La nueva marca de La suerte sonríe a los audaces

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miércoles, 25 de noviembre de 2015

Qué vergüenza Mariano, qué vergüenza















Mariano Rajoy era un presidente acabado cuando llevaba poco más de un año de gobierno. El escándalo de los papeles de Bárcenas, SMS incluido, hubiese provocado la dimisión de la mayoría de dirigentes de Norteamérica y la Europa occidental, pero Mariano sobrevivió gracias a que en España el concepto “responsabilidades políticas” no aplica. Aguantó el peor momento, pasó de puntillas por el palo de las europeas de 2014 y salvó mínimamente la cara en las autonómicas y municipales de 2015 gracias al apoyo de C’s. Había aguantado la legislatura casi milagrosamente.
Pero además de eso recibió un regalo del cielo. El desafío catalán, con amenaza de ruptura institucional, fue un regalo para él porque por primera vez se pudo mostrar como un estadista. Llamó a la Moncloa a todo el mundo, no sobrepasó ningún límite en sus acciones y por primera vez se le vio un hombre confiable y que sabía lo que hacía. Y, como bonus, otro regalo: Los atentados de Paris le sirvieron para fortalecer este perfil y para crear esa sensación de miedo y ganas de venganza que tanto favorecen a los gobiernos y que sirve de arma arrojadiza contra determinados opositores.

En este contexto la campaña que tenía que hacer el PP parecía fácil. No había más que potenciar esa imagen de estadista de Rajoy, esa nueva cara moderada y fría que transmuta su incapacidad para tomar decisiones en sabia paciencia. Con suerte el PP se podía mantener cerca del 30% de los votos y, con la ayuda de C’s, seguir gobernando. Era sencillo, pero el PP es capaz de convertir la oportunidad en desastre.
En estos días se están programando los debates de la campaña electoral entre los distintos líderes. Generalmente los debates electorales no son demasiado buena idea para el candidato que va el primero en las encuestas y más si es el del partido del gobierno, porque tiene muy poco que ganar y mucho que perder. El PP nunca ha aceptado, estando en el gobierno, hacer debates electorales, y siempre que se han hecho ha habido un presidente socialista, pues éstos se ven obligados a mantener las formas por una cuestión de etiqueta. Hubiese sido lógico, pues, que en un entorno bipartidista el PP se hubiese negado a hacer un debate electoral. La negativa impide que haya debate y así se evita un riesgo.
Pero España ya no está en un entorno bipartidista, sino pluripartidista, y por tanto la no presencia de un candidato en el debate no lo evita. Estamos viendo cómo Pedro Sánchez, Pablo Iglesias y Albert Rivera están dispuestos a ir a los debates, y tan sólo Rajoy evita ir. Como el debate tiene lugar el PP manda a la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaria a debatir con los candidatos de otros partidos.

No ir a los debates cuando todos los demás van es un tremendo error. Este error ya lo cometió Rita Barberá en las pasadas elecciones municipales, negándose a ir a los debates mientras los otros seis candidatos sí que iban. Hablamos de debates en radios o televisiones locales, mucho menos relevantes que un debate entre candidatos a la presidencia del gobierno en Prime Time, pero aún así eso le hizo daño. El resto de candidatos atacaron igual a la alcaldesa y ésta quedó como una cobarde que se escondía. Para evitar un linchamiento, acabó linchada igual pero, además, quedando como una cobarde y una arrogante que pensaba que no tenía que ir a los debates ni tener ningún detalle con la ciudadanía.
A Rajoy le va a pasar lo mismo. El resto de candidatos no perderán la ocasión para atacar al presidente por su incomparecencia y su falta de respeto a la ciudadanía, y Soraya no podrá defenderle de los golpes. Este es un debate que va a batir récords de audiencia y cada vez que se enfoque al candidato del PP y éste sea Soraya y no Rajoy, serán votos de indecisos que se irán a cualquiera de esos partidos pero no al PP.

Mariano Rajoy ya he rechazado dos debates a los que van a ir el resto de sus competidores, el de EL PAÍS y el de Atresmedia. Se ha excusado por problemas de agenda pero eso no se lo cree nadie porque Don Mariano sí tiene tiempo para asistir a todo tipo de actores electorales y frivolidades varias.
Porque a los debates no acude, pero sí acude a cualquier otra entrevista o acto en las que se ve cómodo. Por ejemplo, Mariano ha ido a la cadena COPE pero no a una entrevista, no, ¡A comentar un partido de fútbol! Los políticos últimamente van a cualquier programa en que les dejen estar y de hecho creo que el resto también van a comentar partidos de fútbol, pero el problema no es ir a hacer este sainete sino tener tiempo para esto y no para un debate. Rajoy también ha aceptado ir al programa de ese conocido progresista que se llama Bertín Osborne y, como colofón, irá a “Qué tiempo tan feliz” con Maria Teresa Campos para rememorar antiguos y plácidos tiempos.
Esta elección de espacios a los que asistir provoca una mezcla de perplejidad y risa. Es la evitación descarada de cualquier situación que le pueda poner en un mínimo compromiso y, en cambio, parece que quiere captar/consolidar el voto de los jubilados, las amas de casa y los futboleros.

A mí, como español, la actitud del presidente del gobierno me da vergüenza. No es solo que huya de sus rivales, es que sólo se mueve en entornos facilones en los que no le van a poner en aprietos. El presidente ignora por completo al electorado, no respeta al votante, y parece que su único objetivo es ir a por el voto de mayor edad y menor formación. Y este es el que lleva un mes haciéndose pasar por estadista.
Si alguien tenía dudas sobre si votar al PP o a otro partido espero que esta actitud del presidente le haga salir de dudas. Alguien que no es capaz de debatir sus planteamientos delante de rivales y periodistas serios no es de fiar. El voto debe ser respetable, y evidentemente no lo es si se vota a alguien que no respeta ni a sus rivales, ni a sus electores ni la inteligencia de su pueblo.

viernes, 20 de noviembre de 2015

Sobre la guerra contra el ISIS-Daesh
















Hay cosas sobre las que no me gusta escribir, bien porque hay estados de ánimo enervados y emocionales que impiden una reflexión serena, bien porque considero que no tengo nada que aportar. Escribir para proclamar lo malo que es un grupo terrorista, que estás en contra del mismo o para explicar lo que se puede leer en cualquier otra parte creo que carece de sentido y por eso no he querido escribir nada hasta hoy.
Pero ya ha pasado una semana, el dolor intenso comienza a posarse y los actores políticos y sociales ya han comenzado a tomar posiciones e idear iniciativas, y quizá es un buen momento para comentar unas cuentas impresiones. De todos modos que nadie espere que diga aquí lo que hay que hacer porque, sinceramente, no tengo ni la más remota idea.

