La nueva marca de La suerte sonríe a los audaces

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jueves, 31 de julio de 2014

El revisionismo de la transición

















En este momento de nuestra historia hay una tendencia cada vez mayor a considerar la transición española como un periodo fraudulento, un cambio cosmético y una especie de transacción donde la oposición al régimen permitió que casi nada cambiase a cambio de muy pocas contrapartidas. De toda la vida he escuchado estas teorías por parte de fuerzas minoritarias y generalmente extraparlamentarias. Quizá la única fuerza importante que parcialmente defendía una teoría parecida fue IU, teoría que siempre me pareció más un mecanismo para desmarcarse del pasado carrillista que una convicción real.
Pero la cuestión es que esta teoría se está haciendo popular y estamos asistiendo a un crecimiento de quienes quieren romper con todo lo salido de la transición para hacer un proceso constituyente totalmente nuevo. A mi no me asusta el rupturismo y de hecho lo defiendo en muchos casos, pero lo que sí me preocupa es un revisionismo reactivo que acabe generando tantas falsificaciones históricas como la historia oficial actual.

La historia de España hubiese sido más bonita si a mediados de los 70 hubiese hubiésemos tenido una ruptura democrática. Ojalá hubiese habido algún tipo de revolución o de pronunciamiento de militares demócratas que hubiese acabado con el régimen franquista, puesto a Franco y a los responsables de la guerra civil y la represión en manos de la justicia (o fusilados) y generado un sistema democrático absolutamente nuevo y sin ataduras del pasado; pero desgraciadamente eso no pasó. La realidad fue la que fue, y es que no hubo ruptura ni durante la vida de Franco ni después de su muerte.
En España no hubo revolución, no hubo una rebelión de capitanes como en Portugal, no hubo nada de eso. Lo que hubo fueron élites gubernamentales aperturistas que entendieron que ese régimen no podía durar mucho y propiciaron un pacto con la oposición para poder perdurar en la nueva situación, aceptando generar un sistema democrático más o menos equiparable al del resto de la Europa occidental. Fue feo, sí, pero fue lo que pasó y la historia no se puede rescribir.
Esta realidad ha generado una incomodidad histórica en los españoles que no hemos sabido gestionar. Vivimos en una sensación de democracia otorgada, de que aquí hubo mucha gente que no tenía perdón y que no sólo fue perdonada, es que mantuvo los privilegios económicos y sociales previos. Yo sé que este relato no es el que nos gustaría pero la historia no se fabrica, se acepta, y vivir con un sentimiento de “inferioridad nacional” por esto es algo que no nos podemos permitir.
Muchas democracias de nuestro entorno tienen los mismos orígenes. La propia Alemania está construida sobre una derrota terrible y sobre una ocupación que la dividió, muchos países de Europa tienen democracia sencillamente porque los invadieron los aliados, Japón tuvo que mantener a un emperador genocida después de perder la II guerra mundial. Muchas revoluciones de terciopelo en Europa del este fueron también pactistas y en muchos países latinoamericanos como Argentina o Chile también tuvieron que pactar con una élite militar asesina para volver a la democracia. El "pasado perfecto" está reservado a unos pocos privilegiados y, si rascásemos un poco, quizá no lo tendría nadie.

Dadas las circunstancias de nuestra historia y contrariamente a lo que se dice muchas veces creo que la transición salió bastante bien. La transición supuso, en términos históricos reales, que los vencedores aceptaron que los vencidos tenían razón y que todo lo que provocó la rebelión de julio de 1936 fue un gigantesco error. Obviamente esto no se verbalizó así por parte de los vencedores de una forma muy parecida a como la izquierda abertzale de hoy no verbaliza nunca la realidad del conflicto en el País Vasco, que es que ETA ha sido absolutamente derrotada. Se permitió la no verbalización de la realidad pensando que así sería todo más fácil y entendiendo que así no se provocaba a unos señores con mucho poder y que tenían muchos tanques.
La transición, no obstante, sí que dejó carencias importantes que han condicionado el futuro del país. Por una parte toda esta situación ha hecho que los españoles nos sintamos incómodos con nuestra historia e incluso con nuestro pasaporte. El otro día escuché a un político de izquierdas decir que no podía ser que en otros países quien tuvo un abuelo partisano o en la resistencia lo diga con orgullo y que en cambio aquí se oculten estas cosas. Sí, es verdad, pero en términos de estructura política eso era un mal menor.
Otra carencia clara y que pagamos ahora es que los partidos políticos y sus cúpulas retuvieron demasiado poder en sus manos. Se crearon partidos cerrados, endogámicos y leyes electorales que sólo permitían la elección entre élites partitocráticas destinadas a acaparar todos los poderes del estado. El no poder haber elegido la forma de estado también fue una carencia, aunque personalmente me parece menor a las anteriores. También podríamos hablar de la relación con la Iglesia católica y de otras cosas.
Estas carencias pueden ser incómodas pero nadie debe olvidar de donde se venía. El franquismo no fue lo que se ve en la serie Cuéntame, un régimen autoritario dirigido por miembros del Opus Dei y presidido por un viejo militar. La imagen del tardofranquismo, momento en que la dictadura era relativamente suave por su adaptación a las circunstancias internacionales, no nos puede engañar sobre la verdadera naturaleza del franquismo. El franquismo fue un régimen genocida, que mató a unos 150.000 españoles por pura represión política, además de todos los muertos en los frentes que provocó una guerra que iniciaron los generales rebeldes. Los militares trataron a la población hostil como animales y sin piedad alguna, como si ni siquiera fueran humanos. Quiero recordar que, aún hoy, España es el segundo país del mundo con más fosas comunes después de Vietnam. En países como Argentina o Chile los más fascistas y criminales de entre quienes prepararon sus dictaduras siempre decían que para acabar con la “subversión” de raíz había que “matar mucha gente como se hizo en España”.
Todo esto hay que entenderlo, hay que interiorizarlo bien para entender porqué políticos como Carrillo o Tarradellas se abrazaban al rey Juan Carlos o a los políticos reformistas del franquismo. Las cesiones eran absolutamente entendibles en ese contexto histórico y juzgar moralmente a quienes las hicieron me parece una frivolidad histórica y una injusticia.

De todos modos hay que entender que para el legislador de la oposición y/o de izquierdas todas estas cesiones no estaban destinadas a ser eternas. Se pensó que ese era un buen pacto para ese momento pero que, en unos cuantos años y cuando la democracia se hubiese consolidado, se podrían hacer reformas y abrir ciertos temas que habían quedado ocultos en aquel momento.
Así que echar la culpa a los políticos de la transición sobre lo obsoleto de nuestra constitución y nuestros sistema político no me parece justo. Los políticos de los 90 y la década del 2000 son tan responsables o más de esta situación de obsolescencia en que nos encontramos. Aznar hablaba por 1995 de “segunda transición” y más tarde Zapatero de “ una España mejor” ¿Y qué hicieron? Nada. Algo intentó Zapatero con la memoria histórica de forma tímida, cobarde si se quiere, y a lo que recordemos que parte de la población reaccionó violentamente de forma muy anacrónica. Pero una reforma constitucional en serio no la propuso nadie, nadie tuvo la valentía de abrir un proceso de enmienda constitucional general hace 10 o 15 años para reformar cosas que ya se veía que no tenían ningún sentido, como el senado o la estructura territorial.
Otros problemas de nuestra situación hoy son menos personalizables y se deben a la tradición constitucional española. Nuestra constitución, aunque muchos no lo sepan o no quieran saberlo, se parece bastante a la de la II república y ésta se parece a las anteriores por pura tradición constitucional. Las CC.AA, por ejemplo, son herencia del sistema que se creó en la II república para crear autonomías sin federalizar España y que en el 78 se adoptó como solución al problema regional. Pero una vez federalizada España esta estructura dejó de tener sentido y se tenía que haber creado algo más funcional. Esto se pudo hacer a mediados de los 90 perfectamente pero claro ¿para qué molestarse? Casi nadie lo pedía.

Mirad, si por mi fuese y yo siguiese irracionalmente mis instintos, iba a hacer realidad aquella frase de Alfonso Guerra de que a España “no la iba a conocer ni la madre que la parió”. Si por mi fuese mañana habría en España una república parlamentaria, laica, de fuerte sesgo igualitario, federal, con amplios campos para la democracia directa, adalid de los derechos y las libertades en el mundo, con un proyecto de economía innovadora y basada en el cooperativismo, con energía casi 100% renovable, con su propia moneda, sin concierto económico para las comunidades forales, con un sistema de empleo público con funcionarios sólo en ciertos puestos y absolutamente meritocrático, sin corrupción, con una renta básica para quien lo necesite, y con bandera tricolor y un himno compuesto por Héroes del Silencio. Pero es que las cosas no funcionan así, los cambios estructurales no se deciden escribiendo en un papel una lista de deseos, hay que trabajar en la realidad y la realidad tiene la característica de estar compuesta por estructuras previas que hay que gestionar y que tienen la peculiaridad de no dejarte hacer lo que te gustaría.
Hay lo que hay. Hay una constitución, unas estructuras políticas, unas administraciones públicas, unas leyes, un sistema judicial con su estructura y sus leyes, etc. Y dentro de estas hay cosas que funcionan bien, otras que funcionan regular y otras que funcionan rematadamente mal y que no tienen ninguna razón de ser. Y tenemos carencias, y quizá instituciones que nos faltan y que deberíamos implantar.
Y destruirlo todo como Elefante por cacharrería sin segregar lo bueno de lo malo, lo que funciona de lo que no funciona, pensando que todo es una mierda porque todo viene de una traición original basada en el pactismo con el franquismo, pues me parece una actitud infantil.

