La nueva marca de La suerte sonríe a los audaces

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miércoles, 25 de septiembre de 2013

¿Estamos ante el fin del estado del bienestar?










El otro día el rey de Holanda, en un discurso aprobado por el gobierno liberal-progresista holandés, habló del fin del “clásico estado del bienestar” y su sustitución por una “sociedad participativa”. El rey usaba estos términos para decorar un recorte de 6.000 millones de euros que el gobierno holandés ha concentrado en gasto social.
En países como el nuestro estas palabras fueron una bomba ¿Cómo la rica Holanda, con casi pleno empleo y servicios sociales excelentes, habla del fin del estado del bienestar? ¿Qué quiere decir eso de la sociedad participativa, que la gente tendrá que ocuparse de la solidaridad mediante sus propios medios? ¿Qué está pasando aquí?

Desgraciadamente la inmensa mayoría de la población sólo entiende las frases grandilocuentes mientras es incapaz de ver las cosas que suceden delante de sus narices. Que el rey de Holanda finiquite verbalmente el estado del bienestar no es un hecho, es una advertencia, un proyecto, una tendencia que se irá consolidando. Aquí en España nadie ha enterrado verbalmente al estado del bienestar pero éste está siendo destruido lentamente desde hace años y está en una situación infinitamente peor que el de Holanda. Sí, en Suecia y en Holanda pueden hacer muchas reformas, pero su estado del bienestar sigue siendo mucho más potente que el nuestro incluso antes de nuestros primeros recortes.
Pero más allá de todo esto aquí hay una cuestión fundamental: Partamos del estándar de protección social que partamos, estemos en el punto que estemos o generemos el PIB que generemos, el estado del bienestar preexistente en nuestros países es algo en retroceso, algo que se está recortando en todas partes y que evoluciona hacia un estado asistencial.
Muchos dirán que esto está sucediendo por voluntad política, pero esto no es del todo así. Por supuesto que hay gobiernos encantados con quitar prestaciones públicas y crear sociedades más individualistas, inseguras y “privadas”, pero hay otros gobiernos que lo hacen porque consideran que “no tienen más remedio”. Que no tengan más remedio no es del todo exacto, quizá lo más exacto sería decir que no tienen más remedio dentro de los usos y costumbres económicos y políticos del mundo occidental, que no pueden hacer otra cosa si no quieren hacer un cambio radical en la estructura económica. Eso probablemente sí que es cierto.

El estado del bienestar se creó hace muchas décadas sobre una economía formalmente capitalista y con los bienes de producción en manos privadas, con el obetivo de redistribuir la riqueza en base a impuestos sobre el capital, el consumo y el trabajo. En este modelo existían, adicionalmente, algunos sectores “clave” que permanecían públicos por interés general.
La primera oleada del neoliberalismo en occidente, en los 80 y 90, se concentró en la privatización de las empresas y servicios públicos. La socialdemocracia, convertida en socio-liberalismo para entonces, aceptó todo esto y es cómplice de esta situación. Después llegaría una segunda oleada neoliberal que internacionalizó la economía y la “globalizó”, deslocalizando el capital y la producción. La tercera oleada, en la que nos encontramos, se basa en la destrucción de los estados del bienestar en base a una situación económica formalmente real: No ingresamos suficiente para mantener los estándares de protección.
Obsérvese como todo lo acontecido en la era neoliberal es plenamente coherente con esta destrucción final del estado del bienestar: La privatización de empresas públicas, que podían o debían ser solventes, transfirió unos ingresos y beneficios que eran públicos a manos privadas. Seguidamente la internacionalización del capital y la deslocalización llevó a tener que competir con otros países en política impositiva, teniendo que bajar impuestos como el de sociedades, cargas fiscales, cuotas laborales, etc. Para mantener las empresas en el país. Y el descenso no fue solo impositivo sino que también fue salarial, porque los trabajadores tenían que competir con otros de países sin protección social, teniendo que bajarse también los salarios y/o los beneficios sociales.
Al final, con un descenso de ingresos por todas partes, el sistema tiende al colapso por falta de ingresos. Y ante el colapso es fácil vender a la sociedad que hay que recortar gastos, porque no tenemos ingresos y evidentemente los necesitamos para poder gastar. La idea es lógica, matemáticamente irrefutable e intuitiva para la sociedad víctima de la situación.

