La nueva marca de La suerte sonríe a los audaces

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miércoles, 29 de mayo de 2013

IU se equivoca apoyando el "derecho a decidir"














"Daría la mitad de mi vida para que los nacionalistas pudieran defender sus tesis, pero la otra mitad la necesito para batallar para que los nacionalistas no consigan lo que pretenden" Voltaire


Quizá la cita de Voltaire sea un encabezamiento demasiado afrancesado, demasiado “jacobino” para el tema que quiero tratar, pero es una frase que me gusta y con la que me siento muy identificado. Siempre que intento conversar con los nacionalistas sobre sus motivos me encuentro con una verborrea infinita de justificaciones de toda índole y naturaleza que me inunda. Pero cuando las analizas, cuando las piensas razonadamente, te das cuenta que no sólo son generalmente absurdas en sí mismas sino que son absolutamente contradictorias las unas con las otras. Al final, y a pesar de que me gusta escuchar los argumentos, a pesar de que considero que tienen el derecho y la necesidad de defender lo que piensan, yo también tengo que hablar y desmontar cada una de las cosas que dicen, no para que me escuchen ellos (al fin y al cabo el nacionalismo es una pasión irracional) sino para aquel que duda y que quiere pensar sobre el asunto.

El coordinador general de IU, Cayo Lara, ha firmado una declaración con sus compañeros de ICV en la que se exige poner fecha a la consulta para preguntarle a la ciudadanía catalana si quiere tener “derecho a decidir”. Esto del derecho a decidir es un eufemismo grosero que quiere decir derecho a autodeterminación sin usar este término ya que Cataluña no puede tener legalmente derecho a autodeterminación al no ser una colonia. Como tampoco tiene derecho a la secesión, porque para tenerlo tendría que legislarse desde las instituciones del estado, pues se ha inventado este término para ocultar lo que realmente se quiere decir. Ya expliqué el engaño del derecho a decidir en esta entrada, así que no me repito.
IU ha firmado este documento por la extraña querencia que tiene la izquierda de este país a considerar que la unidad de España (impuesta, como las de todas las naciones) es producto de la opresión (como todas las naciones) y, por tanto, el ponerla en duda o permitir su revisión les parece algo absolutamente conforme con el posicionamiento de izquierdas. También hay un poco de autor reflejo de la tradicional doctrina comunista por la que todos los pueblos “oprimidos” objetiva o subjetivamente tenían derecho a la autodeterminación, doctrina que valía para los pueblos “oprimidos” por el imperialismo capitalista pero que no servía por supuesto para los pueblos “oprimidos” por el imperialismo comunista, al considerarse subjetivamente también que este último no oprimía.
Pero IU se equivoca gravemente por varias razones. Una es “el objetivo”, es decir, la prioridad política. IU tiene una prioridad política que es acabar con el austericidio y con el neoliberalismo. Bien, si esto es así lo lógico es someterlo casi todo a este objetivo y sobre todo no apoyar acciones y proyectos que van en dirección absolutamente contraria a tus objetivos. Ya expliqué aquí por qué la izquierda no debe apoyar el independentismo, algo que se puede resumir en una idea básica: La separación de los grandes estados europeos llevaría, hoy, a una satelización de los mismos por parte de Alemania y a una implantación radical del neoliberalismo que destruiría los restos del estado social.

En el texto que IU e ICV han pactado se habla de la crisis del modelo de estado actual y de la necesidad de que la ciudadanía exprese su opinión sobre el mismo. Ahí estoy de acuerdo y me parece evidente que el estado de las autonomías, votado hace 35 años, está obsoleto. Pero eso es una cosa y otra es hablar del “derecho a decidir” porque eso implica muchas cosas que son muy peligrosas en su desarrollo y de imposible solución justa, generando arbitrariedades mucho mayores que la permanencia sin discusión de la unidad del estado.
Para empezar, dice el texto que la izquierda (IU,ICV y EUiA) tiene como uno de sus principios ideológicos el principio de autodeterminación de los pueblos. Yo ya he explicado porque Cataluña no puede ser uno de esos “pueblos” que tienen derecho a autodeterminación pero imaginemos por un momento que aceptamos eso. Bien, entonces ¿qué pueblos de España tienen derecho a la autodeterminación?
La respuesta a esta pregunta es imposible. La gente dogmatizada por ciertos pensamientos dominantes dirán que en el estado español hay cuatro “pueblos”: El catalán, el vasco, el gallego y el español. Para empezar hablar de pueblo español en este contexto es una estupidez porque extirpando el resto de pueblos lo que queda no es España sino otra cosa. Quizá alguien tendrá la tentación de cambiar España por “Castilla” pero ¿La comunidad valenciana y las Islas Baleares son Castilla entonces? No, no lo son. Hay quién dice que son parte de unos abstractos Països catalans pero como bien sabemos más del 95% de las poblaciones de ambos territorios rechazan esta idea, así pues ¿qué son? ¿Dónde van? ¿Se les mete en els països catalans contra su voluntad? ¿Permanecen en “Castilla” sin ser Castilla? ¿Pueden elegir ser independientes? Estos dos casos son un lío, y lo mismo pasa con Navarra respecto a Euskadi.
Pero vamos más allá ¿Y Aragón? Porque Aragón nunca ha sido Castilla, es un reino de más de mil años. ¿Y Andalucía? ¿Y Canarias? Y voy más allá ¿Y Castilla? Porque en el momento el estado español se pone en duda y deja de existir como tal entiendo que el antiguo reino histórico de Castilla tiene derecho a ser “nación”. Pero claro ¿Y los que quieren segregar León, Zamora y Salamanca de Castilla creando el “País Leones”? ¿No era acaso León un reino histórico? ¿Y las provincias de “La Mancha” histórica? Como veis nacionalismos hay por todos lados y de todas las naturalezas y como nos pongamos a hablar de naciones subjetivas no acabamos.
Es cierto que tan sólo en Cataluña y en el País Vasco puede haber una voluntad nacionalista mayoritaria pero ese no es el tema. La no-reclamación de un derecho no puede implicar la inexistencia de ese derecho. Igual que la gente tiene derecho a la sanidad aunque no la gaste o a las prestaciones aunque no estén en condiciones de pedirlas, los derechos deben ser para todos. Por tanto antes de establecer que una parte tiene “derecho a decidir” lo que hay que hacer es definir qué partes tienen este derecho, porque hasta que no lo hagamos todo es una arbitrariedad y genera un grado de injusticia y desigualdad terrible.
Y como nos pongamos a esto no vamos a acabar. Voy a repetirlo una vez más: Las naciones son construcciones arbitrarias en base a unas características escogidas arbitrariamente, y si se hubiesen cogido otras características la nación resultante hubiese sido diferente. El caso más claro es mi comunidad, la valenciana, donde en función de la selección de características arbitrarias resulta ser en sí misma una nación, parte de los países catalanes o parte de España. ¿Qué es de los tres? Realmente nada, aunque si es algo es España porque es el estado que ahora existe y, por tanto, es lo único tangible.

El segundo grandísimo error de la declaración firmada por IU es la afirmación de que se debe consultar a la ciudadanía para preguntar qué modelo de estado o de “relación” quieren.
No, no y no señores de IU, esto es un verdadero disparate. No se puede preguntar a los ciudadanos si quieren la independencia, el estado federal, el autonómico o el unitario así, “a pelo”. Todas estas realidades llevan circunstancias asociadas que son clave para la decisión, circunstancias que hay que conocer. Si se es independiente ¿Qué pasa con la deuda del estado? ¿Cómo se negocia la separación? ¿Qué pasa con las nacionalidades? ¿Qué pasa con el euro? ¿Qué pasa con la UE? Y en el caso del resto de opciones ¿qué pasa con la recaudación fiscal si se es un estado federal? ¿Habrá asimetría? ¿Qué pasa con la educación en un estado unitario? Y así podemos hacer mil preguntas, y necesitamos responderlas todas para que la gente decida con información suficiente.
Pensar que se puede decidir en abstracto sobre una forma de estado es puro nacionalismo, y del peligroso además. Creer que la gente va a decidir por un estado unitario o independiente sin tener en cuenta los condicionantes económicos es creer que la gente se mueve por sentimientos irracionales y primarios. Sólo un obcecado nacionalista preferiría una nación independiente porque sí, por muchas razones lógicas que dijesen que conviene lo contrario, igual que sólo un nacionalista español obcecado querría un estado unitario sin pensar en nada más. Cuando, además, este nacionalismo/independentismo catalán tiene un claro ascendente económico y de interés financiero personal, este punto es más importante si cabe.
Hacer un referéndum para que la gente decida qué quiere decidir es una barbaridad y una trampa de trilero que se le plantea a la ciudadanía. Se puede presentar dos proyectos claramente definidos y luego someterlos a referéndum, lo que no se puede hacer es montar un referéndum preventivo para fijar los condicionantes de un futuro referendum basándose en la nada. Esto deja claro que quienes proponen esto tienen el objetivo predefinido (la independencia) y les da igual cómo llegar hasta ahí y cómo manipular a la población, o bien simplemente que quieren tener un arma de coacción para poder chantajear al estado para conseguir prebendas por encima del resto (CiU). Que la izquierda juegue a esto es una locura propia de izquierdistas infantiles e inmaduros.

Mirad, a mi la unidad de España me importa pero tampoco creáis que me preocupa demasiado. Si estuviésemos en un estado de las cosas ideal y cada uno quisiese regirse bajo una bandera diferente lo lamentaría, pero me parecería bien siempre y cuando eso no crease odios ni limitaciones al de la nación de al lado. Si se pudiese crear una especie de confederación hispánica donde los ciudadanos tuviesen libertad de movimientos y donde todos nos considerásemos vecinos hermanados y bien avenidos a mi me parecería correcto.
Pero es que esa no es la realidad, eso no tiene nada que ver con este proceso. Este proceso tiene como origen el interés económico y el egoísmo fiscal (de la burguesía catalana fundamentalmente pero también de muchos ciudadanos individualmente), el fanatismo nacionalista que habla de invasiones de charnegos y el odio acumulado y retroalimentado entre el nacionalismo catalán y español.
Ese es el origen de todo esto, esto es lo que hay detrás de las bambalinas del proceso catalán. No es democracia, ni respecto a que los ciudadanos decidan ni interés porque nos sintamos todos más cómodos. Lo que hay es puro nacionalismo y egoísmo fiscal que es precisamente el mismo enemigo al que nos tenemos que enfrentar bajo otras apariencias cuando nos oponemos al imperialismo económico alemán. Y eso tenemos que combatirlo, eso tenemos que evitarlo con todas nuestras fuerzas porque sino vamos a la implosión de Europa en un sálvese quien pueda que acabará con la bota de Berlín y del capitalismo financiero internacional sobre nosotros para aplastarnos definitivamente.