Desde hace unos días tengo la impresión de que nos volvemos a encontrar en septiembre de 2001. Los ataques en Paris y la acción del gobierno de Francia contra el ISIS es bastante similar a la del gobierno de los EEUU y el posterior ataque al Afganistán de los talibanes, no igual pero sí similar. Las reacciones son las mismas, el enemigo es tan abyecto que cuenta con el rechazo de todo el mundo y parece que nos volvemos a plantear esa dicotomía entre libertades públicas y seguridad.
Las reacciones son efectivamente eso, reacciones de respuesta inmediata y poco meditada. El ataque a Afganistán fue un acto de respuesta, de venganza, y no un acto meditado y cuidadoso para acabar con Al-Qaeda. A pesar de que no ha habido de nuevo un ataque tan grande como el de las Torres Gemelas eso ha sido producto más bien de las medidas de seguridad e inteligencia y no tanto del debilitamiento del terrorismo islámico, que no parece haber retrocedido desde 2001 sino todo lo contrario. De hecho resulta irónico (irónico no es causal) que desde que murió Bin Laden las cosas en vez de mejorar parecen haber empeorado.
El incremento de los ataques contra el ISIS (o Daesh o cómo demonios se le quiera llamar ahora) también responde a un ataque de respuesta poco meditado. Las sociedades piden venganza, piden responder en legítima defensa y por eso se toman estas acciones. La cuestión es que no parece que hayamos aprendido de las experiencias del pasado ¿No sería mejor pararse un poco a reflexionar y a generar una estrategia global a medio plazo antes de hacer nada? Sé que sería difícil de asumir para una opinión pública que clama venganza, pero el deber de los gobernantes es ser valientes y mantener la cabeza fría. A lo mejor se debería pensar qué puede pasar en el momento las tropas de Al-Asad y de Irak tengan controlado el territorio, porque en Afganistán cuando la Alianza del Norte ocupó el país y luego se establecieron las tropas extranjeras los problemas no acabaron ¿Tienen fuerza los gobiernos de Al-Asad e Irak para controlar ese territorio? ¿Eso acabará con el Daesh? ¿Se pretende ocupar el territorio? ¿Lo va a permitir Al-Asad? ¿Nos vamos a dar abrazos con Al-Asad cuando llevamos intentando derrocarlo casi 5 años?

La sensación es que se están generando errores continuos desde el final de la guerra fría, y cada una de las acciones que se toman para arreglar estos errores apaga un incendio puntual pero generan un nuevo foco al cabo de poco tiempo.  Creo que falta un análisis profundo de todo lo que se ha hecho desde finales de los 70 por parte de los EEUU y las potencias occidentales (y Rusia) y asumir los errores, fundamentalmente para no repetirlos. Pero eso requiere valor, requiere hacer algo muy duro que es mirarse al ombligo cuando todo el mundo te pide que mires al enemigo y acabes con él. Es complicado, pero es necesario.
Los EEUU cometieron un terrible error entrenando, armando y apoyando económicamente a los muyahidines que luchaban contra la invasión soviética en Afganistán, esto hay que tenerlo claro. La invasión de Afganistán en 2001 fue producto de ese error inicial y la posterior invasión de Irak fue otro tremendo error, que creó el caos necesario para la extensión del terrorismo islámico por toda la región. El tercer gran error fue el apoyo “suave” a los rebeldes que se alzaron contra Al-Asad, generador de una guerra civil que benefició al Daesh. Creo que estos tres puntos deben ser claramente identificados, analizados y reconocidos como errores, si no lo hacemos volveremos a cometerlos en el futuro.
Y aquí el primero que debe hacer un acto de expiación soy yo. Yo no apoyé la guerra de Irak pero sí a los rebeldes contra Al-Asad y contra Gadafi, en medio de mi apoyo general a las primaveras árabes. En aquel momento me pareció que la acción sanguinaria de estos dirigentes contra los rebeldes no debía ser tolerada, y aun sabiendo que el peligro islamista existía realmente pensé que era un riesgo asumible. Me equivoqué, no lo escondo y podéis leerlo aquí. E igual que lo he hecho yo nuestros gobiernos deben asumir todavía con más motivo los errores, pues ellos disponían de mucha más información que el ciudadano corriente. Blair lo hizo hace poco respecto a la guerra de Irak, e incluso el ministro español García Margallo también dijo algo parecido. Está bien, pero el análisis debe ser mucho más profundo e ir mucho más allá.

Reconocer errores no es reconocer culpas. Vivimos en una dicotomía molesta, absurda y falaz, que hace que ante cualquier acto de este tipo nos bloqueemos y no aceptemos ninguna responsabilidad, bajo la absurda sensación de que asumir un error es como poner en duda la responsabilidad o vileza de los terroristas. Eso no es así, se han cometido innumerables errores, se potenció el islamismo en los 80, se crearon las condiciones caóticas para su extensión en los 2000 y nada de eso quita la responsabilidad de los atentados a quienes los cometieron.
Este tipo de pensamiento híper emotivo y visceral de masa asustada también lo están sufriendo algunos políticos u opinadores de izquierdas. El caso más evidente lo vimos hace un par de días con el eurodiputado de Podemos Miguel Urban, que en medio de una entrevista donde hablaba de que la solución militar no le parecía la correcta y hablando sobre el origen europeo de los terroristas, dijo “se ha fallado al estructurar a mucha gente que no ve otra salida que inmolarse en un sitio”. Urban se equivocó en esta frase, pues genera confusión y puede parecer que está quitando parte de responsabilidad a los terroristas, pero no está diciendo eso, como se entiende perfectamente si se ve los 7 minutos de entrevista. Urban simplemente destaca una evidencia, que es que los nacidos en Europa que abrazan el terrorismo islámico generalmente lo hacen producto de circunstancias de marginación en toda su amplitud, y que hay que trabajar ahí.
Bien, pues Urban ha sido víctima de un linchamiento mediático generado por personas que, con casi toda probabilidad, no habían visto la entrevista, simplemente habían visto la frase descontextualizada (y muchas veces retocada con malicia) y le han atacado con el típico comportamiento de masa asustada, indignada e irracional. Y al igual que Urban lo han sido otros, tratados como estúpidos y casi traidores por intentar poner matices a realidades complejas e inconvenientemente simplificadas.

