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lunes, 17 de junio de 2013

¿Política o religión?











La política es la ciencia que trata sobre la organización y gestión de los asuntos públicos y colectivos. Por definición es una ciencia, es decir, una actividad que se basa en el conocimiento empírico y racional, basada en la experiencia o en las hipótesis lógicas sostenidas por la razón.
La política además está sostenida en la ideología, que no es directamente una ciencia pero sí es parte de la filosofía. La filosofía, al igual que la ciencia, se basa en la razón y a pesar de que la filosofía no se basa en la experimentación ni en la comprobación empírica ambas disciplinas pueden y deben ser compatibles.
La política debe ser, pues, una mezcla de ideología (filosofía) y “gestión política” (ciencia). Pero muchas veces hay más realidades que están insertas en la política, siendo la religión la principal injerencia en este esquema.

Cuando hablo de religión no me refiero a las creencias trascendentales y estructuradas alrededor de una iglesia, unos símbolos o unas ideas sagradas, sino a la religiosidad como concepto genérico que afecta a las percepciones de los hombres en mucho más ámbitos además del espiritual. La religiosidad se basa en la Fe no en la razón, se basa en la creencia sin pruebas, en la aceptación dogmática de una realidad indemostrable y a veces absurda. Es, por definición, una actitud contraria a la razón.
Pues bien, la política está llena de religión, de religiosidad. La religiosidad en la política se observa en actitudes dogmáticas que van mucho más allá de la ideología, se ve en ciertas conceptualizaciones de “destino político” que hacen muchos grupos o partidos, se percibe en maximalismos inalcanzables y en idealizaciones sobre la “eternidad” de ciertos planteamientos.
Muchos partidos y posicionamientos políticos aparentemente inconexos u opuestos entre sí basan sus propuestas políticas en la religión o la religiosidad aunque no tengan relación con ideas religiosas de contenido espiritual.

El caso más claro de ideas religiosas en la política es el de todos aquellos partidos teológicos o basados en algún credo religioso. Posiblemente el caso más fácilmente identificable hoy día son los partidos islamistas, partidos que se basan en el Corán y en las leyes islámicas como fuente de sus ideas y de su acción de gobierno o posible legislación. Un islamista no razona sobre la conveniencia o no de una política determinada de inspiración islámica, pues siempre pensará que su aplicación es un objetivo “sagrado” o “histórico”. Puede ser pragmático y moderado y entender que la sociedad puede no aceptar en ese momento esa ley y por tanto suavizarla o posponerla, pero en el fondo la aplicación de esa ley de inspiración coránica será un objetivo a alcanzar, una meta que hay que posponer por las circunstancias pero que habrá que abordar en el futuro. Ningún análisis de la sociedad o ninguna reflexión racional le hará cambiar de opinión.
No sólo hay partidos islamistas en la política. Durante mucho tiempo hubo partidos claramente “católicos” en Europa y todavía los hay aunque no definidos como tales sino, quizá, como “cristiano demócratas”. El origen de los planteamientos religiosos de los políticos de partidos católicos es parecido al de los islamistas si bien los católicos son casi todos moderados. Las bases morales del catolicismo, la importancia de la iglesia católica como institución central de la sociedad, los conceptos tradicionales sobre familia, orden y relaciones sociales y otras ideas con origen en la doctrina católica son una base política y una aspiración de estos grupos.
Ojo, que no debe haber confusiones aquí. Una cosa es tener un credo y una religión y otra muy distinta es convertir esa religión en política. Hay políticos católicos o musulmanes que dejan la religión fuera de la gestión política y la llevan como algo personal, como una moral propia. Hay otros que incluso basándose fuertemente en su moral teológica saben que ésta no puede influir en las leyes que afectan a todos y buscan la manera de compatibilizar su moral con una política para todos. Ninguna de estas personas ejerce la política con “religiosidad”, para ejercerla con religiosidad deben tener credos políticos irracionales y dogmáticos.

Hay otros grupos que, sin tener religión personal o colectiva alguna, también ejercen la política de forma religiosa. Por ejemplo gran parte de los partidos y grupos nacionalistas tienen conceptos religiosos en sus planteamientos o, directamente, la base política de los mismos es totalmente religiosa.
El nacionalismo es una ideología que se basa en la generación o idealización de una nación determinada. La nación puede existir de forma reconocida (ser un estado) o no, pero el nacionalismo exalta la supuesta nación y sus hechos diferenciales respecto a los territorios que la rodean. La religiosidad del nacionalismo se basa en otorgar a un concepto arbitrario (qué es una nación) un “destino” o una voluntad nacional única, ajena a la de sus ciudadanos o, por lo menos, sin aceptar a parte sustancial de ellos.
La existencia de la nación no se pone en cuestión, no se analiza, es un dogma, una verdad absoluta que no se discute. Cualquiera de los argumentos en contra (la inexistencia de esa nación o la posibilidad de crear una nación diferente en base a características diferentes) se rechazan frontalmente como un ataque o casi como un acto de genocidio cultural.