¿Queremos decidir sobre monarquía o república? Perfecto ¿Debemos decidir sobre un nuevo modelo de estado? Perfecto, convóquense unas cortes constituyentes y vamos a ello. Pero plantear un proceso de segregación arbitrario es una locura de calibre infinito que no interesa más que a los poderes financieros de este país.
El 90% de la declaración que han firmado IU e ICV es aceptable, pero ese 10% restante que hace referencia al “derecho a decidir” es la locura más grande que puede hacer un partido de izquierdas. ¡Despierten señores de IU, que esto no son los 70! Estamos en el siglo XXI y en el neoliberalismo financiero a ver si se enteran, que estas cosas no salen gratis.
Espero que en las próximas semanas arreglen esta declaración con gestos y actos más acordes con lo que digo aquí y con los objetivos prioritarios de la izquierda. No vaya a ser que ahora UPyD sea más de izquierdas que IU y no nos hayamos enterado…

lunes, 27 de mayo de 2013

¿De qué va UPyD?


















Las redes sociales son un gran invento. Yo valoro mucho la posibilidad de tener información alternativa mediante las mismas porque se pueden conseguir noticias que no se reproducen en los medios de comunicación mayoritarios por la razón que sea. Pero también hay que conocer la otra cara de la moneda, que es que estas redes están plagadas de rumores e informaciones descontextualizadas, rebotan noticias que no son y opiniones que no se han dicho.
En mi twitter veo, por ejemplo, informaciones continuas sobre UPyD diciendo que son de extrema derecha, que no condenan el franquismo, que son centralistas, etc. Todo esto se enmarca en un ruido insoportable donde todos los partidos y los sirvientes de los mismos se dedican a la satanización de todos los demás. Los de IU no paran de llamar franquistas a los de UPyD, los de UPyD no paran de llamar totalitarios a los de IU, los de Compromís atacan a los de UPyD, los del PSPV a los de Compromís y así en todas las combinaciones de partidos que os queráis imaginar. La cuestión es mostrar la vileza de todos los demás de una forma absolutamente grotesca. Creo que sólo EQUO se salva de esta forma de relacionarse con los demás partidos, lo que los honra.
En el caso concreto de UPyD observo mucha simplificación, mucha confusión y bastante manipulación sobre lo que proponen, piensan y planean, algo potenciado por cierto oscurantismo y ocultación de la propia UPyD. Me gustaría hablar un poco de este extraño partido y de cómo veo su evolución.

¿Qué es UPyD? Pues la cuestión es que nadie lo sabe a ciencia cierta. Dicen ser progresistas y laicos, algo que es bastante abstracto y que puede incluir un amplio espectro desde el centro-derecha al centro-izquierda. Luego dicen que son transversales, algo que no quiere decir nada en sí mismo y que no parece más que una estratagema para incluir a gentes que se sientan de derechas y de izquierdas en un mismo partido. Lo mejor para saber qué es un partido es mirar su programa electoral (excepto si eres el PP) y en base al programa electoral con el que se presentó UPyD a las elecciones me atrevería a decir que es un partido de centro con una pequeña tendencia a la izquierda.
Pero eso es lo que era UPyD antes del 20 de noviembre de 2011, porque después de ese momento su discurso empieza a tomar una tendencia bastante más derechista que el defendido durante el gobierno Zapatero. Desde 2012 UPyD se esfuerza por parecer un partido institucional, “de orden”, alérgico a la movilización y reivindicación callejera, y con mucho cuidado de no violentar sentimientos primarios derechistas.
¿Por qué este cambio? Es muy sencillo, es puro electoralismo. En la legislatura anterior UPyD aspiraba a captar los votos de los desencantados con el gobierno socialista y quizá por eso marcaba más su perfil progresista. Ahora, en cambio, pasa lo contrario, quien se está desgastando es el gobierno del PP y por tanto UPyD sabe que ahora mismo su caladero de votos está en la derecha. Por eso ahora se prioriza el perfil de “orden” e institucional, con los guiños necesarios para que la gente de derechas y centro-derecha vea a UPyD como un partido fiable y votable.

Para empezar el análisis tengo que decir que UPyD tiene cosas buenas. Se le critica mucho por ejemplo haber estado en contra de la dación en pago, pero hay que reconocer que UPyD sí tiene un programa alternativo a este respecto y promueve unos arbitrajes “a la francesa” donde se busque una solución a los posibles impagos y no solo con la dación, sino también con rebajas de cuota, congelación de intereses, alquileres sociales, etc.
UPyD también defiende el contrato único sobre el que hablamos el otro día. Esto no es bueno per se (ni malo) pero al menos quiero pensar que han sido valientes al plantear un cambio tan radical. Luego puede ser que el contrato único que promuevan estos señores sea una precarización masiva, ojo, pero también podría ser la única forma de acabar con la temporalidad.
Otras cosas interesantes de UPyD es que proponen que las rentas del capital coticen dentro de la curva del IRPF, proponen un impuesto especial sobre el lujo (parecido al 4º tramo del IVA que he propuesto varias veces), una reforma del sistema electoral, eliminación de las diputaciones o la implantación de la tasa Tobin. No hace falta decir que todas esas propuestas me gustan.

Pero UPyD también tiene otra cara, bastante más oscura que esta. Hay una cosa que marca obsesivamente el discurso de UPyD y es su ataque constante a las CC.AA y al despilfarro para ellos inherente a las mismas. Cualquiera diría que quieren un estado centralizado pero ¡sorpresa! Quieren un estado federal, eso sí, con competencias como la sanidad y la educación centralizadas (lo que dejaría a las federaciones con pocas competencias).
Pero el problema no es el tipo de estado que quieren, el problema es la obsesión. El mensaje machacón parece decirles a los ciudadanos que el problema de nuestro país es el despilfarro de las administraciones públicas y eso es rotundamente falso. Si bien hay duplicidades, administraciones convertidas en agencias de colocación de afines y cierto despilfarro, esto no puede convertirse en el foco central de un discurso político porque lo único que demuestra es la ignorancia de quienes lo dicen, el vacío ideológico del partido o bien que están cayendo en la misma estrategia publicitaria de la vieja política dando mensajes simples y facilones al público para que se los crean a base de repetición.
Más cosas, ¿cuál es la política económica de UPyD? ¿Quiere bajar el IRPF? ¿A qué segmentos? ¿Quiere subir o bajar el IS? ¿Qué opina de la política monetaria del BCE? ¿Qué opina de la imposición de los recortes por parte de Alemania? Démonos cuenta que no tenemos respuesta alguna para estas preguntas. Nuestro principal problema, por encima de todos aquellos que hemos comentado, es que somos una nación satelizada. No tenemos política monetaria y estamos sometidos a las exigencias de Berlín. Pues bien UPyD no dice ni una palabra de este tema, de si necesitamos una política expansiva o de austeridad a ultranza, sobre si quieren una amplia redistribución o impuestos bajos y un estado “liberal”. Ante el silencio sólo podemos concluir que no lo saben o, lo que es peor, que no lo dicen por algún motivo.
Y yo creo que no lo dicen por un motivo muy concreto. UPyD tiene dos almas originales, una socialdemócrata de un perfil centro-izquierdista y otra “liberal”, más derechista. Ambas pueden convivir fácilmente hablando de formas de estado, de regeneración democrática o de laicismo pero pueden chocar terriblemente si se habla de impuestos o políticas monetarias. Además está llegando mucha gente proveniente de ala “liberal” del PP y eso lleva a que el partido no pueda apoyar políticas socialdemócratas como seguramente se espera de él al ser un partido progresista.

En mi opinión UPyD huele a partido inacabado. Van creando su línea política conforme van pasando los acontecimientos y, debido a su actual estrategia de captar votos de la derecha, ésta suele ser bastante decepcionante para mí.
Por ejemplo un personaje que a veces me descoloca es Carlos Martínez Gorriarán, diputado de UPyD por Madrid y el segundo del grupo parlamentario (en marcar políticas, si hablamos de montar follones el primero es mi querido Toni Cantó). Gorriarán viene de la escuela de filósofos de UPyD como Sabater y, tras una juventud comunista, ha abrazado posicionamientos bastante conservadores los últimos años. Por ejemplo le leí hace poco su opinión sobre el sistema educativo español y se mostró un claro partidario de acabar con el igualitarismo en las escuelas e ir a un sistema que promocione el talento y la excepcionalidad de los más aptos e inteligentes. A mí no me ciega nada y creo que se puede discutir sobre estas cosas pero la forma de decirlo de Gorriarán era cruda y radical y no tenía nada que envidiar a cualquier segregacionista educativo.
Por otro lado ha habido mucha polémica en los últimos tiempos con algunas de las posiciones de UPyD, muchas de ellas con Toni Cantó como protagonista. Cantó comete errores garrafales con el twitter y ha llegado a defender cosas incomprensibles sin comprobar nada. Pero hay veces que los errores no son tales. Por ejemplo, el día que defendió que los animales no tenían derechos se le criticó mucho pero tenía toda la razón: La legislación sólo reconoce derechos para los seres humanos y tan sólo se está hablando ahora de ciertos derechos “vitales” para los grandes simios. Hablar de derechos en un debate sobre si la tauromaquia era BIC era irrelevante.
Más difícil de entender fue la abstención de UPyD cuando la oposición propuso declarar el 18 de julio como día de las víctimas del franquismo. Se ha dicho en las redes sociales que UPyD no condena el franquismo pero eso es falso. Si lo condena (aunque sería de agradecer que lo hiciese sin la coletilla de “como a todas las dictaduras” que no procede al caso) pues lo que se votaba no era eso, aunque es cierto que el gesto quedó muy feo. No costaba nada votar que sí pero claro volvemos a lo de antes ¿Cuántos votos de posibles ex votantes del PP hubiese perdido? Seguro que algunos. Y en esto, desgraciadamente, les puede el proselitismo y las ganas de crecer.

UPyD no es santo de mi devoción fundamentalmente por su silencio absoluto en las grandes luchas económicas de nuestro tiempo, pero yo no lo voy a demonizar. Creo que propone cosas interesantes a nivel de regeneración democrática y otras ideas convenientes, y por eso mismo tratarlo como un apestado es una barbaridad. IU lo ve como un competidor directo y lo critica en extremo, pero creo que es un error.
El problema político principal de este país es el bipartidismo, no es UPyD. UPyD puede ser un aliado de las fuerzas de izquierda en muchas cosas, como por ejemplo para cambiar el sistema electoral o para acabar con ciertos usos y costumbres gangrenadas en nuestra democracia partitocrática. Tampoco es inmovilista, por lo que podría ayudar a modificar la constitución.
Si yo fuese el líder de un partido menor de izquierdas (IU, EQUO, etc.) intentaría llegar a acuerdos básicos con las fuerzas políticas menores para cambiar ciertas realidades de nuestra democracia. Si al final sólo se llega al acuerdo sobre cambio de la ley electoral, a eliminar las diputaciones y a modificar la ley de partidos pues algo es algo. Los partidos menores deberían hacer un pacto claro contra el bipartidismo y entender que su principal enemigo hoy es el sistema electoral. Que IU le quite votos al PSOE es bueno para UPyD y que UPyD se los quite al PP es bueno para IU. Esto no es difícil de entender pero parece que estos partidos estén atrapados en el dilema del prisionero y tomando siempre la peor decisión.