No me malinterpretéis, no estoy diciendo que milite en esas teorías que usan el “No a la guerra” como si esta situación fuese la misma que la de Irak (no lo es). Yo creo que hay que acabar con el Estado Islámico y devolver el control de la zona a los gobiernos de Siria e Irak, yo creo que la actitud de Podemos de negarse a apoyar el pacto antiyihadista es absurda (o no está bien explicada), que es pura propaganda y aversión a juntarse con otros partidos, pues no hay nada en ese pacto que provoque rechazo frontal y que no se pueda corregir desde dentro.
Pero la realidad tiene matices, dolorosos para nosotros muchas veces, y la geopolítica es algo complicado y tenemos que ser muy cautos y cuidadosos con lo que hacemos y con los pasos a tomar, internos y externos. No se puede atacar al ISIS y no saber qué demonios vas a hacer con Al-Asad, si le vas a abrazar quedando en ridículo después de tu actitud durante estos años, si vas a forzar una transición en Siria, si vas a colaborar con Irán, etc. Porque mañana el ISIS, como estado no reconocido, no existirá, pero el Daesh permanecerá e intentará atacar oriente y occidente ¿qué haremos entonces? Hay que preparar el futuro.
Lo mismo pasa con la política interna. Asisto preocupado a como el gobierno francés pretende cambiar la constitución para combatir el terrorismo islámico, cambio que solo puede ir en el sentido de dar más poder a la policía para registros domiciliarios, intervención de comunicaciones, etc. Sin decir que no pueda ser algo justificado o conveniente, cuando planteas algo así lo primero que hay que pensar es si estas leyes pueden ser usadas para otras cosas y para reprimir las libertades inconvenientemente. Y evidentemente el futuro es impredecible, pero hay riesgos cercanos que están delante de tus narices. Siendo claro ¿alguien ha pensado qué podría hacer un hipotético gobierno del Frente Nacional de Le Pen con esas nuevas leyes constitucionales? Porque ese escenario, que no es imposible, hay que plantearlo y hay que asegurarse que nada de lo que haces servirá a la señora Le Pen en el futuro para criminalizar y perseguir a minorías incómodas.

Las sociedades no viven bien los momentos de tensión. Los hombres tienden a comportarse como una masa asustada y los más desaprensivos y radicales sobrenadan perfectamente en este tipo de situaciones. Pero si nos dejamos llevar por esta sensación volveremos a cometer errores similares a los que se han cometido en los últimos 35 años. Mantengamos la cabeza fría en la medida de lo posible.

viernes, 13 de noviembre de 2015

El suicidio del independentismo catalán















Hasta hace unos días el independentismo catalán estaba dentro de lo que era un desafío reversible y digamos “aceptable”. El govern había sido muy cauteloso en no hacer nada total y absolutamente enfrentado a las leyes, e incluso la pseudo-consulta del 9N de 2014 se había hecho bordeando la legalidad y si acaso obviándola, pero solo un poquito, y probablemente por eso el president Mas saldrá absuelto de su imputación ante aquel hecho (al menos en la mayoría de delitos).
Internacionalmente nadie ponía en duda la unidad de España por razones obvias (cualquier apoyo o reconocimiento del derecho a la secesión de una región de un estado abriría un melón de consecuencias impredecibles), pero la preferencia general era que mediante el diálogo se llegase a un pacto que acabase con la tensión. A nadie le interesa la inestabilidad y últimamente vivimos bajo un miedo terrorífico a que cualquier inestabilidad cree problemas económicos en cadena.

Esta era la situación hasta el pasado lunes, cuando el parlament de Cataluña, con el voto favorable de la mayoría de diputados de la cámara que no representan a la mayoría de votos, declaró el inicio del proceso de “desconexión” con España y se situó fuera del alcance de las resoluciones del tribunal constitucional español, al que declararon deslegitimado por la sentencia sobre el estatut de 2006. La declaración insta al futuro govern a no reconocer nada de lo que venga de las instituciones españolas y se declara representante de la soberanía de los ciudadanos de Cataluña. Finalmente declara “pertinente” iniciar en 30 días la tramitación de las leyes de proceso constituyente, seguridad social y hacienda propia.
Obviamente la declaración fue recurrida y automáticamente suspendida por el Tribunal Consititucional, que avisó a varios cargos públicos de que su obligación era no tramitar nada que fuese en ese sentido so pena de incurrir en varios delitos. Sin embargo el gobierno central no hizo nada más, a mi juicio adecuadamente, porque por grave que sea una declaración sigue siendo una declaración, y si se quiere ser absolutamente escrupuloso en la aplicación de la ley, se quiere se proporcional y aplicar la mínima “fuerza” posible, lo correcto es hacer lo que está haciendo el gobierno. Cuando lleguen los actos ya se verá qué decisiones tomar pero siempre con el mismo espíritu.

De todas maneras y aunque aún no haya hechos consumados, la declaración ya traspasa dos líneas rojas que hasta ahora no se habían traspasado y que mantenían al independentismo catalán en una posición digamos legítima y respetable a los ojos de los no implicados este conflicto territorial.
La primera de las líneas rojas que ha traspasado el gobierno catalán es pretender hacer una secesión con menos de la mitad de votos. Aun teniendo más de la mitad de votos una secesión tampoco está legitimada, tanto por cuestiones legales como por las cuestiones que hemos comentado aquí sobre la necesidad de evitar que las decisiones permanentes se tomen por mayorías coyunturales y la necesidad de mayorías agravadas.
En la mayoría del mundo se entiende que una decisión así no se debe tomar con un 50,1% de apoyo. La UE, por ejemplo, para reconocer la independencia de Montenegro exigió un 55% de votos favorables y un quorum determinado. Pero a pesar de eso sí se comprende que quien cuente con un 50,1% del apoyo popular pida que se reconozca esa mayoría, es normal que cada uno haga las interpretaciones que más convengan a su causa y eso entra dentro de la lógica de un debate de esta naturaleza, es una petición respetable y puede tener cierta legitimidad. El problema es que cuando alguien pretende que una secesión está justificada con menos de un 48% de los votos rompe con cualquier criterio de legitimidad, eso es algo que va más allá de cualquier interpretación de lo que es una mayoría necesaria. 47,8% no es una mayoría aceptable para declarar ninguna independencia, ni aquí ni en la China Popular que diría el ilustre Carod.
Que una serie de dirigentes pretendan declarar la independencia con el 47,8% de votos en unas elecciones regionales ordinarias (además) los sitúa no ya en la ilegalidad, ni siquiera en la ilegitimidad, los sitúa directamente en frente de la democracia misma. Los independentistas transmiten el mensaje de que su propuesta política no es que los catalanes puedan decidir su estructura estatal por voluntad de la mayoría, su propuesta es la independencia como sea, sin necesidad de respetar las más mínimas barreras democráticas. Los independentistas acaban de violar el “derecho a decidir” que tanto pregonan, convirtiendo la independencia en un acto de destino predeterminado, no en un acto democrático o democratista.

La segunda línea roja es que los independentistas se sitúan fuera de la legalidad y de la democracia española, pero no fuera del estado ni de las leyes y estructuras que les convienen. Es decir, el parlament de Cataluña se declara soberano, se sitúa fuera de la constitución española y sus limitaciones, situándose por tanto ajeno a cualquier control judicial o limitación constitucional. Declaran una ruptura total de carácter revolucionario y sin embargo pretenden negociar con el estado, seguir funcionando como una administración del estado más en todo lo que se refiere a financiación y competencias, e incluso una vez desconectados voluntariamente ¡Se presentan a las elecciones generales!
En política, y más en política internacional, hay que ganarse el respeto de tus interlocutores. Los líderes internacionales muchas veces tienen terribles enfrentamientos con otros líderes a los que sin embargo respetan, respeto que se gana por ser coherente con tus ideas, por ser valiente, por ser serio o por ser fiable en los acuerdos y compromisos adquiridos. La política es como los negocios, hay que tener buena fama y ser serio porque si no estás perdido y nadie va a querer negociar contigo. Pues bien, imaginaros la imagen que dan unos líderes que se separan radicalmente, pero solo un poquito, que se declaran independientes, pero en diferido y en forma de simulación, que desconectan de España, pero se presentan a sus elecciones a ver si rascan algo.
¿Qué fiabilidad tienen estos señores? No es ya que incumplan las leyes, es que se están comportando como adolescentes caprichosos y rebeldes, es que segregan y elijen las convenciones e interpretaciones que les interesa y obvian las que no. ¿Alguien iba a confiar en estos líderes cuando, por ejemplo, prometiesen que no iban a reclamar los Pirineos orientales o la ciudad de Alguero? ¿Iban a aceptar Renzi o Hollande su palabra o compromiso, cuando lo reinterpretan todo a conveniencia?

