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lunes, 8 de febrero de 2016

Los valencianos















Las numerosas detenciones relacionadas con la operación Taula han llevado a que los valencianos nos hayamos sentido una vez más avergonzados e incluso señalados por nuestros compatriotas. No es nada nuevo ciertamente, ese sentimiento lo llevamos padeciendo de forma intermitente desde hace algo más de 5 años cuando vimos que la trama Gürtel tenía uno de sus epicentros aquí y, fuera de Valencia, se nos preguntaba con condescendencia “¿Por qué seguís votando a esa gente?”.
Muchos dirigentes del gobierno y los ayuntamientos valencianos han hecho declaraciones públicas casi implorando que no se juzgue ni se señale a esta tierra por los casos de corrupción de los antiguos gobiernos del PP. Otros dirigentes políticos también han escrito sobre esto, como Fernando Giner el portavoz de C’s en en ayuntamiento de Valencia, en un texto cargado de buenas intenciones pero con un aire un tanto provinciano que creo que desenfoca la realidad. Claro que en Valencia hay muchas empresas potentes y muchas manifestaciones culturales, como en todas partes, la cuestión es por qué ha pasado aquí lo que no ha pasado en el mismo grado en otras latitudes.

Uno de mis mayores miedos es que la respuesta de la sociedad valenciana a estos casos caiga en alguno de los dos extremos que creo debemos evitar. Uno de ellos sería en el de la depresión y la minusvaloración propia, en una especie de auto-odio que desestructuraría la sociedad y la haría vulnerable ante intenciones externas de control social. Esto es lo que parece que quieren evitar nuestros políticos con estos llamamientos a la verdadera idiosincrasia de nuestra tierra.
Pero el otro extremo sería replegarse defensivamente e interpretar los dedos que nos señalan como una agresión a nuestra colectividad, nuestra cultura y nuestra tierra. Esto generaría una reacción endogámica que también sería aprovechada por desaprensivos y nos haría caer en un victimismo que paradójicamente nos retornaría al punto de inicio de toda esta problemática, pues el victimismo y la endogamia fueron el caldo de cultivo para esta ceguera colectiva que afectó a esta tierra y de la que ahora sentimos las consecuencias.
La respuesta adecuada a este drama es una equilibrada y tremendamente crítica introspección colectiva que señale certeramente qué ha causado todo esto, con el objetivo de hacer una cirugía reparadora. Y en parte importante la hemos hecho, ojo, pero vamos a tener que persistir para que esta rectificación que nació hace dos o tres años y que se certificó en mayo del año pasado no sea algo puntual.

Los valencianos, cayendo en esa depresión de la que he hablado antes, muchas veces consideramos que el problema de la corrupción en Valencia se debe a que somos “meninfots” (palabra en valenciano que significa que “pasamos de todo”), y que al ser algo propio de nuestra idiosincrasia no tiene remedio. No es verdad, lo que ha pasado aquí tiene que ver con cuestiones estructurales y políticas que, sin ser coyunturales, no son tan estructurales como una idiosincrasia invariable.
El problema de la corrupción en la Comunidad Valenciana creo que es en parte producto de las consecuencias psicológicas de la Batalla de Valencia. Aunque podríamos decir que esta batalla acabó en empate la realidad es que la semilla del blaverismo germinó en Valencia, llenándonos de complejos frente a Cataluña, por un lado, y de frustraciones respecto a “Madrid”, por otro. Y en esto llegó el Partido Popular, entendió que ese doble complejo era poderosísimo y lo usó para crear una hegemonía político-cultural que es la madre de nuestras desgracias.
El PPCV combinó hábilmente el rechazo al “catalanismo” con una política de acción destinada a resaltar en el mundo. Como he comentado más de una vez aquí nos obsesionábamos por tenerla más grande que los demás, por hacer lo más caro, lo más grande, lo más moderno y lo que más llamase la atención. Cada inauguración o evento era droga para una sociedad necesitada de superar complejos auto-inducidos, y saltábamos de disparate en disparate sin tener en cuenta los costes y los indicios oscuros que envolvían cada hecho. La megalomanía era colectiva.
Muchos lectores pensarán que esta megalomanía no era exclusiva de la Comunidad Valenciana y es verdad, pero aquí jugaba el factor regionalista e identitario. Cada vez que alguien osaba poner en duda la utilidad de cualquiera de estas cosas era tildado inmediatamente de anti-valenciano y casi siempre de catalanista, daba igual que fuese político, periodista o un ciudadano corriente. Y esto creó una espiral de silencio, si te parecían bien estas cosas sacabas pecho en un alarde de megalomanía provinciana, y si no te parecía bien te callabas para no ser atacado ni insultado por los bravucones anteriores.

