La nueva marca de La suerte sonríe a los audaces

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lunes, 22 de mayo de 2017

El ocaso de EL PAÍS













Viendo la imponente victoria de Pedro Sánchez en las primarias del PSOE después del ataque y vilipendio constante al que le ha sometido el diario antaño referencia del progresismo español, El PAÍS, me vino una imagen a la cabeza. Retrocedí a mi adolescencia, en los años 90, y recordé lo que este diario representaba en aquel momento.
Recuerdo cómo cualquier progresista que se preciase iba con el diario EL PAÍS bajo el brazo, cómo incluso se contaba que mucha gente compraba EL PAÍS a la vez que otro diario, y escondía el otro dentro del diario de PRISA para que pareciese que realmente leía EL PAÍS, porque daba “caché” intelectual. Los artículos de opinión del periódico se llenaban de las mejores plumas del país, de intelectuales de referencia a los que respetabas y admirabas, aunque no te gustase su opinión. EL PAÍS, siempre comprometido con el PSOE aunque crítico en determinados momentos con él, era el periódico de referencia de España.

Desde hace algunos años venimos viendo como esta imagen progresivamente ha ido quebrando. Desde hace años las noticias de la sección internacional de EL PAÍS cada vez eran menos fiables y, en el caso concreto de los países de habla hispana, estaban claramente sometidas al punto de vista que era conveniente al grupo por sus intereses empresariales en la región.
A nivel nacional hemos visto también una degradación de la fiabilidad periodística del medio, sobre todo tras la destitución de Javier Moreno en 2014, o quizá antes, cuando determinadas multinacionales españolas entraron en el capital de PRISA. Estos años hemos visto un ataque sin cuartel a Podemos y a Pablo Iglesias, luego a Pedro Sánchez, y finalmente un despilfarro de indisimulado apoyo a Susana Díaz, más propio de la propaganda que de la línea editorial de un medio de comunicación generalista.
Paralelamente a todo esto hemos visto una transformación de los artículos de opinión y columnistas de El PAIS. Los antaño respetados columnistas ahora parecen ancianos temerosos de los nuevos tiempos, dedicados a agitar los peligros del populismo, de la democracia interna, de los nuevos partidos y de todo aquello que no fuese exactamente igual a la España de la transición y del felipismo ochentero que tanto parecen añorar. Fuera de algunas excepciones (algunos politólogos y sociólogos jóvenes, y algún columnista tradicional que no se ha descolgado de la realidad), el resto de la sección de opinión se ha convertido en el sonido constante de las trompetas del apocalipsis.

Todo esto ha desembocado en lo que evidentemente tenía que desembocar. EL PAIS, como antiguo faro que guiaba la política progresista de este país, hace tiempo que no guía nada, y aún en su más desvergonzado partidismo ha sido incapaz de condicionar el resultado de las elecciones primarias del partido que en teoría era “el suyo”. Llevan semanas, meses, hablando de la destrucción que le espera al PSOE como vuelva el terrible Pedro Sánchez, encumbrando a la faraona andaluza con una desvergonzada propaganda, hablando del peligro de la ruptura de España como el peor de los ABC…y aun así, los militantes socialistas han apoyado contundentemente a Sánchez.
Recuerdo escucharle a Pedro J. Ramírez una confesión que creo muestra bien las ideas de cierto periodismo. Pedro J. se quejaba de que Rajoy no hiciese caso a los periódicos, comparándolo con Suárez y Zapatero (que según él hacían caso a la prensa) y con González y Aznar (que, también según él, no eran tan permeables a la prensa pero que siempre se preocupaban de saber que decía la prensa de ellos). Rajoy no leía periódicos, sólo el Marca, y por tanto era una persona terrible.
Pedro J. es un conocido amoral y quizá por eso expuso tan transparentemente esa voluntad de dominio sobre la política que tienen determinados medios de comunicación. EL PAÍS tuvo esa voluntad con Sánchez, la ejerció en conspiración con fuerzas del PSOE, fue denunciado por Sánchez por esta causa, y ha volcado todas sus fuerzas en seguir teniendo esa situación preeminente. Pero ya no la tiene, ni de la mano de un aparato poderosísimo ha podido influir nada en el partido para el que antaño era fetiche.

