La nueva marca de La suerte sonríe a los audaces

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lunes, 28 de febrero de 2011

El hundimiento de la socialdemocrácia; la necesidad de construir una nueva izquierda (IV)

VISIÓN SOCIAL, ECONÓMICA Y ESTADO DEL BIENESTAR




















Ya hemos hablado de cuales son los mitos y los inmovilismos erróneos de la izquierda y el daño que han hecho a las ideas y principios que se quieren defender. Esa es la crítica, y está muy bien y es importante hacerla como primer paso, pero eso no resuelve el problema político que tenemos. Para crear un nuevo proyecto político no basta simplemente con aceptar y modificar ciertos puntos de tu programa y adaptarlos a otros ya existentes en el panorama político,  si no que es necesario inexorablemente el planteamiento de nuevas ideas que otorguen a ese proyecto un aire innovador y diferencial.

No obstante no me resisto a volver a criticar una base teórica y otro inmovilismo típico de la izquierda. Creo que ya hemos tratado muchas veces sobre el error de las dualidades burgués vs proletario o asalariado vs empresario. Esto es algo que está acabado, y creo que es la base principal para entender la imperiosa necesidad de una nueva visión y métodos políticos. Que nadie lo dude: Hoy en día existen asalariados con mucho más privilegio y poder que el 99% de los empresarios. Los directivos bancarios, recordemos, son asalariados. Los controladores aéreos, por poner otro ejemplo fácil, son asalariados. No perdamos de vista jamás que ha sido una casta de “directivos” de contratos multimillonarios y blindados los que han hundido el sistema financiero internacional, personas que han actuado con el dinero de otros (inversores generalmente) pero sin la responsabilidad de quien pierde su propio dinero. Que nadie pierda esto de vista porque si lo hacemos vamos a errar gravemente.
La reconsideración del papel de los empresarios y emprendedores y su aportación positiva a la sociedad es algo que debemos de reconstruir. Las valoraciones sobre ellos deben depender de sus acciones, actuaciones y su compromiso social, exactamente los mismos parámetros que se le deben aplicar a cualquier otro ciudadano. Hay que rechazar radicalmente el alineamiento irracional con el asalariado por el mero hecho de serlo y el rechazo al empresario por lo mismo.

No son los privilegios de los empresarios lo que debemos combatir. La propiedad de empresas no es el problema de nuestro mundo, no, el empresario no es el “enemigo”, no es ese capitalismo industrial el que hay que enfrentar. La verdadera realidad que hay que enfrentar no es el capitalismo industrial, propio del siglo pasado, es el capitalismo financiero el que realmente es la fuente principal de las desigualdades y los privilegios en nuestro mundo.
Hoy día los “mercados” superan a cualquier poder económico que haya habido en el pasado. El “mercado” es un poder descabezado, deslocalizado, en cierta manera abstracto, que es muy difícil de gestionar. Sabemos que hay especuladores, sabemos que hay fondos de inversión poderosísimos que pueden atacar un valor para hacerlo bajar y luego comprarlo masivamente cuando está más bajo y hacerlo subir, pero no podemos focalizar en alguien o algo la responsabilidad de las acciones de los mercados. Sin embargo, la realidad de los mercados y sus acciones afectan de forma importantísima a las realidades económicas, políticas y sociales de los países.
Los mercados de valores se supone que sirven como método de asignación de recursos a los distintos proyectos económicos y productivos que existen. Los inversores, convenientemente informados, asignarán recursos a los proyectos empresariales con más futuro y más productivos. La “sabiduría” de quien invierte su dinero, del “mercado”, generará una asignación de recursos muy eficiente que reforzará la economía productiva. Esta es la teoría, pero la práctica no es así. En un mundo alocado los mercados de valores se han convertido en una ruleta rusa donde lo que se busca es la ganancia rápida y el “pelotazo”. La sobredimensión del número de inversores ha dado mucho poder a entidades y personas jurídicas intermediarias. Se invierte y se especula con todo, sin importar que se trate de algo básico o no. Todo esto me recuerda mucho a una frase de Thomas Jefferson sobre la banca “Pienso que las instituciones bancarias son mas peligrosas para nuestras libertades que ejércitos enteros listos para el combate. Si el pueblo americano permite un día que los bancos privados controlen su moneda, los bancos y todas las instituciones que florecerán en torno a los bancos, privaran a la gente de toda posesión, primero por medio de la inflación, enseguida por la recesión, hasta el día en que sus hijos se despertaran sin casa y sin techo, sobre la tierra que sus padres conquistaron”.

