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viernes, 13 de noviembre de 2015

El suicidio del independentismo catalán















Hasta hace unos días el independentismo catalán estaba dentro de lo que era un desafío reversible y digamos “aceptable”. El govern había sido muy cauteloso en no hacer nada total y absolutamente enfrentado a las leyes, e incluso la pseudo-consulta del 9N de 2014 se había hecho bordeando la legalidad y si acaso obviándola, pero solo un poquito, y probablemente por eso el president Mas saldrá absuelto de su imputación ante aquel hecho (al menos en la mayoría de delitos).
Internacionalmente nadie ponía en duda la unidad de España por razones obvias (cualquier apoyo o reconocimiento del derecho a la secesión de una región de un estado abriría un melón de consecuencias impredecibles), pero la preferencia general era que mediante el diálogo se llegase a un pacto que acabase con la tensión. A nadie le interesa la inestabilidad y últimamente vivimos bajo un miedo terrorífico a que cualquier inestabilidad cree problemas económicos en cadena.

Esta era la situación hasta el pasado lunes, cuando el parlament de Cataluña, con el voto favorable de la mayoría de diputados de la cámara que no representan a la mayoría de votos, declaró el inicio del proceso de “desconexión” con España y se situó fuera del alcance de las resoluciones del tribunal constitucional español, al que declararon deslegitimado por la sentencia sobre el estatut de 2006. La declaración insta al futuro govern a no reconocer nada de lo que venga de las instituciones españolas y se declara representante de la soberanía de los ciudadanos de Cataluña. Finalmente declara “pertinente” iniciar en 30 días la tramitación de las leyes de proceso constituyente, seguridad social y hacienda propia.
Obviamente la declaración fue recurrida y automáticamente suspendida por el Tribunal Consititucional, que avisó a varios cargos públicos de que su obligación era no tramitar nada que fuese en ese sentido so pena de incurrir en varios delitos. Sin embargo el gobierno central no hizo nada más, a mi juicio adecuadamente, porque por grave que sea una declaración sigue siendo una declaración, y si se quiere ser absolutamente escrupuloso en la aplicación de la ley, se quiere se proporcional y aplicar la mínima “fuerza” posible, lo correcto es hacer lo que está haciendo el gobierno. Cuando lleguen los actos ya se verá qué decisiones tomar pero siempre con el mismo espíritu.

De todas maneras y aunque aún no haya hechos consumados, la declaración ya traspasa dos líneas rojas que hasta ahora no se habían traspasado y que mantenían al independentismo catalán en una posición digamos legítima y respetable a los ojos de los no implicados este conflicto territorial.
La primera de las líneas rojas que ha traspasado el gobierno catalán es pretender hacer una secesión con menos de la mitad de votos. Aun teniendo más de la mitad de votos una secesión tampoco está legitimada, tanto por cuestiones legales como por las cuestiones que hemos comentado aquí sobre la necesidad de evitar que las decisiones permanentes se tomen por mayorías coyunturales y la necesidad de mayorías agravadas.
En la mayoría del mundo se entiende que una decisión así no se debe tomar con un 50,1% de apoyo. La UE, por ejemplo, para reconocer la independencia de Montenegro exigió un 55% de votos favorables y un quorum determinado. Pero a pesar de eso sí se comprende que quien cuente con un 50,1% del apoyo popular pida que se reconozca esa mayoría, es normal que cada uno haga las interpretaciones que más convengan a su causa y eso entra dentro de la lógica de un debate de esta naturaleza, es una petición respetable y puede tener cierta legitimidad. El problema es que cuando alguien pretende que una secesión está justificada con menos de un 48% de los votos rompe con cualquier criterio de legitimidad, eso es algo que va más allá de cualquier interpretación de lo que es una mayoría necesaria. 47,8% no es una mayoría aceptable para declarar ninguna independencia, ni aquí ni en la China Popular que diría el ilustre Carod.
Que una serie de dirigentes pretendan declarar la independencia con el 47,8% de votos en unas elecciones regionales ordinarias (además) los sitúa no ya en la ilegalidad, ni siquiera en la ilegitimidad, los sitúa directamente en frente de la democracia misma. Los independentistas transmiten el mensaje de que su propuesta política no es que los catalanes puedan decidir su estructura estatal por voluntad de la mayoría, su propuesta es la independencia como sea, sin necesidad de respetar las más mínimas barreras democráticas. Los independentistas acaban de violar el “derecho a decidir” que tanto pregonan, convirtiendo la independencia en un acto de destino predeterminado, no en un acto democrático o democratista.

