La nueva marca de La suerte sonríe a los audaces

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viernes, 21 de septiembre de 2012

Estamos en guerra ¿no lo sabíais?

















A principios de la crisis económica el presidente de Mercadona, Juan Roig, dijo que “esta crisis es como la tercera guerra mundial pero sin tiros”. Nunca he sabido qué quería decir Juan Roig con esta frase, quizá pretendía poner a trabajar a todo el mundo como soldados (más o menos lo que hace con sus empleados) o quizá otra cosa, pero lo cierto es que tenía razón. Eso sí, estoy seguro que no lo decía en el sentido que voy a comentar.

Los ciudadanos poco a poco nos vamos dando cuenta que hay una gran guerra económica detrás de nosotros que se basa fundamentalmente en la deuda. La banca de inversión y los “mercados” (alemanes, franceses, suizos…que más da) quiere recuperar lo prestado con los convenientes intereses y para conseguir eso no hay límites en las exigencias a los estados o bancos nacionales, que son los deudores principales. Al final como el estado y los bancos se han convertido en un todo de responsabilidad compartida es el estado quien se encarga de la deuda de ambos y para pagarla estrangula selectivamente a sus ciudadanos, y esa selectividad se basa en la facilidad para recaudar, que en tiempos actuales está concentrada en las rentas del trabajo, el consumo y la sustracción de gasto público en todas sus maneras.
En resumen, son los ciudadanos de menor poder adquisitivo, las rentas bajas y medias y el pequeño empresariado quienes deben pagar las deudas contraídas. Habría otra solución, que es declarar parte de la deuda odiosa, hacer quitas de la deuda o declarar directamente una suspensión de pagos, pero esta solución está vetada.”¡Hay que pagar la deuda, que debemos ser un país serio!”, esa es la consigna, sin límites, sin existir un punto de no retorno donde se acepte que no se puede devolver la deuda o no en las condiciones actuales. La deuda es lo único que importa.
Tal y como están las cosas existe una guerra entre prestamistas y deudores forzosamente subsidiarios (los ciudadanos). Unos quieren cobrar, otros no aceptan pagar lo que muchas veces no ha sido su responsabilidad o lo que se considera una deuda execrable.

Esta situación es el origen de la guerra que vivimos, pero que nadie piense que esto es lo único que está en este combate. Como en todas las guerras aparecen aliados que quieren sacar partido de la guerra iniciada, que tienen objetivos parecidos a los que tienen sus interesados aliados o en todo caso compatibles con aquellos.
La deuda es lo que ha marcado el frente de guerra, pero no marca todas sus batallas. Hay cierta clase empresarial que ha visto en esta guerra de deuda la posibilidad perfecta para conseguir lo que llevan persiguiendo desde siempre: La reducción de los costes laborales y la conversión de los trabajadores en una mercancía flexible y adaptable a las necesidades puntuales de un modelo económico inestable.
La explicación es sencilla. La guerra de la deuda está destruyendo las economías de los países que están siendo atacados. Los bancos han dejado de prestar dinero, los estados han dejado de movilizar recursos económicos (en forma de transferencia de renta o de inversión económica en el país) y las clases populares han dejado de consumir. Esto crea paro, cierre de empresas débiles y reducción del PIB. Y en ese contexto aparece la empresa que queda a modo de salvadora. Con la anulación del estado y del consumo popular como mecanismos de movilización económica, y con minimización de la importancia de autónomos y PYMES al haber sido los más castigados por la crisis, solamente queda la gran inversión y la gran empresa, que se convierten en los únicos actores capaces de crear crecimiento y empleo. La economía entera acaba en las manos exclusivas de cierto tipo de empresa que cumple las características de ser grande, empleadora de mucho personal, poco dependiente del consumo interno nacional y parcialmente internacionalizada.
Este tipo de empresas medianas-grandes y grandes con estas características han visto que es el mejor momento para conseguir esta masa laboral barata, flexible y servil que les interesa. Y es precisamente por eso por lo que defienden como dogma casi todas las exigencias de los acreedores: Déficit como única preocupación del estado, saneamiento del sistema financiero por parte del estado y minimización hasta el extremo del sector y poder público. Todos los mecanismos necesarios para cumplir estos preceptos aumentan su poder e influencia.

