La nueva marca de La suerte sonríe a los audaces

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viernes, 28 de octubre de 2016

La subversión















Si miramos al pasado, a hace escasamente diez años, recordaremos cómo la política estaba estructurada bajo unos pilares fáciles, cómodos. Teníamos periodistas “progresistas”, generalmente alineados con el PSOE y fácilmente identificables, igual que los medios donde escribían (siendo EL PAIS el de referencia). También había periodistas conservadores “moderados”, próximos al PP pero intentando mantener cierta distancia profesional, y luego teníamos a una serie de extremistas derechistas que, convencidos o forzando el personaje, se encontraban en una minoría de medios generalmente residuales con la excepción de la cadena COPE.
A pesar de que la existencia de ese tercer grupo era una degeneración reciente en aquel momento, la estructura era adecuada para la generación de identidades políticas y la previsibilidad informativa dual. Los medios y periodistas progresistas solían defender las libertades públicas y personales, ser tolerantes y más abiertos con las minorías políticas, defender los derechos sociales y una visión “progresista” del mundo. Los conservadores lógicamente eran más reacios a estas cosas, se aferraban más a la tradición y desconfiaban de las novedades políticas y sociales. El tercer grupo servía directamente para reírnos de sus disparates.
Hoy día toda esta estructura ha desaparecido. Casi todos esos periodistas de referencia que se consideraban altavoz de las ideas progresistas han transmutado en una especie de imitación civilizada de ese tercer grupo de exaltados, acaso cambiando de víctima. Hoy nuestros “progresistas” tratan a Podemos con el mismo desprecio y agresividad que Losantos o García Serrano trataban a Zapatero y al PSOE hace diez años, hoy el disparate conspiranoico y fatalista que considerábamos ridículo entonces se puede leer en las páginas de EL PAÍS escrito por los mismos que considerábamos referentes progresistas. Los conservadores también se han subido mayoritariamente a ese carro y los exaltados han sido sustituidos por una especie aún peor, los amarillistas amorales, salidos de la escuela de Pedro J. Ramírez y evolucionados hasta el goebbelianismo de Eduardo Inda.

La uniformidad en el rechazo al nuevo partido lleva parejo el aplauso a esta coalición de intereses que finalmente va a investir a Mariano Rajoy y una visión de sociedad donde Podemos y sus aliados (o incluso quienes los toleran como actor político legítimo) deben ser marginados de la gobernación del país y de su estructura futura. Esta idea política, al final, no deja de ser una defensa cerrada del establishment como estamos viendo en otros muchos países, un establishment que se antagoniza y cierra ante cualquier propuesta de modificación sustancial del mismo y que pretende crear su base moral exprimiendo la hegemonía de ideas existente y que favorecen sus intereses.
Más allá de la demonización de Podemos, Pedro Sánchez o los nacionalistas, lo verdaderamente relevante es la sacralización permanente y exagerada de los mitos de nuestro sistema político, que enraízan en la transición, y el aleccionamiento social aprovechando los tics de la moral posmoderna. Se está creando (o mejor dicho, rescatando) ciertas ideas preexistentes sobre el respeto a la ley, el orden, la “estabilidad”, la sacralización de la democracia representativa o la inevitabilidad de ciertas políticas (“no hay alternativa”, “el fin de la historia”). A nivel más primario, se está promocionando la teoría de inmovilismo político más vieja del mundo, el miedo a lo desconocido, algo especialmente eficiente en un país en vías de envejecimiento como el nuestro.