De todas formas estas espirales de silencio no se implantan de esta manera sin que haya quienes pasivamente lo permitan, y aquí se permitió. Y si hay un sector que tiene una responsabilidad esencial en lo que aquí pasó, este es el periodismo. El periodismo valenciano fue, salvo honrosas excepciones, un muñeco dócil en mano de los gobiernos del Partido Popular. Una prensa los jaleaba y la de enfrente callaba. Desde la época de Zaplana el periodismo en Valencia dejó de cumplir su labor principal.
No hablo de Canal 9 y RTVV, donde hubo una estrategia de depuración de periodistas que finalmente llevó a la ruina al colectivo entero, hablo del periodismo en medios privados. La benevolencia y sumisión respecto al poder de prensa que en teoría era progresista era la norma, por lo hablar de la prensa conservadora, que vivía entre el orgasmo colectivo permanente y la inquisición respecto a los insumisos, catalanistas todos.
Me han contado periodistas valencianos que Zaplana creó un sistema de control de los medios de comunicación en base a la publicidad pagada por empresas amigas. Este sistema, que no es exclusivo de Valencia ni mucho menos, aquí tuvo un éxito abrumador que quizá no tuvo en otras partes.

Al final, y analizando las circunstancias, hay que entender que era normal que la gente creyese que vivía en la tierra más dinámica y puntera del mundo, y que cuando comenzaron a aparecer los escándalos de corrupción la primera reacción fuese la negación. La negación siempre es la primera respuesta, pero cuando hay cuestiones identitarias de por medio es mucho más fácil crear un entramado defensivo que atente contra la razón.
Adicionalmente hay que entender que las sociedades suelen ser conniventes con la corrupción mientras asumen que ésta es positiva para la colectividad. La corrupción nunca es positiva, pero hay momentos donde la gente la tolera, la acepta como inevitable e incluso la ve como un catalizador de ciertas cosas que les interesan. El “para que lo haga otro que lo haga este”, “sólo son cuatro trajes” o el “Sí, pero han hecho X en mi pueblo” es bastante más racional de lo que parece. Las consecuencias negativas de la corrupción son enormes pero a veces intangibles y lejanas, mientras las positivas son inmediatas y te las construyen debajo de casa.
Es por eso que la situación no explotó hasta que los ciudadanos no comenzaron a ver las consecuencias tangibles de la corrupción. Los impagos a las farmacias, las residencias, los hospitales a medio construir o incluso el cierre de Canal 9 tuvieron que suceder para que la gente corriente entendiese a donde llevaba la corrupción que antes era tolerada. Si el caso de los trajes hubiese salido a la luz en 2013 o 2014 os aseguro que la sociedad valenciana hubiese sido mucho más contundente. Aquí explica muy bien el procedimiento Pablo Simón.

Cuento esto porque no se le puede echar en cara la situación al ama de casa, al currito o al agricultor. Es normal que ellos no se diesen cuenta, negasen la corrupción, pensasen que era una persecución o hasta la aceptasen hasta con malicia. No es el ciudadano medio quien debe tener la clarividencia de ver lo que se mueve detrás de las bambalinas y conocer las consecuencias a largo plazo de estas acciones cuando vive en un entorno de grandilocuencia y éxito, y no es a ellos a quienes debemos señalar.
No, es la “élite” política, periodística, económica e intelectual de la Comunidad Valenciana la responsable de que aquí las cosas llegasen al punto en que llegaron. Miremos a los periodistas de los medios principales, a los políticos del partido del gobierno y del principal partido de la oposición, a los empresarios conniventes con el poder y a tantos que debieron avisar y no avisaron, que debieron combatir y no lo hicieron.
Y tampoco hace falta ser “cruel”, ni auto-fustigarse, ni tratar a todos como cobardes. No atreverse a hacer algo que te puede llevar a perder tu trabajo o a ser fustigado socialmente es lógico, lo que parece que no es normal es que no saliesen ese puñado de personalidades excepcionales que resisten todo esto, que combaten contra los elementos y sirven como ejemplo en una sociedad silenciada ¿Tuvimos carencia de una sociedad civil verdaderamente funcional? Yo creo que sí.