Hay también un tercer aliado en este eje, este un aliado ideológico. Los neoliberales parecía que iban a abandonar el tren de la historia en 2008. Las desregulaciones promovidas por esta filosofía se demostraron un error terrible que estuvo a punto de colapsar todo el sistema económico de occidente. Si Lehman Brothers y otros bancos no hubiesen sido rescatados por el dinero público las consecuencias de su quiebra hubiesen destruido el sistema económico hasta un punto inimaginable.
Sin embargo las ideologías son tozudas y las personas solemos buscar cualquier resquicio para no dejar de creer en lo que hemos creído siempre. Lejos de hacer autocrítica con todos los errores de sus planteamientos han aprovechado esta crisis para intentar profundizar más aún en sus planteamientos.
Por distintas razones que ya he explicado en el pasado los neoliberales han conseguido con una parte de la población acepte, generalmente de forma pasiva con un sentimiento de inevitabilidad pero también con una pequeña minoría entusiasta, que es precisamente el extremo de este dogma neoliberal el único que puede revertir la crisis. En vez de entender que ha sido el estado quien ha salvado al capitalismo una vez más se exige menos estado, menos impuestos, menos trabas y que se otorgue más poder e influencia a los poderes económicos.

Voy a dar un ejemplo de esto: Hace un par de semanas el gobierno portugués aprobó una nueva reforma por la que la cotización de la seguridad social que pagan los trabajadores portugueses fue aumentada en 7 puntos (hasta el 18%), mientras que la que pagan las empresas por sus trabajadores bajaba en 5,75 puntos. Para los trabajadores esto supone, directamente, cobrar un 7% menos. Fantástica la manera con la que el gobierno portugués ha conseguido bajar por decreto el sueldo de los trabajadores privados (ya que solo lo había hecho con los públicos).
Este hecho no es realmente un “recorte” o una nueva imposición para que el estado recaude más (porque realmente el estado sólo aumenta un 1,25% su recaudación con esta reforma), de lo que se trata es fundamentalmente de una transmisión de rentas desde el mundo del trabajo hacia la empresa, desde los salarios a las cuentas de las empresas.
La intención de todo esto es que las empresas reduzcan sus costes laborales para poder ser competitivas en los mercados internacionales. La competitividad se ha convertido en el único factor importante en el ámbito privado, igual que el déficit se ha convertido en lo único relevante en el ámbito público. La competitividad generará puestos de trabajo, sí, pero serán puestos de trabajo necesariamente precarios para mantenerla. El bajo sueldo de los trabajadores, además, será troceado por los brutales impuestos a los que se está sometiendo a las rentas del trabajo, llevando a los portugueses a retroceder 30 ó 40 años para volver a la época de los salarios de supervivencia y el pluriempleo. Ah! Y rezando que los chinos no den otra vuelta de tuerca para no acabar viviendo en naves industriales.

Me parece muy interesante analizar este caso por varias razones. La propaganda oficial generada por estos políticos neoliberales vende este tipo de transmisiones de rentas “pro Business” como creadoras de empleo neto, pero realmente no es así. Cuando tú retraes renta de los trabajadores lo primero que hacen estos es bajar el consumo, en el caso de las rentas salariales bajas, y el consumo y la inversión en el caso de las rentas medias y altas. Esta es la razón por la que por mucho que se sube el IVA nunca se llega a los objetivos de recaudación, porque estás retrayendo la demanda.
Por lo tanto nos encontramos con una dualidad que puede llevar a dos situaciones diferentes, o que el aumento de las exportaciones y la competitividad compense el descenso del consumo interno (y entonces el país como un todo se beneficiará), o bien que no llegue a compensarlo (y entonces el país retrocederá económicamente). Esta realidad dual, estos dos resultados posibles no se comentan sino que se vende como “imprescindible” la reforma o como “indiscutible” sus buenos resultados. Tampoco se dice, por cierto, que en cualquiera de las circunstancias esta reforma va a llevar a aumentar la desigualdad de renta dentro del país, valor que parece que ya ha pasado a la historia como punto a tener en cuenta.
Otra cosa que no se pone en duda son los beneficios empresariales obviando la imperiosa necesidad de movilizar capital con unas expectativas más moderadas en cuanto a ganancias. El capital privado o la gran remuneración que se debe obtener en caso de éxito empresarial es un concepto que no está sometido a revisión por mucho que se hable de moderación de beneficios. ¿Alguien ha pensado que si queremos preservar nuestro modelo social quizá ya no se puede esperar que la figura del “empresario” sea la que movilice las fuerzas productivas? ¿Se ha analizado que quizá el impulso de modelos cooperativistas reduciría la necesidad de expectativas favorables sobre beneficios futuros al producirse el pago “en trabajo”? No, esto no se plantea, el modelo de empresario que gana mucho dinero con un negocio exitoso es algo inamovible. El trabajo puede ser revisado, atacado y convertido, en cambio la figura empresarial de inversor para la generación de beneficios es sacrosanta.
Esta es, pues, la realidad de la propaganda oficial. Los ataques y los replanteamientos del modelo llegan donde llegan y atacan a quienes atacan. Es pura ideología.

