La nueva marca de La suerte sonríe a los audaces

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domingo, 2 de octubre de 2011

Miremos más allá de los prejuicios





















La complejidad de la economía global y de nuestras sociedades permite que las personas de distintas ideologías y percepciones político-económicas se atrevan a afirmar, casi sin dejar posibilidad de que se les replique, que la causa de la crisis actual es la ideología “enemiga” a la suya.
Por ejemplo, los izquierdistas echamos la culpa de la crisis, y no sin razón, al “capitalismo financiero”. La enorme desregulación que ha permitido esta economía de casino, la globalización que con sus deslocalizaciones ha minimizado la importancia del factor trabajo frente al capital y las políticas de reducción de impuestos y prebendas al capital que nos han situado a los pies de los mercados son las claras culpables de la situación actual, acciones que identificamos con el neoliberalismo, la derecha política y el capitalismo más salvaje.
En cambio la derecha echa la culpa de esta crisis al crédito fácil auspiciado por una política monetaria de bajos tipos de interés, al endeudamiento de personas y estados por encima de sus posibilidades y una sobredimensión de las administraciones públicas, medidas que califican como “socialismo”, cuando muchas veces son otras muchas cosas diferentes (estatalismo, electoralismo, etc.).

Fuera de etiquetas, fuera de si la culpa de del “socialismo” o del “neoliberalismo”, ¿es verdad que la desregulación del sistema financiero ha sido fundamental para el desencadenamiento de esta crisis? Sí, lo ha sido. ¿Lo ha sido la política de tipos de interés bajos? También. Creo que cometeríamos un error si para defender nuestras posiciones nos cegamos en no ver la parte de razón que tiene el adversario. La globalización, la desregulación y las políticas fiscales regresivas han sido parte central de la génesis de esta crisis, pero el crédito fácil, el endeudamiento generalizado y las estructuras públicas ineficientes son otras causas que hay que tener muy en cuenta.
En este punto del debate creo que está demás empezar a hacer argumentos en base al “tú más”. Para mí es ridículo entrar a valorar si la culpa de la crisis es más de las políticas presuntamente “neoliberales” o de las presuntamente “socialistas”, para empezar porque creo que todas estas que se califican como socialistas no lo son, y porque muchas de estas (o todas) que calificamos como neoliberales han sido aplicadas, defendidas y aplaudidas por todos los “socialistas” que han gobernado en las últimas dos décadas.

Fijémonos en la política monetaria de bajos tipos de interés. Describirla como “socialista” en base a que en cierta manera socializa el acceso a bienes y servicios (porque se hace más accesible el crédito) me parece una argumentación falaz. Quisiera recordar que ya desde la ortodoxia keynesiana se proponía que en los momentos de expansión económica el estado debía hacer políticas restrictivas para evitar las burbujas, por un lado, y para recaudar recursos para épocas en las que hubiese que estimular la economía por otro. La política monetaria es una parte central de estas políticas restrictivas o de estímulos, por lo que lo que se tenía que haber hecho era abaratar el crédito en épocas de contracción económica y encarecerlo en épocas de expansión. Pero no, se mantuvo una política económica casi independiente del ciclo, que potenció la burbuja inmobiliaria en países como en nuestro, por ejemplo.
En cualquier caso no caigamos en el simplismo de adjudicar a la política monetaria la responsabilidad de todo, ni mucho menos. Una política monetaria más restrictiva hubiese minimizado la burbuja inmobiliaria, pero no la hubiese evitado. En un momento en que las viviendas se revalorizaban un 20% anual de poco hubiese servido unos tipos de interés unos pocos puntos más altos del 4% que había entonces, y si hubiésemos tenido que ajustar el precio del dinero a las tasas de revalorización de los activos inmobiliarios hubiésemos tenido que llegar a tasas de interés absurdas y anormales en un momento sin inflación, que hubiese contraído la actividad económica en todos los terrenos productivos (ninguna inversión productiva hubiese dado beneficios suficientes para pagar unas tasas así en un entorno no inflacionista) y hubiese acabado con todo lo que no fuese especulación pura y dura.
La política monetaria afecta a todo, y si tienes unos cuantos activos que tienen tasas de inflación anormalmente altas no puedes ajustar la política monetaria al más desbocado de tus activos, porque estarás dañando a la economía que compete a todo lo demás. Y he aquí donde entra la importancia de la regulación. La política monetaria es una, pero la regulación puede ser específica por sector, y en una economía tan dispar y dual, donde los sectores económicos se comportan de manera radicalmente distinta los unos de los otros se necesita una regulación específica en cada entorno económico. La política monetaria es importante, pero pretender matar los elefantes y las moscas con la misma escopeta es algo irracional.