En esta realidad de las cosas creo que la nueva izquierda debe posicionarse, sin reservas, a favor de regulaciones internacionales para estos mercados. Y esta regulación, hasta que alguien proponga una alternativa viable y lógica, debe venir por dos vías: Limitaciones y regulaciones sobre la banca de inversión, por un lado, y la adopción de una tasa sobre los flujos de capital por otro, es decir, una “Tasa Tobin”.
Mucha gente habla de la Tasa Tobin como si fuese algún tipo de idea bien definida, cuando no lo es. La realidad de una Tasa Tobin puede ser muy dispar en función de las variables que fijemos de la misma, es decir, de su importe porcentual, del organismo que la gestione y del destino de los fondos recaudados por la misma. ¿Quién debe recaudar la Tasa Tobin, la ONU, el FMI, el banco mundial, debe repartirse entre varios organismos de carácter más regional? ¿Qué importe debe tener, 0,5%, 0,1%, 0,01%? ¿A qué destinamos este dinero, a la protección del medio ambiente, a combatir la pobreza, al mantenimiento de los estados del bienestar?
La tasa Tobin es algo que hay que estudiar muy bien y yo no me siento capacitado para proponer si quiera una idea sobre estas tres variables. El importe debe ser lo suficientemente alto como para desincentivar operaciones especulativas pero lo suficientemente bajo como para no desincentivar las productivas. El destino de su recaudación puede tener multitud de destinos, pero creo que es importante focalizar los mismos en políticas sociales y de bienestar. Qué organismo gestionaría estos fondos parece secundario, pero en este punto es muy importante evitar que este dinero llegase a manos de gobiernos dictatoriales y corruptos que pudiesen usar los fondos para enriquecerse.
Creo que sería muy importante que economistas y políticos de reconocido prestigio hagan una propuesta concreta sobre estas variables y poder fijar una base sobre la que comenzar a defender la aplicación de esta idea.

Una de las prioridades que debemos tener es cómo generamos o mantenemos un estado del bienestar suficiente y sostenible, y cómo compatibilizar el mismo con conceptos de responsabilidad individual y progreso económico. El criterio de sostenibilidad lo expresamos en el escrito anterior pero, ¿Qué es un estado del bienestar suficiente?
Los ciudadanos deben estar protegidos. Esta protección debe tener, en mi opinión, tres divisiones intelectuales básicas: La protección que se le otorga a cualquier ciudadano por el hecho de serlo, la protección que se le debe dar a los ciudadanos que no pueden vivir  dignamente de forma temporal y por determinadas circunstancias, y la protección que se le debe dar a los ciudadanos que no se pueden valer por sí mismos.
La protección que se le otorga a cualquier ciudadano son aquellos servicios y ayudas que los poderes públicos deben otorgar a cualquier persona que lo requiera. La sanidad básica, por ejemplo, es algo que estaría dentro de este grupo, pues las sociedades europeas han asumido que a ninguna persona se le puede dejar morir miserablemente si se puede evitar. Lo mismo podría decirse de la obtención de alimentos para la subsistencia o de un techo bajo el que dormir. Estos servicios, excepto la sanidad, están prestados hoy mayoritariamente por organizaciones no gubernamentales, instituciones religiosas o de caridad en general, eso sí con subvenciones y recursos del estado.

