La nueva marca de La suerte sonríe a los audaces

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martes, 29 de marzo de 2016

La investidura y la calidad de la prensa española


















Supongo que, como yo, habréis escuchado decir que la prensa actual no es más que una sombra de lo que fue y que las secciones los periódicos principales han degradado mucho. Siempre he tomado estas afirmaciones con cautela, al igual que todas esas que hablan de la vagancia o incapacidad de las nuevas generaciones respecto a las anteriores. La crítica a lo nuevo señalando su poco respeto o incapacidad es algo que se lleva haciendo desde la época de Sócrates y es más bien producto de la incapacidad humana de adaptarse al cambio o recordar sus propias actitudes pasadas que de algo real.
Casi todas las críticas de los más mayores hacia lo que pasa en nuestros días tiene una parte de este rechazo e incomprensión por lo nuevo, pero muchas de ellas también tienen una parte de visión o de perspectiva de la que los jóvenes carecen. Nuestra labor es intentar segregar ambas partes y saber diferenciar cuando una crítica tiene fundamento y cuando es simplemente pura reacción al cambio. Y no es tarea fácil, pues este doble origen o naturaleza de las opiniones también aplican a uno mismo y a las nuestras.

Este tipo de reflexiones me vienen a la cabeza cuando analizo la prensa de nuestro tiempo. Yo recuerdo, por ejemplo, que con 16 o 17 años (a finales de los 90) la sección internacional de EL PAÍS me parecía muy buena. En la sección nacional ya era capaz de notar el sesgo del periódico a favor del PSOE, pero la sección internacional me parecía excelente. Ahora, en cambio, leo el mismo periódico y la sección internacional me parece sesgada e interesada, y la sección nacional todavía peor que la de entonces y con unas dosis de manipulación mayores y más transparentes.
La pregunta que me hago es ¿realmente es así? ¿O soy yo, que con los años he adquirido más conocimiento del mundo y de la política y ahora soy capaz de ver gazapos y patrañas donde antes no las veía? Obviamente hay parte de las dos cosas, sin embargo creo que la degradación en la credibilidad del periodismo es algo real y es algo que se puede comprobar leyendo las hemerotecas. Si leéis artículos de los años 80, por ejemplo, veréis tribunas más neutrales y a la vez más “libres”, donde el periodista exponía el mundo tal y como lo veía sin las dosis de sesgo y manipulación que vemos hoy. Y lo más sorprendente es que a veces se trata de los mismos articulistas que hoy, tres décadas después, hacen artículos casi reaccionarios contra todo lo que salga de sus parámetros mentales.
Pero tampoco nos equivoquemos: La prensa ha manipulado toda la vida. Y no solo la prensa, la sociedad ha tenido mecanismos de manipulación desde sus albores. Hoy nos quejamos de la manipulación que hay en internet, de cómo las patrañas se extienden sin control, de cómo un Meme estúpido se convierte en viral y la gente se lo cree como una verdad absoluta. Pero eso siempre ha pasado, hoy es internet pero hace siglos era en la iglesia, el orador en medio de la plaza o, en tiempos más recientes, era el parte radiofónico gubernamental o la prensa “de referencia”. Métodos de manipulación social siempre han habido y quizá siempre habrá, porque la manipulación tan solo necesita de la credulidad del receptor y crédulos e idiotas siempre ha habido, de hecho todos lo somos en algún grado. El vehículo de manipulación simplemente se adapta a las circunstancias.

