La nueva marca de La suerte sonríe a los audaces

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viernes, 28 de octubre de 2016

La subversión















Si miramos al pasado, a hace escasamente diez años, recordaremos cómo la política estaba estructurada bajo unos pilares fáciles, cómodos. Teníamos periodistas “progresistas”, generalmente alineados con el PSOE y fácilmente identificables, igual que los medios donde escribían (siendo EL PAIS el de referencia). También había periodistas conservadores “moderados”, próximos al PP pero intentando mantener cierta distancia profesional, y luego teníamos a una serie de extremistas derechistas que, convencidos o forzando el personaje, se encontraban en una minoría de medios generalmente residuales con la excepción de la cadena COPE.
A pesar de que la existencia de ese tercer grupo era una degeneración reciente en aquel momento, la estructura era adecuada para la generación de identidades políticas y la previsibilidad informativa dual. Los medios y periodistas progresistas solían defender las libertades públicas y personales, ser tolerantes y más abiertos con las minorías políticas, defender los derechos sociales y una visión “progresista” del mundo. Los conservadores lógicamente eran más reacios a estas cosas, se aferraban más a la tradición y desconfiaban de las novedades políticas y sociales. El tercer grupo servía directamente para reírnos de sus disparates.
Hoy día toda esta estructura ha desaparecido. Casi todos esos periodistas de referencia que se consideraban altavoz de las ideas progresistas han transmutado en una especie de imitación civilizada de ese tercer grupo de exaltados, acaso cambiando de víctima. Hoy nuestros “progresistas” tratan a Podemos con el mismo desprecio y agresividad que Losantos o García Serrano trataban a Zapatero y al PSOE hace diez años, hoy el disparate conspiranoico y fatalista que considerábamos ridículo entonces se puede leer en las páginas de EL PAÍS escrito por los mismos que considerábamos referentes progresistas. Los conservadores también se han subido mayoritariamente a ese carro y los exaltados han sido sustituidos por una especie aún peor, los amarillistas amorales, salidos de la escuela de Pedro J. Ramírez y evolucionados hasta el goebbelianismo de Eduardo Inda.

La uniformidad en el rechazo al nuevo partido lleva parejo el aplauso a esta coalición de intereses que finalmente va a investir a Mariano Rajoy y una visión de sociedad donde Podemos y sus aliados (o incluso quienes los toleran como actor político legítimo) deben ser marginados de la gobernación del país y de su estructura futura. Esta idea política, al final, no deja de ser una defensa cerrada del establishment como estamos viendo en otros muchos países, un establishment que se antagoniza y cierra ante cualquier propuesta de modificación sustancial del mismo y que pretende crear su base moral exprimiendo la hegemonía de ideas existente y que favorecen sus intereses.
Más allá de la demonización de Podemos, Pedro Sánchez o los nacionalistas, lo verdaderamente relevante es la sacralización permanente y exagerada de los mitos de nuestro sistema político, que enraízan en la transición, y el aleccionamiento social aprovechando los tics de la moral posmoderna. Se está creando (o mejor dicho, rescatando) ciertas ideas preexistentes sobre el respeto a la ley, el orden, la “estabilidad”, la sacralización de la democracia representativa o la inevitabilidad de ciertas políticas (“no hay alternativa”, “el fin de la historia”). A nivel más primario, se está promocionando la teoría de inmovilismo político más vieja del mundo, el miedo a lo desconocido, algo especialmente eficiente en un país en vías de envejecimiento como el nuestro.

