La nueva marca de La suerte sonríe a los audaces

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martes, 6 de agosto de 2013

Partidos, militantes, los tuyos y los mios (I)















Hace tiempo que quería hacer una entrada sobre mis pensamientos de los últimos meses respecto a la participación en partidos políticos y lo que está pasando en España con los mismos, además de otras consideraciones relacionadas con esta temática. Esta entrada no tiene “guión”, la voy a redactar sobre la marcha dejando que los pensamientos fluyan solos. Voy a intentar sincerarme en la medida de lo posible.

Yo, con casi 32 años, pertenezco a una generación perdida. La gente de mi edad creció durante el fin de la guerra fría y el inicio de lo que podríamos llamar el “post-modernismo”, con fuertes raíces en la revolución neoliberal y en el fin de las ideologías. Crecimos en un mundo en que las ideologías de “progreso comunitario” decaían en frente de otras que ensalzaban la individualidad, el progreso personal a nivel fundamentalmente económico y un relativismo ideológico y moral frente a casi todos los aspectos de la vida.
La libertad individual es un concepto supremo para nosotros, algo que es inherente a nuestras personalidades pero que ha sido moldeado con las características de nuestro tiempo, es decir, creemos en una “libertad individual” prefabricada. Libertad individual es creer en lo que quieras, pensar como quieras, vestir como quieras, acostarte con quien quieras pero sobre todo no poner en duda que esta libertad está sostenida en la democracia representativa, la propiedad privada y el fin de las utopías y del progreso social. Esta “libertad individual”, por tanto, es tramposa, parcial y un tanto interesada. Hemos olvidado que la libertad es algo mucho más grande que los grados de libertad que nos han dado pero nos han asustado siempre con que esos límites había que mantenerlos para no perder la libertad que teníamos. Hemos aceptado el “control social”, la dialéctica “bien pensante”, la adaptación al sistema como algo incuestionable y el fin de los cambios de modelo. La libertad es “lo que hay”, se contrapone a épocas sin libertad y se sacraliza.
El problema nos ha llegado cuando nuestro objetivo de ser libres siendo parte del sistema se ha venido abajo. Muchos de mi generación (sobre todo los que son algo más jóvenes que yo) han tenido que aprender que la libertad de esta época no se puede conquistar sin recursos económicos y que detrás de la parafernalia de la libertad post-modernista hay muchas formas de servilismo que son bastante más reales que ésta: Somos serviles ante nuestros empleadores porque necesitamos un trabajo, somos serviles ante nuestro gobierno porque tenemos miedo de que nos priven de lo poco que tenemos, somos serviles ante las leyes porque tememos el caos y el descontrol, somos serviles a las reglas no escritas del comportamiento social porque tenemos que nos expulsen del sistema y de la sociedad.
Todas estas revelaciones han producido reacciones sociales de distintos tipos: pasividad, pesimismo, indignación…Pero todas, absolutamente todas estas expresiones de rechazo tienen algo en común: El miedo a traspasar los límites de los preestablecido. Somos pasivos porque tenemos miedo y no tenemos esperanza en que nada cambie por los métodos de cambio que nos han dado (asumiendo entonces que son los únicos métodos válidos), somos pesimistas por razones similares, estamos indignados porque no nos permiten ser parte “del sistema” al que creíamos pertenecer, ese que nos permitía vivir “bien” y poder usar nuestra libertad. Daos cuenta: No somos capaces de buscar un cambio radical, tenemos miedo a ir más allá. Pero ¿es sólo miedo? No, tampoco es solo miedo, es algo más y todavía más peligroso: Tenemos una carencia de alternativa pavorosa, estamos como los antiguos cuando miraban al mar y pensaban sobre qué habría más allá. No sabemos qué hay más allá, pero es que no sabemos ni cómo llegar ni tenemos el valor para averiguarlo.