Pero sí, la prensa “de referencia” parece hoy peor que hace tiempo. Y no hablo de estilo, de esos textos recargados de adjetivos en desuso y frases larguísimas que se publicaban hace 20 o 30 años quizá para demostrar la cultura y lustre del autor. Ya no se escribe así, no se comunica así y pensar que eso es un buen texto o “de nivel” no es más que un obsoleto reflejo del pasado. Ni siquiera hablo de las faltas de ortografía que incluso se pueden ver en prensa escrita (“Vaya publicitaria” leí el otro día en la versión de papel del diario Levante), que me parecen hasta secundarias. El problema es de contenido, de enfoque, de honestidad, de neutralidad.
No es cuestión de pedir “objetividad”. La objetividad no existe, es un objetivo utópico. Todo el mundo tiene sesgo, tiene unas experiencias o unas ideas que le hacen interpretar la realidad de determinada manera y eso debemos tenerlo claro. Yo no puedo exigirle objetividad a nadie pero sí debo exigirle neutralidad, que interprete la realidad sin servir voluntariamente a su filiación, sin seleccionar los hechos según convenga a su ideología o línea editorial. Y lamentablemente hoy pocos hacen eso. A veces se llega al absurdo de que las secciones de opinión parecen más neutrales que las del resto del periódico, quizá porque son igual de sesgadas pero la mera prevención al saber que te enfrentas a una opinión te genera alertas que en el otro caso no tienes.
Voy a poner un ejemplo: El tratamiento de Venezuela en la prensa. Id a cualquier periódico y filtrad por “Venezuela”: El 100% de las noticias hablarán de violencia, desabastecimiento, autoritarismo político, etc. Por mal que esté Venezuela (y lo está) es imposible que el 100% de lo que pase allí sea propio de una situación infernal. Ya sabemos que solo las malas noticias son noticia, pero ahora haced lo mismo en cualquier hemeroteca de prensa de final de los 70 y los 80 y buscad noticias de la URSS, la RDA o incluso Corea del Norte (esto último lo he hecho), y veréis que el tono y la realidad que reflejaban en esos casos era mejor y más benevolente que lo que se muestra hoy de Venezuela.
En un mundo en Guerra Fría, con dos sistemas supuestamente antagónicos que peleaban por su hegemonía, la prensa occidental era más neutral respecto a los países del socialismo real que la prensa actual respecto Venezuela (o hasta hace unos meses respecto a Irán o Cuba. Desde que se han hecho “amigos” ya no es así). En un mundo más abierto, más interconectado y más plural, los sesgos y maniqueísmos de la prensa “de referencia” son cada vez mayores.

El asunto que ahora mismo más nos ocupa en España, la investidura de un nuevo gobierno, no se escapa a esta degradación de la neutralidad, más bien lo contrario. Pedirle neutralidad partidista a la prensa es quizá pedir demasiado, todos sabemos que los periódicos y los medios en España tienen sus líneas editoriales marcadas y defienden a determinados partidos, pero la situación en que nos encontramos es a todas luces inaceptable y extrema.
Por alguna incomprensible razón el partidismo de los medios de comunicación en este escenario post-electoral está siendo todavía mayor que en la propia campaña electoral. Es como si pasadas las elecciones se hubiesen podido “quitar la careta”, como si hubiesen perdido la necesidad de parecer neutrales y ahora pudiesen dedicarse a intentar condicionar a los partidos políticos sin limitación alguna.
Si nos ponemos a dar ejemplos no acabaríamos. El periódico EL PAIS asiduamente parece una caricatura de lo que fue. La línea editorial anti-Podemos es clarísima, evidente, transparente y se ventila a los cuatro vientos sin que la ética periodística parezca limitar estos excesos. Hay días que, en la versión web, te puedes encontrar que las 4 ó 5 primeras noticias son sobre Podemos y todas dedicadas a hablar de sus divisiones, lo antidemocráticos que son, el peligro de pactar con ellos, etc. EL PAIS decidió el 21 de diciembre que su apuesta era un gobierno PP-PSOE sin Rajoy, aunque conforme pasa el tiempo coquetea también con la del gobierno PSOE-C’s, y todas sus energías están dedicadas a este objetivo, la información es secundaria.
Podríamos hablar también de ABC y La Razón y su competición para ver quien hace la portada más amarillista y más impropia de un periódico serio, y ojo que me parecen de una capacidad artístico-interpretativa notable, pero la realidad es que nada las diferencia de la prensa propia de una dictadura, de prensa al servicio de un régimen. Y podríamos hablar de las noticias en TV (con las “exclusivas” de Antena3 filtradas por el ministerio del interior), o de las encuestas de cada uno de los medios o de tanta tertulia que degrada la política y la convierte en un híbrido entre el sermón dogmatizador y el reality show vanguardia de la telebasura.

