La nueva marca de La suerte sonríe a los audaces

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lunes, 28 de febrero de 2011

El hundimiento de la socialdemocrácia; la necesidad de construir una nueva izquierda (IV)

VISIÓN SOCIAL, ECONÓMICA Y ESTADO DEL BIENESTAR




















Ya hemos hablado de cuales son los mitos y los inmovilismos erróneos de la izquierda y el daño que han hecho a las ideas y principios que se quieren defender. Esa es la crítica, y está muy bien y es importante hacerla como primer paso, pero eso no resuelve el problema político que tenemos. Para crear un nuevo proyecto político no basta simplemente con aceptar y modificar ciertos puntos de tu programa y adaptarlos a otros ya existentes en el panorama político,  si no que es necesario inexorablemente el planteamiento de nuevas ideas que otorguen a ese proyecto un aire innovador y diferencial.

No obstante no me resisto a volver a criticar una base teórica y otro inmovilismo típico de la izquierda. Creo que ya hemos tratado muchas veces sobre el error de las dualidades burgués vs proletario o asalariado vs empresario. Esto es algo que está acabado, y creo que es la base principal para entender la imperiosa necesidad de una nueva visión y métodos políticos. Que nadie lo dude: Hoy en día existen asalariados con mucho más privilegio y poder que el 99% de los empresarios. Los directivos bancarios, recordemos, son asalariados. Los controladores aéreos, por poner otro ejemplo fácil, son asalariados. No perdamos de vista jamás que ha sido una casta de “directivos” de contratos multimillonarios y blindados los que han hundido el sistema financiero internacional, personas que han actuado con el dinero de otros (inversores generalmente) pero sin la responsabilidad de quien pierde su propio dinero. Que nadie pierda esto de vista porque si lo hacemos vamos a errar gravemente.
La reconsideración del papel de los empresarios y emprendedores y su aportación positiva a la sociedad es algo que debemos de reconstruir. Las valoraciones sobre ellos deben depender de sus acciones, actuaciones y su compromiso social, exactamente los mismos parámetros que se le deben aplicar a cualquier otro ciudadano. Hay que rechazar radicalmente el alineamiento irracional con el asalariado por el mero hecho de serlo y el rechazo al empresario por lo mismo.

No son los privilegios de los empresarios lo que debemos combatir. La propiedad de empresas no es el problema de nuestro mundo, no, el empresario no es el “enemigo”, no es ese capitalismo industrial el que hay que enfrentar. La verdadera realidad que hay que enfrentar no es el capitalismo industrial, propio del siglo pasado, es el capitalismo financiero el que realmente es la fuente principal de las desigualdades y los privilegios en nuestro mundo.
Hoy día los “mercados” superan a cualquier poder económico que haya habido en el pasado. El “mercado” es un poder descabezado, deslocalizado, en cierta manera abstracto, que es muy difícil de gestionar. Sabemos que hay especuladores, sabemos que hay fondos de inversión poderosísimos que pueden atacar un valor para hacerlo bajar y luego comprarlo masivamente cuando está más bajo y hacerlo subir, pero no podemos focalizar en alguien o algo la responsabilidad de las acciones de los mercados. Sin embargo, la realidad de los mercados y sus acciones afectan de forma importantísima a las realidades económicas, políticas y sociales de los países.
Los mercados de valores se supone que sirven como método de asignación de recursos a los distintos proyectos económicos y productivos que existen. Los inversores, convenientemente informados, asignarán recursos a los proyectos empresariales con más futuro y más productivos. La “sabiduría” de quien invierte su dinero, del “mercado”, generará una asignación de recursos muy eficiente que reforzará la economía productiva. Esta es la teoría, pero la práctica no es así. En un mundo alocado los mercados de valores se han convertido en una ruleta rusa donde lo que se busca es la ganancia rápida y el “pelotazo”. La sobredimensión del número de inversores ha dado mucho poder a entidades y personas jurídicas intermediarias. Se invierte y se especula con todo, sin importar que se trate de algo básico o no. Todo esto me recuerda mucho a una frase de Thomas Jefferson sobre la banca “Pienso que las instituciones bancarias son mas peligrosas para nuestras libertades que ejércitos enteros listos para el combate. Si el pueblo americano permite un día que los bancos privados controlen su moneda, los bancos y todas las instituciones que florecerán en torno a los bancos, privaran a la gente de toda posesión, primero por medio de la inflación, enseguida por la recesión, hasta el día en que sus hijos se despertaran sin casa y sin techo, sobre la tierra que sus padres conquistaron”.

En esta realidad de las cosas creo que la nueva izquierda debe posicionarse, sin reservas, a favor de regulaciones internacionales para estos mercados. Y esta regulación, hasta que alguien proponga una alternativa viable y lógica, debe venir por dos vías: Limitaciones y regulaciones sobre la banca de inversión, por un lado, y la adopción de una tasa sobre los flujos de capital por otro, es decir, una “Tasa Tobin”.
Mucha gente habla de la Tasa Tobin como si fuese algún tipo de idea bien definida, cuando no lo es. La realidad de una Tasa Tobin puede ser muy dispar en función de las variables que fijemos de la misma, es decir, de su importe porcentual, del organismo que la gestione y del destino de los fondos recaudados por la misma. ¿Quién debe recaudar la Tasa Tobin, la ONU, el FMI, el banco mundial, debe repartirse entre varios organismos de carácter más regional? ¿Qué importe debe tener, 0,5%, 0,1%, 0,01%? ¿A qué destinamos este dinero, a la protección del medio ambiente, a combatir la pobreza, al mantenimiento de los estados del bienestar?
La tasa Tobin es algo que hay que estudiar muy bien y yo no me siento capacitado para proponer si quiera una idea sobre estas tres variables. El importe debe ser lo suficientemente alto como para desincentivar operaciones especulativas pero lo suficientemente bajo como para no desincentivar las productivas. El destino de su recaudación puede tener multitud de destinos, pero creo que es importante focalizar los mismos en políticas sociales y de bienestar. Qué organismo gestionaría estos fondos parece secundario, pero en este punto es muy importante evitar que este dinero llegase a manos de gobiernos dictatoriales y corruptos que pudiesen usar los fondos para enriquecerse.
Creo que sería muy importante que economistas y políticos de reconocido prestigio hagan una propuesta concreta sobre estas variables y poder fijar una base sobre la que comenzar a defender la aplicación de esta idea.

Una de las prioridades que debemos tener es cómo generamos o mantenemos un estado del bienestar suficiente y sostenible, y cómo compatibilizar el mismo con conceptos de responsabilidad individual y progreso económico. El criterio de sostenibilidad lo expresamos en el escrito anterior pero, ¿Qué es un estado del bienestar suficiente?
Los ciudadanos deben estar protegidos. Esta protección debe tener, en mi opinión, tres divisiones intelectuales básicas: La protección que se le otorga a cualquier ciudadano por el hecho de serlo, la protección que se le debe dar a los ciudadanos que no pueden vivir  dignamente de forma temporal y por determinadas circunstancias, y la protección que se le debe dar a los ciudadanos que no se pueden valer por sí mismos.
La protección que se le otorga a cualquier ciudadano son aquellos servicios y ayudas que los poderes públicos deben otorgar a cualquier persona que lo requiera. La sanidad básica, por ejemplo, es algo que estaría dentro de este grupo, pues las sociedades europeas han asumido que a ninguna persona se le puede dejar morir miserablemente si se puede evitar. Lo mismo podría decirse de la obtención de alimentos para la subsistencia o de un techo bajo el que dormir. Estos servicios, excepto la sanidad, están prestados hoy mayoritariamente por organizaciones no gubernamentales, instituciones religiosas o de caridad en general, eso sí con subvenciones y recursos del estado.

Cuando hablamos de la protección temporal a ciudadanos que no pueden tener una vida digna por si mismos es cuando empezamos a hablar del estado del bienestar con mayúsculas. Antes de desarrollar nada creo que debemos marcar las líneas que marcar bien que tipo de principios debemos tener en cuenta aquí.
Cada vez más estamos en una sociedad menos segura a nivel laboral y de renta. Las personas ya no trabajan toda la vida en la misma empresa como antaño, existe cada vez más mayor rotación laboral y por lo tanto los periodos de desempleo y de no recepciones de rentas del trabajo son mayores. Existen, además, dificultades cada vez mayores para la juventud para acceder a trabajos después de sus estudios.
Hemos hablado ya de derechos y obligaciones. Una de las obligaciones de los ciudadanos es aportar y contribuir con la sociedad, y una de las contribuciones básicas que hacemos los ciudadanos es el trabajo, con el que se crea riqueza y se contribuye, en función de las posibilidades de cada uno, al bien común y al desarrollo del país a través de los impuestos.
Yo creo en una reciprocidad clara entre la sociedad y el individuo, entre el trabajador y los poderes públicos. Igual que el trabajador contribuye cuando trabaja creo que los poderes públicos deben ayudar y proteger al ciudadano cuando éste no puede trabajar por las razones que sea, pero quiere hacerlo. Las sociedades con estados del bienestar menos desarrollados han intentado proteger al trabajador mediante la rigidez laboral, mientras los estados sociales más desarrollados lo han hecho mediante poderosos estados del bienestar, habiendo una rigidez laboral mucho menor.
Soy un firme partidario de un modelo de estado del bienestar basado en una flexiseguridad bien aplicada. El estado del bienestar debe otorgar la seguridad siempre que el ciudadano lo necesite, y la flexibilidad servirá tanto a ciudadanos como a empresas, a los primeros para poder progresar laboral y vitalmente, y a las segundas para poder tener más versatilidad funcional en el caso de que esté justificado. Pero para que esto pueda funcionar, para que las personas y empresas puedan tener los beneficios de la flexibilidad, debemos exigir dos cosas: Compromiso ciudadano claro con el trabajo futuro y con los impuestos que tendrá que pagar cuando lo tenga, y mayor carga fiscal para las empresas.

