La nueva marca de La suerte sonríe a los audaces

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jueves, 31 de enero de 2013

La economía del bien común


















En un mundo complejo como el actual donde no acaba de aparecer esa figura política o económica que nos de una alternativa viable al actual capitalismo financiero, se suceden las propuestas sobre cómo cambiar este sistema económico. La más interesante por ahora (aunque por pulir todavía, y ahí entrarán los economistas y políticos si es que tienen a bien intentar hacer algo nuevo) es la propuesta del economista austriaco Christian Felber que se ha llamado “economía del bien común”.

La economía del bien común se concibe como una alternativa tanto al comunismo como al capitalismo, sistemas que considera fracasados e inadecuados. El bien común no pretende introducir cambios en la propiedad de los medios de producción (como propone el comunismo) y no pone en duda la propiedad privada, sino que quiere cambiar el fin de esa propiedad privada y de esos medios de producción.
La economía actual está basada en el lucro y el beneficio, parámetros económicos que son cada vez más ajenos al bienestar de la mayoría. Frente a esto la economía del bien común propone que las actividades económicas tengan como objetivo el bienestar de la mayoría y el progreso social y se basen en valores como la honestidad, la cooperación y la responsabilidad.
¿Pero qué nos está contando este hippie?” estaréis pensando alguno. No os equivoquéis, esto no es hipismo, esta economía del bien común está sostenida con algo más que un discurso moralizante sobre lo correcto y lo incorrecto. Ahora lo veréis.

¿Cómo se puede implantar, en una economía de mercado privada, el bien común? Pues consistiría básicamente en cambiar el marco legal y los comportamientos del estado y las administraciones públicas, y así generar dos patas sobre las que sostener el sistema desde el ámbito público, al que habría que añadir una tercera pata social.
El marco fiscal y la política económica (política arancelaria por ejemplo) tendrían que tener como objetivo beneficiar a las empresas que trabajasen a favor del bien común y penalizar a las que no lo hiciesen, buscando que estas últimas reconvirtiesen sus políticas a las de las primeras.
Se deberían establecer unos parámetros que definan los puntos de la economía del bien común. Por ejemplo un cumplimiento estricto de las leyes laborales, que la diferencia entre quien más cobra en una empresa y menos cobra no supere un número x, respetar escrupulosamente las leyes medioambientales, seguir ciertas buenas prácticas generales o sectoriales, etc. Con estos parámetros las empresas serían analizadas en una especie de auditoría y en función de sus resultados tendrían tasas menores de impuestos, deducciones, beneficios fiscales, etc. Para que os hagáis una idea aquí enlazo con la Matriz del bien común, una especie de guía que serviría para analizar a las empresas en función de los parámetros del bien común y así otorgarles una puntuación numérica, que sería las que las situaría en las diferentes realidades fiscales aplicables. Echadle un vistazo.
Para que veáis que todo esto no es tan descabellado uno de los puntos que tendría esta matriz del bien común sería el beneficio que generaría la empresa para la comunidad local. Es decir, una empresa cuyos beneficios repercutan íntegramente en el ámbito local o regional recibiría puntuaciones positivas para acceder a beneficios fiscales. Esto ya se está haciendo de otra forma, más arbitraria y “política”, con las exenciones de impuestos o las cesiones de suelo que hacen los ayuntamientos para que las empresas se instalen en sus municipios.
Puntualizo esto porque no quiero que nadie se pierda en lo “utópico” y bonito de lenguaje. Quiero que penséis en la ideas, en los conceptos, y qué aplicación práctica tendrían y que os deis cuenta que de alguna manera hay cosas que ya se están haciendo y cosas que se podrían hacer sin veleidades revolucionarias.

La segunda pata sobre la que se edificaría la economía del bien común sería las políticas de contratación de las administraciones públicas. Los famosos concursos públicos para contratar empresas deberían centrarse no sólo en la cuantía económica (y por supuesto nada en enchufes y corrupción) sino también en las valoraciones de la matriz del bien común.
Un ayuntamiento o una administración no deberían poder contratar empresas que no cumpliesen unos grados de bien común altos, se debería exigir un mínimo y sólo a partir de ahí se valoraría la parte económica. Sólo con este cambio se forzaría a muchas empresas a cambiar sus parámetros de gestión empresarial y se fortalecería a las empresas verdaderamente éticas. La administración debería tener unos estatutos claros para los concursos públicos y así poder catalizar este cambio de modelo económico. Esto, insisto, no es utopía y ya se está haciendo. El ayuntamiento de Muro d’Alcoi en la Comunidad Valenciana, gobernado por Compromís, está intentando aplicar este modelo.

La tercera pata sobre la que se debe edificar este modelo sería la pata social, es decir, la de la sociedad. Como no es un modelo “radical” y no se le va a prohibir a nadie ejercer actividades económicas, el ciudadano tiene en su mano gran parte de la responsabilidad de este sistema a través de las empresas que elija para que le provean de productos o servicios.
Una de las cosas buenas que tendría una regulación de la matriz del bien común es que se podría consultar qué puntuaciones tienen las distintas empresas. Por ejemplo, ¿dónde compro, en Consum o en Mercadona? Los ciudadanos sabrían cual es el grado de cumplimento de estas empresas con la matriz o si han aceptado auditarse con la misma. Y con esta información el ciudadano podría elegir con conocimiento del retorno social de las actividades económicas de las empresas.
Para esto es importante la concienciación social. El ciudadano debe entender que potenciar una empresa ética produce retornos a la sociedad dónde él vive. Permitirá más inversión local, mejor calidad ambiental, mayor distribución de la riqueza, mayor “obra social” en su territorio, mayor empleo, etc. El ciudadano vería retornos en forma de valor social si su decisión es comprarle a una empresa ética.

¿Es esto una utopía? No lo creo. Creo que es un sistema a mejorar y a racionalizar, pero creo que tiene muchas implicaciones positivas para todos. Pensad en las empresas destruidas en España a causa de la competencia de países con mano de obra semi-esclava, pensad en las cajas de ahorros que han dejado a miles de ahorradores en la miseria por querer comportarse como bancos comerciales, pensad en el dinero evadido a paraísos fiscales. Pensad en casos reales y crucémoslos con esta teoría de la economía del bien común. ¿No creéis que muchas de estas situaciones se podrían haber evitado o minimizado con un sistema así?
De las nuevas ideas hay que sacar las cosas positivas. Yo no sé si este sistema, tal y como está definido, es completamente viable, pero sí creo que tiene cosas muy positivas que deberían comenzar a aplicarse. El ejercicio responsable de la actividad económica y la cooperación económica producen más réditos que la competencia extrema y desleal. Hay que buscar las vías para llegar a eso, y si este sistema nos ofrece eso deberíamos empezar a aplicarlo.

sábado, 26 de enero de 2013

El engaño del "derecho a decidir"



















Estoy muy cansado del continuo uso de eufemismos en nuestra política, de llamar reformas a los recortes, de decirle austeridad a la destrucción del estado del bienestar o de calificar como problemas financieros a los síntomas previos a una quiebra. El último eufemismo cuyo uso se ha extendido es el de “derecho a decidir” que usa el president de la Generalitat catalana para hablar de derecho a la separación de Cataluña del resto de España y presumiblemente en las condiciones que a Cataluña le parezcan adecuadas.
Los medios de comunicación usan este eufemismo de derecho a decidir para hablar de las intenciones de los nacionalistas catalanes, aceptando por imitación el término que Mas ha hecho famoso. No me parece razonable que los medios acepten expresiones claramente eufemísticas que ayudan precisamente a que los receptores de la información se confundan más todavía.

El uso de palabras bonitas para que la gente acepte como positivo algo que seguramente no lo es en absoluto es lo más viejo que existe en política. Qué bonito eso del derecho a decidir ¿quién no va a querer decidir? Todos queremos decidir sobre todo, y a ser posible querríamos decidir nosotros solos sin que los demás supusiesen un contrapeso a nuestras decisiones, pero eso no se dice porque queda feo.
Nos gustaría decidir cuantas veces pasa el camión de la basura a la semana, en qué se gasta el dinero el ayuntamiento, cuanto cobran los políticos, el salario mínimo, la participación en una intervención militar u otras muchas cosas. Si nos preguntan si queremos decidir sobre eso diremos que sí (aunque luego la mayoría quizá no perdería un minuto para preocuparse por las cosas menos relevantes). También es posible que digamos que ya decidimos sobre eso, pero de forma indirecta y por mediación de otros gracias a la democracia representativa. Y es verdad (o sería normal en una democracia no secuestrada como la nuestra), aunque no sepamos usar los mecanismos de control democrático demasiado bien. En cualquier caso todos estos ejemplos son casos claros en los que el ciudadano sí debería decidir.
Seguramente también querríamos decidir sobre otras cosas. Posiblemente querríamos decidir sobre si a un terrorista o a un violador que ha matado unas niñas se le aplica la pena de muerte. También nos gustaría decidir sobre si derribamos el edificio de enfrente para que construyan, yo que sé, alguna frivolidad de las que se hacían hasta hace unos años. Quizá a muchos les gustaría decidir si los musulmanes pueden tener mezquitas, sus mujeres ir con velo por la calle o si pueden rezar en sus casas y profesar esa religión. Todavía queda gente a la que le gustaría decidir con quien se puede acostar el vecino de enfrente, y también algunos a los que le gustaría que eligiésemos democráticamente qué ropa se puede vestir, qué libros leer y qué canales de TV ver.
El problema de este segundo grupo de cosas es que cuando tú no seas partidario de lo que dice la mayoría podrías estar muy jodido. Si eres la madre del violador o del terrorista podrían condenar a muerte a tu hijo en un juicio mediático, si eres propietario de una vivienda podrían quitarte tu casa para que los vecinos disfrutasen de cualquier sarao absurdo, si profesas alguna religión minoritaria quizá no podrías hacerlo, igual que si no profesas ninguna te podrían obligar a aprenderla y seguirla públicamente. Si eres gay o lesbiana podrías vivir atemorizado cuando tus relaciones sexuales sean ilegales, o cualquiera de nosotros podría vivir bajo una censura mediática y de opinión.
Por eso la democracia no es “que decida el pueblo”, no. Democracia es que decida el pueblo, la mayoría, en una serie de ámbitos que representan lo colectivo y que no chocan fuertemente con los derechos individuales, pero también es que las minorías tengan libertades y seguridad, que puedan disfrutar de su libertad individual sin que otros se la puedan prohibir. Esta barrera entre lo que puede decidir la mayoría y lo que no puede no es fija, se puede modificar por muchas causas y tiene reflejo en leyes y constituciones, pero es evidente que el derecho a decidir todo nos llevaría a una tiranía de la mayoría sobre la minoría y esto no puede ser. Eso no es democrático.