Esta situación genera un problema obvio para el ciudadano ¿Cómo interpretamos la realidad? Es complicado fiarse de nada. Cuando un periódico “informa” sobre la voluntad de pacto de un partido, sobre sus próximos pasos o sobre sus debates internos hay que ponerlo todo en cuarentena. Una declaración de cualquier dirigente menor hecha off the record se agranda convenientemente y se alza a la altura de conflicto interno si interesa a la línea editorial del medio que lo publica.
¿Cuán grande es la ruptura interna en Podemos? ¿Y en el PSOE? Cualquiera diría que están al borde de la ruptura, de la traición o hasta del asesinato. La realidad probablemente será la mitad de la mitad de lo publicado, y los partidos se mantendrán fuertes y unidos ante el éxito, si es que lo tienen, o tendrán conflicto si es que fracasan. Vamos, como todos los partidos. A veces parece incluso que estemos ante el mundo al revés, con un Rajoy que es una mordaza para su partido, enfrentado al parlamento y con una dislexia desatada y creciente y al que, sin embargo, nadie parece mover la silla.
Los ciudadanos no estamos siendo tratados como sujeto a informar, nos están usando como peones que es muy distinto. Se nos transmite una historia falsificada e interesada buscando nuestro miedo, nuestra angustia, quizá nuestra presión social, y todo para conseguir los intereses políticos y/o editoriales defendidos. Sí, los políticos nos tratan como idiotas, pero es que quienes debían “protegernos” de eso, la prensa, nos trata como idiotas de grado todavía mayor. Que el político nos engañe lo puedo aceptar, me revolveré por orgullo pero lo entiendo como parte de la democracia mediática, pero que la prensa colabore o lo promueva es directamente indignante.

Veréis que hace tiempo que no escribo sobre la investidura y las negociaciones políticas, y es precisamente por eso. Las informaciones no me parecen fiables, estamos sometidos todos los días a gazapos y medias-verdades para condicionar nuestro juicio y, además, los partidos juegan al póker con un ojo puesto en la opinión pública y otro en unas hipotéticas elecciones. En esta situación creo que escribir sobre el “minuto y resultado” solo ayuda a la confusión y, si escribo algo, será sobre cuestiones más estructurales para nuestro sistema de partidos.
Últimamente veo pocas cosas rescatables en la prensa. Leo la excelente sección de eldiario.es “Piedras de Papel”, la sección política del Jotdown.es, “Contexto y Acción”, algo en El Español, los artículos de opinión de Enric Juliana, y algunos articulistas en distintos medios (Juan Laborda, Pablo Simón, Alejandro Inurrieta, Santos Julià, Manuel Alejandro Hidalgo, García Domínguez, etc). Poco más. Mucho politólogo, mucho economista y sólo periodistas que a mi juicio son fiables o perspicaces. Al resto lo dejaré para cuando tengamos gobierno, si es que no han acabado de hundir su credibilidad para entonces.

martes, 22 de marzo de 2016

Dinamarca y Venezuela

















Casi como si se quisiese demostrar que el nivel discursivo de la nueva política no es mucho mejor que el de la vieja, en nuestro país se han establecido unas burdas comparaciones para convencer al ciudadano de la bondad de las propuestas de determinados partidos y también de la perversidad de las de partidos rivales. Una de las últimas modas es usar otros países como referencia política, tanto para uno mismo (cuando la referencia es positiva) como para los partidos rivales (cuando es negativa). Tenemos partidos que dicen aspirar a modelos como los de las naciones nórdicas mientras otros usan directamente como modelo un país concreto, Dinamarca. Y cuando se trata atacar a los rivales entonces se les acusa de querer convertir nuestro país en Venezuela, en la Gran Bretaña de Margaret Thatcher, en China o en cualquier otra referencia que asuste al personal.
No es mi interés entrar en estos debates estúpidos entre partidos pero creo que sí es interesante analizar un poco cual es la realidad fiscal y económica de países como Venezuela y Dinamarca para poder compararlos con las medidas que proponen nuestros partidos. Creo que el análisis nos dará una visión más realista de muchas de las variables que nunca se comentan y que vacunará al ciudadano contra algunos engaños que se manifiestan sin pudor alguno.