Hay más fuerzas políticas que se basan en conceptos religiosos en el desarrollo de sus ideas. Hay muchos revolucionarios, por ejemplo, que creen en un “destino” revolucionario, en una revolución que llegará inexorablemente como producto inevitable de una historia de opresión. La revolución es aquí un hecho religioso en sí, como una revelación o un acto sagrado, como una redención de la humanidad o la llegada de un mesías colectivo.
El texto sagrado sería la interpretación, subjetiva y parcial, de un desarrollo filosófico o político determinado, hecho en una época o una sociedad determinada pero que se extiende por el espacio y el tiempo como si fuese un “destino” inevitable, que llegará tarde o temprano cuando se den las condiciones objetivas. Muchos comunistas o anarquistas revolucionarios hacen argumentaciones de este tipo, si bien otros muchos las han rechazado,
También hay religiosidad en la otra orilla. Hay quienes, desde posiciones capitalistas, piensan que la economía capitalista es esencialmente superior a cualquier otra organización económica y que no existe ni podrá existir jamás una alternativa mejor. El mercado se convierte en un “dios” que se autorregula solo, que siempre asigna los recursos de la forma más eficiente posible, que maximiza la productividad y la generación de riqueza y que concede “libertad” a los seres humanos. Las consecuencias negativas del capitalismo se ignoran, se rechazan dogmáticamente o se obvian porque “esto es así” y “no hay alternativa”.
Puntualizo una vez más. Un comunista o un capitalista no es religioso per se, un comunista será religioso si cree en el destino de una revolución mística e inevitable, y un capitalista será religioso si cree estar delante del “dios mercado”, mecanismo económico más perfecto que jamás existirá. Hay capitalistas y comunistas que no son religiosos, pues defienden sus ideologías con datos, análisis serios y, sobre todo, serían capaces de cambiar de opinión si la realidad les demuestra que están equivocados.

La religiosidad en la política es la mayor de las lacras del mundo. Con el político religioso no se puede discutir, no se puede razonar, no se le puede convencer. Cuando la política se convierte en religión entonces entramos en una mera suma de adeptos y votos detrás de posicionamientos dogmáticos, en una lucha de poder entre personas que han congelado la realidad en un momento determinado. La política deja de ser política y se convierte, entonces, en una guerra de posicionamientos preconfigurados.
Yo soy capaz de entenderme con cualquiera que no sea dogmático y que no tenga posturas políticas religiosas y creo que eso lo he demostrado a lo largo de los años. Pero desgraciadamente cuando tu interlocutor está en posturas políticas religiosas poco se puede hacer. No cabe el acuerdo, ni el entendimiento ni siquiera la confianza política. Y, sobre todo, no cabe el debate porque para el religioso no hay debate, sólo hay prédica y conversión del otro, cuando no sometimiento.

3 comentarios:

  1. Hola Pedro: Muy buena entrada. Aunque yo, más que "religiosidad", lo que veo es sectarismo y una falta de coherencia que me da miedo incluso de pensar como la gente no es lógica.

    Hay sectarismo y con esa gente no se puede discutir sobre absolutamente nada porque no están dialogando sobre políticas, sino que su misión es estar "en contra" de algo, viven de estar en "contra", de ser contrarios.

    Hay sectarismo cuando por ejemplo se rechaza la dictadura castrista pero no se quiere quitar estatuas de Franco en Madrid o al revés, cuando se niegan a condenar el castrismo pero solo condenan el franquismo.

    Hay sectarismo cuando en vez de intentar desmontar mis argumentos contra el Instituto Juan de Mariana con hechos, se me tacha de "loco", sin argumentos por supuesto.


    Hay sectarismo cuando ciertos sectores antiamericanos ven a EEUU como una lacra por sus cárceles en Guantánamo, pero no dicen nada sobre algunas de las cárceles que hay en Europa o sobre la discriminación racial que hay en algunas sociedades en el continente.

    Hay sectarismo cuando unos defienden la influencia social de la Iglesia Católica romana, mientras criitican que otras confesiones puedan hacer lo mismo. Recordarás el infame artículo de BATIBURRILLO al respecto abogando por prohibir el Islam aunque también vale para los "anti" ateos, "los anti masones", los anti judíos, etc, etc.

    Hay sectarismo cuando algunos atacan al nacionalismo español, mientras defienden el vasco, catalán o gallego.

    La hipocresía y el sectarismo están muy presentes en nuestra sociedad, Pedro. Es lo que les lleva a defender a los que piensen como ellos, hagan lo que hagan y atacar al que discrepe, haga lo que haga.