Cuando hablo de esto a veces me parece que me esté refiriendo a una época muy lejana. Hoy este blaverismo identitario está minorizado y escondido, hoy tenemos políticos más combativos, periodistas más valientes y una sociedad parcialmente escarmentada. Pero hemos llegado aquí a base de palos, de vergüenza que hemos pasado y gracias a haber abandonado esas corazas mentales que nos hacían percibir como ataques externos lo que era nuestra propia podredumbre interna.
Y por eso la endogamia no puede ser la respuesta a este nuevo destape de la corrupción. Ni podemos pensar que nos están señalando injustamente, ni que todo el producto de una época extinta ni caer en la tentación de ponernos a hablar de agravios. Debemos usar estas cosas para mirar y reincidir en la mirada crítica sobre nuestro pasado. Creo que nos ha ido bien haciéndolo y que el dolor o la vergüenza no puede impedir que lo hagamos otra vez.

Además, y como he dicho siempre, creo que nuestro ejemplo es muy necesario en la España de hoy. Independientemente del contenido y formas de nuestro drama, el factor emocional, identitario y de negación es muy similar al que hoy viven pueblos vecinos. Cada vez que miro al norte y veo como se digieren ciertas cosas, no puedo dejar de ver un reflejo cristalino de lo que pasaba aquí hasta hace 4 o 5 años, con otros ropajes, con otros fundamentos, pero con el mismo sentimiento primario de fondo.
Hemos aceptado que nos engañaron, que éramos conniventes, que el sentimiento identitario nos cegaba, etc. Y ese reconocimiento es honorable, y un ejemplo que debemos dar a este país. Nos vacunará para el futuro y servirá como guía para quien quiera verlo, convirtiendo el drama en sabiduría colectiva y la vergüenza en convicción moral para el futuro.

3 comentarios:

  1. Yo no soy valenciano, por eso no voy a opinar demasiado. Pero no estoy muy de acuerdo con el artículo. En una dictadura sí podrían ser los medios responsables de lo sucedido. Pero en democracia el último responsable es el votante.
    En mi opinión, cada país (o CA) suele tener el gobierno que se merece.

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  2. Echo en falta alguna mención a por qué han fallado, no solo en Valencia, los sistemas de control de la propia administración como por ejemplo la intervención. O si es que no son suficientes.

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  3. Los escándalos de corrupción del PP valenciano no estallaron el 2011, sino mucho antes. Recordemos por ejemplo los más de 900 millones de las antiguas pesetas que Zaplana le pagó a su amigo Julio Iglesias para promocionar la Comunidad Valenciana por el mundo, siendo abonada gran parte de ese dinero en paraísos fiscales. Durante años la oposición en las Cortes intentó averiguar el importe exacto, sin éxito, claro, igual que con el gasto en la visita del papa en 2006. Otro gran escándalo: las facturas falsas de Terra Mítica, que llevaron a la quiebra y la suspensión de pagos del parque temático en 2004. Y no olvidemos la historia interminable del caso Naranjax, con Carlos Fabra, que estalló en 2003, y que tuvo una instrucción judicial de casi 10 años antes de poder sentar al presidente de la Diputación de Castellón en el banquillo. El que sí que fue a prisión mucho antes, en 2004, fue el alcalde de Orihuela y conseller de Obras Públicas de Zaplana, Luis Fernando Cartagena, por apropiarse del dinero de unas monjas. Suma y sigue. No hacía falta más que leer la prensa durante los 20 años de gobierno del PP para darse cuenta que el PP valenciano olía a podrido ya desde la época de Zaplana.
    Los ciudadanos lo sabían, pero el lema era entonces "todos los políticos son iguales", pero "mira qué bonita está Valencia." Tuvimos que esperar hasta mayo de 2011 para oír aquello de "no nos representan". Hasta entonces la corrupción no se pagaba en las urnas. Así pues, el sentimiento de impunidad era generalizado.

    Por cierto, ¿alguien se acuerda de aquel mítico vídeo denuncia de la campaña electoral de 2007?https://www.youtube.com/watch?v=PAArCOvNFkU

    Recomiendo la lectura del libro "Valencia, la tormenta perfecta". El autor, el profesor de la Universidad de Valencia Josep Vicent Boira, explica que la corrupción ha sido generalizada en toda España, pero el chivo expiatorio han sido los valencianos, que nunca se han echo respetar frente a los demás pueblos de España:
    http://www.levante-emv.com/comunitat-valenciana/2012/06/22/tormenta-perfecta-deficit-financiacion-quiebra-economica-corrupcion/915046.html

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