Cuando uno de nuestros partidos nos dice que Dinamarca es su modelo político y social lo hace en base a ciertas cosas como la flexiseguridad o las políticas de conciliación (educación de 0 a 3 años, permisos de paternidad, etc.), pero como ya han comentado muchos autores hay una realidad básica que no se dice: Dinamarca es el país con la presión fiscal más alta de toda la OCDE (50,9%, datos de 2014), que representa 17 puntos y medio más que la de España (33,2%), mientras que su gasto público es del 56% frente al 44,5% de España. Esto implica grosso modo que España debería ingresar 175.000 millones de euros más para que el estado tuviese los mismos recursos económicos respecto a su PIB que Dinamarca y gastar 115.000 millones de euros más para equiparar el gasto público al del país nórdico. No hay que ser zahorí para entender que es imposible querer ser como Dinamarca sin subir los impuestos a la práctica totalidad de los agentes económicos.
Dejadme profundizar un poco más en la realidad impositiva danesa. El tipo máximo de IRPF de Dinamarca es del 59% (frente al 45% de España), pero no solo eso es que en Dinamarca todo el mundo paga IRPF independientemente de sus ingresos. El tipo de IVA es del 25% y no hay tramos (España tiene tres: 21%,10% y 4%), y tan solo unos pocos productos y servicios que están exentos de IVA. El impuesto sobre el ahorro (intereses y dividendos) tiene un tramo máximo del 42% frente al 23% de España. Además hay muchísimos impuestos especiales, de carácter medioambiental, etc.
Otro punto fundamental de la economía danesa es el alto porcentaje de empleados públicos que tiene. El 32% de los trabajadores en Dinamarca son empleados públicos, la tercera parte del total. Esto es algo muy habitual en las economías nórdicas como se puede ver en los datos de Noruega (34%), Suecia (26%) o Finlandia (24,5%). España, en cambio, tiene un 13,8% de la población trabajando para el estado.

Es muy interesante hacer este mismo análisis con Venezuela y ver las diferencias. ¿Sabéis cual es la presión fiscal en Venezuela? El 18,2%, no sólo casi la tercera parte de la Dinamarca sino casi la mitad que la de España. Para contextualizar bien este dato: La presión fiscal de un semi-paraíso fiscal como Suiza está alrededor del 30%, la de Brasil o Argentina sobre el 32% ¡Hasta Chile tiene más presión fiscal (19,8%)! Por otro lado el gasto público del estado venezolano es del 31,5% (dato de 2013), no solo casi la mitad del de Dinamarca o 13 puntos por debajo del de España, sino inferior al gasto público de los EEUU (35,7%), Brasil (40%), Argentina (38%), Ecuador (44%), Japón (40,5%), Israel (40,8%) o la práctica totalidad de países de la OCDE menos Chile (25%) y México (28%).
Respecto a impuestos, el tipo máximo de IRPF (ISLR) en Venezuela es del 34% (Dinamarca 59%, España 45-48%) y, además, contiene todo tipo de deducciones sobre gastos médicos, dinero destinado a primera vivienda (hipoteca o alquiler) o cuotas de enseñanza. El impuesto de sociedades también es de este 34%, algo mayor que el de los países europeos pero similar e incluso inferior al de países como Japón o EEUU. El IVA es muy bajo para parámetros europeos, del 12% (25% Dinamarca) y las cotizaciones sociales del empleador (19%) y del empleado (6%) son inferiores a las de España.
Respecto a los empleados públicos, el porcentaje de éstos en Venezuela está alrededor del 17,5%, tasas parecidas a las de Argentina y Uruguay aunque mayores al resto de países de la región (menos del 10%), y en cualquier caso mucho más bajas que las de los países nórdicos europeos o la propia Francia.

Esta simple comparación entre Dinamarca y Venezuela (con España entremedias) nos indica una cosa que no deberíamos olvidar jamás. Por mucho que la propaganda mediática hable de “comunismo” en Venezuela o, en el lado contrario, izquierdistas europeos defiendan o hayan defendido al gobierno de Venezuela como si hubiese hecho una labor revolucionaria, la realidad es que Dinamarca es un país mucho más social y socializante que Venezuela en prácticamente cualquier parámetro que analices. Quizá la diferencia fundamental sea que Venezuela tiene una compañía petrolera pública que es quien nutre al estado, pero eso no es distinto a lo que pasa en Noruega con su compañía pública Statoil o también en muchos países árabes.
Los impuestos, el gasto público, el estado del bienestar, la cantidad de trabajadores públicos...Dinamarca duplica y triplica a Venezuela en todos estos parámetros. Y Dinamarca funciona mejor que Venezuela, infinitamente mejor, de la misma manera que Noruega no está siendo especialmente afectada por la caída de los ingresos del petróleo y en cambio Venezuela parece desmoronarse económicamente. Las diferencias, pues, que se busquen en otros sitios y no en las medidas económicas de carácter redistributivo.

