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miércoles, 26 de agosto de 2015

Empatía política

















La agresión a la joven presidenta de VOX en Cuenca y algún comentario reciente sobre mis “amistades políticas” me han hecho repescar un tema del que quería hablar hace tiempo y que, al no ser urgente, he ido relegando. Este tema es lo que denominaré empatía política, que podríamos definir como la capacidad de entender los sentimientos o percepciones que llevan a la adopción de determinadas ideas políticas en otras personas, ideas políticas alejadas de las tuyas propias.

Muchas personas, y yo no soy ajeno a eso, defendemos nuestros puntos de vista políticos y morales con convicción. Creemos que estamos acertados, que nuestra visión es la correcta y somos vehementes en la defensa de nuestra cosmovisión. Pero habitualmente eso lleva a que seamos incapaces de entender por qué otros defienden puntos de vista distintos, y acabamos pensando que los otros no entienden de lo que hablan, son tontos o están movidos por sentimientos innobles, y eso no es así.
Cada persona ha vivido unas experiencias y una educación diferente, y eso condiciona enormemente cómo vemos el mundo. Nuestro mundo más directo, compuesto de experiencias personales, es pequeño, es muy pequeño comparado con la globalidad de la sociedad, y esto marca sobremanera las cosas a las que damos verosimilitud o no, y lo que vemos cercano, real e importante.
Luego tenemos filtros muy evidentes que nos marcan un camino. La educación y los puntos de vista heredados de tus padres suponen una losa difícil de superar, al igual que los primeros entornos sociales, que pueden estar políticamente muy definidos y que además suelen contar con ese radicalismo de la juventud. La selección de medios de comunicación también es otro filtro claro que actúa sobre toda la vida de la persona, y que nos permiten crear un entorno artificial y de confort donde lo aprendido nunca se pone totalmente en duda.
Entender que las personas defienden puntos de vista políticos muy distintos en función de cuales sean sus influencias es fundamental. En el fondo todos somos “víctimas” de nuestra historia, todos tenemos ciertas ataduras mentales por muy abiertos al cambio que creamos que estamos. El egoísmo, la violencia o el fanatismo normalmente tienen como sustento pilares adquiridos de los que la persona no es culpable. Y no es cuestión de escudarnos en esto para no cambiar, es nuestra obligación cambiar, pero debemos ser comprensivos con quienes tienen dificultades para el cambio y entender por qué no cambian, sin degradarlos al nivel de gente inherentemente perdida o sin solución.

Muchas personas de izquierdas me han echado en cara que sea “condescendiente” con aquellas personas que defienden tesis anti-inmigracionistas y por tanto militan en esa nebulosa que va desde el “populismo de derechas” hasta posicionamientos casi xenófobos o racistas. Me suelo mostrar comprensivo con estas personas, sin caer en el apelativo fácil ni el insulto jamás, sobre todo si son chavales o jóvenes, y eso a mucha gente le parece mal pues considera que la postura lógica es cortar cualquier conversación diciendo “eres un fascista”.
Pero yo, a muchos de ellos, les comprendo. Entiendo qué es vivir en un barrio degradado y que de chaval te hayan robado varias veces personas de origen extranjero, entiendo qué es escuchar a tu padre decir que le han bajado el sueldo o le han ofrecido una remuneración miserable porque hay muchos inmigrantes dispuestos a hacer ese trabajo por un sueldo bajísimo, entiendo que los conflictos de convivencia cultural se sobredimensionan en ese entorno.
Y yo no he vivido eso, pero he conocido personas que sí lo han vivido y he entendido que las ideas que abrazaron era uno de los finales coherentes de su entorno. Y posiblemente con más conocimiento o más mundo no las hubiesen adquirido, quizá con algo más de suerte o con un entorno de amigos distinto hubiesen sido mucho menos viscerales, pero su camino les llevó ahí. Y puedo empatizar con ellos, quizá de una forma más cognitiva que afectiva, pero puedo hacerlo y, al hacerlo, no los degrado a la altura de personas sin solución, al revés, quiero que vean, entiendan y piensen en que hay otro modo de enfocar las cosas, quiero que asuman cual es el terrible final del desarrollo político de sus instintos más primarios.