Todo esto entronca con las ideologías y, también, con los planteamientos políticos relacionados con la existencia de los partidos políticos, vehículo que nos han convencido que es el único mediante el cual podemos participar en política. No lo son, y si lo son no deberían serlo, pero escasamente estamos comenzando a aceptar que posiblemente hay democracia más allá de los partidos políticos y que, quizá, nos gustaría ejercer.
Mi generación y la que viene detrás ha sido traicionada por el PP y el PSOE. Hace más de diez años, cuando todavía gobernaba José María Aznar, ya comentaba continuamente que la prosperidad en España se estaba construyendo para la generación inmediatamente superior a la nuestra y que los jóvenes estábamos siendo absolutamente ignorados. El gobierno Zapatero, fuera de alguna medida más populista que real, no cambió nunca eso y el gobierno de Rajoy menos todavía. Nosotros ya estábamos destinados hace diez años a ser una generación precaria. Cuando a esto le juntas el hundimiento de un modelo económico basado en la construcción, el sobreendeudamiento y los favores económicos a quienes no tienen compromiso con la sociedad nos encontramos con que ya no somos una generación de precarios, somos una de emigrantes o niños indefinidos sacando la paga de la pensión del abuelo.
Así pues la juventud (situaré aquí a la gente de menos de 35 años) y mucha gente que no está en ella pero que sufre o percibe una realidad parecida, hemos desertado del bipartidismo del PP y del PSOE, lo que es un síntoma de que estamos desertando, quizá sin saberlo, de la realidad política que generó la transición y la constitución de 1978.

Pero ¿hacia dónde vamos? ¿Dónde ponemos nuestra voluntad, nuestra esperanza en un futuro mejor y diferente? Pues ahí tenemos el problema, que miramos partidos ajenos a ese dúo PP/PSOE y encontramos actitudes y costumbres sospechosamente similares. Quizá es que todos hemos sido contagiados de esa “libertad prefabricada” que he comentado.
Hay gran cantidad de partidos en nuestro país, partidos en los que podríamos depositar nuestras esperanzas. Los dos mayores son Izquierda Unida (IU) y Unión Progreso y Democracia (UPyD), aunque hay otros como EQUO, algunos de ámbito local (Compromís en Valencia, ANOVA en Galicia) y otras muchas fuerzas pero estas ya con escasa presencia.
Izquierda Unida ha sido siempre el tercer partido de España. Cuando Julio Anguita, un honradísimo pero bastante ortodoxo comunista, dejó la dirección del grupo éste se fue progresivamente hundiendo en la insignificancia política. El hundimiento del PSOE ha revitalizado a la formación estando ésta ahora en una estimación de voto que fácilmente oscilaría entre el 12 y el 15% del voto (especie de umbral psicológico para las fuerzas postcomunistas europeas). Este crecimiento me parece creado más bien por deméritos de otros que por méritos propios, pues creo que IU no ha sabido nunca convencer al electorado sino más bien atraer a los desengañados con otras fuerzas. La crisis actual he dado fuerza a su discurso contra el neoliberalismo pero fijémonos que se trata de una posición anti-algo más de que una posición a favor de un modelo determinado.
Personalmente no veo un modelo claro en IU. Sí, he leído su programa y sus propuestas, tengo claro lo que rechazan, pero no me parece que se tenga un proyecto coherente de país. No me queda claro si quieren salir del euro o no, no me queda claro si quieren nacionalizar toda la banca o no, no me queda claro qué estructura impositiva quieren crear más allá de cambios de importe en los actuales impuestos, no acabo de ver la viabilidad de duplicar el salario mínimo como pretenden pues esto no viene sostenido por otras medidas. En definitiva, me parecen que proponen unas medidas puramente reactivas, de resistencia, que pueden valer en muchos casos (en la política de vivienda, en comedores escolares) pero que no generan un proyecto de país.

En los últimos días he tenido un caso “curioso” con un militante de IU que es compañero blogger. Es un chico joven que tiene un blog que pertenece a la red I Love IU y que escribe frecuentemente artículos absolutamente alineados con el posicionamiento de la coalición.
Una de las cosas que hace habitualmente IU es criticar con una dureza incomprensible a UPyD, diciendo en el mejor de los casos que son la marca blanca del PP y en el peor poniéndolos como herederos espirituales de la Falange joseantoniana. Esta actitud se puede ver mucho en los tuits de los cargos públicos de IU y su objetivo es claro: Quitarse de en medio a la competencia.
Bien, este chico hizo una entrada que se llamaba 79 razones para no votar a UPyD, en la que había hecho una recopilación bastante trabajada de noticias y declaraciones de cargos de UPyD. La verdad es que la gran mayoría de las 79 razones no eran tales, bien porque las informaciones no eran “exactas”, porque los motivos eran triviales o por otras razones. Así que, haciendo un poco de abogado del diablo, le contesté valorando su trabajo de recopilación pero criticando el contenido, que para ser suave diré que era partidista y algo demagogo.
Pues bien, mi comentario no paso la “moderación”. Cuando pregunté al administrador por qué no lo había publicado me dijo que él no publicaba comentarios “desfavorables” al texto, que sólo publicaba los afines. Le dije que no lo entendía y me replicó que era un blog personal, que publicaba las cosas bajo su propio criterio, que esto de “censurar” los comentarios era algo habitual en todas partes (no es cierto) y que lamentaba que no lo entendiese. Le dije que consideraba que estaba cometiendo un error, que actitudes así destruyen la credibilidad de los textos pero, en fin, tampoco le dimos más vueltas.