Es posible que la era digital haya tenido mucho que ver con la minimización de la importancia e influencia de la prensa, es posible también que los problemas económicos de PRISA en general y de los periódicos en papel en particular los hayan hecho mucho más dependientes, pero si EL PAÍS ha perdido casi toda la credibilidad de antaño se debe, básicamente, al tinglado periodístico en que se ha convertido.

lunes, 15 de mayo de 2017

Por qué debe ganar Pedro Sánchez
















El PSOE ha llegado al punto más delicado de su historia en medio de una batalla cainita que parece destinada a generar un gran cisma sea cual sea su resultado. Con dos candidatos con opciones reales, Susana Díaz y Pedro Sánchez, cualquiera de los dos supondrá un conflicto en el PSOE venidero, a nivel de cuadros, militancia o ambos.
Lo que es interpretado por los medios como una especie de desgracia provocada por las malas decisiones internas de los últimos meses, en realidad es parte de un cisma producto inevitable de la realidad de este momento de la historia política de Europa. Lo que le pasa el PSOE no es más que parte de la gran disolución socialdemócrata que asola a todo el continente, en mayor o menor grado dependiendo el país y con características muy específicas en cada uno de ellos.
Sin embargo, el PSOE parece que tiene una ventana de oportunidad que no han tenido partidos socialistas de otros países. No podrá aspirar a hegemonías como las del felipismo, pero al menos tiene la oportunidad de sobrevivir gracias a un cuadro político que, si bien le perjudicaba muchísimo en los años anteriores, hoy podría servir de freno o incluso de muelle para las aspiraciones del partido, pero sólo si éste sabe analizarlo bien y tomar las decisiones correctas, lo cual no va a ser nada sencillo. Dejadme desarrollar un poco estas ideas.

Lo más sucio y feo de todo este proceso es como desde cierta prensa se está intentando tomar por imbéciles a los ciudadanos y a los militantes del PSOE, haciéndose eco de una propaganda que puede ser comprensible para una candidatura con débiles bases políticas, pero no para una prensa que se presenta como objetiva. Todos hemos escuchado cómo la propaganda en favor de la candidatura de Susana Díaz machaca con dos ideas básicas: La primera, es que ella gana las elecciones a las que se presenta mientras sus rivales las pierden, y la segunda es que la “radicalización” de la socialdemocracia lleva irremediablemente a su condena electoral, sacando como ejemplo los casos de Hamon en Francia o Corbyn en el Reino Unido.
La primera de estas ideas, la de que la señora Díaz gana las elecciones en una época en que otros las pierden, es una manipulación tan transparente que debería producir vergüenza a quien la pronuncie fuera del calor de un discurso mitinero. Susana Díaz ha hecho lo mismo que el resto de socialistas: Sacar el peor resultado de su historia. Que ese peor resultado siga siendo una victoria se debe simplemente al territorio donde se presenta, en el que el PSOE ha ganado siempre desde el retorno de la democracia a España. ¿Os imagináis al presidente del PP de Ceuta decir que debería ser el presidente del partido porque saca el mejor resultado del país? La frivolidad del argumento provocaría una carcajada a quien lo escuchase.