El derecho a decidir aplicado a la realidad nacional, es decir, a la posibilidad de elegir a que nación quieres pertenecer es una falacia. Tú no puedes decidir a qué nación pertenecer, las condiciones te vienen dadas, los condicionantes económicos y culturales también. Yo no puedo ser alemán por mucho que me parezca físicamente a ellos y no puedo pedir que me germanicen y me absorban porque para eso, primero, deben de querer ellos, y segundo se deben dar una serie de condicionantes para que eso sea posible.
Porque los derechos a decidir son mutuos, yo no puedo formar nada con nadie que no me quiera. Las estructuras de convivencia son algo comunitario y dependen de voluntades múltiples. Y este punto es muy importante porque los derechos a decidir tienen una contraparte, que es que los demás también deciden que hacen contigo.
Cataluña, dicen los nacionalistas-independentistas, tiene “derecho a decidir”, es decir, derecho a separarse de España, y el resto de españoles por supuesto no tienen nada que decir al respecto. Por lo tanto si Cataluña es un ente independiente, eso que se llama “el resto de España” también debería tener derecho a decidir si quiere continuar unida a Cataluña o no, porque se supone que la unidad se debe a un pacto donde todas las partes (¿Cuántas partes habrán en “el resto de España”?) tienen los mismos derechos.
Por lo tanto los restoespañoles tendrían derecho, directa o indirectamente a través de sus representantes (excepto los de los catalanes), de expulsar a Cataluña de España. Es más, como es un derecho inalienable de los pueblos que componen el “resto de España” podrían gestionar esta expulsión en unas condiciones que les convengan independientemente de lo mal que le pueda venir a los catalanes esa manera de expulsarlos. Pactar ¿para qué? Los derechos inalienables se ejercen poniendo los cojones encima de la mesa.

A mi me fascina esto del “derecho a decidir”. Yo, que soy valenciano ¿tengo derecho a decidir? Los amigos de las CUP dirán que sí, que tengo derecho a decidir si queremos seguir siendo “resto de España” o bien si queremos formar los Países Catalanes. Lo que ya no sé es si tendríamos derecho a decidir que el País Valenciano fuese independiente o a formar una federación con Baleares, por ejemplo. Entonces probablemente nos dirían que estamos desviados y que no tenemos derecho a decidir esa independencia respecto a Cataluña porque estamos desnaturalizando la supuesta nación.
Tampoco me queda claro por qué Cataluña tiene derecho a decidir sola y la decisión no debe ser mayoritaria en los ficticios Países Catalanes. Es como lo que pasaría en el País Vasco, que quieren que Navarra sea parte de Euskal Herria pero, de hablarse de referéndum, se la quitarían de en medio. Un poco arbitrario ¿no?
¿Aragón tendrá derecho a decidir? Es un reino histórico (de hecho sus reyes eran los soberanos de Cataluña), todos aquellos agravios de la guerra de sucesión de aplicarían igualmente. ¿Y Cartagena? El otro día leía en algún sitio a un cartagenero decir que ellos tenían una ciudad de 3.000 años de historia y que ellos sí deberían tener derecho a decidir y no Cataluña. Me pregunto si el cantonalismo cartagenero también tendrá derecho a decidir.
Y me da a mi que un señor de Burgos no tiene derecho a decidir. O se queda en España o… se queda en España, o en Castilla que para el nacionalismo catalán parece que es lo mismo. Debe ser una putada eso de no tener derecho a decidir por estar en un sitio que no es una “nacionalidad histórica”. Ya ven señores burgaleses, ustedes antes de estar sometidos por "el estado” no eran nada, debían estar flotando en el espacio como el éter o algo así.

El otro día leía esta entrada de un blog que se titulaba “¿Cuántas naciones hay en España?”. El escrito está gracioso porque dejaba en evidencia como no es posible valorar cuantas naciones hay en España. Hablaba del caso de los catalanes y los países catalanes, y cómo esto crea absolutas contradicciones entre nacionalismos. Hablaba sobre el nacionalismo andaluz o el canario y como podrían reclamar el mismo derecho a ser nación.
Porque una “nación” no es nada sólido cuando no es estado. Una nación es una construcción subjetiva basada en características arbitrarias que, si fuesen otras, crearían naciones diferentes. Lo de los países catalanes es un caso claro ¿A santo de qué una lengua compartida crea una nación? Es pura arbitrariedad y no tiene ningún sentido. La historia puede crear naciones más coherentes que la lengua pero ¿Cuándo empezamos a considerar que una relación histórica ha creado una nación? Porque Cataluña lleva inserta en una España unitaria 300 años, 200 años más en unas Españas un tanto dispersas, 800 años junto a los otros 3 reinos de la corona de Aragón y casi un milenio junto a Aragón. Pero eso no es importante para el nacionalismo catalán y en cambio para otro nacionalismo (como el español) estos siglos de historia son algo absolutamente determinante.
Y he aquí mi gran pregunta de siempre ¿por qué nadie propone refundar la Corona de Aragón? Creo que fue el Rey Pere el Ceremoniós quien dijo que los reinos de la Corona de Aragón no deberían separarse jamás. Realmente siguen juntos en un estado mayor pero ya que nos ponemos a inventar cosas ¿no sería lo más lógico volver al reino original? Quién no sepa mucho de esto dirá que no hay los lazos culturales suficientes pero eso es mentira. La parte interior del antiguo Reino de Valencia fue poblada por aragoneses, los bailes regionales valencianos tienen muchísima relación con los aragoneses, hay cuestiones gastronómicas y culturales que enlazan todos los territorios de la antigua corona, incluso hay una zona de Aragón donde se habla catalán.
Da igual la cultura, la lengua, la religión, la raza, la historia…El nacionalismo crea naciones de donde le da la reverenda gana. Lo que le interesa lo coge y lo que no lo suelta, no hay coherencia en nada y todo viene al final de la defensa de un interés determinado. Porque el nacionalismo no nace de los sentimientos del pueblo, eso es mentira, todos los nacionalismos han nacido como tapadera y elemento movilizador de ciertos intereses. El régimen capitalista-burgués creó el nacionalismo cuando le interesó para contrarrestar el movimiento obrero (caso de Cataluña por ejemplo), la religión ha creado nacionalismo cuando le ha interesado para imponer su credo, el imperialismo y las ganas de dominar otros territorios ha creado nacionalismo, incluso las teorías revolucionarias han creado nacionalismo para conseguir lo que no conseguían por si mismas.
Pero luego los nacionalismos, que siempre nacen como envoltorio de algo, crecen y obtienen vida propia. De los sentimientos que has inculcado al pueblo puede nacer de todo y llega a nacer lo más absurdo: El nacionalismo sin objetivo ni nada detrás. Y ahora hay mucho nacionalismo sin nada detrás, porque sí, porque son los sentimientos que me han inculcado. Y ojo, yo puedo entender cuando el nacionalismo se usa para espolear a un pueblo a levantarse contra un opresor o cuando está hábilmente inserto en teorías determinadas, pero nacionalismo por nacionalismo es el camino hacia ninguna parte.

Como el nacionalismo está basado en la arbitrariedad y, o bien es un objetivo en si mismo o bien es un vehículo para colar ideas que no se quieren expresar claramente, si se plantea el caso de la secesión desde un punto de vista escrupulosamente democrático los nacionalistas jamás lo van a aceptar.
Asumamos que los catalanes tienen derecho a seguir siendo españoles o a independizarse. Bien, pues entonces cualquier zona natural y con unos lazos comunes reconocidos dentro de Cataluña (comarcas, veguerias, provincias) debería tener derecho, por si misma, a decidir si quiere independizarse o permanecer dentro de España. Si el Valle de Aran prefiere seguir siendo parte de España que ser parte de una Cataluña independiente debería permitírseles, porque los araneses son catalanes pero también españoles. Si la gente de les terres de l'ebre prefiere seguir compartiendo nación con la gente del norte de la provincia de Castellón (con quien comparten zona económica y mismo subdialecto) deberían poder hacerlo.
Alguien me ha dicho en Twitter que esto es una argucia para desactivar el referéndum y que es un planteamiento absurdo. De ninguna manera, esto es totalmente lógico y absolutamente democrático y conforme al “derecho a decidir”. Claro, cualquier nacionalista-independentista catalán dirá que esto es una barbaridad, que les terres de l'ebre no pueden tener derecho a decidir autónomamente porque no son una nación. Y aquí subyace la realidad clara: Cataluña es, para los nacionalistas, una “unidad de destino en lo universal” y hay que defender la “unidad y permanencia de la patria”, por lo tanto no puede ser rota. Y lo que también subyace es que los catalanes, para los nacionalistas, no son españoles y nada tienen que ver con España, por lo tanto esta opción que he planteado no debe existir.
Y eso sí que es absurdo. Yo no niego que Cataluña sea una nación, pero España es una nación también y los catalanes forman parte originaria de ella. Los catalanes son españoles por origen, derecho, pasaporte y para la mayoría de ellos por sentimiento (más o menos acusado). Iríamos a esto de la nación de naciones, que ahora también dicen que es una cosa que se dijo en cierto momento para no asustar pero que no es real (vaya por dios, en las constituyentes y cuando se reformaba el estatuto sí valía). Pero no, lo de la nación de naciones sí es real, es lo que hay cuando hay dos sentimientos nacionales muy extendidos y que están superpuestos, que conviven en el mismo pueblo, vecindario o bloque de viviendas, y para no negar a nadie su identidad la única solución es considerar a Cataluña una nación dentro de otra nación.
Y si una nación (España) puede sufrir una segregación, otra (Cataluña) debe poder sufrirla igualmente. Este es el único final aceptable si se quiere ir a algún sitio. ¿Quieren ustedes la posibilidad de una secesión? Bien, léanse la Clarity Act canadiense y por ahí irían los tiros: Mayorías cualificadas, referéndum sólo cuando quede todo claro y cerrado, acuerdo entre las partes, posibilidad de que se independice sólo parte del territorio y, por supuesto, esto debe aplicar a cualquier zona de España que lo acepte porque los derechos deben ser idénticos.