Esta situación la podemos ver en el tratamiento de dos protestas que hemos visto estos últimos días. La primera fue el “boicot” del acto de Felipe González y Juan Luis Cebrián en la universidad autónoma de Madrid, boicot promocionado por el grupo libertario Federación Estudiantil Libertaria (FEL), que fue considerado por la prensa un acto “fascista” y “totalitario” que atacaba la libertad de expresión y que, además, se empeñaron en relacionar con Podemos y con Pablo Iglesias, al que consideraron una especie de “autor intelectual” del acto.
Protestas universitarias como estas ha habido siempre. La sufrió Rosa Díez hace unos años, también Felipe González en 1993 y las han sufrido muchas personalidades en grados de agresividad diversos. No es algo exclusivamente español, pasa en todos los países (sin ir más lejos recuerdo esta protesta en la City University of New York donde hubo estudiantes detenidos por intentar boicotear conferencias de David Petraeus, exdirector de la CIA) y es algo normal, forma parte de la realidad hace décadas. Se puede no estar de acuerdo, lo que no se puede hacer es considerar la protesta una prueba del riesgo de totalitarismo que se avecina. Eso es, simplemente, asustar a la gente y tomarla por idiota.
La segunda es la protesta convocada enfrente del congreso por la coordinadora 25-S para denunciar “el golpe de la mafia”, en referencia al golpe interno en el PSOE que ha permitido la investidura de Mariano Rajoy. En base a que está prohibido manifestarse en frente del congreso cuando la manifestación altere “su normal funcionamiento”, nuestra prensa y opinólogos orgánicos varios están tratando a los manifestantes casi de golpistas y de querer destruir la democracia representativa sustituyéndola por la coacción callejera.
Este es uno de los mensajes más peligrosos que se están dando. Distintos políticos del PP, PSOE y C’s han argumentado que las movilizaciones y protestas callejeras no son “democracia”, sino coacción populista al servicio de no sé qué voluntades anti-democráticas. El argumento es tan indecente, absurdo y peligroso que cualquiera que conozca mínimamente la historia de los dos últimos siglos no puede hacer otra cosa que llevarse las manos a la cabeza. La protesta y la manifestación es una de las libertades básicas imprescindibles en cualquier democracia, el intento de cambiar las cosas mediante la presión “callejera” es consustancial a la democracia. No entender esto debería hacernos dudar de la capacidad de cualquier político. Poner la legitimidad de este derecho en duda es precisamente lo que pone en peligro la democracia y no al revés.

Que los políticos crean argumentaciones convenencieras a sus intereses lo sabemos y que la prensa escrita puede responder a intereses espurios también. Que se use el miedo para mantener un estado de las cosas tampoco es nada nuevo. El problema es que la ciudadanía se está dejando enredar por este tipo de argumentaciones y se convierta en defensora activa de las tesis que se usan desde el poder y el establishment para su propio interés y auto-protección.
Estos últimos días he estado defendiendo en persona (y también en Twitter) tanto la infamia de tratar de “fascistas” y “totalitarios” a los protestantes de la autónoma como el derecho de manifestación de la coordinadora 25-S. No es cuestión de estar de acuerdo con los fondos de las protestas, yo no creo que el golpe interno del PSOE sea equiparable a un golpe de estado (Mariano Rajoy iba a acabar gobernando igual) ni simpatizo con los boicots, la cuestión es defender que el derecho de manifestación, como el de expresión, es básico, y  tan sólo en circunstancias muy justificadas puede ser limitado, y que en cualquier caso hay que ser proporcional y justo en las críticas, sin frivolizaciones peligrosas como llamar “fascista” a un estudiante que protesta ni caer en disparates prohibicionistas.
Pues bien, al calor de la hegemonía de pensamiento actual, pasivo, infantil y acomodaticio con los dogmas enseñados, mis interlocutores prácticamente me acusaban de simpatizar con los violentos y con las teorías que quieren acabar con la democracia representativa, algo que confirmaron cuando me hicieron la capciosa pregunta de si era partidario de incumplir la ley. “Si una ley que es injusta, sí” respondí, respuesta genérica que creo que daría cualquier persona que no se considere a si mismo una Oveja pero que para ellos fue escandalosa y anti-democrática….Hasta eso hemos llegado, a que la aceptación como “normal” de hechos que son normales y la defensa de derechos que deben ser preferentemente defendidos se convierta, tirabuzón propagandístico mediante, en un colaboracionismo antidemocrático.

Lamentablemente tengo que contaros un terrible secreto…En mundo es complicado. Sí, lo siento, no existe el sistema perfecto donde no existan problemas sociales ni existen unos procedimientos cristalinos y perfectamente democráticos para solucionar esos problemas. Revelaré otro secreto so pena de destruir la ilusión del lector: La ley no es siempre justa, ni perfecta ni convierte a sus obedientes seguidores en mejores que quienes incumplen leyes cuestionables o injustas, quizá sea incluso al revés. Existen conflictos continuos y constantes entre las leyes, la ética y la moral socialmente aceptada, hay leyes que son absurdas, injustas o limitadoras de las libertades. Quien crea que incumplir alguna ley en un estado democrático es no ser demócrata y aplique este concepto como ley general es que es un idiota, con perdón.
Las sociedades democráticas están sometidas constantemente a intentos de sus élites para legislar en su beneficio, a conflictos entre derechos, a conflictos entre poderes del estado, degradaciones y degeneraciones de estados democráticos que acaban violando las legitimidades y morales democráticas, eso sí de forma escrupulosamente legal ¿Era legal el impeachment a Rouseff? Sí, lo era ¿Era legítimo? No. Imaginad que a Bill Clinton le hubiesen destituido de presidente de los EEUU por acostarse con una becaria ¿cabe en la cabeza de alguien que eso cumpla el mandato democrático o sea democráticamente legítimo? Equiparar legalidad con legitimidad y la ley vigente en una democracia con la moral democrática que debería estar presente en todas las leyes (pero que no está), es no tener ni idea de cómo funciona la realidad y vivir en un wishful thinking fantasioso.