No obstante creo que UPyD tiene un gran peligro por delante. En 2015 será decisivo (sino antes) en muchos sitios y quién sabe si a nivel nacional. Y entonces puede cometer el mayor error de todos: El error de Nick Clegg.
Nick Clegg, dirigente del partido liberal-demócrata británico (que tiene muchas similitudes con UPyD) apostó a una alianza con los conservadores simplemente porque éstos le prometieron un referéndum para cambiar el sistema electoral. El referéndum fracasó y Nick Clegg, que esperaba que el cambio electoral le confirmase una representación institucional estable, se encuentra ahora con que ha hundido el voto de los Liberal demócratas que quedarán pulverizados en las próximas elecciones. Se jugó todo a la reforma electoral y fracasó.
A UPyD le puede pasar lo mismo. Como apueste por apoyar a los partidos mayoritarios simplemente a cambio de una reforma electoral puede perder todo el voto que han conseguido. No es lo mismo gobernar que estar en la oposición y aunque creo que UPyD va a huir las responsabilidades siempre que pueda no hay que descartar que repita el error de Clegg. Un sistema electoral proporcional es muy goloso para los cuadros del partido que podrían soñar así con una larga carrera institucional.

Que yo pudiese votar a UPyD es un escenario que no puedo ni imaginar ahora mismo. Pero eso es una cosa y otro es la satanización de todo lo que hacen y dicen. Será que a los españoles nos falta un poco de cultura democrática o que nos creemos en la posesión absoluta de la verdad, pero es evidente que las filias y las fobias en este país están muy extendidas.
Yo leo, analizo y observo, y no tengo prejuiciosamente en mente la crítica preventiva. De lo que he leído y me he molestado en investigar he concluido lo que aquí he explicado sobre UPyD. Espero que haya sido, por lo menos, un ejercicio interesante en medio de tanto ruido y tanto ataque ciego y sin sentido.

miércoles, 22 de mayo de 2013

La envidia como sentimiento movilizador del voto derechista
















Hoy quiero hablar de la envidia y cómo afecta ésta a los comportamientos políticos de las personas. Tradicionalmente siempre se ha defendido, desde posiciones derechistas, que la envidia era algo propio de “rojos” e izquierdistas que ansiaban tener lo que los burgueses habían conseguido.
Todos hemos oído frases como “los rojos son unos envidiosos que quieren quedarse con lo de los demás” o parecidas, típicas de cierto argumentario conservador un tanto casposo y grotesco pero que muchas veces se usa como reacción primaria a argumentos redistributivos. A pesar de lo evidentemente discutible de estas apreciaciones sí podríamos decir que el imaginario colectivo asumió que la envidia, de tener filiación política (que no la tiene), sería probablemente izquierdista.
Pero quiero rebatir este punto con una afirmación radicalmente contraria: Hoy en día, la envidia es un sentimiento primario que ayuda a las políticas derechistas y que colabora con la destrucción de los estados sociales y del bienestar.

Los que “intelectualizamos” la política tendemos a pensar que los sentimientos no influyen o no deberían influir en la política, pero nos equivocamos. El sentimentalismo es algo que está cada vez más presente en la política, quizá por contagio de la política estadounidense donde es central en las campañas electorales.
Tanto los sentimientos más complejos (optimismo, esperanza, etc) como los más primarios (envidia, rabia, egoísmo) están absolutamente presentes en los comportamientos electorales de las personas. Los partidos “de masas”, tanto de derechas como de izquierdas, han usado este sentimentalismo como mecanismo simple de captación de votos. No hay más que ver ejemplos recientes como la esperanza ante un cambio (Rajoy) o el optimismo (Zapatero) para ver que eso es así.
Apelar a sentimientos positivos o un tanto complejos está asumido en la política de masas sin embargo sentimientos más primarios y/o negativos (rabia, avaricia, envidia) también se usan de forma un tanto oculta. De forma disimulada se espolea la rabia de la población contra un rival político, se aprovecha la avaricia de la gente para “comprar” su voto o se usa la envidia para enfrentar a unos ciudadanos contra otros. De este último sentimiento quiero hablar.

He comentado que de forma tradicional la envidia se ha asociado con la izquierda ¿eso tiene algún sentido? Ideológicamente yo creo que no, pues las justificaciones de las políticas de igualdad y redistributivas están bien fundamentadas teóricamente y no necesitan de ese sentimiento para nada. Ahora, sí es posible que sentimientos como la envidia hayan llevado a muchas personas a lo largo de los años a votar a la izquierda (igual que otros sentimientos, como el egoísmo o la avaricia, han podido llevar a comportamientos electorales diferentes).
Cuando los líderes obreros de hace décadas hacían diatribas contra los burgueses y lo que acaparaban mientras los obreros vivían en condiciones pésimas hablaban de justicia, pero quizá se aprovechaban también del sentimiento primario de la envidia. El burgués o el señorito tenían una casa enorme, caballos, vehículos a motor y un tren de vida envidiable, y esto lo veían los obreros que trabajaban para él. El sentimiento de injusticia y la envidia se podían entremezclar apoyando así posturas políticas que fuesen contra esa realidad.
Pero ¿eso es aplicable al mundo actual? No, yo creo que no lo es, y no lo es porque las relaciones de propiedad y trabajo han cambiado mucho. Si existen todavía las típicas empresas con un dueño claro que vive ostentando su fortuna mientras sus trabajadores lo ven diariamente pero en la mayoría de empresas y trabajos este esquema no se cumple gracias a la enorme variedad de tipos de empresa y situaciones económicas.
Hoy en día hay empresas grandes dirigidas por ejecutivos y gestores, que si bien sí tienen sueldos mucho mayores a los trabajadores no son los dueños de la empresa. En otras grandes empresas los dueños y propietarios no tienen trato alguno con los trabajadores y no son más que señores que entran a la sede central de la empresa en un coche de cristales ahumados. En empresas más pequeñas sí se da ese contacto directo, pero hay mucha empresa pequeña en que el dueño ya no es el burgués de antaño sino un señor con dificultades para que su empresa sobreviva en el entorno global. También tenemos la administración pública, donde no hay “burgueses” dirigiendo a los trabajadores, y también podríamos hablar de las subcontratas (los trabajadores pueden no saber ni para quien están trabajando) o de otras muchas situaciones.
Lo que quiero decir con esto es que el esquema tradicional del obrero y el patrón conviviendo en el mismo ámbito (aunque por supuesto no mezclados) y sintiendo la presencia el uno del otro ya no existe de la misma manera.

En el mundo actual podemos asistir a un pulverizado de situaciones pero, sin embargo, tenemos un contacto real inexistente con algunas de ellas. Las grandes fortunas del país y los grandes empresarios son personajes que vemos por televisión pero no en vivo y la mayoría de grandes fortunas nos son desconocidas. Nuestro entorno se compone de vecinos, amigos, compañeros de trabajo y, si trabajamos en una empresa pequeña, nuestros jefes pequeños empresarios.
Este entorno representa un continuo entre la clase media (o media-alta en el mejor de los casos) y la clase baja, con las clases medias de toda naturaleza en medio. Este entorno son realmente “los nuestros”, ese 90% de la población que mejor o peor situados están en una situación subalterna respecto a los verdaderos poderes económicos de nuestro tiempo. Los “grandes burgueses” de nuestro tiempo están en otro escenario.
Quizá debido al gran pulverizado de situaciones económicas o quizá por el exceso de información sobre la vida de los demás tendemos a compararnos con la gente de nuestro entorno, como si no formásemos parte del mismo grupo social. Hace un siglo todos los trabajadores, mejor o peor pagados, sentían formar parte de una misma clase social. Hoy en día eso no pasa, el trabajador privado no siente ese tipo de camaradería con el funcionario, el funcionario siente que no es igual que el autónomo, el autónomo se ve diferente al pequeño empresario y el pequeño empresario trabajador cree que no tiene nada que ver con la señora viuda que vive de las rentas de sus propiedades inmobiliarias.
No sé hasta qué punto nos han inculcado esto pero es la realidad social actual. La gente en vez de sentir que forman parte de un grupo social siente que forma parte de diferentes “realidades sociales” y, por tanto, los vínculos de unión se minimizan y las envidias aparecen. Unos envidian la seguridad laboral de otros, los otros el sueldo de unos terceros y los terceros el prestigio social de los primeros.

Todo esto lleva a la derechización de la sociedad y, de forma más concreta, a la destrucción del estado del bienestar y a la validación de las políticas de recortes y precarización de los demás.
Cuando en 2010 el gobierno Zapatero bajó el sueldo a los funcionarios una gran parte de los asalariados del sector privado pensó “que se jodan, que tienen trabajo seguro y cobran demasiado”. La envidia al funcionario que tenía la plaza segura y que prejuiciosamente se decía que casi no trabajaba llevó a que se validase lo que era, objetivamente, un recorte social por el que se sustraía renta a la clase asalariada para dársela a las clases altas (en este caso para pagarle la deuda a los bancos alemanes). Si tuviésemos un concepto “de clase” o “de pueblo” cualquier persona perteneciente a las clases medias y populares se tendría que haber opuesto a esto intuitivamente, pero la cuestión es que no lo tenemos y por eso se validó, porque nos vemos como extraños.
Lo mismo pasa con las ayudas sociales, por ejemplo. Cuando hay alguien con una renta determinada que cobra ayudas sociales el segmento económico inmediatamente superior (que ya no tiene esas ayudas sociales por renta) tiende a pensar que esto es injusto y que esa clase se “aprovecha” de los impuestos que él paga. Existe un tipo de envidia de arriba a abajo, porque el de abajo cobra algo “sin hacer nada” y el de arriba siente que él no.
Este caso es interesante ¿por qué no piensa este señor de clase media que él paga muchos impuestos comparativamente con quien cotiza mediante el IS? ¿Por qué vuelve su envidia contra el del segmento inferior? Muy sencillo, por puro contacto. El que cotiza mediante IS normalmente es alguien desconocido, y si es conocido pasa desapercibido. Sin embargo el que recibe una ayuda social es conocido, su ayuda es pública y compartes con él la barra del bar y el colegio de los niños. Nuestra miopía nos hace concentrarnos en nuestro entorno y volcar las envidias ahí.
Si existiese un esquema socio-político claro, una distribución social de clases teórica como existía hace 50 o 100 años o unas ideas políticas populares que describiesen el esquema económico de la sociedad claramente, esto seguramente no pasaría. La envidia al prójimo sería soterrada bajo la sensación de pertenecer a un colectivo con intereses sociales parecidos. Pero hoy no existe nada de eso, quizá por el triunfo del postmodernismo, quizá porque los partidos “de masas” han usado eso de “gobernar para todos” generando una sensación de sociedad sin clases falsa o quizá por una realidad económica amplia y complicada que no nos permite hacer esquemas sencillos. O quizá por todas esas cosas juntas.