Esta situación la podemos ver en el tratamiento de dos protestas que hemos visto estos últimos días. La primera fue el “boicot” del acto de Felipe González y Juan Luis Cebrián en la universidad autónoma de Madrid, boicot promocionado por el grupo libertario Federación Estudiantil Libertaria (FEL), que fue considerado por la prensa un acto “fascista” y “totalitario” que atacaba la libertad de expresión y que, además, se empeñaron en relacionar con Podemos y con Pablo Iglesias, al que consideraron una especie de “autor intelectual” del acto.
Protestas universitarias como estas ha habido siempre. La sufrió Rosa Díez hace unos años, también Felipe González en 1993 y las han sufrido muchas personalidades en grados de agresividad diversos. No es algo exclusivamente español, pasa en todos los países (sin ir más lejos recuerdo esta protesta en la City University of New York donde hubo estudiantes detenidos por intentar boicotear conferencias de David Petraeus, exdirector de la CIA) y es algo normal, forma parte de la realidad hace décadas. Se puede no estar de acuerdo, lo que no se puede hacer es considerar la protesta una prueba del riesgo de totalitarismo que se avecina. Eso es, simplemente, asustar a la gente y tomarla por idiota.
La segunda es la protesta convocada enfrente del congreso por la coordinadora 25-S para denunciar “el golpe de la mafia”, en referencia al golpe interno en el PSOE que ha permitido la investidura de Mariano Rajoy. En base a que está prohibido manifestarse en frente del congreso cuando la manifestación altere “su normal funcionamiento”, nuestra prensa y opinólogos orgánicos varios están tratando a los manifestantes casi de golpistas y de querer destruir la democracia representativa sustituyéndola por la coacción callejera.
Este es uno de los mensajes más peligrosos que se están dando. Distintos políticos del PP, PSOE y C’s han argumentado que las movilizaciones y protestas callejeras no son “democracia”, sino coacción populista al servicio de no sé qué voluntades anti-democráticas. El argumento es tan indecente, absurdo y peligroso que cualquiera que conozca mínimamente la historia de los dos últimos siglos no puede hacer otra cosa que llevarse las manos a la cabeza. La protesta y la manifestación es una de las libertades básicas imprescindibles en cualquier democracia, el intento de cambiar las cosas mediante la presión “callejera” es consustancial a la democracia. No entender esto debería hacernos dudar de la capacidad de cualquier político. Poner la legitimidad de este derecho en duda es precisamente lo que pone en peligro la democracia y no al revés.

Que los políticos crean argumentaciones convenencieras a sus intereses lo sabemos y que la prensa escrita puede responder a intereses espurios también. Que se use el miedo para mantener un estado de las cosas tampoco es nada nuevo. El problema es que la ciudadanía se está dejando enredar por este tipo de argumentaciones y se convierta en defensora activa de las tesis que se usan desde el poder y el establishment para su propio interés y auto-protección.
Estos últimos días he estado defendiendo en persona (y también en Twitter) tanto la infamia de tratar de “fascistas” y “totalitarios” a los protestantes de la autónoma como el derecho de manifestación de la coordinadora 25-S. No es cuestión de estar de acuerdo con los fondos de las protestas, yo no creo que el golpe interno del PSOE sea equiparable a un golpe de estado (Mariano Rajoy iba a acabar gobernando igual) ni simpatizo con los boicots, la cuestión es defender que el derecho de manifestación, como el de expresión, es básico, y  tan sólo en circunstancias muy justificadas puede ser limitado, y que en cualquier caso hay que ser proporcional y justo en las críticas, sin frivolizaciones peligrosas como llamar “fascista” a un estudiante que protesta ni caer en disparates prohibicionistas.
Pues bien, al calor de la hegemonía de pensamiento actual, pasivo, infantil y acomodaticio con los dogmas enseñados, mis interlocutores prácticamente me acusaban de simpatizar con los violentos y con las teorías que quieren acabar con la democracia representativa, algo que confirmaron cuando me hicieron la capciosa pregunta de si era partidario de incumplir la ley. “Si una ley que es injusta, sí” respondí, respuesta genérica que creo que daría cualquier persona que no se considere a si mismo una Oveja pero que para ellos fue escandalosa y anti-democrática….Hasta eso hemos llegado, a que la aceptación como “normal” de hechos que son normales y la defensa de derechos que deben ser preferentemente defendidos se convierta, tirabuzón propagandístico mediante, en un colaboracionismo antidemocrático.