Si nuestro país es un desastre en muchas cosas, y lo es, es labor de nuestra generación arreglarlo. Y para arreglarlo, para hacer una enmienda constitucional general, una nueva constitución o constituir las estructuras principales de nuevo, no hace falta “matar al padre”, no hace falta que nos escudemos en lo malos y lo traidores que fueron nuestros antepasados para justificar la necesidad de hacer lo que hacemos.
La necesidad de hacer cambios radicales está en la propia realidad del país, no necesitamos más. Para concluir que un sistema político esta obsoleto no hace falta reescribir la historia con suspicacia ni destruirlo todo como si fuese un trasto viejo que no vale. Quien cree que el rupturismo es romper con todo no es más revolucionario, es un memo.
Mucho cuidado con ese ímpetu tan español de intentar ganar batallas después de muerto, eso casi nunca lleva a ningún sitio que valga la pena.

lunes, 28 de julio de 2014

Las asombrosas similitudes entre el regionalismo Campsista y el independentismo catalán
















Hace muchísimo tiempo que quiero hablar sobre una comparación que sé que va a ser muy polémica y que va a tocar muchas sensibilidades. La comparación no pretende ser exacta ni carente de diferencias, obviamente no hay dos cosas que sean iguales, pero sí quiero resaltar las enormes similitudes entre dos realidades que pueden parecer antagónicas pero que en realidad no lo son: Hablo del independentismo catalán actual y del regionalismo que adoptó/fabricó el PP Valenciano en los últimos años en Valencia, que he llamado “regionalismo Campsista” por considerar a Francisco Camps como máximo exponente del mismo.

Yo tengo 32 años y durante todo el tiempo en que he tenido uso de razón política el PP valenciano ha gobernado Valencia y su Comunidad. Rita Barberá llegó a la alcaldía de Valencia en 1991, cuando yo todavía tenía 9 años, y Eduardo Zaplana en 1995, cuando tenía 13. En poco tiempo estos políticos crearon un nuevo imaginario colectivo sobre qué eran los valencianos y qué era la Comunidad Valenciana, imaginario que en parte era herencia del blaverismo salido de la batalla de Valencia pero convenientemente modificado y adaptado a los tiempos de burbuja inmobiliaria y negocietes entre amigos que entonces comenzaban.
A pesar de esto es lo que he conocido sí que recuerdo los estertores de una Valencia diferente. Recuerdo una Valencia que no se miraba al ombligo, una Valencia que intentaba normalizar la lengua valenciana desde parámetros objetivos, que estaba orgullosa de su tradición sin replegarse endogámicamente sobre sí misma, que respetaba la intelectualidad y la cultura, que creía en el progreso, que miraba a Cataluña con cierto complejo de inferioridad, es verdad, pero con una admiración positiva. En definitiva, recuerdo una Valencia que no era cateta, que no era inculta y, sobre todo, que no se regocijaba en cierto tipo de paletismo provinciano como sí ha pasado durante parte de los 90 y sobre todo la década pasada.
Durante mi adolescencia Valencia comenzó a cambiar. Nuestro objetivo, como pueblo, fue tenerla más grande que los demás. Adaptando esa frase tradicional que dice que somos “la millor terreta del món” nos hicieron creer que efectivamente lo éramos, y por supuesto que lo éramos gracias al PP. Comenzamos a construir cosas muy grandes, que no valían para nada pero que eran grandes, y así nos decían que atraíamos la atención del mundo. Nuestros amigos del PP nos estaban poniendo en el mapa.

De todas formas Zaplana, al final, no era más que un señor de Cartagena al que le gustaban mucho los negocios y “forrarse” con la política pero que no acababa de representar bien esa idiosincrasia valenciana estereotipada en cierto ruralismo poco ilustrado, sin embargo a partir de 2003 Francisco Camps sí que pudo representarla perfectamente. Camps era valenciano y, aunque de lengua materna castellana, sí hablaba un valenciano apitxat y mucho más apto para representar un regionalismo auténtico.
A partir de 2004, cuando en el gobierno central gobernó un partido que no era el PP, todas las piezas cuadraron perfectamente para crear un imaginario popular que oprimía a la inteligencia. Al tradicional enemigo catalán, que quería invadirnos, ocuparnos y destruir nuestra cultura autóctona, se unía ahora un gobierno de “Madrit” que era anti-valenciano no por ser español sino por ser socialista y por tanto pro-catalán. De forma puntual se unían algunas instituciones europeas que, sospechando que lo que pasaba por aquí tenía muy mala pinta, a veces se atrevían a decirlo, uniéndose al carro de enemigos de la Comunidad Valenciana.
Los agravios, por tanto, no paraban de aparecer. Los catalanes nos estaban continuamente atacando, los aragoneses nos quitaban el agua, los madrileños no nos daban suficiente financiación, etc. Si el AVE llegaba a Valencia un minuto más tarde que a cualquier otro sitio del universo es que a los valencianos nos discriminaban, si cualquier político de fuera de Valencia se le ocurría llamar al territorio País Valenciano o decir que el valenciano y el catalán eran la misma lengua eso representaba casi la antesala de un genocidio cultural. Si había sequía se nos recordaba una y otra vez cómo el pérfido Zapatero nos quería matar de sed y si desde el gobierno central se ponía en duda cualquier política del gobierno valenciano era sin duda por el anti-valencianismo inherente de los socialistas.

La combinación de victimismo contra Cataluña, Madrid y otros enemigos puntuales, junto con un chovinismo desmesurado, el regocijo en un analfabetismo funcional convertido en virtud y la manipulación informativa emocional con la que diariamente nos bombardeaban, llegó a convertir el ambiente en opresivo. Hasta los socialistas, tan veletas ellos, una vez intentaron hacerse Campsistas, sin éxito. Gente como yo era vista como catalanista (¡¡Yo!!) y anti-valenciana.
Pero como no hay mal que cien años dure al final todo explotó. Todo lo que nos estuvieron vendiendo durante década y media resultó ser una farsa: Los grandes eventos demostraron ser ruinosos, las grandes construcciones insostenibles, la economía valenciana degradó en vez de progresar. A todo esto se unió la explosión de los casos de corrupción que, si bien habían goteado durante todo el periodo (convenientemente silenciados por la propaganda oficial), ahora eran tan habituales la prensa nacional comenzó a hablar de ellos. La mentira de que nos habían puesto en el mapa se convirtió en verdad pero por otra razón: La corrupción. Hasta el New York Times habló de Valencia pero para compararla con el mafioso sur de Italia. Los valencianos comenzamos a ser tratados con condescendencia por el resto de españoles y cuando viajábamos por ahí nos preguntaban con una mezcla de curiosidad y ternura: “¿Y por qué seguís votando a esa gente?”.
Hoy Valencia comienza a despertar, poco a poco, de ese narcótico sueño de chovinismo, victimismo, corrupción y mentiras económicas. El imperio del PPCV se acerca a su fin algo que reconoce hasta el más fanático de los peperos y eso, en parte, me llena de satisfacción. Hoy ya nadie me llama catalanista anti-valenciano, ya no soy un traidor, de hecho los traidores son precisamente los que nos han llevado a esta situación. Quiero ver el futuro con optimismo y así lo encaro.
Pero realmente siento que la Comunidad Valenciana ha perdido dos décadas. La Comunidad se ha empobrecido económicamente pero, sobre todo, se ha empobrecido moral y socialmente. Ser valenciano es algo que va a estar marcado por muchos años y vamos a necesitar mucho tiempo de gobiernos éticos, limpios y honestos para limpiar nuestra imagen. Las tentaciones populistas de volver a un chovinismo facilón y de acusar a los demás de nuestra mala imagen probablemente volverán y no serán fáciles de contener. Y el desastre institucional que puede haber oculto bajo las alfombras de cada conselleria y cada diputación puede ser una bomba de relojería que nos condicione el futuro por largos años.

Toda mi vida he mirado a Cataluña con cierta envidia. Escuchaba a sus políticos tratarse con respeto entre ellos, seguir normas no escritas de país civilizado. La veía una sociedad más culta que la nuestra, que estaba impregnada de chovinismo cazurro; una sociedad que intentaba absorber impulsos europeos mientras nosotros estábamos en el peronismo de derechas. La TV3 me parecía una televisión más seria que nuestro Canal 9 y aquello del “oasis catalán” me resultaba una verdad evidente. Si hasta su derecha (CiU) parecía mucho más civilizada que la nuestra (PP)...
Pero hoy, mientras nosotros salimos de la pesadilla en que nos sumergió el PP Valenciano, veo a Cataluña caer en el mismo narcotismo en que nosotros caímos en los 90. Cataluña hoy sólo se mira a sí misma, busca todos sus problemas en los enemigos externos como nosotros los buscábamos durante aquellos años. Cuando oigo a un independentista catalán decir que no los pueden echar de la UE porque son muy importantes, un reflejo mental me recuerda a aquella Valencia que se creía el centro del universo.
Veo videos de la TV3 (porque desgraciadamente no puedo verla en la TV) y no observo ninguna diferencia con aquel Canal 9 que daba vergüenza ajena mirar. Veo a los que van a aplaudir a Messi a la puerta del juzgado y recuerdo un encuentro entre Paco Camps y la comunidad gitana el día antes de declarar éste por el caso de los trajes, encuentro que acabó con los presentes cantándole a Camps “tío Paco, tío Paco”. Leo como, ante el descubrimiento de las cuentas de Pujol en paraísos fiscales, muchos atacan a las “alcantarillas del estado” y a la “caverna” de la misma manera que aquí era todo una conspiración de los socialistas contra nuestra tierra.
Todo, prácticamente todo, me recuerda de alguna manera a lo que ha pasado en Valencia en las últimas dos décadas. Y, en cierta manera, hay algo que veo incluso más preocupante en Cataluña y es la poca oposición frontal al sistema. Nosotros teníamos una oposición silenciada y calificada de anti-valenciana pero que, al final, ocupaba el 40% de los cargos institucionales. Cataluña, en la cuestión "nacional", parece tener dos oposiciones, una que ciertos aspectos es más “régimen” que oposición y otra que sí es contraria al pensamiento vigente pero que es minoritaria. Y tener esas dos oposiciones en la práctica minoriza a la oposición más contraria al pensamiento vigente mientras que disfraza de insultante mayoría ciertas realidades que probablemente son coyunturales.

