La nueva marca de La suerte sonríe a los audaces

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lunes, 28 de julio de 2014

Las asombrosas similitudes entre el regionalismo Campsista y el independentismo catalán
















Hace muchísimo tiempo que quiero hablar sobre una comparación que sé que va a ser muy polémica y que va a tocar muchas sensibilidades. La comparación no pretende ser exacta ni carente de diferencias, obviamente no hay dos cosas que sean iguales, pero sí quiero resaltar las enormes similitudes entre dos realidades que pueden parecer antagónicas pero que en realidad no lo son: Hablo del independentismo catalán actual y del regionalismo que adoptó/fabricó el PP Valenciano en los últimos años en Valencia, que he llamado “regionalismo Campsista” por considerar a Francisco Camps como máximo exponente del mismo.

Yo tengo 32 años y durante todo el tiempo en que he tenido uso de razón política el PP valenciano ha gobernado Valencia y su Comunidad. Rita Barberá llegó a la alcaldía de Valencia en 1991, cuando yo todavía tenía 9 años, y Eduardo Zaplana en 1995, cuando tenía 13. En poco tiempo estos políticos crearon un nuevo imaginario colectivo sobre qué eran los valencianos y qué era la Comunidad Valenciana, imaginario que en parte era herencia del blaverismo salido de la batalla de Valencia pero convenientemente modificado y adaptado a los tiempos de burbuja inmobiliaria y negocietes entre amigos que entonces comenzaban.
A pesar de esto es lo que he conocido sí que recuerdo los estertores de una Valencia diferente. Recuerdo una Valencia que no se miraba al ombligo, una Valencia que intentaba normalizar la lengua valenciana desde parámetros objetivos, que estaba orgullosa de su tradición sin replegarse endogámicamente sobre sí misma, que respetaba la intelectualidad y la cultura, que creía en el progreso, que miraba a Cataluña con cierto complejo de inferioridad, es verdad, pero con una admiración positiva. En definitiva, recuerdo una Valencia que no era cateta, que no era inculta y, sobre todo, que no se regocijaba en cierto tipo de paletismo provinciano como sí ha pasado durante parte de los 90 y sobre todo la década pasada.
Durante mi adolescencia Valencia comenzó a cambiar. Nuestro objetivo, como pueblo, fue tenerla más grande que los demás. Adaptando esa frase tradicional que dice que somos “la millor terreta del món” nos hicieron creer que efectivamente lo éramos, y por supuesto que lo éramos gracias al PP. Comenzamos a construir cosas muy grandes, que no valían para nada pero que eran grandes, y así nos decían que atraíamos la atención del mundo. Nuestros amigos del PP nos estaban poniendo en el mapa.

De todas formas Zaplana, al final, no era más que un señor de Cartagena al que le gustaban mucho los negocios y “forrarse” con la política pero que no acababa de representar bien esa idiosincrasia valenciana estereotipada en cierto ruralismo poco ilustrado, sin embargo a partir de 2003 Francisco Camps sí que pudo representarla perfectamente. Camps era valenciano y, aunque de lengua materna castellana, sí hablaba un valenciano apitxat y mucho más apto para representar un regionalismo auténtico.
A partir de 2004, cuando en el gobierno central gobernó un partido que no era el PP, todas las piezas cuadraron perfectamente para crear un imaginario popular que oprimía a la inteligencia. Al tradicional enemigo catalán, que quería invadirnos, ocuparnos y destruir nuestra cultura autóctona, se unía ahora un gobierno de “Madrit” que era anti-valenciano no por ser español sino por ser socialista y por tanto pro-catalán. De forma puntual se unían algunas instituciones europeas que, sospechando que lo que pasaba por aquí tenía muy mala pinta, a veces se atrevían a decirlo, uniéndose al carro de enemigos de la Comunidad Valenciana.
Los agravios, por tanto, no paraban de aparecer. Los catalanes nos estaban continuamente atacando, los aragoneses nos quitaban el agua, los madrileños no nos daban suficiente financiación, etc. Si el AVE llegaba a Valencia un minuto más tarde que a cualquier otro sitio del universo es que a los valencianos nos discriminaban, si cualquier político de fuera de Valencia se le ocurría llamar al territorio País Valenciano o decir que el valenciano y el catalán eran la misma lengua eso representaba casi la antesala de un genocidio cultural. Si había sequía se nos recordaba una y otra vez cómo el pérfido Zapatero nos quería matar de sed y si desde el gobierno central se ponía en duda cualquier política del gobierno valenciano era sin duda por el anti-valencianismo inherente de los socialistas.