Más elaborado, aunque igualmente absurdo, es el segundo argumento, aquel que nos quiere hacer creer que los partidos socialdemócratas, cuando eligen un candidato “radical”, se hunden en los procesos electorales, y para ello sacan el ejemplo de Hamon y también el de Corbyn, que ni siquiera se ha presentado a unas generales pero que usan porque no tienen más.
Para empezar, llamar “radical” a Pedro Sánchez deja ojiplático a cualquiera. ¿Qué tiene Pedro Sánchez de radical? Me gustaría recordar que el único pacto político que ha hecho Sánchez ha sido con C’s, con quien pactó un radicalísimo programa que hablaba de cosas como subir el SMI al menos un 1%, propuesta que no debe ser precisamente leninista cuando meses después el conservador gobierno de España aceptó subirlo 7 veces más que eso. Perdonad el ejemplo un tanto capcioso, pero creo que muestra bastante bien lo ridículo de llamar radical a Sánchez. Sánchez, que no olvidemos que en 2014 era el candidato de Susana Díaz, no ha sido hasta ahora más que el típico socialista soft (por no llamarle socioliberal) sin ideas de transformación “radical” alguna más allá de resistirse a suicidar al PSOE en la investidura de Rajoy.
El “radicalismo” de Sánchez se circunscribe esencialmente al descubrimiento de cómo funcionan las cosas en las entrañas de su partido y de las influencias externas que sufre la política española. El radicalismo no es una realidad, es tan sólo la expectativa de lo que sus verdugos piensan que podría hacer después de haber comprobado cómo se las gastan. ¿Y si Sánchez vira a la izquierda después de ver cómo se las gastan los grupos proclives a una política relativamente cercana a la del PP? No hay radicalidad en el programa, en las ideas o en el mensaje, la radicalidad es básicamente el haber tenido la osadía de no aceptar las órdenes y su caída en desgracia.

Por otro lado, decir que la “radicalización” es mala electoralmente no se sostiene con los datos, tan sólo se puede generar esa ilusión segregando los datos que te convienen y haciendo Cherry-picking. De hecho, probablemente la realidad sea justo la contraria. Hamon sacó un resultado horrible en Francia pero ¿Cuál habría sacado Valls? Porque Valls tenia cero posibilidades de pasar a la segunda vuelta en cualquiera de los casos, y su presencia podría haber minimizado las fugas de votos a Macron pero acelerado las de Melenchon. El PSF estaba abocado a un resultado catastrófico en cualquiera de los casos y vender ahora lo de la radicalización es una frivolidad interesada.
Por otro lado, los hundimientos socialdemócratas tras haber girado al centro también existen y de hecho son muchos más. Los socialdemócratas en Holanda perdieron el 75% de los votos después de gobernar con los liberales, en Grecia el PASOK perdió el 70% tras aplicar las políticas de austeridad y pactar un ejecutivo de coalición con la derecha. En Austria, después de que los socialdemócratas pactaran con los populares, perdieron más del 50% de los votos en la siguiente elección. En Portugal, en cambio, la coalición con los “radicales” parece que le funciona bastante bien al partido socialista.
Coger un par de casos convenientemente seleccionados y crear una norma es puro trilerismo y manipulación. La socialdemocracia está en crisis y en cada lugar esta se expresa de una manera, lo que invalida cualquier regla que se pretenda hacer. Virar hacia políticas de derecha o gobernar con la derecha parece evidente que es una mala idea y no trae nada positivo, el problema es que lo contrario tampoco parece funcionar en muchos casos, quizá porque se ha llegado demasiado tarde o porque la realidad no permite determinadas cosas.