Algunos partidos españoles proponen bajar el IRPF, bajar el IVA, adelgazar la administración pública o recortar el gasto público. Otros proponen subir los impuestos a las rentas más altas, contratar más trabajadores públicos o aumentar el gasto público. Los primeros dicen fijarse en Dinamarca y acusan a los segundos de querer ser como Venezuela, y yo me pregunto ¿no será al revés?

martes, 8 de marzo de 2016

En defensa del pluralismo político

















Cuando Angela Merkel ganó las elecciones por segunda vez en Alemania y cambió su socio de gobierno, pasando a gobernar con los liberales en vez de con los socialdemócratas como había hecho hasta entonces, hizo una intervención pública durante los primeros días de ese nuevo gobierno para explicar sus primeras medidas. Al acabar de exponerlas y confirmarse que eran más derechistas que las del gobierno anterior, un periodista le preguntó si no eran incoherentes con las habituales en su anterior mandato (hasta ese momento se le llamaba la “socialdemocratizada Merkel”). La Canciller puso cara de sorpresa y respondió con toda la naturalidad del mundo: “Es que ahora presido un gobierno con los liberales, no uno con los socialdemócratas”. 
Lamento haber mentado al icono del austericidio, pero este ejemplo creo que muestra claramente la naturaleza de un sistema parlamentario y pluralista que requiere pactos y cesiones.  Al lector visceral y un punto moralista le podrá parecer que esta “flexibilidad” de Merkel muestra a una persona sin principios, casi representativa de esa frase de Groucho Marx que dice “estos son mis principios, pero si no le gustan tengo otros”, pero no es así. Merkel probablemente no estaba haciendo nada contrario a sus principios ni cuando estaba “socialdemocratizada” ni cuando se derechizó con los liberales, simplemente estaba priorizando unas políticas sobre otras o buscando zonas de consenso dentro del rango en el que un cristianodemócrata se podía sentir cómodo.

Los sistemas parlamentarios pluripartidistas tienen ciertas características que a los defensores de las grandes ideas puras no gustan nada, pero también tienen obvias ventajas para la sociedad en que están implantados. Es muy difícil hacer una revolución total en un sistema parlamentario pluralista (en casi todos los sistemas democráticos realmente), pero en cambio es mucho más fácil que las demandas sociales tengan reflejo en el juego político y sean defendidas en las instituciones, lo que llevará a su absorción eventual. El escenario pluralista también otorga al ciudadano varias opciones posibles para los diferentes perfiles ideológicos, lo que genera una sana competencia entre partidos a la hora de escuchar esas demandas. El voto cautivo, ideologizado, de la cuna a la tumba, se minimiza mucho en estos sistemas, evitando la podredumbre de los partidos políticos.
La necesidad de tener que contar con un socio casi siempre hace más lentos y graduales los cambios, pero por la misma razón también evita medidas regresivas y viscerales. Los cambios suelen ser estables, sólidos y bastante convenidos, evitando la destrucción y las contrarreformas legislativas cíclicas. Al final lo que se genera es la extensión del equilibrio de contrapoderes también en el corazón del legislativo, algo que se retroalimenta con sociedades civiles dinámicas que sirven de control, auditoría e inspiración para estas fuerzas políticas.

Pablo Iglesias Turrión tiene una gran frase que repite mucho en determinados ambientes, “Tener el gobierno no implica tener el poder”. La frase es en sí una muestra de realismo político y descripción certera de cuál es la realidad. Aun teniendo un poder político omnímodo hay unos evidentes poderes económicos y sociales que sirven de contrapoder al del gobierno, llevando a la necesidad de contemporizar, modular y rebajar intenciones. No hay más que ver lo que le ha pasado a Syriza en Grecia, pero ni siquiera hay que irse tan lejos. El propio gobierno del PP en España ha habido cosas que no ha podido hacer o ha tenido que suavizar por distintas razones, desde la limitación agresiva de manifestaciones (por derecho constitucional) hasta la casi imperceptible modificación de la ley del aborto.
En un sistema pluralista estos equilibrios que siempre hay que hacer son todavía más acusados, ya que antes de presentarte ante los poderes “fácticos”, económicos o sociales tienes que haber hecho un equilibrio previo. Ojo, a veces este pacto o modulación política previa llena de fuerza y razón moral a la reforma planteada, haciendo más difícil muchos de los argumentos de quienes intentan parar las reformas y los cambios, pero es obvio que se requiere un ejercicio doble de posibilismo. La política es el arte de lo posible” y en un sistema parlamentario por partida doble.