Por supuesto los nacionalistas y los independentistas jamás aceptarán eso. Porque lo que les importa no es la democracia, no es el método, no es el “derecho a decidir”, lo que les importa es el objetivo: La independencia o, en el caso de CiU, la posibilidad de tenerla para poder gestionar la amenaza. Y si para el objetivo se tiene que pasar por encima de los que no quieren, de los discrepantes, de los derechos a decidir, de los derechos de los pueblos a los que no les quieres dar el derecho a decidir, pues se pasa por encima.
Mi opinión ya la sabéis. Por multitud de razones, pero también por una pura cuestión de democracia, derechos consolidados y respeto a minorías, el independentismo me parece un dislate y más en los tiempos que corren. Si alguien me convence que se puede hacer un federalismo desde abajo coherente y que no suponga en la práctica un verdadero desastre le compro la idea, y entonces cambiaré mi posición. Pero mientras tanto los estados consolidados y democráticos como en español no deben entrar en este tipo de cosas que nos llevarían a todos al desastre.

martes, 22 de enero de 2013

El fin del sistema político de la transición

















Los últimos acontecimientos del caso Bárcenas y las revelaciones del mismo al diario EL MUNDO como método de chantaje al gobierno son los últimos capítulos del escándalo constante en el que se ha convertido la política de este país.
El otro día decía el gran José Carlos Díez en su blog de Cinco días que las depresiones económicas se convierten en crisis políticas. Yo no sé si este es exactamente el orden de las cosas o si bien la crisis política se ha superpuesto a la económica haciendo que la indignación por la primera aumente, pero en cualquier caso es evidente que estamos en una crisis política de primera magnitud.

No es que el extesorero del PP tenga una cuenta en Suiza con 22 millones de euros, no es que haya repartido de forma continuada sobres con dinero negro para “complementar” el sueldo de muchos de los principales dirigentes del PP, esto es sólo una pequeñísima parte de los escándalos políticos. La corrupción continuada y permanente del PP en la Comunidad Valenciana, la corrupción en Baleares, el caso de los ERE’s en Andalucía, los casos de corrupción en el entorno de CiU y del expresident Pujol…Podríamos seguir seguramente páginas y páginas relatando los casos de corrupción que afectan o han afectado a nuestros principales partidos políticos en la época más reciente y os aseguro que no conoceríamos la mayoría.
Pero no es sólo eso, no es sólo la clase política la que está manchada. La propia familia real, en figura del yerno del Rey, está inserta en un caso de corrupción del que nos estamos enterando de muchas cosas gracias al chantaje del socio de Urdangarín. La que malévolamente se ha dado por llamar la “amiga íntima del Rey”, que no es otra cosa que su amante, es la última personalidad que ha salido a la palestra y todo el país está esperando a que el famoso socio saque a relucir a la infanta y quien sabe si incluso indirectamente al Rey.
Además de la monarquía tenemos a otra de las importantes organizaciones del país, la CEOE, cuyo anterior presidente está implicado en un caso de corrupción y estafa gravísimo. Díaz Ferrán, que en nombre de los empresarios se dedicó durante años a dar lecciones de cómo salir de la crisis a costa del bienestar de los asalariados, estaba paralelamente tejiendo una red delictiva para salvar su patrimonio de su irresponsabilidad empresarial, a costa por supuesto de sus proveedores y trabajadores.
Para acabar este rápido repaso tenemos hasta al poder judicial en entredicho, con el expresidentes del CGPJ Carlos Dívar que tuvo que dimitir por irse de farra a hoteles de 5 estrellas a cuenta del contribuyente. Viendo todo lo demás lo que hizo Dívar parece hasta inocente.

El ciudadano español, ante toda esta catarata de escándalos continuos, está comenzando a desarrollar una desafección ante el sistema en particular y la clase política en general que no se recuerda. El otro día leía un discurso del general Primo de Rivera que decía que había ocupado el poder para combatir “a los profesionales de la política”. La época de la restauración fue una época corrupta con partidos políticos que no representaban a nadie y que parasitaban el poder en un ejercicio de parasitismo de estado institucionalizado y turnista. Cuando Primo de Rivera dio el golpe de estado a la población le pareció bien porque estaba harta de un simulacro de democracia falso y corrupto.
Cuando miro a esa etapa de la historia no dejo de sorprenderme con la enorme similitud que tiene esa época con la actual. Dos partidos que se turnan en el poder, corrupción constante, una democracia falsa (entonces por el caciquismo, hoy por nuestro sometimiento a la política alemana). No hay un estado de violencia y conflictividad como había entonces, eso es cierto, pero la relativa paz social que vive España es ficticia y estamos en una especie de stand-by a la espera de que un catalizador aún desconocido le de a la protesta tintes helénicos.
Pero la desafección política hacia los grandes partidos es muy parecida. Hay un discurso que empieza a extenderse por la población, sobre todo por aquellas personas sin conceptos ni conocimientos políticos demasiado profundos, que dice básicamente que “la culpa de todo es de los políticos”. Es un discurso facilón, que no entra en ideologizaciones, que ignora la realidad económica de nuestro mundo y la realidad internacional pero que es enormemente atractivo e intuitivo para una ciudadanía que ha visto como la riqueza y el bienestar parecen haberse evaporado. A mi me preocupa mucho este discurso, fortalecido consciente o inconscientemente por partidos como UPyD, porque es un discurso que puede llevar a cualquier punto y a cualquier solución y amenaza con dejar problemas sistémicos de carácter económico intactos, pero tenemos que reconocer que hay una parte de verdad en él.
Hay unas élites extractivas que son políticas pero también empresariales, de empresas que viven al amparo de los partidos políticos, de políticos que actúan mirando en su futuro en una de estas empresas, de toda una maraña que confunde lo público, lo privado y lo personal y que se sitúa en una esfera inalcanzable para el ciudadano medio y que, en vez de estar perjudicada por la crisis, es beneficiaria de la misma. Esto el ciudadano lo percibe intuitivamente, quizá sin entender claramente como funciona el sistema pero lo percibe, y eso conduce a una desafección quizá sin retorno y por ahora pasiva, pero que podría ser potencialmente activa.

Los grandes partidos políticos del sistema son parte integrante de este régimen de corrupción generalizada e institucionalizada. El PP y el PSOE son coparticipes de esta situación asfixiante, y no sólo ellos también lo son partidos como CiU y quizá el PNV. Por acción o por omisión (y casi siempre por acción) este sistema bipartidista imperfecto que salió de la transición ha degenerado hasta el punto de convertirse en una partitocracia corrupta y extractiva.
Hace tiempo que creo que hay que buscar vida y aire fresco fuera del dúo PP-PSOE. Mi sensibilidad personal me lleva a intentar buscar una “tercera izquierda” inexistente hoy que se sitúe, políticamente, entre el PSOE e IU. Una especie de Syriza a la española, una Italia de los Valores, unos Verdes, algo que actualmente no existe y que esté claramente por una política de reforma profunda pero alejada de leninismos absurdos. Este espacio está presente en la sociedad aunque no tiene una referente claro, pero como dijo el líder de Syriza Alexis Tsripras hay un espacio enorme que ha dejado la socialdemocracia al traicionarse a si misma y ese espacio va a ser ocupado por partidos de una nueva izquierda en más o menos tiempo dependiendo el país.
Sin embargo miro a Grecia, miro su situación de hundimiento y veo cómo Syriza no pudo alcanzar el poder. Lo alcanzará pronto a este paso pero ¿qué va a heredar? ¿La ruina? Gestionar la ruina es un desastre, es una putada. No podemos llegar ahí, no podemos desear llegar ahí. Hay personas, generalmente desde puntos de vista marxistas-revolucionarios que creen en eso del “cuanto peor, mejor” y que aceptan que se necesita un desastre para poder llegar a implantar la alternativa. Pero yo no puedo aceptar eso, yo no puedo condenar a millones de compatriotas a la miseria por años y años en pro de una visión mística y legendaria de un cambio revolucionario que redimirá a la humanidad.
No, necesitamos soluciones ya, tenemos mucha prisa pues estamos en un país con 6 millones de parados, con millones de familias viviendo 3 generaciones bajo un mismo techo porque no pueden vivir de otra manera. La ciudadanía se ha convertido toda ella en morosa por responsabilidad civil subsidiaria, y trabaja (si puede) para ingresar dinero en los bancos y pagar impuestos para refinanciar las deudas muchas veces ilegítimas. Yo no concibo la política de esperar a que vengan a nuestro redil ante la desesperación, me parece una traición al pueblo. Necesitamos actuar ya, con toda la prisa posible dentro de la calma que requiere una buena política.

