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martes, 4 de marzo de 2014

Revoluciones y transversalismo













Hay que entender el mundo para poder cambiarlo. Creo que esta máxima no debería pasar desapercibida para nadie que esté preocupado por nuestras sociedades y quiera realmente cambiar las cosas, sin embargo tengo la sensación de que poca gente la aplica. En nuestro país los movimientos "revolucionarios" suelen estar basados en ideologías antiguas o percepciones del mundo que poco tienen que ver con el mundo actual. Se extrapolan las problemáticas y visiones del pasado a nuestro presente sin querer reparar en las obvias diferencias de época que existen entre dos tiempos y sociedades diferentes.
La ideología simplifica la convicción en la lucha y nos agarramos a ella a modo de Fe. Obviamos el método científico y la observación social y aceptamos como verdades permanentes desarrollos sociales hechos a finales del siglo XVIII, mediados del XIX o principios del XX. Pero no lo son, no hay verdades permanentes fuera de la Fe, y no sé hasta qué punto nos estamos haciendo esta trampa conscientemente.

Sabéis que me gusta mucho proyectar hacia el futuro e intentar analizar cuáles van a ser los acontecimientos en el futuro inmediato tanto a nivel político como sociológico. He hablado del post-posmodernismo y he intentado proyectar cuales van a ser los conflictos en un futuro reciente. Estos ejercicios son, obviamente, arriesgadísimos si de lo que se trata es de acertar, pero creo que muy interesantes si lo que queremos es reflexionar. Con que una mínima parte de lo que escribo se cumpla me quedo satisfecho, no pretendo más por mucho que me jacte de que muchas de mis previsiones políticas contra pronóstico finalmente se cumplieron, mientras que mi selectiva pluma y memoria se olvida de mis fallos, más numerosos que mis aciertos.
En esta ocasión quiero reflexionar de forma algo superficial sobre el título de la entrada, sobre las revoluciones en esta época reciente y sobre la transversalidad de las mismas. En mi mente están los recientes acontecimientos en Ucrania, pero también las revoluciones árabes, en cierta manera el 15-M y quizá también podemos extrapolar esto a las dinámicas chavismo vs anti-chavismo y a prácticamente cualquier conflicto actual.
Los amantes de lo simple, los amantes de la Fe reconvertida en política nos darán visiones maniqueas sobre la realidad. Habrá “demócratas” y “autoritarios”, “progresistas” y “fascistas”, “islamistas” y “laicos”, o cualquiera de las dualidades que nos podemos imaginar. Los grupos tendrán que estar claros, definidos, y todos lo que no encajen ahí serán tratados como colaboracionistas o como “tontos útiles”, pero no cambiarán el esquema general: Buenos y malos, causa justa contra opresión, etc. Los que no nos sintamos cómodos con este esquema seremos tratados de vacilantes o despreciativamente como “equidistantes”.

Pero ¿cuál es la realidad? La realidad es que nada de eso está pasando, esos dos bloques claros, ideológicamente compactos y moralmente fácilmente definibles no existen, sólo existen en la mente de quienes necesitan un mundo fácil y dual para posicionarse. Y eso, nos guste o no nos guste, ya no existe en prácticamente ningún caso. Hay que acostumbrarse a tomar partido o decisiones en escenarios complicados, lo siento.
Creo que la realidad más o menos es la siguiente. Existe un statu quo relativamente sólido (o no), bajo el que se nuclean una serie de fuerzas, personas o percepciones que se unen defendiendo la realidad vigente. A ese bloque sólido se le enfrentan unas fuerzas de oposición que son siempre mucho más diversas y menos compactas que las fuerzas del statu quo, que están unidas simplemente por la oposición a ese gobierno o sistema al que combaten.
Esto lo hemos visto en cualquiera de los movimientos de cambio y de las revoluciones de los últimos años. Las revoluciones árabes, por ejemplo, juntaron a jóvenes occidentalizados cansados de la corrupción y la desigualdad en sus países con islamistas (moderados o radicales) y viejas fuerzas de oposición laica. En Ucrania ha pasado más o menos lo mismo, ciudadanos urbanitas cansados de una oligarquía corrupta se han mezclado con políticos oportunistas y con extremistas y fascistas creando un movimiento muy heterogéneo que sólo compartía la oposición a Yanukovich.
No es muy distinto a lo que pasa en la oposición venezolana, donde las fuerzas opositoras más conocidas oscilan entre la extrema derecha y la socialdemocracia pero no son las únicas, pues muchos grupos maoístas, trostkistas y de otras familiar izquierdistas también se oponen al gobierno chavista. También pudimos ver esta mezcla en los primeros meses del 15-M, donde mucha gente cercana a partidos “identitarios” y “revolucionarios de derecha” estuvo activa dentro del movimiento. No pongo más casos porque la lista podría ser infinita.

