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jueves, 31 de enero de 2013

La economía del bien común


















En un mundo complejo como el actual donde no acaba de aparecer esa figura política o económica que nos de una alternativa viable al actual capitalismo financiero, se suceden las propuestas sobre cómo cambiar este sistema económico. La más interesante por ahora (aunque por pulir todavía, y ahí entrarán los economistas y políticos si es que tienen a bien intentar hacer algo nuevo) es la propuesta del economista austriaco Christian Felber que se ha llamado “economía del bien común”.

La economía del bien común se concibe como una alternativa tanto al comunismo como al capitalismo, sistemas que considera fracasados e inadecuados. El bien común no pretende introducir cambios en la propiedad de los medios de producción (como propone el comunismo) y no pone en duda la propiedad privada, sino que quiere cambiar el fin de esa propiedad privada y de esos medios de producción.
La economía actual está basada en el lucro y el beneficio, parámetros económicos que son cada vez más ajenos al bienestar de la mayoría. Frente a esto la economía del bien común propone que las actividades económicas tengan como objetivo el bienestar de la mayoría y el progreso social y se basen en valores como la honestidad, la cooperación y la responsabilidad.
¿Pero qué nos está contando este hippie?” estaréis pensando alguno. No os equivoquéis, esto no es hipismo, esta economía del bien común está sostenida con algo más que un discurso moralizante sobre lo correcto y lo incorrecto. Ahora lo veréis.

¿Cómo se puede implantar, en una economía de mercado privada, el bien común? Pues consistiría básicamente en cambiar el marco legal y los comportamientos del estado y las administraciones públicas, y así generar dos patas sobre las que sostener el sistema desde el ámbito público, al que habría que añadir una tercera pata social.
El marco fiscal y la política económica (política arancelaria por ejemplo) tendrían que tener como objetivo beneficiar a las empresas que trabajasen a favor del bien común y penalizar a las que no lo hiciesen, buscando que estas últimas reconvirtiesen sus políticas a las de las primeras.
Se deberían establecer unos parámetros que definan los puntos de la economía del bien común. Por ejemplo un cumplimiento estricto de las leyes laborales, que la diferencia entre quien más cobra en una empresa y menos cobra no supere un número x, respetar escrupulosamente las leyes medioambientales, seguir ciertas buenas prácticas generales o sectoriales, etc. Con estos parámetros las empresas serían analizadas en una especie de auditoría y en función de sus resultados tendrían tasas menores de impuestos, deducciones, beneficios fiscales, etc. Para que os hagáis una idea aquí enlazo con la Matriz del bien común, una especie de guía que serviría para analizar a las empresas en función de los parámetros del bien común y así otorgarles una puntuación numérica, que sería las que las situaría en las diferentes realidades fiscales aplicables. Echadle un vistazo.
Para que veáis que todo esto no es tan descabellado uno de los puntos que tendría esta matriz del bien común sería el beneficio que generaría la empresa para la comunidad local. Es decir, una empresa cuyos beneficios repercutan íntegramente en el ámbito local o regional recibiría puntuaciones positivas para acceder a beneficios fiscales. Esto ya se está haciendo de otra forma, más arbitraria y “política”, con las exenciones de impuestos o las cesiones de suelo que hacen los ayuntamientos para que las empresas se instalen en sus municipios.
Puntualizo esto porque no quiero que nadie se pierda en lo “utópico” y bonito de lenguaje. Quiero que penséis en la ideas, en los conceptos, y qué aplicación práctica tendrían y que os deis cuenta que de alguna manera hay cosas que ya se están haciendo y cosas que se podrían hacer sin veleidades revolucionarias.

La segunda pata sobre la que se edificaría la economía del bien común sería las políticas de contratación de las administraciones públicas. Los famosos concursos públicos para contratar empresas deberían centrarse no sólo en la cuantía económica (y por supuesto nada en enchufes y corrupción) sino también en las valoraciones de la matriz del bien común.
Un ayuntamiento o una administración no deberían poder contratar empresas que no cumpliesen unos grados de bien común altos, se debería exigir un mínimo y sólo a partir de ahí se valoraría la parte económica. Sólo con este cambio se forzaría a muchas empresas a cambiar sus parámetros de gestión empresarial y se fortalecería a las empresas verdaderamente éticas. La administración debería tener unos estatutos claros para los concursos públicos y así poder catalizar este cambio de modelo económico. Esto, insisto, no es utopía y ya se está haciendo. El ayuntamiento de Muro d’Alcoi en la Comunidad Valenciana, gobernado por Compromís, está intentando aplicar este modelo.

La tercera pata sobre la que se debe edificar este modelo sería la pata social, es decir, la de la sociedad. Como no es un modelo “radical” y no se le va a prohibir a nadie ejercer actividades económicas, el ciudadano tiene en su mano gran parte de la responsabilidad de este sistema a través de las empresas que elija para que le provean de productos o servicios.
Una de las cosas buenas que tendría una regulación de la matriz del bien común es que se podría consultar qué puntuaciones tienen las distintas empresas. Por ejemplo, ¿dónde compro, en Consum o en Mercadona? Los ciudadanos sabrían cual es el grado de cumplimento de estas empresas con la matriz o si han aceptado auditarse con la misma. Y con esta información el ciudadano podría elegir con conocimiento del retorno social de las actividades económicas de las empresas.
Para esto es importante la concienciación social. El ciudadano debe entender que potenciar una empresa ética produce retornos a la sociedad dónde él vive. Permitirá más inversión local, mejor calidad ambiental, mayor distribución de la riqueza, mayor “obra social” en su territorio, mayor empleo, etc. El ciudadano vería retornos en forma de valor social si su decisión es comprarle a una empresa ética.

¿Es esto una utopía? No lo creo. Creo que es un sistema a mejorar y a racionalizar, pero creo que tiene muchas implicaciones positivas para todos. Pensad en las empresas destruidas en España a causa de la competencia de países con mano de obra semi-esclava, pensad en las cajas de ahorros que han dejado a miles de ahorradores en la miseria por querer comportarse como bancos comerciales, pensad en el dinero evadido a paraísos fiscales. Pensad en casos reales y crucémoslos con esta teoría de la economía del bien común. ¿No creéis que muchas de estas situaciones se podrían haber evitado o minimizado con un sistema así?
De las nuevas ideas hay que sacar las cosas positivas. Yo no sé si este sistema, tal y como está definido, es completamente viable, pero sí creo que tiene cosas muy positivas que deberían comenzar a aplicarse. El ejercicio responsable de la actividad económica y la cooperación económica producen más réditos que la competencia extrema y desleal. Hay que buscar las vías para llegar a eso, y si este sistema nos ofrece eso deberíamos empezar a aplicarlo.

3 comentarios:

  1. vete a cuba, comunista

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  2. Un gran proyecto, ya en marcha en 15 países. Muy vinculado a los derechos humanos y su respeto, algo que la economía no vincula, y esta "economía del bien común" sí.
    Invito a los escépticos/as que visiten la web del proyecto y piensen y analicen lo que sí podría cambiar en su comunidad.

    El respeto común, y el respeto a los demás es imprescindible para que este proyecto funcione. Ya hay municipios, y redes de universidades poniendo en marcha este modelo.

    Os invito a leer este otro artículo muy relacionado: http://www.tendencias21.net/Empresas-y-ayuntamientos-de-Espana-comienzan-a-aplicar-la-Economia-del-Bien-Comun_a14577.html

    sí, la suerte sonríe a los audaces, y a los éticos, gracias por este artículo

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