Por todo esto me planteo que ciertamente debemos trabajar para crear este tercer espacio de la izquierda, pero creo que no es lo único que hay que hacer. Este país, este régimen político nacido de la transición está agonizante, está pidiendo tierra y si no acaba de morir es porque lo nuevo no acaba de aparecer. Hay momentos en la historia en que los regímenes se acaban. En 1930 se sabía que el sistema monárquico de la restauración estaba finiquitado, en 1975 se sabía que el régimen franquista estaba acabado.
En ambos momentos históricos hubo grandes pactos. La República se fraguó en el pacto de San Sebastián donde políticos republicanos de derecha, centro e izquierda y los socialistas se pusieron de acuerdo para traer la República y la democracia a España. También en 1976 se creó la coordinadora democrática entre todos los grupos de la oposición antifranquista, desde democratacristianos a comunistas. En todos estos pactos se entendió que el sistema precedente estaba acabado y se actuó con altura de miras.
Me consta que en el momento actual no sólo la izquierda está en franca oposición a la situación. Desde segmentos liberales se echa pestes del gobierno y de la degeneración de la política en España, y como ejemplos dejo este escrito y este. Mucha gente, votante del PP tradicional que también lo votó también el pasado 20-N, siente hoy vergüenza de haber votado al PP, se sienten engañados y frustrados. No es muy distinto al sentimiento de millones de ex votantes socialistas cuando ven a Rubalcaba al frente del PSOE después de la etapa Zapatero.
Hay un clamor popular que considera que el sistema bipartidista que nos ha regido está viciado y debe ser finiquitado. Ojo, yo no voy a caer en las teorías convenencieras que dicen que la transición fue en fraude, que en España no ha habido nunca democracia y que esto no es más que la continuación del franquismo. No, la transición fue un cambio necesario en España y sin sacralizaciones absurdas supuso un gran avance histórico. No es cuestión de echar por tierra 40 años, simplemente es que el sistema ha degenerado y ha sido barrido por la historia y por lo tanto hay que cambiarlo.
La última encuesta de Metroscopia para El PAÍS daba al PP menos de un 30% de los votos y un 23% para el PSOE. He consultado una posible distribución de escaños y según los resultados el único gobierno con una mayoría parlamentaria sólida que me saldría sería una gran coalición PP-PSOE, y eso el primer año de legislatura. Si esta tendencia persiste es muy posible que vayamos, como única solución, a una gran coalición de partidos mayoritarios como ha pasado en Grecia. Sería la escena final de un sistema de partidos moribundo.
Ante esta realidad ya están hablando los grandes partidos que, con el pretexto de ahorrar, habría que disminuir el número de diputados por circunscripción. Parece sencillamente una excusa para perpetuarse en el poder y minimizar la fuerza de los partidos que vienen detrás. De hacerse estaríamos ante la confirmación definitiva de que en este país no hay derecha “moderada” e izquierda “posible”, sino que todo se ha dejado atrás para la defensa de un statu quo que favorezca los intereses de los partidos dominantes.

Ante esta situación creo que hay algo que se debe crear paralelamente a todos estos desarrollos de partidos y alternativas que hemos comentado. No quiero andarme por las ramas así que voy a ser claro: Este país necesita un Frente de salvación nacional.
Un Frente de salvación nacional sería una coalición con unos objetivos claros de regeneración absoluta de nuestro sistema político. Hay que acabar con la corrupción de forma radical, hay que hacer que los culpables de todo este desastre paguen por sus fechorías, hay que recuperar la democracia con un sistema político y electoral que arranque el poder de las cúpulas de los partidos del régimen para devolvérsela a los ciudadanos. Probablemente hay que reformar la constitución y las leyes para que esto sea posible, pero creo que es urgente y fundamental hacerlo. Estos gobernantes y este sistema de corrupción generalizada deben ser erradicados.
¿Quiénes estarían en este frente de salvación nacional? Pues todos los que estén de acuerdo con esto. Mi idea es un frente cívico-político, es decir, no sólo de partidos sino también de personalidades relevantes y ciudadanos comprometidos con la regeneración. Obviamente ni este PP corrupto y traidor ni el PSOE de Rubalcaba ni la enloquecida y caciquil CiU estarían en él. Fuera de ahí cualquiera puede estar, incluso gentes o corrientes de estos partidos hartos de esta situación.
Por supuesto este Frente de salvación nacional tendría una política de mínimos a nivel económico, que se basaría básicamente en no permitir el holocausto económico que está arrasando a las clases medias y populares de este país y en una defensa de las verdaderas empresas productivas e innovadoras frente a las empresas que viven del oligopolio y el favor público.

Creo que la situación es la suficientemente grave como para que empecemos seriamente a pensar en ello. Yo llevo dialogando mucho tiempo con gentes de derechas y liberales y tengo que decir que estoy bastante más cerca de los más sensatos de ellos que de muchos de los que se suponen que están en mi territorio. Los años me han enseñado que los acuerdos entre diferentes son posibles y la realidad actual nos dice que esto es mucho mejor que mantener lo que tenemos ahora.
Y luego, con un sistema más limpio y regenerado, ya podremos entrar a defender nuestros tradicionales objetivos de libertad e igualdad para todos, de un sistema con gran dispersión de renta y una red social que proteja al que lo necesite. Pero quizá, para llegar a poder pelear por eso, necesitamos unas condiciones que actualmente no tenemos y que nunca podremos conseguir a no ser que empecemos a tejer redes con personas de ideas diferentes pero con las que coincidamos en la mayor parte de lo fundamental.

domingo, 20 de enero de 2013

Pensamientos de mis días en Cataluña


Era la primera vez que volvía a Cataluña desde que el siroco político independentista ha ocupado esa comunidad. La última vez que estuve fue en marzo de 2011, en Barcelona, aunque fue un viaje de dos días por asuntos laborales. La vez anterior a esa fue en 2010, que estuve en Tortosa y en Les Terres del Ebre unos pocos días.
Esta vez iba a la comarca de La Segarra, en la provincia de Lleida, concretamente a Cervera aunque pernoctando en un pueblo cercano llamado Montornés de Segarra. Nunca había estado en Lleida (la única de las provincias catalanas donde no había estado) y me interesaba bastante el viaje porque ya se sabe que las comarcas “interiores” tienen su propia idiosincrasia muy alejada del cosmopolitismo de las zonas litorales.



Cal Dragó
















Tengo que decir que la casa rural donde estuve alojado en Montornés de Segarra, llamada Cal Dragó, es un lugar excelente. Lo he dicho muchas veces, cualquier casa rural en España perdida de la mano de dios es mejor que la mayoría de hoteles en otros países (exceptuando, por supuesto, los de alto standing). La calidad de las infraestructuras turísticas españolas es de las mejores del mundo y creo que nunca debemos de olvidar eso y menos en tiempos de depresión colectiva como los actuales. Somos, como país, bastante mejores de lo que creemos.
En la casa rural Cal Dragó nos trataron estupendamente y a un precio muy asequible. No es que haya mucho que hacer por allí en invierno (de hecho estuve en el jacuzzi o trabajando casi todo el tiempo que no estuve en Cervera), pero si lo que se quiere es unos días de paz y silencio absoluto en medio de la naturaleza, pero con todas las comodidades, es el lugar idóneo. Además también hacen en un vino con un sabor afrutado muy peculiar.

Una de las cosas que me dan un poco de rabia cuando viajo a Cataluña son los problemas dialécticos. Nosotros, los valencianos, conocemos la mayoría de formas que tienen los catalanes de decir las cosas cuando son diferentes a las que solemos usar nosotros, pero al revés no sucede. Esto es producto de la normalización lingüística, pues la primera normalización de la lengua se hizo basada en un subdialecto del catalán y luego los demás fuimos detrás. Por tanto las formas normalizadas suelen ser las que usan los catalanes, no las que usamos los valencianos.
Muchas veces, cuando hablo con algunos catalanes, noto que se quedan parados cuando acabo algunas frases. Hay expresiones, palabras, etc. Que si bien entienden por el contexto les suenan raras. Es como si jamás hubiesen escuchado a nadie decirlo de esa manera. Conozco una catalana, por ejemplo, que le hace mucha gracia cuando los valencianos decimos furtar (robar). Ellos dicen robar y esto de furtar les debe sonar como muy “pijo”. También recuerdo una conversación hace unos años cuando usé la forma popular valenciana de decir antes de ayer, que es “despusahir”. La chica catalana con la que hablaba que dijo “¿Después d’ahir? ¿Qué és después d’ahir? El dia després d’ahir és avui…” (el día después de ayer es hoy). La verdad es que, visto así, nuestra manera de decirlo es un poco absurda (asumiendo que “despus” es una abreviatura de después), pero me quedé muy extrañado que no lo hubiese escuchado nunca. Y esta palabra que no está normalizada lo entiendo, pero que digamos déset (17), déneu (19), eixir (salir), vore (ver), etc. Y que te miren como si hubieses dicho alguna barbaridad o algo ininteligible pues no me parece lógico.
Yo creo que la Academia valenciana de la llengua y L’institut d’estudis catalans deberían hacer un esfuerzo conjunto para intentar que las variedades valencianas normalizadas se conozcan en Cataluña. Ya que el proceso de normalización fue aleatorio (quizá como todos los procesos de normalización) y regional podría hacerse un esfuerzo para que todos nos sintamos más cómodos con nuestras variedades y favorecer la comunicación sin que se tenga que hacer esfuerzos por usar las palabras estandarizadas.