Los cambios políticos en España han llevado a que por primera vez desde la II república tengamos un pluralismo político real y efectivo. Siempre ha habido muchos partidos en España, pero fuera de los dos partidos centrales solo hemos tenido partidos pequeños, sin capacidad de limitar ni condicionar políticas y pactos y que han sido más una molestia para los grandes partidos que un contrapoder efectivo. Nuestra realidad política, una vez superada la transición, se ha basado en continuas mayorías absolutas (o casi) y cuando han hecho falta pactos ha sido con partidos regionales, a los que se convencía no con cesiones ideológicas sino con arreglos de mercantilismo económico, convirtiendo la virtud del pacto en el vicio del cambalache.
Pero ahora tenemos dos partidos con 40 y 65 diputados cada uno que se han convertido en necesarios, gracias a este resultado casi de empate diabólico en el que estamos al tener 17 diputados independentistas que están ajenos a cualquier combinación lógica, pues nadie que tenga un proyecto sólido de país y dos dedos de frente confiaría sus reformas a la buena voluntad de diputados en proceso de desconexión. Así pues, de golpe, hemos pasado del rodillo de la mayoría absoluta a la necesidad de un pacto a múltiples bandas, tensando al extremo el periodo de aprendizaje necesario de nuestras fuerzas políticas, tan acostumbradas a la decisión unilateral y a una filosofía política de inspiración presidencialista que también invade a los nuevos partidos.
Sólo una gran coalición, que representaría la ruptura absoluta con las tres décadas de sistema político previo, o un pacto a tres de carácter transversal, con las enormes dificultades políticas que tiene esto, pueden dar un gobierno estable y efectivo a España, un gobierno con la suficiente fuerza para hacer cambios importantes. Hay más combinaciones, pero todas ellas son débiles y darían lugar a gobiernos de gestión más que de transformación. Y puede haber un gobierno así, ojo, incluso puede que fuese positivo para ese periodo de aprendizaje que se necesita, pero que todo el mundo tenga claro que un gobierno así sólo haría cambios mínimos y de amplio consenso.

Me parece evidente que, en general, nuestros partidos no están sabiendo comportarse adecuadamente en este escenario político, ya no tanto por las declaraciones (al final las declaraciones públicas pueden ser sobreactuaciones para conseguir fuerza negociadora) como por las acciones y los modos que observamos.
La primera gran censura que tenemos que hacer a nuestros partidos es su conceptualización de unas nuevas elecciones como una alternativa y hasta como algo deseable. No, una repetición de elecciones es la última opción en una democracia parlamentaria y solo hay que llegar ahí cuando ha habido una evidente imposibilidad de ningún pacto. La primera obligación democrática de los partidos es respetar la voluntad de las urnas y por tanto intentar compatibilizar su mandato con la misma. Plantear una nueva votación es revertir el orden de la democracia, es básicamente decir que los ciudadanos tienen que volver a votar hasta que los partidos tengan un resultado cómodo, invirtiendo el mandato popular y convirtiendo a los ciudadanos en quienes tienen que obedecer a los partidos y no al revés. Es un comportamiento dudosamente democrático y representa lo peor del partidismo.
Un partido no puede proponer unas elecciones sin haber siquiera negociado con el resto de grupos políticos. Un partido debe hablar con todos los grupos políticos, incluso con los que son a priori incompatibles con ellos, e intentar ver si se puede llegar a una entente de alguna manera. Los partidos están democráticamente obligados a intentar compatibilizar el mandato de las urnas con su programa y tan solo la absoluta imposibilidad de compatibilizar ambas cosas por parte de todos puede justificar unas nuevas elecciones. Los maximalismos y por supuesto los vetos no son aceptables en una situación post-electoral.