Lamentablemente tengo que contaros un terrible secreto…En mundo es complicado. Sí, lo siento, no existe el sistema perfecto donde no existan problemas sociales ni existen unos procedimientos cristalinos y perfectamente democráticos para solucionar esos problemas. Revelaré otro secreto so pena de destruir la ilusión del lector: La ley no es siempre justa, ni perfecta ni convierte a sus obedientes seguidores en mejores que quienes incumplen leyes cuestionables o injustas, quizá sea incluso al revés. Existen conflictos continuos y constantes entre las leyes, la ética y la moral socialmente aceptada, hay leyes que son absurdas, injustas o limitadoras de las libertades. Quien crea que incumplir alguna ley en un estado democrático es no ser demócrata y aplique este concepto como ley general es que es un idiota, con perdón.
Las sociedades democráticas están sometidas constantemente a intentos de sus élites para legislar en su beneficio, a conflictos entre derechos, a conflictos entre poderes del estado, degradaciones y degeneraciones de estados democráticos que acaban violando las legitimidades y morales democráticas, eso sí de forma escrupulosamente legal ¿Era legal el impeachment a Rouseff? Sí, lo era ¿Era legítimo? No. Imaginad que a Bill Clinton le hubiesen destituido de presidente de los EEUU por acostarse con una becaria ¿cabe en la cabeza de alguien que eso cumpla el mandato democrático o sea democráticamente legítimo? Equiparar legalidad con legitimidad y la ley vigente en una democracia con la moral democrática que debería estar presente en todas las leyes (pero que no está), es no tener ni idea de cómo funciona la realidad y vivir en un wishful thinking fantasioso.

La realidad es que el mundo es un lugar peligroso, el mundo es inseguro, las cosas no son permanentes y las realidades que consideramos sólidas se nos diluyen entre las manos en cuanto nos despistamos. Las democracias tienen huelgas salvajes, tienen manifestaciones con heridos, tienen conflictos entre poderes y los dirigentes obvian la voluntad y el mandato popular habitualmente si no se les controla. Es una incómoda putada pero es así. Precisamente por eso es fundamental permitir esas incómodas huelgas y manifestaciones, que provocan perjuicios, coaccionan a gente y rompen mobiliario urbano, porque son las que efectivamente ejercen un contrapeso necesario que evita el abuso de quien tiene el poder. Y que yo sepa no se ha encontrado aún un sistema de contrapesos que funcione mejor que este.
Sí, sé que desearíamos que los contrapoderes se ejerciesen escribiendo en twitter o tocando una batucada en la plaza del pueblo, y que mágicamente los gobernantes rectificasen, las empresas retirasen los ERE’s y lloviese donde hay sequía, pero eso es un pensamiento mágico e infantil y no va a suceder. No es que la violencia solucione las cosas ni mucho menos (muchas veces genera más violencia), pero el horrorizarse ante el más mínimo acto incómodo o que genere damnificados es hacerle el juego a quienes ocupan el poder y eventualmente pueden abusar de él, protegidos por las leyes que luego juzgamos de forma mucho más benevolente. Criminalizar al pobre desgraciado que aporrea una puerta en una conferencia mientras se es tibio ante el poderoso que se hace un traje legal a medida me parece moralmente obsceno.

No distan mucho aquellas épocas donde quienes se manifestaban, protestaban o escribían cosas incómodas eran tachados de subversivos. Yo, por lo visto y ante cierto pensamiento débil y biempensante de algunas personas, debo ser parte de esa subversión, como parece que lo es cualquiera que ponga en duda la criminalización de los protestantes contra el actual estado de las cosas.
También fueron subversivos muchos de los que hoy acusan de subversivos a los demás, pero esos hoy son poder, son establishment. Lo entiendo, lo que no entiendo es cuando la acusación la hace el pobre desgraciado sin darse cuenta que están jugando con él como una pelotita. Mañana se indignará cuando se lo hagan a él, cuando sus quejas, protestas y convicciones sean criminalizadas por no cumplir los exquisitos cánones de los biempensantes. Y lo siento, pero entonces será tarde, al menos para él.

