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martes, 29 de diciembre de 2015

Resumen del 2015: ¿El año del cambio?














Finalicé 2014 con un texto que titulé “El año de Podemos”. Estuve a punto de titularlo el año del cambio, pero fui prudente y reservé ese título para el año 2015 por si efectivamente ese año se daba el “cambio”. Pero ha acabado el año y, francamente, no sé muy bien si ese cambio se ha dado o mejor dicho si se ha dado totalmente. Repasando el año creo que podremos responder a esta respuesta.

El año comenzó con la victoria de Syriza en Grecia, la primera de un partido a la izquierda de la socialdemocracia en toda Europa. Esta era la consecuencia de las terriblemente equivocadas políticas de austeridad de la UE, que provocaron la destrucción económica griega e hicieron saltar por los aires el sistema de partidos vigentes. Grecia se convertía en el foco de atención de toda Europa ¿podría un pequeño y arruinado país poner revertir las políticas europeas de mano de un gobierno anti-austeridad?
Quizá los negociadores griegos cometieron errores, quizá no marcaron adecuadamente los tiempos, pero lo que es evidente es que el gobierno griego fue satanizado desde el primer momento por todo el establishment europeo. El ministro de finanzas Varoufakis fue caricaturizado como un chulo, un soberbio y un pirómano irresponsable, y el primer ministro Tsipras como un loco que iba a llevar a su país a la ruina. La brutalidad de los medios de comunicación contra ellos era tan transparente que daba vergüenza ajena, como denuncié aquí.
Al final, acorralado en la negociación con una contraparte infinitamente más poderosa que él, el gobierno griego cedió y aceptó prácticamente todas las exigencias de los acreedores. La pregunta entonces fue si fuimos ingenuos en creer que la estrategia de Syriza podía salir bien y concluí que no, aunque obviamente sobredimensionamos sus posibilidades. Tsipras volvió a convocar elecciones en un gesto de responsabilidad y valentía política que ya querría ver yo en España y las ganó de nuevo, demostrando los griegos que incluso ante el fracaso preferían la honestidad del primer ministro que volver al pasado.
Lo de Grecia fue un golpe enorme para la izquierda en Europa y obviamente ha influido en otros países, aunque no sé en qué grado. Este cambio no se pudo hacer, y me parece que otros gobiernos más o menos anti-austeridad, como el portugués, van a aprender del fracaso griego y van a ser mucho más cautos. Sin embargo lo que no ha llegado es una profunda reflexión sobre las posibilidades de un estado-nación para hacer políticas independientes y alternativas, ese debate lo tenemos pendiente y debemos enfrentarlo con valentía.

En España el año ha estado plagado de convocatorias electorales en todos los niveles. Las primeras que se dieron fueron las municipales y autonómicas, que nos trajeron un cambio parcial a nivel autonómico pero absoluto a nivel municipal. Cuatro de las cinco ciudades más grandes de España (Madrid, Barcelona, Valencia y Zaragoza) están gobernadas por alcaldes de coaliciones de izquierda, eso sí con el apoyo del PSOE. Carmena, Colau, Ribó y Santiesteve, junto con otros, son la muestra patente de que la España urbana ha roto con el pasado y ha acabado con la estructura de partidos salida de la transición.
A nivel autonómico, sin esa fuerte impronta urbana, los papeles se invirtieron y fue el PSOE quien recuperó multitud de CCAA con el apoyo de Podemos y las fuerzas de izquierdas. Excepto en la Comunidad de Madrid, donde la suma de PP y C’s superó por un escaño a PSOE y Podemos a causa de la ley electoral que impidió a IU tener representación (la izquierda en Madrid sacó más del 3% de votos que la derecha), en el resto de CCAA que no son claramente conservadoras las fuerzas de izquierda se han impuesto. El gobierno cambió en la Comunidad Valenciana, Baleares, Aragón, Extremadura, Cantabria y Castilla La Mancha, y el PP perdió la mayoría absoluta en el resto de territorios, teniendo que depender de C’s.
A nivel autonómico y sobre todo local, el país ha cambiado radicalmente. Tenemos nuevas fuerzas gobernando y escenarios plurales en todas las instituciones, tenemos lugares como la Comunidad Valenciana donde el fin del gobierno del PP ha supuesto casi una liberación. La España local y regional es la que más ha cambiado, qué duda cabe.

