La nueva marca de La suerte sonríe a los audaces

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domingo, 28 de agosto de 2011

Golpe de mercado dirigido por Berlín

















Mientras los españoles están en las playas nuestros políticos del PPSOE han pactado reformar la constitución para establecer un límite al déficit anual del estado. Como lleva pasando desde hace más de un año estas cosas fundamentales se pactan detrás de las bambalinas, y cuando llega la información a la opinión pública resulta que ya está todo pactado, atado, y se presenta como un hecho incombatible ante el rodillo político y mediático de los partidos turnistas. Por supuesto para toda clase de gilipolleces y de políticas que deberían ser obvias no pasa esto y se discute durante meses, se ponen reparos estúpidos por nimiedades, se cacarea todo en los medios de comunicación para distraer a la masas y finalmente se montan conflictos si son aprobados, llamando a los más bajos instintos de los afines, o se paralizan por la inexistencia de un consenso que parece ser sacrosanto.

Lo que queda de nuestra soberanía nacional se usa, pues, para debates tontos y estúpidos, para fijar principios políticos secundarios e irrelevantes para los tiempos que vivimos. Porque la agilidad política está reservada para las imposiciones exteriores, para las urgencias económicas internacionales y para contentar a los mercados.
En la primavera del año pasado el señor Zapatero se sacó de la manga un paquete de recortes antidéficit pocas horas después de la llamada del presidente estadounidense Barack Obama. El bloque de medidas más importante posiblemente de la última década se fabricó en horas y bajo las exigencias internacionales.
Ahora ha pasado básicamente lo mismo. Las exigencias de la señora Merkel, que han invadido cual virus todas las instituciones y voces de la unión, han llevado a que el PP y el PSOE pacten instantáneamente una reforma constitucional para poner límites al déficit, copiando así esa cláusula de la constitución alemana o por lo menos su espíritu.
El imperialismo económico alemán es cada vez más asfixiante. Basado en sus tres convicciones económicas (inflación, déficit y competitividad), está invadiendo las competencias económicas de todos los países de la unión con el objetivo poco disimulado de exportar lo que consideran su gestión económica perfecta y proteger sus intereses como nación.

Cada de vez que se habla en nuestro país de reformar la constitución incluso por las cosas más obvias saltan todas las alarmas. “¡No hay que tocar la constitución!”, “es la base de nuestra estabilidad, no hay que hacer experimentos”, “la constitución está basada en un amplio consenso, reformarla es irresponsable”.
La reforma más básica, cualquier reformita que no afectaba en absoluto al funcionamiento del país, incluso cualquier reforma de cosas que son claramente obsoletas y/o inservibles se presentaba como un peligro terrible, como una caja de Pandora que no se debía abrir.
Pero claro cuando las exigencias vienen de la Sra. Merkel por reacción a los mercados, entonces ya se puede reformar todo con nocturnidad, sin luz ni taquígrafos y a toda pastilla. ¡Qué gran coherencia la de los grandes partidos! Algún día nos deberíamos cansar de que nos tomen por imbéciles de forma continua y permanente.

Ante la enésima bajada de pantalones en nuestra soberanía la cuestión técnica que se debate parece secundaria, pero no podemos obviarla. La cuestión es si es adecuado limitar el déficit en una norma constitucional, algo que parece excesivamente restrictivo a priori.
Se suele asociar estas limitaciones de déficit a una política de menor gasto público y menos estado del bienestar, pero esto no es así o no tiene por qué ser así. Un estado no debe tener déficit y eso es una cosa que debemos asumir, porque si no acabamos introducidos en esta espiral de semi-esclavismo ante los mercados. El gasto social y el estado del bienestar debe ser defendido y potenciado, pero debe serlo en una política fiscal equilibrada. La existencia del estado del bienestar está íntimamente relacionada con la redistribución de rentas, y para redistribuir se debe recaudar, por un lado, y gastar por el otro en una balanza equilibrada. Pensar que se debe crear un estado del bienestar en base a un déficit permanente es una irresponsabilidad y un suicidio político.
Alemania, por ejemplo, tiene un estado del bienestar bastante potente a pesar de la cláusula constitucional de limitación de déficit. Países con muchísimo más déficit, como Italia o EEUU, tienen estados sociales más escuálidos. Es importante, pues, eliminar de nuestra mente esta falsa equivalencia.

Pero, ¿es razonable limitar el déficit de forma tan severa? En esta locura de respuestas alocadas ante la presión de los mercados podría parecer que sí, pero podemos estar generando un corsé peligroso para nuestra economía.
Para empezar creo que debemos hacer algunas consideraciones básicas. Que limitemos el déficit constitucionalmente no va a garantizar que no haya problemas de déficit. En la UE ya existe desde hace tiempo unos pactos de estabilidad que se supone que debían sancionar a los países con excesivo déficit. ¿Cuál fue el resultado? Que países como Grecia, primera pieza en caer en el dominó europeo, mintieron descaradamente en sus números. Y no hace falta ir a Grecia para ver eso, ¿cuántas comunidades autónomas tienen las cuentas digamos “maquilladas”? Acabaríamos antes si hablamos de las que no las tienen, si es que encontramos alguna.
Por lo tanto el problema no son las limitaciones constitucionales en sí, la cuestión es la responsabilidad de los gobernantes.

Por otro lado imaginemos que todos los estados tienen cláusulas de este tipo y se cumplen, ¿qué hubiese pasado en 2008 ante la necesidad de los rescates bancarios? ¿Cómo hubiesen rescatado a sus bancos países como EEUU o Irlanda? ¿Cómo se hubiesen hecho las políticas anticícilicas del periodo 2008-2010 que pueden haber salvado al mundo de una recesión mucho más profunda? Hay momentos excepcionales que requieren gasto estatal excepcional, y estas cláusulas mal hechas, mal interpretadas y mal aplicadas podrían generar desastres importantes.
En cambio si hacemos lo que pretende el candidato Rubalcaba, es decir, no incluir constitucionalmente un límite de gasto y dejar el mismo para una ley orgánica que sea flexible en momentos de necesidad, entonces esta reforma constitucional no será más que un brindis al sol, un texto vacío hecho para calmar a los mercados unas cuantas semanas y para pagar tributo al BCE y a la señora Merkel. La reforma dejaría de ser mala para convertirse en estúpida.
Siempre he dicho, y me reitero, que las políticas fiscales deben ser equilibradas y los déficit estructurales deben no existir. Pero eso no implica que todos los años deba haber déficit cero, si no que el déficit debe ser cero en un ciclo económico determinado. Es posible que un año requiera un déficit excepcional del estado y eso debe permitirse, pero dentro de la responsabilidad gubernativa está en generar superávits en años posteriores para compensar este déficit.
Esto ya lo dijo Keynes hace muchas décadas y habló de las políticas de contención e impuestos altos en momentos de expansión económica para evitar burbujas y generar recursos al estado que emplear en momentos de crisis. Desgraciadamente esta parte de su doctrina fue olvidada por sus seguidores en el ejercicio del poder.

Ya hay un movimiento en Internet que exige un referéndum para que la ciudadanía decida si quiere el cambio constitucional que el PP y el PSOE propondrán. Con que un 10% de los parlamentarios pidiese un referéndum éste debería hacerse, pero claro como los españoles hemos sido tan responsables en nuestro voto le hemos dado más del 90% del congreso a los dos partidos que han pactado la reforma pues esto no va a pasar.
¿Debe someterse a referéndum un cambio así? Nuestra constitución no lo contempla para cambios así pero es de recibo que así sea o, por lo menos, que sea un nuevo parlamento quien decida sobre el tema, con partidos que hayan planteado claramente su posición en el periodo electoral.

martes, 23 de agosto de 2011

La caída de Gadafi














Hay una cuestión psicológica que siempre me ha llamado mucho la atención, y es esa tendencia a pensar que en agosto no van a haber noticias interesantes. Parece como si el paralizar nuestra vida laboral debiese llevar al mundo a paralizarse también, una especie de egocentrismo que creo que es bastante común.
Por eso creo que nadie esperaba hace unos días que la última ofensiva de los revolucionarios Libios acabase con la entrada de las tropas del CNT (Consejo nacional de transición) en Trípoli y con la disolución de facto del régimen de Gadafi, del que quedan tan solo los restos a la espera de conocer el paradero del dictador.

Hace unos meses expresé en este blog mi conformidad con la resolución de las naciones unidas y la actitud de la OTAN en Libia, criticando tan solo lo tardío de ésta. Pensaba que con la declaración de una zona de exclusión aérea la revolución Libia acabaría con el régimen de Gadafi en cuestión de días como una extensión inevitable de la triunfante primavera árabe. Las noticias que daban los medios de comunicación, tendenciosas y algo sesgadas, ayudaban a esta percepción.
La realidad no fue así. La rebelión en Libia no tenía la fuerza suficiente para derribar a Gadafi, que consciente de lo que había pasado en países vecinos utilizó una fuerza brutal para reprimir las revueltas. Tan sólo una implicación activa de la OTAN a favor del consejo nacional de transición ha llevado a la victoria del mismo después de largos meses de guerra con muchos momentos de parálisis.
Si se hubiesen cumplido los pronósticos la revolución hubiese triunfado en pocos días con unas pocas bajas, pero cuando la rebelión se convirtió en guerra civil se generaron probablemente miles de víctimas que deben hacernos reflexionar. ¿Se tomó la decisión correcta? En Marzo dije que sí, pero ahora mismo y aunque resulte paradójico decirlo la víspera del día de la victoria, no tengo tan claro que se hiciese lo correcto, o por lo menos de la manera correcta.

La diplomacia es lenta, es soporíferamente lenta. Cada vez que hay que intervenir en algún país por motivos diversos siempre se llega tarde. Ya sean hambrunas o crímenes contra la humanidad cuando por fin se interviene la situación es catastrófica. Y en situaciones como las de una rebelión o una guerra, entre el comienzo de las negociaciones para una intervención internacional y la decisión de intervenir puede haber cambiado el escenario completamente. Eso es lo que pasó aquí, básicamente.
La solución a este problema no es fácil. Si se quiere multilateralismo (y esto es lo deseable) las discusiones y negociaciones infinitas van a continuar, matando la eficacia de las acciones de la comunidad internacional. Para que haya agilidad, en cambio, debería haber un policía de la tierra, un país que decidiese por sí y ante sí sobre la conveniencia de las intervenciones, pero eso nos llevaría a un imperialismo de facto y a tener que confiar en los criterios de un solo país y unos gobernantes.

La guerra en Libia supuso un dique de contención en las revoluciones árabes. El presidente Sirio Al Asad ha podido masacrar impunemente a su pueblo a sabiendas de que la comunidad internacional no iba a hacerle nada peligroso ante el estancamiento de la revolución en Libia. Siguiendo la doctrina de Gadafi de que en Túnez y Egipto la revolución triunfó por la debilidad de los gobernantes, Al Asad se ha sentido seguro hasta probablemente el día de hoy.
Los acontecimientos en Libia llenarán de moral a los rebeldes Sirios y generará dudas en el entorno de Al Asad. Y Bashar Al Asad no es Gadafi, es decir, no tiene esa aureola de líder que sí tiene el Libio y está mucho más cerca de un presidente como Mubarak del que se deshicieron sus colegas ante las dificultades. Las desafecciones a su alrededor pueden ser mucho más rápidas que las que tuvo Gadafi.
Mi deseo sería que Al Asad también cayese, y que esta revolución se extendiese a Irán. Lamentablemente este último deseo me parece complicado a día de hoy, pues en Irán hay varios factores diferentes al resto del caso: Hay un factor religioso clave en el régimen, no es un país árabe, tuvieron sus revueltas hace dos años con las últimas elecciones que manipuló Ahmadineyad, etc.

Al CNT hay que desearle suerte y acierto. Libia es un país tribal, menos homogéneo que Egipto o Túnez y previsiblemente de más difícil gobierno. Creo que el consejo hará bien de basar la transición en el mantenimiento de la nacionalización de las reservas petroleras del país (que no de la extracción) y no discutir sobre este punto, y empezar a construir un sistema democrático sobre esta base.
Mantener y extender los beneficios sociales que da al país sus reservas de petróleo sería la mejor manera de garantizar una transición exitosa. Si no se hace así no tardarán en aparecer nostálgicos de la mano de hierro del ex líder Muamar Al Gadafi.

domingo, 14 de agosto de 2011

La persistencia en una política económica fracasada





















A pesar de que los ataques contra la deuda soberana de Italia y España han cesado momentáneamente gracias a la intervención del BCE los problemas no han acabado en absoluto. Los ataques volverán y volveremos a entrar de nuevo en la misma política aplicada en los casos griego, portugués e irlandés, no sé si con esa gravedad pero sí con ese trueque destructivo: Dinero y/o apoyo económico a cambio de reformas y políticas de austeridad.

Yo no sé cómo es posible que nadie se rebele ante esta situación y se de cuenta de que estamos entrando en una espiral claramente destructiva de las economías nacionales que retroalimentamos con nuestras políticas. Cada vez que el mercado ataca la deuda de un país (creando pánico en base a algún factor objetivo, siendo los principales el bajo crecimiento económico y el déficit anual) la respuesta es la misma, reformas que reducen el gasto público y que aumentan los ingresos gravando el consumo y/o las rentas medias y bajas.
La teoría es que la reducción del déficit debería calmar a los mercados y, por lo tanto, abaratar la refinanciación de la deuda soberana (lo que también disminuye el déficit), creando un impulso que debería ayudar a salir de la crisis de deuda. Sin embargo de forma sistemática está pasando lo contrario. Buscad las evoluciones de las primas de riesgo de los países y veréis como todas ellas han sido mayores después de los planes de austeridad que antes de los mismos, después quizá de un pequeño retroceso de unas cuantas semanas.
Cada vez que un país reduce el gasto público para calmar a los mercados pasa exactamente lo contrario, los mercados atacan semanas después y la prima acaba subiendo. No hay una sola excepción en toda la eurozona.

No es que haya que actuar a golpe de pura reacción a los mercados y replantearse las políticas económicas después de unas cuantas malas sesiones en los Parquets, el problema es que la política principal, es decir, la de recortes del gasto público y aumento de impuestos a las bases poblacionales ya es de por sí una reacción a lo que hacen los mercados, y la mala acogida de los mismos a estas políticas no deja espacio ninguno a otra conclusión que el fracaso.
Se podría decir que, por lo menos, estás políticas serán positivas a medio plazo porque eliminarán el déficit. El problema es que ni siquiera eso. Cada vez que se recorta el gasto público en cosas que no son puro despilfarro y subes impuestos indirectos estás paralizando la inversión, la actividad económica y, sobre todo, el consumo. Y si se consume menos, se paraliza la actividad económica y se invierte menos el estado recauda menos, y por lo tanto la tendencia a la subida del déficit aumenta. No es nada descabellado pensar que podemos acabar reduciendo los ingresos en mayor proporción que los recortes de gastos realizados, pues la tendencia psicológica al miedo económico puede ser paralizante.
Y aunque no fuese así, aunque los recortes sean mayores que el descenso de ingresos, éstos siempre reducirán drásticamente la eficiencia de los primeros, llevándonos a un escenario en el que por pequeños recortes o mejoras de déficit estamos llevando al país a un cambio radical en su dispersión de renta, con las peligrosísimas consecuencias que tiene esto para el país en todos los terrenos, desde económicos hasta de orden público.

Desde una perspectiva más amplia los acontecimientos sucedidos desde 2008 no parecen augurar un final cercano y saludable a todo este desastre económico cultivado durante tres décadas. Después de los planes de rescate que se aplicaron en un primer momento, que probablemente evitaron un cataclismo económico mucho mayor, los déficits de los estados se dispararon. Estos déficits, y las políticas ortodoxas de contención de la inflación y de “responsabilidad” pública llevaron a un viraje de política hacia otra de contención del gasto y del déficit, que está matando el crecimiento y la propia economía a cambio de muy poco. Se ha abandonado el estímulo público antes de que la economía diese crecimientos razonables, con lo cual vemos que no estamos ante una política keynesiana (ya no lo estábamos desde hacía décadas, y prueba de ello fue la ausencia de políticas restrictivas y de generación de superávit en tiempos de bonanza), si no ante una política utilitarista que impidió el colapso de los grandes grupos y poderes económicos pero que no tenía intención de permanencia.
La política de aplacar a los mercados está arrasando con todo, con la educación y con la sanidad, con la protección social, con las políticas de seguridad en el empleo, con el futuro de una generación entera. No parece importarle a nadie que se esté estrechando la horquilla generacional del bienestar y que las generaciones más jóvenes y las más mayores vivan cada vez peor. No importa que la dispersión de renta cada vez sea menor. No importa que cada vez haya más movimientos de protesta y en más países, que haya conflictos políticos y sociales.
¿Qué mundo estamos creando? ¿Vale la pena esta “argentinización” de los países occidentales para intentar aplacar a los mercados unos meses más? Es obvio que no.

No creo que una política tradicional keynesiana de estímulos valiese para demasiado, y aunque aportaría algunos efectos interesantes como una mayor cohesión social y una mejor digestión de la deuda, en este contexto económico podría dar pié a un retorno en poco tiempo a una nueva política desquiciada de burbujas e irresponsabilidad económica.
Pero sí tengo total certeza que cualquier solución pasa por un control férreo sobre los mercados financieros internacionales y la prohibición de muchas de las prácticas habituales que se han usado para dar liquidez a los mercados y potenciar las transacciones pero que son hoy la fuente principal del omnímodo poder de los mercados sobre la economía del mundo.

martes, 9 de agosto de 2011

Egoísmo, individualismo, colectividad



Los calores de agosto y la cercanía de las vacaciones afectan bastante, creo yo, en los centros de trabajo y llevan a que la sensación de trabajar en verano sea distinta al resto del año. Quizá imbuidos por esta anormalidad estacional hoy hemos tenido una interesante conversación en mi oficina que ha empezado con la dación de pago por la entrega de vivienda y ha acabado hablando del egoísmo innato del ser humano y la barrera que crea esto para la generación de cualquier movimiento colectivo de mejora social.
Voy a obviar todo lo relacionado con la vivienda y el 15-M (del que también hablamos) y me quiero centrar en la argumentación sobre el egoísmo. La persona que lo ha hecho es una persona políticamente liberal-capitalista, no excesivamente conservadora en lo social. De broma a veces le digo que es anarco capitalista, realmente creo que es una exageración aunque algo “libertariano” sí le veo.

Bien, mi compañero hablaba de la imposibilidad de éxito de movimientos como el 15-M en tanto en cuanto eran movimientos sin un ideario claro y en los que cada uno de sus miembros tenía unos objetivos distintos. Unos estaban indignados porque les quitaban la casa, otros porque no tenían trabajo, otros porque eran funcionarios y les bajaban el sueldo, otros por sus pensiones, etc.
El argumento central es que cada uno miraba por lo suyo y que, por lo tanto, en el momento la indignación se deba convertir en una realidad política no se podrá satisfacer a todo el mundo, cada persona mirará por su propio egoísmo y eso impedirá cambiar nada. Acabó su argumentación con los típicos argumentos de los “liberales” de que cualquier movimiento político que se genera y que tiene un liderazgo defiende exclusivamente los intereses de los líderes, argumento bastante burdo destinado a fijar como inevitable y como “fin de la historia” el sistema liberal-capitalista que es capaz de absorber y hacer convivir los egoísmos sociales.
Como buen “liberal” cargó contra los funcionarios y la función pública de forma generalizada, abogando por descensos de sueldos y agresivas políticas de despido masivo. Como asalariado de una empresa privada no sentía la más mínima empatía por los funcionarios.
Alguien más entró en la conversación hablando de la absoluta falta de solidaridad de la sociedad en general con los problemas de los demás.

Egoísmo, falta de solidaridad, individualidad… ¿Es la sociedad así? En parte sí. No son factores absolutos, no hay un egoísmo absoluto ni un desprendimiento absoluto, todos somos egoístas e insolidarios en un grado, distinto en función de la persona. Sí es cierto, en cambio, que la sociedad de las últimas décadas es algo más individualista y eso ha potenciado en egoísmo, algo promovido por el postmodernismo social en el que vivimos.
¿Y eso anula la colectividad? En absoluto. Estos “liberales”, que están más chapados a la antigua que las gramolas, siguen pensando en lo social o en lo socialista como algo que sólo es posible con el “hombre nuevo” del que hablaba el Marxismo. Desde su miope punto de vista no hay posibilidad de un movimiento social redistributivo y social si no es desde el más absoluto desprendimiento ascético. El egoísmo o la individualidad, en cualquiera de sus grados, anulan o inhabilitan cualquier aspiración de este tipo.
Pero la realidad es la contraria. Las aspiraciones individuales existen y no se pueden negar, y no son excluyentes con las colectivas en absoluto. Cuando hablamos de movimientos cooperativos y de base, como el 15-M, hablamos de una unión de personas que deciden actuar colectivamente para la consecución de un objetivo común. Es puro mutualismo.

Cuando a un funcionario le bajan el sueldo un 5% porque los mercados han atacado la prima de riesgo, no hay asalariado o autónomo que pueda estar satisfecho. Esos mismos mercados pueden especular con un valor esencial para la sostenibilidad de una empresa privada y acabar generando lo mismo para el trabajador privado, esos mismos mercados son el más claro ejemplo de la deslocalización que está acabando con la empresa tradicional española y europea. Ese mismo ataque produce los recortes que atacan el poder adquisitivo de los ciudadanos, minimizando el consumo y llevando a miles de pequeñas empresas al límite de su supervivencia. Esos mismos ataques están minando la capacidad de pago de las administraciones públicas, acabando con empresas y empleos.
Que los mercados sean los dueños de la economía nacional genera un perjuicio general para funcionarios, la mayoría de asalariados, autónomos, la mayoría de pequeñas y medianas empresas, jubilados…¿Cómo podemos alegrarnos por las desgracias de los grupos de al lado? Cuando la barbas de tu vecino veas cortar…Es tan absurdo e increíble que un asalariado se alegre del descenso de sueldo de los funcionarios como que un autónomo se alegre de la desaparición de la seguridad laboral de forma genérica. Todos los que vivimos de la economía real estamos de alguna manera interconectados. Hay veces que los problemas en los competidores generan ventajas en otros, y ahí está la competencia. Pero en este contexto y en esta situación estas alegrías y esta militancia en las teorías de los recortes para los demás no es más que una pelea de bestias por unas migajas que acabarán dejando de existir para todos como sigamos peleando entre nosotros.

Y ahí está la clave de todo. Hay una realidad común que se debe combatir y se debe saber explicar a la sociedad que lo que se pretende es un mundo distinto donde no vivamos con la espada de Damocles sistemáticamente sobre nuestras cabezas.
Desplazar el poder del capitalismo financiero de nuevo a la política democrática y a la economía real es algo de interés de gran parte de la población. No es altruismo, no hace falta ser el “hombre nuevo”, es puro interés común, es puro mutualismo, es la defensa de intereses comunes. Y precisamente por eso los movimientos de base contra esta realidad que vivimos acabarán teniendo un éxito parcial. Al tiempo.

viernes, 5 de agosto de 2011

Medianoche en Paris


Woody Allen y Carla Bruni, que por cierto actúa bastante mal
 
















Creo que el último escrito que hice sobre una película fue de hace dos años, también en épocas estivales que es cuando flaquean las noticias. Este verano está siendo calentito, no obstante me gustaría hablar sobre la última película que he visto en el cine, Midnight in Paris, o medianoche en Paris como se ha llamado en castellano, del director Woody Allen.

Hay dos tipos de cinéfilos, los que odian las películas de Woody Allen y los que las adoran. Yo no estoy en ninguno de los dos extremos y soy de las pocas personas que no muestras afecciones o rechazos extremos por su cine. Me gusta su forma de reflejar los miedos y obsesiones humanas, cómo introduce crítica política y social de forma indirecta, tangente; sin embargo también creo que todas sus películas son excesivamente parecidas y centradas en la misma temática de humanismo introspectivo, pareciendo que muchas de las películas son la misma pero con distintos personajes.
En las últimas películas hay dos características distintas de las anteriores: Ya no sale el propio Allen como personaje principal, y las películas están ambientadas en ciudades Europeas y no en su querida New York. Las tres últimas películas las ha ambientado en Barcelona, Londres y Paris, por ejemplo.
Una cosa que no me gusta es que comience todas las películas con las típicas imágenes turísticas de las ciudades en cuestión. Parece más el típico reportaje televisivo que una película y creo que no es la función de una película de este tipo mostrar los típicos monumentos y zonas archiconocidas de estas ciudades. La música que usa en este tipo de mini reportajes iniciales es, también, muy típica.
Pero ya he acabado con la crítica, porque realmente medianoche en Paris me ha gustado mucho, creo que es de las películas de Allen que más me han gustado, por lo menos de esta última época.

El cuadro general del inicio de la película es muy típico de Allen. Una pareja de prometidos que se van a casar. Él es un ex guionista de Hollywood que está trabajando en una novela, y ella es una pija hija de papá a la que sólo le importa el dinero y la superficialidad, y cuyos padres cumplen muy bien el tópico conservador americano, él es un hombre de negocios muy conservador y ella una “señorona” un tanto frívola.
Él quiere vivir en Paris, soñando con una época anterior, los años 20, que considera el apogeo intelectual de la ciudad. Ella, en cambio, piensa en casas en las playas de California y en una vida de ostentación. Desde el principio ves que la relación entre estos dos prometidos va a peligrar, que los acontecimientos sucederán de tal modo que sus diferencias se harán irreconciliables y llegarán al borde de la ruptura, sin saber si van a romper finalmente porque en las películas de Allen acabar casado de una persona a la que no amas puede ser un final que muestra perfectamente las miserias y la realidad humana. ¿Cuánta gente se casa con personas de las que no están enamorados? Seguro que todos conocemos a alguien, ¿verdad?
Mientras la futura mujer se dedica a las compras en el Paris más lujoso él, que es el protagonista real de la película, se encuentra en una situación mágica. En un punto concreto de la ciudad y cuando pasa la media noche, es recogido por un coche de época que le traslada a los años 20. En esa época conoce a toda la intelectualidad y los artistas de la época: Hemingway, Picasso, Dalí, Gertrud Stein, los Fitgerald, Buñuel, etc, etc. Los personajes están muy bien caracterizados, tanto en su físico como en sus comportamientos, con especial atención a Dalí y sobre todo a Ernest Hemingway.

No voy a contar el desarrollo de la película pero quiero transcribir dos frases que me parecieron geniales, sobre todo esta que le dice el personaje de Ernest Hemingway al atontado protagonista: “"¿Ha hecho el amor con una auténtica gran mujer?" "¿Y cuando hace el amor con ella siente una pasión bonita y veraz, y al menos en ese momento pierde el miedo a la muerte?" "Creo que el amor que es veraz o real crea una tregua con la muerte, la cobardía viene de no amar o no amar bien, que es lo mismo. Cuando el hombre que es valiente y veraz mira cara a cara a la muerte, como cazadores de rinocerontes que conozco, o Belmonte que es valiente de verdad, como aman con suficiente pasión apartan a la muerte de su mente, hasta que vuelve como hace con todos los hombres, y es hora de volver a hacer el amor de verdad
El fragmento lo podéis ver aquí, captado probablemente de una sala de cine. Observad la caracterización de Hemingway, altivo y machista como dicen que era. Os recomiendo verlo, que no rompe en absoluto nada de la película.

La otra frase que me gustó es una crítica política que Woody pone en boca de uno de sus personajes, en padre de ella, típico conservador americano afín al Tea Party que, hablando de su futuro yerno y criticando sus puntos de vista políticos, dice indignado que éste piensa que el Tea Party, a los que él admira y respeta, son un “hatajo de zombies tarados criptofascistas”.
Si Allen hubiese grabado este fragmento después de los últimos acontecimientos en la negociación del aumento del techo de deuda en los EE.UU, donde el Tea Party ha mostrado su músculo y su irresponsabilidad política, demostrando que son unos auténticos “zombies tarados”, seguramente su frase hubiese sido todavía más dura.

Os recomiendo encarecidamente que vayáis a ver Medianoche en Paris, siempre que no seáis enemigos acérrimos del cine de Woody Allen. Si sois neutrales o moderadamente críticos creo que debéis darle una oportunidad a esta película, que con su contenido “mágico” e histórico tiene un toque muy especial. En cualquier caso es mucho mejor película que Vicky, Cristina y Barcelona ó Amarás al hombre de tus sueños.
Y seas hombre o seas mujer piensa detenidamente en la frase de Hemingway.

lunes, 1 de agosto de 2011

Ortodoxia económica, ¿Realmente no hay oposición?












Hoy me he desayunado leyendo en el diario El PAÍS una de estas típicas noticias que nadie lee y que parecen no tener mayor trascendencia, que informaba sobre la intención de dos exdecanos del colegio de economistas de España de presentarse a las elecciones del colegio con unas ideas opuestas a la ortodoxia económica imperante. Estos dos decanos, que parecen ser claros neokeynesianos, se encuentran en una posición minoritaria dentro de los economistas porque hemos llegado al absurdo de que un neokeynesiano es casi un antisistema en este mundo de la ortodoxia monetarista.

En el manifiesto de estos dos economistas, que podéis leer aquí, empieza con una frase muy certera: “Habitualmente las crisis económicas ponen en cuestión principios comúnmente aceptados por los economistas. Lo asombroso de la crisis actual, de una profundidad y una trascendencia social enormes, es que no parece influir sobre el pensamiento económico. Se sigue asumiendo como principios irrefutables posiciones que, día a día, entran en abierta contradicción con la realidad”.
Sí, esto es cierto, después de una debacle provocada por la actuación de los mercados financieros, con una escandalosa actuación de las agencias de rating, después de dos décadas de políticas de desregulación financiera, bajadas de impuestos, eliminación de barreras económicas, ¿no hay nada que poner en duda? Parecería que no si leemos las más importantes cabeceras económicas y a la práctica totalidad de medios de comunicación fuera de folclóricas apariciones de economistas disidentes de prestigio en artículos de opinión.
Pero esa sensación, ese discurso económico ortodoxo imperante no es absoluto ni mucho menos. Detrás de lo que parece un pensamiento único económico hay mucho más.

El otro día apareció el premio Nobel de economía Joseph Stiglitz en una de las reuniones del movimiento 15-M e hizo una breve intervención. Evidentemente no entró en detalles pero dijo una frase que me parece muy importante: “No se pueden sustituir las malas ideas por no-ideas, deben ser sustituidas por buenas ideas”. Stiglitz reclamaba una política económica alternativa que alguien debía plantear para poder capitalizar el descontento general de la población, y expresó indirectamente la inviabilidad de un movimiento de cambio que no tenga una hoja de ruta económica clara.
Stiglitz no es ningún hippie ni ningún antisistema, aunque muchos economistas ortodoxos y aprendices de brujos monetaristas quieran hacerle pasar por eso. Lo que pasa es que Stiglitz está siguiendo una evolución de su pensamiento coherente con la realidad que vivimos, alejándose de la ortodoxia conforme la crisis ha ido profundizando.
Otro de los típicos economistas que suelen salir en la prensa es otro premio Nobel, Paul Krugman. Krugman es también neokeynesiano, aunque algo más “tradicional” que Stiglitz. Krugman es muy criticado por los neoliberales porque dicen que se ha equivocado muchas veces, cosa que evidentemente ha hecho en tanto en cuanto es divulgador y escribe en prensa, lo cual multiplica las posibilidades de equivocarte en mucho. Curiosamente los mismos que le critican por sus errores de percepción político-económica son los que defienden a los Hayek y a los Friedman, inspiradores de todo este desastre, buscando siempre la pirueta para adjudicar los problemas creados a las malas interpretaciones de los mismos y/o a cualquier cosa residual que quede de las políticas anteriores.
Krugman ha criticado muchísimo las políticas de recortes europeas por considerarlas pro cíclicas y, por lo tanto, profundizadotas de la crisis y retardadoras de su salida. Su última declaración pública es que Obama “se ha rendido” a los republicanos, y que la solución para evitar la suspensión de pagos va a ser “terrible” para la economía de EEUU.
No quiero dejarme aquí al profesor Vicenç Navarro, que suele publicar artículos de opinión en el diario Público, de tendencias económicas más PostKeynesianas que Neokeynesianas.

Todos estos economistas, y muchos más, se muestran constantemente reacios a la dirección económica que está tomando el mundo. Sin embargo, y a pesar de que muchos de ellos han sido asesores de diferentes gobiernos y organismos, sus recomendaciones son ignoradas. Desde hace algo así como año y medio los impulsos reformistas económicos cesaron y la rígida ortodoxia se apoderó de todo.
En una encuesta de El PAÍS mostraba hoy que el 79% de la población cree que quien manda realmente hoy en el mundo son los mercados (sí, ya sé que es evidente, pero no deja de sorprender que tan amplia mayoría lo tenga interiorizado) y el 67% cree que este poder de los mercados está debilitando la democracia.
Con un 67% de apoyos en España, por ejemplo, se podría reformar cualquier cosa de la constitución, desde el sistema monárquico hasta cualquier parte básica de la arquitectura del estado. Sin embargo este 67% es incapaz de tener un reflejo en la política económica que realizan los partidos.

A pesar de que nos podemos sentir atrapados en una realidad de pensamiento único esta situación no va a durar eternamente. Ahora que las políticas restrictivas se han apoderado también de EEUU es probable que nos encontremos en un estancamiento económico por largos años asociado a una dualización económica de la sociedad que va a crear amplias capas de precarización y descontento.
Pero al final todas las piezas de este puzzle que parece inconexo (economistas disidentes, crisis política de la izquierda, movimientos de indignados, etc.) acabarán cuadrando de una manera y generando una alternativa sólida. La historia no se acaba nunca por mucho que los ortodoxos quieran matarla, y no lo conseguirán como no lo ha conseguido nadie en la historia de la humanidad.