Cuando hablamos de la protección temporal a ciudadanos que no pueden tener una vida digna por si mismos es cuando empezamos a hablar del estado del bienestar con mayúsculas. Antes de desarrollar nada creo que debemos marcar las líneas que marcar bien que tipo de principios debemos tener en cuenta aquí.
Cada vez más estamos en una sociedad menos segura a nivel laboral y de renta. Las personas ya no trabajan toda la vida en la misma empresa como antaño, existe cada vez más mayor rotación laboral y por lo tanto los periodos de desempleo y de no recepciones de rentas del trabajo son mayores. Existen, además, dificultades cada vez mayores para la juventud para acceder a trabajos después de sus estudios.
Hemos hablado ya de derechos y obligaciones. Una de las obligaciones de los ciudadanos es aportar y contribuir con la sociedad, y una de las contribuciones básicas que hacemos los ciudadanos es el trabajo, con el que se crea riqueza y se contribuye, en función de las posibilidades de cada uno, al bien común y al desarrollo del país a través de los impuestos.
Yo creo en una reciprocidad clara entre la sociedad y el individuo, entre el trabajador y los poderes públicos. Igual que el trabajador contribuye cuando trabaja creo que los poderes públicos deben ayudar y proteger al ciudadano cuando éste no puede trabajar por las razones que sea, pero quiere hacerlo. Las sociedades con estados del bienestar menos desarrollados han intentado proteger al trabajador mediante la rigidez laboral, mientras los estados sociales más desarrollados lo han hecho mediante poderosos estados del bienestar, habiendo una rigidez laboral mucho menor.
Soy un firme partidario de un modelo de estado del bienestar basado en una flexiseguridad bien aplicada. El estado del bienestar debe otorgar la seguridad siempre que el ciudadano lo necesite, y la flexibilidad servirá tanto a ciudadanos como a empresas, a los primeros para poder progresar laboral y vitalmente, y a las segundas para poder tener más versatilidad funcional en el caso de que esté justificado. Pero para que esto pueda funcionar, para que las personas y empresas puedan tener los beneficios de la flexibilidad, debemos exigir dos cosas: Compromiso ciudadano claro con el trabajo futuro y con los impuestos que tendrá que pagar cuando lo tenga, y mayor carga fiscal para las empresas.

¿Cómo debemos, pues, desarrollar este modelo de estado del bienestar flexisecutirtario? Bien, en mi opinión creo que es importante avanzar hacia una renta básica indefinida para trabajadores en paro. Cada ciudadano que no tenga recursos ni trabajo debe poder acceder a una renta básica para poder vivir de forma mínimamente digna. Pero para que esto sea realidad y para que sea funcional y responda al tipo de sociedad que nos gustaría creo que hay dos cosas esenciales: Eliminar el fraude y una exigencia de compromiso social al receptor de la renta.
Ya propuse hace bastante tiempo, con escasa aceptación todo sea dicho, que existiese una renta básica que se pudiese percibir a cambio de un trabajo a tiempo parcial de carácter “social”. El ciudadano receptor de la renta debería hacer un trabajo social apropiado a sus estudios, preferencias o experiencias laborales, y así se conseguía el doble objetivo de que no se trabajase en negro y se estableciese una clara corresponsabilidad social. Esta renta básica debería ser algo menor al salario mínimo, para no desincentivar la búsqueda de empleo (lo que no quiere decir que el salario mínimo deba permanecer como está).