Esto me pasa con muchos más tipos de personas. El otro día, por ejemplo, estuve comiendo con una amiga. Mi amiga es militante de C’s y ha llegado allí después de distintos tumbos políticos. La verdad es que hablas con ella y no la distinguirías especialmente de cualquier social-demócrata o progresista, intuitivamente la colocarías en una izquierda no marxista, una izquierda “liberal” por decirlo de alguna manera. De hecho te preguntas ¿qué hace esta persona en C’s?
Pero lo que ha llevado a mi amiga a C’s es posiblemente una convicción o un sentimiento, que es la necesidad de “contener” al nacionalismo, algo que se convierte en el centro de gravedad que condiciona su acción política. Yo no sé a ciencia cierta por qué mi amiga es tan “visceral” en este tema, pero lo intuyo y estoy seguro que no me equivoco en mi intuición. Mi amiga con casi toda probabilidad ha vivido en carne propia ese desprecio que algunos nacionalistas tienen contra la gente que viene de fuera e intenta llevar a cabo sus planteamientos políticos, pues los consideran “forasters” y creen que deben “adaptarse” o asumir ciertas realidades establecidas.
Yo tampoco he vivido eso en carne propia, pero he visto como se lo hacen a otros. Yo he visto amigos míos nacionalistas sentirse recelosos o incómodos con el novio de una de sus amigas porque éste era de Zaragoza, he visto nacionalistas degradar casi a la altura de ciudadanos de segunda a quienes ponen en duda determinadas realidades del entorno socio-cultural, he visto nacionalistas decidir quién es valenciano o no conforme les venía bien.
Ser “víctima” de esas miradas de menosprecio, de ese desprecio a veces poco disimulado por tus orígenes o lengua, es algo verdaderamente doloroso. Y es normal pensar que esas personas son fanáticos, que te están marginando como conciudadano y te quieren en cierta manera expulsar de la sociedad o, por lo menos, que vivas en la misma como sujeto pasivo. Y por eso entiendo a mi amiga, aunque creo que está equivocada.

Porque, a la vez, yo también entiendo a la otra parte. Entiendo qué es ser valenciano parlante y que la gente de la ciudad se ría de tu acento y te vea como un pueblerino. Entiendo qué es vivir en un entorno bilingüe donde tu lengua es la débil y la menos conocida, frente a otra que está presente en todas partes y la conoce todo el mundo, y cómo eso crea un entorno donde casi siempre es el valenciano hablante quien se tiene que adaptar a la lengua castellana. Entiendo que se piense “¿Por qué siempre somos nosotros quienes nos tenemos que adaptar?”, desde cuando pides una hamburguesa en un Mc Donalds de Valencia hasta cuando no puedes hacer en valenciano un examen en la universidad porque el profesor no lo entiende.
Mucha gente ve con frustración cómo la lengua materna se pierde (como lengua materna) en las siguientes generaciones por distintas razones, o asiste a la minorización de su lengua casi como un proceso imparable. Y en esos entornos es normal tender a un sentimiento reactivo, a pensar que se está destruyendo tu entorno cultural de forma pasiva, consciente o incluso provocada. Y entonces se abraza el nacionalismo, se focaliza la atención en agravios y represiones pasadas y se genera un sentimiento de que eres un perdedor de la historia, o incluso se juguetea con la idea de revertir las cosas con un proceso impositivo igual y de sentido contrario al que sucedió en el pasado, a modo casi de justicia divina.
Yo no he vivido nada de eso en carne propia, porque soy un castellanoparlante de capital que habla valenciano perfectamente y siempre interacciona en la lengua de su interlocutor, pero quizá eso me ha llevado a poder ver los dos entornos y entender ambos puntos de vista. Y entiendo a los dos, los dos tienen motivos en sentir lo que sienten, pero que los entienda no quiere decir que acepte su forma de enfocar estos temas, que solo crea una espiral de odio que se retroalimenta y fortalece.
No, mi obligación es hacerles ver lo inconveniente y destructiva que es esta espiral de odio, hacerles ver que los otros tienen razón en parte de lo que piden y que al final esto no es un combate a ver quién cede menos o cuanto se aplasta al otro sino la necesidad de generar un entorno de convivencia conveniente. Y jamás pensaré que son fascistas destructivos, aplastadores de culturas unos y de derechos otros, porque no lo son, son solo personas con ideas inconvenientes producto de sus experiencias duras, reales y humanas.