La segunda línea roja es que los independentistas se sitúan fuera de la legalidad y de la democracia española, pero no fuera del estado ni de las leyes y estructuras que les convienen. Es decir, el parlament de Cataluña se declara soberano, se sitúa fuera de la constitución española y sus limitaciones, situándose por tanto ajeno a cualquier control judicial o limitación constitucional. Declaran una ruptura total de carácter revolucionario y sin embargo pretenden negociar con el estado, seguir funcionando como una administración del estado más en todo lo que se refiere a financiación y competencias, e incluso una vez desconectados voluntariamente ¡Se presentan a las elecciones generales!
En política, y más en política internacional, hay que ganarse el respeto de tus interlocutores. Los líderes internacionales muchas veces tienen terribles enfrentamientos con otros líderes a los que sin embargo respetan, respeto que se gana por ser coherente con tus ideas, por ser valiente, por ser serio o por ser fiable en los acuerdos y compromisos adquiridos. La política es como los negocios, hay que tener buena fama y ser serio porque si no estás perdido y nadie va a querer negociar contigo. Pues bien, imaginaros la imagen que dan unos líderes que se separan radicalmente, pero solo un poquito, que se declaran independientes, pero en diferido y en forma de simulación, que desconectan de España, pero se presentan a sus elecciones a ver si rascan algo.
¿Qué fiabilidad tienen estos señores? No es ya que incumplan las leyes, es que se están comportando como adolescentes caprichosos y rebeldes, es que segregan y elijen las convenciones e interpretaciones que les interesa y obvian las que no. ¿Alguien iba a confiar en estos líderes cuando, por ejemplo, prometiesen que no iban a reclamar los Pirineos orientales o la ciudad de Alguero? ¿Iban a aceptar Renzi o Hollande su palabra o compromiso, cuando lo reinterpretan todo a conveniencia?

Lo que han hecho los independentistas es un suicido. Si quedaba alguna posibilidad de que el gobierno español negociase con ellos o que algún otro país mediase en el conflicto a su favor, la han destruido con esta declaración. El gobierno español no puede negociar con quienes incumplen las leyes y los líderes internacionales no van a sostener a rebeldes convenencieros que incumplen las más básicas bases de cualquier legitimidad. Aunque mañana hubiese otras elecciones en Cataluña y los independentistas sacasen el 55% de los votos probablemente ya no tendrían legitimidad para hacer nada y nadie los apoyaría, porque han demostrado que les da igual los votos y los porcentajes, solo les importa el objetivo predeterminado.
Lo que están transmitiendo los independentistas, quizá sin querer, es que si no están haciendo algo más grave todavía es porque no pueden y de hecho esta actitud está haciendo resurgir nuestra memoria histórica. Recordemos que Azaña decía en sus memorias que la Generalitat catalana durante la guerra había vivido “en franca rebelión e insubordinación, y si no ha tomado las armas para hacer la guerra al estado será o porque no las tiene o por falta de decisión o por ambas cosas, pero no por falta de ganas”. Los independentistas se han empeñado en dar actualidad a estas palabras del presidente Azaña y, por extensión, provoca que muchos que antes creían en el pactismo comiencen a conceptualizar el soberanismo catalán como una idea inherentemente conflictiva, perniciosa y con la que no se puede tratar.
Los soberanistas, de forma bravucona, han querido vender que nadie los iba a parar a no ser que mandasen los tanques a Cataluña. Pero una vez se pasa de las palabras a los hechos esta misma idea acaba siendo entendida al revés, pues están consiguiendo que se piense que hay que pararlos porque si obtienen fuerza arrasarán con todo sin pararse a negociar nada.