Los destructores del estado del bienestar están aprovechando hábilmente estos sentimientos de envidia. Se espolea a unos segmentos sociales y laborales contra otros, se intenta hacer ver que ciertos grupos sociales tienen privilegios inaceptables comparativamente con otros y se fomenta una competitividad entre personas que realmente no compiten entre sí.
Uno a uno se van destruyendo los pequeños privilegios de unos grupos respecto a otros. Los sueldos decentes de los trabajadores públicos se bajan ante el aplauso general, la seguridad laboral de los trabajadores privados se elimina ante los sentimientos de venganza de los funcionarios y la aceptación entusiasta de los autónomos. Las pensiones se bajan ante la aceptación de los trabajadores y la gente suele aceptar quitar las ayudas a otros siempre que piensen que ellos no van a tener que recurrir a ellas nunca.
Este es un juego que destruye a todos los implicados, pero los implicados no se dan cuenta hasta que no les toca a ellos. Las envidias producidas por una excesiva competitividad social y por una concepción del “triunfo” que consiste en estar por encima de los demás dominan la lógica de la situación y superan a la comprensión del cuadro completo de transmisión de rentas de abajo a arriba que finalmente perjudica a las propias clases bajas y medias.

Los sentimiento no deben ser el centro de la política y no deben ser usados para el ejercicio de la misma. Son las ideas las que deben ser base de la política. Sin embargo los sentimientos están ahí, influyen notablemente en nuestras percepciones políticas y probablemente influyen más cuanto menos conocimiento político tiene la persona. Obviar su existencia no es adecuado y una apelación secundaria a los mismos, siempre que sean positivos, no me parece mal.
Pero hoy en día los sentimientos más básicos son utilizados para dominar a las masas y orientarlas a la validación de una política determinada. Concretamente la envidia está siendo usada como parte de la destrucción del estado del bienestar y de este proceso de destrucción de las clases medias y populares, y creo que esto es algo que debemos tener claro para intentar combatirlo adecuadamente.

lunes, 20 de mayo de 2013

Dos años después del 15-M















Acabo de volver a leer el manifiesto a favor de las movilizaciones del 15-M que escribí hace ya dos años para la comunidad SeR. Leía con cierta pena mi esperanza de entonces y cómo pensaba que el 15-M supondría un punto de inflexión en la realidad social de nuestro país, y a pesar de que decía que no sabíamos qué evolución tendría el movimiento sí estaba convencido de que nada volvería ser igual en España.
No era el único que pensaba así ciertamente. He escuchado a gente mayor decir que el 15-M era lo mejor que le había pasado a España desde la transición y recuerdo a muchas otras personas que pensaban que del 15-M saldría una revolución al estilo de las revoluciones árabes o quizá de la islandesa.

Dos años después, ¿podemos decir que el 15-M fue un fracaso? Francamente no lo sé. Si lo que pensamos es que el 15-M debía haber iniciado una revolución política entonces no nos cabe más que decir que ha fracasado. Acampados en plaza, con una exquisitez extrema y un control absoluto para que nadie hiciese “política de partidos” ni nada violento, se perdieron en las innumerables votaciones y asambleas que organizaban para decidir cualquier cosa. Más que una revolución pacífica aquello parecía un experimento sociológico para ver las ventajas y desventajas de la democracia directa. Con la tendencia absoluta al reality show que hay en la televisión moderna no sé cómo a nadie se le ha ocurrido poner un set de cámaras en un campamento de indignados y hacer un programa con eso.
La causa de este “fracaso” estuvo fundamentalmente en la falta de un proyecto claro. Ahí había gente de todo tipo, indignados todos sí, pero con divergencias extremas en los pasos a seguir una vez la plaza estaba ocupada por las tiendas de campaña. El ideario del movimiento estaba más o menos claro, era la rebelión contra una estafa social que llevaba a la juventud y a la sociedad en general a precarización y al empobrecimiento. El trabajo para todos, la seguridad del mismo, el estado social, la posibilidad de tener una vida digna según la percepción tradicional…Todo eso había sido arrebatado de las manos de una juventud para la que parecía haber vuelto la época de la emigración. El gran acierto del movimiento fue ver que esa realidad, que quizá aún no afectaba duramente a otros segmentos de edad, iba a extenderse por todas las generaciones sin excepción.
La palabra “indignado” lució entonces con todas sus contradicciones. Lo que se rechazaba estaba claro, lo que se quería más o menos también en sus mínimos aceptables, pero el camino para llegar ahí estaba desierto. No había hoja de ruta ni manual para conseguir lo demandado, y cada vez que alguien intentaba moverse las heterogéneas asambleas y la escrupulosidad apolítica acababan paralizándolo todo.

Creo que el 15-M demostró también hasta qué punto vivíamos (y quizá aún vivimos) en una sociedad influenciada por lo políticamente correcto y por la autocensura y el miedo a las críticas. El reconocimiento mediático del 15-M fue enorme, de hecho fue la noticia de inicio de cualquier noticiero durante muchos días e incluso semanas. Las simpatías de la población y de los medios ante un movimiento “apolítico” fue casi total, fuera de cuatro casposos rellenamesas atrincherados en los últimos canales de la TDT. El gobierno no se atrevía a criticarlo (y Rubalcaba fue muy inteligente en la gestión del orden público), la oposición conservadora tampoco porque pensaba que le beneficiaba y los partidos pequeños lo ensalzaban. Había una unanimidad en el halago que finalmente se demostró dañina.
Ante esta situación el movimiento creyó que debían mantenerse en lo que estaban haciendo porque cualquier movimiento en falso podría representar perder el apoyo de una parte de la población. En vez de aprovechar la enorme simpatía creada para avanzar hacia acciones más contundentes y útiles, el movimiento se petrificó en el discurso y en la pacífica reclamación buenrrollista. Y se petrificó también porque continuamente les llegaban interesados mensajes emitidos por políticos y medios de comunicación en que se les decía que si hacían tal o cual cosa se demostraría que eran “cachorros del PSOE” o “cachorros del PP” o “cachorros de IU” o “violentos” o “antisistema” o “vagos” o cualquier otra cosa.
Al final, en vez de ser un movimiento reivindicativo y casi revolucionario se convirtieron en la mujer del César. Había que ser honrados pero sobretodo parecerlo, y en este contexto había que predicar con una vida pulcra y de neutralidad absoluta. No podían apoyar a ningún partido ni ninguna propuesta de ningún partido, no podían intentar mezclarse con la democracia representativa porque si no les iban a caer ataques por todos lados, no podían hacer nada que sonase mínimamente violento ni que molestase a la vida del ciudadano, no podían hacer más cosas que fuesen contra el orden público, no podían parecer vagos que estaban ahí porque no buscaban trabajo, no podían…nada. Cada una de las potenciales decisiones, que debían ser tomadas en asamblea, creaba problemas para la positiva imagen del movimiento y por lo tanto no se tomó ninguna. Cada una de las personas que alzaba la voz en las asambleas estaba influenciada por estos mismos discursos que les exigían esa neutralidad y pulcritud, y el movimiento murió entre discusiones infinitas y ganas de ser simpático.
Las revoluciones nunca son apoyadas unánimemente. Se dice que Gandhi hizo la revolución perfecta, sin violencia y en base a la razón y la convicción pero eso no fue así. Gandhi, como todos los revolucionarios, fue criminalizado por las autoridades contra las que luchaba y por parte de sus paisanos y no tuvo en su lucha ni mucho menos la simpatía generalizada que hoy parece que tuvo. No hay un solo revolucionario a quien el poder no haya calificado de violento, terrorista, malvado y agitador, y no lo va a haber. Quien quiera contar con la simpatía del 100% de la población en una lucha de cambio radical puede olvidarse de eso porque lucha contra un poder establecido que se va a defender con uñas y dientes para mantener sus prerrogativas y parte de esa defensa va a ser la criminalización del adversario.

A pesar de este “fracaso” del movimiento en sus objetivos tampoco podemos olvidarnos de sus éxitos, que lo hubo. El movimiento de indignados se ha extendido por todo el mundo, desde Israel hasta EE.UU, aunque con menos incidencia mediática que aquí. La juventud de todo el mundo tomó por algún tiempo la referencia del 15-M como mecanismo para protestar ante el mismo proceso de degeneración de las expectativas vitales que tenemos aquí.
Pero quizá lo más exitoso han sido los “hijos” del 15-M. Digo “hijos” pero realmente no son hijos, son plataformas y movimientos paralelos al 15-M que se vieron posteriormente beneficiados por esa semilla de indignación que el 15-M y sus movimientos hermanos habían plantado. Puede ser que el movimiento fracasase, pero también es verdad que han dejado un vacío y una sensación de cambio necesario o de revolución aplazada, y ese vacío lo han ocupado otros grupos.
En España el caso más exitoso puede ser la Plataforma de afectados por la hipoteca, que ha conseguido parar centenares de desahucios y generar un estado de ánimo en la ciudadanía sobre la necesidad de cambiar las leyes hipotecarias. La PAH no ha cometido el mismo error que el 15-M, es decir, sí se ha atrevido a hacer más cosas y a desafiar al orden público con los escraches. El gobierno, por supuesto, los ha criminalizado, pero ellos no se han dejado amedrentar. Bien dirigidos por Ada Colau y otras personalidades menos conocidas han sabido que de nada vale la unanimidad en el aplauso si al final no consigues nada tangible y están priorizando los objetivos sobe las simpatías populares. El gobierno los está comparando con Nazis y con la ETA pero las simpatías sociales de la plataforma no se están viendo excesivamente afectadas.
Otro grupo que creo que tiene bastante que ver con el espíritu del 15-M es el Movimiento 5 estrellas de Beppe Grillo. Grillo ha dicho muchas veces que ellos parten del mismo punto que el 15-M pero que han sabido avanzar más y entrar en el camino de la democracia representativa. Están tocando el terreno del poder y por eso las críticas son cada vez mayores, pero un histriónico como Grillo no se va a amedrentar por eso (de hecho este tipo de personalidades disfrutan siendo el centro de atención, así que las criticas de sus adversarios son contraproducentes). El M5E ha tenido un gran éxito en Italia y parece que va a intentar aplicar los principios de democracia directa en la política italiana. Ya veremos cómo les sale.

Personalmente tengo la sensación de que el país no estaba aún maduro para un 15-M verdaderamente revolucionario. En ese momento ya llevábamos tres años de crisis y hacía uno de aquel famoso Mayo de 2010 donde nos dimos cuenta que nuestro país ya no era soberano sino un protectorado alemán.
Al ver a la izquierda del sistema (PSOE) hacer la misma política de la derecha sin solución mucha gente entendió que el país estaba condenado de seguir con este sistema y esta realidad política. Pero eso, que lo vieron (vimos) una avanzadilla de gente informada y perspicaz, no era todavía la sensación mayoritaria de la población en aquel momento. Había mucha gente entonces que cándidamente pensaba que un gobierno del PP mejoraría las cosas o que la responsabilidad de la crisis era realmente de Zapatero.
Dos años después estamos con casi millón y medio más de parados, con un estado del bienestar más fracturado y parcialmente rescatados por la UE después de la ayuda bancaria. El PP gobierna casi todas las CC.AA desde hace dos años y el gobierno central desde hace año y medio, y la realidad económica del país lejos de mejorar está sustancialmente peor. Los casos de corrupción se multiplican a ritmo vertiginoso y ya alcanzan a todos los partidos y regiones con especial incidencia del partido del gobierno, que hemos descubierto inserto en corrupción y prácticas ilegales durante las últimas dos décadas.
¿Cómo hubiese recibido el país un movimiento como el 15-M ahora mismo? Tengo la sensación de que las cosas hubiesen sido sustancialmente diferentes. Para empezar el actual gobierno lo hubiese criminalizado, pues por alguna incomprensible razón estos gobernantes no cuentan con la maquiavélica inteligencia de Rubalcaba. Además, creo que el país no está ahora mismo para gaitas buenrrollistas y quiere “guerra”, así que un movimiento de este tipo no se hubiese acabado en acampadas y reivindicaciones y hubiese evolucionado hacia una desobediencia civil mucho más activa, quizá con acciones parecidas a las de la PAH pero más generales.