Lo que han hecho los independentistas es un suicido. Si quedaba alguna posibilidad de que el gobierno español negociase con ellos o que algún otro país mediase en el conflicto a su favor, la han destruido con esta declaración. El gobierno español no puede negociar con quienes incumplen las leyes y los líderes internacionales no van a sostener a rebeldes convenencieros que incumplen las más básicas bases de cualquier legitimidad. Aunque mañana hubiese otras elecciones en Cataluña y los independentistas sacasen el 55% de los votos probablemente ya no tendrían legitimidad para hacer nada y nadie los apoyaría, porque han demostrado que les da igual los votos y los porcentajes, solo les importa el objetivo predeterminado.
Lo que están transmitiendo los independentistas, quizá sin querer, es que si no están haciendo algo más grave todavía es porque no pueden y de hecho esta actitud está haciendo resurgir nuestra memoria histórica. Recordemos que Azaña decía en sus memorias que la Generalitat catalana durante la guerra había vivido “en franca rebelión e insubordinación, y si no ha tomado las armas para hacer la guerra al estado será o porque no las tiene o por falta de decisión o por ambas cosas, pero no por falta de ganas”. Los independentistas se han empeñado en dar actualidad a estas palabras del presidente Azaña y, por extensión, provoca que muchos que antes creían en el pactismo comiencen a conceptualizar el soberanismo catalán como una idea inherentemente conflictiva, perniciosa y con la que no se puede tratar.
Los soberanistas, de forma bravucona, han querido vender que nadie los iba a parar a no ser que mandasen los tanques a Cataluña. Pero una vez se pasa de las palabras a los hechos esta misma idea acaba siendo entendida al revés, pues están consiguiendo que se piense que hay que pararlos porque si obtienen fuerza arrasarán con todo sin pararse a negociar nada.

Habrá gente que piense que esta situación, tan crudamente expuesta, justifica o hace conveniente acabar con el desafío catalán de una vez por todas. Otros pensarán, y no con algo de razón, que si sucediese algo así en Francia, Alemania, los EEUU u otros países de nuestro entorno, estos dirigentes ya estarían inhabilitados o enjuiciados y que por tanto aquí hay que hacer lo mismo. Pero creo que se equivocan. Como expliqué el otro día quien tiene la ley y la fuerza de su lado no puede permitirse excesos y debe ser extremadamente escrupuloso en sus acciones, por grandes que sean las provocaciones o ilegítimas las acciones del contrario. Igual que pedimos al ejército estadounidense que sea humanitario contra enemigos que no lo son con ellos, pues entendemos que con su enorme fuerza tienen esa obligación moral, debemos aplicar el mismo criterio para el estado español.
Pero más allá de todo esto es fundamental la inteligencia política. Los independentistas se acaban de suicidar cara al mundo, así que los gobernantes españoles no pueden ser tan necios de permitir que se hagan las victimas actuando con desproporción. Lo inteligente es dejar que se ahoguen entre sus propias contradicciones, sus violaciones de los principios que decían defender, sus egos y peleas intestinas, que todos los gobiernos europeos los vean como un riesgo terrible para la estabilidad y la propia democracia. Hay que dejar que se autodestruyan ellos solos.

Si ahora se toma una medida radical (destituir a los dirigentes independentistas y sustituirlos por otros gubernamentales, u otras medidas peores) los independentistas conseguirán el mejor resultado que pueden esperar en estas circunstancias: Ser las víctimas de la “represión” del estado, que es casi su salida más airosa. Venderán esa versión a sus seguidores, el independentismo no disminuirá y en pocos años estaremos en una situación similar. Y eso no es arreglar el problema, es solventar una urgencia pero manteniendo las raíces del problema.
El “unionismo” tiene la inmensa suerte de estar ante unos dirigentes independentistas que son capaces de rebelarse con la constitución con menos del 50% de los votos en unas elecciones autonómicas, sin fuerza ni apoyo alguno, estando unidos en una conjunción contra natura de proyectos e ideologías antagónicas, y estando el partido más importante de ese grupo impregnado de corrupción. Demonios, aprovéchese, que se limite el estado a utilizar la mínima fuerza e intervención posible para garantizar la constitución, que el estado no haga nada que directamente perjudique a los ciudadanos de Cataluña. Que cada agresión, violación de las leyes, posición extrema o fanatismo salga de las filas independentistas, no de las gubernamentales. Que se pringue la izquierda independentista con CDC, con las 400 familias y con todo ese mundo. Que noten el aislamiento y el desprecio de todas las fuerzas políticas del continente excepto los de sus amigos de la Liga Norte. Sólo así se conseguirá que los catalanes rechacen un independentismo que es producto de un caldo de cultivo de muchos años y que no se va a solucionar simplemente extirpando a unos dirigentes.
Cuando un político lo tiene todo perdido y ya no puede echarse atrás tiene dos opciones, retirarse o intentar ser un mártir y los independentistas intentarán ser mártires. Las fuerzas políticas estatales no pueden darles esa satisfacción.

Por primera vez desde que es presidente confío en Rajoy en el sentido de que no hará disparates. Le veo consciente de que no hay que usar nada que sirva a los independentistas para hacerse las víctimas, y espero que sea una posición real y no mera pose de estadista cara a las elecciones generales. Y tampoco veo al resto de líderes políticos capaces de cometer un error de esa naturaleza, con excepción de Herzog que sacará como mucho su diputado y probablemente ni eso.
Viendo cómo los independentistas han cruzado el Rubicón para tirarse por un precipicio no puedo dejar de pensar que algo falla. A veces pienso que la mitad de los independentistas deben estar a sueldo del CNI para organizar este harakiri colectivo, si no es que son idiotas. Porque al final lo único que han conseguido con este proceso es acabar con el catalanismo transversal del “peix al cove y con esos consensos que ha habido en la sociedad catalana en los últimos 35 años, sin que eso les valga para conseguir ninguno de sus objetivos. Si no están pagados por sus enemigos la verdad es que lo parece…

miércoles, 11 de noviembre de 2015

Los "notables" de Podemos














En los últimos días hemos visto cómo Podemos ha estado “fichando” personalidades importantes para sus listas electorales. El general Julio Rodríguez, el constitucionalista Javier Pérez Royo, el catedrático Juan Pablo Wert, la jueza Victoria Rosell, el filósofo Santiago Alba Rico o el ex vocal del CGPJ Juan Manuel Gómez Benítez son algunos de estos fichajes, que parece que continuarán en los próximos días. Estas incorporaciones, introducidas en las listas por voluntad y “dedazo” de la dirección, ha enfadado a muchos en Podemos, en teoría porque viola la elección hecha en las primarias aunque me temo que los motivos reales pueden ser bastante menos puros que ese.
Me gustaría hablar un poco sobre esto, sobre qué es Podemos, si tiene sentido lo que está haciendo y si esto no representa una contradicción con lo hecho hasta ahora.

