La nueva marca de La suerte sonríe a los audaces

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viernes, 14 de marzo de 2014

Aquellos días de marzo














Aprovechando el décimo aniversario de la primera victoria de José Luis Rodríguez Zapatero en las elecciones generales voy a recuperar un texto que escribí a finales de 2010. La intención original del escrito era contar mi recuerdo personal del momento en que Zapatero ganó las elecciones, de las esperanzas que levantó, de las frustraciones que generó posteriormente, de cómo veía un joven de 22 años el mundo y España en ese momento. Pero al comenzar a escribir me di cuenta que no se podía contar la historia completa de aquellos días si obviaba los atentados del 11-M.
Así pues dividí el escrito en dos partes, una primera que contaba cómo viví los atentados del 11-M y mis pensamientos y acciones durante esos días, y una segunda que comenzaba el día en que Zapatero y el PSOE ganaron las elecciones y que analizaba un poco su trayectoria. Hay que tener en cuenta que esto está escrito a finales de 2010, hace casi 3 años y medio, y la crisis todavía no había llegado a los extremos en los que estamos hoy. Si hiciese este análisis hoy sería posiblemente bastante más agresivo contra los gobiernos de Zapatero pero quiero dejar el texto original para que podáis ver también la evolución político-personal que he llevado estos años.
Junto los dos escritos con una ligera separación. Espero que no os resulten muy largos. Yo creo que son interesantes:

AQUELLOS DÍAS DE MARZO

Quería hacer un artículo contando mis sensaciones allá por marzo del 2004, cuando el señor Zapatero ganó las elecciones y se convirtió en presidente del gobierno. La intención del artículo era mostrar la relativa esperanza que teníamos jóvenes como yo en aquel momento y cómo la realidad posterior nos ha decepcionado y frustrado nuestras esperanzas. Sin embargo en cuanto me he puesto a recordar me ha parecido que mi artículo debía empezar un poco antes del día de las elecciones, para ser exacto tres días antes, en 11 de Marzo de 2004.
No quiero polemizar sobre el 11-M, del que creo que ya no hay polémica y que todos los intentos de crearla se han apagado con el tiempo por disparatados, mi única intención es contar una historia completa. Este primer artículo versará sobre el 11-M y los días posteriores, y en el siguiente hablaré más sobre Zapatero como esperanza frustrada.

El 11 de Marzo de 2004 me levanté sobre las 7.30 de la mañana. En aquel momento tenía 22 años y estaba haciendo prácticas de fin de carrera en un centro de investigaciones agronómicas, colaborando con una doctoranda en un proyecto de investigación.
No escuché la radio por la mañana ese día como es habitual en mí, debía llevar en el coche algún disco de música, pues me acababa de comprar un reproductor de MP3 de esos de marca desconocida que venden en las grandes cadenas de electrodomésticos. Cuando llegué al centro me dijo la chica a la que ayudaba, “¿Te has enterado de lo que ha pasado”?, “No, ¿Qué ha pasado?”, “Ha habido un gran atentado en Atocha, dicen que hay decenas de muertos, que parece Irak con los cuerpos descuartizados por ahí. Ha sido la ETA”.
Me quedé muy extrañado, la ETA haciendo un atentado con decenas de muertos. No era su estilo hacer algo tan masivo, y parecía rarísimo que hiciesen algo así a no ser que no hubiesen podido avisar a tiempo. Por lo que decían parecía que ETA no había reivindicado, ni había avisado. Todo muy raro, aunque era primera hora de la mañana y la información aún era confusa.
El ministro del interior, Ángel Acebes, salió rápidamente a hablar condenando a los “miserables” de ETA. Si lo dice Acebes, pensé, será porque tiene información relevante. Me parecía todo muy raro, pero en principio creí al ministro.

