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viernes, 5 de julio de 2013

Golpe militar en Egipto: El ejército destituye a Morsi















En 1955 un grupo de militares argentinos derrocaron al presidente constitucional de la Argentina Juan Domingo Perón. Perón, que había ganado por una amplia mayoría las elecciones de 1952, había polarizado al país entre sus adeptos (clases obreras y trabajadoras fundamentalmente a las que había beneficiado con un programa socializante) y sus adversarios (una amalgama de clases altas y medias, intelectuales e incluso obreros socialistas y comunistas) debido a sus excesos dialectos, su autoritarismo a la hora de ejercer el poder y a la marginación de todos aquellos que no fuesen adeptos al partido justicialista.
El golpe militar contra Perón se llamó la “revolución libertadora” y fue apoyada por amplios sectores civiles que pensaban que el peronismo era un peligro para ellos mismos y para la propia democracia. Si bien Perón era presidente electo y gobernó siempre dentro de una especie de “autoritarismo democrático” llegó un momento en que sus adversarios pensaron que, o acababan con el peronismo y con Perón o el peronismo acabaría con ellos.
Los militares argentinos establecieron un gobierno militar que preparó unas elecciones en las que se proscribió el peronismo. El otro gran partido del país, el radical (que se dividió entonces en dos facciones), ganó todas las elecciones a partir de ese momento pero aún así los militares siempre estuvieron presentes en la política del país. Tanto Arturo Frondizi como Arturo Illia fueron derrocados por sendos golpes militares a pesar de ser presidentes constitucionales. El ejército ya se había otorgado el papel de guardián de la república, iniciando un camino que acabaría en la última y terrible dictadura argentina.

La “revolución libertadora” me vino a la cabeza al ver como el ejército egipcio destituyó a Mohamed Morsi después de un ultimátum 48 horas antes. Un golpe militar apoyado por amplios sectores civiles ante el convencimiento de que el presidente constitucional no iba a traer la democracia sino a destruirla, una alianza de sectores y personas aparentemente opuestas, cuestiones religiosas (uno de los “errores” de Perón fue atacar los privilegios de la iglesia católica) y la sensación de que recurrir al ejército es una caja de Pandora que al abrirla siempre trae muchas más desgracias que beneficios.
Hace dos años escribí este texto en el que dije que valía la pena apoyar la revolución egipcia aún cuando el peligro de que los islamistas se hiciesen con Egipto efectivamente existía. Era escéptico en mis valoraciones, pedía altura de miras a los agentes políticos y hablaba de la necesaria moderación de los Hermanos Musulmanes para que la revolución democrática egipcia llegase a fraguar.
Y quizá ese ha sido el principal problema, que los Hermanos Musulmanes no tuvieron la altura de miras suficiente para hacer una constitución aconfesional que acomodase también a los grupos laicos y cristianos de Egipto. Sin excesos iraníes, Morsi y los hermanos musulmanes inspiraron la constitución en la ley islámica, hicieron del islam religión oficial del estado y dejaron bastante en el aire la libertad de credo. La verdad es que esta constitución no era tan distinta a la constitución anterior en este aspecto pero su redacción fue interpretada como una traición a la revolución y a la convivencia entre musulmanes, coptos y laicos en Egipto.

Claro, la pregunta es ¿realmente la amenaza que representaba Morsi para la democracia y la convivencia era tal? ¿Sus instintos autoritarios eran tan grandes como denuncian los opositores? ¿Iba a convertir Egipto en un país islamista? Y francamente no sé la respuesta pero me parece que Morsi no había llegado a ese punto donde una persona como yo se abre a plantearse la posibilidad de un golpe de fuerza.
Morsi estaba llevando a Egipto por un camino peligroso, no entendía la realidad de una sociedad plurirreligosa y parcialmente secularizada como la egipcia, estaba traicionando la revolución que le había llevado al poder y había interpretado ésta simplemente como una posibilidad de que los islamistas llegasen al poder. Sí, todo eso es verdad, pero también es verdad que había sido elegido en unas elecciones democráticas (por muy poco margen pero en elecciones limpias) y que la constitución vigente (y ahora anulada) fue aprobada por la mayoría de votantes aunque no así por la mayoría de la población debido a la baja participación.
Que un presidente haya sido democráticamente elegido no le puede dar inmunidad absoluta ni patente de corso pues muchos gobernantes electos han creado dictaduras una vez en el poder, pero también es cierto que cuando un presidente ha salido de las urnas tiene que estar justificadísima cualquier acción contra él. Tan sólo un riesgo absoluto para la libertad o la democracia misma puede justificar una acción así.