Otro punto importante es el endeudamiento, íntimamente relacionado con los tipos de interés. Nuestra sociedad llegó a un punto en que no parecía consciente del significado real del endeudamiento. El endeudamiento condiciona tu futuro y te obliga a pagar durante mucho tiempo el consumo o la inversión presente. Hay que tener muy claro las obligaciones que se contraen con un crédito y qué límites de riesgo son razonables aceptar y cuales no.
El endeudamiento no es culpa sólo de la demanda de créditos, ni mucho menos, tiene una responsabilidad todavía mayor quién ofrece esos créditos. Si una persona con una salario de 1.000 euros pide un crédito para pagar una hipoteca de 800 euros al mes es un inconsciente, pero la entidad bancaria que se lo concede no sólo es inconsciente, es responsable de una actividad de riesgo que puede afectar como un efecto dominó a la economía del país si las cosas fallan. El deudor adquiere una responsabilidad consigo mismo y con su familia, pero en banco la adquiere con la sociedad entera porque su quiebra puede afectar a las sociedad entera.
En endeudamiento nos ha dado una falsa percepción de prosperidad. Con crédito se podía acceder a todo, y con crédito todos aquellos que vendían podían hacerlo con márgenes de beneficios amplios. Esto del crédito se iba a acabar alguna vez y de eso parecía que nadie quería saber nada. Esto ha sido un poco como el juego de las sillas, donde hay más gente dando vueltas alrededor de las sillas que sillas. Cuando la música se acabó hubo que sentarse, y muchos se han quedado sin silla porque no había realmente silla para todos. El problema es que muchos de los que se han quedado sin silla eran los dueños de la silla, y por lo tanto hemos tenido que darles todos una parte de nuestra silla para que no se las lleven. Hablamos de bancos y estados.
Que somos más pobres de lo que pensábamos cuando el crédito fluía es un hecho y no hay que rasgarse las vestiduras, lo que pasa es que el empobrecimiento hay que distribuirlo adecuadamente en función de posibilidades y responsabilidades, ahí es donde radica la esencia de las políticas que tenemos disponibles.

Y como hemos dicho unos de los que se han quedado sin silla son los estados. Los estados están en una situación de déficit como a nadie se le escapa y esa situación no es posible. Un estado no tiene por qué ingresar lo que gasta todos los años, pero sí debe hacerlo en ciclos más o menos cortos o en cantidades controladas y bajo algún fundamento de desarrollo. Tener déficit porque gastas estructuralmente más de lo que ingresas es un error que no lleva a nada más que a ser esclavo de tus proveedores.
Hasta aquí suena todo muy ortodoxo, porque esta parte de la ortodoxia es cierta, pero paremos aquí. Porque el problema del déficit tiene un componente de gasto, pero tiene otro componente fundamental de falta de ingresos que es aún más importante que el primero.
Nos oponemos a los recortes porque por la palabra “recortes” hemos entendido la disminución del estado del bienestar, pero los recortes de gastos de las administraciones públicas son necesarios y posibles. Hay gastos evitables generados en base a las malas prácticas sistematizadas por culpa de la falta de control que ha existido en los últimos años, hay gastos que responden exclusivamente a impulsos populistas y megalomaniacos de los políticos, hay excesos salariales en la administración para altos cargos generalmente “políticos”, hay dietas y gastos de representación incomprensibles, hay, en definitiva, una cantidad de gastos que no responden al mantenimiento del estado del bienestar ni los servicios si no a medidas populistas, electoralistas, al pago de favores políticos, a sobrecostes en las contrataciones públicas en base a la corrupción y/o de una mala gestión y a otras situaciones injustificables. Ahí hay que recortar, hay que recortarlo todo y no hacerlo por prejuicio es un suicidio incomprensible.
El “gasto público”, como concepto, no es de izquierdas. Lo repetiré una y mil veces si es necesario para romper todos los malentendidos en este aspecto. Un gasto público alto puede ser parte de la política más derechista y de la más izquierdista, dependerá de el destino y objetivo de este gasto y de la manera como se recauden los recursos.

Cuando salgamos de este desastre en el que estamos inmersos lo podemos hacer de dos maneras. Una será un atajo sin sentido, una tregua temporal que volvería a traernos una crisis aún más virulenta en pocos años: Es el camino al que nos lleva las políticas que se están aplicando en el mundo ahora mismo.
Pero hay otro camino, debe haber otro camino, y ese camino no puede ser un simple refrito de teorías antiguas superadas por el tiempo (como es realmente la primera solución). Ni el marxismo, ni el keynesianismo ni las políticas liberales de hace un siglo arreglarán nada. Habrá que crear una vía específica para arreglar los grandes males económicos que tiene nuestras sociedades y nuestro modelo productivo, y la mejor manera de llegar a desarrollarla es no cerrarse en banda a los posibles análisis que hacen personas de otras sensibilidades políticas si estos son serenos y realistas. Nadie ha creado nada productivo en este mundo mirándose al ombligo

1 comentario:

  1. Tanto los gobiernos de izquierdas como los de derechas,pueden echar la culpa de la actual crisis a los banqueros o a los especuladores, pero la realidad que los que son realmente culpable son ellos” la clase política” , que no ha cumplido con su deber de regular la actividad financiera y ha permitido que se otorguen hipotecas basura, que se comercialicen fondos contaminados y que se falseen las cifras y datos. Los políticos han gastado más de lo que debían y han guardado un silencio cómplice ante los abusos y vilezas del sistema, únicamente porque ellos se beneficiaban de la prosperidad artificial.

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