Un edificio en Cervera





















Cervera es una de las “ciudades” históricas de Cataluña venidas a menos, a mucho menos. Hoy en día no tienen ni 10.000 habitantes pero en su momento fue la sede universitaria de Cataluña. Después de la derrota en la guerra de sucesión del bando austracista (y por lo tanto de los reinos de la corona de Aragón) y la “ocupación” del territorio por las tropas borbónicas, el Rey Felipe V eliminó todas las universidades catalanas y creó una nueva, la universidad de Cervera.
Cervera fue una de las pocas poblaciones catalanas que se mantuvieron fieles a Felipe V toda la guerra y seguramente por eso le fue concedido ese privilegio. Si ves la fachada de la antigua universidad de Cervera puedes observar una gran corona borbónica que la preside. La ciudad tuvo muchos privilegios en la primera época borbónica ya que fue algo así como la ciudad mimada por los borbónicos y precisamente por eso tenía curiosidad de ver si la gente de Cervera era nacionalista o no lo era, pues como sabéis el eje central de la mitología nacionalista catalana es que en 1714 (cuando entraron las tropas borbónicas en Barcelona) Cataluña dejó de existir como “nación” al ser invadida por “Castilla”.
Cervera está gobernada por CiU, algo absolutamente normal en las comarcas interiores de Cataluña y más con la caída en los últimos años del PSC. Cuando entras en Cervera vi lo que llevaba viendo todo el viaje desde que abandoné la A-7, un continuo de banderas esteladas en los balcones, con estrella blanca o roja a gusto del propietario, que no era mayoritario ni mucho menos pero que sí llamaba la atención. En edificios de 10 o 12 viviendas quizá podías ver dos o tres banderas esteladas en los balcones, algo que no sé si es mucho o poco (porque dependerá de lo que piense la gente que no cuelga nada) pero que es algo que no pasaba hace 1 año. Estas banderas (más bien cartulinas con el color de la estelada la mayoría de ellas) estaban hechas por la Assemblea Nacional Catalana, asociación nacida de aquellos referéndums un tanto ridículos de localidades como Arenys de Munt, etc.
¿Es Cervera nacionalista? Pues creo que sí. Y es algo que me resulta muy curioso precisamente por esa realidad que he comentado de ciudad llena de privilegios por el Rey Felipe V. Muchos me diréis que esto es una tontería, porque han pasado 300 años de eso y pensaréis que no debe tener nada que ver el nacionalismo del siglo XXI con lo que pasó en la guerra de sucesión. Y en teoría deberíais tener razón, lo que pasa es que la guerra de sucesión y los decretos de nueva planta es la pieza central de la mitología nacionalista y por alguna razón pensé que la situación sería coherente con la historia. Por supuesto no lo era, porque la historia se usa cuando sirve a la causa, se oculta cuando no y se falsifica cuando no se puede ocultar. Así son los movimientos de masas.
Tampoco penséis que se respiraba nacionalismo por la calle, ni mucho menos. Un día estuve comiendo en un bar dónde estaban puestas las noticias de TV3 (por cierto, qué mal está TV3, parece de la escuela de Canal 9…) y abrieron el informativo con el pacto entre ERC y CiU para modificar algo de la declaración soberanista. Yo me puse a mirar la televisión a ver como daban la noticia y entonces me di cuenta que era el único del bar al que le interesaba lo que decía el informativo, pues toda la gente del resto de mesas pasaba olímpicamente estuviesen en conversaciones o no. Me pareció que tampoco debían ser hooligans de la causa independentista.

Como la guerra de sucesión y los decretos de nueva planta son la pieza angular sobre la que el independentismo catalán ha edificado su justificación histórica aproveché los días que estuve en el archivo de la antigua universidad de Cervera para leer algunos libros de historia de Cataluña. Leí sobre las cortes de Cataluña, sobre los decretos de nueva planta y también algo de historia del País Valenciano (quería ver el punto de vista de los autores catalanes).
Esperaba leer algunas cosas diferentes a lo que conocía, leer una historiografía que sostuviese aquello de la “invasión” castellana en 1714 o algo muy escorado al nacionalismo. Pero no, los historiadores suelen ser gente seria e independientemente de sus preferencias políticas personales no suelen falsificar la historia como sí hacen los políticos, y lo que leí estaba en absoluta concordancia con lo que ya conocía y había leído.
Realmente los decretos de nueva planta y el supuesto finiquito de la Cataluña autónoma de la edad media no fueron, ni de lejos, como la pinta el nacionalismo en sus discursos facilones. Los aragoneses y sobre todo los valencianos sufrimos unos decretos de nueva planta mucho más agresivos que los que sufrió Cataluña, pues nuestra realidad jurídica e institucional fue destruida absolutamente por la nueva planta, además de sufrir acciones de venganza que no sufrieron los catalanes (la quema de Xàtiva, por ejemplo). La nueva planta en Cataluña, si bien eliminó las instituciones que claramente se habían cambiado de bando y pasado al bando austracista (las cortes catalanas se pusieron del lado de Felipe V al principio de la guerra), como Les Corts, la Generalitat o el Consell de Cent, mantuvo muchas otras instituciones y la validez de la mayoría de las “constituciones” de Cataluña. Realmente fue el régimen liberal a partir de 1812 quien acabó con todas las realidades autónomas que quedaban en Cataluña, no la nueva planta.
Pero claro, es más cómodo y útil para el nacionalismo que los agravios estén en 1714 contra una Castilla y un Borbón absolutista que a principios del siglo XIX contra un régimen liberal. Los vascos en esto son bastante más coherentes porque su nacionalismo ahonda raíces en el carlismo y, por lo tanto, contra los agravios cometidos por los liberales. Pero los catalanes no pueden serlo porque, además, su nacionalismo nació de la propia burguesía catalana que era la principal beneficiada del régimen liberal y caerían en una contradicción absurda. El nacionalismo catalán nació burgués, empresarial, como herramienta de reivindicación de privilegios económicos, por un lado, y de desactivación de los movimientos obreros y revolucionarios por otro.


Sede del PP en Cervera

















Como veis en la foto esta es la pinta que tiene la sede del PP en Cervera. Esta imagen me dio muy mala sensación porque como se puede intuir las pintadas se han hecho por una cuestión meramente nacionalista, porque el PP no considera Cataluña como un “sujeto soberano” que se dice ahora y porque defiende el uso de la lengua castellana en Cataluña con vehemencia.
Ojo, a mi me parece perfecto y absolutamente comprensible que se pinten y se destrocen sedes del PP por parte de ciudadanos indignados porque les han recortado las prestaciones por desempleo, los subsidios, porque les están haciendo pagar la sanidad, porque las tasas universitarias les impiden estudiar, porque son un hatajo de chorizos que se están destrozando el país para su propio beneficio, etc. Yo todo eso lo comprendo, es más, me extraña que no se pinten y destrocen más sedes del PP en España. Pero lo que no puedo comprender y aceptar es que la gente obvie y acepte todo eso pasivamente pero, en cambio, se vayan a pintar esa misma sede porque son el “enemigo nacional”, como podrían hacer con las sedes de Ciutadans y de hecho han hecho alguna vez.
No quiero darle más importancia de la que tiene a unos actos vandálicos sin gran relevancia, pero es que todo esto me recuerda mucho a la Valencia de finales de los 70 y principios de los 80, a los ataques a las sedes de los partidos “nacionalistas” por parte de grupúsculos blaveros con complejo de guerrilla urbana, a los artefactos explosivos puestos en las casas de Joan Fuster y Sánchis Guarner. Los blaveros consideraban a los nacionalistas fusterianos como “antivalencianos” y eso es exactamente lo mismo que hace mucha gente en Cataluña con el PP, C’s y si me apuras hasta el PSC, que son “anticatalanes” para ellos. Estos ciclos de violencia por nacionalismo son peligrosos e iguales en todas partes. Pueden no llegar a mucho como pasó en Valencia pero pueden recrudecerse y, en cualquier caso, la implantación social de este tipo de cosas secuestra a las sociedades y las aleja de lo verdaderamente importante para la mejora social.

La verdad es que es una pena el maldito peaje de la AP-7 que tienes que pagar para ir a Cataluña en coche. Este es otro de los famosos agravios de los que se quejan los catalanes (como si los valencianos no tuviésemos que cogerla para ir a Peñíscola o a Benicarló) pero la verdad es que en este caso tienen razón. Que esta autopista sea de peaje es como si partiese el territorio y lo hiciese más inaccesible.
Supongo que más valencianos iríamos a Cataluña si esta autovía fuese gratuita. Porque esa Botifarra con mongetes (fesols para mí ¿me habrían entendido?) que me comí en Sanahuja tengo que volver a probarla. Una lástima, también, que comer en Cataluña sea tan caro, y no sólo en Barcelona. No encontré ningún menú del día por menos de 11 euros en pueblos de Lleida, cuando en Valencia puedes encontrarlos fácilmente por 7 u 8 euros en estos momentos.
Y si queréis ir por la zona os recomiendo, de nuevo, Cal Dragó, que Dolors y Jaume os atenderán muy bien. Paz y silencio os aseguro que encontraréis.

martes, 15 de enero de 2013

Mi relación con los himnos
















Ahora mismo estoy en Montornés del Segarra (provincia de Lleida) disfrutando de unos días de vacaciones en una preciosa casa rural. Hace un frío que pela, pero entre copas de vino de la comarca y baños en el jacuzzi se está estupendamente. Otro día contaré algunas cosas sobre la “Cataluña profunda” y mis estudios aquí, que han fortalecido mi visión de lo absurdo del independentismo catalán en particular.

Bien, el domingo estuve en la ciudad de Xàtiva (Valencia) viendo la presentación de una falla. A mí no me gustan las fallas de Valencia como he dicho muchas veces, más que las fallas todo lo que llevan asociado (bloqueo absoluto de la ciudad en días laborables, destrucción del mobiliario urbano por vandalismo, accidentes con la pirotecnia, borrachos por doquier, etc.) y que no debería ser consustancial a las fallas pero que sucede sencillamente porque al ayuntamiento y a las autoridades no les da la reverenda gana organizar la fiesta de forma razonable y sin tener que declarar el estado de sitio en la ciudad. En Xàtiva, en cambio, las fallas no son prioritarias y se organizan de una manera mucho más civilizada para el ciudadano.
Los actos falleros siempre se acaban con el himno de la exposición o himno de Valencia, vamos el que ahora es himno oficial de la Comunidad Valenciana. Al sonar el himno todo el mundo se pone en pie, como se suele hacer con los himnos nacionales en muchas otras situaciones y latitudes. Hay veces que directamente el speaker pide que la gente se ponga en pie porque va a sonar el himno, por si hay algún despistado que no se entera del protocolo.
Cuando sonó el himno de Valencia a final del acto casi todo el mundo se levantó, pero yo no. Mi novia me cogía de la mano y me tiraba hacia arriba para que me levantase (“estás en primera fila” me decía) pero preferí quedarme sentado. A la salida me sermoneó: “Van a pensar que eres “catalanista” y que por eso no te has levantado”. “Me da igual lo que piensen” le respondí.
Sí, es cierto, con toda la polémica con los himnos y las banderas que hemos tenido en esta tierra en las últimas décadas y con este “valencianismo” de falla y paella convenientemente fabricado por los gobiernos del PP que han intentado crear enemigos y anti-valencianos por doquier, es muy posible que quien me estuviese viendo sentado y no conociese mis pensamientos políticos pensase que soy un catalanista fusteriano o algo parecido, pero nada más lejos de la realidad.