Pero si tenemos una carencia de ingresos ¿por qué no subimos los impuestos para ingresar más? Eso debía ser una política de izquierdas pero, desgraciadamente, el imperio neoliberal se ha vacunado contra esto. Un gobierno izquierdista no puede aumentar el impuesto de sociedades porque lo que provocaría es una mayor deslocalización industrial y un hundimiento de la inversión, un gobierno izquierdista no puede subir las cotizaciones sociales a las empresas por la misma cuestión; en definitiva, un gobierno no puede cargar altos impuestos al capital en general. Al productivo y al no productivo, porque si subes impuestos al capital pasivo éste también se puede deslocalizar también y largase a Suiza o a las Islas Caimán.
Cuando los gobiernos no se han atrevido a bajar los estándares de protección social radicalmente han usado una segunda estrategia: Han subido impuestos, pero sólo a lo no deslocalizable: Los ciudadanos y las pequeñas empresas que no pueden largarse a China ni están internacionalizadas. Y en ese contexto se ha subido el IRPF y los impuestos indirectos como el IVA, o yéndonos un poco más lejos se ha implantado una tasa sobre la propiedad inmobiliaria en Grecia (las casas no se pueden mover de su sitio). En cierta manera y simplificando un poco, es como si la redistribución se hubiese circunscrito a las clases bajas y medias, quedándose las altas parcialmente fuera de la redistribución. Los “pobres” redistribuyen entre ellos sus pocos recursos, llevándose la clase media la peor parte.
Fijaos en esto y en lo que dije hace unos días: Aquí hay un eje fundamental que tiene mucho que ver con las clases sociales que probablemente van a salir de esta crisis, que es la posibilidad de deslocalización. Quien tenga capital o un valor exportable y movible va a estar en muchas mejores condiciones que quien esté “atado a la tierra”, que estará sometido a recortes, imposiciones extremas y legislaciones destructoras de las que no va a poder escapar. Los “nómadas” voluntarios serán la nueva clase alta y los “sedentarios” la clase baja. Es el futuro distópico sobre el que teorizó Jaques Attali.

Hace un par de meses comenté que nuestro sistema de pensiones debía ser absolutamente reformado porque tiene una trampa que lleva a su destrucción: Depende exclusivamente de las cotizaciones sociales que provienen del trabajo, y en un entorno con cada vez más paro y sueldos más bajos ese sistema no puede aguantar así. El sistema hay que ampliarlo y alimentarlo con otros flujos económicos y con otros impuestos. Esa es la reforma que se necesita.
Pero, a nivel general, podemos hacer un planteamiento similar con todo el estado del bienestar. El estado del bienestar tal y como está estructurado es insostenible, porque los impuestos que lo mantienen son cada vez más difíciles de cobrar, cobrarlos tiene más consecuencias económicas negativas y, en definitiva, se nos está escapando nuestra fuente de recursos. Así pues o nos cargamos el estado del bienestar (solución neoliberal, que es a la que nos dirigimos) o cambiamos nuestra forma de obtener recursos (que es la solución que debe de buscar la izquierda).
¿Y cómo se hace esto? Pues ese es el quid de la cuestión y lamentablemente nadie ha hecho aún un modelo teórico general y mucho menos concreto para un solo país. La solución más fácil y radical sería nacionalizar los grandes medios de producción y todo lo deslocalizable, pero esa es una opción del pasado que en su momento no funcionó demasiado bien y que, de aplicarse en un solo país, nos podría llevar a una situación de aislamiento económico. Creo que hay que intentar evitarla.