¿Cómo debemos, pues, desarrollar este modelo de estado del bienestar flexisecutirtario? Bien, en mi opinión creo que es importante avanzar hacia una renta básica indefinida para trabajadores en paro. Cada ciudadano que no tenga recursos ni trabajo debe poder acceder a una renta básica para poder vivir de forma mínimamente digna. Pero para que esto sea realidad y para que sea funcional y responda al tipo de sociedad que nos gustaría creo que hay dos cosas esenciales: Eliminar el fraude y una exigencia de compromiso social al receptor de la renta.
Ya propuse hace bastante tiempo, con escasa aceptación todo sea dicho, que existiese una renta básica que se pudiese percibir a cambio de un trabajo a tiempo parcial de carácter “social”. El ciudadano receptor de la renta debería hacer un trabajo social apropiado a sus estudios, preferencias o experiencias laborales, y así se conseguía el doble objetivo de que no se trabajase en negro y se estableciese una clara corresponsabilidad social. Esta renta básica debería ser algo menor al salario mínimo, para no desincentivar la búsqueda de empleo (lo que no quiere decir que el salario mínimo deba permanecer como está).

Otra cosa que creo debemos cambiar es esta tendencia a la prestación de servicios públicos por empresas privadas pero con dinero público. Cada vez más se está evolucionando a que sean empresas privadas las que gestionen colegios, hospitales, residencias de ancianos, guarderías, etc. Esto se ha generado en medio de un desprestigio de lo público del que hablamos en la entrada anterior. También por falta de presupuesto se ha optado muchas veces por subvenciones o deducciones a los ciudadanos y familias para que ellos se costeasen sus propios servicios con esas ayudas.
En mi opinión estas realidades, en España que es el país que conozco por mi experiencia, han sido bastante malas. Muchos hospitales privados funcionan peor que los públicos, se ha creado en muchas comunidades autónomas una verdadera red de conciertos escolares que benefician a amigos de los administradores y, hablando claro, a los negocios de la iglesia católica (hasta ahora educativos, en breve también sanitarios), las subvenciones y ayudas competitivas dejan a muchas familias fuera de estos servicios públicos por no cumplir los límites de renta exigidos, con una explosión asociada de xenofobia al considerar muchos ciudadanos que es la presencia de inmigrantes pobres la que les quita el derecho de recibir estos servicios. Además, existe una perversa realidad: Cada vez que en este país se da una subvención o una deducción para algún servicio, este servicio aumenta de precio, convirtiéndose al final la ayuda en un plus de beneficios para la empresa privada obtenido con dinero público.
Creo que esta realidad nos debe hacer volver a una política más centrada en lo público, eso sí con las consideraciones de excelencia en la eficiencia de las que hablamos en la entrada anterior. Hagamos una red amplia de colegios, hospitales, guarderías, residencias, etc. Públicas, en la que todo el mundo que quiera tenga plaza sin importar la renta (una persona con mucha renta paga muchos impuestos y lógicamente debe poder acceder a estos servicios), en la que se aspire a que no haya competitividad de renta por las plazas. Las políticas de subvenciones y ayudas pueden existir, pero se deben minimizar a casos lógicos y, en cualquier caso, se deben hacer de forma mucho más inteligente de lo que se han hecho en España.
Habrá quien no esté de acuerdo en que personas de altas rentas se beneficien de todos los servicios públicos. Lo siento señores esto debe ser así, debe ser así tanto por una cuestión de correspondencia como por una realidad que no debemos olvidar. Esta situación actual, donde las rentas medias pagan bastantes impuestos y no pueden acceder a muchas ayudas públicas lo único que estamos provocando es la desafección de estas personas por los sistemas públicos y su evolución hacia posicionamientos favorables a bajadas de impuestos y adelgazamiento de lo público. Una sociedad donde todo el que contribuya o quiera contribuir tenga acceso a todos los servicios es la mejor manera para garantizar un apoyo social mayoritario a este sistema. Los “ricos” deben tener el mismo derecho a llevar a sus hijos a una guardería pública que otros ciudadanos si pagan impuestos como los demás.

Y finalmente creo que debemos hablar de esta parte del estado del bienestar que protege a las personas que no se pueden valer por si mismas. Este grupo está compuesto en esencia por menores, ancianos y personas discapacitadas.
Independientemente de nuestras visiones ideológicas más o menos socializantes yo creo que en este grupo no debería haber duda. La sociedad debe proteger al indefenso y debe poder garantizar a los menores una verdadera igualdad de oportunidades independientemente del entorno y la familia que hayan nacido.
Es un hecho evidente que un niño nacido en una familia con recursos y un niño nacido en una familia pobre no tienen las mismas oportunidades en la vida. Tampoco las oportunidades son las mismas en función de la cultura y personalidad de la familia, lo que pasa es que eso no lo podemos cambiar sin superar barreras que no debemos traspasar, pero sobre asunto económico sí podemos y debemos actuar.
La extensión de la educación pública desde el inicio de la educación obligatoria hasta el fin de los estudios técnicos o universitarios es el eje central de esta política destinada a la igualdad de oportunidades. He leído y escuchado muchas críticas a la política universitaria pública de este país y a que se está generando un exceso de titulados sin una verdadera capacidad. Las pequeñas verdades que existen en estas argumentaciones no nos pueden cegar ante el objetivo que tienen estos comentarios, que es la evolución hacia una privatización elitista de las universidades. Eso es algo que no podemos permitir, porque esto no solucionaría nada y lo único que llevaría es a que la masa de universitarios incapaces saliese de las universidades privadas en vez de las públicas (de hecho esto es algo que ya se puede observar con tantas universidades privadas que tenemos). Otra cosa es que se acepte que no es posible que haya estudiantes que se saquen carreras de 3 años en 7 sin justificación aparente, ni que muchos estudiantes dediquen a alargar su vida universitaria indefinidamente con un bajo rendimiento académico. Esto es cierto, pero esto se corrige con unas normas universitarias más estrictas, con una mayor exigencia de rendimiento académico y no con una privatización de las universidades. Decía Ricardo Lagos, expresidente socialista chileno, que “Socialismo en el siglo XXI significa que todo el mundo pueda llegar a ser Bill Gates”. No estoy en absoluto de acuerdo con esta frase, porque socialismo no significa simplemente poder intercambiar generacionalmente la cuna de los privilegios si no minimizarlos, pero la frase me vale para no olvidar que abrir las posibilidades de llegar a la excelencia a personas de bajos recursos y vidas difíciles es un horizonte que no podemos ni obviar ni traicionar.

Donde realmente creo que hay que hacer propuestas innovadoras es en la protección a los jubilados y a los ancianos. Existe un debate muy intenso en todo occidente sobre el retraso de la edad de jubilación, debate abierto ante el aumento de la esperanza de vida y la inversión de la pirámide demográfica. La izquierda real (no nominal) se ha situado frontalmente en contra de este retraso de la edad de jubilación por considerarla un recorte de derechos sociales.
Bien, creo que la izquierda se está equivocando. En mi opinión este rechazo responde a una línea inmovilista que ya he criticado con anterioridad cuya única visión es la resistencia a la conculcación de derechos sin entender la evolución del mundo.
La esperanza de vida, ciertamente, se ha alargado. Una persona de 65 años de este siglo está físicamente mucho mejor que una persona de esa edad hace 50 años, y por supuesto muchísimo mejor que una de hace 100 años. Esta realidad lleva a que la persona de 65 años hoy no sea dependiente, si no que pueda ser activa en muchos trabajos, y por otro lado hay que entender que tampoco tiene mucho sentido que alguien esté 35 años trabajando y luego esté 30 años cobrando una pensión.
Sin embargo el aumento de la esperanza de vida trae asociados también problemas. Aunque la gente se mantenga más joven durante más tiempo el alargar la esperanza de vida lleva a que aumente el porcentaje de personas que acaban sus días en unas condiciones totalmente dependientes, bien físicas o bien a causa de enfermedades neurodegenerativas. Muchos ancianos viven los años finales de sus vidas con una movilidad reducidísima y/o con enfermedades como el Alzheimer, y esto lleva muchas veces a terribles dificultades para sus familias.
Yo creo que este es el reto que debemos enfrentar. La dependencia es un nuevo horizonte que cada vez va a ser más frecuente, y anclarse en el concepto de pensión de jubilación como única necesidad de la tercera edad es un error y una falta de visión grave. Con esta realidad debemos entender que para una parte importante de la población no va a valer exclusivamente una renta vitalicia para poder atender sus necesidades, quizá a los que cobren las pensiones más altas sí pero ¿qué pasa con el resto? ¿Vamos a condenar a las familias a hacerse cargo de sus mayores 24 horas al día?
Nuestro estado del bienestar necesita avanzar muchísimo en este punto. Necesitamos residencias de ancianos, ayuda a domicilio profesional y cualificada, necesitamos establecer mecanismos para que las personas absolutamente dependientes no se vean abandonadas. Y esto, señores, cuesta mucho dinero.
Yo considero razonable extender la edad de jubilación más tiempo, a los 67 o incluso más si aumenta la esperanza de vida, pero también considero esencial solucionar el problema de la vejez y la dependencia. Creo que la nueva izquierda debe reformular esta parte del estado del bienestar con una idea simple: Más años de trabajo sí, pero más estado del bienestar que responda a las necesidades de dependencia también.
Las soluciones tampoco deben ser monolíticas. Se debe establecer un periodo final de la vida de los trabajadores mayores en el que prime el trabajo a tiempo parcial o a media jornada, quizá compatibilizándolo con parte de la pensión. A una persona de 65 años no se le puede pedir que se suba a un andamio, pero sí es un trabajador con muchísima experiencia que puede aportar y enseñar muchas cosas a los nuevos trabajadores. Los gobiernos y las empresas deben establecer mecanismos para flexibilizar y adaptar las condiciones de trabajo de estas personas y que no sean considerados cargas que se deben jubilar cuanto antes. He aquí una parte del “compromiso social” que una empresa debe ejercer con sus trabajadores más mayores.

Finalmente quiero hacer una consideración que no he marcado demasiado. He hablado de guarderías públicas y obviamente creo que se debe extender una amplia red de guarderías públicas, pero esto debe estar enmarcado en una política mucho mayor. Nuestro modo de vida, nuestra sociedad acelerada, nuestras familias donde ambos cónyuges trabajan, está disminuyendo muchísimo nuestros índices de natalidad. Un país, una sociedad, necesita niños y es una obligación moral no condenarnos a la minimización de la siguiente generación por los modos de vida de la actual.
Observo en España que las políticas de ayuda a la natalidad y a las familias con hijos dejan mucho que desear. Este es otro compromiso que la nueva izquierda debe tener, establecer una red de ayuda a las personas con hijos. Las guarderías son una parte fundamental de la misma porque desgraciadamente el problema básico es el tiempo, pero también debería establecerse otras ayudas a nivel de transporte, educación, alimentación, etc. Extensión de los beneficiarios por familia numerosa, becas de comedor y de material escolar (y eliminación de ciertos negocios que se hacen con el material escolar), IVA superreducido en ciertos productos, etc.
Este compromiso, sobre todo a nivel de países como el nuestro, debe ser uno de los pilares de nuestras ideas.

jueves, 24 de febrero de 2011

El hundimiento de la socialdemocrácia; la necesidad de construir una nueva izquierda (III)

MITOS Y MIEDOS DE LA IZQUIERDA




















En la acción política y en la ideología de la izquierda de los últimos años podemos observar que existen una serie de mitos y un miedo a cambiar ciertas cosas. Estos mitos y miedos generan un inmovilismo peligroso que lleva a quedarse congelado en un mundo muy cambiante, y que por lo tanto tus políticas para favorecer a los menos favorecidos se queden obsoletas, o lo que es peor, que acaben generando exactamente lo contrario de lo que se pretende.

Uno de los mitos de la izquierda es todo lo referente al gasto público de las administraciones públicas, y se han establecido peligrosas ideas en este ámbito. Básicamente se ha aceptado que un gasto público elevado es de izquierdas, que unos impuestos elevados son de izquierdas y que la aceptación y la despreocupación por el déficit de las administraciones públicas también es de izquierdas. Por supuesto, lo contrario es de derechas; poco gasto público es de derechas, bajos impuestos es de derechas y la obsesión por acabar con el déficit es de derechas. Creo que es muy importante hablar claramente sobre esto y fijar bien las ideas, y creo que también es muy importante no olvidar que los objetivos de la izquierda de mayor igualdad y libertad no tienen un único camino, y que estas materias son herramientas cuyo principal papel es ser funcionales y que si no lo son no tiene sentido mantenerse en una posición defensiva.

¿El gasto público elevado es de izquierdas? Depende. Un gasto público en sanidad, educación, prestaciones económicas para quienes las necesitan, etc. Sí son de izquierdas en principio, pero eso no es todo el gasto público. Dentro del gasto público hay partidas para infraestructuras, para la administración del estado, para el ejército, ayudas a instituciones como la iglesia católica, subvenciones a empresas y actividades económicas, construcciones de obras faraónicas, etc, etc. Este último gasto responde a multitud de variables, muchas razonables y otras no.
El gasto público es importante, pero es igualmente importante es el destino de este gasto y el acierto de su inversión. Y, en cualquier caso, dentro de cualquiera de las partidas existen multitud de gastos que son totalmente evitables, que son puro despilfarro y que su existencia hay que entenderla como una resta de recursos para cosas realmente importantes.
Hay que ser totalmente escrupuloso en el gasto de las administraciones públicas, tanto por una cuestión ética como porque hay que entender claramente que estamos hablando de recursos limitados. Gastar recursos para pagar una prestación por desempleo de un parado o la atención médica de un enfermo es un gasto que hay que hacer y sobre el que no se puede recortar, donde hay que recortar es en la prestación que cobra quien no lo necesita y en el gasto sanitario abusivo, absurdo y evitable.

Todo esto enlaza con el concepto de déficit. Yo no entiendo cómo se puede decir que el déficit del estado no es importante, y más en estos momentos en que los mercados de deuda muerden cada vez que tienen que refinanciar una deuda, con el mayor endeudamiento para todos. Cuando el expresidente Aznar hablaba de déficit cero mucha gente pensaba que era algo propio de la restricción de gasto conservadora. Zapatero, para oponerse a este concepto, habló de déficit cero por “ciclos”, es decir, habiendo superávit en bonanza y déficit cuando hiciese falta gasto público, con la cuenta equilibrada al final de cada ciclo. Esta idea es muy keynesiana, y la verdad es que es mucho más lógica y versátil para la gobernación de un estado, aunque no la debe haber aplicado muy bien viendo como estamos.
Tener déficit puntual algún año es algo que un estado se puede permitir, pero lo que no tiene ningún sentido es tener un déficit estructural. El tener un déficit estructural nos ha llevado a esta situación actual, donde los mercados acaban mandando sobre tus políticas y la soberanía de un país se ve secuestrada por sus deudas.
La izquierda política debe ser la principal interesada en tener estados saneados y déficits inexistentes, porque eso es precisamente lo que demostrará una buena gestión y un estado del bienestar sostenible. Se habla mucho de “planes de austeridad”, palabras que suenan siempre inconcretas y vacías, pero hay que tener claro que los planes destinados a la maximización de recursos, la contención de malas prácticas en la administración y en el gasto y  la desaparición del despilfarro deben ser continuos y no descansar. Cada euro que se ahorre puede ser destinado a un pensionista, un hospital, las infraestructuras de un colegio, o a planes destinados a la potenciación de una economía basada en el conocimiento.

Respecto a los impuestos también hay mucho que hablar. Zapatero también dijo aquello de que bajar impuestos no es de derechas, y en parte tenía razón pero en parte no. Los impuestos tienen una finalidad determinada y lo que debemos ver es cuál es esta finalidad en vez de hacer conceptualizaciones simplistas. Lo repito una vez más, lo que importa es conseguir mayor igualdad de renta y minimizar la pobreza.
Cuando se recauda un impuesto de un ciudadano o una empresa se le está restando renta a alguien. Si el destino de ese dinero va a ir a alguna cosa despilfarradora, este impuesto no es adecuado aunque se recaude de una persona o empresa muy rica. Pero si este impuesto se recauda de un jubilado o un mileurista, entonces es directamente una barbaridad. Los impuestos tienen una finalidad determinada, que debe ser ética, cumplir un objetivo social, económico o mantener el funcionamiento del estado. Debemos tener un horizonte redistributivo, pero se redistribuye ayudando y mejorando al que tiene poco, no sustrayendo al que tiene mucho sin una utilidad justificable.
Cuando hablamos de impuestos debemos ser, también, pragmáticos. Los impuestos mal aplicados pueden llevar a una contracción de la actividad económica, y eso no interesa a nadie. Por supuesto tampoco se puede caer en el simplísimo e interesado dogma de que hay que bajar los impuestos para generar actividad económica, porque eso además de no ser siempre cierto a medio plazo genera una dinámica muy peligrosa que mataría de raíz tanto el objetivo redistributivo como la propia funcionalidad del estado en tiempos de crisis, pudiendo generar una verdadera depresión económica peligrosa.
Este es uno más de los equilibrismos que debemos gestionar. La ética y el compromiso social y el pragmatismo económico deben poder compatibilizarse de la manera más equilibrada posible.

Otro de los miedos que se percibe también en la izquierda es cualquier cambio sustancial en lo “público” y en su gestión. La izquierda tradicional tiene ideológicamente una afinidad importante por el sector público, que considera garante de la igualdad y parte de una economía colectiva. Por la razón que sea (hay varias) la izquierda ha desarrollado una especie de inmovilismo respecto a la gestión pública que en muchas ocasiones ha llevado a una degradación en su eficiencia y su función. Y al darse esta degradación, la sociedad asume que la gestión privada es más eficiente que la pública, acabando al final los gobernantes de izquierdas privatizando áreas de la gestión pública en aras de la teórica eficiencia privada que se ha asumido real o virtualmente. He aquí otro ciclo autodestructivo.
Como he dicho antes creo que la izquierda debe ser totalmente escrupulosa en la gestión de lo público y debe ser la principal interesada en que los organismos públicos funcionen. Es una realidad conocida, aunque muchas veces exagerada, que hay muchos funcionarios públicos que no ejercen sus funciones con la necesaria responsabilidad y compromiso. Se ha creado en muchas administraciones una casta de funcionarios que creen tener sólo derechos y no obligaciones con su trabajo, y que contagian a los nuevos trabajadores con ese espíritu y prácticamente les imponen un trabajo de bajo rendimiento. Esto, además, ha generado por extensión una clase de jóvenes cuya aspiración es ser funcionario, da igual de qué, cuyo único objetivo en la vida de trabajar lo menos posible y asumir las mínimas responsabilidades posibles.
Pues bien, todo esto en una gran losa que pesa sobre la administración pública y contra los servicios que queremos mantener como públicos. Esto acabará destruyendo lo público y acabará generando la privatización de casi todo. Apoyándonos en los valores que comentamos en la entrada anterior, hay que ejercer una acción enérgica sobre esto con las medidas que sean necesarias. Si hay que endurecer el régimen disciplinario, que se haga, si hay que avanzar progresivamente hacia un sistema de primas o subidas salariales por objetivos y rendimiento, que se haga. No hay que tener miedo a esto, porque este miedo nos hará fracasar. Y a lo que no hay que tener miedo ninguno es a la pérdida de votos entre los trabajadores públicos que pueda generar esta idea. Creo que hay que ser honestos, explicar las cosas como son y no temer en las consecuencias electorales de las ideas y los valores que se defienden.

