit del estado no es importante, y más en estos momentos en que los mercados de deuda muerden cada vez que tienen que refinanciar una deuda, con el mayor endeudamiento para todos. Cuando el expresidente Aznar hablaba de déficit cero mucha gente pensaba que era algo propio de la restricción de gasto conservadora. Zapatero, para oponerse a este concepto, habló de déficit cero por “ciclos”, es decir, habiendo superávit en bonanza y déficit cuando hiciese falta gasto público, con la cuenta equilibrada al final de cada ciclo. Esta idea es muy keynesiana, y la verdad es que es mucho más lógica y versátil para la gobernación de un estado, aunque no la debe haber aplicado muy bien viendo como estamos.
Tener déficit puntual algún año es algo que un estado se puede permitir, pero lo que no tiene ningún sentido es tener un déficit estructural. El tener un déficit estructural nos ha llevado a esta situación actual, donde los mercados acaban mandando sobre tus políticas y la soberanía de un país se ve secuestrada por sus deudas.
La izquierda política debe ser la principal interesada en tener estados saneados y déficits inexistentes, porque eso es precisamente lo que demostrará una buena gestión y un estado del bienestar sostenible. Se habla mucho de “planes de austeridad”, palabras que suenan siempre inconcretas y vacías, pero hay que tener claro que los planes destinados a la maximización de recursos, la contención de malas prácticas en la administración y en el gasto y  la desaparición del despilfarro deben ser continuos y no descansar. Cada euro que se ahorre puede ser destinado a un pensionista, un hospital, las infraestructuras de un colegio, o a planes destinados a la potenciación de una economía basada en el conocimiento.

Respecto a los impuestos también hay mucho que hablar. Zapatero también dijo aquello de que bajar impuestos no es de derechas, y en parte tenía razón pero en parte no. Los impuestos tienen una finalidad determinada y lo que debemos ver es cuál es esta finalidad en vez de hacer conceptualizaciones simplistas. Lo repito una vez más, lo que importa es conseguir mayor igualdad de renta y minimizar la pobreza.
Cuando se recauda un impuesto de un ciudadano o una empresa se le está restando renta a alguien. Si el destino de ese dinero va a ir a alguna cosa despilfarradora, este impuesto no es adecuado aunque se recaude de una persona o empresa muy rica. Pero si este impuesto se recauda de un jubilado o un mileurista, entonces es directamente una barbaridad. Los impuestos tienen una finalidad determinada, que debe ser ética, cumplir un objetivo social, económico o mantener el funcionamiento del estado. Debemos tener un horizonte redistributivo, pero se redistribuye ayudando y mejorando al que tiene poco, no sustrayendo al que tiene mucho sin una utilidad justificable.
Cuando hablamos de impuestos debemos ser, también, pragmáticos. Los impuestos mal aplicados pueden llevar a una contracción de la actividad económica, y eso no interesa a nadie. Por supuesto tampoco se puede caer en el simplísimo e interesado dogma de que hay que bajar los impuestos para generar actividad económica, porque eso además de no ser siempre cierto a medio plazo genera una dinámica muy peligrosa que mataría de raíz tanto el objetivo redistributivo como la propia funcionalidad del estado en tiempos de crisis, pudiendo generar una verdadera depresión económica peligrosa.
Este es uno más de los equilibrismos que debemos gestionar. La ética y el compromiso social y el pragmatismo económico deben poder compatibilizarse de la manera más equilibrada posible.

