La nueva marca de La suerte sonríe a los audaces

La nueva marca de La suerte sonríe a los audaces http://lasuertesonriealosaudaces.blogspot.es/







domingo, 14 de agosto de 2011

La persistencia en una política económica fracasada





















A pesar de que los ataques contra la deuda soberana de Italia y España han cesado momentáneamente gracias a la intervención del BCE los problemas no han acabado en absoluto. Los ataques volverán y volveremos a entrar de nuevo en la misma política aplicada en los casos griego, portugués e irlandés, no sé si con esa gravedad pero sí con ese trueque destructivo: Dinero y/o apoyo económico a cambio de reformas y políticas de austeridad.

Yo no sé cómo es posible que nadie se rebele ante esta situación y se de cuenta de que estamos entrando en una espiral claramente destructiva de las economías nacionales que retroalimentamos con nuestras políticas. Cada vez que el mercado ataca la deuda de un país (creando pánico en base a algún factor objetivo, siendo los principales el bajo crecimiento económico y el déficit anual) la respuesta es la misma, reformas que reducen el gasto público y que aumentan los ingresos gravando el consumo y/o las rentas medias y bajas.
La teoría es que la reducción del déficit debería calmar a los mercados y, por lo tanto, abaratar la refinanciación de la deuda soberana (lo que también disminuye el déficit), creando un impulso que debería ayudar a salir de la crisis de deuda. Sin embargo de forma sistemática está pasando lo contrario. Buscad las evoluciones de las primas de riesgo de los países y veréis como todas ellas han sido mayores después de los planes de austeridad que antes de los mismos, después quizá de un pequeño retroceso de unas cuantas semanas.
Cada vez que un país reduce el gasto público para calmar a los mercados pasa exactamente lo contrario, los mercados atacan semanas después y la prima acaba subiendo. No hay una sola excepción en toda la eurozona.

No es que haya que actuar a golpe de pura reacción a los mercados y replantearse las políticas económicas después de unas cuantas malas sesiones en los Parquets, el problema es que la política principal, es decir, la de recortes del gasto público y aumento de impuestos a las bases poblacionales ya es de por sí una reacción a lo que hacen los mercados, y la mala acogida de los mismos a estas políticas no deja espacio ninguno a otra conclusión que el fracaso.
Se podría decir que, por lo menos, estás políticas serán positivas a medio plazo porque eliminarán el déficit. El problema es que ni siquiera eso. Cada vez que se recorta el gasto público en cosas que no son puro despilfarro y subes impuestos indirectos estás paralizando la inversión, la actividad económica y, sobre todo, el consumo. Y si se consume menos, se paraliza la actividad económica y se invierte menos el estado recauda menos, y por lo tanto la tendencia a la subida del déficit aumenta. No es nada descabellado pensar que podemos acabar reduciendo los ingresos en mayor proporción que los recortes de gastos realizados, pues la tendencia psicológica al miedo económico puede ser paralizante.
Y aunque no fuese así, aunque los recortes sean mayores que el descenso de ingresos, éstos siempre reducirán drásticamente la eficiencia de los primeros, llevándonos a un escenario en el que por pequeños recortes o mejoras de déficit estamos llevando al país a un cambio radical en su dispersión de renta, con las peligrosísimas consecuencias que tiene esto para el país en todos los terrenos, desde económicos hasta de orden público.

Desde una perspectiva más amplia los acontecimientos sucedidos desde 2008 no parecen augurar un final cercano y saludable a todo este desastre económico cultivado durante tres décadas. Después de los planes de rescate que se aplicaron en un primer momento, que probablemente evitaron un cataclismo económico mucho mayor, los déficits de los estados se dispararon. Estos déficits, y las políticas ortodoxas de contención de la inflación y de “responsabilidad” pública llevaron a un viraje de política hacia otra de contención del gasto y del déficit, que está matando el crecimiento y la propia economía a cambio de muy poco. Se ha abandonado el estímulo público antes de que la economía diese crecimientos razonables, con lo cual vemos que no estamos ante una política keynesiana (ya no lo estábamos desde hacía décadas, y prueba de ello fue la ausencia de políticas restrictivas y de generación de superávit en tiempos de bonanza), si no ante una política utilitarista que impidió el colapso de los grandes grupos y poderes económicos pero que no tenía intención de permanencia.
La política de aplacar a los mercados está arrasando con todo, con la educación y con la sanidad, con la protección social, con las políticas de seguridad en el empleo, con el futuro de una generación entera. No parece importarle a nadie que se esté estrechando la horquilla generacional del bienestar y que las generaciones más jóvenes y las más mayores vivan cada vez peor. No importa que la dispersión de renta cada vez sea menor. No importa que cada vez haya más movimientos de protesta y en más países, que haya conflictos políticos y sociales.
¿Qué mundo estamos creando? ¿Vale la pena esta “argentinización” de los países occidentales para intentar aplacar a los mercados unos meses más? Es obvio que no.

No creo que una política tradicional keynesiana de estímulos valiese para demasiado, y aunque aportaría algunos efectos interesantes como una mayor cohesión social y una mejor digestión de la deuda, en este contexto económico podría dar pié a un retorno en poco tiempo a una nueva política desquiciada de burbujas e irresponsabilidad económica.
Pero sí tengo total certeza que cualquier solución pasa por un control férreo sobre los mercados financieros internacionales y la prohibición de muchas de las prácticas habituales que se han usado para dar liquidez a los mercados y potenciar las transacciones pero que son hoy la fuente principal del omnímodo poder de los mercados sobre la economía del mundo.

1 comentario: