La nueva marca de La suerte sonríe a los audaces

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jueves, 19 de diciembre de 2013

Austeridad y corrupción






















Hay días en que el lector habitual de diarios se escandaliza ante la enorme cantidad de casos de corrupción que se pueden ver en primera página. El otro día fue uno de esos días. Entre la imputación de la mujer de Ignacio González por el ático de Marbella, los mails de Blesa con Aznar y con otros muchos dirigentes políticos, las condenas de Matas y Fabra, los indicios que apuntan a la infanta, los ERES de Andalucía y las nuevas informaciones de los casos Gürtel y Bárcenas; al lector le parece vivir en un país infestado de corrupción por todas partes y que, además, ésta tiende a quedar impune excepto para los jueces que la persiguen.
Son esos días en que querrías cambiarte de país, en los que apoyarías cualquier cambio revolucionario que acabase con toda una casta política que parece haber destrozado este país. Los instintos de sangre política se avivan y comienzas a plantear en la mente cualquier solución populista por disparatada que parezca. No es culpa nuestra ciertamente, son otros los que han provocado esto.

España realmente no es un país corrupto. Los países corruptos son aquellos en que todas las escalas de la administración y el funcionariado son corruptas, aquellos países donde la policía hace la vista gorda o te quita multas a cambio de dinero, aquellos donde los funcionarios agilizan expedientes a cambio de “donaciones”. No, eso no pasa en España normalmente, en España la administración y los funcionarios no son corruptos como sí pueden serlo en Latino-américa y en África.
Pero donde España si tiene un gravísimo problema de corrupción es en las élites políticas y con toda esa estructura para-funcionarial compuesta de cargos de confianza y de libre designación que, seamos honestos, es mucho más corrupta que el común de la administración. La burbuja inmobiliaria, la obra pública y la privatización de servicios públicos han sido las tres vías claves de la corrupción en España.
Y es importante tener claro esto para plantear políticas eficientes de forma sectorial que eviten la corrupción. Hoy el problema de la construcción está minimizado por la práctica paralización del sector (lo que no exime de cambiar las leyes) pero toda la estructura de las concesiones se debería cambiar radicalmente para evitar lo que está pasando.

El otro día leí un muy buen artículo del politólogo Pablo Simón sobre la corrupción y sobre cómo evitarla. Desde una óptica realista da soluciones copiadas de otros países y desconfía de otras soluciones bastante populares. No estoy de acuerdo con él en todo ni tampoco acabo de compartir la tendencia copista de los politólogos en general, pero es muy interesante leerlo y creo que hay valiosísimas lecciones.
Pablo Simón habla de sistemas de control horizontal (dentro de la administración pública crear sistemas de pesos y contrapesos para evitar la corrupción) y de control vertical (dentro de los partidos, en castigos electorales, etc.), de dotar de medios a la justicia, crear incentivos “negativos” a los corruptos, etc. Es muy interesante, os aconsejo que lo leáis entero.
Adicionalmente a lo comentado allí yo creo que hay una reforma legal muy importante que hacer. Simón dice que de nada sirve cambiar las leyes si no hay medios y tiene razón, pero yo creo que hay un problema adicional que es el extremo garantismo de nuestro sistema judicial a la hora de juzgar estos casos de corrupción. Conocemos demasiados corruptos que no han pisado la cárcel gracias a la anulación de pruebas o a las prescripciones de los delitos, conocemos demasiados casos de procesos judiciales que se dilatan en el tiempo años y años y, algunas veces, se muere el corrupto antes o es tan anciano que luego no lo encarcelan.
Y eso no puede ser. Un sistema puede y debe ser garantista pero no puede ser que el sistema judicial sea toreado sistemáticamente con trampas y que los grandes delincuentes sean dificilísimos de condenar mientras que para los pequeños delincuentes la ley es inflexible. Hay que replantear muchas de las garantías actuales, las posibilidades de tanto recurso y ver todos aquellos puntos flacos por los que la justicia no es eficiente. Y quizá, aunque pueda sonar mal, habría que dar competencias extraordinarias a los fiscales anticorrupción y a las unidades policiales destinadas a la lucha contra la misma.