15 comentarios:

  1. Desarrollar todas las razones por las que estoy en desacuerdo con buena parte del post sería muy largo así que las resumo en una observación: hablar del goebbelianismo de Inda bien, hablar del fascismo de la protesta mal. Aparentemente eso afecta solo a la coherencia pero lo hace también a la argumentación porque muestra la misma idea que pretendes criticar. Demonización del adversario. Posturas morales. Difícil convivencia.

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    1. El goebbelianismo, y creo que se entiende perfectamente por el contexto, es una estrategia de propaganda, no una idea política. No creía que nadie pudiese entender que estaba llamando fascista a Inda, sobre todo porque digo que viene de una escuela de periodismo que se basa en la amoralidad...

      No sé si aclarada esta confusión sigues estando en desacuerdo con el post o no. Si lo estás, soy incapaz de saber por qué en base a lo que has comentado...

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    2. Es lo que había entendido.Solo que estoy razonablemente seguro de que el "fascista" de Inda tampoco se refiere a la ideología de quienes impidieron una conferencia en la Universidad sino a sus métodos y al hecho de que crean que hay un espacio público que les pertenece. En cuanto al goebbelianismo, lleva años siendo la manera principal en la que se manifiesta el antagonismo político en la contienda entre partidos, se manifiesta en etiquetas e ideas como ultraliberal, neofranquismo, franquismo sociológico, miedo a las urnas, Venezuela, romper España, el PSOE es ETA o la deslegitimación de la Constitución por haberse votado en un contexto histórico determinado (cosa que es obvia, no hay Constitución que no se dé en un contexto histórico determinado.) En mi opinión, una consecuencia inherente a un diseño institucional pensado para fortalecer la formación y estabilidad de los partidos políticos (necesario en su momento) pero que ha hecho que estos terminen por invadir instituciones que debieran ser plena e inequívocamente independientes. Sus máximas expresiones son la sustitución de facto de la elección por consenso pensada por el constituyente para algunos cargos por una elección por cuotas de acuerdo a número de parlamentarios o influencia coyuntural en la gobernabilidad, las portadas de la prensa y los cordones sanitarios frente a terceros partidos. Sectarismo. En definitiva, es tarde (o tal vez un ejercicio de cinismo) para rasgarse las vestiduras por una situación que lleva años con nosotros.
      Disiento en otras muchas cosas, básicamente porque concebimos la democracia de formas muy diferentes, eso nos lleva a discrepar también en la definición y función de algunos términos como "pueblo" o "voluntad popular" y, por supuesto, en el papel de la moral en la política o en la formación de una estructura jurídica. También disentimos en el liderazgo político. Sin embargo, estamos de acuerdo en que es importante la disidencia, incluso la que termina en los tribunales por desobediencia, porque la democracia avanza por prueba y error y es el pluralismo el que la dota de eficiencia. Sólo que, por la misma razón, creo necesario a Inda y a la gente cuyas preferencias expresa. Además da igual, están ahí. Lamento la longitud pero usted me animó, espero que no se arrepienta.

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    3. En absoluto, ha comentado ud cosas muy interesantes.

      Si ud cree que Inda critica los métodos y no los fondos ideológicos de los manifestantes me parece que no conoce al personaje. Créame, si hay alguien que usa dos varas de medir hasta el límite de lo absurdo ese es Eduardo Inda, que fabrica escándalos donde no hay nada.
      Tiene ud razón, por otra parte, en que el goebbelianismo es una estrategia de propaganda generalizada.

      No tengo nada que objetar en el cuerpo central de su comentario, estoy básicamente de acuerdo.