La combinación de victimismo contra Cataluña, Madrid y otros enemigos puntuales, junto con un chovinismo desmesurado, el regocijo en un analfabetismo funcional convertido en virtud y la manipulación informativa emocional con la que diariamente nos bombardeaban, llegó a convertir el ambiente en opresivo. Hasta los socialistas, tan veletas ellos, una vez intentaron hacerse Campsistas, sin éxito. Gente como yo era vista como catalanista (¡¡Yo!!) y anti-valenciana.
Pero como no hay mal que cien años dure al final todo explotó. Todo lo que nos estuvieron vendiendo durante década y media resultó ser una farsa: Los grandes eventos demostraron ser ruinosos, las grandes construcciones insostenibles, la economía valenciana degradó en vez de progresar. A todo esto se unió la explosión de los casos de corrupción que, si bien habían goteado durante todo el periodo (convenientemente silenciados por la propaganda oficial), ahora eran tan habituales la prensa nacional comenzó a hablar de ellos. La mentira de que nos habían puesto en el mapa se convirtió en verdad pero por otra razón: La corrupción. Hasta el New York Times habló de Valencia pero para compararla con el mafioso sur de Italia. Los valencianos comenzamos a ser tratados con condescendencia por el resto de españoles y cuando viajábamos por ahí nos preguntaban con una mezcla de curiosidad y ternura: “¿Y por qué seguís votando a esa gente?”.
Hoy Valencia comienza a despertar, poco a poco, de ese narcótico sueño de chovinismo, victimismo, corrupción y mentiras económicas. El imperio del PPCV se acerca a su fin algo que reconoce hasta el más fanático de los peperos y eso, en parte, me llena de satisfacción. Hoy ya nadie me llama catalanista anti-valenciano, ya no soy un traidor, de hecho los traidores son precisamente los que nos han llevado a esta situación. Quiero ver el futuro con optimismo y así lo encaro.
Pero realmente siento que la Comunidad Valenciana ha perdido dos décadas. La Comunidad se ha empobrecido económicamente pero, sobre todo, se ha empobrecido moral y socialmente. Ser valenciano es algo que va a estar marcado por muchos años y vamos a necesitar mucho tiempo de gobiernos éticos, limpios y honestos para limpiar nuestra imagen. Las tentaciones populistas de volver a un chovinismo facilón y de acusar a los demás de nuestra mala imagen probablemente volverán y no serán fáciles de contener. Y el desastre institucional que puede haber oculto bajo las alfombras de cada conselleria y cada diputación puede ser una bomba de relojería que nos condicione el futuro por largos años.

Toda mi vida he mirado a Cataluña con cierta envidia. Escuchaba a sus políticos tratarse con respeto entre ellos, seguir normas no escritas de país civilizado. La veía una sociedad más culta que la nuestra, que estaba impregnada de chovinismo cazurro; una sociedad que intentaba absorber impulsos europeos mientras nosotros estábamos en el peronismo de derechas. La TV3 me parecía una televisión más seria que nuestro Canal 9 y aquello del “oasis catalán” me resultaba una verdad evidente. Si hasta su derecha (CiU) parecía mucho más civilizada que la nuestra (PP)...
Pero hoy, mientras nosotros salimos de la pesadilla en que nos sumergió el PP Valenciano, veo a Cataluña caer en el mismo narcotismo en que nosotros caímos en los 90. Cataluña hoy sólo se mira a sí misma, busca todos sus problemas en los enemigos externos como nosotros los buscábamos durante aquellos años. Cuando oigo a un independentista catalán decir que no los pueden echar de la UE porque son muy importantes, un reflejo mental me recuerda a aquella Valencia que se creía el centro del universo.
Veo videos de la TV3 (porque desgraciadamente no puedo verla en la TV) y no observo ninguna diferencia con aquel Canal 9 que daba vergüenza ajena mirar. Veo a los que van a aplaudir a Messi a la puerta del juzgado y recuerdo un encuentro entre Paco Camps y la comunidad gitana el día antes de declarar éste por el caso de los trajes, encuentro que acabó con los presentes cantándole a Camps “tío Paco, tío Paco”. Leo como, ante el descubrimiento de las cuentas de Pujol en paraísos fiscales, muchos atacan a las “alcantarillas del estado” y a la “caverna” de la misma manera que aquí era todo una conspiración de los socialistas contra nuestra tierra.
Todo, prácticamente todo, me recuerda de alguna manera a lo que ha pasado en Valencia en las últimas dos décadas. Y, en cierta manera, hay algo que veo incluso más preocupante en Cataluña y es la poca oposición frontal al sistema. Nosotros teníamos una oposición silenciada y calificada de anti-valenciana pero que, al final, ocupaba el 40% de los cargos institucionales. Cataluña, en la cuestión "nacional", parece tener dos oposiciones, una que ciertos aspectos es más “régimen” que oposición y otra que sí es contraria al pensamiento vigente pero que es minoritaria. Y tener esas dos oposiciones en la práctica minoriza a la oposición más contraria al pensamiento vigente mientras que disfraza de insultante mayoría ciertas realidades que probablemente son coyunturales.