    Casos hay para aburrir:

    1. Libertad Digital se felicitaba veladamente por la admisión a trámite de un recurso contra la sentencia exculpatoria de Pepe Rubianes, mientras afirmaba que el juicio contra Losantos por calumnias era una ataque a la libertad de expresión.

    2. El mismo que se siente injuriado por ser considerado "fascista", responde con calificativos como "progre totalitario". Dice que él puede hacerlo porque tiene argumentos, mientras que el adversario no. Luego se autocalifica como "liberal", a pesar de ponerle continuos límites a la libertad de expresión.

    Este ejercicio de hipocresía perjudica a la existencia de una sociedad libre y de calidad. Cuando uno pretende tener más derechos que el que piensa distinto, acaba luchando por imponer un sistema que puede ser muchas cosas, pero desde luego ni democrático ni liberal.

    Saludos

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  2. Hola Alfredo,

    Lo que tu llamas sectarismo yo lo llamo religiosidad porque entiendo que en el fondo del sectarismo está esa idea de Fe absoluta y negación de los hechos empíricos que se ven en los posicionamientos religiosos.
    Quería explicar bien cuando la política deja de ser política y se convierte en Fe, y como la "religiosidad" no es un concepto espiritual sino una actitud que sacraliza las ideas preconcebidas y rechaza las ideas nuevas.

    Dentro de ese esquema todos los casos que has comentado encajan perfectamente.

    Saludos,

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  3. José Miguel Pueyo Psicoanalista
    8 de marzo · Editado

    ¿Es posible que una monja se complazca con la ideología de la CUP-AE y con régimen bolivariano de Nicolás Maduro?,

    me comenta, visiblemente contrariado, un amigo. Cosas más extrañas se han visto –le he contestado esperando por su parte alguna aclaración con la que juzgar mejor lo que a primera vista tiene el carácter de la paradoja.

    Mi amigo, profesor de Derecho, me explica que se refiere a la monja benedictina Teresa Forcades Vila (1966, Barcelona), quien además de condescender a las ideas de los integrantes, al menos de algunos, de la CUP-AE (Candidatura de Unidad Popular-Alternativa de Izquierdas, en el Parlament de Catalunya), ateos medulares, además de antisistema y anticapitalistas -de quienes Forcades ha dicho que quizá sean los únicos que deberían permanecer en el Parlament de Catalunya una vez conseguida la independencia de la que hasta ahora es una de las Comunidades Autónomas del Estado Español-, se congratula asimismo con el régimen bolivariano de Nicolás Maduro (Caracas, Venezuela, 1962).

    Soy de los que opinan que una monja puede hacer lo que desee con su vida. Se me antoja, por ejemplo, que puede fundar un partido político, como lo ha hecho Forcades con el activista social y economista Arcadi Oliveres, (Procés Constituent a Catalunya). También estoy con los que piensa que una monja puede hacer lo que le plazca con su cuerpo, y no soy yo tampoco de los que cuestionan, como acabo de decir, la inmersión en la política de la gente que viste los hábitos. (Allá cada cual con lo que entienda por coherencia y responsabilidad). Además, se conoce, (¿quién no!), aquello de que «El hábito no hace al monje/a». Y aquí todo indica que esta monja de la orden de San Benito, médica y defensora de las orcas, está interesada por posiciones ideológicas afines a la Teología de la Liberación. Y es que quizá Forcades, siguiendo los pasos de otros hombres de religión, entiende que los hombres/hermanos deben echarle una mano, más allá de la oración o junta a ésta, a un Dios-Padre un poco olvidadizo de sus hijos.

    Entre las objeciones a Teresa Forcades, destacaré que en su mundo intelectual entra Jacques Lacan. Pero lo que dice Forcades del genial psicoanalista parisino, además de decepcionante en todos las planos de su habitual verborreico discurso (muy a lo Slavoj Žižek), da la impresión de que ha querido darse un baño de la ciencia del sujeto humano y sus producciones que es el psicoanálisis, y presentarse, por lo mismo, con la pátina postmoderna del mayor representante de esa ciencia después de Freud. Algo semejante parece que fue lo que se propuso el secretario general de la CUP-AE, David Fernàndez, en el debate de investidura de Artur Más como President de la Generalitat de Catalunya (21/12/2012). En esta ocasión, al diputado y portavoz de la CUP, formación política simpatizante de Bildu (coalición de ideología independentista vasca) y del BNG (Bloque Nacionalista Gallego), no le informaron que Slavoj Žižek no es ni mucho menos la referencia adecuada para saber qué dijo Lacan de la política. Se comprende, por tanto, el error de lo que ese día dijo David Fernàndez en el Parlament: «Martí i Pol decía que todo es posible ¿no?; y como dice Slavoj Žižek, un filosofo contemporáneo, todo se puede hacer se ha de cambiar por la reflexión más lacaniana: lo imposible pasa.»

    http://josepueyo.blogspot.com/

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