Más allá de esto el discurso de los partidos políticos es claramente decepcionante. Todos ellos han llenado sus argumentarios de manipulaciones y medias verdades que son tanto o más obscenas que las de la campaña electoral. El PP está en posición claramente reaccionaria, con un candidato a presidente que es un evidente tapón político al que nadie quiere y es incapaz de tejer alianza alguna. Rajoy, que deambula por el congreso como si fuese una fantasmagórica aparición de un político del S.XIX, se ha atrevido en el colmo del cinismo de acusar de corrupción a los demás en clara muestra de desesperación.
El PSOE intenta alinear con el PP a todos los que han votado en contra de Sánchez en una estrategia absurda, mientras amaga con estrategias grotescas como intentar desestabilizar las alcaldías de la izquierda alternativa. Podemos ha vetado a C’s, manipula el contenido del documento de pacto PSOE-C’s e intenta hacer creer a la población que la izquierda tiene mayoría para hacer un gobierno, cuando no la tiene. Y C’s, que se queja de los vetos de los demás, es el primero que ha vetado que haya miembros del Podemos en el gobierno y no desperdicia momento para arrear al partido de Iglesias.
Nadie es honesto con su planteamiento, todos actúan con un ojo puesto en unas nuevas elecciones intentando quitarle votantes al rival. Y nuestro periodismo, que debía ser quien nos sacase de esta maraña de confusión, se encuentra patéticamente alineado con los unos o los otros, intentando forzar gobiernos, defendiendo argumentarios de partido o superado por los acontecimientos. Hace semanas que solo se puede leer cosas razonables a politólogos o a contados periodistas que van por libre.

España está ante una oportunidad no solo de tener un gobierno sino también de consolidar un sistema pluripartidista, pero para ello los partidos deben reaccionar adecuadamente. Y no solo los partidos, esa “sociedad civil” de la que hemos hablado antes y que en una situación ideal se retroalimenta con la democracia pluripartidista también debe forzar a los partidos al acuerdo. La sociedad debe dejar claro que va a premiar a quienes busquen acuerdos y consensos, a quienes busquen implementar parte de su programa electoral en una negociación con cesiones y sin maximalismos, y por tanto castigar a quienes hagan vetos, no entiendan el sentido de este momento histórico o soliciten cheques en blanco bajo chantaje.
Que los países con sistemas sociales más avanzados sean pluripartidistas no me parece casual. Conseguir que nuestra democracia avance hacia esos modelos es un objetivo en sí mismo, quizá no tan romántico ni tan rápido como el decretazo salvador pero sí es un camino mucho más seguro hacia un funcionamiento social mejor que revierta, a medio plazo, en un país más igualitario y más libre.

martes, 1 de marzo de 2016

¿Quiénes son los "liberales" en España?
















En política los términos de carácter ideológico suelen ser confusos, pero quizá el término que más confusión puede producir es el de liberal. El liberalismo es una filosofía política que tiene siglos de existencia y a lo largo de los mismos ha adoptado distintas formas y evoluciones, estando hoy casi todas las ideologías impregnadas por el liberalismo en uno u otro aspecto. Además, la palabra liberal tiene significados diferentes según el país en el que se use, ayudando a la confusión.
Sin embargo en nuestro país podemos fiarnos de una regla de inspiración paretiana: El 80% de los que se autodenominan liberales no lo son. Son los que yo llamo “liberales” entre comillas, aquellos que usan la palabra liberal a modo de blanqueante político o máscara ideológica, o aquellos que creen que el liberalismo es lo que no es, esto es, una doctrina mercantil que prejuzga una estructura económica, y no lo que sí es, una filosofía política que implica cuestiones sociales.

Dentro de estos “liberales” podemos identificar básicamente tres grupos diferenciados que conviene distinguir entre ellos y también de los liberales reales, los políticos. Son estos:

Los “liberal-franquistas”

Para resumir podríamos decir que un liberal-franquista es básicamente un ultra-conservador que no quiere que le cobren impuestos. La frase es simple pero enormemente certera en este caso, y si os habéis topado con esta tipología de individuo lo sabréis.Identificar a un liberal-franquista es muy sencillo. Veréis como están en contra del aborto, de los sindicatos, las manifestaciones, los “guarros” y todo lo que huela a izquierda. Están en contra de la ley de memoria histórica porque está basada en el sectarismo de la izquierda y porque “todos eran malos”, pero si les aprietas un poco te dirán que los “rojos” eran peores, que Carrillo era un genocida y si se emocionan soltarán que Franco salvó a España del comunismo.
Estos entienden la “libertad” a su manera. Por ejemplo, la libertad religiosa no es la libertad para profesar cualquier religión, no, sino la libertad de la iglesia católica y sus fieles para mantener sus privilegios e influencia en base a su preponderancia social. La libertad social es que no te cobren impuestos para mantener a vagos y parásitos. No quieren la desaparición del estado sólo su minimización (para no pagar impuestos), pero sueñan secretamente en que el estado cargue toda su represión contra sus enemigos, eso sí que sea baratito. 