Los españoles y los ciudadanos de países “latinos” en general tenemos un rechazo absoluto a la intervención del ejército en la política. España ha tenido 59 pronunciamientos militares en menos de dos siglos. De 1820 a 1874 los militares fueron los dueños de la política y los pronunciamientos los mecanismos para acceder al poder, y de 1923 hasta 1981 fue todavía peor pues el ejército adoptó una postura ultraconservadora y reaccionaria y siempre actuó para conculcar la democracia. En otro país cuya historia conozco muy bien, Argentina, el ejército fue un actor central en la política desde el derrocamiento de Yrigoyen en 1930 hasta el fin de la última dictadura militar en 1983.
Como dice una estrofa de la canción “Tango de las madres locas” de Carlos Cano: “Cada vez que dicen Patria, pienso en el pueblo y me pongo a temblar”. Los españoles, al igual que los argentinos, sabemos que cuando hay militares en el poder y estos hablan de la “patria” es que van a comenzar las persecuciones de disidentes, los fusilamientos y la opresión.
Pero ese es nuestro campo cultural, nuestra historia y por lo tanto nuestros autorreflejos políticos, pero eso no tiene por qué aplicarse a otras culturas y latitudes. Por ejemplo sería casi imposible que un ciudadano de un país anglosajón percibiese a sus militares como un peligro para las libertades, pues si acaso los perciben como los garantes de las mismas. En otros países, como Francia, tienen héroes militares defensores del progreso y/o la libertad como Napoleón o De Gaulle.
¿Y en Egipto? Pues me temo que el ejército egipcio nada tiene que ver con el de los países anglosajones y sí con el de los países latinos, pero con una diferencia: Los militares sí tienen una historia política positiva para los egipcios empezando por su gran héroe nacional, Nasser. Y quizá por eso los egipcios no desconfían tanto del ejército como nosotros, pues creen que del mismo puede salir algo positivo.
Sería impensable, por ejemplo, que miembros del 15-M o de la juventud indignada apoyasen al ejército español para derrocar a Mariano Rajoy por haber incumplido todo su programa electoral (y por tanto ha llegado al poder engañando al pueblo) y por haberse situado al servicio de Alemania. Por mucho que ese golpe dijese ser democrático y los militares dijesen que solo quieren abrir un proceso constituyente estoy convencido que la juventud y los activistas antigobierno no lo apoyarían. Sin embargo en Egipto, donde el ejército ha dirigido el país durante prácticamente toda su historia moderna, este apoyo sí se da. Y esto creo que nos muestra claramente la enorme dificultad que tenemos para poder empatizar y situarnos en la posición de un egipcio.
Tengo miedo de lo que pueda pasar en Egipto. Lo ideal sería que se hiciesen nuevas elecciones y una nueva asamblea constituyente que proclamase una constitución que fuese aceptada por todos los actores políticos mayoritarios, pero me temo que esa situación es poco probable.
Yo no sé qué pasará con los Hermanos Musulmanes pero muy probablemente boicotearán este “reinicio” hecho precisamente contra ellos y sus doctrinas. Y si la hermandad era una oposición poderosa en los tiempos de Mubarak aún estando en la clandestinidad ahora lo será mucho más. Temo que no se pueda gobernar Egipto contra los Hermanos Musulmanes si no es con un régimen autoritario o con un ejército guardián de las esencias laicas del país, algo que sería contrario a los principios de la primavera egipcia.
Por otro lado el ejército, que había sido repudiado por la revolución y se estaba manteniendo relativamente al margen, ahora se ha convertido en el baluarte de la misma. Y un ejército que se cree representar a una revolución es igual que un ejército que se cree representar a la voluntad de la “patria”, es decir, un peligro potencial para la libertad.
La posibilidad de involución está muy presente. Quizá con un presidente civil, con unas formas más suaves y con unas libertades civiles algo mayores, pero es posible que vayamos a una situación no tan distinta a la previa de 2011. Y esa no sería la revolución que quisieron los jóvenes egipcios, eso sería una revolución secuestrada.
Y cuidado, hay que ver qué consecuencias puede tener esto para los países vecinos y para las revoluciones y rebeliones en marcha.

Me gustaría poder escribir tan contundentemente como estos opinólogos y rellenamesas que desfilan por tertulias o escriben artículos de opinión pero realmente me siento incapaz. No puedo decir que el golpe me parezca bien porque no me lo parece y porque creo que es un error, pero tampoco voy a escandalizarme por el derrocamiento de un presidente elegido por sufragio universal desde una posición democratista puritana. No puedo abrazar ni los golpes militares ni a un gobierno islamista cuya ideología me parece peligrosa para la libertad.
Tan sólo espero y deseo que esto no sea una nueva “revolución libertadora” que dé al ejército egipcio la posibilidad de definir qué es adecuado y “democrático” y qué no, y qué permitir y a quién proscribir, porque entonces la revolución en Egipto se habrá terminado efectivamente el jueves por la tarde.

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