La nueva marca de La suerte sonríe a los audaces

La nueva marca de La suerte sonríe a los audaces http://lasuertesonriealosaudaces.blogspot.es/







lunes, 2 de enero de 2017

Pueblo, identidad y Errejón

















En las últimas semanas he leído varias entrevistas a Íñigo Errejón en distintos medios en las cuales reflexiona sobre la realidad internacional actual y conceptos como identidad, patria, pueblo, etc. Quizá la más interesante es esta que le hizo Antonio Maestre en La Marea, pero si buscáis encontraréis algunas más en otros medios.
Creo que Errejón es probablemente el mejor intelectual-político que tenemos en España en la actualidad y, sin estar de acuerdo en todo lo que dice y opina, creo que entiende perfectamente las pulsiones sociales y las limitaciones de las propuestas políticas y los cambios. Por eso quiero reflexionar en abierto sobre lo que ha comentado en estas entrevistas y que, tengo que reconocerlo, me resulta un tanto incómodo porque dice cosas que no me gusta que sean así pero que, lamentablemente, creo que son como él dice.

Si hay algo central en estas entrevistas es la idea sobre las “identidades”. Errejón, como buen seguidor del populismo de Laclau, considera que la identidad es fundamental en la política y que no se puede ganar la mayoría social sin aceptar/usar/crear identidad colectiva. Opina Errejón que sólo hay tres cosas en la historia de Europa que han sido generadoras de una identidad general (un “gran nosotros”): La patria, la religión y la clase social. Esta idea la enlaza con el fracaso de la izquierda que, según él, hace un discurso de clase cuando en la actualidad la mayoría de la población ha dejado de identificarse con la clase social.
En la entrevista, o en esta otra, la idea de la identidad enlaza con muchas otras. La idea del “orden”, de que hay que convencer de que se trae una propuesta de orden nuevo bajo el brazo y que a los que se quiere sustituir son quienes representan el desorden, de cómo lo que desea la gente es tener protección, “que le cuiden”, habla también de penetrar en la cultura popular y en las tradiciones populares y entenderlas en vez de despreciarlas, y se sitúa enfrente tanto de los esencialismos de izquierdas como del desprecio intelectual de las clases ilustradas.

Es difícil resumir aquí la cantidad de reflexiones que me ha producido estas entrevistas. El realismo de Errejón me resulta brutal y creo que a todos los que tenemos sensibilidades progresistas en cierta manera nos ha puesto el dedo en la llaga. La aceptación de la importancia de la identidad viene a decirnos que el mundo no se basa en esa racionalidad intelectual en la que parece empeñarse la izquierda. Niega a los “revolucionarios”, empeñados a pensar que los perjudicados por la estructura social acabarán inevitablemente en brazos de quienes quieren subvertirla, pero niega también a los “reformistas progresistas”, tan cosmopolitas, tan intelectuales y tan convencidos que desde la superioridad moral e intelectual se puede gobernar una sociedad.
Tengo que reconoceros que esta importancia de la identidad, sobre todo la nacional, no me gusta nada. Las naciones realmente no existen, son invenciones temporales creadas bajo parámetros subjetivos y no hay nada “real” en ellas más que lo creado por ellas mismas, es decir, por la influencia cultural o social que al final genera sobre los individuos moldeándolos a costumbres, pensamientos o valores similares. Y sin embargo las patrias sí existen, sí son importantes y sí condicionan la política y las relaciones humanas. ¿Cómo debo apelar a algo que creo que en el fondo no es “real”? Es una contradicción difícil de asumir, sobre todo cuando tienes el convencimiento que cada vez más los habitantes del mundo se parecen más.
Un ciudadano de Madrid y uno de Barcelona se parecen muchísimo entre sí, pero también se parecen a uno de Berlín o de New York. De hecho muy probablemente el barcelonés se parece más al madrileño de la capital que al vecino de un pequeño pueblo de Lleida, incluso aunque sea independentista (y por tanto no reconocería esto jamás). Es que incluso nos parecemos a un chino o a un japonés de forma que sería impensable hace 100 años. Pero eso no quita que la gente tenga patria, tenga una identidad que necesite y que, quizá, necesitemos todos para el mantenimiento de una estructura social de protección mutua.
Crear patria, comunidad, identidad…En un mundo que se parece cada vez más, donde las formas de vida y los referentes culturales son comunes… ¿Cómo cuadramos esto? Supongo que el camino es la búsqueda de identidades no excluyentes (siempre he admirado a los asturianos en esto), que no sean esencialistas sino que aspiren a ampliarse y a unirse con otras, a buscar y crear conexiones con otros seres humanos de otros sitios para empatizar con ellos y para eventualmente crear una nueva identidad común. Echo de menos esa visión quizá romántica pero absolutamente progresista en esa fabricación de identidad, que temo sino se acabe pareciendo demasiado a las identidades reactivas y defensivas de los derechistas.