La realidad es que el mundo es un lugar peligroso, el mundo es inseguro, las cosas no son permanentes y las realidades que consideramos sólidas se nos diluyen entre las manos en cuanto nos despistamos. Las democracias tienen huelgas salvajes, tienen manifestaciones con heridos, tienen conflictos entre poderes y los dirigentes obvian la voluntad y el mandato popular habitualmente si no se les controla. Es una incómoda putada pero es así. Precisamente por eso es fundamental permitir esas incómodas huelgas y manifestaciones, que provocan perjuicios, coaccionan a gente y rompen mobiliario urbano, porque son las que efectivamente ejercen un contrapeso necesario que evita el abuso de quien tiene el poder. Y que yo sepa no se ha encontrado aún un sistema de contrapesos que funcione mejor que este.
Sí, sé que desearíamos que los contrapoderes se ejerciesen escribiendo en twitter o tocando una batucada en la plaza del pueblo, y que mágicamente los gobernantes rectificasen, las empresas retirasen los ERE’s y lloviese donde hay sequía, pero eso es un pensamiento mágico e infantil y no va a suceder. No es que la violencia solucione las cosas ni mucho menos (muchas veces genera más violencia), pero el horrorizarse ante el más mínimo acto incómodo o que genere damnificados es hacerle el juego a quienes ocupan el poder y eventualmente pueden abusar de él, protegidos por las leyes que luego juzgamos de forma mucho más benevolente. Criminalizar al pobre desgraciado que aporrea una puerta en una conferencia mientras se es tibio ante el poderoso que se hace un traje legal a medida me parece moralmente obsceno.

No distan mucho aquellas épocas donde quienes se manifestaban, protestaban o escribían cosas incómodas eran tachados de subversivos. Yo, por lo visto y ante cierto pensamiento débil y biempensante de algunas personas, debo ser parte de esa subversión, como parece que lo es cualquiera que ponga en duda la criminalización de los protestantes contra el actual estado de las cosas.
También fueron subversivos muchos de los que hoy acusan de subversivos a los demás, pero esos hoy son poder, son establishment. Lo entiendo, lo que no entiendo es cuando la acusación la hace el pobre desgraciado sin darse cuenta que están jugando con él como una pelotita. Mañana se indignará cuando se lo hagan a él, cuando sus quejas, protestas y convicciones sean criminalizadas por no cumplir los exquisitos cánones de los biempensantes. Y lo siento, pero entonces será tarde, al menos para él.

lunes, 24 de octubre de 2016

El PSOE en su pacto de Múnich














Fue Josep Borrell quien comparó la abstención del PSOE en la sesión de investidura con el pacto de Múnich de 1938 entre Reino Unido, Francia y Alemania, pacto que se hizo para evitar una guerra en Europa que 11 meses después acabaría estallando igual y en peores condiciones para las potencias aliadas. La comparación me pareció tan brillante que se la tomo prestada al señor Borrell para iniciar este texto.

Mucho se ha hablado ya de la abstención del PSOE, quizá demasiado. Desde el golpe interno contra Pedro Sánchez estaba claro que el PSOE o al menos parte de él iba a abstenerse para facilitar la investidura de Mariano Rajoy, así que lo que pasase en el comité federal del partido era poco relevante y esta sobre cobertura informativa parecía casi un macabro baile ritual alrededor del cadáver del muerto.
Los abstencionistas tenían mayoría para sacar adelante su idea, pero es que incluso si se hubiese acordado votar NO en el comité federal probablemente Rajoy habría sido investido igualmente. Se hubiese acabado absteniendo diputados de alguna federación o hubiesen aparecido once “sacrificados” por la causa, pero pensar que después de lo organizado se iban a conformar con un NO era absurdo. De hecho, y digo esto sin ninguna prueba, mi sensación es que no se organiza una rebelión interna como la del PSOE sin tener claro que con eso se van a evitar elecciones, lo que implicaría necesariamente que el movimiento estaba por lo menos hablado con el PP y con Mariano Rajoy, y digo hablado por no decir acordado.
Lo único que me sorprende de la decisión del comité federal es no haber permitido cierta libertad de voto de los diputados que preferían el NO. El hacer pasar por el aro de la obediencia a los diputados proclives al NO es tensionar aún más las costuras en un partido roto y tiene tan poca inteligencia estratégica que solo se entiende si es por algún tipo de venganza o golpe de autoridad mal entendido, como si quisiesen humillar a los derrotados.