Cuando apareció Podemos este partido suscitó un súbito interés en mí. Me interesó mucho ese desligue del proyecto de IU, la superación de ciertas manías y complejos de la izquierda tradicional y su novedosa y moderna forma de comunicación y propaganda. Pero si hubo algo que hizo que tomase ese proyecto en serio, allá por febrero o marzo de 2014, fue la presencia de una persona que tiene gran credibilidad para mí: El ex fiscal anticorrupción Carlos Jiménez Villarejo.
La presencia de Villarejo no solo daba credibilidad al proyecto, sino que parecía dar sentido a una de las ideas que vendía Iglesias por aquellas fechas. Podemos no solo iba a ser un proyecto de “la gente”, entendida por personas o segmentos sociales que hasta ese momento no tenían representatividad en política, sino también iba a albergar a muchísimas personalidades y expertos de la sociedad civil que iban a ser quienes definirían el proyecto futuro. Podemos se ideaba en abstracto como una especie de partido radicalmente democrático, donde unas amplísimas bases decidirían sobre proyectos y propuestas elaboradas por expertos, en una especie de equilibrio entre el democratismo y la tecnificación sectorial.
El grupo de europarlamentarios que fue elegido en mayo de 2014 parecía confirmar esa idea. Iglesias era un profesor universitario experto en comunicación política, Villarejo un exfiscal anticorrupción catalán ex del PSUC, Lola Sánchez una joven licenciada precarizada que había vuelto del extranjero después de intentar ganarse la vida allí, Echenique un científico blogero y discapacitado y Teresa Rodríguez una líder política de un partido casi marginal. Era un grupo heterogéneo, tanto en su lugar de procedencia como en sus perfiles personales y políticos, y parecía bastante equilibrado en el sentido que he comentado.

Sin embargo todo lo que sucedió en Podemos después de esas elecciones transcurrió por un camino diferente. Iglesias no se rodeó de ese tipo de perfiles técnicos y provenientes de la sociedad civil sino que creó un núcleo “duro” de poder formado por 5 profesores amiguetes de la complutense, rodeándose éstos posteriormente de gente más bien mediocre salvo honrosas excepciones. Si analizas el consejo ciudadano de Podemos lo que ves es muchísima gente de la complutense, mucho politólogo y bastantes miembros de CEPS, en lo que es un grupo nada heterogéneo sino más bien todo lo contrario, que transmite la sensación de ser una especie de "directorio" nacido en la complutense.
Esto no es baladí. Nos hemos quejado mil veces de que la política era una profesión de licenciados en derecho y de funcionarios de rango medio y alto y que eso generaba una endogamia peligrosa. Hemos exigido a los grupos políticos que abran sus puertas a gente más variada y que hagan grupos políticos más plurales, pero lo que estaba haciendo Podemos no era eso, sino que parecía simplemente cambiar el colegio del Pilar por las aulas de Ciencia política de la Universidad Complutense.
Además, lo que hemos visto es que Podemos, a diferencia de lo que se hizo para las elecciones europeas (con unas primarias “puras”, donde la gente elegía a sus candidatos favoritos y estos se ordenaban con la única corrección del género), introdujo el mecanismo de la “lista plancha abierta”, mecanismo por el que quedaba predefinida la lista de dirigentes o cargos y, aunque formalmente había posibilidad de tachar o elegir otros nombres, la realidad llevaba a que la lista defendida por la dirección acababa ganando siempre y sin fisuras. Tan solo ha habido unos pocos casos donde una lista alternativa ha ganado, ganando también la lista entera. La pluralidad, por tanto, se erradica siempre, y la posibilidad de elegir algo distinto a lo defendido por la dirección se convierte en algo altamente improbable y a veces imposible.
Al final Podemos generó el peor sistema posible. No había ni “notables” ni democracia interna real, sino listas plancha, verticalismo y control absoluto de la dirección, falta de pluralidad y demasiada gente con poca capacidad política. Y lo peor era la pretensión y la publicidad de ser lo contrario.

Pero después de todo esto, después de las listas planchas, los dirigentes mediocres, el “directorio” de la Complutense, la anulación de los círculos, el sectarismo y el comportamiento convenenciero a la hora de hacer confluencias, etc. Resulta que Iglesias nos sorprende con multitud de fichajes de personalidades ilustres para puestos de salida, muchos de los cuales ya han sido nombrados ministrables. Parece que se vuelve en cierta manera a una de las ideas originales de Podemos, pero tarde, aparentemente en sentido contrario de lo que se ha hecho hasta ahora y sin que esté muy claro qué poder tendrán estos fichajes.
¿Es todo tan contradictorio como parece? Pues no, no tanto. Porque aquí la cuestión es que parece que Iglesias y su gente conceptualiza el partido y el grupo parlamentario como dos realidades diferentes. El partido lo quieren uniforme, centralizado, vertical y controlado, mientras que el grupo parlamentario parecen quererlo lleno de independientes y de gente más capaz que la que tienen en la dirección del partido.
Francamente, me cuesta entender esta forma de hacer las cosas, pues la presencia de independientes en nuestra política se ha circunscrito casi a los ministros que entraban en un gobierno por voluntad de su presidente ¿Qué pretende Iglesias? ¿Que el partido sea la guía que dirija el grupo parlamentario? ¿O que el partido sea simplemente sustento del poder de un directorio de 3 o 4 personas, encargadas estas de dirigir mansamente a un grupo parlamentario heterogéneo?

A mí me gustan los fichajes de Podemos, pero creo que es algo que debía haber hecho desde el principio. En vez de tanto perfil Rita Maestre o Sergio Pascual (con todos mis respetos, no pretendo personalizar en ellos dos) y tanto profesor de la complutense y tanto politólogo, de lo que se debían haber rodeado Iglesias y Errejón era de gente como Villarejo o Pérez Royo, haberles dado poder interno en el partido y haber dejado que los guiasen. Quizá si lo hubiesen hecho no estarían con ese discurso vacío y gastado que han arrastrado durante meses por los platós de televisión.
Si Podemos hubiese sido fiel a lo que dijo ser en un inicio hubiese hecho primarias reales en las diferentes circunscripciones, y el general Rodríguez o Gómez Benítez se hubiesen presentado para ser validados en votación. Y la dirección podía haberlos apoyado sutil o incluso activamente, y habrían salido elegidos en casi todas partes, pero han preferido ponerlos a dedo y cabrear a los sumisos que pensaban que tenían su puesto asegurado por la lista plancha.