Me puse a hacer mi trabajo, que creo que era análisis de nitratos o amonio en unas 200 muestras que preparaba todos los meses con una máquina que parecía venida de la URSS. Sobre medio día salió un compañero de su despacho: “Otegui ha dicho que ETA no ha sido, que esto debe haber sido cosa del terrorismo islámico”. Esto cambiaba radicalmente las cosas. ETA no mata a alguien y después dice que no lo ha hecho, pues el objetivo de cualquier grupo terrorista es causar terror pero dejando claro que lo han hecho ellos. Otegui tenía información de primera mano, y si salía a decir eso parecía imposible que lo hiciese sin información. Además era coherente con la naturaleza del atentado.
El ministro Acebes seguía insistiendo en ETA, pero mi primera impresión de creerle cambió radicalmente. Para poder hacer este cambio de opinión me hice una pregunta muy simple: ¿Sería capaz el gobierno de mentir con 200 muertos en un atentado, simplemente porque beneficie a sus intereses electorales? Pensé un poco, y decidí que ese gobierno era capaz de eso. Así pues, acepté que el gobierno probablemente no decía la verdad.
Creo que es importante recordar qué significaba un ataque terrorista de uno u otro grupo. Un ataque de ETA era un golpe para Zapatero, pues durante toda la campaña electoral el PP había tejido una especie de relación de relaciones entre el PSOE y ETA, que estaban conectadas a través de ERC (que gobernaba con el PSOE en Cataluña) cuyo líder, Josep Lluís Carod Rovira (que no José Luís) se había entrevistado con ETA en la francesa y catalanoparlante localidad de Perpinyà. En cambio un ataque del terrorismo islámico podría parecer una represalia por la participación en la guerra de Irak y, además, dejaba en evidencia al gobierno ya que en un ataque terrorista a la casa de España de Marruecos en 2003 Aznar había dicho que eso no tenía nada que ver con España, que era una institución privada, y que no se debía de temer por la seguridad del país, y que nada tenía que ver con la participación en Irak.

Cuando llegué a casa le comenté a mi madre que estaba casi convencido que no había sido ETA y que el gobierno mentía. Mi madre reaccionó violentamente, teniendo una discusión de tono muy elevado debido al calor del momento, ya que ella veía como una herejía mis palabras. Esta sensación de ser un hereje y un mal Español si discrepabas de lo que decía el gobierno era muy típica en esos últimos años del gobierno Aznar, y lamentablemente inundaba en momentos de excitación incluso a personas nada afines a ese gobierno como mi madre. En cambio tengo que decir que mi padre me apoyó, el único ese jueves.
Por la tarde me llamó mi amigo David: “Te llamo para comentar la jugada”. La jugada era el atentado, como intuiréis. También discutí bastante fuertemente con David, por las mismas razones. Me pareció terrible como en aquel momento la lógica se sumergió bajo la doctrina oficial, y como incluso personas no afines al gobierno te veían como una especie de loco o de antipatriota por decir lo que pensabas, que por otro lado era lo que indicaba la razón.
Pero esa noche todo cambió. En mi casa escuchábamos la cadena SER, casi la única que ejercía entonces oposición franca al gobierno Aznar, y esos días estuvimos muy pegados a la radio en búsqueda de información alternativa a la del gobierno. Esta radio anunció un comunicado de un grupo islamista en Internet haciéndose responsable del atentado. Podía no ser auténtico, pero la noticia que cambió totalmente las cosas fue el descubrimiento de una furgoneta con unas cintas coránicas, en la que supuestamente iban los terroristas. Ahora sí que parecía estar claro, como entendió toda la prensa internacional de la que nos enteramos también a través de la radio, pues en las televisiones oficiales y cercanas al PP esa información no salía. Me fui a la cama con la convicción de que mis impresiones habían sido correctas, y con cierta satisfacción por esa misma razón, en contra del seguidísmo general de la población.