Passos Coehlo, Samaras, Raloy, Merkel, Monti…Son políticos que por una convicción ideológica o por una evolución política interesada están aprovechando esta crisis para aplicar esas recetas que en una situación de normalidad democrática (Monti, Passos Coehlo, Samaras) o de normalidad económica (Rajoy) no se hubiesen atrevido a tomar jamás. Las “imposiciones” del exterior pueden ser dolorosas y humillantes, pero también es la excusa perfecta para actuar con un halo de supuesta irresponsabilidad en la toma de decisiones.
Pero estas decisiones son ideológicas, absolutamente ideológicas. Nadie obliga a un gobierno a seguir este camino de destrucción neoliberal del estado. Samaras en Grecia podría mañana mismo hacer lo que hizo Eduardo Duhalde en Argentina, es decir, declarar la suspensión de pagos y devaluar la moneda (después de salir del euro). También podría plantarse y amagar con declarar gran parte de la deuda como odiosa u otras alternativas, pero la cuestión es que no lo hace y no lo hace porque no quiere, porque realmente quiere muchas de las reformas que presenta como inevitables.
Merkel y los presidentes de los grandes países europeos tampoco hacen lo que hacen por inevitabilidad. Mañana mismo podrían reformar el BCE, darle un mandato diferente en el que la contención del desempleo y la solución de los problemas financieros de los estados fuesen una prioridad, y entonces el BCE se pondría a imprimir dinero para refinanciar la deuda de los estados y para provocar una inflación moderada dentro de la Europa central que evitase el proceso de devaluación interna en la periferia. No hacer esto es una opción ideológica, una opción que proviene de una doble obsesión claramente Merkeliana: Una típica alemana de evitar la inflación a toda costa aunque se hunda el mundo (ya que fue la inflación la que, según muchos historiadores, provocó que los nazis ganasen las elecciones en 1933), y otra típica protestante de querer castigar al pecador, en este caso al pecador fiscal. Y no creo que haga falta decir que el nacionalismo alemán alimenta estas dos visiones.

En resumen, estamos en una guerra donde hay dos bandos. Uno es el de los “acreedores”, donde se encuentran por supuesto los acreedores (particulares, bancos y empresas de inversión) pero también las grandes empresas internacionalizadas y los políticos que por convicción u oportunidad abrazan el dogma neoliberal. Esta gente sabe lo que hace, tiene un plan de ataque y tiene unos objetivos militares muy bien definidos.
¿Quién está en frente? Pues enfrente están las víctimas de los recortes. La mayoría de trabajadores asalariados (que ven en peligro su trabajo, su seguridad y sus ingresos), las personas dependientes de los sistemas de protección del estado (pensionistas, parados, personas con incapacidad laboral, enfermos crónicos y jóvenes que dependen de la sanidad y educación públicas), la mayoría de los autónomos y las PYMES cuyos negocios dependen del consumo interno y una pequeñísima minoría de políticos o activistas casi siempre ninguneados por los medios de comunicación (¿Tsiripas? ¿Anguita?).
Sin embargo este bando de los “recortados” no está organizado, no tiene planteamientos comunes y en la mayoría de casos ni siquiera es consciente de que es la víctima de una guerra económica. Mientras unos están mandando los tanques económicos para invadir los países del sur los invadidos se siguen preguntando qué son esas cosas que nos están mandando. Se está perdiendo un tiempo precioso que no podemos permitirnos perder.
Y adicionalmente a todo esto hay una serie de “neutrales”. Estos neutrales son muchas de las empresas dedicadas a la economía productiva que se encuentran en una posición compleja y un gran número de políticos pasivos que si bien no están ideológicamente de acuerdo con la situación no hacen nada para combatirla. En este grupo están la mayoría de los políticos de la izquierda parlamentaria europea e incluso muchos demócrata-cristianos y centristas.

¿Y no hay términos medios en esta guerra? Puede que los haya. Pero obviamente no puede haber término medios si no tenemos dos posturas encontradas. Porque hoy, fuera de un inmovilismo rústico, tan sólo los “acreedores” y sus asociados tienen una postura definida.
Hay que articular lo más rápido posible una alternativa sólida contra los acreedores que satisfaga parcialmente a todas las víctimas de los recortes y de la invasión económica. Y entonces, sólo entonces, se podrá llegar a pactos y armisticios amistosos con el otro bando si es que está dispuesto a dejarnos vivir en paz. Mientras tanto ni un paso atrás, que estamos en guerra.

2 comentarios:

  1. Excelente Pedro, como muchos de sus comentarios que, con su permiso, voy a empezar a compartir. Sin embargo, no tengo ninguna esperanza que los de "este" bando seamos capaces de articular, al menos, una defensa eficaz ante este atropello. Y lo lamento. Espero equivocarme.

    Saludos

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  2. Tiene todo mi permiso Pepegotera, faltaría más. Esperemos, no obstante, que se equivoque en su pesimismo.

    Muchas gracias y un saludo,

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