Es muy fácil hablar desde fuera, lo sé, pero tengo la sensación de que se ha desperdiciado un caudal enorme de apoyos y fuerzas de forma imperdonable. Tan sólo había que haber sido un poco más democrático, un poco más plural, menos sectario y menos extravagante. Con primarias de verdad, con expertos desde hace meses en la dirección del partido y con una posición en Cataluña como la que tiene Jiménez Villarejo, Podemos no estaría asaltando los cielos pero sí rozándolo con los dedos. No como ahora, que deben estar rezando a un dios laico para ver si pueden llegar a ser el apoyo necesario para un gobierno de Pedro Sánchez.

martes, 3 de noviembre de 2015

Tres ideas básicas sobre el conflicto catalán














Vivimos en una sobredimensión extrema e interesada del asunto catalán debido a la cercanía de las elecciones generales. La necesidad de Mas de contentar a la CUP para garantizar su investidura ha sido como agua bendita caída del cielo para Rajoy, que gracias a eso ha podido montar una ronda de contactos que le sirve para mostrar su perfil más institucional y de “estadista”, ronda a la que los demás partidos no se podían negar. El debate catalán es el más cómodo para Rajoy, y aunque algunos politólogos dicen que esta tensión favorece a C's yo no lo veo tan claro. En momentos de tensión y amenaza la gente tiende a apoyar al gobierno y/o a los posicionamientos más “duros”, y Rajoy está situado en el lugar perfecto. Por muchos que hayan sido sus errores al obviar el debate catalán en el terreno político, cosas como estas lo tapan todo.

Las sobrerreacciones políticas provocan también reacciones en los ciudadanos, reacciones que se suelen orientar con los imaginarios de los partidos o ideologías con las que se simpatiza. Conocemos la tendencia de cuatro locos de querer mandar los tanques a Cataluña o poner concertinas en la frontera con Aragón, o también la tendencia pactista que ha sido tan habitual en nuestra democracia. También hay una tercera reacción, que digamos que es la de la “calma tensa”, la de no hacer nada más allá de lo estrictamente necesario pero siendo siempre proporcional. Enric Juliana las explicó muy bien en este artículo.
Pero me he topado también con argumentos que aceptan como reales las amenazas del independentismo catalán, personas que creen que si la Generalitat de Cataluña declara la independencia no se puede hacer nada más que o mandar los tanques o aceptar pasivamente la independencia. Este argumento me parece increíble porque creo que no analiza o no razona bien el funcionamiento de un estado ni la verdadera tenacidad de los soberanistas catalanes respecto a la independencia.

Querría hacer tres consideraciones básicas que creo que debemos tener bien claras para enfocar adecuadamente todo este asunto:

1- La legalidad


Me parece que está ya bastante claro, pero nunca está de más recordarlo: Cataluña no se puede independendizar de España porque las leyes sencillamente no lo contemplan, no hay posible interpretación de esto. La constitución declara que la nación es indivisible y si se quiere dividir hay que cambiar la constitución, y cambiar un artículo esencial como este requiere el voto favorable de 2/3 de los diputados y senadores de dos cortes consecutivas y, finalmente, un referéndum entre todos los españoles. Ese es el mecanismo legal y, manteniendo la ley, es insoslayable.
Otra cosa es que la constitución no se cumpliese y eso solo podría venir de un proceso constituyente de carácter semi-revolucionario. Pero declarar un proceso constituyente no es algo que pueda hacer un gobierno o un parlamento, estaría incumpliendo la constitución y se crearía un problema enorme, pues con la ley en la mano este gobierno o parlamento podría ser destituido o desobecedido, y eso no tiene buen pronóstico a priori. Debería pues ser un cambio revolucionario que fuese aceptado y/o acatado por la mayoría de la población y de los poderes previos. Si eso se lograse entonces sí que se podría superar ese “corsé” constitucional, pero habría un punto que no podría ser obviado: Sea como fuere el proceso, esa posible secesión debería aceptarse en ese proceso constituyente y esto implica, de nuevo, que todos los españoles deberían votarlo.
Hablando claro: La secesión de Cataluña cumpliendo la ley o incluso mediante un cambio de régimen político en España solo se podría dar si la soberanía nacional, esto es española, lo aceptase. Las posibilidades de secesión unilateral de Cataluña son cero, ninguna, y esto hay que entenderlo porque si no iremos a una divagación permanente y absurda.

Esto último es importante para entender por qué las teorías de hacer un referéndum en Cataluña son, en el mejor de los casos, una malísima idea. Partidos como Podemos ya han dicho que quieren hacer un “referendum vinculante” en Cataluña, algo que es ilegal y que por tanto no podrán hacer, a no ser que estén proponiendo una reforma de la constitución en el sentido comentado. Otra cosa es que quieran hacer un referéndum consultivo, algo que legalmente no está tampoco muy claro que se pueda hacer pero que, por lo menos, es discutible. Vamos a imaginar por un momento que este referéndum consultivo se puede hacer (yo tengo mis dudas).
Aquí aparecerían dos escenarios, que salga Sí a la independencia o que salga No. En este tipo de argumentaciones siempre se supone que va a salir que No, y se vende que saliendo No el problema de iba a acabar o por lo menos se iba a calmar durante mucho tiempo. Pues no, eso es un error y es no entender cómo funciona el nacionalismo. Si los independentistas pierden un referéndum lo primero que propondrán es hacer otro (mirad lo que está diciendo el SNP en Escocia), y si lo pierden otro más, y así hasta que una mayoría coyuntural vote Sí a la independencia. Y como una vez un estado se separa no se vuelve a hacer un referéndum de unión una mayoría coyuntural a favor de la secesión prejuzga el futuro de modo indefinido, pues no hay vuelta a atrás. Convocar un referéndum es básicamente asumir que la independencia de Cataluña es algo que probablemente se acabará dando, tan solo falta saber cuándo. La postura de hacer un referéndum pensando que va a salir el No quita un problema temporalmente, pero lo hace más grande cara al futuro.
Pero imaginemos que sale Sí. Muy bien ¿qué hacemos? Legalmente habría que ir a una reforma de la constitución porque ni el gobierno español ni las cortes pueden dar la independencia a un territorio. Hay partidos que ya han dicho que aceptarán lo que digan los catalanes en referéndum así que vamos a suponer que estos votarían en el parlamento sí a la independencia, pero es que harían falta 2/3 de los parlamentarios ¿Y si los demás no aceptan la secesión? No se podría hacer nada, Cataluña por mucho que votase que Sí a la independencia y por mucho que el gobierno la aceptase no podría ser independiente. Pero supongamos que incluso se supera ese bache y se consiguen los 2/3 de los parlamentarios, imaginaos incluso que se consiguen los 2/3 de las siguientes cortes generales (algo difícil si los ciudadanos españoles no quieren la independencia de Cataluña), entonces nos iríamos a un referéndum y el pueblo español debería decidir si quiere que Cataluña sea independiente o no. Al final sería el pueblo español quien decidiría el destino de la nación como en cualquiera de los escenarios posibles. ¿Y si sale No en ese referéndum? Imaginaos la situación, los independentistas clamando porque los “españoles” no les dejan irse.
Todo esto es una malísima idea. No hay que ser muy inteligente para entender que un territorio que se quiere secesionar por razones de índole económico (son más ricos), político (creen que solos pueden hacer un estado mejor) o cultural (se creen “distintos” mostrando cierto supremacismo cultural) jamás va a conseguir una mayoría como esa para independizarse, y más cuando el resto del estado sólo puede tener perjuicios a causa de esa secesión.
En resumen: Cataluña jamás se va a independizar mediante un procedimiento legal, haya referendums, reformas de la constitución o nuevos procesos constituyentes.