Esta situación es esencialmente distinta a cómo se hacían las revoluciones hace dos o tres décadas. Siempre ha habido grupos distintos e ideas distintas en los movimientos revolucionarios pero todos estos grupos se solían unir en base a un programa de consenso o mínimos. Luego pasaba lo que pasaba, es decir, unos grupos acababan prevaleciendo sobre otros y los que no prevalecían normalmente acababan anulados o en la oposición. Así pasó en la revolución cubana o en la iraní, por poner ejemplos.
Pero ahora no es así. Ahora las revoluciones se hacen casi sin programa, sin consenso previo, simplemente a la contra de un poder constituido. Si la historia nos ha demostrado que es muy difícil mantener los consensos prerrevolucionarios cuando ha triunfado una revolución no podemos extrañarnos de que las revoluciones “anti” acaben como el rosario de la aurora. Pongamos como ejemplo Egipto, donde quienes compartieron revolución con los islamistas acabaron prefiriendo al propio ejército que a sus antiguos compañeros, y en menos de dos años.
La causa de este cambio de situación parece que es un producto de época, un producto del posmodernismo triunfante. En los regímenes menos liberales el poder sí ideologiza y dogmatiza (y en los liberales también, aunque algo menos), pero la oposición que vive fuera de ese influjo no se encuentra con una ideologización opuesta. Se puede encontrar con una propaganda de oposición visceral al poder constituido en base a sus abusos, corrupciones, etc. Pero no se nuclea a la oposición en base a una ideología. La ideología se ignora, minimiza o incluso rechaza como elemento unificador y la oposición se genera simplemente en base a destruir lo existente.
Ojo, se ignora la ideologización para amalgamar a la oposición, no dentro de cada uno de los grupos. Muchas familias opositoras son tan dogmáticas y visceralmente ideologizadas como los gobiernos a los que quieren combatir si no más, pero la ideologización se deja de lado a la hora de conseguir aliados. Da igual que el aliado esté en las antípodas, mientras se oponga al enemigo a derrocar se tolera y se le dan expectativas falsas que luego no se piensan cumplir.

Para el analista externo es muy complicado analizar y posicionarse en estos escenarios ¿apoyo a una oposición que lucha contra un gobierno al que rechazo? ¿O me niego a apoyar a una amalgama extravagante ante los evidentes riesgos que pueden aparecer ante su toma del poder? Cuando se está ajeno a esas sociedades es muy difícil tomar partido de forma consciente, quienes lo hacen suelen hacerlo basados en el maniqueísmo, en el instinto o en el conservadurismo, sin hablar de quienes toman partido en función de los editoriales de prensa, que son la mayoría.
Por ejemplo, los trotskistas suelen tomar partido siempre por los “revolucionarios” sean quienes sean, pues el rechazo a un gobierno corrupto y la posibilidad de una revolución popular prevalece en su imaginario. Los “comunistas” (me refiero los próximos a los PP.CC) suelen, en cambio, analizarlo todo desde la óptica del “anti-imperialismo”. Miran los intereses, reales o supuestos, de los EEUU y automáticamente se sitúan en la posición contraria por defecto aunque eso suponga defender a sátrapas de todo pelaje.
Luego también hay una reacción conservadora. Hay quienes a la vista de la amalgama opositora tienden a buscar la estabilidad y defienden, por tanto, lo establecido. También están quienes defienden los intereses de los EE.UU en todos los casos, en una actitud similar pero opuesta a los “comunistas”. Y los mejores son los que se posicionan en función de los editoriales de ELPAIS o ELMUNDO, como si estos medios no tuviesen intereses o ideologización en estos temas.

Creo que hay dos lecciones fundamentales que tomar de esta realidad. La primera es asumir, por mucho que nos cueste, que no podemos tener una posición prefijada en todo. Sí, yo sé que es muy bonito tomar partido y sacar a bandera a las cuatro horas de iniciarse cualquier movimiento revolucionario, pero a veces hay que asumir las limitaciones propias para el análisis de una realidad compleja. Los conflictos que suceden en países lejanos no son como los españoles, tienen su propia naturaleza y peculiaridades que desconocemos y ponerse a señalar “buenos” y “malos” en situaciones complicadas de forma tan radical es una estupidez.
Desde el punto de vista del gobierno de un país las cosas también son complicadas. Creo que hay que basarse primeramente en valores supremos (la libertad, la paz, etc) y después en los intereses nacionales para posicionarse adecuadamente, actuando también con inteligencia geoestratégica para adelantarse a problemas que pudiesen surgir y no crear conflictos donde se pudieron evitar.