No recuerdo muy bien nada relevante del trabajo del viernes 12, aunque si recuerdo que las tres banderas oficiales que presidían el centro de investigación, la Valenciana, la Española y la de la UE, estaban izadas a media asta. Por la tarde me volvió a llamar David, que pretendía que fuésemos a la manifestación de repulsa de los atentados terroristas que estaba convocada en Valencia.
Le dije que no, que era absurdo manifestarse contra un grupo terrorista que le da igual lo que tu opines, que las manifestaciones contra atentados terroristas era algo absurdo producto del interés político de algunos por capitalizar el rechazo, que era una costumbre española que no tenía ningún sentido. Plantear esto en ese momento era también una osadía perversa, que te ponía de nuevo ante la acusación de antiespañol o amigo de los terroristas, pero después de acertar el día anterior me sentía con fuerzas para romper dogmas.
David, que ya en ese momento aceptaba que no había sido ETA y que tenía razón en jueves, me insistió mucho. Finalmente cedí, dejando claro que no me gustaban esas cosas, pero también la verdad tenía curiosidad por ver el ánimo de la gente, y también de ver a Jordi, un amigo de David que era hijo de un concejal del PP y, por tanto, afín a ese partido.
La manifestación fue un poco rara. Mucho respeto, pero se percibía en el ambiente dos ideas enfrentadas. Había quienes aún pensaban que era ETA, siguiendo lo que el gobierno quería que creyesen, y otros estaban convencidos de la autoría islamista. Se veía esto en las pancartas y en los comentarios de la gente con sus acompañantes, aunque no vi discusiones entre “grupos”. Jordi, por supuesto, todavía pensaba que había sido ETA, pero se le veía sin convicción e intentando evitar el problema de la autoría.

El sábado los acontecimientos se dispararon. Por la tarde la policía informó de la detención de 3 marroquíes y dos indios en relación con los atentados del jueves. Este hecho, y la cerrazón de los miembros del gobierno que intentaban negar las evidencias, provocaron una jornada de reflexión convulsa.
Hubo concentraciones en las sedes del PP para exigir al gobierno que dijese la verdad, hubo caceroladas cada hora, algo que mi padre y yo sí seguimos. La patética comparecencia de Rajoy, que le hizo más daño que beneficio, y la calculada de Rubalcaba, fueron anomalías dentro de una jornada de reflexión, jornada que tampoco parece que tenga mucho sentido mantener. La cadena SER y la TV3 catalana fueron las fuentes de información para mi en aquel momento.
Esa noche salí de fiesta con unos amigos. Al recoger a uno en su casa me dijo “Esto ha sido un escándalo. Va a ganar el PSOE”. En aquel momento le dije que lamentablemente no iba a ser así, que cualquier ataque terrorista produce dos reacciones fundamentales: La de apoyar al gobierno, por un lado, y la de virar las simpatías hacia el partido más “duro” del espectro político, normalmente el más derechista. En ambos casos el PP era el beneficiado, así que le dije a mi amigo que el PP iba a ganar. El insistió en la actitud del gobierno, pero yo desconfiaba de que realmente eso fuese a cambiar el voto. Quien quería estar informado lo estaba, pero incluso en aquel momento quien no quería estarlo podía perfectamente volcarse en medios que seguían hablando de ETA. Por mucho que las detenciones hubiesen evidenciado que el gobierno no decía la verdad, un voto no se cambia de la noche a la mañana.

Finalmente yo me equivoqué y mi amigo tuvo razón. Demasiado técnica y estudiada mi argumentación, y basada además en situaciones en otros países “normales”, pues en ninguno de ellos el gobierno había engañado a sus ciudadanos. Creo que lo que pasó en España fue una anomalía histórica, provocada por la actitud anormal de un gobierno de un país democrático. El PP perdió unas elecciones que tenía ganadas por su propia actitud. Con una actitud más honesta hubiesen ganado las elecciones, pero quisieron lanzar ETA a la cabeza del PSOE antes de tiempo, y cuando vieron que la habían “cagado” quisieron mantener la desinformación hasta el día de las elecciones, para que no se volviese contra ellos.
Una época del “conmigo o contra mi”, de un gobierno que tenía la verdad absoluta siempre, de un gobierno patéticamente servil con potencias extranjeras y extraordinariamente agresivo verbalmente contra quienes le criticasen algo internamente. El Aznarato, que le han llamado muchos autores, parecía víctima de sus excesos. La historia le había dado su merecido de forma casi mágica, y bastante cruel para ellos aunque justa en mi opinión.