Mirad, yo no quiero dar lecciones a nadie. Al final como parte de la “izquierda valenciana” que soy tengo cierto respeto de vecindad por Cataluña y, quizá, incluso todavía tengo reflejos de esa sensación que me producía la Cataluña de hace unos años y que hace que me cueste situarme desde una posición de altura moral. Tengo raíces catalanas además. Pero os tengo que decir, amigos catalanes, que lo que está pasando en Cataluña a nivel de pensamiento colectivo yo ya lo he visto y sé cómo acaba, y no acaba bien.
La realidad acaba explotando por algún lado. Nuestra endogamia absurda y nuestros aires de grandeza se cayeron como un castillo de naipes de la noche a la mañana. Era evidente, sí, pero los que lo veíamos (o decíamos) te aseguro que éramos una minoría. Y me temo que a Cataluña le espera la misma realidad. La independencia no es posible y, de serla, en el momento las consecuencias asomen amenazantes los mismos que hoy la demandan mañana la negarán. Dime la verdad amigo catalán, si la independencia comenzase el 9 de Noviembre ¿Pujol hubiese regularizado su fortuna ahora? 
Y estas cosas no son gratis, estas cosas acaban generando cicatrices sobre el cuerpo social que tardan muchísimo tiempo en sanar. Las frustraciones, la sensación de haber sido engañados, las cuentas pendientes que se generan, la pérdida de un proyecto colectivo que hay que reconfigurar…Eso es muy duro y muy costoso, empobrece económica y moralmente al país y no es agradable.

Sé que el nacionalismo, el regionalismo y el independentismo no son lo mismo y no voy a decir que son todos iguales, pero de facto convergen en un 90% de sus características. La tendencia al populismo, al chovinismo, al victimismo, la cerrazón intelectual, la focalización en una única causa dejando degradar todo lo demás, los aires de grandeza ridículos, etc. Todo es asombrosamente similar.
Y lo peor es que siempre hay quien hace caja política del “cuanto peor, mejor”. En estos ambientes se genera una realidad político-evolutiva normal por la que se culpa de todos los problemas internos al enemigo y se llega a asumir que cuanto más problemas haya más se fortalece el victimismo y el populismo y, por tanto, al gobernante. Cuando esto pasa es muy difícil salir de ahí, los gobiernos hacen esfuerzos para mantener la llama caliente y eso siempre, siempre, acaba hundiendo al país.

jueves, 24 de julio de 2014

Moral, política y derechos humanos






















Si algo tiene de bueno esto del “derecho a decidir” es que estamos pudiendo generar debates de fondo sobre la política, los valores y la moral de la que emanan éstos, y que estamos volviendo a desgranar cuidadosamente las bases de la política como gestión de la voluntad colectiva y los límites de la misma. Si somos hábiles e inteligentes podremos extender este debate a amplias capas de la población que hoy ven la política desde un prisma simplista y absolutista respecto a principios postizos manoseados y deformados a conveniencia. Obviamente si no lo somos la tendencia de simplificación irracional seguirá, con consecuencias peligrosas.

Ya he hablado muchas veces de la diferencia que hay entre democracia y democratismo, cómo el segundo es una degeneración del primero y podría suponer su destrucción. Mientras la democracia marca límites entre lo individual y lo colectivo el democratismo no lo hace, pues acaba considerando que todo, absolutamente todo, debe decidirse por mayoría social, lo que supone evidentes peligros para las libertades individuales y los derechos de las minorías. Podéis leer mis argumentaciones aquí y aquí y así no hace falta que las repita.
Obviamente como esta crítica al democratismo es difícilmente cuestionable, los defensores del “derecho a decidir” y del “derecho a decidir todo” tienen que aceptar que, por lo menos, tienes parte de razón. Entonces te dicen que cuando se habla de los derechos a decidir se acepta que esto no aplica a los derechos individuales, que obviamente se respetarían. Al escuchar esto, y previniendo que se estén usando palabras vacías para evitar debates que no se pueden ganar, siempre pregunto sobre los derechos individuales y pido que se me diga qué quiere decir eso, y entonces me responden que hablan de los “derechos humanos”.
O sea que, básicamente, el "derecho a decidir sobre todo" afecta a todo excepto a aquello que tenga que ver con los derechos humanos, que no se votaría. Y se quedan tan tranquilos, oye. Como si esa idea acabase con las contradicciones y los problemas, como si la corrección de brocha gorda permitiese, por fin, la cuadratura perfecta del círculo y la generación del mecanismo más democrático y perfecto que la humanidad pudiese generar. Oiga, pues no.

Creo que partimos de una visión un tanto infantilista de qué son los “derechos”. En nuestra sociedad se habla mucho de los “derechos” como algo incuestionable, algo fijado como verdad absoluta y que tendría unas limitaciones claras. Los “derechos” parecen que son divinos, impuestos por una entidad superior, algo que jamás se ha puesto en duda ni se pondrá.
Se obvia, no sé si por desconocimiento o por tendencia a no querer pensar demasiado, que los derechos son convenciones sociales, que parten de una moral social implantada en determinado momento de la historia reciente. La práctica totalidad de los derechos que hoy consideramos sagrados e incuestionables no existían hace 250 años, y si existen hoy es gracias a desarrollos filosóficos, a revoluciones políticas o a luchas sociales. Por la misma razón hay derechos que hoy no existen, que no demandamos como “inalienables” por la sencilla razón que sus defensores en el pasado no pudieron implantarlos y que, sin embargo, igual son objetivamente más exigibles que otros derechos que hoy sí existen.
Los “derechos humanos”, por tanto, al final también son un convencionalismo social. No voy a entrar en la doctrina del derecho natural que dice que hay ciertos derechos que son consustanciales al ser humano porque me parece, en la práctica, un brindis al sol. No quiero decir que no me parezca bien que se piense eso y se cree esa moral social, me parece bien en tanto en cuanto garantiza la incuestionabilidad de ciertos derechos para mi esenciales, lo que pasa es que esto no deja de ser un debate filosófico y no una realidad política.
Los derechos humanos están más o menos “regulados” por la declaración universal de la ONU de 1946. Esta declaración se convierte casi en la “biblia” de los derechos y mucha gente se abraza a ella como un dogma. Pero como, insisto, esto es un convencionalismo humano y no una verdad divina, resulta que al final toda esta lista de los derechos humanos no se cumplen en casi ningún sitio tanto por su ambigüedad como por la terrible realidad de que, en la práctica y en la estructuración jurídica, muchos de estos derechos son contradictorios los unos con los otros. Los más básicos sí se cumplen en los países democráticos, pero no todos ni mucho menos.

El otro día uno de los defensores del “derecho a decidir” de Cataluña (pero que es anti-independentista) me dijo que él aceptaba el “derecho a decidir sobre todo” pero dejando como sagrados los derechos humanos. Le dije que eso estaba muy bien, pero entonces le hice ver una sencilla contradicción. El artículo 25 de la declaración de los DD.HH garantiza el derecho a una vivienda mientras que el artículo 17 garantiza el derecho a la propiedad privada. ¿Qué pasa si hay carestía de vivienda? ¿Aseguras el derecho a una vivienda para el que no la tiene o el derecho a la propiedad privada del propietario de la vivienda? ¿Qué derecho prevalece?
Las contradicciones entre derechos son frecuentes, en la declaración de los DD.HH y en las realidades jurídicas nacionales. Casi cualquier derecho económico entra en contradicción con derechos de propiedad o similares. Los derechos y libertades individuales y el respeto a la moral individual pueden entrar en contradicción con cosas como “satisfacer las justas exigencias de la moral” o con el propio estatus de la familia como base de la sociedad. Muchas de las redacciones son lo suficientemente ambiguas para que se puedan negar los derechos abstractamente representados en ellas.
La declaración de los derechos humanos y la propia redacción de derechos de las constituciones democráticas son guías maravillosas para perseguir una aspiración política de mayor libertad e igualdad relativa para todos los ciudadanos pero no puedes pensar que te va a dar la respuesta para todo, eso es irresponsable e infantil. Los conflictos y las contradicciones serán frecuentes, la imposibilidad de llevar a cabo todos los derechos también, la interpretación social de ciertos derechos será discrepante. Esto hay que entenderlo y hay que saber cómo actuar en estos casos. Y la forma de actuar es que en función de la moral (social o política) y del mandato político recibido, prevalecerá un derecho u otro.

Mirad, yo puedo ponerme ahora exquisito y decir que la independencia de Cataluña es un riesgo para los derechos humanos. Podría decir que aceptar la independencia de Cataluña podría poner en riesgo el artículo 13.1, que dice que las personas tienen derecho a circular libremente e instalar la residencia dentro de un estado, o el 21, que habla del acceso igualitario a la administración pública. Si divides un estado formado finalmente estás negando a tus nacionales estas cosas y, por tanto, estarías actuando contra el propio mandato de estos derechos. Podría hablar también del artículo 15, que habla de que a nadie se le podrá privar de su nacionalidad (entendamos que en caso de secesión no se podrá dar doble nacionalidad a todo el mundo) o, si estiro la idea a mi conveniencia, podría justificar mi rechazo a la secesión porque la separación de un territorio rico podría poner en riesgo los derechos sociales del artículo 22.
Esto obviamente son interpretaciones (muy discutibles en algún caso), igual que los nacionalistas catalanes consideran que Cataluña tiene “derecho de autodeterminación” al ser un “pueblo”. Obviamente ni se puede decir que Cataluña tiene derecho a la autodeterminación (porque no es un “pueblo” separado del “pueblo español” o, al menos, ese es un posicionamiento muy muy discutible) ni se puede asegurar que una hipotética secesión violase los artículos que yo he indicado, porque siempre se podrá argumentar que eso es una trampa que hace inviable cualquier secesión (que sería cierto) o que eso no aplicaría a un escenario de ruptura de un estado.
En este caso no hay, pues, una “verdad” jurídica, no hay una solución que esté basada en los “derechos humanos” o que sea más democrática que la otra. Se trata de un conflicto de percepciones sobre la sociedad y sobre la realidad de una problemática compleja que cada uno resuelve en base a sus valores políticos y a su “moral”. Siempre que la solución no viole derechos humanos más básicos y sea democrática, y ambos posicionamientos lo serían a priori, el conflicto no se puede solucionar invocando unos derechos sagrados e indiscutibles.