      Le hago notar que no he usado ni una vez en todo el texto la palabra "pueblo" y solo he usado el concepto "voluntad popular" así: "los dirigentes obvian la voluntad y el mandato popular habitualmente si no se les controla". Lo digo porque a lo mejor usted ha leído el texto partiendo de unos supuestos de base sobre el autor que no son certeros.
      Lo que no me queda claro es en qué sentido disentimos sobre el papel de la moral en la política o en las leyes, y eso es algo que me parece interesante.

      Saludos,

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    4. Dejo pues a Inda, créame si le digo que no puedo con el personaje pero como hay Indas habrá que convivir con ellos sin expulsarles del sistema. Sí,me fijé en que no usaba la palabra"pueblo", la usé porque iba a recalcar que "pueblo" y "voluntad popular" son solo, y sólo pueden ser, ficciones necesarias que se encuentran en los que rodean el Congreso, en los que se quedan en casa, dentro del Congreso, en los que desobedecen y también en los tribunales que los juzgan de acuerdo con leyes que también son pueblo. Cada pueblo con su propio ritmo, con su propia función y al que se crea y se manifiesta de acuerdo a sus propias reglas y no otras. Luego me pareció que me alargaba demasiado. La voluntad popular es igualmente otra ficción, hacemos una foto de un instante de algo que es esencialmente mutable, el conjunto de intereses, filias y fobias, deseos, etc. de un censo que también cambia constantemente, a través de un sistema electoral que fijamos arbitrariamente y lo llamamos voluntad popular. Otra cosa es la opinión pública recogida a través de encuestas usada como indicio de cuál será la voluntad electoral. Espero líderes que la conformen más que seguirla y espero instituciones (al menos algunas) que no rindan cuentas en procesos electorales. Por supuesto, es mucho más complejo. Es cuestión de probar y ver qué nos funciona. Demasiada rendición de cuentas y no tendremos decisiones "correctas" en el medio y largo plazo, demasiada lejanía e independencia y no tendremos decisiones aceptables porque no tendremos la necesaria sensación de participar en su génesis. Cualquiera de las dos problemas hace que las decisiones sean ineficaces y, en último término, la eficacia es la fuente inversa (va detrás) de la legitimidad democrática.
      La democracia es un sistema de alternancia en el poder (entre otras muchas cosas) y la alternancia se lleva fatal con la moral. Si no fuera razonablemente amoral, habría siempre un buen número de gente cuyas ideas, intereses o preferencias no podrían verse nunca reflejadas en el gobierno ni la legislación ¿por qué participar de un sistema que les deja fuera?. Por otro lado, debemos dar por supuesto que los políticos van a mentir, robar, corromperse y mil inmoralidades más. Y si no es igual, porque no conozco ningún votante que sepa distinguir al virtuoso del inmoral, ni tampoco que sepa distinguir si el inmoral demostrado se ha convertido en virtuoso. Así que repartimos la soberanía y el poder. El poder por la corrupción individual y, metafóricamente, la soberanía por la corrupción del pueblo.

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  2. Los de rodea el congreso, para mí no aceptan la democracia. Todo el derecho a manifestarse pero, ¿Cual es el motivo? ¿Que no aceptan que haya ganado el PP? En la del 2012 uno de sus eslóganes era "Rajoy dimite, el pueblo no te admite" Cuando había ganado con mayoría absoluta. Por eso digo que creo que no aceptan la democracia.Ahora, conociendo la historia de España, el que sólo se manifiesten, es un avance.

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    1. Yo no sé si "los de rodea el congreso" aceptan la democracia o no. Por intuición te diría que muchos si y otros no, porque no creo que se pueda etiquetar de la misma manera a todos los que acuden a una manifestación. De hecho si nos ponemos a analizar a los votantes de todos los partidos, estoy convencido que en todos habría gente que no acepta la democracia, usando el criterio que más o menos usas tú en la argumentación.