Habrá gente que piense que esta situación, tan crudamente expuesta, justifica o hace conveniente acabar con el desafío catalán de una vez por todas. Otros pensarán, y no con algo de razón, que si sucediese algo así en Francia, Alemania, los EEUU u otros países de nuestro entorno, estos dirigentes ya estarían inhabilitados o enjuiciados y que por tanto aquí hay que hacer lo mismo. Pero creo que se equivocan. Como expliqué el otro día quien tiene la ley y la fuerza de su lado no puede permitirse excesos y debe ser extremadamente escrupuloso en sus acciones, por grandes que sean las provocaciones o ilegítimas las acciones del contrario. Igual que pedimos al ejército estadounidense que sea humanitario contra enemigos que no lo son con ellos, pues entendemos que con su enorme fuerza tienen esa obligación moral, debemos aplicar el mismo criterio para el estado español.
Pero más allá de todo esto es fundamental la inteligencia política. Los independentistas se acaban de suicidar cara al mundo, así que los gobernantes españoles no pueden ser tan necios de permitir que se hagan las victimas actuando con desproporción. Lo inteligente es dejar que se ahoguen entre sus propias contradicciones, sus violaciones de los principios que decían defender, sus egos y peleas intestinas, que todos los gobiernos europeos los vean como un riesgo terrible para la estabilidad y la propia democracia. Hay que dejar que se autodestruyan ellos solos.

Si ahora se toma una medida radical (destituir a los dirigentes independentistas y sustituirlos por otros gubernamentales, u otras medidas peores) los independentistas conseguirán el mejor resultado que pueden esperar en estas circunstancias: Ser las víctimas de la “represión” del estado, que es casi su salida más airosa. Venderán esa versión a sus seguidores, el independentismo no disminuirá y en pocos años estaremos en una situación similar. Y eso no es arreglar el problema, es solventar una urgencia pero manteniendo las raíces del problema.
El “unionismo” tiene la inmensa suerte de estar ante unos dirigentes independentistas que son capaces de rebelarse con la constitución con menos del 50% de los votos en unas elecciones autonómicas, sin fuerza ni apoyo alguno, estando unidos en una conjunción contra natura de proyectos e ideologías antagónicas, y estando el partido más importante de ese grupo impregnado de corrupción. Demonios, aprovéchese, que se limite el estado a utilizar la mínima fuerza e intervención posible para garantizar la constitución, que el estado no haga nada que directamente perjudique a los ciudadanos de Cataluña. Que cada agresión, violación de las leyes, posición extrema o fanatismo salga de las filas independentistas, no de las gubernamentales. Que se pringue la izquierda independentista con CDC, con las 400 familias y con todo ese mundo. Que noten el aislamiento y el desprecio de todas las fuerzas políticas del continente excepto los de sus amigos de la Liga Norte. Sólo así se conseguirá que los catalanes rechacen un independentismo que es producto de un caldo de cultivo de muchos años y que no se va a solucionar simplemente extirpando a unos dirigentes.
Cuando un político lo tiene todo perdido y ya no puede echarse atrás tiene dos opciones, retirarse o intentar ser un mártir y los independentistas intentarán ser mártires. Las fuerzas políticas estatales no pueden darles esa satisfacción.

Por primera vez desde que es presidente confío en Rajoy en el sentido de que no hará disparates. Le veo consciente de que no hay que usar nada que sirva a los independentistas para hacerse las víctimas, y espero que sea una posición real y no mera pose de estadista cara a las elecciones generales. Y tampoco veo al resto de líderes políticos capaces de cometer un error de esa naturaleza, con excepción de Herzog que sacará como mucho su diputado y probablemente ni eso.
Viendo cómo los independentistas han cruzado el Rubicón para tirarse por un precipicio no puedo dejar de pensar que algo falla. A veces pienso que la mitad de los independentistas deben estar a sueldo del CNI para organizar este harakiri colectivo, si no es que son idiotas. Porque al final lo único que han conseguido con este proceso es acabar con el catalanismo transversal del “peix al cove y con esos consensos que ha habido en la sociedad catalana en los últimos 35 años, sin que eso les valga para conseguir ninguno de sus objetivos. Si no están pagados por sus enemigos la verdad es que lo parece…

2 comentarios:

  1. Hola Pedro: Con tu permiso, lo comparto en facebook.
    Saludos

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  2. "La primera de las líneas rojas que ha traspasado el gobierno catalán es pretender hacer una secesión con menos de la mitad de votos." ESo es lo que hace sospechar a mi. Es decir, Mas, no habiendo sido nunca independentista, ahora se convierte y está dispuesto a montar todo esto con un 47%. Tiene que haber una razón oculta, o no tanto.
    De todas formas, el último barómetro de la generalitat, salido ayer, apunta a una subida de los separatistas.
    Por cierto, tu confiarás en Rajoy, pero cada vez que habla crea unos cuantos independentistas, y si además guiña el ojo, más aún.
    Saludos

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