Otro punto que me llamó mucho la atención fue este comentario: “Hay que pensar dónde se está socializando esa gente y qué parte de la cultura popular que ya existe hay que pelearla (…) No estoy diciendo que haya que disputar las procesiones, pero hay algo que sirve para identificar al pueblo, igual que lo hay en las gradas, en las sociedades gastronómicas, en las collas”. Al leer esto me acordaba de algo que ha pasado en la Comunidad Valenciana estos años y que supongo que Íñigo Errejón habrá hablado con Mónica Oltra y la gente de Compromís (y si no debería hablarlo).
Hace unos años aquí nos encontrábamos en una clarísima hegemonía del PP, tanto a nivel económico como cultural, y ante ese hecho hubo dos movimientos en los partidos de la oposición. El primero fue el PSOE de Alarte, que decidió asumir como correcta la política económica y de grandes eventos del PP, y el resultado fue…Un desastre electoral para el PSOE en 2011. El otro movimiento fue el de Compromís, que superó el rechazo que sentía la izquierda a cosas como las fallas, ciertos ambientes futbolísticos o populares en donde la hegemonía del PPCV era muy fuerte, e intentó aproximarse a ese mundo, entender que la sociedad civil estaba allí y que había que adaptarse y penetrar. El resultado en este caso ha sido la alcaldía de Valencia y la mitad del gobierno de la Generalitat.
He aquí dos estrategias de aproximación a la hegemonía generada que son muy distintas. Una te convierte en una copia del original y eso solo lleva al fracaso, y la otra te hace entender donde hay una batalla perdida y representa la superación de fobias históricas. Probablemente Compromís tuvo la suerte de que el modelo de sociedad del PPCV fue aniquilado por la corrupción y la ruina autogenerada, pero la cuestión es que eso lo capitalizaron ellos y no otros. De hecho es habitual ver gente en Valencia que, sin tener afinidades políticas muy definidas, en el pasado simpatizó con esa visión de sociedad que tenía el PP y hoy día simpatizan con la de Compromís. Y no es porque se haya acercado políticamente al PP, es porque ha entendido que había que ir y había que entender a aquellos que, teniendo problemas similares a los que pretendes resolver, rechazaban tu discurso por cuestiones viscerales o emocionales.
Lo que dice Errejón me recuerda mucho a esto que ha hecho Compromís: Acercarse donde está la gente, entender qué siente la gente, superar los tics y las fobias que te hacen absurdamente impopular y darles un proyecto colectivo relacionado con su propia identidad y vivencias. Esto es “llegar a los que no están”.

Hay una realidad que los revolucionarios no parecen entender. Las revoluciones “totales” no existen, son una fantasía. Cualquier revolucionario que llegue al poder al final acabará asumiendo realidades sociales establecidas y heredando muchas cosas del pasado, concentrando los cambios en alguna faceta y incorporando rasgos de los regímenes anteriores al nuevo régimen. Esto siempre ha sido así, desde los revolucionarios franceses y rusos (que acabaron incorporando muchas idiosincrasias de los regímenes absolutista y zarista en sus propias revoluciones) hasta cualquier otra revolución pasando por el cristianismo mismo, que fue el primero en incorporar todos los rituales paganos a la nueva religión como herramienta para extenderla a toda la población.
Las revoluciones siempre son parciales porque los hombres somos incapaces de cambiar radicalmente, está en nuestra naturaleza. Aprendemos a vivir en un mundo con unas normas y estructuras y si no los cambian totalmente sería imposible de gestionar. Podemos aceptar un grado de cambio, no un cambio total, eso no habría humano que lo resistiese. Vivimos condicionados por lo que hemos aprendido y no podemos soltarlo todo, siempre nos influye el pasado, para bien o para mal. Los revolucionarios “totales” en su infantilismo no entienden esto y por eso fracasan. Es esencial entender que la realidad, por mucho que nos disguste, es la base para construir algo nuevo y un freno que no vamos a poder eliminar.

