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jueves, 24 de julio de 2014

Moral, política y derechos humanos






















Si algo tiene de bueno esto del “derecho a decidir” es que estamos pudiendo generar debates de fondo sobre la política, los valores y la moral de la que emanan éstos, y que estamos volviendo a desgranar cuidadosamente las bases de la política como gestión de la voluntad colectiva y los límites de la misma. Si somos hábiles e inteligentes podremos extender este debate a amplias capas de la población que hoy ven la política desde un prisma simplista y absolutista respecto a principios postizos manoseados y deformados a conveniencia. Obviamente si no lo somos la tendencia de simplificación irracional seguirá, con consecuencias peligrosas.

Ya he hablado muchas veces de la diferencia que hay entre democracia y democratismo, cómo el segundo es una degeneración del primero y podría suponer su destrucción. Mientras la democracia marca límites entre lo individual y lo colectivo el democratismo no lo hace, pues acaba considerando que todo, absolutamente todo, debe decidirse por mayoría social, lo que supone evidentes peligros para las libertades individuales y los derechos de las minorías. Podéis leer mis argumentaciones aquí y aquí y así no hace falta que las repita.
Obviamente como esta crítica al democratismo es difícilmente cuestionable, los defensores del “derecho a decidir” y del “derecho a decidir todo” tienen que aceptar que, por lo menos, tienes parte de razón. Entonces te dicen que cuando se habla de los derechos a decidir se acepta que esto no aplica a los derechos individuales, que obviamente se respetarían. Al escuchar esto, y previniendo que se estén usando palabras vacías para evitar debates que no se pueden ganar, siempre pregunto sobre los derechos individuales y pido que se me diga qué quiere decir eso, y entonces me responden que hablan de los “derechos humanos”.
O sea que, básicamente, el "derecho a decidir sobre todo" afecta a todo excepto a aquello que tenga que ver con los derechos humanos, que no se votaría. Y se quedan tan tranquilos, oye. Como si esa idea acabase con las contradicciones y los problemas, como si la corrección de brocha gorda permitiese, por fin, la cuadratura perfecta del círculo y la generación del mecanismo más democrático y perfecto que la humanidad pudiese generar. Oiga, pues no.

Creo que partimos de una visión un tanto infantilista de qué son los “derechos”. En nuestra sociedad se habla mucho de los “derechos” como algo incuestionable, algo fijado como verdad absoluta y que tendría unas limitaciones claras. Los “derechos” parecen que son divinos, impuestos por una entidad superior, algo que jamás se ha puesto en duda ni se pondrá.
Se obvia, no sé si por desconocimiento o por tendencia a no querer pensar demasiado, que los derechos son convenciones sociales, que parten de una moral social implantada en determinado momento de la historia reciente. La práctica totalidad de los derechos que hoy consideramos sagrados e incuestionables no existían hace 250 años, y si existen hoy es gracias a desarrollos filosóficos, a revoluciones políticas o a luchas sociales. Por la misma razón hay derechos que hoy no existen, que no demandamos como “inalienables” por la sencilla razón que sus defensores en el pasado no pudieron implantarlos y que, sin embargo, igual son objetivamente más exigibles que otros derechos que hoy sí existen.
Los “derechos humanos”, por tanto, al final también son un convencionalismo social. No voy a entrar en la doctrina del derecho natural que dice que hay ciertos derechos que son consustanciales al ser humano porque me parece, en la práctica, un brindis al sol. No quiero decir que no me parezca bien que se piense eso y se cree esa moral social, me parece bien en tanto en cuanto garantiza la incuestionabilidad de ciertos derechos para mi esenciales, lo que pasa es que esto no deja de ser un debate filosófico y no una realidad política.
Los derechos humanos están más o menos “regulados” por la declaración universal de la ONU de 1946. Esta declaración se convierte casi en la “biblia” de los derechos y mucha gente se abraza a ella como un dogma. Pero como, insisto, esto es un convencionalismo humano y no una verdad divina, resulta que al final toda esta lista de los derechos humanos no se cumplen en casi ningún sitio tanto por su ambigüedad como por la terrible realidad de que, en la práctica y en la estructuración jurídica, muchos de estos derechos son contradictorios los unos con los otros. Los más básicos sí se cumplen en los países democráticos, pero no todos ni mucho menos.