¿Por qué no acepto yo el derecho a la secesión de Cataluña? Porque esto supone superar límites que, en mi percepción subjetiva y moral de la sociedad, son inaceptables. Mirad, mi padre es catalán pero lleva 35 años viviendo en Valencia ¿por qué mi padre tendría que convertirse en un extranjero en su tierra de nacimiento, o un extranjero en la tierra en la que vive? Me resulta una canallada innecesaria. Hacer elegir a la gente si quiere ser española o catalana, algo que es especialmente grotesco para catalanes que viven fuera de Cataluña y también para resto-españoles que viven en Cataluña pero que lo sería también para cualquier catalán, es exactamente lo contrario de lo que yo creo que es el progreso y la libertad humana. Crear una frontera innecesaria entre territorios unidos durante siglos en los que la mayoría de gente tiene familiares al otro lado me resulta una infamia política, un muro de Berlín autoimpuesto al calor de la coyuntura.
Dejar que el egoísmo fiscal, que las ganas de un territorio rico de no tener que “subvencionar” a uno pobre pueda destruir la igualdad social y de renta, es algo que políticamente me resulta implanteable. Si aceptamos que la gente tiene derecho a desprenderse del “pobre” que tiene al lado al final acabaremos en el anarcocapitalismo, el fin del estado del bienestar y la sociedad de la pobreza generalizada. Y yo estoy en política precisamente para defender lo contrario.
Es que usted no es democrático” me han llegado a decir algunos. Pero atontado ¿cómo que no soy democrático? ¿Cómo que la negación al derecho de secesión de un territorio no es democrática? Para empezar está sostenida en una constitución democrática y de hecho ninguna constitución democrática del mundo permite la secesión de una parte de su territorio (No, la de Canadá tampoco, y el Reino Unido no tiene constitución). Pero es que además este es un equívoco interesado, es convertir cualquier limitación a cualquier deseo colectivo en una absurda acusación de no-democracia.
Yo no voy a decirle jamás a alguien que crea que Cataluña o Navarra debe tener derecho a la secesión que es una persona antidemocrática (otra cosa serían los métodos o las consecuencias que estarían dispuestos a aceptar). El posicionamiento es democrático, para mí no viola derechos humanos indiscutibles y básicos de forma clara y se pretende una futura sociedad democrática, así pues anti-democrático no es, otra cosa es que sea la peor política que se me ocurre y que se deba evitar. Y cómo se debe evitar yo lo evito, pido que se evite y desde mis valores pido que se establezcan los mecanismos democráticos para evitarlo.

Lo peor de todo esto es que creo que algunos se creen que han descubierto la democracia ellos, y lo que es peor, otros se creen que efectivamente los unos la han descubierto. Estos debates sobre los derechos, los derechos humanos, los ámbitos de decisión que son colectivos y que son individuales y sobre el democratismo son frecuentes en muchos otros países ¿Y sabéis como se solucionan? Con la MORAL y los VALORES políticos. Eso es al final lo que marca el mundo, la política y finalmente los derechos.
¿Qué piensas, amigo lector, del matrimonio homosexual? Mira, el matrimonio homosexual no es un derecho humano sencillamente porque es un derecho nuevo. Hoy cualquier persona pensaría que una legislación que prohíba a una chica blanca y a un chico negro casarse es contraria a los derechos humanos y la pondría a la altura de la Sudáfrica del Apartheid, pero que no haya matrimonio homosexual en un país se entiende generalmente como una opción democrática de ese propio país. Pues bien, si el matrimonio homosexual se extiende por todos los países probablemente de aquí a un siglo limitar el matrimonio homosexual resultará un ataque gravísimo a los derechos humanos, y lo será gracias a la moral social que imperará. Como veis es una cuestión de moral social y de valores, no de “derechos” como hecho absoluto e indiscutible.
Yo creo que el matrimonio homosexual debe establecerse en todas partes y que es una discriminación legal no permitirlo. Así pues, si por mi fuese, usaría el poder político para “blindarlo” en la media de lo posible y si pudiese lo haría mediante artículo constitucional para que una mayoría del 51% no acabe con él. Son mis valores y mis principios y yo hago política para defenderlos, sin extralimitarme, sin pasar límites que son obviamente infranqueables (porque en los valores está también no ser despótico), pero usando las leyes democráticas a mi conveniencia. Este posmodernismo buenista en el que muchos militan es una estafa. La política tiene ese punto maquiavélico señores.

En relación a la territorialidad hay dos valores básicos con los que yo no puedo transigir: La creación de una frontera política que separe en derechos y libertades a los ciudadanos de uno y otro lado, y que se limite la redistribución de la renta y la igualdad económica entre territorios. Y, dentro de lo democrático y respetando los derechos y libertades básicas, haré todo lo que esté en mi mano para garantizar esto. Si pudiese haber una independencia que no atacase estos valores (que no puede), os aseguro que no sería tan beligerante.
Por la misma razón no acepto que la colectividad limite las libertades y derechos de la minoría, que se use la mayoría coyuntural democrática para implantar el moralismo social o educativo, que se destruya el estado del bienestar o se venda lo que hemos tardado décadas en construir para entregarlo a las manos de amiguetes a modo de expolio. Es mi moral, son mis valores y uso la democracia para defenderlos y, dentro de la democracia, también sus ventajas que me benefician. Sí, no soy un santo, lo siento.

La democracia se basa en saber separar el ámbito individual, en el que prima la voluntad del individuo, del ámbito colectivo, que se decidiría mediante mayorías democráticas. Se basa también en diferenciar qué cosas se pueden cambiar por mayorías simples y cuales por mayorías cualificadas y decidir qué mayoría es la razonable. Y por último también se sostiene en decidir en qué ámbitos territoriales se decide cada una de las decisiones colectivas.
Estos tres pilares son esenciales para una democracia y no hay unas leyes escritas en piedra que te puedan decir cómo se gestionan y cómo se limitan, lo siento. Sé que es difícil, sé que lleva a quebraderos de cabeza, pero por eso la política es difícil, por eso se necesita a los mejores y por eso Pepe el del carajillo no puede dirigir un estado.
Y la solución, la guía para solucionar esto, repito una vez más, está en la moral y en los valores, del gobernante en cuestión, del mandato democrático y de la sociedad en general. A veces pienso que hemos olvidado la importancia de unos valores firmes (que no dogmáticos) y unas ideas claras (que no fanáticas) y nos hemos entregado a lo fácil y a la evitación del conflicto. Y si se evita el conflicto siempre gana el fuerte y el más sinvergüenza, no lo olvidemos nunca.

lunes, 21 de julio de 2014

¿Se adelantarán las elecciones generales?















Llevo varios días escuchando el persistente rumor de que se van a adelantar las elecciones generales previstas para noviembre de 2015. Los rumores sitúan esta fecha sobre la primeravera del 2015 aunque no llegan a especificar sí el adelanto las situaría antes de las elecciones autonómicas y municipales, después o incluso a la vez de éstas.

Lo que he leído por ahí es que este adelanto se haría como una especie de estrategia anti-Podemos y, en menor medida, también anti- posible recuperación de la expectativa de voto del PSOE después del proceso de cambio de liderazgo. Según estas teorías, que parecen hechas por el propio equipo de Podemos, conforme pasen los meses esta formación conseguirá más y más apoyo popular y en año y medio podría poner en aprietos al PP.
En este contexto adelantar las elecciones sería un mecanismo para mantenerse en el poder y/o para poder gobernar con un parlamento más afín o con menos dificultades. En año y medio las cosas podrían estar muy difíciles para el PP en un país que se está escorando bastante a la izquierda y el adelanto aseguraría cuatro años más de gobierno.
A mi personalmente este argumento me parece desatinado. Probablemente Podemos va a crecer bastante (yo creo que lo va a hacer) pero no lo hará pasa sacar mayoría suficiente para gobernar, o por lo menos no en tan poco tiempo. Esta teoría parece asumir las tesis de Monedero o Errejón de que van a gobernar en año y medio, algo que es una estrategia publicitaria fantástica para estar en la centralidad política y para mantener a sus rivales en tensión pero que no deja de ser muy improbable. Para ello Podemos debería constituirse exitosamente como partido, organizar un bloque rupturista con otras fuerzas de cambio, quedar el primero en las elecciones y sumar más escaños que PP, PSOE, UPyD, C's y otros partidos juntos, etc. Nada es imposible en política pero, seamos realistas, no es probable que pase en tan poco tiempo.