Muchas de mis amistades se han podido forjar por esa empatía política. He creado amistad con gentes con las que he discutido hasta la saciedad, con personas que tenían una forma de decir las cosas y unas bases morales que me eran profundamente incomprensibles e incluso desagradables. Pero en vez de llamarles sinvergüenza a la primera he persistido en el diálogo, y con el tiempo me ha dado cuenta que ciertas palabras o términos para ellos no significaban lo mismo que para mí, que los problemas muchas veces son dialectales y productos del prejuicio, y que si puedes llegar al fondo de los asuntos siempre encuentras más acuerdos que en una superficie sobreprotegida y suspicaz.
Recuerdo un día a Mónica Oltra hablar de la gente que votaba a Merkel en Alemania. Hablaba de mirarles a los ojos, de hablar con ellos y que entonces probablemente veríamos un fondo y unos deseos parecidos. Pienso mucho en estas palabras cuando veo, por ejemplo, lo que pasa en las sociedades alemana y griega, como a los alemanes se les hace pensar que los griegos son unos vagos y unos vividores, y los griegos, castigados por unas políticas que les han destruido miserablemente, tienden a pensar que los alemanes son todos unos imperialistas.
Pero el ama de casa de Dresde o el mecánico del Sarre seguramente no son imperialistas, simplemente les han enseñado a pensar que su manera de ver las cosas representa la rectitud y la responsabilidad, y que los alemanes deben exportar su bien hacer al resto de países. En cambio no les han enseñado que el dogmatismo destruye, que la historia se compone de grandes perdones y que el bien común no se genera con la imposición de la razón rígida, sino escuchando a los demás y mediante cesiones y acuerdos.

Las convicciones firmes no implican la incomprensión de la diferencia, se puede ser firme, incluso dogmático en la idea, y entender por qué los demás piensan de manera distinta. Sonrisa y firmeza, convicción y empatía, seguridad y compresión…No son ideas contrarias, son compatibles, de hecho probablemente son dependientes, porque difícilmente quienes necesitan minusvalorar a otros en el debate político pueden tener convicciones firmes y seguridad en lo que dicen.

3 comentarios:

  1. No estoy de acuerdo especialmente hoy, Pedro. Sí comparto el espíritu o el sentir de lo que dices, pero la realidad es otra para mí.

    Yo sí puedo entender por qué otra persona defiende sus puntos de vista, pero no deja de ser un enemigo político, por mucho que tenga buenas intenciones. Tengo bien claro que mis ideas y mi visión para Valencia, por poner el ejemplo, choca frontalmente con CAROLINA PUNSET. Sin ser un fanático, ni perder la perspectiva, no podemos trabajar juntos siempre ni todos. Eso sería lo más utópico, pero no es posible. Si todo fuera así, todo sería un chollo, Pedro. Tú sabes perfectamente a tu edad que la vida no funciona así tan fácilmente, aunque incluso trabajes con esas intenciones.

    Creo que tengo más "autoridad"? para decirte estas cosas porque yo no vengo de un entorno débil. Todo lo contrario: si hay alguien capaz de entender el pensamiento de un pijo, soy yo y precisamente por entender bien de qué van y de dónde vienen, soy muy capaz de advertirte y rechazarlo.

    Ten cuidado con una cosa: uno puede ENTENDER la VALIDEZ de un argumento contrario sin sentir EMPATÍA.

    Yo no digo, por ejemplo, que Punset esté equivocada cuando denuncia las actitudes que ella llama "nacionalista" (como si ella fuera la legitimada para hablar del tema). Puedo incluso perfectamente tomarme un café con ella (lo he hecho hasta con personas acusadas de asesinato así que...), pero ¿EMPATÍA? NO SEÑOR. Una cosa es "entender" esto: "los derechos de los castellano parlantes se debe respetar" y otra es tener tanta empatia con eso que NIEGAS el programa político que hemos elegido la mayoría en Valéncia.

    Los demás tienen todo el derecho a decir lo que quieran, pero nosotros no tenemos ningún deber de sentir empatía con ellos.

    No me gusta la palabra "empatía", Pedro. Quizás quieres decir "comprensión", pero espero que la comprensión no sea complicidad.