Empezaba una nueva era, con el gobierno de José Luís Rodríguez Zapatero, una persona radicalmente distinta al expresidente saliente. Pero esto lo cuento el próximo día.

ZP, NO NOS FALLES...

El día 14 de Marzo de 2004, una vez conocidos los resultados electorales que daban la victoria al PSOE, hubo una pequeña y contenida celebración en las afueras de la sede del PSOE en el Madrid aún de luto por los ataques terroristas. Muchos jóvenes le gritaron al futuro presidente del gobierno “Zapatero, no nos falles”, a lo que él respondió “No os fallaré”…Nunca ha habido un mejor momento para decir, simplemente, lo intentaré.

En aquellos días yo tenía 22 años y estaba a punto de acabar mi carrera de químicas. En los años anteriores, y sobre todo desde la llegada del euro en España se había vivido un aumento del coste de la vida, que contrastaba muchísimo con los salarios bastante precarios que cobraban las personas que entraban al mercado laboral, con esa palabra que empezaba a hacerse famosa entonces: mileurismo.
Dentro del aumento del coste de la vida había una partida que era la que realmente hacía escandalosa la subida, esta era la vivienda. No recuerdo las cifras exactas pero casi podría asegurar que desde 1998 hasta 2004 el precio de la vivienda más o menos se duplicó, mientras los salarios crecían en torno al IPC, que acumulado no sería más de un 15%. Los alquileres subían a la par del precio de la vivienda en propiedad, gracias a este mercado de vivienda descompensado que tenemos, con 9 de cada 10 viviendas en propiedad. Los jóvenes veíamos como una compra de casa se nos volvía imposible con nuestros sueldos, y un alquiler se volvía un coste demasiado alto proporcionalmente a nuestros ingresos. La vivienda se había convertido en un artículo de lujo, mientras nuestros padres nos contaban que cuando ellos eran jóvenes se compraron su primera vivienda con los ahorros de dos o tres años, sin necesidad de préstamos.
Además de esto por mis estudios parecía que una salida laboral muy probable para nosotros era la investigación. Pero la investigación en España era algo sumamente precario, a base de becas miserables con las que ni siquiera cotizabas a la Seguridad social. Algunos de mis compañeros aspiraban a irse fuera de España, a la potentísima industria química alemana, o a Francia. Estoy seguro que muchos otros universitarios de carreras científicas y técnicas lo veían entonces como nosotros.

Los jóvenes observábamos al gobierno Aznar como un gobierno despreocupado por la juventud. La prosperidad de España se construía para la generación anterior a la nuestra y se daban síntomas claros de que nuestra vida sería peor que la de nuestros padres mientras a nadie en el gobierno parecía importarle.
Zapatero, en cambio, era un hombre de una generación más reciente. Cuando ganó las primarias recuerdo que no era de mis candidatos favoritos (prefería antes que a él a la guerrista Matilde Fernández, e incluso a Rosa Díez. Sólo le prefería sobre Bono), sin embargo cuando salió elegido recuerdo leer una amplia entrevista en EL PAÍS. Ahí Zapatero se mostró como un hombre de ideas muy republicanas, alejado del Felipismo y de los peores tiempos del PSOE, con una sensibilidad social que contrastaba con la del presidente del gobierno. Creí ver en esa entrevista, y en los años anteriores a su llegada a la presidencia, que Zapatero era un hombre verdaderamente izquierdista y no iba a caer en esa deriva conservadora en la que cayeron los últimos gobiernos de Felipe González. Un embajador de EE.UU dijo que el gobierno Zapatero era el más izquierdista que había tenido España desde la II república. Esa apreciación, que el embajador creía por sus prejuicios, era también lo que pensaba yo antes de que Zapatero formase gobierno, más que por mis prejuicios por cierta visión utópica y juvenil.