Sin embargo sí creo probable que el gobierno del PP adelante las elecciones por otra razón. El PP está intentando retorcer las leyes a su favor para afianzarse en el poder como hemos visto en Castilla La Mancha o como están intentando hacer con el asunto de los alcaldes por elección directa. Para el PP las leyes no son algo que se deba respetar sino que son herramientas para usar en interés propio.
Adelantar unas elecciones a conveniencia es algo mucho menos raro en democracia y generalmente se acepta bastante mejor que los cambios de leyes electorales hechos de forma unilateral. Felipe González adelantó las elecciones un par de veces en interés propio, no consumiendo las legislaturas y poniéndolas en momentos que creyó que le interesaban. Aznar consumió ambas legislaturas pero tanto Zapatero como el propio Felipe también adelantaron elecciones al ver dificultades para continuar la legislatura. Esto es algo, pues, relativamente normal.
Al PP le interesa adelantar las elecciones. Ellos dirán que no, es decir, su propaganda dice que conforme pasen los meses la recuperación se notará en la calle y la gente, al ver cómo le bajan los impuestos y las cosas comienzan a ir mucho mejor, volverá a confiar en ellos. Pero eso no pasará, y no pasará porque las heridas económicas de esta crisis van a crear una nueva estructura productiva y de relaciones laborales que va a mantener en la precariedad a amplias capas del país durante largo tiempo, y a esa gente no le va a afectar en nada las cifras macroeconómicas ni le van a poder vender que se ha salido de la crisis.
Si al PP le interesa adelantar las elecciones es porque éstas van a generar una nueva realidad política que les interesa extrapolar a las elecciones autonómicas y municipales de 2015. Y esta realidad política es la gran coalición.

Mirad, si siguiese el cauce normal de las cosas en Mayo de 2015 el PP perdería la mayoría de las más importantes autonomías y ayuntamientos. Según las encuestas de lo que llevamos de año y, sobre todo, si extrapolamos los resultados de las elecciones europeas a los municipios y autonomías, veremos como el futuro del PP es bastante negro.
Antes de la irrupción de Podemos y cuando se pensaba que el PP mantenía una estimación de voto entre el 30 y el 33% (recordemos que en las europeas sacó el 25%) ya estaba bastante claro que el PP iba a perder el gobierno de la Comunidad Valenciana, el de las Islas Baleares y el de Aragón y, en función de los pactos postelectorales, el de Extremadura (si IU deja de ser abstencionista) y el de Madrid (si UPyD no los apoya). En Castilla La Mancha parece que lo mantendrían por el golpismo electoral de Cospedal (sino estaría en riesgo) y también está en riesgo Cantabria. El PP podría quedar reducido a las dos Castillas, La Rioja, Murcia y Navarra.
Respecto a las principales ciudades hay una extrapolación de los resultados de las europeas por municipio que, de repetirse en las municipales (aunque esto no es nada probable), el PP perdería la mayoría absoluta en todas las capitales de provincia de España. Obviamente me parece poco probable que en ciudades como Ávila o Burgos el PP pierda el ayuntamiento pero quiero que veáis hasta qué punto las cosas han cambiado a nivel local.
Un partido como el PP lo que necesita más imperiosamente es mantener poder político para poder colocar a sus cuadros. Hay miles y miles de miembros del PP que son diputados, concejales, asesores de unos o de los otros, directores generales, consejeros o enchufados varios, y que son sumisos y obedientes al partido porque es éste quien los provee de “trabajo”. Si el PP empieza a perder CC.AA y ayuntamientos a mansalva el PP puede ser un polvorín inestable que reviente con desbandadas de militantes, escisiones, corrientes de críticos, etc. Obviamente eso no se lo pueden permitir.

Sin embargo las previsiones para Noviembre de 2015, en las elecciones generales, son otras. Ya expliqué aquí, mediante unas encuestas de este invierno, que no salía gobierno posible que no fuese absolutamente inestable. Creé una regla que decía que si hay un ganador con menos de 150 diputados acabaremos en una gran coalición PP-PSOE. Pues bien, en una última encuesta con un porcentaje de voto para el PP del 33,5% (que me parece absurdo cuando venimos del 25% de hace dos meses), el PP no llegaría a 150 diputados.
Así pues e independientemente de lo que se desgañite Pedro Sánchez diciendo que no pactará una gran coalición con el PP, lo más probable es que esas elecciones acabasen con una gran coalición PP-PSOE que se forzaría desde del exterior si fuese necesario y que acabaría con Pedro Sánchez tragándose sus promesas o bien con éste como Bersani, que tuvo que dimitir para cumplir su promesa de no pactar con el partido de Berlusconi. Porque que no os quepa ninguna duda que antes que un gobierno que no pueda gobernar habrá gran coalición.
Pero imaginemos la situación. El PP pierde la mayoría de CC.AA y ayuntamientos importantes, donde se forman gobiernos de izquierda. Y llega noviembre y se organiza una gran coalición. ¿Qué cara se les queda a los partidos de izquierda que han pactado con el PSOE en las CC.AA cuando este mismo partido ha pactado con el PP unos meses después? ¿Qué cara se le queda al PP, habiendo sido pulverizado de todas partes cuando perfectamente podrían haber organizado una gran coalición con el PSOE en municipios y comunidades?
Notad que el PSOE no va a pactar con el PP en ayuntamientos y CC.AA antes de las generales, porque eso sería prácticamente decirle a la gente que ese pacto también se va a dar en el gobierno central y si el votante del PSOE ve esa intención va a dejarles de votar. El PSOE tiene que decir hasta el infinito que no va a pactar con el PP ni aunque se caiga la luna sobre la tierra para mantener así a sus votantes, que sino se irán a otras fuerzas. Es un juego de simulaciones y de apariencias que Pedro Sánchez ha entendido perfectamente pero que no deja de ser una engañifa.

¿Cuál es la jugada maestra del PP en este contexto? Adelantar la generales a marzo de 2015. Esas generales las ganaría con un grupo parlamentario insuficiente y la única salida sería una gran coalición con el PSOE, coalición que sería “exigida” por los socios europeos y bajo una machacona propaganda de que sino se hace viene el chavismo. El PSOE no se podrá negar como no se pudo negar el PD italiano, el PSOK griego o el SPD alemán.
Y una vez hecha tendría lugar las autonómicas y municipales, con el PSOE perdiendo votos hacia la izquierda pero con un PP fortalecido, y con una izquierda cabreada que vería al PSOE como un partido con el que no se puede pactar. Y en ese contexto la tendencia natural en prácticamente todas partes sería repetir esa gran coalición a nivel autonómico y, en muchos casos, también a nivel municipal (y digo muchos casos porque los municipios muchas veces tienen sus propias dinámicas).
La jugada del PP es redonda. Tendría que compartir el poder con el PSOE, sí, pero la gran coalición dejaría al PSOE debilitado y mantendría el grueso del poder en manos del PP, que aún cayendo entre 15 y 25 puntos en voto acabaría gobernando prácticamente en los mismos sitios donde ganó el gobierno en 2011. Es la estrategia perfecta para mantenerse en el poder a toda cosa, que es lo único que al PP le importa.

¿Cuál es mi apuesta? Pues Rajoy es un tío inmovilista pero esta jugada es demasiado buena para no ser aprovechada, así que si no sale la reforma de la ley electoral local ni las reformas de varios estatutos que tiene el PP en marcha (y menos en Castilla La Mancha no deberían poderse aprobar), creo que tendremos elecciones generales para principios de Marzo de 2015. Por mucho que dilatase el PSOE las negociaciones se llegaría a Mayo con la gran coalición ya pactada y todo lo demás vendría solo.
Hay que ser muy tonto para no aprovechar esta situación. Supongo que estudiarán bien la situación a final de este año y convocarán elecciones anticipadas. Muchas veces tendemos a pensar que los del PP son tontos y lo son en algunas cosas pero no en temas de estrategia. Para mantenerse en el poder y para parasitar las instituciones del estado esta gente es muy lista, y si yo soy capaz de atar cuatro cabos ellos también lo son, no os quepa duda.

jueves, 17 de julio de 2014

La realidad del empleo en España






















Hay una pregunta que se repite constantemente y que nadie sabe responder: ¿Por qué hay tanto desempleo en España? Excepto en la época de la burbuja inmobiliaria (donde el desempleo bajó del 10% entre 2005 y 2007) en el resto de la serie histórica de los últimos 30 o 35 años el desempleo siempre ha estado por encima del 10%, siendo la media de estos años alrededor del 15-16%. Esto representa un desempleo estructural mucho mayor que en los países de nuestro entorno.
Explicaciones a este fenómeno se han dado muchas y creo que ninguna satisfactoria. Se ha hablado de inexactitud en los métodos de medida del desempleo pero la encuesta EPA tiene un método comprable al de otros países, se ha indicado la enorme economía sumergida que tenemos pero ésta es equiparable a otros países de la Europa mediterránea y éstos no tienen tan altas tasas de desempleo como nosotros. Otras teorías hablan del bajo valor añadido de la estructura productiva en España pero esto también es común a otros países con menos desempleo. Los incentivos para estar desempleado tampoco son comparativamente altos en España así que esa no puede ser la razón y, por mucho que lo repita la derecha política, la “rigidez” de los contratos tampoco es la causa porque realmente tenemos menos rigidez laboral que muchos países de nuestro entorno con tasas de paro menores. Finalmente he oído teorías que echan la culpa a la estructura industrial española, basada en las Pymes y no en las grandes empresas.
La verdad es que ninguna de estas causas es el problema, ni siquiera creo que lo sea una combinación equilibrada de todas (aunque seguramente todas ellas añaden un pequeño porcentaje al total). Hay algo más, algo profundamente enraizado que nos lleva a esta situación y que es dificilísimo de corregir.