Una última cosa. Una de las reprobaciones frecuentes que el statu quo hace a partidos como Podemos o a los “populistas” en general es por el lenguaje de enfrentamiento, de conceptualizar un “pueblo” contra un adversario. Esto, además de una estrategia para asustar, es producto de la idea del “fin de la historia”, de una democracia sin conflictos, de “consensos” como dice Errejón, esto que hemos escuchado tantas veces de que se gobierna para todos y de que hay cosas que son buenas para todos.
Estos “populistas” no están inventando en enfrentamiento ni trayéndolo por vicio, tan solo son la respuesta al fracaso de esta idea un tanto infantil de que el conflicto en democracia no existe. Sí existe, siempre ha existido y ha tenido que sentirse insegura y empobrecerse mucha gente para que volvamos a verlo. Una política siempre tiene un adversario, siempre tiene damnificados, segmentos sociales que van a ser perjudicados porque se les eliminan sus prerrogativas. Siempre ha sido así, lo importante es no confundir al adversario con el enemigo, porque es la esencia verdadera de la democracia, no confundir al adversario como un enemigo a excluir.

6 comentarios:

  1. Sin duda aprendió mucho de Hugo Chávez. Hablamos de un hombre que se las arregló para integrar el militarismo tradicional de derecha con el viejo pensamiento económico de la socialdemocracia local (Acción Democrática), que fue capaz, pese a estar aliado con el Movimiento al Socialismo y el Partido Comunista, de aparecer como un moderado de centro-izquierda que asumía como propios todos los símbolos no solo de la identidad venezolana si no de lo que significa ser culturalmente hablando, un venezolano (al punto que en un primer momento incluso la clase media se sintió identificada con él); cosa en la que había fracasado históricamente la izquierda venezolana desde los años 60 frente a Acción Democrática.

    Chávez, fingiendo ser lo que dictaba la cultura venezolana del momento, la fue cambiando desde el poder de una forma ciertamente impresionante, hasta llegar al día de hoy, donde se terminó mirando como un "derecho" el acceso al dólar subsidiado por el control de cambio, o a los productos regulados por el control de precios; donde se considera que la clase media o los ricos no tienen derecho a participar en política "porque no son pueblo" (y eso suena mucho incluso en la propia clase media, baste ver el discurso político de los manifestantes de 2014); donde los exámenes de ingreso a universidades públicas son "discriminadores" e "injustos" y por ende todo el que quiera ingresar a una universidad debe hacerlo aún si repitió años en el colegio; etcétera.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Es más, leo rápidamente algunas partes de la entrevista, y sí, Errejón reconoce mucho lo que le debe al comandante galáctico. Menos mal que lo dijo explícitamente, aunque incluso él no es capaz de ver del todo lo que logró Chávez, pero por lo menos es consciente en lo esencial, y ya eso es bastante.

      Lástima que no sea capaz de ver el por qué lo más cercano que hay en España a ese "tribuno de la plebe" es don Mariano Rajoy. O de que no hay extrema derecha en España en buena medida por el trauma franquista (cuestión solo compartida con Portugal) y por la gran falta de inmigrantes que puedan ser vistos como un peligro (¿quién querría irse a un país con 20% de paro?), no porque España sea "mejor" que los franceses o alemanes, o llegó primero Podemos (como dice el mismo Errejón).

      Rajoy es el tribuno de la plebe porque representa a un anciano tranquilo e incapaz de tomar riesgos en un país lleno de ancianos, a un hombre "responsable" y de orden en un país donde los jóvenes ardorosos son pocos, y a un hombre sin ideología al que los grandes temas de la juventud izquierdista (que encarna Podemos y que siempre será su techo) como el feminismo de tercera ola o el movimiento LGBT le importan un bledo (pues "lo importante es España"), por todo lo cual se las arregló para ser lo más cercano al español común que hay en los políticos de primer orden en España.

      Eliminar
  2. “Las revoluciones siempre son parciales porque los hombres somos incapaces de cambiar radicalmente”. Vale, estoy de acuerdo, nos cuesta cambiar y probablemente nuestra velocidad máxima está incluso marcada en el ADN de nuestra especie. Pero eso ya es una tara que nos agrava las cosas. Porque, según mi visión de las cosas, los problemas a los que la Humanidad tiene que enfrentarse a partir de ya, no esperan. Van más deprisa que nuestra capacidad de cambio. Temo que nos pase como a los habitantes de la Isla de Pascua.

    ResponderEliminar