La historia es muy difícil de valorar cuando estás inserto en ella. Depende lo que suceda y quienes sean los vencedores éstos escribirán la historia atendiendo a sus intereses, mientras que los derrotados escribirán una contra-historia quizá con ciertas dosis de irreal épica.
Hoy por hoy no podemos saber cómo tratará la historia a las reivindicaciones del 15-M ¿serán algo puntual, un folclorismo de la historia? ¿Serán consideradas como el primer aviso, el primer episodio de una lucha social por regenerar las secuestradas democracias de principio del siglo XXI y que luego resultó exitosa? ¿O contarán que fue el fracaso de las reivindicaciones pacíficas y basadas en la palabra y que demostraron que el cambio sólo podía venir por una revolución violenta? Francamente no lo sé, pero no sabéis cuanto deseo que sea la segunda, fundamentalmente para que así no sea la primera y tampoco tengamos que llegar a la tercera.

miércoles, 15 de mayo de 2013

Consideraciones sobre el contrato único
















El Comisario de empleo europeo propuso el otro día un tipo de “contrato único flexible” para España. Esta propuesta, absolutamente ambigua, ha provocado el rechazo de los tres grandes partidos españoles (PP. PSOE e IU), de la patronal y de los sindicatos.
Es la primera vez que algo así cuenta con la unanimidad, esta vez en el rechazo, de los grandes partidos y los agentes sociales. Tan sólo UPyD ha defendido la propuesta, coherentemente porque lo llevó en su programa electoral. Algo que se rechaza de esta manera unánime se supone que debe ser muy malo pero ¿realmente lo es? ¿Tan malo es el contrato único? ¿Por qué lo rechaza casi todo el mundo?
Vamos a hacer de nuevo otro ejercicio de análisis para escapar de planteamientos maniqueos.

¿Qué es el contrato único? Pues el contrato único puede ser una infinidad de cosas con sentidos absolutamente contrarios. Nada tiene que ver un contrato único con indemnizaciones por despido ridículas, que sería una medida neoliberal absoluta, con un contrato único de alta protección contra el despido, que sería una medida muy proteccionista con los trabajadores y de sentido político contrario. Así pues hablar abstractamente de contrato único no quiere decir nada de por sí.
Sin embargo cuando se habla de contrato único en España se suele hacer referencia a un contrato único de indemnización creciente, es decir, un contrato cuya rescisión supusiese un coste mayor para la empresa (en días por año trabajado) conforme más tiempo lleve el trabajador en la misma. La idea básica que subyace detrás de esta idea es acabar con la excesiva dualidad de un mercado de trabajo con unos contratos temporales absolutamente precarios y unos indefinidos con alta protección frente al despido.
Hace 4 años el grupo de los 100 (cien economistas prestigiosos, de perfil ideológico más bien ortodoxo pero no neoliberal) hizo una propuesta de contrato único de indemnización creciente. La idea no estaba cerrada pero si atendemos a los cálculos que ellos mismos hicieron la propuesta base para el cálculo contemplaba una indemnización por despido de 12 días por año trabajado para quienes estuviesen en el primer año de contrato, 15 días por año para los de 2º año de contrato, 20 para el 3º año, 25 para el 4º y 36 días a partir del 5º año.
Esto se combinaba con la eliminación de la mayor parte de los contratos temporales así que un trabajador que fuese despedido dentro del primer año sería despedido con 12 días por año trabajado, que es más de los 8 días del contrato actual y sobre todo más que el despido por finalización de contrato que es lo habitual en estos casos. Los trabajadores antiguos tendrían una indemnización de 36 días por año trabajado, que era menor de lo vigente entonces (45 días) pero mayor que lo vigente actualmente (33).

En ese momento aún no se habían dado las dos últimas reformas laborales por lo que la indemización por despido de 45 días era lo habitual. Esta propuesta bajaba la protección social de los indefinidos pero aumentaba la de los temporales, quedándose en un término medio. En ese momento la reforma podía ser discutible, porque representaba bajarle la protección a muchos millones de trabajadores, aunque tenía cosas positivas como la eliminación de tanto contrato temporal que es el cáncer de nuestro mercado laboral.
Pero si comparamos la propuesta con la realidad actual tenemos que decir que es mucho más protectora para el trabajador que lo vigente actualmente. Ahora mismo el despido improcedente se indemniza con 33 días por año trabajado, menos que la propuesta del grupo de los 100, pero realmente la mayoría de despidos se están llevando a cabo por causas objetivas gracias a la última reforma laboral que da un amplio abanico de posibilidades para justificar despidos procedentes, y estos son de 20 días por año trabajado, más o menos como un trabajador de tercer año en la propuesta de contrato único. Entendamos que con despido procedente seguramente la indemnización sería menor en la estándar de la propuesta del grupo de los 100, pero tan sólo con que se evitase tanto abuso y tanta permisividad con el despido procedente creo que ya sería mucho más protectora para el asalariado que la realidad actual.
¿Es mejor para los trabajadores, pues, el contrato único que la realidad vigente actualmente? El contrato único propuesto en 2009 por el grupo de los 100 sí, sería mucho mejor, pero esto es sólo un formato de contrato único. De hecho hay otro formato de contrato único que he visto por ahí que empezaría con 12 días por año trabajado (igual que en ésta) y que aumentaría en 3 días por año cada año trabajado. Es decir, la secuencia seria 12 días, 15 días, 18 días, 21 días, 24 días, 27 días, 30 días y 33 días a partir del 7º año, que sería el máximo como actualmente. En este caso se tardarían 7 años en obtener la protección que tiene un contrato indefinido actualmente y, si no se limitasen las causas de despido procedente, es muy discutible que esto mejorase la protección del trabajador en general.
La única ventaja que tendría este contrato único de 3 días más por año es que desaparecería ese “gap” entre contratos temporales y fijos y es de suponer que las empresas no despedirían a los trabajadores porque su indemnización subiese mucho en un punto determinado, como sí pasaba hasta ahora cuando había que convertir un contrato temporal en indefinido. Pero ¿eso es suficiente para defender este modelo? Yo creo que no pero puntualizo mi negativa: No si hablamos SÓLO de esta medida sin otras medidas complementarias adicionales.

Las medidas complementarias son, pues, el quid de la cuestión. Nosotros tenemos unas altas indemnizaciones por despido porque tenemos un débil estado del bienestar. Tenemos prestaciones contributivas por desempleo, sí, pero en el momento que éstas se acaban tenemos unos subsidios condicionados y muy bajos (400-450 euros/mes). No tenemos ayudas suficientes para el alquiler, para la calefacción o para gastos necesarios como sí tienen otros países de Europa.
Esta es la razón por la que la protección al trabajador se consigue asegurándonos que, si es despedido, cobrará una alta indemnización que le ayudará a sobrevivir hasta que encuentre un nuevo empleo. Si tuviésemos un sistema de ayudas fuerte como sí tienen en el centro y norte de Europa no necesitaríamos tanta indemnización por despido, pero es que no lo tenemos. ¿Y sabéis por qué no lo tenemos? Porque teníamos tradicionalmente una relativamente baja presión fiscal.
Y esa es la clave, ¿queremos avanzar a un sistema con menores indemnizaciones por despido? Bien, pero entonces aumentemos las prestaciones y ayudas a los parados y entonces el cambio de sistema será defendible y conveniente. Ahora, aquí hay un punto clave: Si queremos esto, si las empresas quieren pagar menos por despido, entonces tendrán que pagar MÁS IMPUESTOS para sostener este sistema de protección.
Técnicamente la situación que teníamos es que la empresa tenga altos costes cuando tiene que despedir (por indemnizaciones), pero bajos cuando no despide (porque la presión fiscal era baja comparativamente con otros países europeos). Es decir, mucho beneficio cuando las cosas van bien y mucha carga económica cuando van mal. ¿Era esto razonable? No, no lo era, era un contrasentido.

Pero resulta que ahora estamos en 2013 y por los problemas de las empresas al despedir se han hecho dos reformas laborales que han llevado a que la protección del trabajador indefinido sea ridícula comparada con la de hace 3 años. Y los trabajadores temporales tienen incluso menos protección que entonces también, gracias a ese “contrato de emprendedores” que no es más que un contrato temporal de despido gratis encubierto.
Y es por eso que la propuesta del grupo de 100 nos puede parecer prácticamente “socialista” ahora mismo. Se ha reducido tanto la protección al trabajador que la propuesta de “término medio” de 2009 hoy en día mejoraría la protección de la práctica totalidad de asalariados.
No creo que haga falta decir que la patronal rechazaría en plano una propuesta como la de los 100. Es más, ha rechazado preventivamente incluso una propuesta que se intuía como muy beneficiosa para ellos como la del contrato único con tres días más por año trabajado. ¿Y sabéis por qué? Porque nuestra patronal, con su concepto de los negocios cortoplacista, lo único que quiere es tener la menor indemnización por despido posible y lo que se la da es la amplísima gama de contratos temporales que les permiten, con pequeñas trampas, despedir casi gratis. ¿Cómo van a aceptar despedir con 12 días por año si están despidiendo gratis? Va contra sus intereses.
Para despedir casi gratis tienen que pagar un coste: La amplia rotación de plantillas y el tener que prescindir de trabajadores muy productivos y/o cualificados. Pero a nuestras empresas de forma mayoritaria esto les importa un bledo porque desgraciadamente su conceptualización de negocio es miope, alérgica al riesgo y se fundamenta en el bajo coste y en la precariedad.

Los defensores del contrato único dice que éste disminuiría las tasas de paro en España porque, de alguna manera, cambiaría la “mentalidad” y las prácticas de las empresas de contratar precario y prescindir de la productividad. Con un contrato así se fijarían más en los factores de productividad y menos en el coste del despido, dicen sus defensores.
Pero me temo que se equivocan. La “mentalidad” del empresariado no se cambia con una ley que les de nuevas posibilidades, así no van a cambiar en la vida. No cambiaríamos las prácticas empresariales hasta la llegada de una nueva generación de empresarios, y no creo que el país pueda estar 20 años esperando a que nuestros benevolentes empresarios pertenezcan a una generación más preparada.
Desgraciadamente debemos ser realistas y entender cómo funcionan las cosas. Si se quiere reorientar el trabajo, la productividad y las formas de contratación eso no se hará con leyes benevolentes que den a las empresas posibilidades, se tendrá que hacer con leyes restrictivas que obliguen a las empresas a actuar de una determinada manera. Para eso vale la política económica, para reorientar la economía en dirección contraria a lo que serían sus tendencias normales mediante la imposición legal.