¿Por qué no me levanté? Tengo que reconocer que mi relación con los himnos es dual y ambivalente. Me encantan los himnos, conozco la mayoría de himnos de Europa y de los países importantes, conozco la historia de muchos de ellos e incluso se cantar trozos de algunos en idiomas que no conozco. Me fascina la solemnidad musical de la mayoría de ellos, me gusta intentar “ver” la idiosincrasia del país a través de su himno (algo que normalmente no se ve). Me gustan más los himnos europeos (más melódicos y clásicos) que los americanos (más militares). En definitiva, desde el punto de vista del conocimiento es un campo que me encanta.
Pero por otro lado desprecio el nacionalismo intrínseco en los himnos nacionales y, sobre todo, el uso que se les da a los mismos. Las banderas (otro campo que me apasiona por las mismas razones que los himnos) y los himnos tienen un uso protocolario y simbólico, pero también pueden tener un uso de movilización ciudadana a favor de ideas abstractas convertidas en vehículos de intereses obscenos de una clase dominante. He ahí dónde el himno y la bandera se convierten en herramientas de un nacionalismo con el que choco violentamente.
Cuando un himno suena y la gente se pone en pie es algo que, a pesar de ser protocolario, me resulta obsceno. Levantarse ante el himno me parece como darle un carácter “sagrado”, como si las personas allí presentes fuesen meros soldados, como si su voluntad individual estuviese sometida a la representación abstracta de la nación en forma de música. El himno se sitúa por encima de las personas, las obliga a un comportamiento determinado so pena de ser “anti-nacionales”. El himno no es una pieza, no es una canción interpretada por alguien a quien hay que reconocer el mérito y respetar su trabajo, el himno es un instrumento de movilización y sometimiento social.
El ciudadano obligado a cuadrarse ante una música grabada ¿qué demonios es eso? Hay cierto tufillo de militarización de la sociedad, de reconocimiento de la “nación” y de sus símbolos como algo sagrado que está por encima de la voluntad de las personas que habitan esa nación. No es una nación compuesta por ciudadanos libres que dan a la nación la orientación que ellos crean conveniente, es la nación y sus características la que somete la voluntad del ciudadano, en estos aspectos sujeto secundario. Es puro nacionalismo, es una directa representación de nacionalismo.

Por pensamientos como estos, que quizá he expresado algo torpemente, no me gusta ni levantarme cuando suena un himno ni ver un auditorio completamente en pie, y mucho menos que el speaker te “obligue” a levantarte. Cuidado, eso no quiere decir que no me acabe levantando por otras consideraciones. Por ejemplo si estuviese ante un himno extranjero me levantaría, porque ese himno no tiene nada que ver conmigo, no es un nacionalismo que me “someta” y, por lo tanto, priorizaría hacer lo protocolario para que nadie lo interprete como una falta de respeto. Pero cuando un himno es “mio”, es de mi nación o de mi país, yo soy tan valenciano o español como es cualquiera de los asistentes y haré lo que me parezca más conveniente en cada momento, y que nadie se atreva a decirme lo contrario porque no me voy a callar.
Para que veáis que mi planteamiento es coherente fijaos, yo siempre he sido uno de los grandes defensores de que el himno español no tenga letra. A mí no me gusta mucho la marcha real, por consideraciones musicales y también históricas, pero si valoro mucho que no tenga letra. Hay a quien le gusta ver, en los partidos de fútbol o en olimpiadas, como los deportistas de otros países cantan el himno o incluso se ponen la mano en el corazón. Para mí eso es ridículo, cantar un himno y ponerse la mano en el corazón me resulta algo fanático y poco civilizado, aún cuando mayoritariamente quienes lo hacen lo hacen por pura imitación y porque es lo que toca. Y llorar ya es el colmo. Oye, que puedes llorar si simboliza algo (has ganado la medalla de oro, eres la fallera mayor y simboliza el fin de la fiesta), pero llorar así porque sí con un himno que has oído mil veces es algo del todo ridículo.
A mí me encanta cuando nuestra selección escucha el himno con seriedad, pero con normalidad. Creo que damos una imagen civilizada al mundo, esa es mi opinión. Hace unos años había algunos iluminados que decían que la selección española de fútbol no ganaba nada porque los futbolistas no “sentían” el país, que con un himno sin letra jamás se iban a motivar, etc. Me alegro que ahora que somos una selección nacional “de leyenda” todas esas tonterías se hayan ido a la basura. Y con más catalanes que nunca, quiero recordar por si a alguien se le olvida.

Y repito, que nadie dude de mi valencianidad o de mi españolidad. Pero la valencianidad no es una bandera o un himno aleatoriamente elegidos, la valencianidad es otra cosa. Es esa conexión especial que sientes con tu tierra, esa sensación al ver los campos de naranjos en el avión a punto de aterrizar y decir “ya estoy en casa”; la valencianidad está en nuestras lenguas, en nuestras costumbres, en la admiración a nuestros grandes: En las obras de Joanot Martorell y de Blasco Ibáñez, en las películas de Berlanga, en las pinturas de Benlliure y de Sorolla; la valencianidad es el chiste que cuentas en Madrid y no comprenden, la palabra que dices en Barcelona y no consiguen descifrar, en ir a Argentina y ver que allí existe la falla valenciana con costumbres que mantienen desde hace generaciones.
Y la españolidad es lo mismo, ni banderas ni himnos ni reyes ni homenajes a la virgen del Pilar. Nuestras lenguas, nuestra aportación a la cultura universal, nuestra forma de ser y de comportarnos, la música de Tárrega y de Albéniz, un Picasso o un Dalí, un vino de Rioja o un gazpacho en verano, una sanidad pública envidiable y universalmente reconocida, unos profesionales reconocidos en el mundo entero por su creatividad.
Las banderas y los himnos están para representar todo eso, y como tal los entiendo. Lo demás es patrioterismo barato con ínfulas de control social y sencillamente por el respeto que le tengo a lo que he listado en los párrafos anteriores yo no puedo considerar normales actitudes que ocultan la verdadera naturaleza de una nación: La que crean sus ciudadanos a lo largo de las generaciones.

miércoles, 9 de enero de 2013

El federalismo que España necesita



















Intento leer todo lo que tiene que ver con las futuras propuestas federales que partidos como el PSOE quieren presentar. Lo intento, porque la realidad es que en este país a todo el mundo se le llena la boca hablando de federalismo sin saber exactamente qué federalismo se quiere. Parece como si este siroco federal fuese simplemente un mantra con el que intentar desactivar las tensiones secesionistas sin que haya nada realmente detrás.
Federalismos hay de muchos tipos. Algunos no cambiarían prácticamente nada de nuestra realidad territorial y administrativa y otros supondrían un cambio radical. En este país se habla de federalismos asimétricos, de federalismos simétricos, de federalismos de “libre asociación” (¿?), de federalismos que no son federalismos. Pero nadie dice en qué consisten esos federalismos ni qué habría que cambiar concretamente, quedándose todo en conceptualizaciones abstractas.
Me gustaría entrar en este debate y dar mi opinión sobre qué federalismo necesita España. De vez en cuando doy alguna pincelada, pero querría intentar juntarlas todas para transmitir algo más coherente. Para empezar, haré algunas consideraciones genéricas.

Para empezar hay que dejar claro que un sistema federal no es mejor que un sistema unitario ni al revés. Son organizaciones diferentes, que serán más o menos convenientes en función de las realidades de la nación a la que se quiera aplicar.
Generalmente los estados federales que hay en el mundo tienen, por lo menos, una de estas dos realidades: O son estados muy grandes que necesitan de una descentralización fuerte para poder funcionar eficientemente, o bien son estados integrados por regiones que son cultural o socialmente diversas, producto de la historia de esa zona. No tiene especial sentido, pues, crear un sistema federal en un territorio pequeño que es social y culturalmente uniforme. Sería rizar el rizo.
¿Cumple España alguna de estas dos características? Sí. Quizá no cumpla de primera (no es un país grande), algo que aplicaría a países como Rusia, Brasil, India, EE.UU, etc. Pero sí cumple claramente la segunda, es decir, sí es un país con una realidad social y cultural diversa, que no quiere decir en ningún caso divergente o inconexa. España tiene culturas diversas y lenguas diversas, además de historias regionales diversas debido a la realidad de la formación del Reino de España como producto de un “feudalismo de conquista”. La cosoberanía y las particularidades territoriales son intrínsecas a los primeros siglos del Reino de España (y también al último periodo de nuestra historia) y eso no puede ser ignorado.
Esta realidad histórica transmitida como sentimiento popular hasta la actualidad es la que sostiene la conveniencia de un estado federal en España. La historia y la realidad lo recomiendan. Y por cierto, esta propia realidad histórica es la misma que sirve para entender por qué el independentismo en España es contrario a la historia. Se le puede buscar otras justificaciones, pero las justificaciones históricas son absurdas y torticeras.

