La nueva marca de La suerte sonríe a los audaces

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martes, 8 de marzo de 2016

En defensa del pluralismo político

















Cuando Angela Merkel ganó las elecciones por segunda vez en Alemania y cambió su socio de gobierno, pasando a gobernar con los liberales en vez de con los socialdemócratas como había hecho hasta entonces, hizo una intervención pública durante los primeros días de ese nuevo gobierno para explicar sus primeras medidas. Al acabar de exponerlas y confirmarse que eran más derechistas que las del gobierno anterior, un periodista le preguntó si no eran incoherentes con las habituales en su anterior mandato (hasta ese momento se le llamaba la “socialdemocratizada Merkel”). La Canciller puso cara de sorpresa y respondió con toda la naturalidad del mundo: “Es que ahora presido un gobierno con los liberales, no uno con los socialdemócratas”. 
Lamento haber mentado al icono del austericidio, pero este ejemplo creo que muestra claramente la naturaleza de un sistema parlamentario y pluralista que requiere pactos y cesiones.  Al lector visceral y un punto moralista le podrá parecer que esta “flexibilidad” de Merkel muestra a una persona sin principios, casi representativa de esa frase de Groucho Marx que dice “estos son mis principios, pero si no le gustan tengo otros”, pero no es así. Merkel probablemente no estaba haciendo nada contrario a sus principios ni cuando estaba “socialdemocratizada” ni cuando se derechizó con los liberales, simplemente estaba priorizando unas políticas sobre otras o buscando zonas de consenso dentro del rango en el que un cristianodemócrata se podía sentir cómodo.

Los sistemas parlamentarios pluripartidistas tienen ciertas características que a los defensores de las grandes ideas puras no gustan nada, pero también tienen obvias ventajas para la sociedad en que están implantados. Es muy difícil hacer una revolución total en un sistema parlamentario pluralista (en casi todos los sistemas democráticos realmente), pero en cambio es mucho más fácil que las demandas sociales tengan reflejo en el juego político y sean defendidas en las instituciones, lo que llevará a su absorción eventual. El escenario pluralista también otorga al ciudadano varias opciones posibles para los diferentes perfiles ideológicos, lo que genera una sana competencia entre partidos a la hora de escuchar esas demandas. El voto cautivo, ideologizado, de la cuna a la tumba, se minimiza mucho en estos sistemas, evitando la podredumbre de los partidos políticos.
La necesidad de tener que contar con un socio casi siempre hace más lentos y graduales los cambios, pero por la misma razón también evita medidas regresivas y viscerales. Los cambios suelen ser estables, sólidos y bastante convenidos, evitando la destrucción y las contrarreformas legislativas cíclicas. Al final lo que se genera es la extensión del equilibrio de contrapoderes también en el corazón del legislativo, algo que se retroalimenta con sociedades civiles dinámicas que sirven de control, auditoría e inspiración para estas fuerzas políticas.

Pablo Iglesias Turrión tiene una gran frase que repite mucho en determinados ambientes, “Tener el gobierno no implica tener el poder”. La frase es en sí una muestra de realismo político y descripción certera de cuál es la realidad. Aun teniendo un poder político omnímodo hay unos evidentes poderes económicos y sociales que sirven de contrapoder al del gobierno, llevando a la necesidad de contemporizar, modular y rebajar intenciones. No hay más que ver lo que le ha pasado a Syriza en Grecia, pero ni siquiera hay que irse tan lejos. El propio gobierno del PP en España ha habido cosas que no ha podido hacer o ha tenido que suavizar por distintas razones, desde la limitación agresiva de manifestaciones (por derecho constitucional) hasta la casi imperceptible modificación de la ley del aborto.
En un sistema pluralista estos equilibrios que siempre hay que hacer son todavía más acusados, ya que antes de presentarte ante los poderes “fácticos”, económicos o sociales tienes que haber hecho un equilibrio previo. Ojo, a veces este pacto o modulación política previa llena de fuerza y razón moral a la reforma planteada, haciendo más difícil muchos de los argumentos de quienes intentan parar las reformas y los cambios, pero es obvio que se requiere un ejercicio doble de posibilismo. La política es el arte de lo posible” y en un sistema parlamentario por partida doble.

Los cambios políticos en España han llevado a que por primera vez desde la II república tengamos un pluralismo político real y efectivo. Siempre ha habido muchos partidos en España, pero fuera de los dos partidos centrales solo hemos tenido partidos pequeños, sin capacidad de limitar ni condicionar políticas y pactos y que han sido más una molestia para los grandes partidos que un contrapoder efectivo. Nuestra realidad política, una vez superada la transición, se ha basado en continuas mayorías absolutas (o casi) y cuando han hecho falta pactos ha sido con partidos regionales, a los que se convencía no con cesiones ideológicas sino con arreglos de mercantilismo económico, convirtiendo la virtud del pacto en el vicio del cambalache.
Pero ahora tenemos dos partidos con 40 y 65 diputados cada uno que se han convertido en necesarios, gracias a este resultado casi de empate diabólico en el que estamos al tener 17 diputados independentistas que están ajenos a cualquier combinación lógica, pues nadie que tenga un proyecto sólido de país y dos dedos de frente confiaría sus reformas a la buena voluntad de diputados en proceso de desconexión. Así pues, de golpe, hemos pasado del rodillo de la mayoría absoluta a la necesidad de un pacto a múltiples bandas, tensando al extremo el periodo de aprendizaje necesario de nuestras fuerzas políticas, tan acostumbradas a la decisión unilateral y a una filosofía política de inspiración presidencialista que también invade a los nuevos partidos.
Sólo una gran coalición, que representaría la ruptura absoluta con las tres décadas de sistema político previo, o un pacto a tres de carácter transversal, con las enormes dificultades políticas que tiene esto, pueden dar un gobierno estable y efectivo a España, un gobierno con la suficiente fuerza para hacer cambios importantes. Hay más combinaciones, pero todas ellas son débiles y darían lugar a gobiernos de gestión más que de transformación. Y puede haber un gobierno así, ojo, incluso puede que fuese positivo para ese periodo de aprendizaje que se necesita, pero que todo el mundo tenga claro que un gobierno así sólo haría cambios mínimos y de amplio consenso.