El otro día uno de los defensores del “derecho a decidir” de Cataluña (pero que es anti-independentista) me dijo que él aceptaba el “derecho a decidir sobre todo” pero dejando como sagrados los derechos humanos. Le dije que eso estaba muy bien, pero entonces le hice ver una sencilla contradicción. El artículo 25 de la declaración de los DD.HH garantiza el derecho a una vivienda mientras que el artículo 17 garantiza el derecho a la propiedad privada. ¿Qué pasa si hay carestía de vivienda? ¿Aseguras el derecho a una vivienda para el que no la tiene o el derecho a la propiedad privada del propietario de la vivienda? ¿Qué derecho prevalece?
Las contradicciones entre derechos son frecuentes, en la declaración de los DD.HH y en las realidades jurídicas nacionales. Casi cualquier derecho económico entra en contradicción con derechos de propiedad o similares. Los derechos y libertades individuales y el respeto a la moral individual pueden entrar en contradicción con cosas como “satisfacer las justas exigencias de la moral” o con el propio estatus de la familia como base de la sociedad. Muchas de las redacciones son lo suficientemente ambiguas para que se puedan negar los derechos abstractamente representados en ellas.
La declaración de los derechos humanos y la propia redacción de derechos de las constituciones democráticas son guías maravillosas para perseguir una aspiración política de mayor libertad e igualdad relativa para todos los ciudadanos pero no puedes pensar que te va a dar la respuesta para todo, eso es irresponsable e infantil. Los conflictos y las contradicciones serán frecuentes, la imposibilidad de llevar a cabo todos los derechos también, la interpretación social de ciertos derechos será discrepante. Esto hay que entenderlo y hay que saber cómo actuar en estos casos. Y la forma de actuar es que en función de la moral (social o política) y del mandato político recibido, prevalecerá un derecho u otro.

Mirad, yo puedo ponerme ahora exquisito y decir que la independencia de Cataluña es un riesgo para los derechos humanos. Podría decir que aceptar la independencia de Cataluña podría poner en riesgo el artículo 13.1, que dice que las personas tienen derecho a circular libremente e instalar la residencia dentro de un estado, o el 21, que habla del acceso igualitario a la administración pública. Si divides un estado formado finalmente estás negando a tus nacionales estas cosas y, por tanto, estarías actuando contra el propio mandato de estos derechos. Podría hablar también del artículo 15, que habla de que a nadie se le podrá privar de su nacionalidad (entendamos que en caso de secesión no se podrá dar doble nacionalidad a todo el mundo) o, si estiro la idea a mi conveniencia, podría justificar mi rechazo a la secesión porque la separación de un territorio rico podría poner en riesgo los derechos sociales del artículo 22.
Esto obviamente son interpretaciones (muy discutibles en algún caso), igual que los nacionalistas catalanes consideran que Cataluña tiene “derecho de autodeterminación” al ser un “pueblo”. Obviamente ni se puede decir que Cataluña tiene derecho a la autodeterminación (porque no es un “pueblo” separado del “pueblo español” o, al menos, ese es un posicionamiento muy muy discutible) ni se puede asegurar que una hipotética secesión violase los artículos que yo he indicado, porque siempre se podrá argumentar que eso es una trampa que hace inviable cualquier secesión (que sería cierto) o que eso no aplicaría a un escenario de ruptura de un estado.
En este caso no hay, pues, una “verdad” jurídica, no hay una solución que esté basada en los “derechos humanos” o que sea más democrática que la otra. Se trata de un conflicto de percepciones sobre la sociedad y sobre la realidad de una problemática compleja que cada uno resuelve en base a sus valores políticos y a su “moral”. Siempre que la solución no viole derechos humanos más básicos y sea democrática, y ambos posicionamientos lo serían a priori, el conflicto no se puede solucionar invocando unos derechos sagrados e indiscutibles.

¿Por qué no acepto yo el derecho a la secesión de Cataluña? Porque esto supone superar límites que, en mi percepción subjetiva y moral de la sociedad, son inaceptables. Mirad, mi padre es catalán pero lleva 35 años viviendo en Valencia ¿por qué mi padre tendría que convertirse en un extranjero en su tierra de nacimiento, o un extranjero en la tierra en la que vive? Me resulta una canallada innecesaria. Hacer elegir a la gente si quiere ser española o catalana, algo que es especialmente grotesco para catalanes que viven fuera de Cataluña y también para resto-españoles que viven en Cataluña pero que lo sería también para cualquier catalán, es exactamente lo contrario de lo que yo creo que es el progreso y la libertad humana. Crear una frontera innecesaria entre territorios unidos durante siglos en los que la mayoría de gente tiene familiares al otro lado me resulta una infamia política, un muro de Berlín autoimpuesto al calor de la coyuntura.
Dejar que el egoísmo fiscal, que las ganas de un territorio rico de no tener que “subvencionar” a uno pobre pueda destruir la igualdad social y de renta, es algo que políticamente me resulta implanteable. Si aceptamos que la gente tiene derecho a desprenderse del “pobre” que tiene al lado al final acabaremos en el anarcocapitalismo, el fin del estado del bienestar y la sociedad de la pobreza generalizada. Y yo estoy en política precisamente para defender lo contrario.
Es que usted no es democrático” me han llegado a decir algunos. Pero atontado ¿cómo que no soy democrático? ¿Cómo que la negación al derecho de secesión de un territorio no es democrática? Para empezar está sostenida en una constitución democrática y de hecho ninguna constitución democrática del mundo permite la secesión de una parte de su territorio (No, la de Canadá tampoco, y el Reino Unido no tiene constitución). Pero es que además este es un equívoco interesado, es convertir cualquier limitación a cualquier deseo colectivo en una absurda acusación de no-democracia.
Yo no voy a decirle jamás a alguien que crea que Cataluña o Navarra debe tener derecho a la secesión que es una persona antidemocrática (otra cosa serían los métodos o las consecuencias que estarían dispuestos a aceptar). El posicionamiento es democrático, para mí no viola derechos humanos indiscutibles y básicos de forma clara y se pretende una futura sociedad democrática, así pues anti-democrático no es, otra cosa es que sea la peor política que se me ocurre y que se deba evitar. Y cómo se debe evitar yo lo evito, pido que se evite y desde mis valores pido que se establezcan los mecanismos democráticos para evitarlo.