No es mi intención hablar de las causas del desempleo en España, debate que obviamente supera mi capacidad, sino que quiero ir un poco más a la microeconomía y complementar tanto análisis macroeconómico con una mirada a la realidad de nuestros centros de trabajo, algo que creo que nos mostrará muy bien hasta qué punto está enraizado el problema y cómo los cambios en la legislación laboral no están haciendo más que empeorar la situación.
El otro día estaba con dos amigos tomando unas cervezas. Uno es licenciado en económicas y el otro es técnico superior en administración. Mi amigo licenciado en económicas trabaja en una gestoría haciendo un trabajo que probablemente podría hacer un técnico en administración. La gestoría es pequeñita, de hecho además del jefe trabajan mi amigo y otra señora.
Mi amigo se queja de que no dan abasto con dos personas. Trabajan a destajo y su jefe les trae cada vez más empresas para gestionar (el jefe lleva la parte comercial como pasa habitualmente en estas empresa pequeñas). Las épocas de presentación de IVA, impuestos, etc. y casi todos los finales de mes ambos trabajadores se quedan más horas de las que tienen por contrato para poder sacar el trabajo adelante y por supuesto ni se las pagan ni se las dan como vacaciones. Mi amigo insiste, y le ha dicho a su jefe alguna vez, que la carga de trabajo requiere a una tercera persona más aunque sea a media jornada, pero el jefe no quiere contratarla con las más diversas justificaciones. La real: Si tiene dos trabajadores quedándose más horas para sacar el trabajo y no se las paga ¿para qué va a contratar a nadie?
Mi amigo, que no es ningún idiota y por su trabajo obviamente conoce los costes de tener una empresa, trabajadores, etc. Insiste en que la gestoría genera de forma neta muchísimo dinero al mes. No es, pues, la lucha de una pequeña empresa por sobrevivir en un momento difícil sino simplemente es maximizar el beneficio sacándole horas gratis a los trabajadores.

Mi otro amigo tuvo la suerte de que lo promocionasen dentro de su empresa hace poco. Estaba trabajando en un puesto que no requería una especial cualificación pero, ante la existencia de una vacante en el departamento de recursos humanos, le ofrecieron el puesto hará unos tres meses. Para mi amigo supuso un avance tanto por el cargo como por el hecho de que hasta ese momento estaba trabajando cuatro horas diarias y, con el nuevo puesto, comenzó a trabajar a jornada “completa”.
Pero he aquí la primera trampa: Por un “pacto” de empresa se decidió que los contratos serían 35 horas a la semana pero se trabajarían 40. La justificación de esto es que la empresa está en una situación complicada (probablemente es cierto en este caso) y que esa reducción salarial es necesaria para la viabilidad de la empresa.
Pero la cuestión es que mi amigo no trabaja 8 horas diarias como está “pactado”, trabaja una media de 10. Según sus propias palabras “no hay un solo día que no haya trabajado más de 8 horas”. Al principio lo aceptaba con normalidad, total acaba de empezar, las cosas cuestan más tiempo hasta que aprendes a hacerlas y la oportunidad valía la pena. Con el tiempo trabajaría más eficientemente y quizá podría acabar su trabajo en esas 8 horas diarias casi todos los días.
Pero es que aquí hay más cosas: El departamento en el que trabaja mi amigo lo compone básicamente él. Hace dos o tres años en ese departamento había tres personas. Algunas cosas se han externalizado pero parte importante del trabajo de estas tres personas está recayendo sobre una persona ahora, que obviamente no da abasto.
Y una cosa más: Mi amigo, que ha “promocionado” y subido varios escalones laborales con el cambio de desempeño, sigue cobrando lo mismo que antes (aunque en vez de cuatro horas está cobrando siete) y ni le han adaptado la categoría profesional ni le están pagando lo que el propio convenio de su sector indica como salario mínimo para ese puesto. Lleva el departamento él, trabaja un 30% más de tiempo del que le corresponde y sigue cobrando como un trabajador de uno los escalafones más bajos de la empresa.

Casos como estos os puedo contar muchísimos y en todos los ámbitos, de ingenieros a peones de almacén, de comerciales a profesores universitarios. Trabajar más horas, cobrar menos, sobrecargas de trabajo, horas que no se cuentan, falsas jornadas parciales, convenios esquivados con trampas, temporalidad infinita, etc, etc. Esta es la realidad del mercado laboral español, cada vez más acusada.
¿Esto está justificado para “salvar a la empresa”? ¿Es una situación excepcional, debida al momento económico en que nos encontramos, que será revertida al mejorar la situación? Pues en algún caso sí pero en la mayoría no. Por lo que estoy viendo ésto, que hace tres o cuatro años se hacía casi siempre por necesidad, ahora se hace sencillamente porque las empresas pueden hacerlo. Hay un ejército de parados esperando a ser contratados donde sea y al precio que sea y que no durarían en trabajar 9 ó 10 horas aunque cobrasen 6. Los trabajadores lo saben y por eso no se plantan y a veces ni se quejan, posiblemente su máxima rebelión es intentar buscar otro trabajo que no encuentran ante la realidad del mercado laboral y mientras tanto tragan con todo.
¿Sabéis la cantidad de horas de trabajo “reales” que hay ahí, que deberían ser trabajadas por otros trabajadores que hoy están en el paro? Yo no tengo datos ni estoy capacitado para hacer este estudio pero imaginemos que los 14 millones de trabajadores privados que hay en España trabajan, de media, una hora más al día de lo que deberían (y no creo estar exagerando). Si esto fuese así, tan solo liberar esas horas para otros trabajadores crearía 1.750.000 empleos a jornada completa en España. Y con esta base de horas y empleos se pueden hacer todas las combinaciones que se quiera.

Como podréis intuir el desempleo masivo está provocando precisamente que éste se esté haciendo permanente. Ante el enorme desempleo, el miedo al paro y la situación salarial, los trabajadores están tragando con todo y cada aumento de trabajo y actividad no está repercutiendo en aumentos de empleados sino que está siendo sostenida por horas gratuitas de trabajo de los actuales trabajadores. El crecimiento de la actividad repercute casi exclusivamente en las rentas del capital, que por eso están aumentando mientras las del trabajo caen. Y cada reforma laboral, cada flexibilización de las condiciones laborales, está permitiendo a las empresas hacer esto.
Hay quien, imbuido por tantas estúpidas teorías sobre la productividad que se venden en los medios de comunicación, cree que esto es bueno. Qué errados están. Si una empresa puede ganar productividad bajando los salarios (que es muy fácil) nunca va a ganar productividad invirtiendo en bienes de equipo, dando formación o mejorando procesos. Eso requiere inversión mientras que bajar sueldos es gratis y no supone riesgo alguno. La permisividad con las bajadas salariales está evitando que el ingenio, la innovación y la mejora sea la que aparezca para salvar la situación. Se está generando una economía obsoleta a base de flexibilidad laboral.

¿Cómo se arregla esto? La verdad es que es extraordinariamente complicado. Una cosa con la que creo que todos debemos estar de acuerdo es que se deben endurecer las sanciones de forma radical. No es posible que en países como el Reino Unido te paguen hasta los cuartos de hora que trabajas de más (y además te den las gracias) y aquí se esté trabajando gratis con trabajadores asustados que no se atreven a levantarse de su mesa al acabar su jornada. Hay que buscar un buen mecanismo de inspección y alguna manera para que los trabajadores denuncien este tipo de prácticas sin sufrir las consecuencias.
Pero a partir de ahí las cosas son mucho más complicadas. Es evidente que los mecanismos de flexibilidad laboral no están funcionando y no sólo por esto sino es que también están hundiendo el consumo, la recaudación de impuestos, están poniendo en riesgo las pensiones, etc. Volver a la rigidez puede no ser la solución pero lo que es evidente es que hay que cambiar toda esta estructura. Necesitamos medidas legales y fiscales que incentiven (y penalicen en caso contrario) a las empresas a contratar gente y a destinar una mayor parte de su beneficio bruto en sueldos.
También hay que dar incentivos al trabajador para que no acepte sueldos de pobreza ni explotación laboral. La mejor manera de hacer esto es tener un mercado laboral con casi pleno empleo pero visto que eso no se va a conseguir y menos sin solucionar estos abusos creo que lo necesario es dotar de una fuerte protección social para evitar la explotación. Otra medida debería ser aumentar la facilidad del autoempleo a todos los niveles para que la gente tenga alternativa a los sueldos de miseria.

A la gente le puedes contar mil veces que sube el PIB, que baja el paro, que aumentan las exportaciones y todo lo que quieras, porque no se lo va a creer. Y no se lo va a creer porque todo el mundo tiene familiares, amigos, conocidos o estarán viviendo en carne propia estas realidades de precariedad laboral, temporalidad e indigna explotación que he comentado.
No es que lo primero sea mentira (bueno, hay obvias trampas estadísticas en los datos), lo que pasa es que han llevado al país a una “nueva normalidad”, a un mundo donde el trabajador es un peón que debe aceptar todo ante la terrible alternativa del desempleo, un mundo donde el bienestar, concebido como poder estar libre de la dependencia económica al menos un tiempo, está en peligro de extinción para la gran mayoría de la población.

lunes, 14 de julio de 2014

La izquierda chiflada y la izquierda infantilista















El otro día me decía un amigo de UPyD que, a pesar de no ser él nada de izquierdas, estaba prácticamente de acuerdo con casi todo lo que escribo. Él lo achacaba a cierto “utopismo” de mis escritos, que por el contexto de la conversación entendí que quería decir que eran desarrollos “sobre el papel” a los que les faltaba cierto realismo en la aplicación.
Yo creo que esa no es la razón por la que se sentía identificado con mis escritos, de hecho creo que me caracterizo por ser brutalmente realista en un par de asuntos donde a la izquierda le falta ese pragmatismo. Más bien creo que el problema es que bajo la etiqueta de “izquierda” se unen una serie de comportamientos y estilos políticos que muchas veces son divergentes e incluso contradictorios entre ellos. Y creo las dos razones clave que generan estas divergencias son el dogmatismo, por un lado, y la incapacidad de entender las contradicciones por el otro.