Ah! Por cierto, quiero hacer notar una cosa. Cuando el grupo de los 100 hizo esa propuesta teníamos menos de 4 millones de parados (ahora hay más de 6 millones) y se dijo que con ese contrato se crearía empleo gracias a la “flexibilidad” que creaba. Hoy en día tenemos una flexibilidad para la empresa mayor que la de aquella propuesta, pero tenemos 2 millones de parados más. Creo que es conveniente tener esto en cuenta para no creerse cantos de sirena.
La causa de la destrucción de empleo neto no es, pues, que el despido sea caro, es la demanda interna y la poca competitividad de nuestras exportaciones. Y si en este momento de ciclo económico recesivo abaratas el despido lo único que consigues es más parados. Esta lección, absolutamente evidente, no debería ser desconocida por nadie y cuando un gobierno legisla en esta dirección en plena recesión es a sabiendas que va a crear más parados (la alternativa es que sean imbéciles), como ha hecho este gobierno para favorecer la devaluación interna por mucho que mienta diciendo lo contrario.
Medidas para abaratar el despido creo que son inconvenientes siempre, pero lo que es seguro es que son absolutamente estúpidas en plena recesión. Así pues si se opta por un contrato único este debe ser “hacia arriba”, es decir, tendiendo a aumentar las indemnizaciones medias y no lo contrario, especialmente ahora. Cuando se salga de la recesión quizá sí se pueda reducir las indemnizaciones medias cambiándolas por más presión impositiva a las empresas para generar mayores servicios y ayudas a los desempleados.

El contrato único es, pues, una idea que no se debe desechar, pero que hay que “convertir” en algo adecuado para el país. La actitud de los agentes sociales y partidos me ha parecido, pues, absolutamente infantil y en parte irresponsable.
La patronal ya sabemos que quiere contratos temporales y por eso se opone a un contrato único que no sea precarizador de todos los trabajadores. Los sindicatos, en cambio, se oponen porque creen que la indemnización de los trabajadores indefinidos veteranos disminuiría, y al ser esos sus principales afiliados ha querido defender sus intereses (a pesar de que pueda perjudicar a muchos trabajadores temporales). Quizá también se opongan porque saben que todo lo que viene de Europa va en contra de los intereses de los trabajadores.
Y los partidos se han situado como se han situado por el cordón umbilical que mantienen con los agentes sociales. El PP no ha contemplado esto porque la patronal no quiere, IU porque no quieren los sindicatos y el PSOE porque no quiere ninguno de los agentes sociales. Desgraciadamente creo que esto es lo que explica las reacciones un tanto compulsivas de los políticos, nada más.


En definitiva, el contrato único es un concepto ambiguo y amplio que puede significar varias cosas. Personalmente soy muy escéptico con sus efectos en la reducción del desempleo porque el problema principal del país es otro, pero desecharlo de primeras no es una opción inteligente. La dualidad del mercado laboral español es excesiva y creo que el camino que lleva es de precarizar a todo el mundo, así que debemos empezar a pensar en reformarlo radicalmente.
Hay modalidades del contrato único que son mejores que la realidad vigente, hay modelos de contratación y de estado social que son mucho mejores que lo que tenemos ahora. Negarse a la discusión en base a tópicos y a atrincheramientos no tiene ningún sentido, sobre todo para aquellos que defienden a las clases medias y populares y que deberían estar viendo que por este camino sí que vamos al contrato único en su forma más radical: Al despido gratuito.

lunes, 13 de mayo de 2013

¿Subir impuestos es de izquierdas?


















Hace unos días leí un escrito del ex ministro de industria Miguel Sebastián que decía que el peor error de Rajoy había sido subir el IRPF y que Rubalcaba no había sido listo en el debate sobre el estado de la nación al no remarcar más este hecho. Sebastián, además, incidió mucho de forma abstracta en aquella idea que Zapatero dijo hace muchos años de que “bajar impuestos es de izquierdas”.
Unos días después el mismo Miguel Sebastián estuvo en el programa de La Sexta Al Rojo Vivo donde insistió en aquella idea matizándola esta vez con un “puede” ser de izquierdas. Ante la estupefacción de algunos presentes justificó su posición en documentos históricos del ideario socialista del siglo XIX donde se hablaba de eliminar “todos los impuestos que injustamente paga la clase obrera”.

Recuerdo como aquel “bajar impuestos es de izquierdas” ya causó mucha polémica cuando fue dicho, a mediados de la década pasada. Los ortodoxos de izquierda lo consideraron algo herético y muy del gusto de ese social-liberalismo inaugurado por Tony Blair. Cuando la crisis llegó muchos le restregaron por la cara a Zapatero aquella frase y justificaron los males económicos en políticas económicas presuntamente derechistas como pudo ser aquella.
Pero ¿tenía razón Zapatero (y por extensión Sebastián)? ¿Realmente bajar impuestos es de izquierdas? ¿O es de derechas y subirlos es de izquierdas? ¿O dependerá del tipo de impuestos que subas o bajes? Me gustaría que razonásemos sobre este tema porque me parece que hay mucho discurso maniqueo alrededor de los impuestos que debemos de erradicar.

Para empezar nos debemos hacer una pregunta ¿Qué objetivos tienen los impuestos? El objetivo fundamental de los impuestos es poder pagar los gastos y necesidades colectivas que gestionan las administraciones públicas. Los impuestos siempre han existido, antaño se cargaban sobre las clases no privilegiadas y servían para mantener la monarquía, su estructura clasista y su ejército fundamentalmente. Las guerras eran la principal causa de aumento de la presión impositiva y era el campesinado, los trabajadores urbanos y la incipiente burguesía quienes pagaban íntegramente estos impuestos.
Pero con las revoluciones liberales y democráticas los impuestos se comenzaron a cobrar a todo el mundo y, adicionalmente, se comenzaron a usar para muchas más cosas: Infraestructuras, obra pública, programas sociales y, más recientemente cuando se desarrollaron los estados del bienestar, para pagar sanidad, educación, pensiones, subsidios de desempleo y otras muchas políticas públicas.
El estado del bienestar y el aumento de la presión impositiva que se vivió después de la II guerra mundial de forma generalizada no es un capricho sino que tiene un objetivo muy específico. Los impuestos y el estado del bienestar (pagado por esa recaudación) tienen una función eminentemente redistributiva. Gracias al estado del bienestar y a los servicios públicos muchos ciudadanos que no podrían acceder a esas prestaciones por sí mismos pueden hacerlo pagando, para ello, una cantidad baja de impuestos.
La proporcionalidad y, sobre todo, la progresividad del sistema impositivo busca ese objetivo. Quien tiene mucho pagará bastantes impuestos y en cambio recibirá comparativamente poco del estado del bienestar. Quien tiene poco pagará pocos impuestos y recibirá de ese estado del bienestar más de lo que contribuye a él. Se establece, pues, una redistribución de renta entre los que más tienen y los que menos a favor de los segundos, con un objetivo igualitario.

Esta progresividad no es un capricho del legislador ni una usurpación inaceptable como algunos interesados pretenden vendernos ahora. En su momento se entendió que la distribución de la renta de forma primaria (es decir, los beneficios económicos que se consiguen a través del capital y el trabajo) estaba injustamente distribuida. Una empresa cuando tiene beneficios (que es el objetivo natural de la empresa en el sistema capitalista) está generando unas plusvalías. La empresa está compuesta por dueños, directivos y trabajadores y los beneficios se consiguen gracias al trabajo colectivo de todos, sin embargo luego los trabajadores se llevan una parte probablemente más pequeña de lo que justamente les correspondería, y los dueños una parte mayor de su aportación a la empresa colectiva.
Aún teniendo en cuenta el concepto de riesgo empresarial y entendiendo que este debe ser compensado económicamente con una parte de los beneficios, la distribución de renta sigue siendo injusta. Por eso los políticos moderados, progresistas e izquierdistas vieron en el sistema del estado del bienestar un vehículo redistributivo para paliar esta injusta distribución primaria de los beneficios producidos.
Ojo, este es un esquema general que se daba en aquellos momentos de forma generalizada. Sé que es difícil valorar qué distribución de renta es justa pero lo que es evidente es que en un momento donde los trabajadores vivían hacinados y los patronos con todos los lujos, cuando todos obtenían su renta de la misma fábrica o explotación, esa distribución era absolutamente injusta e indefendible éticamente. También sé que hay empresarios que se arruinan tomado riesgos y un montón de excepciones a este esquema general, pero eso se debe a multitud de factores adicionales que ya hemos comentado y lo que no debemos perder de vista es que el esquema general del capitalismo es el que comento aquí.

Es conveniente entender la naturaleza de los impuestos para poder hacernos la pregunta inicial. ¿Es de izquierdas subir impuestos? Teniendo en cuenta que el objetivo fundamental de la política social e impositiva es redistribuir la renta no nos cabe más que responder que depende. Depende del impuesto y de su objetivo la subida será de izquierdas o al revés.
Técnicamente tenemos tres tipos de impuestos: Tenemos las tasas (que pagaría cada ciudadano en la misma proporción), los impuestos “planos” (es decir, que tienen el mismo porcentaje para todo el mundo pero que provocan contribuciones diferentes dependiendo la persona) y los impuestos progresivos (que aplican porcentajes diferentes en función de la renta, siendo mayores para quienes más renta tienen). Una tasa municipal que pagasen todos los vecinos de un pueblo y que tuviese la misma cantidad para todos sería el típico ejemplo de una tasa. Un ejemplo de impuesto plano sería el IVA “normal” (del 21%), que todo el mundo lo paga en la misma proporción pero que, sin embargo, genera más recaudación de quienes más consumen por lo que algunos ciudadanos pagan mucho más IVA que otros. Y finalmente un impuesto progresivo sería el IRPF, que tiene porcentajes ascendentes según aumenta la renta. Los impuestos regresivos (que pague menos porcentaje quien más tenga) oficialmente no existen aunque hay ciertas realidades fiscales que llevan a una regresividad de facto en el sistema impositivo.
Bajo este esquema podríamos decir que una tasa es un impuesto que va contra la distribución de renta, pues si todos pagan el mismo importe no se redistribuye renta. Por tanto bajar una tasa sí sería una política de izquierdas a nivel redistributivo (siempre que el objetivo de la misma acompañe) o, en el peor de los casos, "neutra".
¿Y un impuesto plano? Pues en este caso no está tan claro. Podríamos pensar que un impuesto plano, al no ser progresivo, sería un impuesto cuya bajada es propia de una política de derechas. Pero esto no sería así si hablásemos de un impuesto plano que gravase solo a cierto tipo de productos que solo comprase la “clase baja”. ¿Sería de izquierdas bajar el IVA super-reducido? Yo creo que sí, porque favorecería a la gente más humilde. ¿Y su hablásemos de un IVA sobre el lujo? Pues entonces el criterio sería diferente, en ese caso la bajada sí podría corresponderse con una política derechista, porque va contra la redistribución. Hay que tener en cuenta que estos impuestos sobre el consumo se pueden “progresivizar” usando distintos tipos para distintos productos y de ahí mi propuesta de "progresivizarlo" aún más añadiendo un cuarto tipo de IVA para el lujo. Además de “progresivizarse” pueden también afectar sectorialmente a unos grupos u otros, bien porque tengan propiedades, actividades económicas o lo que sea.
Y finalmente ¿es de izquierdas bajar un impuesto progresivo? Pues bajarlo “todo” no, sería más bien una política de derechas al estar bajando un impuesto que redistribuye, pero el propio hecho de ser progresivo te da multitud de posibilidades. Se puede bajar el IRPF máximo o bien se puede dejar como está y bajar los tramos mínimos, y estos movimientos serían absolutamente distintos en su naturaleza. Yo creo que hay que bajar los tramos mínimos del IRPF pero eso no quiere decir que tenga la misma opinión de los máximos. Bajar o subir un impuesto progresivo, sin especificar exactamente qué tramos vas a bajar o subir, no implica nada de por sí.