Recuerdo que el día siguiente a las elecciones, el 15 de Marzo, comenzaban las fallas en Valencia. En Fallas se trabaja hasta el día 18 ó 19, y recuerdo ir al centro de investigación ese día 15. Las caras eran de satisfacción general, sobre todo entre los jóvenes investigadores (recuerdo una chica llamada Ana que me contó que sacaron la botella de Champán para celebrarlo) pero también en los más veteranos. El jefe de departamento era amigo de Joan Ribó, presidente en ese momento de IU en la comunidad Valenciana, y la hija de Ribó, de hecho, hacía el doctorado allí. El ambiente era, pues, bastante izquierdista.
También casi todos mis amigos estaban contentos, pues éramos mayoritariamente de izquierdas. Recuerdo cantar y gritar “ZP,ZP” cuando veíamos a alguno de nuestros amigos que eran del PP (Recuerdo ahora a Jesús, comentarista habitual), ante sus indisimuladas caras de cabreo, sobre todo al sonar una canción muy famosa de Carlinhos Brown que daba juego para la rima.
Hoy en día, si viajase al pasado, me daría vergüenza verme cantando “ZP,ZP” y me pegaría una colleja a mi mismo por iluso, pero bueno cada momento tiene sus cosas y en aquel había esperanza por un futuro mejor para los jóvenes.

La primera medida del gobierno Zapatero fue la retirada fugaz de Irak, de la que dio orden en el primer consejo de ministros. Recuerdo enterarme de la noticia al comprar la prensa en el viaje de vuelta de Tenerife, que era el viaje fin de carrera que hice. En aquel momento me pareció una decisión acertada y muy valiente, y pensé que su rapidez era para evitar presiones posteriores de los EEUU. Por fin podíamos ver como la voluntad popular se cumplía, y eliminamos de golpe aquel patético servilismo ante la administración Bush, producto únicamente de la megalomanía del expresidente Aznar, que para adquirir relevancia internacional había convertido a su país casi en un estado satélite. Los presidentes que llegan a sus últimos años y saben que no van a repetir son muy extraños. Generalmente les da por intentar arreglar el mundo y se vuelcan exclusivamente en política exterior, sin embargo al nuestro le dio por la misma vía pero por intenciones egoístas y megalomaniacas.
Realmente esta soberanía nacional recobrada fue un espejismo. Con el paso de los años y, sobre todo, gracias a las filtraciones de wikileaks, sabemos como a partir de ese momento el valiente gobierno de España se convirtió en un pelota redomado cada vez que uno de sus miembros veía a un dirigente norteamericano. Desde 2004 hemos ido arrastrándonos patéticamente paga ganar la simpatía de los EEUU, cuya diplomacia vio un filón en nuestro indisimulado arrastre y se dio cuenta que con la estrategia del palo y la zanahoria convertía al gobierno Español en un juguete en sus manos. Cada acción mínimamente incómoda para los EEUU se convertía en un agravio, que generaba 5 bajadas de pantalones posteriores ante sus intereses.
Se ha sabido, por ejemplo, el conocimiento del gobierno Español sobre los vuelos de la CIA, como se ha querido compensar la retirada de Irak con una sobreactuación en la misión en Afganistán y como el gobierno Español ha maniobrado para que el caso del cámara de Tele 5 muerto en Irak, José Couso, no cayese en manos de Garzón y cómo intentó por todos los medios que se cerrase el caso. Todas estas actuaciones son lamentables e impropias de un gobierno serio, fuerte y con orgullo patriótico. No ha sido por megalomanía, pero estas acciones han sido igual de serviles que las del gobierno Aznar. Tanto hablar del eje Franco-Alemán para caer, otra vez, en lo mismo.