El problema de esta abstención no es ya la abstención en sí, son las (no) condiciones de la misma y las argumentaciones falaces sobre las que se edifica. En un sistema parlamentario normal nada impide que un partido socialdemócrata (o social-liberal) pacte un partido conservador, y por tanto ese hecho per se no me parece condenable. Si el partido conservador, en cambio, está plagado de casos de corrupción y éstos han sobrepasado en varios grados la barrera de lo tolerable, la cosa ya es más grave.
Pero es que además el segundo partido de una cámara no puede regalar un apoyo a una investidura, es algo sin precedentes. Un partido regional o un pequeño partido pueden dar un apoyo o una abstención sin contraprestaciones en una investidura porque se entiende que su posición no es rectora o que están allí por objetivos concretos. Pero un gran partido, el segundo de la cámara, no puede comportarse como un grupo de cinco diputados porque en su esencia está el aplicar su programa y sus políticas. Un gran partido puede apoyar a otro, pero nunca gratis y siempre consiguiendo concesiones programáticas, de personas o ambas. No hacerlo es minimizarse a sí mismo.
Para negar esa evidencia el PSOE vende que tendrá una posición decisiva en el parlamento y que desde el mismo se podrán cambiar las políticas de la pasada legislatura, pero eso es falso. Para empezar, nuestro sistema político está hecho para que el legislativo no pueda condicionar al ejecutivo, tan solo puede limitarlo en la legislación. Nos hablan de hacer leyes desde el parlamento, pero las proposiciones de ley pueden ser “vetadas” por el gobierno si éstas tienen partida presupuestaria acogiéndose a que contradicen los presupuestos. El parlamento no podrá legislar nada contra el gobierno que implique gastar un euro de más.
Pero es que además la única herramienta coactiva que tienen los grupos parlamentarios sobre el gobierno es la moción de censura, y para ella el parlamento tendría que apoyar mayoritariamente a un candidato único. Si los partidos no han sido capaces de ponerse de acuerdo para investir a un candidato distinto a Mariano Rajoy ¿cómo van a hacerlo para apoyar al candidato de la moción de censura? Es casi imposible. Sin esa amenaza real, Rajoy puede ignorar al parlamento todo lo que quiera. Recordemos que Rajoy es ante todo con conservador, la parálisis no es algo que le vaya a preocupar lo más mínimo.
Al final la realidad es la contraria a la que nos venden. No es el parlamento el que puede coaccionar al gobierno, es el gobierno quien va a poder coaccionar al parlamento porque es quien tiene todos los incentivos para hacerlo. Unas elecciones beneficiarían al PP, así que los principales interesados en evitarlas son C’s y sobre todo el PSOE. Rajoy puede presentar presupuestos o leyes al parlamento y amenazar con disolver las cortes si no son aprobadas, y los partidos tendrán que decidir si vetarlos e ir a unas elecciones que los destrozaría o bien pasar por el aro y aprobarlos, con su consiguiente desgaste. Rajoy va a poder chantajear al parlamento cuanto quiera, al menos mientras PSOE y C’s tengan tan malas perspectivas electorales como las tienen hoy.