Hay algo que yo creo fundamental y que no se está contemplando lo suficiente en las nuevas alternativas económicas que están comenzando a aparecer. Nos hemos acostumbrado a trabajar sobre la redistribución de la renta, es decir, a intentar generar igualdad mediante un ciclo “secundario” de recursos desde los que más tienen hacia los que menos tienen vía impuestos. Y ya vemos que esto no está funcionando y no parece posible que pueda volver a funcionar en el mundo globalizado.
Así pues creo que debemos atacar la base del problema, es decir, la razón por la que la generación primaria de la renta está tan orientada hacia el capital y las grandes empresas y tan poco hacia el trabajo. Necesitamos que el trabajo aumente su remuneración, necesitamos que las pequeñas empresas tengan más cuota de mercado, necesitamos extender modelos cooperativos económicos donde la riqueza generada se reparta mejor. Hay que ir a la base del sistema productivo y ayudar a que la renta se distribuya mejor, porque esa va a ser la única manera que nos va a llevar a conseguir una sociedad igualitaria.
Para conseguir esto se puede recurrir a la nacionalización de algunos sectores, es decir, revertir las privatizaciones de los años 80 y 90, pero eso por sí solo es insuficiente. Hay que fomentar esa distribución primaria de la renta en la economía privada, eso es fundamental y no vamos a poder obviarlo.
La única propuesta que conozco que ha teorizado sobre esto es la economía del bien común, que propone una serie de “valores” económicos por encima de la ganancia que deben ser los que se deben promover desde los poderes públicos. Una de las propuestas más sencillas de la economía del bien común es que las administraciones públicas solo contraten con empresas que cumplan las normas del bien común, entre ellas que los sueldos no sean muy dispares entre todos los trabajadores y, por tanto, que la riqueza generada por la empresa se reparta bien. Por lo menos que el dinero del ciudadano sirva para fomentar una economía igualitaria.
El sistema del bien común también propone dar ventajas fiscales a las empresas que cumplan con el bien común sobre las que no cumplan, y a mí me parece bien. Debemos fomentar esto, debemos fomentar la economía local y nacional, debemos fomentar nuestras relaciones económicas con empresas éticas y países con economías justas. Unas nuevas redes económicas deben ser creadas en base a valores distintos a la mera ganancia puntual.

Por supuesto esto es sólo una parte de lo que se debería comenzar a hacer. La política impositiva y redistributiva debe seguir ahí, es una parte del sistema vigente y no se puede ignorar, pero debe ir perdiendo importancia respecto a las políticas de distribución primaria de la renta. Hay que estudiar qué se debe volver a nacionalizar, qué se debe hacer con los aranceles y los tratados de libre comercio y volver a replantear entero el sistema de deducciones fiscales.
Debe haber una política de desarrollo que favorezca este modelo de empresa más igualitario o directamente cooperativista. Hay que volver a meter el genio del capitalismo financiero dentro de la lámpara para que no destruya nuestra economía real en un ataque especulativo. Quizá habría que empezar a analizar si se pueden regular cosas como el trueque de servicios y productos y de fuerzas productivas. Hay muchísimo trabajo por hacer, debemos armar una nueva estructura de producción y redistribución entera. No es trabajo para impacientes ni para dogmáticos, ciertamente.
Y, respondiendo a la pregunta del título, ¿Estamos ante el fin del estado del bienestar? Usando las palabras del rey belga, sí, estamos ante el principio del fin del “clásico” estado del bienestar, pero eso no puede querer decir que estamos al final de “cualquier” estado del bienestar. Y precisamente por eso es nuestra obligación levantar otro sobre una base diferente a la actual.


5 comentarios:

  1. Hola Pedro:

    Me ha gustado bastante la entrada (no por estar de acuerdo, ojo, sino por su contenido). Este fin de semana iba a escribir sobre el "Obamacare" porque hoy tuvimos una reunión de urgencia en el trabajo. El representante de los "benefits" dijo que el pais estaba convulsionado por culpa de Obama y uno de los chavales de otro departamento, un joven de raza negra, le dijo "uyy pues usted parece del Tea Party pero este señoor (señalándome a mí) es Republicano y está encantado con Obamacare).

    El "teapatista" (como dices tu) se enfadó de mala manera conmigo y tuvimos una agria discusión ideológica. Me llamó "federalista" y hasta "intervencionista". Entonces, hablaré sobre Obamacare y por qué lo defiendo siendo capitalista y entonces aprovecharé la ocasión para rebatir esta entrada en algunos temas que me chocan.

    Saludos

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  2. MUY interesante y comparto plenamente esto: http://opinionator.blogs.nytimes.com/2013/09/26/why-conservatives-should-reread-milton-friedman/?_r=0

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    1. Es interesante, pero este "sorpasso" de la derecha económica sobre las ideas de Friedman tiene dos explicaciones fáciles de entender: 1º/ Cuando eres economista debes ser serio, cuando eres político sobre todo sin altas responsabilidades tu ignorancia económica te puede llevar a ser muy extremista 2º/ El mundo desde los 70 ha evolucionado hacia la derecha económica. Friedman combatía el keynesianismo tradicional, que era lo que se consideraba teoría dominante en esa época, pero también asumía algunos de sus postulados. Ahora ese keynesianismo está sobrepasado, es incluso vilipendiado en todas sus facetas por algunos, y cada vez nos vamos más a la derecha económica. Ahora hay fundamentalismo de mercado, algo a lo que Friedman probablemente no llegó ni llegaba nadie en aquella época.