Hay más mitos y miedos en la izquierda, y quería tratar también uno muy común. Hace algunos meses algún lector me critico que usase la palabra “buenismo” porque, según él, era un término acuñado por la derecha. Independientemente de esto uso el término buenismo porque creo que todo el mundo lo entiende.
La izquierda tiene ciertos clichés políticos que se basan en una visión un tanto edulcorada de la sociedad, que se ha dado por llamar buenismo. En el subconsciente izquierdista hay temas que son casi tabú, como la inmigración y la delincuencia, y son tabú porque se suele aceptar una visión en exceso humanista de los mismos. Para un izquierdista un inmigrante es una persona que viene a este país huyendo de la miseria del suyo, y por lo tanto la actitud humana correcta es ayudarle y apoyarle. Para un izquierdista un delincuente es una persona que puede reinsertarse en la sociedad y lo humano y ético es intentarlo además de, a veces, intentar eximir al delincuente de su responsabilidad otorgándosela a la sociedad o a las circunstancias de su vida. Estos planteamientos, que son lógicos desde un punto de vista sentimental, creo que son totalmente inconvenientes para la gestión política.
La inmigración se ha demostrado un problema para la sociedad en muchos aspectos. La inmigración en sí no es mala, lo que es malo es determinada inmigración, determinado flujo y determinadas realidades que lleva asociada. La inmigración puede traer enriquecimiento cultural y económico a un país en función de las variables que la componen, pero también puede traer guetos, problemas de integración, disminución de sueldos para los trabajadores de menos formación, problemas en la viabilidad del estado del bienestar, etc. Esto hay que entenderlo y no aceptar esta realidad o no querer hablar de ella es una irresponsabilidad que, además, puede provocar exactamente lo contrario que queremos, es decir, el aumento de la extrema derecha y la destrucción de las políticas sociales. Una política de puertas abiertas a la inmigración creará precisamente aquello con lo que queremos acabar, y me parece un suicidio político. Hemos de ser capaces de aceptar esta aparente contradicción entre sentimientos y pragmatismo político y optar, sin dudas, por el pragmatismo político en este caso.
La delincuencia también es un problema grave. La seguridad en un valor importante que hay que defender, y la extensión de la inseguridad ciudadana y el delito es algo que no se puede permitir. Yo creo que la izquierda ha pecado en la creencia de que una ley más “suave” favorecerá a la reinserción social de los delincuentes, cuando lo que provoca muchas veces es la excarcelación de delincuentes multireincidentes y un aumento de problemas de inseguridad. Aquí si que comparto una frase de Tony Blair “Inflexible con la delincuencia, inflexible con sus causas”, y creo que esa debe ser la vía a seguir. Actuemos sobre las posibles causas y eso nos dará una justificación ética para una ley contundente.

Por último creo que hay otro mito, éste más propio de los comunistas, que también debe ser erradicado. Siempre he observado con horror como se defienden a personajes como Kim Jon Il, Ahmadineyad o los hermanos Castro. Defender a un dictador por la etiqueta que usa es una niñería absurda. Defender a un sátrapa porque es “antiamericano” es, directamente, propio de estúpidos.
La inmensa mayoría de los izquierdistas occidentales no defienden a estos dictadores, es verdad, pero no está de más recordar como hasta hace poco el recién derrocado Mubarak formaba parte de la internacional socialista, o el partido del expresidente tunecino Ben Ali estaba como observador en la misma. Una cosa es tener unas relaciones diplomáticas estables con países que no son democracias, algo que es normal y lógico y entra dentro de las necesidades de la gobernación de un estado, y otra es tener a estas personas en tus organizaciones internacionales o dedicarte a alabarlos como recientemente hizo José Bono con el dictador guineano Obiang.
La mujer del César no sólo debe ser honrada, también debe parecerlo. Y los socialdemócratas europeos, por un lado, y los comunistas por otro, deben ser más honestos con sus planteamientos políticos y sus apoyos semánticos para no transmitir una señal equívoca de los valores que defienden.

lunes, 21 de febrero de 2011

El hundimiento de la socialdemocrácia; la necesidad de construir una nueva izquierda (II)

MORAL, VALORES Y PRINCIPIOS

















Decíamos el otro día que en un terreno de libertades y moral pública la izquierda política sí había marcado fuertemente la sociedad actual. Esto es cierto, pero esto no debe generar la sensación de que se ha triunfado en un terreno “Moral” y de valores, porque esto no es en absoluto así.
Estamos de nuevo, pues, navegando entre los múltiples significados que tienen las palabras en función de los contextos. Vamos a tener que diferenciar bien lo que es “Moral”, con mayúsculas, de la moralidad y el moralismo. La izquierda sí ha conseguido que el moralismo conservador sea cada vez más algo propio de ciertos grupos de la sociedad y no de la sociedad como concepto general y mucho menos del estado (en el caso del estado esto es común con los liberales). Llamaré “moralidad” a este concepto, a la idea de extender la moral propia personal sobre modos de pensar, actuar, relacionarse, etc. A toda la sociedad. Ahí si que creo que no hay dudas que el posicionamiento de la izquierda ha sido aceptado mayoritariamente y, en mi opinión, ha sido acertado.

Pero yo quiero hablar de Moral, con mayúscula, y de valores. ¿Ha tenido esta izquierda de las últimas décadas una Moral y unos valores definidos? Yo creo sinceramente que no, y creo que esto ha sido uno de los principales errores ideológicos de la nueva izquierda de finales del siglo XX y principios del XXI.
El problema de la definición de valores viene probablemente como extensión de ese concepto tan comentado que es el relativismo. Al lector le podrá parecer que quienes hablan de relativismo son siempre curas o personas muy conservadoras y tendrá razón en lo referente a la moralidad, pero cuando hablo del relativismo no lo hago refiriéndome a eso, quiero hablar del relativismo aplicado a la acción política y a la ideología.
El relativismo suele ser algo que no es absoluto. Un relativista absoluto sería prácticamente un nihilista. Pero muchas de las ideas relativistas han penetrado en prácticamente todas las personas y entidades sociales de estas últimas dos décadas. El relativismo tiene una cara positiva, que es que genera una mayor tolerancia social y una menor tendencia a la violencia política por dogmatización; pero también tiene multitud de caras negativas, como por ejemplo puede ser la tolerancia o aceptación acrítica de realidades y comportamientos nada éticos por parte de personas, gobiernos, empresas, ejércitos, etc.

La izquierda de antes de los 80 sí tenía una moral y unos valores muy definidos. Tenían claro el tipo de sociedad que querían, con qué valores e incluso que tipo de “moral” personal debía tener un verdadero izquierdista. Los anarquistas de principio del siglo XX, por ejemplo, tenían una moral muy definida. Jamás iban a prostíbulos por considerar a las prostitutas unas esclavas del capitalismo, no se drogaban por entender que era un vicio que abstraía a las personas de su responsabilidad revolucionaria, la mayoría ni bebía y una minoría era incluso naturistas convencidos. Aquí vemos una moral definida.
Hay un trozo del un capítulo de la serie “Cuéntame cómo pasó” de hace un par de semanas donde Miguel, uno de los protagonistas que es del PCE, va a hablar con el secretario general de su ciudad. Él piensa que le van a incluir en las listas electorales pero el secretario tenía otros objetivos. La hija de Miguel apareció desnuda en Interviú y el secretario general le espeta en cierto momento a Miguel “Entiende, camarada Miguel, que esto no es propio de la moral proletaria”.Si podéis encontrar el fragmento miradlo porque está muy gracioso. A pesar de ser ficción, creo que este es un buen ejemplo de cómo los comunistas entendían, también, la moral izquierdista.
Este tipo de “moral” en mi opinión es excesiva. Hay una mezcla entre Moral y moralismo, entre valores y moralidad. Se tiene un concepto claro sobre la idea política, sobre los valores que sustentan esa idea y sobre las bases morales que justifican la aplicación de esa política. Pero también hay una extensión hacia la apariencia, los modos de vida de los “izquierdistas” y una fijación de qué costumbres son las “buenas” y cuales son las “malas”.

La socialdemocracia de las últimas décadas, en cambio, ha evolucionado hacia exactamente lo contrario. Se ha sobreentendido, dentro de este replanteamiento de las bases tradicionales de la socialdemocracia, que hay que eliminar el dogmatismo. Fijar valores o ideas morales sólidas se consideró como algo caduco, algo propio de conservadores intervencionistas en moralidad y por lo tanto es algo que se fue evitando hasta prácticamente desaparecer.
La nueva izquierda ya no tenía valores fuertemente definidos, no seguía un modelo claro de sociedad y no “exigía” al ciudadano ciertos comportamientos para poder ser miembro de esa sociedad mejor que vagamente ofrecían. Los conceptos de responsabilidad en las acciones propias y de la propia vida progresivamente desaparecieron hasta generar un tipo de mercantilismo político y social dónde todo el mundo cabía, donde no se requería esfuerzo ni compromiso por parte del simpatizante y el ciudadano, y donde el ciudadano se convertía en un mero receptor de las bondades políticas del gobierno. Del “hombre nuevo” se pasó a lo contrario, al “da igual cómo sea usted, lo que haga, cómo actúe, mientras nos vote”.
En medio del auge del relativismo las derechas también han entrado en esto en parte, pero de una manera distinta y no tan marcada. Bien es cierto que los conservadores ya no construyen su discurso en base a una exigencia social de moralidad como lo hacían antes, pero en cualquier caso no han abandonado el discurso sobre valores. Cualquiera que oiga un discurso derechista podrá ver referencias al “esfuerzo”, al “mérito”, a la “familia” o a ideas similares. En este mundo de democracia mediática y de proselitismo absoluto los términos se usan de forma cada vez más ambigua, pero se usan, existen y dan la sensación de que quienes los defienden tienen una idea de sociedad clara en la cabeza. Luego está la realidad, que es que muchas veces las ideas, realidades y modos de vida del que dice este tipo de discursos son las contrarias a las que predican, y el mérito es en realidad enchufe, el que predica esfuerzo es en realidad un vividor, y la familia se deja de lado a favor de amantes y visitas al prostíbulo. Pero la percepción social, en una ciudadanía cada vez menos crítica y más despreocupada por conocer la realidad, es que los valores y modelos sociales existen.

En función de esta realidad yo creo que la nueva izquierda debe recuperar unos valores bien definidos, pero también debe saber dónde está el límite entre valores, principios y moral respecto a moralidad y moralismo.
Las personas son libres para llevar el tipo de vida que quieran. Nos debe dar igual cómo alguien vista, qué tipo de música le guste, con quién se acueste, cuál sea su familia, qué creencias religiosas y trascendentales tenga y cuales sean sus preferencias “vitales” en todos los sentidos. La libertad individual y de costumbres es un valor supremo en el que jamás hay que tener la tentación de entrar.
Pero eso es una cosa y otra cosa son los principios y valores que marcan nuestras ideas y acción política, y qué extensión debe tener esto sobre nuestra vida. Ser de izquierdas no es una pegatina que te pones en una carpeta, ni un carnet que guardas en la cartera para irte a tomar el bocadillo los viernes por la noche. Ser de izquierdas representa un modo de ver la sociedad, unas preocupaciones y un rechazo a ciertas realidades sociales que quieres cambiar. Hay que ser coherente con esto en la medida de lo posible, sin llegar a dogmatismos absurdos.

¿Qué valores debe tener la izquierda? La izquierda quiere una sociedad más igualitaria y quiere una sociedad de ciudadanos libres. No es coherente, pues, que se actúe personalmente de manera contraria a estos principios.
Cuidado, aquí nadie está diciendo de hacer votos de pobreza como en las órdenes religiosas, ni de rígidas obligaciones con la caridad ni nada parecido. Hay gente que hace teorías absurdas (sobre todo del entorno del “liberalismo” casposo y mediático que tenemos en este país) sobre que una persona de izquierdas debería vivir prácticamente en una cueva para ser coherente con sus ideas igualitaristas. Estas chorradas demagógicas son una idiotez, pero desgraciadamente mucha gente las defiende de forma un poco torpe por lo que debemos comentarlo. Como ya dije el socialismo pretende igualar a la gente en la riqueza y en los recursos y no en la pobreza. En ningún caso el socialista o izquierdista se opone a que haya gente que tenga un nivel de vida alto, ni siquiera a que haya gente que sea rica. Una persona puede ganar mucho dinero si su trabajo o aportación social lo vale, el problema aparece fundamentalmente cuando el acaparamiento de riqueza es tan amplio que provoca situaciones de pobreza y dificultad asociadas, o bien cuando es producto de un privilegio inadmisible.
Demos ejemplos claros. Es inaceptable, desde un punto de vista izquierditas, la evasión de impuestos. No hablo, por supuesto, a dar una clase particular en negro o a unos pequeños ingresos sin declarar, hablo de evasión con palabras mayúsculas. Hablo de contabilidad fraudulenta de empresas, hablo de saltarse las leyes fiscales no para subsistir, si no para ganar más dinero aún o enriquecerte, hablo de contratación de trabajadores ilegales para ahorrar costes. La evasión fiscal provoca una falta de recursos en el estado, que debilita los servicios públicos y las ayudas a la gente que las necesita; y es por eso por lo que es algo plenamente condenable desde la “Moral” izquierdista, además de ser ilegal.
Y siendo serios este mismo concepto vale para el fraude en el otro lado, es decir, en el cobro de ayudas y prestaciones que no son necesarias. Cobrar una ayuda al desempleo cuando se trabaja en negro (se trabaja ganando suficiente dinero, se entiende) es igualmente condenable que el caso anterior. Cobrar ayudas cuando no las necesitas y mediante la falsificación de tus ingresos es también un acto contra nuestros valores.

Todo esto enlaza con un valor fundamental que deberíamos defender, este es, el compromiso social. La izquierda debe defender una responsabilidad social por parte de todos los ciudadanos, una responsabilidad que exige de cada uno un esfuerzo.
La izquierda debe hacer entender a los ciudadanos que si queremos mejorar la sociedad es totalmente necesario el concurso de la ciudadanía en este esfuerzo colectivo. De nada vale todas las leyes del mundo si las personas a quienes van dirigidas esas leyes se dedican a actuar de forma contraria a lo que las leyes predican.
Igual que la democracia no vale para mucho si los ciudadanos van a meter el voto en una urna de forma acrítica y sin criterio ninguno, de nada nos vale una redistribución de los recursos si la gente evade impuestos o si quien no lo necesita acapara los recursos, de nada nos vale una sanidad universal si nos dedicamos a abusar de ella y a despilfarrar, de nada nos vale una educación pública de calidad si luego los padres se despreocupan de la educación de sus hijos e incluso ponen en duda, con su ejemplo y actos, la educación que están recibiendo. De nada nos vale una administración pública si ésta se convierte en un despilfarro de recursos económicos y humanos, o si por el contrario no la dotas de recursos; de nada nos vale unas leyes laborales protectoras si luego se incumplen las mismas, de nada nos vale intentar generar una igualdad relativa de renta si luego los ciudadanos la desbaratan invirtiendo locamente y especulativamente en viviendas, o en pagarés de Rumasa, pensando que se van a hacer ricos.

Debemos, pues, fijar unos valores concretos para esta nueva izquierda. No debe valer todo, no se le puede prometer a la gente todo a cambio de nada. Se debe exigir honestidad, responsabilidad individual y colectiva, compromiso social y un intento por ser mejor ciudadano.
La nueva izquierda no debe tener miedo a mostrar, sin miedo, unos valores básicos, pero firmes. La nueva izquierda no puede tener miedo a que estos valores puedan ser rechazados por una parte de la población por su exigencia y petición de responsabilidad. Una apertura a todo, una aceptación de todo dentro de un partido, lleva irremediablemente a la conversión de tu ideología y principios en la nada. Y esa “nada” es lo peor que le puede pasar a una idea política.
Compromiso social, responsabilidad y ética, esos deben ser nuestros valores. Y en base a ellos, construir unas nuevas formas e ideas políticas y un nuevo programa de acción gubernamental.

miércoles, 16 de febrero de 2011

El hundimiento de la socialdemocrácia; la necesidad de construir una nueva izquierda (I)

EL INMOVILISMO Y LA TERCERA VÍA, DOS FRACASOS




















No creo que a estas alturas de siglo a nadie se le escape que la socialdemocracia tradicional está en plena disolución. No disolución institucional, porque los partidos que la defienden teóricamente siguen siendo importantes, pero sí en una disolución política e ideológica real, pues estos son cada vez más débiles, más discutidos y con menos expectativas de alcanzar el poder y, fundamentalmente, hay expectativas nulas por parte de la sociedad de que estos partidos puedan cambiar algo.
Fuera de los partidos socialistas ibéricos, que ya preparan las maletas para irse a su casa, en el resto de Europa no queda rastro de la socialdemocracia en el poder, por lo menos en los países importantes. En Francia el PS no parece levantar ninguna ilusión y no es capaz de capitalizar el descontento con el presidente Sarkozy, en el Reino Unido los laboristas acaban de llevarse una derrota histórica, en Italia el PD es incapaz de acabar con el mafioso y corrupto Berlusconi a pesar de tener éste el rechazo de la mayoría de Italianos, por no hablar de Alemania donde el SPD ya tiene suficiente con evitar que Die Linke le adelante por la izquierda.
En otros países sí gobiernan los socialdemócratas, pero en cualquier caso su presencia en el gobierno sólo sirve para aplicar exactamente las mismas recetas neoliberales que aplican los conservadores. Los partidos socialistas de España, Portugal y Grecia son claros ejemplos de esto. Ahora mismo, y fuera de algún país económicamente potente que supo implantar una flexiseguridad exitosa en los últimos años, creo que el único partido que puede llevar sin vergüenza la etiqueta de socialdemócrata es la Alianza socialdemócrata Islandesa, que presionada por su pueblo y sus aliados ha emprendido un camino heterodoxo para la recuperación económica de su país.

¿Por qué estamos así? Los análisis simples no suelen ser demasiados certeros, y obviamente un análisis lo suficientemente profundo sería propio de una tesis doctoral. Pero es importante hacer una primera aproximación a las realidades que nos han llevado a la situación actual, y probablemente deberemos comenzar en los años 80 para entender el cuadro completo.
En cualquier caso vamos a empezar con algo positivo. Aún cuando es cierto que a nivel socio-económico la socialdemocracia y la izquierda en general están retrocediendo posiciones, a nivel de moral y libertades públicas creo que sí es justo decir que las ideas de la izquierda han tenido un profundo calado en occidente. La libertad de costumbres, de formas de vida, sexual, de creencias, etc. Está muy bien asentada en occidente, fuera de grupos ultraconservadores minoritarios (aunque muy ruidosos) católicos o protestantes. Hace 30 años era impensable una tolerancia social así con homosexuales o familias monoparentales, por ejemplo. En España incluso esa evolución se ha visto mucho más marcada puesto que ha coincidido con el asentamiento de la democracia.
Pero en la esencia de la política, en las políticas económicas y sociales, la cosa es bien distinta. Desde los años 80 se han puesto en dudas los pilares del estado del bienestar y movimientos políticos neoliberales fueron ocupando poco a poco la parte derecha del espectro político.
A pesar de la retirada de Reagan y Thatcher a finales de los 80 y su sustitución por políticos conservadores algo más moderados, la semilla de estas políticas fue germinada y siguió creciendo de forma más sutil pero no menos efectiva. Fundamentalmente desde la caída del bloque soviético y la implantación de eso que se ha llamado globalización, las políticas de mercados abiertos, tratados de libre comercio, reducciones de impuestos, privatizaciones de los grandes sectores públicos de las economías y privatizaciones de los servicios públicos han sido generales en todo occidente (y no solamente) llevándose a cabo con una intensidad más o menos acusada.

En estos 30 años la socialdemocracia ha optado básicamente por dos vías teóricas, aunque luego acabasen convergiendo en la misma vía práctica.
Fundamentalmente desde principio de los 90 se generó aquello que hemos llamado tercera vía dentro de la socialdemocracia. Esta tercera vía asumió parte importante del discurso neoliberal imperante, entrando entusiastamente en el mundo de la globalización con sus desregulaciones financieras, sus competencias fiscales en aras de favorecer la inversión y la competitividad, sus bajadas de impuestos, sus privatizaciones de lo público y la asunción del axioma de que cualquier empresa privada gestiona mejor que cualquier empresa pública.
La aceptación de estas ideas se intentó combinar con el objetivo histórico de la socialdemocracia: La ayuda a las clases más desfavorecidas y por lo menos el mantenimiento de cierta igualdad social. El resultado de estas dos almas opuestas fue que se incurrió en déficit para financiar los subsidios y los sistemas públicos a la vez que se bajaban los impuestos. Mientras la economía creció y se podía obtener recursos del consumo y de una actividad económica vigorosa financiada por el endeudamiento de familias y empresas los números cuadraron, generando la sensación de que era plenamente compatible bajar impuestos y mantener el estado asistencial o incluso aumentarlo.
Pero la economía colapsó, y cuando se entendió que el crecimiento y los recursos habían sido sostenidos por un dinero procedente de préstamos y que no era “real”, los números de los estados ya estaban en color rojo. La necesidad de amplios rescates bancarios para que la economía no colapsase convirtió esos déficits en un agujero enorme. Y ese agujero, que hubo que financiar en los mercados de deuda internacionales, fue lo que convirtió a los estados en rehenes de sus prestamistas e inversores, que exigieron el desmoronamiento de partes del estado del bienestar.
Lo que ha hecho la tercera vía ha sido una locura, un ciclo destructor. Han intentado mezclar las partes de distintos modelos que eran incompatibles entre sí, y han acabado destruyendo precisamente lo que deberían haber defendido. No es una culpa exclusiva de la socialdemocracia, ciertamente. Los partidos conservadores cayeron exactamente en la misma problemática para defender sus intereses electorales, por lo que hacían especial énfasis en las bajadas de impuestos y desregulaciones pero manteniendo también todos los sistemas asistenciales y del bienestar. Unos crearon déficit por gastar más y otros por ingresar menos, pero la problemática final fue la misma: Déficit y, como consecuencia, adelgazamiento del estado del bienestar ante las presiones de los “mercados”.

Otros socialdemócratas, en cambio, no aceptaron la tercera vía a nivel teórico. Partidos socialistas como el Frances, por ejemplo, fueron mucho más ortodoxos y se mantuvieron en su posicionamiento tradicional, aunque finalmente los gobiernos que formaban acababan asumiendo parte de la política de la tercera vía (Jospin, por ejemplo, privatizó muchas empresas y redujo los impuestos).
Este inmovilismo tampoco trae nada bueno. En el mundo de la globalización las empresas extranjeras buscan las mejores condiciones fiscales para establecerse en los países, por lo que una carga de impuestos alta es muchas veces contraproducente si existen alternativas en países cercanos. Lo aplicable a la inversión extranjera lo es también al propio capital que hay en tu territorio, que si no tiene instrumentos fiscales similares a los de otros países puede evadir el capital. La administración pública y las empresas públicas están muchas veces anquilosadas y han generado una cultura de poco esfuerzo y poca productividad. La excesiva burocracia, control e impuestos específicos sobre autónomos y pequeños empresarios tampoco es razonable en un mundo donde las igualdades entre asalariado = humilde y empresario= rico han dejado de ser ciertas en muchos casos.
La ortodoxia keynesiana y socialdemócrata tampoco funciona bien, y tampoco funciona a causa de la globalización. Y, en el caso de la zona euro, es aún más difícil que funcionen. En un mercado común, sin política monetaria, en un entorno internacional donde otros países atraen las inversiones con políticas fiscales altamente atractivas, estas políticas tradicionales producen poca inversión y deslocalización de empresas. Y es por eso por lo que, mientras la economía funcionaba relativamente bien, no ha habido gobierno que haya optado por esto incluso habiendo verdes o comunistas en el gobierno.
El problema básico de este pensamiento socialdemócrata ortodoxo es que no aceptó que no se podía arreglar una economía global y abierta con una política local y cerrada. El estado-nación como entidad reguladora económica había perdido su eficiencia. Y es por eso por lo que los políticos socialdemócratas de estas ideas que alcanzaban el poder acababan haciendo la política contraria, con la decepción y desorientación de sus bases.

La socialdemocracia no entendió bien la realidad del tiempo en el que vivía. Algunos mantuvieron sus ideas ortodoxamente, otros no, pero la realidad es que unos y otros acabaron haciendo la misma política. La tercera vía fue la evolución política que no necesitaba la socialdemocracia, y debieron entender aquello que se dice sobre que una población, si tiene que elegir entre un derechista de mentira y uno de verdad, siempre escogerá el de verdad. Por alguna razón pensaron exactamente lo contrario, pensaron que al ser la “cara amable” del sistema se atraerían las simpatías sin generar miedos. Se equivocaron claramente.
Esta socialdemocracia tercerista no ha podido, por esta razón, acumular el descontento ante la crisis de la desregulación que nos afecta. Ellos son parte generadora y participante de la crisis, no tiene sentido que se puedan presentar como la solución. Los derechistas también son parte de la crisis, pero con un discurso más basado en la inevitabilidad y el pragmatismo económico y con una cultura política menos acomplejada ante sus votantes no han caído en el derrumbe y en el absoluto extravío de la izquierda, y por eso han sobrenadado en esta situación.
De otras alternativas políticas actuales de izquierda, como veis, ni hablo. El comunismo está muerto y quienes tenían que haber tomado su relevo, los partidos eco socialistas, no han sabido crear un discurso y programa político convincente y de gobierno, desgraciadamente.

Este escrito ha sido muy amplio y muy inconcreto, lo sé. En escritos posteriores desarrollaré los problemas concretos de la izquierda de estas décadas, en qué se ha equivocado, qué no ha entendido, y lo más difícil, intentaré desarrollar qué rectificaciones y qué tipo de política creo que necesita la izquierda para crear alternativas políticas creíbles y capaces de volver a suscitar el apoyo mayoritario de la población.

domingo, 13 de febrero de 2011

Y la revolución triunfó en Egipto
















Cuando escribo esto, viernes 11 de Febrero, en presidente de Egipto Hosni Mubarak acaba de dimitir como presidente de la nación tras el discurso de ayer en el que aseguraba lo contrario. Con los días se sabrá que ha pasado, pero parece razonable pensar que los militares le han enseñado la puerta de salida. El ejército tomará provisionalmente el poder (…bueno, tomará es un decir porque lo tiene desde hace décadas), en figura de Suleimán, de Tantaui o de cualquier otro, previsiblemente hasta nuevas elecciones a la presidencia de la república, estas esperemos que limpias.

La revolución egipcia tiene las simpatías de casi todos los ciudadanos de occidente. Nosotros, que vivimos en un estado democrático, vemos lo que ha pasado en Egipto como la liberación de un pueblo de la tiranía. Esta visión, en parte real, esta excesivamente simplificada y creo que esconde realidades que no debemos obviar.
¿Por qué ha habido una revolución en Egipto? ¿Es la exigencia de un pueblo para tener libertad? Si y no. Por supuesto que las limitaciones a la libertad han sido una parte importante del cóctel, sobre todo por parte de los jóvenes que conocen, a través de Internet y los medios de comunicación, la existencia de países más libres. Que la pieza clave para el origen de estos movimientos en el mundo árabe haya sido Facebook y otras redes sociales nos indica hasta qué punto la juventud ha sido quien ha catalizado la protesta. El papel de las redes sociales tendremos que analizarlo más detenidamente en el futuro, pero Internet se ha demostrado como una herramienta poderosísima para la fabricación de movimientos sociales sin cabeza política. La extensión de esta idea al mundo occidental puede ser muy interesante, y aunque evidentemente va a tener que ser mucho más elaborada que en este caso podemos observar como hay un potencial que no está en absoluto explotado.

Pero, como decíamos, no es sólo la falta de libertad la que ha generado esta revolución, ni quizá ha sido el factor determinante. “Es la economía, estúpido”, como dijo aquel asesor de Bill Clinton, la que realmente ha llevado a Egipto y a Túnez a tener revoluciones con amplia adhesión.
¿Por qué hay dictaduras árabes todavía más intransigentes que no se han visto golpeadas por una revolución así? Resumiendo de forma facilona, por el petróleo y los mayores estándares de vida que concede a la población como causa fundamental. Si en Egipto ha triunfado esta revolución es porque hay un paro juvenil de más del 50%. Alguno pensará que en España es algo más de la mitad y no pasa nada, pero hay diferencias del PIB sustanciales y sobre todo demográficas: Egipto es una población mucho más joven que España y este 50% representa proporcionalmente mucho más que en España.
Cuando la mitad de la juventud de un país ni tiene trabajo ni posibilidades de conseguirlo, si ve que no tiene futuro ni esperanza, es mucho más probable que se lance a un movimiento revolucionario, pues no tiene nada que perder.
Creo que es importante comprender esto para no idealizar las cosas. Falta de libertad, sí, pero fundamentalmente falta de futuro y pobreza. ¿Por qué nadie se levanta en China? Exactamente por esto. Los jóvenes conocen un mundo mejor, que pueden ver en la televisión, en Internet. Ven como hay un mundo democrático que tiene estándares de vida mucho mayores que los suyos y donde la gente tiene futuro a pesar de las dificultades. Es una cuestión de expectativas, de saber que hay otro modelo y otra forma de vida, la referencia de algo mejor, y cuando eres consciente de esto atacas aquello que consideras te impide llegar a esas expectativas.

En este sentido las revoluciones árabes se parecen a las de la Europa del este. Los ciudadanos del bloque soviético conocían que existía otro modo de vida al otro lado del telón de acero. Un mundo democrático, con estándares de vida más altos que, además, tenía cierta protección social y estado del bienestar. Esa dualidad que les habían contado de que en los países capitalistas los pobres se morían de hambre y estaban abandonados a su suerte no era real en el caso de la Europa occidental (aunque quizá sí en países del tercer mundo), era una falacia, y los ciudadanos del este lo sabían. Vieron una expectativa de una vida mejor y, además, una vida más libre.
¿Se hubiesen producido esas revoluciones si el mundo soviético hubiese tenido unos estándares de vida más altos que el occidental? Estoy casi seguro que no. Sí hubiesen habido, por supuesto, movimientos que hubiesen exigido mayor libertad como los de la primavera de Praga, pero no hubiese existido un movimiento para derrocar totalmente el modelo de capitalismo de estado. Las revoluciones se producen siempre como último recurso, y generalmente cuando las condiciones de la mayoría son bastante malas.

Leo un comentario de un egipcio de 33 años: “¡Gracias a Dios! He estado en paro por su culpa, la vida era horrible, ahora voy a empezar mi vida, voy a poder respirar”. Que tengan cuidado los egipcios con este pensamiento, porque es muy peligroso. Egipto no está como está sólo por Mubarak y por muy dictador que haya sido no se puede concentrar todos los problemas en una persona individual. Egipto está así por multitud de razones, históricas, políticas, económicas, de recursos naturales, etc, etc. No ha sido Mubarak alguien que ha empobrecido especialmente su país, aunque por supuesto tampoco lo ha desarrollado.
Si los egipcios piensan que el cambio de un presidente va a traer la prosperidad de forma mágica van a tener una enorme decepción. Cambiar un país cuesta mucho, es necesario mucho acierto y mucho esfuerzo por parte de todos. Este es uno de los peligros básicos de la revolución.
En los países democráticos también hay gente que piensa que cambiando al gobernante los problemas del país se van a solucionar. Forma parte de un mecanismo psicológico comprensible, pero por comprensible no deja de ser absurdo y fatal. El caso de España es muy claro, pues hay mucha gente que piensa que el país se va a recuperar mágicamente cuando llegue Rajoy a la Moncloa. Todos conocemos gente que piensa esto, es muy habitual por mucho que esta argumentación no se sostenga al análisis ni medio minuto. Pero en cualquier caso, en un país democrático, la decepción cuando esto se demuestre falso puede traer como mucho desapego de la política y depresión.
En cambio en un país en plena revolución, este sentimiento de decepción puede ser fatal. Si un nuevo gobierno no consigue mejoras en un plazo breve de tiempo se puede generar una nueva ola revolucionaria que lleve a los elementos más populistas y radicales al poder, y eso sí que puede ser un peligro. Deberán los miembros victoriosos de la revolución triunfante vacunar a la población contra este mal si no quieren tener problemas.

La mayoría de los países occidentales, y sobre todo el oriental Israel, han temido la caída de Mubarak. Temen que la salida del militar laico pueda llevar al país a tener un gobierno Islamista y que éste se comporte como el de Irán. El temor puede ser normal, pero cuando este temor se convierte en política de estado o en una argumentación para apoyar al dictador nos encontramos ante algo perverso. Esto es lo mismo que decía Franco, “o yo u otra guerra”, “o yo o el comunismo”, y esto le valió el apoyo de los EE.UU y muchas democracias occidentales.
No, no se puede contener la legítima revolución contra un dictador por miedos de este tipo. Los riesgos existen, es cierto, pero usar esa argumentación y apoyar a Mubarak para evitar los riesgos llevaría a la larga a que sucediese precisamente lo que se pretendía evitar. Los hermanos musulmanes, grupo islamista de Egipto, ha aumentando su apoyo con los años a pesar de estar ilegalizado. ¿Por qué? Muy sencillo, los hermanos musulmanes tenían colegios, hospitales, caridad, y todo esto lo tenían en un país pobre donde mucha gente pasa necesidades. Fortalecer a Mubarak, fortalecer la dictadura, sólo hubiese valido para que grupos como este aumentasen sus apoyos, por un lado, y se radicalizasen por otro. Y precisamente esa radicalización es lo que se pretende evitar. La represión crea, como siempre, un ciclo de retroalimentación perverso.
No, más vale que ahora los hermanos musulmanes adquieran responsabilidades junto con otras fuerzas de carácter laico, más vale que en este ambiente de revolución victoriosa se comprometan a un acuerdo con el resto de fuerzas y aseguren que no van a conculcar las libertades civiles en Egipto. Y si hacen esto y luego gobiernan, pues por lo menos que sean equiparables al partido Islamista moderado que gobierna Turquía. Eso es lo que hay que lograr, una moderación de este partido, y no su contención contraproducente.

La revolución de Egipto es un acontecimiento muy importante, y desde un posicionamiento democrático, liberal o izquierdista, creo que merece ser apoyado. Esta revolución es buena, su génesis y motivación es bueno, pero que el origen de una revolución sea bueno no implica necesariamente que ésta acabe siéndolo. La revolución Iraní también fue lógica y positiva, lo que no fue positivo en absoluto fue su desarrollo posterior con el ayatolá Jomeini acabando con el resto de grupos que habían hecho la revolución con él y con las libertades en Irán.
Lo importante para Egipto empieza ahora, pues ahora llega el momento de construir. Mubarak debía ser derribado, pero ahora lo importante es construir algo mejor que lo anterior. No parece muy difícil, pero debemos desear y exigir la máxima responsabilidad de los agentes políticos del nuevo Egipto para no convertir esta revolución en algo nocivo para el país. La verdadera revolución, la revolución donde se va a ver la verdadera valía de los movimientos políticos en Egipto, comienza ahora.

miércoles, 9 de febrero de 2011

Qué es, para mí, ser socialista
















Dijo el fundador del socialismo español, Pablo Iglesias, que “quienes contraponen liberalismo y socialismo, o no conocen el primero o no saben los verdaderos objetivos del segundo”. No era único en esta percepción. El socialista Indalecio Prieto también dijo en 1921 “Soy socialista a fuer de liberal”. Estoy seguro que si buscamos frases de ilustres socialistas de los siglos XIX y XX encontraremos multitud de ellas que representen este mismo espíritu.

¿Qué es, para mí, ser socialista? Ser socialista significa el deseo por una sociedad donde la igualdad de renta y económica, además de la política, sea tan alta como sea lógico y posible.  La idea que hay detrás de esto es clara: Con una desigualdad enorme, con personas que están en la pobreza, es muy difícil poder ejercer las libertades que nos da el liberalismo. Un socialista entiende que el mercado sin control tiende inexorablemente a disminuir la igualdad social y por eso propone medidas legales y políticas que aumenten o garanticen la igualdad.
Creo que lo primero que hay que explicar claramente es que Socialismo y Marxismo no son lo mismo. El socialismo es muy anterior a las ideas de Karl Marx, pues existen multitud de pensamientos e ideas socialistas mucho antes del siglo XIX, aunque muchas veces no definidas con ese nombre. A mediados del siglo XIX sí hubo muchas teorías económicas definidas como socialismo por parte de autores como Fourier, Owen o Blanqui. Quizá el más conocido de todos los socialistas pre-marxistas fue Proudhon, padre del socialismo Francés, que desarrolló vagamente un estilo de socialismo de pequeños propietarios (que lo serían por los frutos de su trabajo) y alejado de la tutela del estado, por lo que ha sido considerado prácticamente un anarquista.
Marx tan sólo ideó, junto con Engels, la más prolífica de las teorías socialistas del siglo XIX una vez el anarquismo fue perdiendo fuerza y casi desapareció a principios del siglo XX. Este socialismo científico es una teoría del siglo XIX y creo que es conveniente circunscribirlo al siglo en el que fue formulado y no pensar que puede ser de aplicación válida actualmente, por mucho que se puedan valorar algunas de sus aportaciones filosóficas.
Por supuesto, lo que creó Lenin también fue una interpretación particular y deformada del Marxismo (en el fondo cualquiera de las ramas socialistas marxistas son interpretaciones), dotándolo de características propias de la autarquía zarista que lo convirtió en algo que incluso la mayoría de marxistas de la época rechazaron.

Socialismo es, pues, un cúmulo de teorías políticas y percepciones que muchas veces tienen  poco que ver unas con las otras. Se busca la igualdad, pero los métodos para llegar a ella son diversos. Una sociedad cooperativista sería socialismo, una sociedad con propiedad privada muy bien distribuida sería socialismo, una socialdemocracia potente es socialismo. Para mi los métodos son importantes en tanto en cuanto sean democráticos y respeten la libertad de las personas, pero cómo se llega a esa igualdad social y de renta es secundario y la conveniencia de una u otra política la establecerán los resultados.
Una vez dije que si se puede elegir entre un socialismo que dependa del estado y uno que no dependa de él, elegía por supuesto el segundo, pues considero mucho menos factible que pueda caer en el abuso de poder y en la degeneración del mismo. Otra cosa es si es posible crear un socialismo que no dependa del estado que sea factible, y por ahora yo creo que no. El estado es importante en este momento histórico y debe tener un papel relevante aunque no plenipotenciario, pero si podemos desarrollar formas de socialismo que dependan de la sociedad civil y no del estado creo que es muy importante intentar aplicarlas en la medida de lo posible. Debe quedar claro, pues, esto también: Socialismo no es estatalismo.

Mijail Bakunin, uno de los padres del socialismo libertario, dijo “Libertad sin socialismo es privilegio e injusticia; Socialismo sin libertad es esclavitud y brutalidad”. La frase, a pesar de las soluciones que proponía Bakunin, es claramente vigente y es importante que la tengamos en mente.
Socialismo, tal y como yo lo entiendo, no es más que la evolución de las ideas liberales para hacerlas reales. La libertad sólo va a tener una aplicación real con cierta igualdad económica, la igualdad ante la ley será verdaderamente efectiva cuando no haya enormes diferencias sociales entre las personas o de recursos entre las partes litigantes en un caso de conflicto legal, por ejemplo.
Esta realidad tiene una consecuencia clara: Quien pretenda construir el socialismo evitando o traicionando las herencias del liberalismo político está destinado al más estrepitoso fracaso, como bien demuestra la historia del siglo XX. La frase de Bakunin tiene un claro componente ético, pero muestra también una realidad histórica.