Una vez claro que el sistema federal puede y debería ser un horizonte para la estructura española nos debemos preguntar qué debe contener este federalismo.
Para empezar creo que hay que convertir la realidad autonómica en la verdadera subdivisión de España. Las provincias son subdivisiones obsoletas propias del siglo XIX que no tienen sentido en esta España autonómica y en la futura España federal. Han sido las estructuras básicas que han formado las actuales comunidades autónomas pero, una vez formadas, las provincias debieron ser eliminadas. Si se quiere hacer una división menor o más “natural” ya debería ser la comarcal.
Cambiar a la estructura autonómica debe tener implicaciones electorales. La Comunidad autónoma (o estado federado o como se le quiera llamar) debe ser la circunscripción electoral para el Senado. En mi opinión los miembros del senado deberían ser elegidos en las elecciones autonómicas, no en las generales, o bien ser algún tipo de representación del parlamento autonómico.
Para las elecciones al congreso la circunscripción provincial se eliminaría. Aquí hay varias opciones pero sería muy interesante, una vez la realidad territorial estuviese claramente expresada en el senado, poder combinar una circunscripción única a nivel nacional con otras menores (o uninominales o autonómicas). Aumentaría la representatividad del país.

Otro de los cambios inaplazables es la reforma del senado. El actual senado se parece más a una cámara de segunda lectura como aquellas del siglo XIX donde los reyes conseguían vetar leyes que no les gustaban que a una cámara representativa. Esto no puede continuar así, para eso es mejor eliminar el senado.
Lo fundamental para darle una buena funcionalidad al senado es definir qué competencias tienen las comunidades autónomas en exclusividad, cuales el gobierno central en exclusividad y cuales son compartidas. El senado debería tener un papel central en las compartidas, con un papel superior al del congreso de los diputados en la mayoría de casos.
Crear una división absoluta de competencias es algo muy difícil y casi siempre hay áreas de conflicto. Esto pasa en todos los países y es algo normal. Ámbitos como la educación o la sanidad que dependen de las CC.AA, por ejemplo, deberían contar con una gran participación del senado fundamentalmente en todo lo que incluye la gestión de estas realidades. Sin embargo las leyes generales de sanidad o educación del estado tendrían que pasar por el congreso también, pues es la cámara principal de la soberanía. Digamos que en casos como estos el congreso debería dar las directrices generales y el senado darle la forma definitiva para su aplicación.
La idea debe ser clara: Crear tres tipos claros de leyes: Las generales que serían responsabilidad exclusiva del congreso, las autonómicas que serían responsabilidad exclusiva de los parlamentos autonómicos y las compartidas, que dependerían del congreso y del senado.

Competencial y estructuralmente hay algo que también creo que debe ser cambiado, y es la corresponsabilidad en la recaudación de impuestos. Parece que hay una resistencia en este país a que haya haciendas autonómicas que recauden los impuestos, pero eso es algo que no entiendo. En países como Alemania existen y eso no elimina la solidaridad. En la propia España existen (las forales) y si son fuente de insolidaridad no es por su existencia sino por los pactos estado-hacienda foral que es algo diferente.
Que una hacienda autonómica recaude los impuestos es simplemente un cambio administrativo y de estructura que tendría como objetivo hacer a las comunidades fiscalmente responsables y participativas en la gestión de recursos. Una hacienda autonómica debería recaudar la mayoría de impuestos pero eso no quiere decir que se los quede. La recaudación de ciertos impuestos debería darse al gobierno central y otra quedaría en la propia comunidad, y con estos últimos se establecería un mecanismo de solidaridad interterritorial.
Las leyes fiscales (IVA, IRPF, IS, etc.) serían legisladas por el congreso, pero su administración se dirimiría en el senado. Sería la típica ley de competencias compartidas que necesitaría de la participación de todos los actores. Obviamente podría reservarse ciertos grados de libertad para las legislaciones fiscales autonómicas (como pasa ahora) pero la cuestión es que sería una estructura integrada la que decidiría todo. No hay ninguna razón para pensar que un sistema así afectaría a la igualdad entre españoles.

Finalmente, y en un sentido más abstracto, creo que sería importante proceder a una “descastellanización” de España. España no es Castilla, esto es una obviedad pero es importante que todos entendamos esta realidad. Esto no lo digo por los debates lingüísticos pues el castellano es también lengua propia de los territorios con otras lenguas, lo digo fundamentalmente por cuestiones menos llamativas.
Creo que es importante que se reconozcan las lenguas de España como lenguas de España, no como lenguas regionales. El valenciano-catalán, el euskera y el gallego son lenguas españolas y esto debe ser entendido. Quizá sería positivo que en el sistema educativo ofreciese, en toda España, el estudio de dos lenguas españolas. En las comunidades bilingües el castellano y la lengua de la zona por igual, y en las zonas exclusivamente castellanohablantes dar la opción de estudiar una de las otras lenguas del país a elección del centro o el alumno.
El hecho de que haya “nacionalidades históricas” y “regiones” es otra cosa que favorece esta castellanización de España. Parece como si las nacionalidades no fuesen “España”, sino territorios asociados, mientras las regiones sí serían España. Si hay regiones “naturales” y otras “artificiales” planteémonos por qué hemos creado comunidades desnaturalizadas y cambiémoslas si han sido mal generadas. Pero esto de “históricas” no tiene sentido. Todo somos españoles, y si un catalán tiene también una nacionalidad catalana un señor de Toledo también tiene una nacionalidad castellana.

España está en un momento de cambio estructural. El estado de las autonomías está seriamente en entredicho y su reforma llegará en poco tiempo. Los partidos deberían hablar menos de federalismos vacíos y comenzar a hacer propuestas.
Un senado elegido por las autonomías y que tenga la última palabra sobre las leyes que tengan aplicación autonómica, unas haciendas autonómicas, la eliminación de la división provincial y un reconocimiento de las culturas y lenguas propias como algo español; estas son algunas de las ideas que propongo. Creo que he dado alguna más estos meses (la posibilidad de crear “mancomunidades de autonomías” que se dediquen a gestionar estructuras que sean demasiado costosas para una sola comunidad autónoma), pero básicamente estas serían las fundamentales.
Hoy en día casi todos los partidos menos el PP y los nacionalistas apuestan de una manera u otra por el federalismo. Desde UPyD hasta IU pasando por el PSOE, todo el mundo está dispuesto a abrir este debate. Es curioso que el PP no quiera porque el federalismo es algo absolutamente aceptado y defendido por la derecha de otros países, en algunos con mucha más pasión que la izquierda (como en EE.UU). Desgraciadamente el PP tiene ciertos tics provenientes de otra época que le convierten, en esencia, en un partido reaccionario defensor de un statu quo del que debemos liberarnos.

lunes, 7 de enero de 2013

Estadísticas económicas: Cómo el gobierno nos engaña

















Asisto entre indignado y asustado a como el ministro Montoro habla de recuperación económica y en el empleo por los datos de paro registrado de diciembre, que reflejan un descenso de unos 60.000 demandantes de empleo (que no desempleados, ojo). Cuando veo a estos chapuceros hacer este tipo de comentarios no puedo entenderlo. ¿No se da cuenta el ministro de que ese optimismo no resiste 10 segundos de análisis? ¿No se da cuenta que las mismas cifras de la S.S nos indican que realmente se han destruido 25.000 puestos de trabajo en diciembre? Al ministro le da igual, es una especie de “calumnia que algo queda” convertido en un “vende humo que algo queda”.

Intuyo que todo esto no es más que una estrategia política que se podría llamar la “estrategia Matrix”. Todas estas estadísticas son muy densas y obviamente no se pueden explicar en una noticia de un minuto o en un corte de voz de 10 segundos. Por lo tanto la cuestión es dar la cifra que pueda sostener la creación de una realidad alternativa donde las cosas pasan como al gobierno le gustaría que pasen, no como son realmente. Si el paro registrado baja porque hay emigración, porque la gente está desesperanzada y no renueva el desempleo al no tener prestación o por cualquier cambio estadístico todo eso se oculta bajo la cifra, objetivamente cierta, de que el desempleo registrado en las oficinas de empleo ha bajado. “Hay un cambio de tendencia” será el mensaje. Se puede rebatir en un minuto sí, pero el 50% de la población y posiblemente el 80% de sus votantes convencidos no tienen ese minuto para pensar por falta de tiempo, de ganas o de capacidad.
Este ejemplo del desempleo es el más importante, porque es la mayor preocupación del país, pero vale para todo. Por ejemplo, en el mundo de Matrix creado por el PP la reforma laboral tiene que ser positiva para el empleo. Es absolutamente obvio que la reforma laboral está aumentando el paro y sobre todo reduciendo los costes laborales, pero siempre podremos sacar algún dato descontextualizado del tipo “número de ERE’s” o “nuevo contrato de emprendedores” o “porcentaje de contratos del tipo x” que haga al ministro de turno mostrar las bondades de la reforma. 9 de cada 10 datos dirán que la reforma ha sido un desastre pero el buen señor sacará sólo el que le interese. Y claro, ¿cómo le rebates al ministro? ¿En un artículo de prensa? La mayoría de la población no lee la prensa ¿En una intervención en el congreso? Por favor, no te sacarán más de 10 segundos en TV. El mensaje, el engaño sostenido en un número real pero descontextualizado, ya está enviado y entre los que son adictos al partido, los que desean que las buenas noticias sean verdad y los que se creen siempre lo que dice la TV (algo que me parece que aumenta con la edad, algún día lo comentaré), al final tienes un gran público objetivo que se creerá las mentiras por lo menos hasta que la terrible realidad no le ataque fuertemente.