Me parece evidente que, en general, nuestros partidos no están sabiendo comportarse adecuadamente en este escenario político, ya no tanto por las declaraciones (al final las declaraciones públicas pueden ser sobreactuaciones para conseguir fuerza negociadora) como por las acciones y los modos que observamos.
La primera gran censura que tenemos que hacer a nuestros partidos es su conceptualización de unas nuevas elecciones como una alternativa y hasta como algo deseable. No, una repetición de elecciones es la última opción en una democracia parlamentaria y solo hay que llegar ahí cuando ha habido una evidente imposibilidad de ningún pacto. La primera obligación democrática de los partidos es respetar la voluntad de las urnas y por tanto intentar compatibilizar su mandato con la misma. Plantear una nueva votación es revertir el orden de la democracia, es básicamente decir que los ciudadanos tienen que volver a votar hasta que los partidos tengan un resultado cómodo, invirtiendo el mandato popular y convirtiendo a los ciudadanos en quienes tienen que obedecer a los partidos y no al revés. Es un comportamiento dudosamente democrático y representa lo peor del partidismo.
Un partido no puede proponer unas elecciones sin haber siquiera negociado con el resto de grupos políticos. Un partido debe hablar con todos los grupos políticos, incluso con los que son a priori incompatibles con ellos, e intentar ver si se puede llegar a una entente de alguna manera. Los partidos están democráticamente obligados a intentar compatibilizar el mandato de las urnas con su programa y tan solo la absoluta imposibilidad de compatibilizar ambas cosas por parte de todos puede justificar unas nuevas elecciones. Los maximalismos y por supuesto los vetos no son aceptables en una situación post-electoral.

Más allá de esto el discurso de los partidos políticos es claramente decepcionante. Todos ellos han llenado sus argumentarios de manipulaciones y medias verdades que son tanto o más obscenas que las de la campaña electoral. El PP está en posición claramente reaccionaria, con un candidato a presidente que es un evidente tapón político al que nadie quiere y es incapaz de tejer alianza alguna. Rajoy, que deambula por el congreso como si fuese una fantasmagórica aparición de un político del S.XIX, se ha atrevido en el colmo del cinismo de acusar de corrupción a los demás en clara muestra de desesperación.
El PSOE intenta alinear con el PP a todos los que han votado en contra de Sánchez en una estrategia absurda, mientras amaga con estrategias grotescas como intentar desestabilizar las alcaldías de la izquierda alternativa. Podemos ha vetado a C’s, manipula el contenido del documento de pacto PSOE-C’s e intenta hacer creer a la población que la izquierda tiene mayoría para hacer un gobierno, cuando no la tiene. Y C’s, que se queja de los vetos de los demás, es el primero que ha vetado que haya miembros del Podemos en el gobierno y no desperdicia momento para arrear al partido de Iglesias.
Nadie es honesto con su planteamiento, todos actúan con un ojo puesto en unas nuevas elecciones intentando quitarle votantes al rival. Y nuestro periodismo, que debía ser quien nos sacase de esta maraña de confusión, se encuentra patéticamente alineado con los unos o los otros, intentando forzar gobiernos, defendiendo argumentarios de partido o superado por los acontecimientos. Hace semanas que solo se puede leer cosas razonables a politólogos o a contados periodistas que van por libre.

España está ante una oportunidad no solo de tener un gobierno sino también de consolidar un sistema pluripartidista, pero para ello los partidos deben reaccionar adecuadamente. Y no solo los partidos, esa “sociedad civil” de la que hemos hablado antes y que en una situación ideal se retroalimenta con la democracia pluripartidista también debe forzar a los partidos al acuerdo. La sociedad debe dejar claro que va a premiar a quienes busquen acuerdos y consensos, a quienes busquen implementar parte de su programa electoral en una negociación con cesiones y sin maximalismos, y por tanto castigar a quienes hagan vetos, no entiendan el sentido de este momento histórico o soliciten cheques en blanco bajo chantaje.
Que los países con sistemas sociales más avanzados sean pluripartidistas no me parece casual. Conseguir que nuestra democracia avance hacia esos modelos es un objetivo en sí mismo, quizá no tan romántico ni tan rápido como el decretazo salvador pero sí es un camino mucho más seguro hacia un funcionamiento social mejor que revierta, a medio plazo, en un país más igualitario y más libre.

1 comentario:

  1. Lo diría sin miedo, la eficiencia de la democracia viene del pluralismo y no de que las decisiones que se tomen sean correctas. Eso siempre da un poquito de miedo.

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