Los problemas a nivel técnico, legal y de medios son muchos, pero no podemos concentrarlo todo ahí. Incluso por encima de eso hay un problema social que es moral, que es ético. Vivimos en una sociedad cada vez más mercantilizada donde el dinero y la riqueza han ocupado el primer lugar el importancia social de forma indiscutible. Desde hace muchos siglos vivimos en una economía de mercado pero desde hace unos lustros vivimos en algo más, en una sociedad de mercado.
La diferencia entre una economía de mercado y una sociedad de mercado es que en la primera el mercado es el que dirige el sistema económico, pero en la segunda el mercado dirige todos y cada uno de los aspectos de la vida. Hoy casi todo es mercado, desde la educación hasta la salud y en algunos casos hasta el amor. Y una sociedad así ha perdido valores esenciales para la lucha contra la corrupción. Si el prestigio social, la imagen pública o el valor humano acaban estando relacionados de una u otra manera con el dinero entonces estamos creando el más grande de los incentivos para la corrupción.
Pero no es sólo eso: La dependencia económica del dinero es también otro factor que cataliza la corrupción, pero en este caso no en la élites sino en las “masas”. Esa dependencia económica, producto de bajos salarios y de deficientes sistemas de protección social, es la que produce un cuerpo de trabajadores públicos corruptos en muchos países de África y América. A veces temo que aunque podamos arreglar el problema de corrupción de nuestras élites se acabe creando un problema de corrupción entre nuestras masas a causa de tanto recorte de sueldos, tanta destrucción del sistema de protección social y tanto empobrecimiento.
Al final esto es una cadena de transmisión. La corrupción tiene un efecto perverso sobre el gasto público pues crea mecanismos de amiguismo, enchufe y arbitrariedad que acaban generando un sobrecoste terrible en los servicios públicos, algo que empobrece al estado. Y luego, ante esos problemas del estado, se estrangula a la ciudadanía con recortes e impuestos para solucionarlos, transfiriendo esa pobreza a la ciudadanía. Y entonces ya tenemos este caldo de cultivo terrible para tener un país extensamente corrupto. Eso no lo podemos permitir.

Cuando veo a muchos de los ilustres “presuntos” corruptos (Bárcenas, Urdangarín, Ignacio González, Díaz Ferrán, etc) siempre me viene a la cabeza “¿esta gente necesitaba realmente esto?”. Obviamente la respuesta es No y esto tiene mucho que ver con aquello de la sociedad de consumo que he comentado antes, pero no es sólo eso, hay algo más.
En algunos sectores de la derecha se ha dicho a veces, de forma increíble y un tanto estúpida, que la derecha “roba” mucho menos que la izquierda porque los derechistas suelen ser “ricos” de buena familia y los izquierdistas gente pobre de ascendencia más humilde. Esto, que es un disparate, es la típica falacia lógica que personas con poco conocimiento social a veces asumen. Es parecido a aquel argumento de que la envidia es una característica de la izquierda, argumento al que di la vuelta en este escrito.
Pues bien, a veces me planteo si no será al revés. A veces tengo la sensación de que esta gente, acostumbrada a un alto tren de vida, a sus clubs de lujo, a sus yates y sus áticos en Marbella, no valora realmente el valor del dinero. En Comunidades como Valencia hemos visto cómo se ha despilfarrado hasta el extremo, cómo los millones de euros parecían esas monedas de céntimo por las que ni te agachas en la calle. Pienso que el lujo a veces ciega, el dinero pierde su valor real y, en este contexto, te puedes convertir en el peor gestor posible del dinero público.
Por supuesto luego está la cuestión moral, que es la que finalmente decide, pero aún así no dejo de intuir que algo de esto hay. ¿Se hace bien poniendo al frente de las instituciones a gentes acostumbradas a un alto tren de vida?