Lo que hablo de la izquierda también pasa en la derecha, ojo. Hay conservadores muy sensatos con los que se puede razonar y llegar a acuerdos de mínimos, y liberales que tienen claros instintos políticos pero que siempre están abiertos al debate sobre la mejora social y a buscar cauces que les sean cómodos. Pero en la derecha abundan los paleoconservadores, majaderos y perturbados la mayoría, y los “liberales” integristas, destructores de cualquier principio social que articule la sociedad.
Por la existencia de estos últimos grupos, muy numerosos en derechas como la española o la americana, para muchos izquierdistas la “derecha” se presenta como un monstruo con el que hay que acabar. A mí me es incluso más cómodo y productivo discutir con personas racionales que se definen como de “extrema-derecha” que con estos últimos grupos.
Pero en la izquierda pasa lo mismo, desgraciadamente. Fundamentalmente creo que hay dos grupos de izquierdistas con los que yo difícilmente puedo coincidir en los métodos y en la “praxis” política y que creo que representan un lastre terrible para el futuro de la izquierda. Los he agrupado y definido en el título, unos como "izquierda chiflada” y otros como "izquierda infantilista”.

La “izquierda chiflada” la componen este tipo de personas que son extremadamente dogmáticas y que en esencia no se distinguen de un integrista o un fanático religioso. Creen a pie juntillas en una de las doctrinas de la izquierda (puede ser el comunismo, el anarquismo colectivista u otra cualquiera) y consideran que todas las demás doctrinas son desviaciones “burguesas”. Creen que militan en la única izquierda verdadera, que defienden una especie de verdad revelada por un dios ideológico que tiene una vigencia eterna y está por encima de circunstancias y épocas.
Normalmente irán ataviados con una simbología izquierdista propia de su sub-grupo que mostrarán con orgullo y que rellenará casi todo lo que les define (ropa, estilo, pegatinas por todas partes, merchandishing temático, simbología y avatares en redes sociales, etc.), aunque no siempre es así ni todos los fetichistas de la simbología izquierdista pertenecen a esta izquierda chiflada. Su capacidad para el debate es nula, pues todo lo que defenderán tiene que estar previamente estructurado y explicado con una sobriedad infalible, y cualquier discusión se basará en lo que dijo o escribió tal o cual autor de los de su sub-grupo (los demás autores no, están todos desviados).
Son esencialmente conspiranoicos. Cualquier conflicto internacional será provocado directa o indirectamente por el “imperialismo” de los EE.UU y cualquier conflicto económico tendrá como culpable a la “burguesía” o al “capitalismo”, aunque se trate del conflicto entre dos comunidades de regantes. Sea cual sea el punto de partida del debate éste acabará inexorablemente en el “imperialismo” y el “capitalismo”. Cualquier discrepancia con este esquema incluso matización del mismo te convierte en alguien sospechoso de colaboracionista o de ser el brazo ejecutor (y en el tonto útil) de la burguesía. Cualquier solución intermedia o remedio a un problema concreto es inaceptable, pues la solución única a todos los problemas es la revolución total, absoluta y eterna.

Gran parte de la izquierda ya se ha dado cuenta del peligro potencial que tiene para todos esta izquierda chiflada. Son personas altamente divisivas que parecen vivir en aquello de “cuanto peor, mejor”, hay veces que incluso parecen disfrutar con la degradación social y el empobrecimiento porque eso justifica sus teorías o porque así creen que se darán las “condiciones objetivas” para su deseada revolución.
A mi pocas personas me han bloqueado del twitter y ninguna de las que me ha bloqueado ha sido de derechas sino que todas pertenecían a esta izquierda chiflada que, al ser rebatida, te introduce en el gulag de los bloqueados. Y no han sido discusiones acaloradas ni siquiera largas, simplemente han bastado dos frases para el bloqueo. Es normal: La chifladura solo se puede mantener creando un entorno artificial de uniformidad ideológica en un primer círculo de contacto.
Estas personas suelen pulular por partidos extraparlamentarios o grupos menores aunque detecto muchos de estos en partidos como IU, por ejemplo. Y esta, quizá, es una de las razones por las que IU no ha tenido un crecimiento mayor y por la que ha sido desplazada de la centralidad de la izquierda por Podemos.

Pero hay otro subgrupo izquierdista quizá más “peligroso” que este. No es peligroso porque estén locos o porque fuesen a generar un desastre sin paliativos en el caso de tocar poder sino que es peligroso porque no se les ve venir tan claramente. A los chiflados se les identifica en medio minuto y la gente sabe que no hay que hacerles caso, pero hay otra izquierda que es más simpática, amable y buenrrollista pero que, a la hora de la verdad, acaba hundiendo las posibilidades de cambio social. Hablo de la izquierda infantilista.
Decía el presidente uruguayo José Mujica que el infantilismo era la patología del izquierdismo, igual que la reacción era la patología de lo conservador. En palabras del propio Mujica, “el infantilismo es pensar que el mundo es como a uno le gustaría y no como realmente es”. Básicamente el problema del infantilista es que no sabe en qué mundo vive, no sabe prever las consecuencias de sus en teoría positivas políticas y por eso acaba haciendo medidas que pueden provocar lo contrario de lo esperado.
Al final el problema de la izquierda infantilista es que es incapaz de aceptar las contradicciones. No es ya que no sepan gestionarlas bien, que eso es un riesgo del oficio, es que generalmente ni las aceptan. El infantilista cree que una medida promovida por positivos sentimientos de justicia social, democracia o libertad tiene indefectiblemente que ser positiva y funcionar. No conciben que algo nacido de sentimientos y sensibilidades positivas pueda ser malo y por eso muchas veces son engañados por la palabrería bonita de charlatanes.

Un razonamiento de un izquierdista infantilista suele ser como este: Alguien aparece en escena y clama “¡Derecho a decidir!”, “cualquier comunidad humana tiene derecho a decidir su futuro, eso es democracia”. Entonces el izquierdista infantilista piensa “Democracia, libertad, personas decidiendo…vale, eso es bueno”, y pasan a aceptarlo y a defenderlo.
Pero luego llega gente como yo y les decimos que si aceptamos el “derecho a decidir” territorial estaremos creando incentivos para que zonas ricas se separen de zonas pobres y entonces generamos una contradicción: Nosotros defendemos la igualdad social y de renta, pero si hacemos esto lo que vamos a provocar es que la distribución de renta se reduzca. Adicionalmente les advertimos que si aceptamos el “derecho a decidir sobre todo” entonces podría pasar que un 51% de personas obligasen a que, por ejemplo, las mujeres tuviesen que llevar velo obligatorio, o a que los homosexuales no pudiesen ducharse o ir a baños públicos, o que los propietarios de locales de acceso público pudiesen negar la entrada a alguien por ser de otra raza. Esto genera, pues, una nueva contradicción: Apoyando el democratismo podemos generar tiranía contra las minorías.
La reacción natural del izquierdista infantilista será negarlo: “Eso no pasaría”, “si a los territorios se les da libertad se separarse se sentirán libres y, por tanto, se quedarán unidos en armonía y felicidad”, “si la gente decidiese sobre todas las leyes nadie le quitaría la libertad al vecino”. Es la negación de la contradicción, el no poder aceptar que una buena moral puede generar un mal resultado. Los más sensatos de los infantilistas sí aceptan la contradicción pero, sin embargo, carecen de “fuerza moral” para gestionarla. Tirarán por el camino fácil confiando que, al final, las cosas vayan bien solas y las problemáticas desaparezcan solas (que al final es lo mismo que hace Rajoy en otro ámbito).
Ojo, que he puesto estos ejemplos pero una aceptación de, por ejemplo, el “bajar impuestos es de izquierdas” como axioma fácil también sería infantilismo. Infantilistas hay en casi todo el espectro de la izquierda y no está tan compartimentado como en el caso anterior. Los “progres” suelen ser infantilistas pero también hay algunos infantilistas en el post-comunismo, en el ecologismo y en otras familias de la izquierda.

Yo soy profundamente opuesto en los métodos a estos dos tipos de izquierdistas por las razones comentadas. Eso es lo que lleva probablemente a que acabe llevándome tan bien con liberales, conservadores o gentes de partidos como UPyD. Al fin y al cabo en la forma de razonar y de analizar la sociedad me parezco más a muchos de ellos que a mis correligionarios chiflados o infantilistas.
Por esto tengo tan buenas relaciones con gentes de casi todo el espectro político y, por la misma razón, ningún grupo me “abraza” totalmente como a uno de los suyos. 

miércoles, 9 de julio de 2014

Elección directa de alcaldes: La degeneración democrática














Yo no sé si el gobierno de Mariano Rajoy será recordado como el peor gobierno de este periodo histórico en España pero lo que sí creo seguro es que será recordado como el gobierno con la cara más dura y más desvergonzado de esta época.
Cuando abdicó el rey Juan Carlos dije que se iba a preparar un inicio de segunda transición en el año y medio de legislatura como método de hacer aquello de “cambiar todo para que nada cambie”. Los partidos del turno político, PP y PSOE, deben hacer algo para no ser superados por las circunstancias. Un partido como estos, que tiene en su interior miles y miles de personas a la caza de un cargo público, puede implosionar y autodestruirse como haya un desastre electoral que les haga perder gran parte de los cargos directos e indirectos que poseen al gobernar las instituciones. Por eso era esperable algún tipo de cambio para intentar retener en sus manos esos cargos públicos e instituciones del estado.
Pero lo que no había llegado nunca a imaginar es que se llegaría a proponer algo tan descarado como hacer que en los ayuntamientos gobernase la lista más votada. De frente y sin careta, sin intentar colarlo en forma de confusa y técnica propuesta para despistar al personal, esta vez han sido absolutamente transparentes en proponer su permanencia en el cargo público por decreto ley.