Otra cosa que creo debemos cambiar es esta tendencia a la prestación de servicios públicos por empresas privadas pero con dinero público. Cada vez más se está evolucionando a que sean empresas privadas las que gestionen colegios, hospitales, residencias de ancianos, guarderías, etc. Esto se ha generado en medio de un desprestigio de lo público del que hablamos en la entrada anterior. También por falta de presupuesto se ha optado muchas veces por subvenciones o deducciones a los ciudadanos y familias para que ellos se costeasen sus propios servicios con esas ayudas.
En mi opinión estas realidades, en España que es el país que conozco por mi experiencia, han sido bastante malas. Muchos hospitales privados funcionan peor que los públicos, se ha creado en muchas comunidades autónomas una verdadera red de conciertos escolares que benefician a amigos de los administradores y, hablando claro, a los negocios de la iglesia católica (hasta ahora educativos, en breve también sanitarios), las subvenciones y ayudas competitivas dejan a muchas familias fuera de estos servicios públicos por no cumplir los límites de renta exigidos, con una explosión asociada de xenofobia al considerar muchos ciudadanos que es la presencia de inmigrantes pobres la que les quita el derecho de recibir estos servicios. Además, existe una perversa realidad: Cada vez que en este país se da una subvención o una deducción para algún servicio, este servicio aumenta de precio, convirtiéndose al final la ayuda en un plus de beneficios para la empresa privada obtenido con dinero público.
Creo que esta realidad nos debe hacer volver a una política más centrada en lo público, eso sí con las consideraciones de excelencia en la eficiencia de las que hablamos en la entrada anterior. Hagamos una red amplia de colegios, hospitales, guarderías, residencias, etc. Públicas, en la que todo el mundo que quiera tenga plaza sin importar la renta (una persona con mucha renta paga muchos impuestos y lógicamente debe poder acceder a estos servicios), en la que se aspire a que no haya competitividad de renta por las plazas. Las políticas de subvenciones y ayudas pueden existir, pero se deben minimizar a casos lógicos y, en cualquier caso, se deben hacer de forma mucho más inteligente de lo que se han hecho en España.
Habrá quien no esté de acuerdo en que personas de altas rentas se beneficien de todos los servicios públicos. Lo siento señores esto debe ser así, debe ser así tanto por una cuestión de correspondencia como por una realidad que no debemos olvidar. Esta situación actual, donde las rentas medias pagan bastantes impuestos y no pueden acceder a muchas ayudas públicas lo único que estamos provocando es la desafección de estas personas por los sistemas públicos y su evolución hacia posicionamientos favorables a bajadas de impuestos y adelgazamiento de lo público. Una sociedad donde todo el que contribuya o quiera contribuir tenga acceso a todos los servicios es la mejor manera para garantizar un apoyo social mayoritario a este sistema. Los “ricos” deben tener el mismo derecho a llevar a sus hijos a una guardería pública que otros ciudadanos si pagan impuestos como los demás.

Y finalmente creo que debemos hablar de esta parte del estado del bienestar que protege a las personas que no se pueden valer por si mismas. Este grupo está compuesto en esencia por menores, ancianos y personas discapacitadas.
Independientemente de nuestras visiones ideológicas más o menos socializantes yo creo que en este grupo no debería haber duda. La sociedad debe proteger al indefenso y debe poder garantizar a los menores una verdadera igualdad de oportunidades independientemente del entorno y la familia que hayan nacido.
Es un hecho evidente que un niño nacido en una familia con recursos y un niño nacido en una familia pobre no tienen las mismas oportunidades en la vida. Tampoco las oportunidades son las mismas en función de la cultura y personalidad de la familia, lo que pasa es que eso no lo podemos cambiar sin superar barreras que no debemos traspasar, pero sobre asunto económico sí podemos y debemos actuar.
La extensión de la educación pública desde el inicio de la educación obligatoria hasta el fin de los estudios técnicos o universitarios es el eje central de esta política destinada a la igualdad de oportunidades. He leído y escuchado muchas críticas a la política universitaria pública de este país y a que se está generando un exceso de titulados sin una verdadera capacidad. Las pequeñas verdades que existen en estas argumentaciones no nos pueden cegar ante el objetivo que tienen estos comentarios, que es la evolución hacia una privatización elitista de las universidades. Eso es algo que no podemos permitir, porque esto no solucionaría nada y lo único que llevaría es a que la masa de universitarios incapaces saliese de las universidades privadas en vez de las públicas (de hecho esto es algo que ya se puede observar con tantas universidades privadas que tenemos). Otra cosa es que se acepte que no es posible que haya estudiantes que se saquen carreras de 3 años en 7 sin justificación aparente, ni que muchos estudiantes dediquen a alargar su vida universitaria indefinidamente con un bajo rendimiento académico. Esto es cierto, pero esto se corrige con unas normas universitarias más estrictas, con una mayor exigencia de rendimiento académico y no con una privatización de las universidades. Decía Ricardo Lagos, expresidente socialista chileno, que “Socialismo en el siglo XXI significa que todo el mundo pueda llegar a ser Bill Gates”. No estoy en absoluto de acuerdo con esta frase, porque socialismo no significa simplemente poder intercambiar generacionalmente la cuna de los privilegios si no minimizarlos, pero la frase me vale para no olvidar que abrir las posibilidades de llegar a la excelencia a personas de bajos recursos y vidas difíciles es un horizonte que no podemos ni obviar ni traicionar.