La segunda lección que debemos tomar es lo difícil que es poder hacer triunfar una revolución. Especulamos mucho con las debilidades de los regímenes, gobiernos y sistemas contemporáneos que queremos cambiar y es verdad, son débiles o por lo menos más débiles que antaño. Pero que sean débiles no quiere decir que no sean sólidos, son incluso más sólidos que antes gracias a que las oposiciones son menos homogéneas y están carentes de un proyecto claro.
Hablamos mucho de España y de lo débil que está el régimen de la transición. Realmente lo está, es decir, realmente estaríamos hablando de un régimen acabado si hubiese algo para sustituirlo. Pero no lo hay, lo que hay es una amalgama de federalistas de distinto signo, recentralizadores de competencias, independentistas, movimientos sociales sectoriales, etc. Y con esta amalgama opositora empujando en cuatro sentidos diferentes el edificio no va a caer nunca.
Sin embargo el transversalismo opositor es irremediable a corto plazo, es producto de una cultura posmoderna que tardaremos una generación en cambiar. Así que si alguien quiere hacer un cambio político va a tener que asumir este transversalismo, va a tener que lidiar con él pero teniendo en cuenta lo que pasa cuando amalgamas a la contra. Puedes acabar tomando el poder para inmediatamente no saber qué hacer con él, enfrentarte a todos tus aliados y acabar arruinando el movimiento de cambio.

Necesitamos, pues, una nueva mentalidad y unas nuevas habilidades políticas que nos permitan unificar fuerzas sin amalgamar falsamente, necesitamos poder unir a lo distinto y a lo adverso en un proyecto común. Y todo esto sin caer en el personalismo y el populismo ni degenerar en un democratismo peligroso.
¿La cuadratura del círculo? Puede ser, pero me resisto a que sólo podamos elegir entre regímenes agónicos y populismos personalistas, entre democracias vacías y democratismos enloquecidos. Creo que puede haber, que debe haber un justo medio a todo esto, creo que debe haber una manera de lidiar con el mundo contemporáneo sin volver al pasado. Simplemente es que no la hemos encontrado.

Sirva esta reflexión para entender lo lejos que estamos aún de crear una alternativa solvente a las realidades caducas que nos rodean y del necesario cambio de mentalidad que todavía no hemos ni remotamente alcanzado. Y sirva también para entender que vamos a tener que entendernos con el diferente, entendernos con el que está en la acera contraria para poder derribar al que está arriba, sin alianzas oportunistas ni abrazos de Vergara sino mediante pactos sólidos, serios y realistas. Lo demás está destinado al fracaso en el mejor de los casos y al desastre en el peor.

6 comentarios:

  1. Me ha gustado, aunque me deja cierta sensación de defensa del relativismol

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  2. Pedro, debe ser que hoy me toca a mi estar bastante espeso pero he leido, he releido, y he vuelto a leer ahora y aun no me queda claro cual es tu mensaje. Se lo que dices en lineas generales, pero no me acabo de "enterar" bien....

    Lo intentare luego a ver si puedo.

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  3. Hola Jose Miguel,

    No era mi intención en absoluto dar esa sensación.Mis ideas básicas son estas:

    - Las visiones del mundo prefijadas por las ideologías son falaces. Cada realidad tiene su contexto y hay que analizarla individualmente.
    - En el mundo actual existe transversalidad en cualquier movimiento de cambio y esto hay que aceptarlo y aprender a gestionarlo.
    - No podemos prescindir en ningún caso de otras visiones del mundo distintas a las nuestras si queremos cambiar las cosas. Hay que saber ceder en lo accesorio e integrar para alcanzar una hegemonía.

    Fíjate que en el texto critico mucho el posmodernismo, así que en ningún caso he hecho una defensa del relativismo. Es, en cambio, una crítica al radicalismo, a la dogmatización miope y a la "pureza" ideológica.

    Saludos,

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  4. Una vez visto que Alvaro Julià, padre putativo de la cosa no contesta sino a las preguntas previamente concertadas (y en ningún caso a las más incomodas) ) ¿Sigues pensando que el radicalismo impone un nivel de exigencia ética o política incompatible con el movimiento del TRI Party?

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  5. Amores ilicitos o ilicitanos. En Elx como en Villena estamos acostumbrados.
    "podría estar en la lista a partir del número 2, aunque cabe recordar que Compromís se presenta a Europa con Equo y otras formaciones políticas."
    Santa Paciencia debería ser la patrona de los periodistas.

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