      De todas formas creo que es importante remarcar una cosa que has dicho y que es muy peligrosa. Que un señor gane por mayoría absoluta no convierte las peticiones de dimisión en actitudes de gente contraria a la democracia. Esa forma simple de razonar es precisamente lo que estoy criticando en el texto, son esas falacias que se venden desde determinados altavoces y que mucha gente incomprensiblemente compra sin pararse a pensar las perversas implicaciones que tiene.
      Un gobernante puede ganar por mayoría absoluta y a las dos semanas ya no tener el apoyo popular. Una persona puede tener el apoyo popular y pensar muy legítimamente que debe dimitir, por cuestiones de diversa índole. Un grito tipo en una manifestación ("X dimite, el pueblo no te admite") no criminaliza a quien lo dice, faltaría más.
      Por favor, pensemos las cosas que decimos, analicemos las consecuencias de los listones que queremos poner y no juguemos a las criminalizaciones absurdas.

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  3. Sólo una matización: la democracia, representativa o directa, no es el mejor sistema pero sí a lo máximo que hemos llegado por el momento y ese sistema se basa e un dogma, el imperio de la ley. Eso quiere decir que ningún ciudadano, sea cual sea su estatus social, ni ninguna institución del Estado, desde la Jefatura del mismo hasta el ultimo concejal del pueblo más pequeño, están sujetos a la ley. El cumplimiento de la ley, en nuestro modelo político, es el puntal sobre el que se edifica todo el andamiaje del sistema, toda la arquitectura política de nuestra opción. En ese sentido, cabe señalar que la ley, incluso en nuestro entorno, no es el dogma sino el citado "Imperio de la Ley", que es diferente, por eso la ley, todas las leyes, son modificables, derogables y pueden sustituirse por otra en cualquier momento, eso sí, siguiendo los procedimientos que en las mismas leyes se establecen porque, como he dicho, todo, sin excepción, está sujeto a la ley. Uno, personalmente, o con un grupo de personas, puede considerar que una ley o varias son injustas o ilegítimas, pero eso no puede dar lugar a su incumplimiento impune porque eso daría pie a que otro grupo de personas considerara injustas o ilegítimas otras leyes y decidiera incumplirlas impunemente, lo que daría al traste con nuestro sistema. Si tiene alguien un modelo político alternativo que lo exponga, que yo estoy abierto a sugerencias, pero hasta ese momento, por favor, evitemos deslizarnos por la peligrosa pendiente que lleva al totalitarismo. Gracias.

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    1. Decía Napoleón Bonaparte que la forma más segura de hacer incumplir una ley era hacerla demasiado estricta. Napoleón no era un idiota, sabía perfectamente que las leyes se incumplen a veces (el propio estado lo hace muchas veces, de hecho) y que no tenía sentido plantear la ley como una especie de dogma de obligado cumplimiento, porque la sociedad no funciona así.

      El papel lo sostiene todo, y sobre el papel es muy bonito decir que el imperio de la ley debe ser respetado. Pero la realidad dice no solo que todos los agentes implicados en un marco legal incumplen en un determinado porcentaje las leyes en determinadas situaciones, sino que hay distintas leyes de distintas importancias y eso además está contemplado en las mismas al tener distintos castigos. Creo que todo el mundo entiende que las implicaciones morales de un asesinato y de saltarse un semáforo en rojo son las mismas.

      Una vez eso está claro (y es importante que esté claro, para no caer en exigencias imposibles de ser ascetas), podríamos entrar en el interesante debate de aquellos que se declaran objetores o incumplidores de determinadas leyes, por considerarlas injustas o inmorales.
      Yo no soy capaz de condenar moralmente a todos aquellos que no cumplen determinadas leyes, porque al final ese es un criterio peligroso que convierte la ley, que es el vehículo, en legítimo y moral, y la ley puede no ser ni legítima ni moral.
      Te pondré un ejemplo fácil: Yo no puedo aceptar que un diputado sea inhabilitado por injurias al rey, no es algo que vaya a condenar jamás y me opondré a cualquier tipo de castigo. Es una ley injusta, arbitraria y moralmente antidemocrática, y si yo aceptase pasivamente que alguien debe ser castigado por incumplir esa ley me sentiría una persona amoral, una persona que no es ética y que estaría comportándose de forma inaceptable.