Donde realmente creo que hay que hacer propuestas innovadoras es en la protección a los jubilados y a los ancianos. Existe un debate muy intenso en todo occidente sobre el retraso de la edad de jubilación, debate abierto ante el aumento de la esperanza de vida y la inversión de la pirámide demográfica. La izquierda real (no nominal) se ha situado frontalmente en contra de este retraso de la edad de jubilación por considerarla un recorte de derechos sociales.
Bien, creo que la izquierda se está equivocando. En mi opinión este rechazo responde a una línea inmovilista que ya he criticado con anterioridad cuya única visión es la resistencia a la conculcación de derechos sin entender la evolución del mundo.
La esperanza de vida, ciertamente, se ha alargado. Una persona de 65 años de este siglo está físicamente mucho mejor que una persona de esa edad hace 50 años, y por supuesto muchísimo mejor que una de hace 100 años. Esta realidad lleva a que la persona de 65 años hoy no sea dependiente, si no que pueda ser activa en muchos trabajos, y por otro lado hay que entender que tampoco tiene mucho sentido que alguien esté 35 años trabajando y luego esté 30 años cobrando una pensión.
Sin embargo el aumento de la esperanza de vida trae asociados también problemas. Aunque la gente se mantenga más joven durante más tiempo el alargar la esperanza de vida lleva a que aumente el porcentaje de personas que acaban sus días en unas condiciones totalmente dependientes, bien físicas o bien a causa de enfermedades neurodegenerativas. Muchos ancianos viven los años finales de sus vidas con una movilidad reducidísima y/o con enfermedades como el Alzheimer, y esto lleva muchas veces a terribles dificultades para sus familias.
Yo creo que este es el reto que debemos enfrentar. La dependencia es un nuevo horizonte que cada vez va a ser más frecuente, y anclarse en el concepto de pensión de jubilación como única necesidad de la tercera edad es un error y una falta de visión grave. Con esta realidad debemos entender que para una parte importante de la población no va a valer exclusivamente una renta vitalicia para poder atender sus necesidades, quizá a los que cobren las pensiones más altas sí pero ¿qué pasa con el resto? ¿Vamos a condenar a las familias a hacerse cargo de sus mayores 24 horas al día?
Nuestro estado del bienestar necesita avanzar muchísimo en este punto. Necesitamos residencias de ancianos, ayuda a domicilio profesional y cualificada, necesitamos establecer mecanismos para que las personas absolutamente dependientes no se vean abandonadas. Y esto, señores, cuesta mucho dinero.
Yo considero razonable extender la edad de jubilación más tiempo, a los 67 o incluso más si aumenta la esperanza de vida, pero también considero esencial solucionar el problema de la vejez y la dependencia. Creo que la nueva izquierda debe reformular esta parte del estado del bienestar con una idea simple: Más años de trabajo sí, pero más estado del bienestar que responda a las necesidades de dependencia también.
Las soluciones tampoco deben ser monolíticas. Se debe establecer un periodo final de la vida de los trabajadores mayores en el que prime el trabajo a tiempo parcial o a media jornada, quizá compatibilizándolo con parte de la pensión. A una persona de 65 años no se le puede pedir que se suba a un andamio, pero sí es un trabajador con muchísima experiencia que puede aportar y enseñar muchas cosas a los nuevos trabajadores. Los gobiernos y las empresas deben establecer mecanismos para flexibilizar y adaptar las condiciones de trabajo de estas personas y que no sean considerados cargas que se deben jubilar cuanto antes. He aquí una parte del “compromiso social” que una empresa debe ejercer con sus trabajadores más mayores.