Sabéis que yo soy una persona austera, lo he contado varias veces. Mi austeridad no sólo se refiere a mi dinero o a mi forma de vida, sino también a aquellas cosas relacionadas con mi trabajo y la forma de gestionar las cosas ajenas a mí.
Yo trabajo en una empresa privada y como es normal muchas veces me veo en la obligación de gestionar los propios recursos de la empresa. Desde los propios gastos inherentes a mi trabajo hasta en el uso de los recursos empresariales, soy siempre especialmente cuidadoso. Ojo, no estoy diciendo que evite hacer una fotocopia o no me lleve un bolígrafo a casa si lo necesito, eso es un extremo absurdo, me refiero a cosas más importantes.
Recuerdo un jefe que tuve una vez que llegó un día dando gritos: “Tengo 9.000 euros que justificar, necesito que me deis facturas de lo que sea”. ¿En qué se habría gastado el dinero? Me parece increíble que se puedan llevar las cosas así, que alguien se gaste 9.000 euros y no tenga justificación para eso. Una cosa es que pierdas facturas y otra son 9.000 euros en gastos, que es producto de un evidente despilfarro a costa de la empresa. ¿Os imagináis a alguien así gestionando una consejería o un ministerio?
A mí no se me ocurre gastarme 30 euros en una cena a costa de la empresa si me puedo gastar 12, no se me ocurre coger el vehículo de la empresa y gastar tiempo y dinero para hacer gestiones que puedo hacer a distancia o por videoconferencia. Me resulta directamente un despilfarro injustificable y absurdo independientemente de quien sea el dinero. Incluso el otro día me sorprendía diciéndole a la secretaria que no “gastase” sobres de papel incluyéndolos en una documentación para un cliente, pues no le hacían falta. Este último punto ya era más una cuestión ecológica mía que una cuestión económica, pero al final estos dos campos no son tan distintos.

Creo que la austeridad, la de verdad y no esto que llaman “austeridad” pero que no es más que quitarle recursos y servicios a las clases populares para mantener el grado de riqueza de las élites, es fundamental para un buen ejercicio del servicio público. Hay que valorar el dinero, entender qué vale realmente un euro y que eso es un recurso que no se puede malgastar alegremente y más cuando no es tuyo.
Un ejemplo de austeridad positiva sería el presidente de Uruguay, Pepe Mújica, el que llaman "el presidente más pobre del mundo". Mújica no vive en el palacio presidencial sino en su humilde casa de campo, viaja en clase turista, conduce un coche viejo e incluso dona la mayoría de su sueldo a labores sociales. Él, según dice, no necesita más, con una parte pequeña de su sueldo lo tiene todo resuelto y se siente “libre” con su poco patrimonio porque así no está esclavizado manteniendo casas y riquezas.
Lo de Mújica obviamente es un caso extremo que no es razonable pedirle a nadie pero creo que es un buen ejemplo de lo que digo. No dejarse deslumbrar por el lujo, no ambicionar más y más estatus económico sin límite, tener valores mucho más importantes que tener dinero, etc. Son cosas que, sin caer en el extremismo, son importante pedirle a un responsable público y a un gestor del dinero de todos.


Otro día escribiré sobre cosas más concretas, como la privatización de servicios públicos que, conforme van saliendo los datos, se van confirmando ruinosas para las arcas públicas e incluso a veces para la calidad de los servicios prestados, algo que es producto en parte de la corrupción política y en parte de la asunción de integrismos basados en una ideología determinada . Pero por hoy creo que ya está bien.

3 comentarios:

  1. Pedro:

    Comentaré esta entrada de forma un poco "desorganizada" ya que manejas varios temas.

    Me gusta la intención de tu escrito, soy austero también al igual que tú. Si bien es verdad que no es nada bueno perder de vista el valor del dinero, obviamente algo fundamental para mí que en el corazón soy monetarista, no comparto del todo (y creo que tú tampoco) el hecho de que haya necesariamente que perder de vista el enriquecimiento. No hablo de vivir solo para ser rico si así no apetece, pero sí con afán para mejorar materialmente.

    Sé que en varios sectores últimamente se ha puesto de moda decir cosas tipo "sé sencillo, sé humilde", pero yo no comparto esa actitud del todo.

    Si no te molesta, permíteme darte una visión personal mía, cristiana y protestante, sobre lo que considero importante para generar riqueza:

    En la Biblia, se nos dice que debemos usar nuestros talentos para generar riqueza económica. "El que no trabaje, que no coma", dijo el apóstol Pablo en su carta a los tesalonicences. La abundancia, no la pobreza, tiene una legitimidad superior porque emana de la "creación".

    Sin embargo, también has hablado aquí de la envidia y el 9º Mandamiento de Dios dice "no codiciarás". Se reconoce que ganar dinero y ser dueño de cosas podría generar egoísmo y formar parte de actividades egoístas. Es ahí donde creo que los dos sentimos la misma preocupación pero para mí es necesario matizarlo, Pedro.

    No es la creación de riqueza lo que está equivocado, sino amar el dinero porque es dinero y punto. La dimensión espiritual o moral, como la quieras llamar, para mí tiene que ver más con lo que haces con ese dinero: cómo ayudamos, cómo invertimos, cómo apoyas a nuestros artistas y actores cuyas obras también glorifican a Dios o enriquecen al país.