Las esperanzas depositadas en materia económica y social no han tenido mejores resultados que la política exterior. Los que esperábamos que el nuevo ministerio de la vivienda sirviese para algo no podemos tener mayor decepción hoy. Los precios de la vivienda siguieron subiendo de la misma manera durante el gobierno de Zapatero, sin que nadie hiciese nada por evitarlo. Sé que era difícil matar a la gallina de los huevos de oro mientras vivía, pero el sobredimensionamiento de los precios de los activos inmobiliarios y el sobreendeudamiento privado presagiaban una catástrofe. Y esa catástrofe ha sido común a otros muchos países, es verdad, y este gobierno no es culpable de su génesis, pero los jóvenes no votamos a Zapatero para que dejase campar a las fuerzas de la especulación inmobiliaria a sus anchas. El dejar hacer ha sido la política económica de este gobierno, puro seguidísimo de la del gobierno anterior.
El crecimiento económico de los años del boom tampoco se usó para nada productivo, ni para usos sociales. Quizá lo único destacable fue el aumento de las pensiones mínimas, que subieron bastante hasta la crisis presente. Pero comparado con el crecimiento económico estas subidas no son nada. El aumento de recursos del estado se usó en bajar los impuestos, como siempre, y en no actuar sobre despilfarros existentes sobre la administración del estado. Nada de política de desarrollo ni de investigación, nada de política industrial. Cuando la construcción acabó y el paro subió, el superávit se convirtió de la noche a la mañana en déficit, y es cuando hemos visto la parálisis de la década anterior y los errores de la política de los últimos 15 años.

En materia de relaciones iglesia-estado tampoco hemos visto nada relevante. La aprobación del matrimonio homosexual fue una apuesta valiente, producto del primer impulso reformista del gobierno. Pero a partir de ahí llegó la parálisis y el asustarse de todo. La reforma de la financiación de la iglesia se hizo con tanto cuidado que, al final, a lo único que llevó es a que la iglesia aumentase su recaudación. Lo último del gobierno es que paraliza la ley de libertad religiosa, que ya de por sí iba a ser otro pastel blandito, pero que por lo menos suponía un avance. Cuando un gobierno está destinado a perder las elecciones como lo está este es el momento de tomar medidas que pueden suponerte problemas. ZP nos vendió que era muy aconfesional y muy laico, y al final ha hecho lo mismo que el gobierno de González, es decir, que se apañe la generación posterior y a mi que no me den problemas.

Hoy ya nadie cree en Zapatero. La derecha que nunca ha creído en él le ataca a favor de viento, muchas veces con argumentos estrafalarios. La izquierda esperanzada en su momento se ha decepcionado con él, pues ha demostrado que no es más que la cara de la misma moneda que teníamos antes. Incluso los suyos le tienen por un presidente amortizado.
Yo pasé de la esperanza del 2004, la amable y comprensiva indiferencia de 2006 (cuando ya estaba claro que las esperanzas del primer momento no se iban a cumplir), la pena del 2008 hasta la franca frustración de 2010.
No me puedo conformar con tener la cara amable de una misma política como dirigente de nuestro país, y tener suficiente con una mera cosmética personal. La aceptación de este principio implica vaciar la democracia de contenido real, implica que no hay más que una política posible, que estamos condenados a unos determinados modos y contenidos políticos. La aceptación de esto implica que vivimos en una gran mentira, que realmente no hemos avanzado nada respecto al sistema turnista del siglo XIX.
En mi opinión el sistema político español está en metástasis. No lo está solo el sistema político español, lo está también la socialdemocracia establecida entera. Pero este es un tema para otros artículos.

1 comentario:

  1. Siempre recordaré el gobierno de Zapatero como uno de los gobiernos durante la autoridad siempre ha brillado por su ausencia. Brillante artículo, compañero. Un abrazo.

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