La nueva marca de La suerte sonríe a los audaces

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lunes, 28 de mayo de 2012

Distribución y redistribución de la renta












He mantenido una serie de discusiones últimamente sobre las políticas redistributivas del estado. En estas he podido observar un clásico que vengo escuchando hace muchos años en diferentes formas, como “yo no tengo porque mantener a vagos”, “me están quitando un dinero que he ganado honradamente por mí mismo”, “los impuestos son confiscadores”, “una minoría pagamos a una gente que no quiere trabajar”, etc. etc.
Llevo muchos años escuchando este tipo de argumentaciones convenencieras, egoístas y absolutamente miopes. Sin embargo su extensión es síntoma de que algo falla, de que algo no funciona en las políticas redistributivas y tampoco en la comunicación de las mismas.

Lo primero que hay que tener claro es que un hombre no es una isla en medio del océano, ni personal ni económicamente. Hay mucha gente que cree que él “genera riqueza”, o empleo, o actividad económica y esto es verdad pero solo en parte. Cualquier trabajador, emprendedor o lo que sea genera riqueza gracias a que hay unos condicionantes que le permiten crearla.
Yo puedo ser un genio con un proyecto de ingeniería que va a ser un éxito y que va a facilitar la vida a millones de personas, y por eso sé que me demandarán lo que fabrique. Sin embargo yo no puedo crear nada por mí mismo. Necesito capital, necesito trabajadores y necesito que alguien me compre lo que he creado. Yo, además, tampoco he obtenido esa idea por memoria genética. Si la he podido desarrollar ha sido gracias a mi educación y probablemente a mi experiencia vital y laboral, y todo eso no lo he desarrollado yo solo sino que es parte de la complejidad de las relaciones humanas. Le debo mucho a mi familia, pero también a las instituciones educativas en las que he estudiado, a las empresas en las que he trabajado y los compañeros que he tenido y a otras muchas cosas.
Para generar mi empresa he tenido que estudiar (quizá lo he hecho en la educación pública), he tenido que pedir dinero prestado (a una institución financiera), tengo que contratar trabajadores cualificados (que obtendré si en mi país hay una masa laboral cualificada, algo que dependerá de forma importante del gasto público en educación de la generación anterior). Para instalar mi fábrica buscaré el mejor punto geográfico posible, con buenas infraestructuras y comunicaciones (tanto para que mis trabajadores puedan llegar a la fábrica como para poder transportar mis productos acabados a costes razonables), en zonas aptas para el entorno industrial (por una cuestión de servicios necesarios para el desarrollo industrial). Todo eso lo puedo tener gracias a la inversión en infraestructuras que lleva realizando durante muchos años el estado en el que estoy.
¿Podría haber desarrollado mi magnífica idea si fuese un beduino que vive en el desierto? Obviamente no. Ojo, esto no es quitarle mérito personal a nadie, es simplemente entender que no podemos pensar que la “sociedad” o el “país” o como queramos llamarlo es absolutamente irrelevante en nuestras actividades económicas porque no lo es.
Este argumento es absolutamente indiscutible y es la justificación para las políticas redistributivas, las personas deben contribuir a la sociedad que ha contribuido a su éxito. Otra cosa es la naturaleza de las políticas redistributivas, sus excesos o sus objetivos o que sus consecuencias san malas o buenas, y si son malas entonces habrá que reajustar los parámetros del sistema, pero no los objetivos del sistema que están basados en una visión determinada de la sociedad.

La redistribución de rentas nace originariamente de la observación de que la distribución primaria de la renta no se está haciendo de forma justa ni efectiva, y que es incapaz de llegar a todos los ciudadanos. En la economía capitalista es el mercado el que asigna un valor al trabajo, que no es nunca el valor adecuado a su productividad objetiva. La contribución del trabajo a la generación de riqueza es mayor que lo que se percibe por él, por la obvia razón que el objetivo de cualquier empresa es maximizar sus beneficios y para ello tenderá a pagar los mínimos salarios posibles.
Como no existe una regulación estricta de salarios y márgenes de beneficio y se deja que el libre mercado sea quien marque los salarios, la redistribución se hace necesaria. Marx decía que gracias a la existencia de un ejército industrial en la reserva (de trabajadores sin trabajo) los salarios tenderían a salarios de supervivencia, por pura ley de oferta y demanda. Hoy en día esto no es exactamente así porque hemos aceptado que los límites mínimos de la dignidad de un ser humano es algo más que no morirse de inanición (además de porque hay leyes laborales), pero creo que la tendencia que marcaba Marx es válida para entender que pasaría sin redistribución ni regulación laboral, y más en un mundo con un mercado laboral global.
Si la distribución primaria de la renta fuese buena la necesidad de redistribución sería menor. Objetivamente es el mejor escenario posible, que haya una buena distribución primaria de la renta. La mejora de la distribución primaria de la renta se hace con regulación, como las leyes de salario mínimo o los convenios colectivos. Más allá no se suele ir, más que nada porque se entraría en un intervencionismo económico que desde los parámetros actuales sería tildado de soviético. Sin embargo sí hay maneras de poder avanzar hacia una distribución primaria mayor sin un intervencionismo tan descarado, como sería la potenciación de ciertos sectores económicos o ciertas realidades económicas en las que sepamos que existe una buena distribución de renta (como por ejemplo las cooperativas).
Ah, por cierto, ya que he usado el adjetivo soviético. En los países comunistas no había redistribución de la renta. Los impuestos en estos países eran bajísimos y es lógico si pensamos que era el estado de forma primaria quien fijaba los salarios y que los beneficios empresariales eran del estado directamente. Cuando estos países se convirtieron a la economía de mercado tuvieron muchísimos problemas para crear una estructura impositiva solvente ante la poca costumbre de la población en el pago de impuestos.
Por lo tanto debemos trabajar en dos ejes, en una mejora de la distribución primaria de la renta en base a la regulación, y después en un mecanismo corrector de redistribución. Centrarse en uno de ellos exclusivamente nos llevará a un sistema ineficiente.