Lo peor de todo esto es que creo que algunos se creen que han descubierto la democracia ellos, y lo que es peor, otros se creen que efectivamente los unos la han descubierto. Estos debates sobre los derechos, los derechos humanos, los ámbitos de decisión que son colectivos y que son individuales y sobre el democratismo son frecuentes en muchos otros países ¿Y sabéis como se solucionan? Con la MORAL y los VALORES políticos. Eso es al final lo que marca el mundo, la política y finalmente los derechos.
¿Qué piensas, amigo lector, del matrimonio homosexual? Mira, el matrimonio homosexual no es un derecho humano sencillamente porque es un derecho nuevo. Hoy cualquier persona pensaría que una legislación que prohíba a una chica blanca y a un chico negro casarse es contraria a los derechos humanos y la pondría a la altura de la Sudáfrica del Apartheid, pero que no haya matrimonio homosexual en un país se entiende generalmente como una opción democrática de ese propio país. Pues bien, si el matrimonio homosexual se extiende por todos los países probablemente de aquí a un siglo limitar el matrimonio homosexual resultará un ataque gravísimo a los derechos humanos, y lo será gracias a la moral social que imperará. Como veis es una cuestión de moral social y de valores, no de “derechos” como hecho absoluto e indiscutible.
Yo creo que el matrimonio homosexual debe establecerse en todas partes y que es una discriminación legal no permitirlo. Así pues, si por mi fuese, usaría el poder político para “blindarlo” en la media de lo posible y si pudiese lo haría mediante artículo constitucional para que una mayoría del 51% no acabe con él. Son mis valores y mis principios y yo hago política para defenderlos, sin extralimitarme, sin pasar límites que son obviamente infranqueables (porque en los valores está también no ser despótico), pero usando las leyes democráticas a mi conveniencia. Este posmodernismo buenista en el que muchos militan es una estafa. La política tiene ese punto maquiavélico señores.

En relación a la territorialidad hay dos valores básicos con los que yo no puedo transigir: La creación de una frontera política que separe en derechos y libertades a los ciudadanos de uno y otro lado, y que se limite la redistribución de la renta y la igualdad económica entre territorios. Y, dentro de lo democrático y respetando los derechos y libertades básicas, haré todo lo que esté en mi mano para garantizar esto. Si pudiese haber una independencia que no atacase estos valores (que no puede), os aseguro que no sería tan beligerante.
Por la misma razón no acepto que la colectividad limite las libertades y derechos de la minoría, que se use la mayoría coyuntural democrática para implantar el moralismo social o educativo, que se destruya el estado del bienestar o se venda lo que hemos tardado décadas en construir para entregarlo a las manos de amiguetes a modo de expolio. Es mi moral, son mis valores y uso la democracia para defenderlos y, dentro de la democracia, también sus ventajas que me benefician. Sí, no soy un santo, lo siento.