      Por supuesto que lo que tu dices es algo que debe aplicar a los grandes principios legales que emanan de grandes principios morales que regulan la sociedad y el estado. Ahí no tengo nada que decir, porque obviamente no se puede dejar que los ciudadanos decidan subjetivamente que leyes aceptar y cuales no. Pero la extensión de esta idea hasta todos los recovecos de la legislación nos convertiría en puros borregos y, además, crearía una peligrosísima consecuencia que es que podría impugnar el sistema entero, porque como sabes bien, Enrique, hay leyes en este y todos los países cuyo cambio puede ser bloqueado por minorías. No quiero dispersar más el debate pero insisto en lo de pensar en las consecuencias de estos grandes principios morales que llenan los papeles y las opiniones y tienen grandes parcelas de oscuridad.

      Saludos,

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    2. ¿Quién juzga si una ley es injusta o no? ¿Cuál es el criterio, o la lista de ellos, que determinan la justicia o no de una ley? Si un ciudadano, o un grupo de ellos, pretende incumplir una ley porque la considera injusta deben asumir las consecuencias penales, administrativas y civiles que se deriven de ese comportamiento. Insisto en que lo importante no es la ley en sí, porque leyes había también en el franquismo, sino el concepto de "Imperio de la Ley", por el que todos los ciudadanos y todas las instituciones del Estado están sometidas a las leyes. Si nos saltamos ese principio estamos en otro sistema, no sé si mejor o peor pero sí sé que no en democracia.

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    3. Ese es el debate Enrique, en qué momentos el incumplimiento de una ley por injusta se convierte en un acto aceptable o no censurables, y eso es un debate claramente moral.
      La tentación fácil es decir que toda ley debe ser cumplida, pero esa es una postura que no es sostenible ante la realidad y que además llevaría a que los sistemas legales se fosilizasen y las sociedades quedasen ancladas en el tiempo.

      No olvides jamás que muchos de los cambios de los cambios sociales se han producido gracias a que ha habido minorías que se han atrevido a incumplir las leyes. Te podría hablar del caso famoso de Rosa Parks o de los que incumplieron las leyes de segregación racial (¿era condenable eso?) pero también de los insumisos en España, de los gays que se atrevieron a besarse por la calle cuando era escándalo público o miles de situaciones similares. Y esas leyes estaban vigentes en "imperios de la ley" como dices tú, pero hubo personas que las incumplieron y crearon consciencia de lo absurdo de esas leyes, y sus castigos fueron formas de despertar la conciencia colectiva.

      Piénsalo y verás como no todo es tan fácil como decir que hay que cumplir siempre las leyes so pena de provocar algo peor.

      Saludos,

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    4. Quizás ayude ver la democracia como un juego con reglas frente a posturas sustantivas o procedimentales aunque creo que usted mezcla las dos. Por un lado,  dice que hay principios legales que regulan la sociedad y el Estado que emanan de grandes principios morales que no deben ser desobedecidas (sustantivista), por otro lado dice que el hecho de que haya leyes (doy por hecho que se refiere a los títulos rígidos o intangibles de las constituciones, lo doy por hecho porque son las que pueden bloquear minorías) cuyo cambio puede ser bloqueado por minorías puede desacreditar la democracia (procedimentalista). En realidad, el motivo para no desobedecerlas es el mismo motivo que hay para protegerlas de cambios legislativos: son reglas que permiten el juego, no limitan a los jugadores, los constituyen como jugadores porque constituyen el juego. Por ejemplo, el caso de  las leyes que regulan la sociedad y el Estado, no pueden emanar,  como sostiene, de grandes principios morales (doy por hecho que no se refiere a principios morales atemporales y eternos sino a principios morales ampliamente aceptados) porque no se puede saber si son ampliamente aceptados sin darlos por supuestos, pluralismo, libertad de expresión, principio democrático ... Son reglas que permiten que haya juego, jugadores, decisiones... y no masa indiferenciada. Miremos la democracia históricamente, muchas de sus instituciones, valores, leyes, compromisos tácitos,  etc. no nacen en democracia (democracia =democracia liberal), los griegos votaban hace 2.000 años, la independencia judicial nace en la Italia del renacimiento... O no han nacido con ella como el sufragio universal o las instituciones independientes con un mandato técnico como los bancos centrales. No hay un consenso moral previo, hay una necesidad de eficacia.