    Y en cierto sentido, pues (no sé si éste será tu caso pero hablo del mío y sospecho que tengas una sensación parecida) pero como somos privilegiados, pues nuestra deuda es más hacia los demás - es un poco difícil no sentir cierto grado de culpabilidad por tener más recursos que un africano, por ejemplo.

    Es totalmente cierto por otra parte que mucha gente que ya tiene dinero NO lo valora pero eso se debe a que no se valora lo que no se necesita. No tengo soluciones para esto, aunque soy escéptico en todo caso.

    Y, en la Justicia, comparto absolutamente lo que comentas. No es aceptable que, por poner un ejemplo, un "moro" de 19 años en posesión de hachís tenga que cumplir larguísimas sentencias en prisiión, mientras los que juegan y roban MILLONES DE EUROS QUE HEMOS PAGADO ni siquiera pisen tan solo un dia la cárcel.

    Saludos

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  2. Hola Alfredo,

    Creo que tú entiendes bien por donde voy pero voy a puntualizarlo. Yo no quería llevar esta idea al extremo, es decir, ni he pedido que quien tenga que gestionar sea pobre ni que tenga que vivir como Pepe Mújica.
    Tu comentas que las ganas de progresar económicamente son lícitas y es cierto, no he querido poner en ningún momento eso en duda. Lo que creo es que esas ganas no pueden ser ni la única fuerza motriz de la vida de una persona (como pasa en esta sociedad) ni pueden estar unidas a una ambición infinita y sin límites.
    La creación de riqueza y el querer mejorar personalmente es algo que,orientado positivamente, no tiene por qué hacer daño a nadie. Este sentimiento combinado con una ética social y unos valores morales determinados puede ser algo positivo, el problema es cuando careces de esos valores.
    Por cierto, una persona "pobre" que carezca de esos valores puede ser tan mal gestor como los otros. Al final es la ética el punto central,y he querido dejar claro ese punto en el escrito,aunque no sé si lo he conseguido.

    Yo sé que hay gente que ha tenido siempre mucho dinero y que viene de familias ricas que es austera y que es muy responsable con la gestión del dinero, pero cada vez que ves a estos corruptos que hay en España no puedes dejar de ver que hay un punto de desprecio por el dinero, por lo que cuesta ganarlo y por lo que cuesta pagarlo en impuestos por parte de los contribuyentes, que tiene parte de responsabilidad del enorme agujero en que estamos inmersos.

    Por cierto querías decir algo más ¿lo comentamos en este hilo mejor?

    Saludos,

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  3. Pedro:

    "Lo que creo es que esas ganas no pueden ser ni la única fuerza motriz de la vida de una persona (como pasa en esta sociedad) ni pueden estar unidas a una ambición infinita y sin límites."

    Buen matiz. Creo que aquí entra en juego algo "cultural" también. Muchas sociedades occidentales han desarrollado esta mentalidad, pero sin embargo, si viajas a otros rincones del mundo (tú mismo habias hablado de la mentalidad actual imperante en Argentina), no se vive con este afán de querer tenerlo todo y progresar económicamente de forma infinita.


    "pero cada vez que ves a estos corruptos que hay en España no puedes dejar de ver que hay un punto de desprecio por el dinero, por lo que cuesta ganarlo y por lo que cuesta pagarlo en impuestos por parte de los contribuyentes, que tiene parte de responsabilidad del enorme agujero en que estamos inmersos."

    Absolutamente de acuerdo.

    "Por cierto querías decir algo más ¿lo comentamos en este hilo mejor?"

    Sí. Quería precisamente darte el ejemplo cultural de las ambiciones. Para que haya un cambio de "mentalidad" en este sentido, será necesario (desde mi punto de vista) tirar de otros modelos actuales en el mundo. En los últimos 100 años más o menos, se ha inculcado la idea del "progreso económico infinito" así como el de "salir de tu clase social". Esto se ha basado en parte sobre valores que en cierto sentido "menosprecian" ciertos perfiles: lo manual, lo "obrero", lo "bajo" en la clase social. Sin embargo, observo mucho de vez en cuando a las sociedades africanas y allí ves como precisamente el sentir cultural es radicalmente distinto, más sencillo o más vinculado a la naturaleza que aquí. ¿Quién sabe si en otras partes podemos ver modelos de este tipo para un cambio de mentalidad?

    Saludos

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