Más allá del uso propagandístico de las cifras hay otra realidad que es la que verdaderamente sostiene el engaño estadístico, que es la naturaleza de las propias estadísticas. Las estadísticas y cómo estas se crean no son verdades absolutas, son mecanismos matemáticos que intentan ser lo más fieles posibles a la realidad. Nunca lo son, pero por lo menos hay que intentar que lo sean. El problema viene cuando los mecanismos estadísticos para generar un dato macroeconómico están viciados de antemano y están fabricados ad hoc para que la cifra conseguida sea del interés del gobierno. Esto es lo que pasa normalmente con estas cifras.
En España, por ejemplo, tenemos dos formas de medir el desempleo, el paro registrado (es decir, la gente que está como demandante de empleo en los servicios públicos de empleo) y la encuesta de población activa (EPA). La EPA siempre nos ofrece una cifra de parados mucho mayor que el paro registrado y en círculos profesionales se considera que la EPA muestra mejor el desempleo del país que el paro registrado, además de que la EPA si se hace conforme a unas metodologías internacionales. El paro registrado no es muy riguroso porque depende de la voluntad del parado de registrarse como tal y también de las “chapuzas estadísticas” que hacen los gobiernos para que no salga muy alto. La EPA, en cambio, muestra mejor todas las realidades porque es una encuesta con una metodología bastante seria aunque también está sometida a la sinceridad de las respuestas de los encuestados, que en muchas ocasiones podrían no decir la verdad.
La gente se suele inscribir en los servicios públicos de empleo porque es requisito necesario para cobrar las prestaciones o ayudas por desempleo y también por costumbre. Lo que pasa es que conforme pasan los años hay mucha gente que deja de apuntarse en el desempleo. Los jóvenes que acaban los estudios a veces ni tan siquiera se inscriben, pues consideran que su búsqueda de empleo a través de internet es mucho más eficaz que la que pueda hacer los servicios públicos. Muchos parados de larga duración sin ayudas ni derecho a ellas (por ejemplo, señoras tradicionalmente amas de casa que se apuntan porque querrían tener un empleo pero que sus maridos trabajan) llega un momento que dejan de hacer las renovaciones al perder la esperanza de que les encuentren uno. También hay bastante “descontrol” con los emigrantes españoles, que podían estar apuntados o no, y con muchos de los inmigrantes que retornan a sus países, y posiblemente también con la gente que se cambia de CC.AA. para buscar empleo (que puede falsificar mucho las estadísticas de paro autonómicas).
Todas estas realidades creo que están produciendo que el paro registrado sea cada vez más diferente del real. Por supuesto que quien recibe prestaciones, ayudas o cursos está inscrito, pero intuyo que cada vez más la gente deja de hacerlo o de renovar su demanda de empleo. Y esto lo vamos a ver en los próximos tiempos (si no lo estamos viendo ya) con discrepancias cada vez mayores entre la EPA y el paro registrado. De hecho llegará un momento en que el paro registrado comenzará a bajar cuando objetivamente no se creen puestos de trabajo o incluso se destruyan. Si el mercado de trabajo se congela y no hay ni contrataciones ni despidos, el paro registrado bajará mucho. Si es más dinámico aunque no haya creación de empleo neto (pero sí se destruya y se cree empleo a partes iguales) las cifras del paro registrado bajarán menos o se estabilizarán.
Con esta realidad la estrategia del gobierno está clara. Cada mes que baje el paro registrado sacarán pecho, hablarán de sus reformas y de los famosos brotes verdes. Cuando salga la EPA, en cambio, se esconderán 3 o 4 días bajo las mesas de sus despachos esperando a ver si Artur Mas dice alguna idiotez para así envolverse en la bandera española. Si llega la gran discrepancia entre datos registrados y de la EPA que preveo, también es muy posible que comiencen a decir que la gente miente en las encuestas y que esos parados realmente no tienen voluntad de buscar empleo y no lo hacen activamente, pues en caso contrario estarían registrados. También es muy posible que comiencen a cambiar requisitos para que la gente aparezca como parada o bien desincentivar de alguna manera que la gente se registre (como por ejemplo despedir a los trabajadores de los servicios de empleo como ya están haciendo).

Otra de las grandes mentiras de nuestras estadísticas económicas, quizá la mayor, es la inflación o el IPC. Se supone que el IPC representa el porcentaje medio ponderado de cómo han subido los precios en España. Para su cálculo el instituto nacional de estadística hace unos estudios de cómo han subido los precios mensual y anualmente y, con esos datos, se saca una media ponderada.
Quiero hacer un inciso sobre la inflación que hay que entender. Política y económicamente (dentro de la ortodoxia económica imperante) lo que interesa es que haya una inflación suave, quizá entre el 2 y el 4%. Una inflación alta es un problema económico, porque reduce el poder adquisitivo de los salarios, pensiones y ayudas durante el año y eso hace que se exijan subidas de salarios igual o superiores al IPC, que se tengan que subir las pensiones o los salarios indexados al IPC, etc. Es un problema también a nivel de “estabilidad”, porque la inflación suele provocar más inflación al aumentar el circulante de dinero (la gente gasta más porque el dinero pierde el valor y prefiere cambiarlo por bienes o servicios). Es un ciclo que se alimenta a sí mismo.
Pero por otro lado una inflación negativa (que bajen los precios, deflación) es todavía peor porque “congela” la economía. Nadie va a gastar dinero en algo que está bajando de valor, nadie va a invertir en algo que se deprecia, y por lo tanto esto hunde el consumo y la inversión. La estanflación (estancamiento + inflación) es la pesadilla de todos los economistas y gobiernos.
Claro, ¿en qué consiste esto? Pues en tener inflaciones entre el 2 y el 4%. ¿Y cómo se hace? Pues creando una herramienta estadística que tienda a esas cifras. Y para hacer esto hay una trampa muy fácil: Ajustar las cargas estadísticas de los productos según convenga.

Os pongo ejemplos. Fijaos, ¿Cuál fue la inflación cuando se cambió la moneda y en cuestión de meses todo parecía costar muchísimo más? El 4%… ¿recordáis cual era la inflación en la época del boom inmobiliario, cuando la vivienda subía entre un 20 y un 25% anual? Pues entre el 3 y el 4%. Estos datos son absurdos pero el segundo, por ejemplo, está explicado por el hecho de que la carga estadística de la vivienda en el cálculo del IPC es del 12%. ¿Cuánto gasta una familia media en vivienda? Pues hay gente que gasta el 60% de sus ingresos y otros que no gastan nada pero podríamos decir que la media podría ser sobre un 30% de los ingresos de la unidad familiar, o incluso más.
Mientras la subida de los precios de la vivienda ahogaba e hipotecaba a las familias de forma monstruosa, para el cálculo del IPC este 25% de incremento anual se dividía casi por 10 (realmente por más, por la congelación del recibo de la luz de esos años legislada para contener la inflación). Esto es una trampa estadística que permitió que en plena burbuja inmobiliaria pareciese que el coste de la vida no subía mucho y que ahora, cuando los precios de la vivienda están bajando un 7-8% anual, esto tampoco lleve la inflación a términos negativos. De hecho esta baja carga estadística de algo tan central y oscilante lleva a moderar la subida o bajada de precios. Una simple comparación: la carga estadística de “hoteles, cafés y restaurantes” es el 11,5%, casi como la vivienda… ¿Cuánto gastas tú en vivienda, amigo lector? ¿Y en hoteles y restaurantes?
Este es el ejemplo más claro y que más salta a la vista, pero un estudio pormenorizado nos daría multitud de casos. Sabemos también que la elevada carga estadística de “vestido y calzado”, casi un 9%, sirve para que en enero (cuando todo sube) las rebajas hagan de contrapeso y así no suba mucho el IPC. Otro caso muy transparente fue el de los combustibles el mes de noviembre pasado, que con oscuros tejemanejes entre las petroleras y el ministerio de industria se redujo el coste de los carburantes varios céntimos hasta el día que se tomaban los datos, el 19 de noviembre, volviendo a dispararse los precios desde el día 20 cuando ya no contaban para la inflación del mes.
En otros países (como en Argentina) hay estudios independientes sobre la inflación que contradicen a los del gobierno (allí, por ejemplo, las discrepancias están entre el 10% oficial y el 25% de algunos estudios independientes). ¿Por qué no hay en España? ¿Por qué las universidades u organizaciones de consumidores no los hacen? Creo que como la cifra es baja no percibimos el problema, pero el problema es gravísimo pues desde que se implantó el euro el coste de la vida objetivamente casi se ha duplicado, y en el mismo tiempo la inflación acumulada habrá sido sobre el 40%.
¿Qué quiere decir eso? Pues que trabajadores y pensionistas hemos perdido fácilmente una cuarta parte de nuestro poder adquisitivo en esta década. Y esto es terrible, no sólo el hecho de que lo hayamos perdido sino que lo hemos perdido en medio de aplausos e indiferencia, encantados porque nos subían el IPC del 4% en el salario cuando la vida subía un 8% y no lo sabíamos. El proceso de precarización de los salarios que afecta a los trabajadores y a la clase media se apoya en las trampas estadísticas que se inspiran en la visión única de la ortodoxia financiera. Ahora congelan los sueldos, bajan los sueldos, pero claro es que la inflación es sólo un 2 ó un 3%...Y así, poco a poco, suavemente y con vaselina, vamos a una precarización absoluta del factor trabajo.

Si tuviese el conocimiento suficiente y me extendiese este tema podría dar para una tesis doctoral, pero valgan estos dos ejemplos de cómo se manipulan las estadísticas tanto en su génesis como en su comunicación social para que entendamos que no hay que creerse jamás un dato de la boca de un político o un agente económico con grandes intereses sin analizar el estudio que lo genera.
Estos engaños que antes eran simple maquillaje político y ocultación de la realidad, ahora se pueden convertir en la piedra angular de la manipulación de una sociedad al borde de la rebelión. Nos van a intentar colar cifras increíbles de mejora económica para que nos mantengamos mansos y sumisos, cifras que serán contradictorias con las terribles realidades que nos esperan.
La prima ha bajado, el paro ha bajado, exportamos más…” Bonitas palabras de un ministro trajeado en televisión mientras, si miramos por la ventana, veremos gente rebuscando en los contenedores de basura. El futuro Orweliano ya ha llegado.