Los anarco-capitalistas y similares

En este grupo está todo el espectro entre los que se llaman a sí mismos “minarquistas” (defensores de un estado mínimo) y los que directamente se autodenominan anarco-capitalistas. Estos movimientos defienden la práctica o total eliminación de la influencia del estado en todas las facetas de la existencia humana. Los anarco-capitalistas reconocen directamente no ser demócratas, pues la democracia es algo inherente a la existencia de un estado que ellos quieren eliminar. Los otros grupos no lo dicen tan claramente, pero en el fondo subyace la misma idea en tanto en cuanto quieren dejar ese gobierno con facultades mínimas o residuales. Sus defensores suelen abrazar el anticientifismo de la economía austriaca y la sociopatía de Ayn Rand.
La mayoría de quienes defienden estas teorías son chavales de menos de 20 ó 25 años, algo que tiene cierto sentido ya que estas teorías son imposibles de sostener cuando conoces un poco el funcionamiento del mundo laboral o el mercado. Las teorías libertarians o anarco-capitalistas son fantasías utópicas cuya aplicación llevaría a la distopía más absoluta, algo que obviamente no son capaces de ver sus jóvenes seguidores, que conocen todas las justificaciones teóricas de los disparates propuestos y los modelos simples e irreales que les venden como sustento de los mismos.  Detrás de estos jovenzuelos hay una serie de “líderes” bastante más mayores que tienen intereses particulares en este tipo de teorías anti-estado, intereses económicos, políticos o incluso psicológicos para el fortalecimiento de ciertos trastornos de la personalidad.

Los “liberales naif”

Un “liberal naif” es aquel que ha caído rendido a la hegemonía cultural de las doctrinas liberales económicas y se cree cada uno de los dogmas de las mismas: Que lo privado funciona siempre mejor que lo público, que los funcionarios son siempre unos vagos, que lo público es inherentemente ineficiente, que la competencia perfecta existe, que la regulación es mala, que si se bajan los impuestos se crea actividad económica, que el mercado siempre organiza mejor los recursos que la inversión pública, etc, etc.
Los liberales naif no son realmente falsos liberales, es decir, ellos creen en que la sociedad liberal puede conseguirse a través de una economía desregulada y privada, el problema es que su dogmatismo les impide ver que eso no es así y que muchos de los dogmas en los que creen son falsos. Su juicio se nubla por la conceptualización del estado como algo intrínsecamente malo, como una superestructura interferente que para su supervivencia se dedica a parasitar y a distorsionar lo que de otra manera evolucionaría por inercia a una sociedad liberal real. En el fondo, y parafraseando a Lenin, se podría definir como la enfermedad infantil del liberalismo.


Estos son los tres grupos básicos de “liberales”. Obviamente nada tienen que ver con los liberales digamos “de verdad”, social-liberales, progresistas, socialistas heterodoxos y todos aquellos grupos que creen en una sociedad donde todos los seres humanos puedan ser verdaderamente libres y donde todos los poderes, estatales o no, tengan contrapesos individuales y colectivos. Entre todos ellos hay diferencias, a veces pueden ser incluso insalvables, pero todos vienen guiados por los mismos fundamentos de búsqueda del progreso, la libertad y la felicidad.
Los “liberales”, en cambio, representan la caricaturización y degeneración de los fundamentos filosóficos liberales, una versión posmoderna que implica un totalitarismo de nuevo cuño, “totalitarismo invertido” en palabras de Sheldon Wolin, tecnocrático, fomentador de la apatía y anulador de la democracia misma. Pensadores liberales como Toqueville, Popper o el propio Adam Smith ya avisaron en distintas formas de estas peligrosas degeneraciones de las sociedades liberales y capitalistas, abrazadas ahora por nuestros “liberales”. Cuidado con ellos.