2- La fuerza


Obviamente la ley no es el único mecanismo para independizarse, de hecho es el más infrecuente de todos. Las secesiones asiduamente han sido violentas, destructivas y bastante poco edificantes en su mecanismo. Cataluña, no quedándole la ley como mecanismo para independizarse, solo tendría la “fuerza”, entiéndase por fuerza no solo ni principalmente fuerza militar, sino fuerza en el sentido amplio y en todas sus vertientes: Apoyo internacional, capacidad psicológica de resistencia por parte de la población, posibilidad de anular la efectividad de una respuesta del estado central, etc.
De hecho, ahora mismo lo que presuntamente quiere hacer el gobierno catalán es un golpe de “fuerza”, comenzando una desconexión unilateral que violaría las leyes del estado. Desde el independentismo catalán se presenta de la siguiente manera: “No vamos a obedecer las leyes, nos da igual lo que diga el tribunal constitucional o cualquier acción del estado, así que la única manera que hay de pararnos es que nos manden “los tanques””. Esto representa claramente un pulso, y de ser real esta voluntad de llegar a este extremo los independentistas estarían usando su única fuerza teórica, que es convertirse en víctima para conseguir los apoyos externos de los que ahora carecen.
Lo cierto es que aquí hay una inversión de las realidades y de las cargas. Se reta al estado preguntándose qué está éste dispuesto a hacer para evitar la independencia de Cataluña, cuando eso carece de sentido porque no es el estado quien tiene que evitar nada, es el gobierno de Cataluña quien está tomando las acciones y por tanto es a quien hay que preguntar hasta dónde está dispuesto a llegar y qué consecuencias está dispuesto a aceptar.

Al final y una vez la ley deja de estar respetada, el conflicto se convierte en una cuestión de fuerza, y esta retórica de los tanques es síntoma transparente de una realidad muy dura para el independentismo, que es que en este conflicto toda la fuerza la tiene el estado español y ninguna el gobierno catalán. Sí, el estado español no solo tiene la fuerza militar, tiene la ley de su lado, tiene el reconocimiento internacional, tiene por tanto los mecanismos económicos bajo su control, etc. El gobierno catalán no tiene apoyo alguno ni fuerza de ningún tipo. Esa es la realidad.
No ha habido una independencia fuera de la ley que se haya conseguido sin apoyo internacional si no es con una guerra mediante. Los estados que se han disuelto en los últimos tiempos eran estados con enemigos, y estos enemigos fueron activos en potenciar los secesionismos en esos estados, incluso los estados no reconocidos que existen hoy en día tienen una independencia de facto siempre gracias a una potencia que les apoya. La “fuerza” se consigue con uno o varios aliados exteriores y poderosos, y Cataluña no los tiene.

Seamos claros, un gobierno catalán sin aliados internacionales ni ley de su lado ni fuerza alguna solo conseguirá la independencia de una manera: Con la beligerancia. Es así de simple y de complejo a la vez. Y habrá quien piense que ese argumento es bidireccional y se puede extender sobre el estado español, pero se equivocan, porque el estado español tiene la fuerza en todas sus vertientes y por tanto no necesita pegar un solo tiro ni mandar un solo furgón de la policía para acabar con una república autoproclamada.
Los gobiernos no mandan cuando quieren, mandan cuando se les obedece, esa es la regla básica de la política y nadie debería olvidarla nunca. Un autoproclamado gobierno de la república catalana tan solo sería efectivo si fuese obedecido y ese es el punto clave de todo este asunto, si iba a ser obedecido o no, o quizá más bien por cuanto tiempo. Y aquí entra la “fuerza” que hemos comentado, el aislamiento de los independentistas catalanes y su absoluta imposibilidad de mantener a Cataluña en una situación de normalidad económica o social con la actual relación de fuerzas.
Si el gobierno de Cataluña declarase la independencia es evidente que sería destituido de sus funciones por alguno de los mecanismos previstos en las leyes. El gobierno y las cortes pondrían otro gobierno en Cataluña e instarían a la estructura de la Generalitat a obedecer. Habría que ver que pasa pero imaginemos que las estructuras catalanas obedecen a la Generalitat secesionista, que desde los Mossos d’esquadra hasta los hospitales asumen el mando del gobierno catalán ¿Eso le daría la “victoria” a los secesionistas? Pues la realidad es que no.
En una situación tal el estado español dejaría de financiar a las estructuras catalanas (funcionarios, colegios, hospitales, etc) que no obedeciesen a las autoridades “españolas” y lo lógico es que la Generalitat crease una hacienda catalana para recaudar los impuestos para financiarse. Pero para recaudar los impuestos son los ciudadanos y las empresas las que tienen que obedecer y, sobre todo, los bancos. Quiero que penséis fríamente esto ¿os imagináis a una multinacional de las que hay en Cataluña desobedeciendo al gobierno español, legalmente constituido e internacionalmente reconocido? Entenderéis que eso es un absurdo, que una Nestlé, Seat, Planeta o Sony no iban a obedecer a la hacienda catalana y que iban a seguir haciendo las retenciones correspondientes a la Seguridad Social como les exigiría la ley. Y más allá de eso hay que entender que los impuestos y las transacciones económicas en el mundo moderno se hacen mediante los bancos, y los bancos que operan en Cataluña, dependientes del Banco de España y del eurosistema, no iban a obedecer a otra autoridad. ¿Qué iba a hacer la Generalitat? ¿Obligar a las empresas y los bancos a obedecer mandándoles a los mossos? Fijaos como la realidad acabaría siendo la contraria a la que se vende.
No creo que haga falta explicar mucho más la situación para entender que el gobierno autoproclamado catalán no tendría capacidad financiera suficiente (por no decir casi ninguna) para mantener un estado en pie, lo que colapsaría la Cataluña institucional dependiente de la Generalitat.