Voy a comenzar con lo básico. A ver, sistemas electorales hay muchos y normalmente no son mejores ni más democráticos unos que otros. Hay sistemas que son absolutamente proporcionales y eso en principio hace que la representación política sea claramente un reflejo de la voluntad del país, pero también hay veces que estos sistemas hacen a un país ingobernable, lo deja prisionero de minorías parlamentarias egoístas y otorga demasiado poder a las cúpulas de partidos políticos. Por otro lado hay sistemas que son mayoritarios, lo cual en principio castiga a las minorías y nos ofrece una mala representación de la voluntad del país pero genera sistemas muy gobernables y, en función de la ley electoral, una relación directa entre los electores y sus representantes evitando que se generen partitocracias. También hay sistemas mixtos que intentan combinar ambas realidades, pero muchas veces estos sistemas son desnaturalizados mediante las trampas de los grupos políticos.
El mejor sistema electoral, pues, no se puede saber a priori. No hay un sistema “superior”, mucho más democrático, mucho más efectivo o mucho más gobernable. Cada país tiene su propia idiosincrasia y cada momento tiene sus propias necesidades. Muchas veces son las acciones de los grupos políticos existentes las que llevan a que a un país le convenga un sistema electoral u otro. Por ejemplo, en Italia las reformas suelen ser para potenciar a las mayorías y eso se hace así porque los italianos tienen un deporte parlamentario que es cargarse gobiernos a la mínima que pueden.

En España tenemos un sistema político que está claramente en entredicho, y no está en entredicho como reflejo reactivo a una crisis económica simplemente sino que hay muchas cosas que funcionan muy mal: Hay mucha corrupción, hay una partitocracia terrible, hay manadas de cesantes y políticos que solo quieren colocarse en cargos públicos, están las famosas “puertas giratorias”, hay gobiernos que incumplen radicalmente su programa electoral sin que pase nada, etc. Adicionalmente hay una gran desproporción en la representación política entre los partidos regionales (nacionalistas fundamentalmente) y los partidos nacionales no mayoritarios, teniendo muchos más votos los segundos pero, a causa del sistema electoral, mucho menos representantes. Esto ha llevado a que fuerzas nacionalistas hayan tenido demasiada influencia durante algunas legislaturas.
Por tanto las reformas de nuestro sistema electoral deben ir orientadas a solucionar esos problemas: Es muy importante que los partidos nacionales minoritarios tengan una representación más equilibrada (porque, además, el voto ciudadano se está desplazando en este sentido), hay que implantar durísimas leyes anticorrupción, hay que abrir los partidos a la sociedad, hay que profesionalizar la administración pública y acabar con tantos enchufados y cargos de confianza, etc. Todas estas reformas son necesarias no porque sean ideales sobre un papel, sino porque van en el sentido de arreglar todo lo podrido en nuestro sistema político.
El sistema electoral, por tanto, debe ser cambiado, y debe ser cambiado en dos sentidos: En mejorar la proporcionalidad, por un lado, y en permitir una mejor auditoría de los representantes públicos sobre el gobierno y también respecto a sus compromisos con los electores. Y hay muchas maneras de hacer esto, hay varios sistemas que servirían a tal fin. Yo ya he mostrado mi preferencia por el sistema electoral alemán porque creo que sería adaptable a España, con la eliminación de la provincia como circunscripción y su sustitución por la CC.AA, pero bueno no me repito porque eso ya lo he contado.

A nivel local hay un problema básico, que es el transfuguismo. Se ha dicho que un sistema de elección directa de alcaldes resolvería esto y en principio así sería, el problema es que hay muchas más maneras de acabar con esto. Por ejemplo, con un pacto antitransfuguismo serio este problema se acabaría pero si quienes hacen estos pactos luego realmente lo único que quieren es gobernar por encima de todo no hay pacto que valga. Un mecanismo de revocación de concejales o incluso de equipos de gobierno enteros, por ejemplo, sería otro mecanismo que evitaría estas cosas.
El otro problema que en teoría se quiere “solucionar” es el de ayuntamientos que se constituyan por el pacto de varios partidos. Como podéis observar el pacto de varios partidos es malo porque el partido que propone la reforma va a ser el perjudicado, porque si fuese al revés no habría problema. En mi ciudad, por ejemplo, Doña Rita Barberá, eterna alcaldesa, llegó al poder pactando con un tercer partido (UV) contra el grupo mayoritario, que era el PSOE, y ahí comenzó su carrera de éxitos. Muchos alcaldes del PP han llegado gracias a mecanismos similares sin que eso haya sido un problema.
De hecho nuestro gobierno, en un claro ejercicio de futurismo político, quiere legislar para solucionar un problema que aún no existe. En los países y en cualquier empresa normal los problemas se solucionan cuando existen, no cuando se ven en una bola de cristal. Pero aquí el PP plantea la solución a un todavía inexistente problema mientras es absolutamente incapaz de solucionar cualquiera de los infinitos problemas que tienen encima de la mesa y que están ignorando a ver si los problemas deciden rendirse y desaparecer ellos solos.

Yo no ignoro que un equipo de gobierno de un ayuntamiento sostenido por 4 o 5 partidos puede ser un desastre, pero la verdad es que hacerlo preventivamente no parece razonable porque entonces estás prejuzgando que los grupos políticos van a ser incapaces de ponerse de acuerdo entre ellos. Es un poco como si estuvieses asumiendo que el español está incapacitado para el pacto y para el ejercicio responsable de su proporcional influencia política. De hecho quien prejuzga así no está más que expresando subconscientemente su autoritarismo natural y su voracidad por el poder sin límites.
Pero si ese fuese el problema, si el problema es la gobernabilidad, entonces hay una solución bastante sencilla: Háganse dos vueltas. En una primera vuelta veremos la proporcionalidad del voto ciudadano y en una segunda vuelta se decide el alcalde entre las dos fuerzas más votadas. Para evitar una cohabitación, si se quiere evitar, se le otorga la mitad más uno de los concejales a la fuerza que quede ganadora en la segunda vuelta mientras el resto se reparten sus concejales en función del voto relativo de la primera vuelta.
Si no se hace así puedes provocar que un partido con un 20 o 25% de los votos (o menos) gobierne contra la voluntad del 70% de los ciudadanos. Un gobierno no tiene porque contar siempre con el apoyo de la mayoría pero lo que sí me parece absolutamente esencial es que no gobierne alguien que cuenta con un rechazo mayoritario y sostenido. Con una segunda vuelta por lo menos el pueblo debería mojarse y decidir dar la alcaldía al menos malo de los dos candidatos. En Francia se hace así.
Este sistema tiene un problema: Es más caro. Al tener que hacer una segunda vuelta hay que gastar más dinero en mesas electorales, escrutinios, movilizar funcionarios, etc. Pero bueno si tan esencial es salvar al país de la ingobernabilidad de los pentapartitos este coste debería ser asumible.

La verdad es que aún no se sabe a ciencia cierta cual va a ser la reforma que va a proponer el PP. Es bastante obvio que no van a proponer las dos vueltas por la sencilla razón de que a dos vueltas iban a perder casi el mismo número de ayuntamientos y que, probablemente, incluso les dejaría con menos concejales. Se ha hablado de un porcentaje mínimo para dar a la primera fuerza como ganadora, pero si lo hacen así ya veréis como este porcentaje será calculado adhoc en función de sus expectativas electorales con el indisimulado objetivo de retener el poder contra la voluntad popular.
Rajoy ha dicho que quiere pactar esto con el PSOE. Técnicamente no necesita al PSOE porque puede cambiar la ley electoral con su mayoría absoluta, pero lleva años diciendo que no hace reformas porque quiere tener un amplio consenso que no hay y ahora no podría justificar hacer una reforma así sin el PSOE. Sería directamente puro golpismo sostenido en una mayoría no ya coyuntural, sino obviamente irrevalidable y superada por las circunstancias.
El PSOE probablemente dirá que no, porque una reforma como la que tiene Rajoy en la cabeza lo único que haría es perjudicarlos. Ahora, como Rajoy propusiese una segunda vuelta (que no lo hará), entonces en el PSOE cambiaría radicalmente de opinión porque creerán que les beneficia. Si el PSOE consiguiese mantenerse como segunda fuerza (y entiendo que aspiran a ello) estarían en casi todas las segundas vueltas donde muy probablemente batirían a los candidatos del PP siempre que la izquierda les apoyase (algo que tampoco sería seguro y menos con Podemos, nada amigo de pactar con el PSOE). De todas formas no veo posible que el PP proponga eso.

Y lo peor, lo que más rabia me da es que el caradura del presidente del gobierno ha llamado a esto “medida de regeneración democrática”. Pero tío sinvergüenza ¿cómo que regeneración democrática? Esto es pura reconfiguración de las normas de la democracia en interés propio, es un asalto a la democracia y un golpismo legalista para parasitar el cuerpo público. Esto sería infinitamente peor que esas leyes que se han hecho en muchas repúblicas latinoamericanas para acabar con la limitación de mandatos y así que sus líderes se mantuviesen en el poder (y que el PP ha calificado de dictatoriales para más guasa).
Regeneración democrática dicen ¡Será degeneración! Hace unos días leí un estudio de unos politólogos que concluían que Venezuela era casi una dictadura por ciertos “items” que cumplía (o no cumplía). Alguno de los “items” era la reforma de leyes electorales a beneficio propio, manipulación de los medios de comunicación, uso de la policía sin la necesaria garantía/autorización judicial, la corrupción institucionalizada, etc. ¡Justo en el sentido de todas las reformas de este gobierno! No sé qué saldría si hiciésemos ese estudio con España, pero me temo que no saldríamos mucho mejor que Venezuela.

Luego se quejan de que los llamen casta, cuando se pasan el día demostrando y actuando como una casta que se agarra como garrapatas al poder y a los privilegios. Y que no pase nada oye...