¿No es un ejercicio de equilibrio complicado respetar el liberalismo político y a la vez construir el socialismo? Por supuesto que sí, pero lo que no se puede pretender es atajar con barbaridades como se ha hecho en el pasado. Nadie ha dicho que construir el socialismo sea fácil, se necesita compromiso ciudadano, se necesita un ejercicio responsable de las libertades y obligaciones, hay que saber donde ceder y donde parar cuando entras en un terreno que colinde con los derechos individuales. El socialismo no se crea con una revolución instantánea, un socialismo que valga la pena se construye poco a poco y es un proceso de muchos años, que siempre hay que renovar, que siempre está sometido a tensiones y a discrepancias, que hay que saber consolidar con una labor pedagógica y de acuerdo con quienes no están a priori de acuerdo con las reformas.
Además de estas consideraciones hay otra realidad que dificulta aún más la evolución hacia el socialismo. Es importante, es fundamental, que las políticas que se tomen no sean económicamente contraproducentes. Hacer políticas para aumentar la igualdad que provoquen un empobrecimiento acusado del país es un puro suicidio sin sentido. No se trata de igualar al país en pobreza si no en recursos. Sin embargo tampoco se puede caer en el axioma de que la igualdad se puede sacrificar en aras del crecimiento económico. Es importante crear riqueza pero es igualmente importante es saber distribuirla, y este es otro equilibrismo que se debe saber gestionar con inteligencia y acierto.

Búsqueda de la igualdad y respeto a la libertad, libertades individuales y compromiso social, responsabilidad individual pero también responsabilidad colectiva, redistribución de la riqueza pero también reconocimiento económico a quienes aportan comparativamente más a la sociedad, igualdad de oportunidades real para todos, defensa y ayuda a los que no hay tenido suerte en la vida, comprensión general de que vivimos en un proyecto colectivo, en una sociedad.
Esto es lo que yo entiendo con socialismo, y no es que sea plenamente compatible con lo que yo entiendo por liberalismo si no que es la consecuencia directa de su aplicación radical. Por esto soy liberal, y por esto soy socialista, por esto no veo una discrepancia filosófica real entre ambas ideas.

lunes, 7 de febrero de 2011

Qué es, para mí, ser liberal




Este texto que escribo hoy será complementado el próximo día por otro que se llamará “Qué es, para mi, ser socialista”.
Estoy seguro que este texto y el próximo serán prácticamente heréticos para todos aquellos que viven las pertenencias y percepciones políticas con un alto grado de dogmatismo. No hablo de aquellos que no estén de acuerdo con partes del texto, ni quieres vean errores y apreciaciones inadecuadas en él. No, eso es normal, lógico y entra dentro de la discrepancia política, pero no me refiero a eso. Me refiero a aquellas personas que crean el significado de los términos que voy a desarrollar es sólo el que ellos piensan, y que cualquiera que rechace eso es un loco, un necio o un ignorante. Me refiero a aquellos que otorgan a las palabras y a las filosofías características tan inflexibles que ven enemigos irreconciliables a aquellos que se llaman “socialistas” o a aquellos que se llaman “liberales”. Me refiero a los que se creen con la razón de otorgar carnets de pertenencia ideológica en función de su visión miope de la realidad.
Si eres una de esas personas, en mi opinión eres un dogmático y estás incapacitado para aportar nada positivo a la sociedad y al mundo que viene mientras no soluciones esto. Con puritanismos ideológicos y semánticos no se va a ninguna parte y como ya dije hace unos días me importa un bledo que te creas en la posesión de la verdad semántica. Lo que me importan son las ideas, y eso es lo que pretendo desarrollar.

¿Qué es, para mí, ser liberal? El liberalismo es fundamentalmente aquella filosofía que se opuso a la sociedad del antiguo régimen y a las prebendas y privilegios que éste otorgaba a ciertos estamentos sociales. El liberalismo se basa en las libertades civiles, en la igualdad ante la ley y en otorgar la soberanía de los territorios a los ciudadanos en claro contraste con la soberanía en manos del monarca. Todo esto, no lo olvidemos, no es poco en absoluto y representó un gran avance para la humanidad. Las libertades públicas, la división de poderes, el fin de los privilegios de la nobleza y del clero, el individuo como valor central de la sociedad y el derecho general al acceso a la propiedad privada son méritos del liberalismo y de las revoluciones que lo implantaron. Evidentemente hay dos grandes ramas en el primer liberalismo: El liberalismo anglosajón, más orientado hacia la limitación del poder público sobre el individuo, las libertades económicas y el desarrollo del capitalismo; y el liberalismo afrancesado, que por su historia tuvo una visión más social y política estando orientado a la democracia y con un carácter más radical. Pero no quiero desviarme aquí porque sería muy largo.

En cualquier caso el cisma realmente relevante del liberalismo vino cuando los efectos del capitalismo asociado al auge del liberalismo se hicieron patentes con la creación de grandes masas de pobreza proletaria y campesina. La ausencia de legislación social y la idea liberal de que un contrato debe ser individual entre empleador y empleado generaron, en esa época y esas condiciones sociales, una posición de fuerza tácita del empleador sobre el empleado que llevaba al último a tener que aceptar las condiciones que le ofreciesen por miserables que fuesen. Esto, claramente, generó miseria.
Ante esta realidad y el auge de los movimientos obreros marxistas y anarquistas, los políticos y pensadores liberales podían tomar dos opciones. O situarse en una posición conservadora y purista sobre la “libertad” de comercio, contratación, etc. O bien aceptar que la realidad del capitalismo no estaba produciendo esa sociedad de ciudadanos libres e iguales  y que, por lo tanto, había que tomar medidas desde el gobierno para conseguir mayor igualdad social y económica.
Los liberales “sociales” aceptaban que el capitalismo no estaba generando la sociedad que los primeros pensadores liberales imaginaron y que la sociedad del capitalismo liberal del siglo XIX generaba una dualidad entre “ricos” y “pobres” paralela a la realidad del antiguo régimen entre “privilegiados” y no “privilegiados”. Los métodos y el purismo liberal de esa sociedad no conseguían los objetivos ideales de la misma, por lo que estas personas priorizaron el objetivo de crear la sociedad de ciudadanos libres e iguales sobre los medios para conseguirla. El estado se convertía, pues, en un instrumento limitador y regulador de las actividades económicas, además de legislador, con un objetivo “social” claro.
Social-liberales, liberal-progresistas (en el sentido del siglo XX no del XIX), republicanos demócratas, radicales, etc. Aparecieron a finales del siglo XIX aunque no fue hasta principios del XX cuando tuvieron posibilidad de alcanzar el poder y aplicar algunas de sus políticas. Estos movimientos convergerían con la parte más moderada de las fuerzas obreras con las que llegarían a formar coaliciones de gobierno y hacer pactos puntuales y, una vez el socialismo se escindió en dos (social-demócratas y comunistas) y sobre todo después de la segunda guerra mundial, tanto los social-liberales como los social-demócratas llegarían a formar parte de los mismos partidos y a defender los mismos objetivos políticos. No obstante existieron también partidos de carácter centrista que asumieron el nombre de liberales que fueron fuerza bisagra durante varias décadas en el siglo XX con posicionamientos de un liberalismo social algo más moderado que el de los social-demócratas.

Un ejemplo de estos liberales sociales en España podía ser el expresidente de la primera república Francesc Pi i Margall.  Pi i Margall era un hijo del liberalismo español que evolucionó con los años a posicionamientos muy sociales. Profundamente federalista y republicano, ideó aquello del “federalismo desde abajo” en el cual los estados debían crearse por la libre asociación de sus ciudadanos.
Cuando llegó a la presidencia de la república su breve política fue social: Eliminó la esclavitud, implantó la enseñanza gratuita y obligatoria, limitó el trabajo infantil, redujo la jornada de trabajo y favoreció las asociaciones obreras. Estas políticas eran impensables para un liberal ortodoxo, pero Pi representaba el anhelo por las mejores esencias de sociedad liberal ideal por encima de ortodoxias.
La pregunta ahora es, ¿Es tan distinto Pi i Margall al socialista Francés Proudhon? Yo creo que no. Las ideas de Pi, que han sido secuestradas en exclusividad por cada uno de los grupos que dicen ser sus herederos ideológicos, eran muy liberales, pero también eran muy socialistas y muy anarquistas. Obsérvese, por cierto, las similitudes entre el federalismo desde debajo de Pi con los posicionamientos de los anarcosindicalistas más moderados en los años 20 y 30 del siglo XX.

Otro ejemplo de un liberal social sería Manuel Azaña. Azaña, que se definía como “Un liberal, un Burgués, un Español”, intentó aplicar una política social en la España de la época. Sus planteamientos filosóficos no eran socialistas, pero eso no le impidió colaborar en sus gobiernos con miembros del PSOE e incluso sentirse muy próximo a los socialistas más moderados, como Prieto, Besteiro o Fernando de los Rios. La extensión de las escuelas públicas o la reforma agraria fueron política de este liberal que nada tenía que ver con los que quieren que las sociedades se plieguen a la voluntad de los mercados.

Yo me siento próximo a estos liberales como Azaña y como Pi i Margall. Me siento identificado con las ideas de libertad, de democracia, de limitación de la violencia y arbitrariedad de estado, de derechos humanos, de igualdad ante la ley, de libertad de credo y formas de vida, de la persona como centro de la sociedad. En ese sentido y por estas razones yo me siento liberal. Ahora, si se usa el adjetivo liberal para eliminar el estado del bienestar, para que las políticas de estado se sometan a los dictados de los mercados, para eliminar las regulaciones y leyes que defienden al débil en las relaciones de fuerza que establece el capitalismo, entonces en ese caso yo no me siento nada identificado con ese credo y cuando defino esto uso la palabra neoliberal o “liberal” entre comillas, para que quede claro de lo que hablo.