Una situación así, inteligentemente gestionada por el estado central, acabaría con los independentistas en cuestión de semanas. No estamos en 1900 ni Cataluña es una paupérrima región montañosa de Asia, estamos en una economía globalizada y financiarizada y hablamos de una región con un 20% de PIB per cápita superior al resto del país ¿De verdad los catalanes estarían dispuestos a sufrir todo tipo de privaciones de servicios y materiales por la causa independentista? ¿Estarían dispuestos a sufrir las consecuencias de un aislamiento internacional, diplomático y económico, a tener que crear probablemente una nueva moneda para financiarse, etc? Algunos independentistas lo estarían, no me cabe duda, pero la sociedad catalana en su inmensa mayoría no. Y esta “fuerza”, esta capacidad de resistencia a las penalidades, la sociedad catalana no la tiene (ni la catalana ni ninguna de un país rico de occidente), porque la sociedad catalana aspira a una independencia sin costes o con costes mínimos y cualquier secesión hecha en base a una rebelión generaría una situación de disolución económica e institucional.
Obviamente nada de esto va a pasar, porque los independentistas no son estúpidos (la mayoría), porque existen contactos fuera del foco de la opinión pública donde todas estas cosas se avisan y porque nadie es tan absurdamente idiota para lanzarse a una aventura que iba a acabar en cuestión de días con la destrucción económica y social de Cataluña. Pero creo que es importante comentarlo para que nadie se crea los postureos políticos de los secesionistas ni la sobrerreacción del gobierno central, que por mucho que intente evitar algo así (porque algo así no deja de ser un desastre) es perfectamente consciente que las posibilidades de que una secesión unilateral sea efectiva son ninguna.

3- La moral


Más allá de todas las cuestiones legales y de “fuerza”, que he intentado expresar con frialdad y casi como observador ajeno, todo este asunto del independentismo en un estado democrático no deja de ser algo que viola la moral democrática y los principios progresistas. El “derecho de autodeterminación” es un abstracto que solo tiene aplicación real para colonias y nunca la tiene para partes integrantes de un estado. No es ya que nadie vaya a reconocer el derecho de autodeterminación de Cataluña, es que la propia aceptación de que es Cataluña quien tiene este derecho y no “España” ya supone un criterio nacionalista. Que no exista un pueblo español y sí un pueblo catalán es lo único que podría justificar el derecho de autodeterminación, y ese criterio es nacionalista y segregacionista.
Plantear que cualquier comunidad humana pueda generar su propio estado si quiere, en cambio, no sería un criterio nacionalista, pero sí infantil, absurdo y destructor social. Si consideras que Cataluña tiene derecho a generar su propio estado en base a eso entonces no puedes negárselo a Murcia, a la provincia de Vizcaya o al municipio de la Moraleja, y en el municipio de la Moraleja estarían muy contentos de tener esta posibilidad, porque así se podrían montar un paraíso fiscal en la sierra de Madrid y dejar de pagar impuestos más allá de las tasas de basura y alumbrado. Esto de la Moraleja es una reducción al absurdo de la idea, pero es muy gráfico para ver qué pasaría si se permitiese ese “derecho” de cualquier comunidad humana para montar un estado: La redistribución de riqueza se iría al garete, las zonas ricas se desentenderían de las pobres e iríamos a una especie de anarco-capitalismo territorial.
La política está llena de contradicciones, pero éstas deben ser asumidas si no quieres ser un “idiota político” y hay que priorizar. Este derecho de que las comunidades humanas formen un estado y la igualdad económica son ideas contradictorias y excluyentes y hay que prorizar una de las dos. Si quieres que las comunidades humanas formen el estado que quieran y lo prefieres por encima de la igualdad me parece muy bien, pero entonces no eres de izquierdas ni progresista, eres alguna forma de libertariano o anarco-capitalista y por tanto profundamente de derechas en un sentido económico. Si se es de izquierdas y tu objetivo político y moral es conseguir la igualdad de derechos y también una relativa distribución de la riqueza, entonces te debes oponer a estos autodeterminismos que no están sostenidos por opresiones de la metrópolis, tiranías o falta de derechos.

Tampoco se debe presentar el conflicto anterior como igualdad vs democracia, no es así, de hecho es exactamente al revés. El independentismo, en un estado democrático, es moralmente antidemocrático y lo es por dos razones fundamentales: La primera es que la democracia es un sistema de convivencia que permite convivir con el diferente, con el que piensa distinto, mediante un sistema que equilibra la decisión de la mayoría con la protección de los derechos y libertades de minorías que, además, tienen representación y funciones políticamente reconocidas. Romper el sistema democrático, el “demos” democrático, implica que no sabes convivir con el diferente, que no sabes ser minoría, que no aceptas las decisiones de la mayoría.
La segunda razón es que la democracia es un sistema de control continuo, de decisiones continuas que corrigen y cambian el rumbo de las anteriores. Por eso las cosas estructurales en democracia no se deciden por mayoría simple sino agravada, como pasa con las constituciones. Una secesión no tiene vuelta atrás, es definitiva (los estados no se separan para hacer posteriormente referéndums de unificación), y por tanto se rompe esa posibilidad de reversión de la decisión. Por eso desde el punto de vista democrático es exigible al menos unas mayorías agravadas y suficientemente amplias para tomar una decisión así (como se establece en la Clarity Act canadiense), y aun habiéndolas esto supondría un problema conceptual importante ¿Y si esta mayoría fuese coyuntural y reversible? Al no haber posibilidad real de nueva unión estaríamos siendo poco democráticos si tomásemos una decisión de secesión sabiendo que puede ser coyuntural.

Estas realidades morales y de expresión de valores nos deben valer para acabar con una de las grandes falacias que escuchamos habitualmente, esta de que la secesión y la unión son moralmente iguales y equivalentes. No, no lo son, la unión dentro de un estado democrático es moralmente superior a la secesión. No puede ser moralmente equivalente una unión que garantiza la igualdad y una secesión que la rompe, no puede ser moralmente equivalente una unión que representa la convivencia entre distintos y una secesión que abomina de ella, no puede ser moralmente equivalente un estado que permite unificar identidades y una secesión que te obliga a elegir identidad mediante la nacionalidad, etc. No son iguales, no son moralmente equivalentes, en condiciones similares y si no hay ninguna estructura colonial ni antidemocrática que pueda justificar una ruptura, la unión representa los valores del progreso y de la izquierda y la secesión los de la derecha, los del egoísmo y la reacción endogámica.



Para entender el momento político en el que nos encontramos no podemos obviar todas estas cuestiones. No podemos dejarnos llevar por la sobreactuación ni por las apariencias, en ambas partes del tablero se están asumiendo postureos que son falsos y que tienen como consecuencia engañar a votantes e incluso socios. A la partida de ajedrez de Mas con el gobierno central se ha añadido una nueva con las CUP, y a la reacción de Rajoy se ha añadido el componente preelectoral.
Pero estos tres ejes, el legal, el de fuerza y el moral, es fundamental tenerlos presentes. Los dos primeros para entender que el debate real no es la independencia sino una nueva realidad jurídica privilegiada para Cataluña, y el tercero para entender por qué la izquierda de este país necesita un profundo cambio de prioridades y criterios si alguna vez pretende asaltar los cielos.