Otro de los miedos que se percibe también en la izquierda es cualquier cambio sustancial en lo “público” y en su gestión. La izquierda tradicional tiene ideológicamente una afinidad importante por el sector público, que considera garante de la igualdad y parte de una economía colectiva. Por la razón que sea (hay varias) la izquierda ha desarrollado una especie de inmovilismo respecto a la gestión pública que en muchas ocasiones ha llevado a una degradación en su eficiencia y su función. Y al darse esta degradación, la sociedad asume que la gestión privada es más eficiente que la pública, acabando al final los gobernantes de izquierdas privatizando áreas de la gestión pública en aras de la teórica eficiencia privada que se ha asumido real o virtualmente. He aquí otro ciclo autodestructivo.
Como he dicho antes creo que la izquierda debe ser totalmente escrupulosa en la gestión de lo público y debe ser la principal interesada en que los organismos públicos funcionen. Es una realidad conocida, aunque muchas veces exagerada, que hay muchos funcionarios públicos que no ejercen sus funciones con la necesaria responsabilidad y compromiso. Se ha creado en muchas administraciones una casta de funcionarios que creen tener sólo derechos y no obligaciones con su trabajo, y que contagian a los nuevos trabajadores con ese espíritu y prácticamente les imponen un trabajo de bajo rendimiento. Esto, además, ha generado por extensión una clase de jóvenes cuya aspiración es ser funcionario, da igual de qué, cuyo único objetivo en la vida de trabajar lo menos posible y asumir las mínimas responsabilidades posibles.
Pues bien, todo esto en una gran losa que pesa sobre la administración pública y contra los servicios que queremos mantener como públicos. Esto acabará destruyendo lo público y acabará generando la privatización de casi todo. Apoyándonos en los valores que comentamos en la entrada anterior, hay que ejercer una acción enérgica sobre esto con las medidas que sean necesarias. Si hay que endurecer el régimen disciplinario, que se haga, si hay que avanzar progresivamente hacia un sistema de primas o subidas salariales por objetivos y rendimiento, que se haga. No hay que tener miedo a esto, porque este miedo nos hará fracasar. Y a lo que no hay que tener miedo ninguno es a la pérdida de votos entre los trabajadores públicos que pueda generar esta idea. Creo que hay que ser honestos, explicar las cosas como son y no temer en las consecuencias electorales de las ideas y los valores que se defienden.

Hay más mitos y miedos en la izquierda, y quería tratar también uno muy común. Hace algunos meses algún lector me critico que usase la palabra “buenismo” porque, según él, era un término acuñado por la derecha. Independientemente de esto uso el término buenismo porque creo que todo el mundo lo entiende.
La izquierda tiene ciertos clichés políticos que se basan en una visión un tanto edulcorada de la sociedad, que se ha dado por llamar buenismo. En el subconsciente izquierdista hay temas que son casi tabú, como la inmigración y la delincuencia, y son tabú porque se suele aceptar una visión en exceso humanista de los mismos. Para un izquierdista un inmigrante es una persona que viene a este país huyendo de la miseria del suyo, y por lo tanto la actitud humana correcta es ayudarle y apoyarle. Para un izquierdista un delincuente es una persona que puede reinsertarse en la sociedad y lo humano y ético es intentarlo además de, a veces, intentar eximir al delincuente de su responsabilidad otorgándosela a la sociedad o a las circunstancias de su vida. Estos planteamientos, que son lógicos desde un punto de vista sentimental, creo que son totalmente inconvenientes para la gestión política.
La inmigración se ha demostrado un problema para la sociedad en muchos aspectos. La inmigración en sí no es mala, lo que es malo es determinada inmigración, determinado flujo y determinadas realidades que lleva asociada. La inmigración puede traer enriquecimiento cultural y económico a un país en función de las variables que la componen, pero también puede traer guetos, problemas de integración, disminución de sueldos para los trabajadores de menos formación, problemas en la viabilidad del estado del bienestar, etc. Esto hay que entenderlo y no aceptar esta realidad o no querer hablar de ella es una irresponsabilidad que, además, puede provocar exactamente lo contrario que queremos, es decir, el aumento de la extrema derecha y la destrucción de las políticas sociales. Una política de puertas abiertas a la inmigración creará precisamente aquello con lo que queremos acabar, y me parece un suicidio político. Hemos de ser capaces de aceptar esta aparente contradicción entre sentimientos y pragmatismo político y optar, sin dudas, por el pragmatismo político en este caso.
La delincuencia también es un problema grave. La seguridad en un valor importante que hay que defender, y la extensión de la inseguridad ciudadana y el delito es algo que no se puede permitir. Yo creo que la izquierda ha pecado en la creencia de que una ley más “suave” favorecerá a la reinserción social de los delincuentes, cuando lo que provoca muchas veces es la excarcelación de delincuentes multireincidentes y un aumento de problemas de inseguridad. Aquí si que comparto una frase de Tony Blair “Inflexible con la delincuencia, inflexible con sus causas”, y creo que esa debe ser la vía a seguir. Actuemos sobre las posibles causas y eso nos dará una justificación ética para una ley contundente.