La única vez (que recuerde) que me han censurado en un blog fue en el Batiburrillo liberal, en el que ni tan siquiera me censuraron desde un principio aunque, después de un largo debate en el que considero que quedó clara la manipulación de los autores, borraron todos mis comentarios supongo que para tapar sus vergüenzas y/o por puro fanatismo ideológico. Estos del batiburrillo son unos extremistas derechistas católicos por lo que supe después y tampoco es de sorprender esta actitud.
Pero fuera de ahí no recuerdo que nadie me haya borrado o censurado un comentario, y menos reconociéndome que lo hace porque no le gusta que critique el texto. Desde 2009 llevo comentando en el blog de mi colega Alfredo Coll y durante los dos primeros años los debates entre nosotros eran durísimos y terribles. Alfredo jamás me censuró un comentario como tampoco yo a él, y os aseguro que nos decíamos de todo en medio del fragor del combate. La no censura ha sido la tónica habitual en los foros en los que asiduamente comento.
Que alguien de IU censurara un comentario de alguien como yo, que no soy en absoluto sospechoso de derechista, me dio mucho que pensar. No es que cubra con vitola de santos a la gente de IU pero que precisamente ellos, ninguneados en muchos medios de comunicación y censurados de extremistas por muchos, censuren un comentario mínimamente incómodo para su línea política me parece sencillamente increíble. ¿Es que todos usamos los mismos métodos? ¿Es que no hay diferencias entre ideologías a la hora de evitar el debate y creerse en posesión de la verdad revelada? No quiero pensar eso. Los métodos son muchas veces tan importantes como los fines y yo no voy a confiar en nadie que no pueda (o quiera) defender sus posicionamientos enfrente de otros que los rebatan.
En fin, al final esto no es más que una actitud personal de alguien que considera que es más importante la ficción de unanimidad que los contenidos, no quiero ni mucho menos que parezca que saco conclusiones de grupo o partido por un caso así, pues no lo hago. Pero creo que es interesante que veamos como la aversión al debate o las ganas de generar una realidad ficticia de falsa unanimidad es algo común a la práctica totalidad de fuerzas políticas.

Continuará...

4 comentarios:

  1. Espero ulteriores entregas, a ver si hablas sobre lo que prometía el título.

    En todo caso, para ir abriendo boca, no comparto este desliz hacia el anarquismo que se desprende de tu refractaria manera de referirte a la validez de las normas como cohesionador social. Todas las sociedades humanas, sin excepción conocida, se fundamentan en las normas, sin las cuales no sobreviven. Poner en cuestión la existencia de normas supone un suicidio social, si estoy en lo cierto. Ergo, no es que estemos "acojonados" y nos mostremos "serviles" ante los poderosos, es que sabemos que sin reglas sólo es posible la anarquía y con ella el caos.

    Pero, en fin, espero que esto vaya desarrollándose y hablemos de partidos políticos, militancia y de "los tuyos y los míos".

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  2. Hola Enrique,

    He tenido que partir el texto en dos porque me salía una barbaridad de largo. Aquí sólo he hablado de IU, pero en el siguiente hablo de UPyD, EQUO y algo de Compromís.

    ¿Crees que me he deslizado hacia el anarquismo? No era mi intención. Me refería a romper este paquete de normas actuales para sustituirlo por otro, con otros valores y otra moral que las sustentase, no su destrucción para ir hacia un mundo sin normas ni valores sociales.
    De hecho tu continuo llamamiendo a la guillotina creo que se enmarcaría bastante bien en estos dos primeros párrafos, igual que otras cosas que nada tendrían que ver con eso.

    Saludos,

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  3. Hola Pedro: Me abstengo de comentar porque quiero ver la segunda parte. En todo caso, te contestaré debidamente en una entrada porque aquí has entrado en muchísimos temas con los que discrepo a veces, parcialmente, y en otros estoy muy de acuerdo con lo que comentas.

    Saludos

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