    Saludos

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    1. Hola Alfredo,

      Me viene muy bien tu comentario porque tiene que ver con lo que he dicho de los significados de las palabras y cómo los interpretamos de forma diferente depende del entorno de que vengamos (o de otra razón).

      Hay dos tipos de empatía, la "afectiva" y la "cognitiva".
      La "afectiva" es aquella que lleva a sentir lo que está sintiendo el otro. Es ponerse en su piel y llegar casi a "adquirir" sus propios sentimientos. Ese tipo de empatía no era a la que me estaba refieriendo en esta entrada.
      La empatía "cognitiva" es aquella que te permite entender qué está sintiendo el otro, aunque tu no lo sientas. Entiendes el sufrimiento, el odio, la rabia, pero tu no la estás sintiendo, pero sí consigues entender por qué la gente siente eso sin pensar que son locos. Este es el tipo de empatía que quería destacar y relacionar con la empatía política. Tu lo has llamado "comprensión", y más o menos es eso pero en el sentido de entender la raíz y las motivaciones, no solo una tolerancia distante.

      De todas formas tengo que hacerte una réplica importante en un punto. ¿No era acaso yo tu "enemigo político"? Hace años lo éramos, pero tu siempre viste puntos el común (porque existían) y muchas veces creo que ambos hicimos este ejercicio de empatía cognitiva del que hablo. Yo entendí tus raíces morales y "espirituales", y tu las mias.
      Pasaron los años y hoy ya no somos "enemigos políticos". Y ahora creo que procede la siguiente pregunta ¿estás seguro que en unos años no podría pasar lo mismo con gente como Carolina Punset?

      Saludos,

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  2. Muy importante aclaración, Pedro y me siento más tranquilo que hayas aclarado así: "La empatía "cognitiva" es aquella que te permite entender qué está sintiendo el otro, aunque tu no lo sientas. Entiendes el sufrimiento, el odio, la rabia, pero tu no la estás sintiendo, pero sí consigues entender por qué la gente siente eso sin pensar que son locos."

    Pero esto yo lo veo más bien parte de lo que podríamos llamar de toda la vida el "debido proceso" (o due process legal en inglés). Mira esto mismo me ha pasado a mí muchas veces con las mujeres feministas. Yo me considero feminista también, en el sentido que apoyo la igualdad plena entre hombres y mujeres en cuestiones donde la igualdad es exigible. Pero algunas "hembristas" (no feministas realmente) se mosqueaban en su día conmigo - y mucho - porque yo no creo que un hombre es automáticamente culpable de ser violador cuando se le acusa en un campus en USA o en el caso de España, el desmadre que ha habido con el trato al hombre consecuencia de un problema muy real: la violencia machista.

    Tratar a un acusado como inocente hasta que no se demuestre lo contrario es simplemente decencia humana, no ser pro violador.

    De igual forma, pensar que un hombre acusado de violador tiene que ser violador es hembrismo odioso, no feminismo. El feminismo es la búsqueda de la igualdad entre los sexos, el hembrismo es simplemente tener opiniones sesgadas contra el género masculino (como lo es el machismo para con el sexo femenino).

    Quizá parte de mi problema con algún aspecto de tu planteamiento es que la empatía es relevante, lícita y hasta necesaria cuando hablamos de que los privilegiados la sintamos hacia los "desheredados". Por ejemplo sin la empatía (cognitiva y emocional) habría sido muy difícil combatir en su día la esclavitud. Pero me cuesta mucho más aceptar empatía, aunque sea cognitiva, hacia el que ya es un privilegiado - en este caso, "la amiga" que no voy a nombrar más aquí.

    Con respecto a tu pregunta - en efecto, sí lo eras. Habría sido imposible proseguir sin hacer eso que hicimos pero más que empatía congitiva yo lo veía como "saber" con quién hablaba dados sus datos biográficos. Ya sé que es muy muy parecido a la empatía esta, pero no exáctamente.

    Más allá de eso, nunca descarto nada en estas cuestiones para el futuro, pero ahora mismo en este momento histórico y político, creo que ese tipo de gente no está para colaborar con nuestra lucha. Ojalá que sí, y si surgiera eso algún momento fruto del debate oye, no seré yo el que me oponga. No soy de los que miran demasiado el pasado de alguien si los cambios son genuinos, verdaderos y fundamentados. Porque precisamente creo en la reinserción del delincuente.

    Saludos

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