Finalmente quiero hacer una consideración que no he marcado demasiado. He hablado de guarderías públicas y obviamente creo que se debe extender una amplia red de guarderías públicas, pero esto debe estar enmarcado en una política mucho mayor. Nuestro modo de vida, nuestra sociedad acelerada, nuestras familias donde ambos cónyuges trabajan, está disminuyendo muchísimo nuestros índices de natalidad. Un país, una sociedad, necesita niños y es una obligación moral no condenarnos a la minimización de la siguiente generación por los modos de vida de la actual.
Observo en España que las políticas de ayuda a la natalidad y a las familias con hijos dejan mucho que desear. Este es otro compromiso que la nueva izquierda debe tener, establecer una red de ayuda a las personas con hijos. Las guarderías son una parte fundamental de la misma porque desgraciadamente el problema básico es el tiempo, pero también debería establecerse otras ayudas a nivel de transporte, educación, alimentación, etc. Extensión de los beneficiarios por familia numerosa, becas de comedor y de material escolar (y eliminación de ciertos negocios que se hacen con el material escolar), IVA superreducido en ciertos productos, etc.
Este compromiso, sobre todo a nivel de países como el nuestro, debe ser uno de los pilares de nuestras ideas.

4 comentarios:

  1. Enriquecedor, sin duda alguna.
    Aunque algunas medidas económicas contra el brutal neoliberalismo se hace necesario a nivel global, se necesitaría un movimiento de gobiernos socialdemócratas generalizado en la mayoría de los países.

    Saludos.

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  2. Ha escrito usted cosas muy interesantes que provocan a pensar pero no soy optimista, Pedro. Creo que por lo menos de aquí a los próximos cinco años, no vamos a ver más que partidismo y "más de lo mismo".

    No estoy de acuerdo, como siempre, con lo que dices del "buenismo". Yo entiendo que, como en todos los grupos ideológicos, hay gente muy idealista pero deberías saber que un progresista no es que "defienda" la inmigración. De hecho la inmigración es sólo un producto normalmente del capitalismo global. Lo que defendemos es el concepto de solidaridad internacionalista y creo que al margen de dogmas, no es un mal concepto. Eso no significa "puertas abiertas". No conozco a ningún "rojo" que diga que se debe fomentar la inmigración ni traficar con personas. Sencillamente significa que ya que están aquí, hay que protegerles en sus derechos y contra la discriminación racial y el odio. ¿Eso te parece "dogmático"?

    Muchísimos progresistas estamos en contra de aberraciones como son el "centro de internamiento de extranjeros", el racismo que muchos de ellos sufren a diario y la discriminación. Eso es una realidad, Pedro y decir que los que nos preocupamos por eso somos "buenistas" creo que es una falta de respeto y señal de que te has dejado intimidar por ciertos sectores ultras y derechistas. A mí no me avergüenza defender a los más débiles.

    Saludos

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  3. Hola,

    Progresista,

    Creo que te has ido de artículo, el párrafo donde toco la inmigración está en el anterior ;-). No pasa nada, te contesto aquí.
    Mira creo que nuestras principales discrepancias están siempre en este punto, pero hay alguna insinuación en tus comentarios que no me ha gustado nada.
    Que conste que te comprendo, te comprendo perfectamente, pero cuando pasas de los sentimientos y de las acciones personales a los hechos políticos creo que cometes una grave irresponsabilidad.

    El error básico que cometenes es que confundes inmigración con inmigrantes. La inmigración es un fenómeno que hay que gestionar con políticas de estado, mientras que un inmigrante es una persona que tiene sus propias peculiaridades. Es importantísimo diferenciar una cosa con la otra, porque cuando se mezclan como haces tú acabas extrapolando la empatía con el inmigrante a una política de inmigración, y esa es la irresponsabilidad.

    Dices: "No conozco a ningún "rojo" que diga que se debe fomentar la inmigración ni traficar con personas. Sencillamente significa que ya que están aquí, hay que protegerles en sus derechos y contra la discriminación racial y el odio. ¿Eso te parece "dogmático"?"