Así pues me gustaría eliminar estas falsas igualdades de que subir de impuestos es de izquierdas y bajarlos es de derechas, y por la misma razón igual de falsa es la frase de Zapatero de que bajar impuestos es de izquierdas. Bajar impuestos puede ser de izquierdas o de derechas, depende del impuesto, de su naturaleza y de a quién aplique.
Insisto muchas veces en este punto pero creo que es importante: Hay que erradicar la dicotomía de nuestras mentes y analizar cada uno de los casos y de las situaciones. Lo importante es la igualdad y, en un mundo en que cada vez se concentra más la renta entre los poderosos, que los impuestos sean redistributivos. Si las realidades impositivas acaban atentando contra la redistribución o incluso siendo regresivas entonces esos impuestos no nos valen y no tienen sentido mantenerlos.

miércoles, 8 de mayo de 2013

Reorientación de las propuestas económicas en el futuro inmediato














Creo que es una percepción generalizada que las diferencias entre partidos en el terreno de la economía han sido mínimas hasta ahora. Las diferencias ideológicas se reducían a debates sobre el aborto, el matrimonio homosexual o la memoria histórica, sin embargo al hablar de política económica los grandes partidos a nivel nacional y autonómico actuaban de forma muy similar. Las diferencias se centraban en subvencionar unas cosas u otras o en priorizar un impuesto sobre otro, poca cosa más.
El camino de la servidumbre que iniciamos en mayo de 2010 con las primeras medidas del austericidio llevó a que estas diferencias directamente desapareciesen. Los grandes partidos (PP, PSOE, CiU) fueron técnicamente el mismo en lo que a política económica se refiere. Sin embargo creo que esto va a empezar a cambiar en un futuro a corto plazo, tanto porque los partidos tradicionales se están hundiendo con el consiguiente crecimiento de partidos con un discurso alternativo como por el hecho de que hemos llegado a un convencimiento mayoritario de que por este camino sólo vamos al desastre.

En mi opinión creo que se van a proponer cuatro caminos económicos distintos que van a reorientar la propia realidad política de nuestro país. Los partidos mayoritarios (PP y PSOE fundamentalmente) preveo que acabarán quebrados por el posicionamiento de sus miembros en alguna de estas vías, y posiblemente también los partidos ascendentes verán su crecimiento condicionado a su posición en este campo.
Básicamente, creo que estos van a ser los cuatro proyectos económicos que nos vamos a encontrar en el mercado político en muy breve plazo:

- Liberalismo anti-estado: Hoy por hoy estamos observando cómo se está recortando el estado del bienestar por todas partes y sin embargo y aunque no lo parezca esto sabe a poco a mucha gente. Los gobiernos actuales, conservadores o social-demócratas, están degradando progresivamente nuestros sistemas de protección pero siempre manteniendo unos mínimos para evitar un estallido social y/o la extensión de la pobreza de forma generalizada.
Pues bien, no tardarán en salir quienes desde posiciones liberales antiestatalistas propongan, directamente, descuartizar los sistemas públicos de protección y reducir el estado a un mínimo imprescindible. Las propuestas que traerán serán privatizar la sanidad y la educación, capitalizar las pensiones públicas a través de empresas privadas, cambiar los sistemas de desempleo por seguros privados, etc. Estas propuestas serán directamente homologables a las propuestas “libertarían” de los EE.UU, quizá con un sesgo más conservador al estar en Europa.
Desde un punto de vista macroeconómico se mantendrá la contención de la inflación como principal política, se dejarán quebrar empresas y quizá bancos independientemente de las consecuencias y la contención del déficit público será sagrado. No se pondrá en duda la pertenencia al euro.
¿Quién apoyará estas propuestas? Pues lo que se llama el sector “liberal” del PP (Aguirre, etc.), la prensa panfletaria “liberal” (Libertad digital, intereconomía, etc.) y quizá mucha gente situada hoy en discursos de “responsabilidad individual absoluta” o “contra los políticos”, muchos de los cuales orbitan alrededor de UPyD y otros grupos.

- Partidarios de los “estímulos”: Hay una convicción generalizada en la política del sur de Europa de que sin estímulos económicos organizados por los poderes públicos no salimos de la crisis, al más puro estilo keynesiano tradicional. En países como el nuestro estos estímulos están erradicados al estar sometidos a la dictadura de la austeridad pero no paramos de ver gente que propone que el BCE intervenga con una política expansiva, que se hagan planes públicos de inversión, etc.
Los partidarios de los estímulos querrán buscar la inversión pública para reactivar la economía, combinada o no con políticas menos agresivas de austeridad. Buscarán que el BCE actúe como la FED americana y cambie su política monetaria para estimular la demanda y reducir el paro. No temerán a la inflación y posiblemente busquen una devaluación competitiva del euro. Respecto al estado del bienestar querrán mantener los mínimos del sistema (educación y sanidad pública, pensiones y prestaciones por desempleo gestionadas por el estado).
¿Quién defenderá esta política? Pues tanto el sector menos radical del PP actual como el sector más “moderado” del PSOE, y seguramente también la mayoría socialdemócrata de UPyD. Creo que un claro ejemplo del germen de esto es la conferencia que dieron el otro día el presidente extremeño Monago y el expresidente español Felipe González. Ambos parecían estar en perfecta sintonía, hablando de pactos, de la prioridad que supone el desempleo, de que hay que estimular la economía, etc.

- Defensores de una política estatalista y nacionalizadora: Mucha gente interpreta esta crisis como el colapso del capitalismo o más concretamente del “neoliberalismo”, a causa de una desregulación financiera que llevó a la crisis de deuda. Para esta gente el capitalismo ha demostrado su faceta destructiva cuando se le ha dejado libre e interpretan que el antídoto contra estos excesos es el estado y que éste controle la economía desde los poderes públicos.
Así pues este grupo pedirá la nacionalización de la banca, de los recursos naturales (de haberlos) y de las empresas esenciales, promoviendo en el resto de áreas regulaciones sectoriales que limiten las oscilaciones del mercado. Se querrá aplicar una política fuertemente redistributiva desde las administraciones públicas con elevados impuestos. Los servicios públicos no sólo se mantendrán sino que se ampliarán en áreas que ahora mismo no funcionan, limitando la competencia privada en esas áreas. La política monetaria buscada será expansiva y muy probablemente defenderán que países como España salgan del euro y vuelvan a emitir su propia moneda.
Quienes defenderán esta vía serán básicamente aquellos que provengan del marxismo y quienes hayan llegado a la conclusión de que el capitalismo neoliberal ha fracasado. La mayoría de gente que viene de IU se juntará aquí con muchos desencantados del PSOE para buscar una política quizá más post-keynesiana que marxista.

- Economía del bien común y “nueva vía”: Estas tres posturas anteriores, conocidas por todos, no serán las únicas que estarán presentes. Toda nueva crisis lleva al nacimiento de nuevas propuestas y este caso no será una excepción.
Hoy día aún nos falta un proyecto económico integral que cambie aquello que ha fallado en los últimos años, aunque sí que hay teorías y ciertas evoluciones que enfrentan parcialmente problemas de la crisis actual. Entre estas está la llamada “economía del bien común” que pretende reorientar la actividad privada y el emprendimiento (manteniendo la economía privada y sin que el estado se haga cargo de los medios de producción) en función de valores sociales diferentes al enriquecimiento rápido. También hay otras propuestas hechas adhoc para la situación actual como ciertas políticas de reindustrialización, u otras de las que se está hablando desde hace años (Tasa Tobin, economía sostenible) pero que ahora han adquirido especial relevancia por proponer soluciones a problemas de los que hemos sido realmente conscientes con la crisis, como la dependencia energética o la especulación financiera.
Hablamos, pues, de una vía económica novedosa y claramente incompleta todavía, pero eso no quiere decir que no tenga partidarios. Muchos grupos de la “nueva izquierda” (En España Compromís y quizá ANOVA, en Italia muchas de las propuestas del M5S, algunos partidos verdes europeos, etc.) ya están proponiendo algunas de estas cosas.
En política macroeconómica estos grupos son partidarios de una auditoría de deuda y de un impago parcial de la misma por considerarla ilegítima (en esto se parece al grupo anterior) y, hoy por hoy, son los más activos en su rechazo al euro y a las imposiciones de la comisión europea y de la política alemana.


Quiero puntualizar que estas cuatro posturas económicas no implican cuatro posturas políticas distribuidas igualmente y entre la misma gente. Por ejemplo, UPyD podría situarse en la misma posición económica que sectores del PSOE o el PP pero eso no implicaría que defendiesen el mismo desarrollo político.
A nivel político hay dos vías fundamentalmente, una que es el inmovilismo basado en los usos y costumbres actuales y edificado sobre una petrificada constitución (violada) del 78, y otra que es una regeneración política que tendría como pilares la transparencia, la consecución de espacios de democracia directa y la reforma de la constitución y/o la estructura del estado.
Esto, pues, puede crear grupos divergentes incluso entre quienes defienden la misma propuesta económica y es lo que nos va a llevar a una situación muy plural en un futuro próximo y a una pulverización de propuestas y quizá también de los partidos políticos.