      Saludos,

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  3. NO ES UN SUEÑO, NO; ES PEOR
    "Es una ilusión creer que cuando pase la crisis volverán a recuperarse la sanidad pública, la educación garantizada y las pensiones. Los daños causados seguirán ahí. Salvo que hagamos algo"

    (Y eso no va a ocurrir)

    (...) José K. no se quiere levantar esta mañana. Espíritu solidario, afanoso por acompañar siempre los usos de sus conciudadanos, ha decidido hacer lo que todos hacen y que pasa a resumirles con una sola palabra: nada. Eso es lo que él ve —la inacción— y así lo dice.

    (...) Porque pasan cosas, claro. Muchísimas cosas, aunque solo seamos capaces de practicar el cobarde ejercicio del disimulo y nos quitemos de los hombros, fingiendo que se trata de simples motas de polvo, las toneladas de lodo que nos están arrojando encima.

    (...) tanto pasa que mejor decir que no pasa nada. Porque en España, 2013, niños, jóvenes, maduros y ancianos parecen —o así los ve José K.— sumidos en una especie de sueño informe donde las cosas —todas horribles— pasan delante de sus ojos, pero creen estar viéndolas a través de una deformante capa de gelatina que suaviza aristas y difumina colores. Edulcoradas. Soportables.

    (...) Lo peor es que tales desgracias las creen pasajeras, producto de una crisis apenas momentánea, porque en cuanto acabe este mal sueño —siempre que llueve, escampa, dicen las buenas gentes— todo volverá a ser como antes. Y habrá, en ese futuro que sería solo recuperación del pasado, una sanidad pública, una educación garantizada, con sus becas y ayudas para libros, incluso unos contratos laborales dignos… y hasta unas pensiones que no revistan la curiosa circunstancia de estar calculadas con diversas magnitudes, pero todas ellas, vaya por Dios, menguantes, como cualquiera con una modesta calculadora puede comprobar.

    (...) Pues lamentamos decirles a todos ustedes que ese ambicionado despertar es totalmente ilusorio. Que aquella mayoría que dieron al partido en el Gobierno está dando sus frutos y ya nunca, jamás, volverán las cosas a ser como antes. La pérdida de derechos, el cercenamiento de los logros conseguidos a través de muchos años de lucha, el abuso institucionalizado, no son productos de una pesadilla que desaparecerán cuando despertemos. En absoluto. Los daños van a seguir ahí, infectados y mefíticos."

    El resto del artículo sigue aquí:
    http://elpais.com/elpais/2013/09/17/opinion/1379408355_792022.html

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  4. Soy, siempre lo he sido, un firme convencido de que los modelos del estado del bienestar europeos - hay que tener en cuenta que esto es un endemismo de nuestro continente - son la herramienta perfecta para construir sociedades justas, equitativas y prósperas. Dicho esto, coincido con tu análisis y supongo que mucha más gente también tendrá claro qué hay que hacer para "salvar" el modelo. Lo que no está claro es si queremos salvarlo; yo tengo dudas.

    Los modelos del estado del bienestar nacieron - algunos autores retrasan la fecha al periodo de entreguerras y otros lo sitúan en la Prusia bismarkiana, pero no comparto esa opinión - en los inicios de la Guerra Fría, como solución de equilibrio entre el modelo soviético (comunista) y el anglosajón (capitalista y liberal) El modelo de los estados del bienestar se ajustó, además, a las características de los países en los que se implantó, por eso no hablamos, o no deberíamos hablar, de "El Estado del Bienestar" sino de "Los Estados del Bienestar". Básicamente, el modelo, en un entorno capitalista de libre mercado (lo de "libre" es relativo) configura al estado como redistribuidor de la riqueza a fin de que todos los ciudadanos tengan acceso igualitario a los bienes y servicios producidos en esa sociedad.

    La pregunta es ¿Qué ha pasado para que en este momento, el modelo esté en fase de desguace? Supongo que la respuesta es compleja y tiene que ver con el definitivo triunfo del modelo económico capitalista-liberal anglosajón sobre el soviético comunista. En mi opinión, es un error. Veremos qué pasa.

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