    Yo sí conozo a muchos "rojos" que defienden políticas de puertas abiertas a la inmigración. Suelen ser puro reflejo y reacción contra argumentos de la derecha, como aquellos impresentables que defienden a Gadafi porque es antiamericano. Obviamente lo de las mafias no lo defiende nadie.
    La cuestión no es defender al inmigrante. ¿De qué hay que defenderle? Si lo que pretendes es defenderle del racismo social, de las malas miradas, de la discriminación, etc. Deberías ser lo suficientemente realista para entender que la sociedad tiene dinámicas propias que no pueden ser íntegramente corregidas. Pueden intentar implantar una cultura de tolerancia, de integración a los hijos de inmigrantes, pero no vas a conseguir eliminar la xenofobia del día a día. Porque es precisamente el alto flujo de inmigrantes y los problemas que ha traído asociada este tipo de inmigración que hemos tenido en los últimos 15 años la que ha hecho disparar el racismo y la xenofobia social. No entender esto, ponerte una venda en los ojos ante los claros problemas que ha tenido nuestro modelo de inmigración, me parece incomprensible.
    Si tienes otro modelo por favor propónlo aquí y seré el primero favorable a cambiar mi posición, pero todos mis análisis me llevan a concluir que es imperioso para una sociedad del bienestar y mínimamente homogenea que los flujos de inmigración sean relativamente bajos.
    Por cierto, el sentimiento no es dogmático, lo que es dogmático es no saber diferenciar el sentimiento y la empatía de la acción política y la realidad social general.

    Dices también: "decir que los que nos preocupamos por eso somos "buenistas" creo que es una falta de respeto y señal de que te has dejado intimidar por ciertos sectores ultras y derechistas. A mí no me avergüenza defender a los más débiles"

    No perdona progrsista, yo no me he dejado intimidar por nadie, ni por Alfredo Coll como parece que insinuas. Si quieres ver mis opiniones sobre la inmigración de antes de conocer a Alfredo ves a La suerte sonríe a los audaces y repasa entradas del 2009, y verás como mi opinión no ha cambiado.
    En absoluto pretendo fatar el respeto a nadie y no entiendo como lo interpretas así. La palabra buenismo es de sobra conocida y la uso como forma de entendernos. Mis planteamientos son claros: ¿Queremos un estado del bienestar? ¿Queremos potenciar la responsabilidad colectiva? Pues caballeros, con flujos migratorios como los que hemos tenido estos años eso no va a ser posible.
    (...)

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  4. Como bien sabes son los anarcocapitalistas los primeros que defienden un movimiento de personas sin limitaciones, ¿Sabes por qué? Porque son conscientes que esto destruirá el estado del bienestar que aborrecen, porque saben que las clases medias se posicionarán en contra del estado asistencial cuando vean que a ellos no les pueden asistir a causa de que hay gente que lo necesita más que ellos. Lo hacen porque saben que mucho inmigración creará una sociedad en guetos, y eso romperá el tejido social y el sentido de comunidad ¿Y sabes a qué lleva eso? A un individualismo extremo y a la despreocupación sobre otros, o sea, a la frase "la sociedad no existe". Además, es precisamente esta presencia de tanta mano de obra necesitada de trabajo la que consigue otros de sus dogmas: La disminución de los costes laborales.

    Yo me niego a hacerles el juego a quienes quieren destruir el estado social y precarizar a los trabajadores, lo siento. Igual que he llegado a la conclusión de que cierto proteccionismo es necesario con países como China o India, he concluído que necesitamos flujos de inmigración ordenados, legales, bajos y preferentemente capacitados.
    Y eso es una política, que no quita que hay que eliminar el racismo, favorecer la convivencia y garantizar que los inmigrantes con arraigo puedan desarrollar su vida aquí sin ser discriminados. Son políticas no solo compatibles, si no que son necesariamente compatibles porque sin lo primero jamás conseguiremos lo segundo.

    Saludos,

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