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  4. Interesante debate para venir a meter la pata...

    Pienso que la democracia es el menos malo de todos los sistemas de gobierno, pero no significa que no tenga imperfecciones. Y quizás una de ellas sea, que puedo "interpretar" según mi criterio (un ejemplo: Ganó PP las elecciones en Galicia y la gente de Podemos dice que los mayores de 45 años no saben votar, pero si lo saben hacer si hubiese sido al reves el resultado). Hay quienes no sabemos de política ni de por qué algo en particular es bueno o malo (quedarse o salirse de la OTAN), pero servimos de instrumento para que quienes "saben" (supuestamente) nos representen para tomar esa decisión. Si voy con mentiras o con medias verdades, solo diciendo lo que interesa, no se juega limpio y no solo los mayores de 45 no sabremos votar, sino que no lo sabe hacer nadie puesto que se vota engañado (de aquí Pedro es aquel comentario que te hice en twitter cuando estaba con el golpe de estado a Pedro Sánchez en el PSOE: Cuando ha servido nuestro voto??: Solo cuando les interesa).

    Creo firmemente en la libertad de pensamiento. Nunca evitaré que alguien se exprese (solo si insulta o agrede de palabra, aunque incluso puede que esa violencia deba ser expresada) e intento debatir de forma sana y sin mentiras. Lo que sucedió en la UAM, lejos de ser un proceso democrático (por muy mucho que parezca), representa que quienes no dejaron hablar a F. González, solo creen en una cosa: Su palabra y la palabra afin...Esto tampoco es democracia, y ellos mismos, quienes no le dejaron hablar, se dicen que son demócratas. Lo he vivido de cerca, No solo en los últimos años antes de venirme a España, sino de mis tíos que pasaron cárcel por su pensamiento.

    Quizás haya muchos que no esten contento con el actual congreso (sobretodo quienes no tiene la sartén por el mango), pero lejos de "rodearlo" (que podría ser algo así como amenazarlo), mejor será dejar un voto de confianza, para ver si hay algún cambio de rumbo político (y no me refiero solo a salir de Rajoy),y de hacer los cambios necesarios para que la democracía sea algo menos mala.

    Los partidos políticos son agentes que dinamizan la sociedad. Están para servir y no para ser servidos...Sin ebargo parecen que no quieren servir...

    Saludos. Me reitero en que el debate está muy bueno y vengo a echarlo a perder

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  5. El cumplimiento estricto de la Ley es una trampa que amordaza a la Ciudadanía. Actualmente los grandes partidos obedecen a las multinacionales y a la banca, y son los que hacen las leyes, o bien mediante mayoría absoluta, o bien mediante connivencia de los partidos mayoritarios. Los medios de comunicación son propiedad de los mismos lobbies que financian a los principales partidos, con lo cual la ciudadanía está informada de manera parcial (desinformada). Este estado de cosas no se pude cambiar cumpliendo las mismas leyes que protegen este estado de cosas. Para cambiar, es absolutamente necesario incumplir la ley. Esto ya ha sucedido de muchas formas diferentes a lo largo de la Historia de la Humanidad, para aplauso de unos y condena de otros.

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  6. ¿ Y no sera que en este pais " eso " que muchos llaman democracia , realmente solo sea una PARTIDOCRACIA ? Saludos

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