Actualmente los sistemas redistributivos del estado del bienestar están siendo puestos en duda. No hablo de la duda “económica” ni de la duda sobre su sostenibilidad, muchas veces artificial o parcial y dirigida por intereses políticos y por una filosofía económica determinada que tiene sus conclusiones predeterminadas, hablo de la duda social sobre el estado del bienestar. La gente ve al sistema ineficiente o injusto, y esto está promoviendo la desafección de mucha gente que ya no considera este sistema como algo a defender.
¿Por qué pasa esto? Sería un análisis muy largo. Hay una parte técnica, que para analizarla deberíamos entrar en las áreas concretas y analizar las gestiones deficientes y los mecanismos de fraude que afectan a esa área concreta, pero en lo que quería concentrarme es en la otra parte, es en el fallo global de este sistema, en el fallo “ético”. Porque sí, hay un fallo central enorme en este sistema, un fallo que se ha agrandado en las últimas décadas.
El problema principal de nuestro estado de bienestar es que la redistribución no afecta por igual a todos los ciudadanos. El sistema del bienestar se ha convertido en un mecanismo redistributivo donde las clases medias y trabajadoras se redistribuyen la renta entre ellas desviando algo de renta a las clases marginales, y dejando a la clase más alta parcialmente fuera del sistema. Esto es así en casi todos los estados occidentales.
En países como España sabemos que el estado del bienestar se sostiene fundamentalmente por las rentas del trabajo y las cotizaciones sociales, es decir, por todo lo relacionado con el trabajo asalariado. Esto es así porque las distintas modificaciones sobre las normativas fiscales han ido reduciendo cada vez más las aportaciones de los beneficios empresariales al sistema redistributivo. Y lo que vale para empresas vale también para trabajadores que ganan ingentes cantidades de dinero en trabajos autónomos gracias al conocido fraude de la empresa interpuesta, que permite que sea una sociedad de propiedad personal la que obtenga los beneficios del trabajo de estos trabajadores acogiéndose a una normativa fiscal privilegiada.
Siempre hablo del caso de José María Aznar, que cobra sus conferencias y trabajos a través de la sociedad familiar Famaztella S.L y, por lo tanto, no paga ni IRPF ni S.S sino impuesto de sociedades. Estoy convencido que el porcentaje de impuestos que paga el Sr. Aznar es inferior al que pago yo, que soy un asalariado y no puedo hacer esta trampa. Es el mismo caso, por ejemplo, que reconocía el multimillonario Warren Buffet que confesó pagar menor porcentaje de impuestos que su secretaria.

Si el sistema falla (porque se ha permitido que falle) por su parte alta la consecuencia inevitable es que son los siguientes estratos de la pirámide los que deben ser sobrecargados de impuestos para compensar esta falla. Entonces es la clase medio-alta o la clase asalariada de alto poder adquisitivo la que acaba pagando cantidades altísimas de impuestos sobre la renta. Hoy en España hay tipos impositivos mayores al 50% debido a la necesidad del sistema de obtener recursos. ¿Hay gente que paga un 50% porque el sistema es confiscatorio? No, hay gente que paga un 50% porque hay señores que ganan 10 veces más que ellos que pagan el 20%. Es así de sencillo y así de duro.
Así pues la carga del sistema se centra de forma importante en las clases medias y medio-altas, que sienten que están pagando la redistribución de toda la pirámide económica mientras los que son ricos no pagan lo que deben. La desafección de estas personas al estado del bienestar está automáticamente asegurada, pues ni responde a su interés personal ni existe un verdadero sistema fiscal justo que se pueda defender en base a la ética social. Si, además, se comienza a trocear el sistema del bienestar y se comienza a dar servicios por renta (lo que deja a estas rentas fuera de los servicios del sistema del bienestar), ya ponemos a estas personas en pie de guerra contra la “redistribución”.
Esto último es algo que parece que nuestros políticos incompetentes no entienden. ¿Cómo pretendes dejar fuera de los servicios del sistema a quienes más aportan al mismo? Si a un tipo que gana 40.000 euros al año le haces pagar medicamentos, no les das plazas de guardería para sus hijos, no le ofreces ayudas de vivienda, etc. Cuando otras personas si tienen estos servicios estás creando automáticamente desafectos. Eso no es un estado del bienestar, es un estado asistencial para quienes tienen menos recursos, pero no un estado del bienestar. Que nuestros políticos hagan esto solo puede ser síntoma de incompetencia absoluta o porque tienen el síndrome del caballo de Troya, es decir, porque pretenden destruir el propio sistema del bienestar minimizando las bases que lo apoyan. Esperanza Aguirre sería de esas políticas, por ejemplo.

La redistribución de renta es, hoy por hoy, absolutamente necesaria para asegurar la cohesión social y la dispersión de renta. Sin embargo el sistema tiene fallas, tiene errores y va a haber que corregirlo o reformarlo entero para que esto no pase.
No podemos desistir en nuestros objetivos pero, ¿es realmente este sistema del bienestar disfuncional que carga sus recursos sobre el trabajo asalariado la mejor opción? Quizá no, y por eso es necesario estudiar todos los caminos que nos lleven a nuestros objetivos y concepción social, con redistribución sí pero también generando mecanismos de distribución primaria de la renta más igualitarios.

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