Pero también hemos tenido elecciones generales y ahí el cambio, que lo ha habido, se ha quedado a mitad de camino. El PP ha perdido su mayoría absoluta pero ha mantenido un 28,7% de los votos, mientras el PSOE ha obtenido un 22%. Ambos partidos están en el 50% del voto total, que es más o menos lo que sacaron en las elecciones europeas de 2014 y que supuso un duro golpe para el bipartidismo. La cuestión es que no han bajado de allí, lo cual tiene una doble lectura, o que el desgaste del bipartidismo se ha consolidado o la contraria, que el bipartidismo sigue resistiendo en su numantino 50%.
El problema es que este escenario, debido a la naturaleza de nuestro sistema electoral y a las tensiones territoriales, parece que no va a producir cambios tan importantes como en los ámbitos municipal y autonómico. En las actuales circunstancias parece casi imposible cualquier combinación que no sea una alianza entre el PP y el PSOE. Y eso es un cambio estructural claro, una gran coalición de urgencia es evidentemente una novedad importante, pero a nivel de contenido político no vamos a dejar de tener un gobierno digamos “ortodoxo”.
Es probable, no obstante, que se vaya a algún tipo de reforma constitucional para cambiar ciertas realidades de nuestro sistema político, pero una reforma que cuente con la aprobación de los dos actores políticos tradicionales no dejará de ser una reformita que puede degenerar muy fácilmente en una reforma defensiva de la constitución para el mantenimiento de posiciones previas y para evitar que sean otros quienes hagan esta reforma. Podemos vernos en un tiempo en un “cambiarlo todo para que nada cambie”.
Yo no soy un fetichista constitucional y no creo que haya demasiado que cambiar en la constitución, así que la prueba del algodón será qué se haga con la reforma de la ley electoral. La lógica indica que se debería eliminar la provincia como circunscripción electoral en la constitución porque si no cualquier reforma tendrá efectos escasos en la proporcionalidad, y si PP y PSOE no lo hacen y/o tienden a una reforma de carácter mayoritario estaremos asistiendo a una reforma destinada no a mejorar el país sino a la consolidación de las élites vigentes.

Donde no ha habido cambio en 2015 ha sido en Cataluña, enfrascada en su día de la marmota permanente de mayorías independistas insuficientes que, aunque lo fuesen, no servirían para nada porque la secesión es inviable. Las elecciones catalanas cambiaron la estructura de fuerzas entre bloques, con un unionismo que se ha dejado los complejos en casa votado C’s y un independentismo que sale del redil de CDC para pulular por partidos independentistas varios, pero no ha cambiado la estructura de bloques, solo los ha polarizado.
El problema es que la parálisis catalana se proyecta sobre España e impide los cambios. Si no existiese este conflicto en Cataluña tanto CDC como ERC se posicionarían a favor de la investidura de alguno de los candidatos, pero al haberlo se han convertido en fuerzas negativas que lo único que hacen es dificultar investiduras. Las exigencias que pueden plantear (un referéndum) no son aceptables para más del 70% de los diputados y eso los convierte tácitamente en fuerzas de bloqueo. Y ya no es eso, es que el conflicto catalán crea una cuña entre el PSOE y Podemos que impide un entendimiento parecido al que hay en las CC.AA y crea un nuevo eje político ajeno los de derecha-izquierda y nuevo-viejo que empuja al PSOE y a C’s a los brazos del PP.

Así pues volvamos a la pregunta inicial ¿Ha sido 2015 el año del cambio? Pues qué queréis que os diga, sigo sin una respuesta clara. Sí y No, Sí porque nos ha dejado nuevos actores políticos, porque nos ha traído un nuevo pluripartidismo y porque a partir de ahora el país va a tener que gestionarse de otra forma. Pero también hay un No, porque tengo la sensación de que los cambios se han quedado a medias, que a nivel europeo las alternativas son pocas y que Cataluña es un problema que castra las posibilidades de un gobierno de izquierdas en España.
Ha sido un cambio parcial, un gris alejado de blancos y negros, un término medio. De hecho creo que nos vamos a tener que acostumbrar a dejar de lado estas dicotomías tan maximalistas porque la realidad es cada día menos clara y más multifacética, donde los cambios se producen donde menos te lo esperas y suceden silenciosos y ajenos al foco de la opinión pública.

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