Mirad, yo no quiero dar lecciones a nadie. Al final como parte de la “izquierda valenciana” que soy tengo cierto respeto de vecindad por Cataluña y, quizá, incluso todavía tengo reflejos de esa sensación que me producía la Cataluña de hace unos años y que hace que me cueste situarme desde una posición de altura moral. Tengo raíces catalanas además. Pero os tengo que decir, amigos catalanes, que lo que está pasando en Cataluña a nivel de pensamiento colectivo yo ya lo he visto y sé cómo acaba, y no acaba bien.
La realidad acaba explotando por algún lado. Nuestra endogamia absurda y nuestros aires de grandeza se cayeron como un castillo de naipes de la noche a la mañana. Era evidente, sí, pero los que lo veíamos (o decíamos) te aseguro que éramos una minoría. Y me temo que a Cataluña le espera la misma realidad. La independencia no es posible y, de serla, en el momento las consecuencias asomen amenazantes los mismos que hoy la demandan mañana la negarán. Dime la verdad amigo catalán, si la independencia comenzase el 9 de Noviembre ¿Pujol hubiese regularizado su fortuna ahora? 
Y estas cosas no son gratis, estas cosas acaban generando cicatrices sobre el cuerpo social que tardan muchísimo tiempo en sanar. Las frustraciones, la sensación de haber sido engañados, las cuentas pendientes que se generan, la pérdida de un proyecto colectivo que hay que reconfigurar…Eso es muy duro y muy costoso, empobrece económica y moralmente al país y no es agradable.

Sé que el nacionalismo, el regionalismo y el independentismo no son lo mismo y no voy a decir que son todos iguales, pero de facto convergen en un 90% de sus características. La tendencia al populismo, al chovinismo, al victimismo, la cerrazón intelectual, la focalización en una única causa dejando degradar todo lo demás, los aires de grandeza ridículos, etc. Todo es asombrosamente similar.
Y lo peor es que siempre hay quien hace caja política del “cuanto peor, mejor”. En estos ambientes se genera una realidad político-evolutiva normal por la que se culpa de todos los problemas internos al enemigo y se llega a asumir que cuanto más problemas haya más se fortalece el victimismo y el populismo y, por tanto, al gobernante. Cuando esto pasa es muy difícil salir de ahí, los gobiernos hacen esfuerzos para mantener la llama caliente y eso siempre, siempre, acaba hundiendo al país.

6 comentarios:

  1. Hay cosas que en lineas generales estaría de acuerdo como sintoma de una especie de infección regianalismo - nacionalismo aunque en el fondo es la misma olla desde mi punto de vista donde se guisa siempre el mismo sopicaldo que no es otro que busca a alguién a quién echar las culpas de las incapacidades propias, y claro ahí está el problema que en contextos históricos y politicos determinados dan muy buenos resultado pero como tú dices al final acaban mal.....un buen artículo.

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  2. No se parecen en nada, unos se han forrado con cientos y algunos dicen que con miles de millones. Y el pobre de Camps solo con cuatro regalos para la familia y algunos trajes.

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    1. Hay que ver para lo que han dado 4 trajes: Fabra a la cárcel, Blasco en camino, la inmensa mayoría de los consellers de hace 5 o 6 años imputados todos, saqueos de depuradoras, chanchullos con planes zonales de residuos, "mordidas" hasta con la visita del representante de dios en la tierra, etc, etc, etc.
      En fin...

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  3. Por cierto... de regionalista nada, partido centralista y traidor a los intereses de los valencianos.

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  4. La cuestión es determinar si, tal como sostienes, CiU es, ha sido, o será, un partido independentista. En mi opinión la respuesta es un triple no. CiU se parece tanto al PP-CV porque tiene la misma raíz ideológica, el regionalismo.

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    1. Bueno Enrique, yo no me refería a CiU y a su gente, sino al actual independentismo en general. Estas características que he descrito creo que son compartidas por la gran mayoría de los votantes de ERC, por ejemplo.

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