La democracia se basa en saber separar el ámbito individual, en el que prima la voluntad del individuo, del ámbito colectivo, que se decidiría mediante mayorías democráticas. Se basa también en diferenciar qué cosas se pueden cambiar por mayorías simples y cuales por mayorías cualificadas y decidir qué mayoría es la razonable. Y por último también se sostiene en decidir en qué ámbitos territoriales se decide cada una de las decisiones colectivas.
Estos tres pilares son esenciales para una democracia y no hay unas leyes escritas en piedra que te puedan decir cómo se gestionan y cómo se limitan, lo siento. Sé que es difícil, sé que lleva a quebraderos de cabeza, pero por eso la política es difícil, por eso se necesita a los mejores y por eso Pepe el del carajillo no puede dirigir un estado.
Y la solución, la guía para solucionar esto, repito una vez más, está en la moral y en los valores, del gobernante en cuestión, del mandato democrático y de la sociedad en general. A veces pienso que hemos olvidado la importancia de unos valores firmes (que no dogmáticos) y unas ideas claras (que no fanáticas) y nos hemos entregado a lo fácil y a la evitación del conflicto. Y si se evita el conflicto siempre gana el fuerte y el más sinvergüenza, no lo olvidemos nunca.

6 comentarios:

  1. Querido amigo Pedro son estos tiempos de mezclar churras con merinas, difícil de explicar cuando uno está sumido en una permanente verdad donde lo identitario y lo político se incorporan a la sociedad casi a empujones y donde la presión a la población es tan grande que se opta por mirar a otro lado y eso no sólo resulta peligroso que también si no tremendamente irresponsable, por este motivo es necesario decir las cosas claras aún a riesgo de que te llamen de todo.....una vez más un artículo muy pasional pero lleno de sentido común. Saludos.

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    1. Gracias Antonio (tengo que poner un botón de "me gusta" a los comentarios)

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  2. Peliagudo tema, este es un asunto que evidentemente te toca la fibra sensible, ya que es tocado en este blog con relativa frecuencia.

    La titularidad de los territorios es relativa, solo hay que ver como ha evolucionado el mapa político de Europa en el siglo XX para darse cuenta de ello. Aparte están los sentimientos de los pobladores de esos territorios, creo que al menos se debería preguntar a esos pobladores.

    Escribí una entrada sobre ello: http://paywake.blogspot.com.es/2014/07/que-es-la-patria.html

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    1. Javier,

      Bueno no es que me toque la fibra personalmente, es que me parece que es uno de los casos más claros donde mis valores y los valores abstractos de las ideas que defiendo son dejados de lado para defender posiciones "naif" peligrosas.

      Yo creo, en cambio, que no debe haber consulta. Especifico: No debe haber consulta que de como opción la independencia. Fuera de ahí sí creo que hay varios mecanismos para poder hacer un referendum, bien consultivo bien vinculante, sobre distintas maneras de organizarse.

      He leído tu escrito y tu comentario sobre las "patrias". Mira, yo no le niego a nadie que se sienta exclusivamente catalán y que su patria sea la catalana, a mi eso me parece perfecto. Yo no hablo de sentimientos, que son particulares. En este aspecto soy muy "anglo": El sentimiento de país o de patria que cada uno tenga el que quiera, que cada uno asuma la identidad que quiera en un régimen de libertad, pero eso no debe condicionar la existencia del estado o de la "nación política". Las identidades se pueden perfectamente superponer y convivir sin tener que crear fronteras como expliqué aquí:

      http://larepublicaheterodoxa.blogspot.com.es/2014/02/del-estado-plurinacional-la-federacion.html

      Y, en cualquier caso, no quiero que se entienda que digo que las fronteras son inamovibles, no lo son. Yo no quiero separar lo que está unido, me parece el antiprogreso y el reaccionarismo más primario, pero eso no quiere decir que no acepte una secesión en determinados casos: Si una secesión es mejor para ambas partes y no viola los principios que defiendo, no tengo especial problema con ella.
      Ahora este no es el caso. Si existiese un desacuerdo secular y permanente, si el país estuviese paralizado y en un enfrentamiento continuo por estar unido, si hubiese violencia a causa de la unidad, etc. Entonces pragmáticamente podría ser mejor separar. Sería una "putada", un paso atrás en nuestros principios, pero podría ser necesario.
      Ahora nada de eso se da en Cataluña y estamos a años luz de que se de, ni en Cataluña ni en ningún territorio de ningún país democrático.

      Saludos,

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    2. El problema es que aquí se junta todo, los sentimientos y la sensación de que el español es un estado podrido hasta el tuétano que solo ayuda a los más ricos. ¿Sería diferente un estado catalán? Yo sinceramente creo que no, ya que CIU bebe de las mismas aguas ponzoñosas que el PP y ERC de las del PSOE.

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    3. Estoy de acuerdo, cualquiera de las características negativas de la idiosincrasia española se ven en Cataluña, tanto a nivel particular como de partidos. Me gustó mucho una frase de tu texto en la que dijiste que para hacer frente al neoliberalismo debemos estar unidos y es así. Y precisamente una Cataluña independiente no es que sería igual que el país del que proviene, es que probablemente fuese peor debido a la debilidad del nuevo estado frente al imperio neoliberal internacional.

      Saludos,

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