La nueva marca de La suerte sonríe a los audaces

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lunes, 14 de octubre de 2013

Regulación y ética

















Hace unas semanas estuve hablando con un arquitecto que tenía un pequeño estudio de arquitectura. Había heredado el estudio de su padre (venía pues de familia de arquitectos) pero actualmente lo regentaba él. Era un hombre joven, tendría más o menos unos 35 años.
Hablando sobre la arquitectura en España y cómo le había afectado la crisis él me comentó que no le iba mal, que hacía pocos proyectos pero de bastante calidad y bastante singulares, muy orientados a la eficiencia energética (“se pueden hacer casas que no necesiten ni calefacción ni aire acondicionado” me decía).
Y a partir de ahí la conversación fue muy interesante. Estuvimos hablando de la poca calidad de las casas que se habían hecho en España en los últimos 15 o 20 años, cómo la prioridad de los estudios arquitectónicos y de los promotores era fabricar el mayor número de casas con el menor número de metros cuadrados, haciendo casas con habitaciones minúsculas, patios de luces donde no entra la luz, cuartos de baños inmanejables, etc, etc.

Echando una mirada al pasado me estuvo comentando que él había visto los proyectos que hacía su padre hacía 30 o 40 años y que de hecho había vivido en casas proyectadas por su padre. Comentaba que todas ellas eran casas buenas, con las funcionalidades máximas para la época, casas pensadas para hacer fácil la vida a sus propietarios. Su padre, me decía, era quién marcaba al promotor sus condiciones y quien le decía cuantas casas de podían fabricar en una superficie determinada, y no cómo ahora que son los promotores quienes exigen el máximo número de viviendas sin importar la calidad.
El arquitecto se ha degradado a si mismo” me decía. Se habían convertido en servidores de los deseos de los promotores, no se atrevían a decir que no hacían determinado tipo de vivienda ni marcar unas condiciones mínimas. Excepto unos pocos arquitectos de alta fama, el resto se habían convertido en fabricantes de dinero y no de viviendas.
Y por esta razón él era un convencido de que debían haber regulaciones mucho más estrictas en la construcción, marcando claramente qué características debía tener una vivienda de forma mucho más atrevida que ahora, que sólo marca mínimos. Era partidario de regular fuertemente para que los promotores y arquitectos no pudiesen hacer viviendas basura.

Este chico, por lo que intuía, debía vivir bastante bien. Se le veía una persona con dinero, que no sentía las necesidades económicas en primera persona ni los servilismos a los que estas necesidades te llevan. Se notaba que nunca se vio en la necesidad de ceder ante los deseos de un promotor que quería dar un pelotazo y sólo aceptaba un sí por respuesta.
Muchos otros arquitectos habrán tenido que ceder, que construir edificios plagados de viviendas de 1 y 2 dormitorios, donde la puerta del cuarto de baño choca con la taza del váter, donde en las habitaciones a penas cabe una cama, con cocinas inmanejables, etc. La gente tiene que ganarse la vida y mucha gente no puede estar pensando en su imagen y su “fama”.
Pero más allá de este concepto idealista proveniente de sus pocas apreturas me pareció que lo que decía era muy lógico. En un mundo donde el beneficio económico está por encima de todo y donde los agentes del mercado no sienten limitaciones morales o éticas para ofrecer productos de calidad o para cumplir el espíritu de las leyes (que no las leyes), no hay más remedios que marcar regulaciones estrictas en todos aquellos campos donde se perciban abusos generados por un excesivo ánimo de lucro.

Esta idea, aplicada en este caso al mundo de la arquitectura y la construcción, se puede extender por todos los sectores económicos de la sociedad. ¿En cuantos campos la ética profesional de deja de lado en favor del beneficio económico? Yo diría que en casi todos.
En ventas, por ejemplo, pasa lo mismo. Las empresas quieren cobrarle lo máximo a los clientes aunque esto sea claramente un abuso. Las grandes compañías abusan de los clientes que no se quejan o que no tienen posibilidades de recurrir al mercado para aumentar sus beneficios. Es posible que si a un cliente le ganas 10 hayas hecho una buena operación, pero si puedes ganarle 20 le ganarás 20 y si puedes ganarle 200 lo harás aunque sea un atraco a mano armada. Esto es lo que se ordena desde las cúpulas y los grandes directivos de las grandes empresas de servicios.
Y si afecta a las ventas esta política afecta de forma transversal a casi todos los sectores económicos. ¿Cuántas empresas concesionarios abusan de la administración pública cuando ésta está débil o endeudada? Casi todas. ¿Cuántas empresas fabrican productos de muy baja calidad para reducir costes? Muchas. La política de ganar más a toda costa y superando cualquier barrera está generalizada.

La regulación es una herramienta para solucionar esto. Regulando y prohibiendo las malas prácticas es la manera más directa de evitar abusos de los fuertes sobre los débiles y de intentar que la avaricia no lo degrade todo. Sí, esto genera un gran intervencionismo del estado, pero el intervencionismo no es casual ni es caprichoso, es la respuesta a un problema identificado. El conflicto aquí es que estas excesivas regulaciones a veces afectan al empresario y al emprendedor honrado de la misma manera que al pirata.
Habría una solución mejor, que sería contar con agentes económicos éticos y con comportamientos morales en el desarrollo de las actividades económicas. Esta sería sin duda la mejor de las opciones pero el problema es que esto no se puede regular con una ley y mucho menos esperar que tenga efectos inmediatos. La moral no se legisla, no se obliga, está en los propios cimientos de los seres humanos y de la sociedad.
Pero que no se pueda regular no quiere decir que no se pueda hacer nada. Podemos y debemos entender que la ética es el pilar básico en el que debemos edificar una sociedad mejor. Podemos tener el sistema político y económico que queramos pero mientras los seres humanos sean capaces de aplastar al de enfrente para conseguir beneficios prescindibles entonces jamás generaremos una sociedad justa.

Yo creo que el principal error que ha cometido la izquierda (digo la izquierda porque es el terreno que me preocupa fundamentalmente pero podríamos también extenderlo a la derecha) es haber obviado la moral y la ética como base fundamental de cualquier cambio político. No se trataba de construir “el hombre nuevo” del que hablaban los comunistas pero lo que no es aceptable es caer en el relativismo moral y en el todo vale y el todo es respetable. No, más libertad y más igualdad necesitan también de más ética y más responsabilidad.
¿La ética se puede “imponer” desde la política? No se puede imponer pero sí se puede impulsar. La política puede inculcar valores, puede desarrollar su acción de gobierno siempre en base a un eje ético, puede y debe explicar machaconamente a la sociedad por qué las bases morales en la que se sostiene deben ser esas. El sistema educativo, la comunicación política y la moral que hay detrás de las leyes son instrumentos y vehículos para que, de forma largoplacista, los valores de la sociedad y las nuevas generaciones vayan cambiando.

Esto lo desarrollaré más en en el futuro. A ver si tengo pronto la inspiración necesaria para escribirlo. 

1 comentario:

  1. Si, es cierto lo que dices....por cierto te recomiendo la novela Crematorio....y buen artículo como siempre

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