Siendo esta la situación todo indica que entramos en una legislatura corta que será de transición. Después del 20-D todos pensamos que España entraría en una nueva era de parlamentarismo, donde los equilibrios y el pacto serían la norma. Pero después de lo acontecido todo apunta a que vamos a una nueva época con un bipartidismo de nuevo cuño, y probablemente con un partido dominante.
No parece probable que el PP se comporte con magnanimidad ante sus aliados forzados de PSOE y C’s. Un partido como el PP, tan aislado y con tan poca tendencia a la cesión y al pacto, probablemente acabará con la legislatura en el momento vea que puede finiquitar a estos dos partidos. Sólo la conocida tendencia al inmovilismo de Rajoy deja abierta la posibilidad de que no sea así. Por otro lado Podemos no va a perder ocasión de señalar al PSOE como verdadero responsable de que el PP gobierne (de hecho lo será), y a cada cesión de éste ante el PP le atacarán. La situación del PSOE va a ser terrible, apresado entre dos frentes y desangrándose continuamente por uno de los dos lados.
Por otro lado C’s ha perdido su razón existencial después de todos los bandazos que ha dado desde enero. Primero pactó con el PSOE para disgusto de parte de su electorado, y en parte lo pagó en las elecciones de Junio. Luego acabó aceptando a Rajoy después de negar sistemáticamente que fuesen a hacerlo, y entremedias acabó entregando la presidencia del congreso al PP cuando siempre habían dicho que no debía tenerla el mismo partido del gobierno. C’s se ha comprometido tanto con el PP y el PSOE y con esta visión de la “gobernabilidad” que es un partido que, ahora mismo, no tiene función ni capacidad de influencia ninguna.
Cuando lleguen unas nuevas elecciones, que serán más pronto que tarde, es muy posible que PSOE y C’s acaben cediendo parte importante de su voto, el primero a Podemos, el segundo al PP y ambos a la abstención. Y nuestro sistema electoral hacer perder muchos escaños con descensos no muy grandes de voto. El PSOE puede acabar siendo un partido secundario y C’s directamente marginal.

Tengo que reconocer que este escenario no me gusta, porque genera una dualidad entre el PP y sus “toleradores”, por un lado, y Podemos por el otro. Al final parte importante de lo que ha pasado es porque C’s prefiere mil veces antes al PP que mezclarse con Podemos y el sector abstencionista del PSOE básicamente también, y esto no es desconocido para el electorado. La coalición de interés que va a investir a Rajoy va a acabar representando el establishment, la “moderación” o lo “tradicional”, y enfrente se va a situar Podemos como la negación o la ruptura con todo lo anterior.
Falta saber cómo va a actuar Podemos en estas circunstancias, y tiene dos opciones. Puede optar por la vía de Errejón, que sería intentar atraer a toda el ala socialdemócrata del PSOE y a sus votantes mediante un discurso transversal y una posición más moderada, u optar por la vía de Iglesias, que sería volver a los orígenes, a conceptualizar a todos sus adversarios como “la casta” y a enfatizar un discurso de resistencia y rebeldía.
Por atractiva y cómoda que parezca la segunda opción (el PSOE se la ha dejado “a huevo”), estratégicamente creo que sería más inteligente la primera, que podría poner en riesgo la alianza con IU pero situaría a Podemos como fuerza claramente dominadora de la izquierda. Sin embargo me temo que Podemos optará por la segunda y esto creará un problema adicional, un enorme gap entre ese Podemos rebelde y rupturista y esa coalición de intereses en torno a la “gobernabilidad”. Y lamentablemente ese gap coindice con la posición política en que más españoles se encuentran, el centro-izquierda.
Quizá haya quienes, en Podemos, disfruten con este futuro escenario de dualización, pero eso es dejarse llevar por las peores tendencias y ensoñaciones de la izquierda. Esta dualización no iba a traer el gobierno de España en cuatro años, al contrario, lo que llevaría es a un dominio de las fuerzas conservadoras en España por un larguísimo periodo. En España hay un porcentaje importante de la población que está aterrado por la visión de que Podemos llegue al gobierno, porcentaje activo electoralmente y que ha demostrado que prefiere que le roben, empobrezcan y engañen antes del apocalipsis podemita. Esas personas son víctimas de las teorías del miedo que usan los políticos sin nada más que ofrecer, pero eso no puede llevar a ignorar su existencia ni pensar que de golpe van a cambiar de opinión.

Cuando pasen los años analizaremos con perspectiva lo que ha pasado durante este 2016 y cómo Mariano Rajoy ha hecho suicidarse a sus rivales sin mover un dedo, generando un escenario donde el PP más corrupto y desesperanzador de la historia se ha posicionado como la gran fuerza dominante para el futuro próximo. Parece la obra de un genio, pero creo firmemente que le ha salido bien por casualidad y por los errores de sus rivales. El PP en un sistema multipartidista hubiese perdido la centralidad política, siendo el antagonista de Podemos puede mantener cautivo al país por largos años.
Para un parlamentarista convencido como soy yo este escenario es muy incómodo, estar sometido a la elección de bandos aparentemente irreconciliables en base a emociones primarias como el miedo o la rabia no trae nada bueno a una sociedad. Todavía quiero confiar en el buen juicio de Podemos a la hora de elegir su estrategia o en que alguien ocupe ese espacio de centro-izquierda que el moribundo PSOE no va ya a poder ocupar con credibilidad.