Por último creo que hay otro mito, éste más propio de los comunistas, que también debe ser erradicado. Siempre he observado con horror como se defienden a personajes como Kim Jon Il, Ahmadineyad o los hermanos Castro. Defender a un dictador por la etiqueta que usa es una niñería absurda. Defender a un sátrapa porque es “antiamericano” es, directamente, propio de estúpidos.
La inmensa mayoría de los izquierdistas occidentales no defienden a estos dictadores, es verdad, pero no está de más recordar como hasta hace poco el recién derrocado Mubarak formaba parte de la internacional socialista, o el partido del expresidente tunecino Ben Ali estaba como observador en la misma. Una cosa es tener unas relaciones diplomáticas estables con países que no son democracias, algo que es normal y lógico y entra dentro de las necesidades de la gobernación de un estado, y otra es tener a estas personas en tus organizaciones internacionales o dedicarte a alabarlos como recientemente hizo José Bono con el dictador guineano Obiang.
La mujer del César no sólo debe ser honrada, también debe parecerlo. Y los socialdemócratas europeos, por un lado, y los comunistas por otro, deben ser más honestos con sus planteamientos políticos y sus apoyos semánticos para no transmitir una señal equívoca de los valores que defienden.

4 comentarios:

  1. Rompiendo mitos.
    Adaptarse o morir.
    Me gusta.

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  2. Estoy básicamente de acuerdo contigo. Cuando quiero resumir lo que yo creo que debe hacer la izquierda, digo que nuestro objetivo es hacer que la sociedad, en general y los más necesitados en particular tengan una vida digna.
    El problema saber que es lo que se entiende por dignidad o hasta donde ha de llegar el Estado para garantizarla.
    Yo soy funcionario y estoy completamente de acuerdo en este punto, puesto que en cualquier trabajo cualquiera puede equivocarse, a veces el error es tal que te han de abrir un expediente, pero siempre hay las atenuantes, pero lo que no se puede permitir que por el mero hecho de que una persona sea funcionario/a, no cumpla de manera adecuada con su cometido por dejadez y no por falta de capacidad, es evidente, que cuando alguien está ejerciendo como funcionario de carrera un determinado trabajo ha pasado por una oposición o bien es interino pero creo que en este caso debe pasar por cursos de formación, y en resumen los funcionarios debemos tener la oportunidad de poder, pero también el deber de ir reciclandonos profesionalmente hablando. Por lo demás comparto tus observaciones, la izquierda si quiere ofrecer el cambio ha de ser la primera que ha de cambiar y adaptarse, pero siempre buscando un modelo de sociedad que sea justo, sin renunciar jamás a la libertad.

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  3. Muchos votantes deberían leerse tu post antes de ir a depositar el voto.

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  4. Hola,

    Gracias a los tres.
    Me parece realmente valorable la respuesta de socialistaparalalibertad y Nicolás. Estamos acostumbrados a que cada uno decida la conveniencia o no de una medida determinada exclusivamente en función de sus intereses, y creo que eso es algo que hay que cambiar. Que vosotros, funcionarios públicos, aceptéis los planteamientos que he hecho sobre determinadas realidades que existen en la administración y asumáis como lógico el concepto de fuerte responsabilidad para el funcionario público me demuestra, además de que debéis ser trabajadores excelentes, una amplia altura de miras por encima de los interes propios, algo de lo que estamos muy muy escasos en mi opinión.

    Quedan dos entradas de esta serie, espero no aburriros mucho ;-)

    Saludos,

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