He planteado las cuatro vías que me parecen que se van a establecer como alternativas definidas (quizá un poco abstracta en el caso de la 4º) y, si a eso le juntamos las probables divisiones de opinión sobre cómo encarar nuestro futuro político y nuestra necesaria regeneración democrática, podemos intuir que el futuro va a estar compuesto por tantas sensibilidades que posiblemente nadie tendrá una mayoría social para sus propuestas político-económicas.
Supongo que será necesario un pacto y una aproximación a las ideas del otro por varios de estos grupos ideológicos. Y eso no es malo, el pacto y la cesión parcial no es mala, lo malo es cuando el pacto se hace sin que haya ideas ni convicciones detrás como parece que se quiere hacer ahora con el simple objetivo de mantener cuotas de poder y posiciones establecidas. En cambio cuando hay convicciones y valores, cuando sabes lo que quieres y sabes el camino a seguir, la aproximación de posturas es una obligación de la política e incluso una postura sólo apta para valientes.

lunes, 6 de mayo de 2013

Intentando entender una encuesta del CIS
















Después de los datos de la encuesta del CIS del mes pasado mucha gente se está preguntando cómo es posible que el PP, partido que resultaría el más votado según la citada encuesta, aún mantenga un 34% de los votos. Este resultado representa una bajada de más de 10 puntos respecto a las elecciones generales de hace año y medio pero aún así parece muy elevado si miramos el estado de ánimo del país.
Adicionalmente nos encontramos con que otras encuestas de agencias independientes dicen que el porcentaje de votos que obtendría el PP (y el PSOE) sería mucho menor. Por ejemplo, el último barómetro de Metroscopia dice que el PP obtendría el 24,5% de los votos (10 puntos menos que el CIS) y el PSOE el 23% (5 puntos menos que en el CIS, que le da un 28% de voto).
¿Cómo se explica esta discrepancia? ¿Cómo pueden diferenciarse 10 puntos una encuesta de otra? La situación no parece lógica a priori.

Me gustaría desgranar la encuesta del CIS para intentar ver el por qué de estos resultados. En principio me parece que hay tres peguntas que son las bases de la estimación de voto posterior: La intención directa de voto (“¿A qué partido votaría usted de celebrarse elecciones hoy?”), la simpatía (“¿Qué partido le genera más simpatía o considera más próximo a sus propias ideas?”) y el recuerdo de voto (“¿A qué partido votó usted las pasadas elecciones?”).
La respuesta a estas tres preguntas (las respuestas son partidos políticos, por tanto homologables entre sí) se deben introducir posteriormente en una especie de matriz de datos que, finalmente, creará una estimación de voto. Es decir, la estimación de voto de una encuesta no es ni mucho menos la recopilación de las respuestas de la gente a la pregunta de a quién votaría hoy sino una estimación basada en criterios parciales y en cargas estadísticas de diversos parámetros. Ahora veréis, de hecho, como los resultados finales del CIS y las respuestas de la gente no se parecen en nada.

Vamos a analizar las tres preguntas clave para intentar entender los resultados. La primera de las preguntas clave e intuitivamente la más relevante es la pregunta “¿A quién votaría usted de celebrarse las elecciones hoy?” (Pregunta 19 de la encuesta). Pues bien, los resultados de esta pregunta son:

PSOE: 13,7% PP: 12,5% IU: 7,1% UPyD: 4,1% En blanco: 9,1% No votaría: 22,7% No sabe: 19%

Es decir, a la pregunta de a quién se votaría (lo que se llama intención directa de voto) la respuesta concreta mayoritaria es PSOE. Hay más gente que dice que va a votar al PSOE que gente que dice que va a votar al PP y no solo eso: Si vemos la distribución relativa entre los 4 principales partidos vemos cómo sus resultados son mucho más próximos entre sí que en los resultados finales.
El asunto aquí es que los profesionales no se creen esto. Además de distribuir el voto de la gente que dice que no sabe a quién va a votar también reorganizan todo el voto en función de dos variables más. Hacer esto, es decir, no creerte a la gente es una decisión subjetiva y podría no hacerse así. Está demostrado, por las diferencias históricas entre resultados electorales y encuestas previas, que la gente miente en las encuestas, pero no siempre mienten en el mismo sentido ni en la misma proporción. Las correcciones posteriores son, pues, pura subjetividad del método.


La segunda pregunta clave es la simpatía. El CIS, en su pregunta 20, pregunta “¿Por cuál de los siguientes partidos siente usted más simpatía o cuál considera más cercano a sus propias ideas?”. Y los resultados fueron los siguientes:

PSOE: 20,3% PP: 15,8% IU: 8,4% UPyD: 4% Ninguno: 38,4%

Además de la gran desafección por los partidos políticos se puede observar que aquí también el PSOE es el partido que recoge más simpatía, en este caso con bastante distancia sobre el PP. Podemos observar también que las distancias se amplían entre partidos y, personalmente, hay un dato que me parece curioso: UPyD tiene más porcentaje de voto directo que simpatía, cuando en el resto de partidos es al revés. Parece, pues, que se trata de un voto prestado.
Luego el CIS hace una especie de suma entre voto directo y simpatía, que tampoco veo especialmente relevante pero les debe valer para hacer cálculos posteriores. Quiero remarcar que hasta aquí estamos hablando de datos puros, de respuestas directas de la gente. Aquí no hay recálculo, no hay cocina, esto es lo que responde la gente, sea sincera o no en su respuesta.


La tercera pregunta para obtener la estimación de voto es el recuerdo de voto. “¿A qué partido o coalición votó las pasadas elecciones?” (Pregunta 24 a). Y los resultados fueron los siguientes:

PP 31,4% PSOE: 27,4% IU: 8,7% UPyD: 3,8%

Claro, esto hay que compararlo con los resultados reales del 20-N, que fueron estos:

PP 44,63% PSOE: 28,73% IU: 6,92% UPyD: 4,70%

¿Qué está pasando aquí? Pues que la gente miente. Al ser una encuesta obviamente los resultados no pueden ser exactamente los mismos que en la realidad pero lo lógico sería esperar diferencias de sobre el 2-3% (por el tamaño de la muestra). Estas diferencias demuestran que la gente está mintiendo sobre a quién votó en las pasadas elecciones, fundamentalmente en lo que respecta al PP. El 30% de los votantes del PP no reconocen haberlo votado el 20-N.


Pues bien, todos estos datos entran en la matriz de cálculo y nos dan los resultados que el CIS publica, que son estos:

PP: 34 % PSOE: 28,2% IU: 9,9% UPyD: 7,4%

Y aquí comienza el debate. ¿Tiene sentido que, en base a las respuestas directas de los entrevistados, salga este resultado? Pues según el cálculo del CIS sí, pero a priori no parece que tenga especial sentido, por lo menos desde mi punto de vista.
Parece que el factor clave al que el CIS otorga valor es el del voto oculto y la tendencia inmovilista del voto. Parece como si el CIS utilizase ese 30% de voto oculto del PP del 20-N y se lo sumase todo a la respuesta directa de los entrevistados en abril de 2013. Esto es, directamente, suponer que todos los que mienten a pasado (es decir, que dicen no haber votado al PP pero que realmente lo votaron) están mintiendo cuando dicen ahora que no lo van a votar. Esta explicación es una simplificación y una explicación intuitiva a lo que será una fórmula matemática, pero creo que no se aleja de la realidad. A IU, por ejemplo, se le hace exactamente lo contrario, se le resta voto pensando en que hay gente que dice que va a votarla pero que luego no la votará.
No creo que haga falta explicar que esto es muy osado y tremendamente subjetivo. Cuando alguien niega haber votado al PP el 20-N lo puede hacer por muchas causas. Puede ser que oculte el voto por vergüenza y que realmente vaya a votar al PP en las próximas elecciones como intuye el CIS, pero puede ser también otras muchas cosas. Puede ser que esté tan avergonzado de haber votado al PP que no se atreva a decirlo, y si está avergonzado obviamente no le votará las próximas elecciones. Puede ser incluso que haya gente que diga que votó al PP sin haberle votado simplemente para mostrar claramente su cambio de voto como forma de expresar disconformidad. Las motivaciones para no decir la verdad son múltiples e interpretar que todo es voto oculto que va a repetir, como parece que supone la matriz del CIS, es absolutamente arbitrario.

Si observamos los históricos del CIS antes del 20-N (encuesta de octubre de 2011) vemos que la estimación del CIS para el voto del PP y el PSOE fue mayor de lo que realmente obtuvieron después (el PP obtuvo 2 puntos menos que lo previsto por el CIS y el PSOE 1 punto menos). Ahí también se vio el sesgo inmovilista del CIS, más cuando siempre se ha supuesto que las campañas electorales consiguen orientar a la gente hacia el “voto útil” a los dos grandes partidos.
En mi opinión en aquel momento, con un resultado claro (iba a ganar el PP con mayoría absoluta casi sin discusión) y cuando la desafección al PP era todavía casi nula entre sus votantes, la ruptura de la tendencia inmovilista del voto era todavía incipiente, sin embargo creo que ahora mismo la ruptura de esta tendencia estará muy acentuada. El país ha consumido su última esperanza, que era que el PP nos pudiese sacar de la crisis. Ahora mismo la mayoría de ciudadanos no perciben diferencias de eficacia real entre PP y PSOE (y eso se ve en la desafección a la política) y por eso mismo la dispersión del voto tiene que ser mucho mayor. Los métodos del CIS, ya excesivamente conservadores en una situación normal, hoy por hoy me parecen desfasados.
Esto que explico se demostró en las pasadas elecciones catalanas. Casi todas las encuestas preveían que CiU se mantuviese en su porcentaje de voto porque esa era la tradición en Cataluña y el sentido del voto oculto. No se hizo demasiado caso a la intención directa de voto y, al final, nos encontramos con la sorpresa de que CiU perdió al 20% de sus votantes de 2 años antes. Se minusvaloró el cabreo de la gente y otras circunstancias de índole sociológico.
Personalmente considero más cercana a la realidad las encuestas de metroscopia, mucho menos “cocinadas” y más fieles a las respuestas espontáneas. Su resultado último fue este:

PP: 24,5% PSOE: 23% IU: 15,6% UPyD: 13,7%

Quizá metroscopia peca de lo contrario que el CIS, quizá tiende a pensar que la gente miente poco y que el voto oculto e inmovilista será menor, sin embargo creo que su grado de separación con la realidad es menor que el del CIS. Ambas encuestas comparten, no obstante, la tendencia: La caída del PP es continua y constante, y el PSOE disminuye también en apoyos aunque bastante menos.

¿Están manipuladas las encuestas del CIS? Yo no lo creo, no creo que se manipule a sabiendas y se cambien resultados a favor del gobierno sino simplemente que tienen un método de cálculo de la estimación de voto excesivamente conservador y, hoy por hoy y con esta realidad de país, totalmente obsoleto.
Quizá quien creó el método de estimación de voto de las encuestas del CIS hizo lo que le interesaba, es decir, tendió a crear un modelo inmovilista para que sus jefes (el gobierno de turno) no se enfadasen. Si creas un modelo que tiende a repetir resultados de las elecciones anteriores, elecciones que han sido positivas para el gobierno de ese momento, pues entonces perfecto para que nadie te llame la atención desde el poder ni te diga de cambiar el método de recálculo. Parece rastrero e interesado pero os aseguro que en la mayoría de empresas se suelen hacer previsiones a gusto de los que mandan.
En resumen, que no creo que se deba hacer excesivo caso a las encuestas del CIS más allá de la tendencia general comparando series de datos construidas bajo el mismo método.