Pero en España tenemos una circunstancia particular. El PSOE estaba hasta hace nada acorralado electoralmente por los nuevos partidos que le salían a derecha e izquierda, C’s y Podemos. Sin embargo, en la situación actual nos encontramos con un C’s que ha rechazado la herencia socialdemócrata y que está actuando como mero títere de Rajoy, haciendo trágalas inconcebibles hace meses. Por otro lado, el Podemos post-Vistalegre II parece haber perdido el norte, con un Pablo Iglesias rodeado de gente poco capaz y entregado a la extravagancia y el efectismo para fieles. Estos dos partidos están generando decepción en parte de sus electorados y eso se puede comprobar a poco que hables con sus votantes de 2015 y 2016.
Objetivamente, la posibilidad de ganancia está mucho más en la izquierda que en la derecha, así que la estrategia óptima para el PSOE es desplazarse para ahí, seducir a todo ese espectro que va desde el centro-izquierda hasta la izquierda “moderada” (que era la estrategia de Errejón en P’s) y oponerse tenazmente a un PP que, a pesar de que parezca que nos hayamos rendido y olvidado, sigue siendo el inmenso agujero negro de corrupción que siempre ha sido.
El PSOE ya ha probado lo que es hacer la política de “centro”. Lo hizo Zapatero, y Rubalcaba heredó una caída del 35% de los votos. Irse ahora para allá de nuevo, en un terreno sobrecargado de partidos y de la mano de la federación del PSOE más institucional y viciada de España es un desatino que no entra en la cabeza de nadie. Solo un infiltrado, un idiota o alguien que tenga convicciones políticas verdaderamente “centristas” y que abomine de lo que la izquierda representa haría algo así.

Si el PSOE quiere no sumergirse en la ciénaga de ser el tercer o cuarto partido del país, Pedro Sánchez debe ganar. Ojo, Pedro no garantiza nada, es posible que el PSOE no pueda resistir igualmente, que acabe superado por Podemos y corra la suerte de muchos de sus partidos hermanos, pero lo que Pedro representa es la única opción que le queda al PSOE ahora mismo, es situarse en el único terreno electoral donde hay posibilidades de ganar algo.
Quizá Pedro Sánchez no sea el hombre adecuado, quizá su fuerza o convicciones sean menores a las requeridas, quizá no se atreva a hacer lo que lógicamente debería hacer una vez que gane, quizá el PSOE ya no tenga arreglo. Pero al menos nos queda la duda, nos queda la posibilidad que el hombre vilipendiado por su prensa afín, machacado por todos, apartado por su propio partido, vuelva cual Ave Fénix para catalizar una reinvención y una ruptura del PSOE con todo lo que éste ha representado desde mayo de 2010.
A veces los grandes personajes históricos no nacen o se hacen, a veces se encuentran de casualidad y a veces el azar del destino los sitúa ante elecciones que saben tomar correctamente. Pedro Sánchez se puede convertir en lo que no era porque las circunstancias requieren que sea quien no era. Las personas cambian, evolucionan y creo que Pedro Sánchez puede haber evolucionado y que su convicción de hacer un PSOE verdaderamente comprometido con su lugar teórico puede ser honesta y firme. Nunca lo sabremos si no llega a la secretaría general y, en cambio, lo que sí sabemos es que la otra opción no representa más que lo mismo que Schulz, lo mismo que el PASOK, lo mismo que Valls, lo mismo que Renzi y lo mismo que tantos y tantos que han fracasado después de ser declarados mesías.

Pedro debe ganar, y cuando gane deberá forzar una regeneración absoluta a nivel interno del partido, por mucho que le acusen de hacer una purga. Que nadie se equivoque y razone infantilmente: La purga siempre existe en política, más o menos suave o más o menos generalizada, pero la política es purga civilizada contra los derrotados. Si Sánchez quiere recuperar la credibilidad de que ese “No es No” es algo más que un eslogan, deberá apartar a los que acabaron con su secretaria general a golpe de estatutos y titular periodístico. Sólo un hombre con la convicción de generar una revolución democrática y limpieza en su propio partido tendrá credibilidad para hacer en el poder algo distinto de lo que han hecho los socialistas de la última década.
Yo no sé si ese hombre que necesita el PSOE para sobrevivir es Pedro Sánchez. Lo único que sé es que ese hombre sólo puede ser Pedro Sánchez, porque el PSOE probablemente no tendrá otra oportunidad.

lunes, 8 de mayo de 2017

Macron, presidente accidental y síntesis del establishment

















Monsieur Macron ha ganado las elecciones presidenciales francesas como se esperaba. Su resultado, 66% vs 34%, es algo mayor de lo que se esperaba a priori e incluso parece que ha llegado a provocar cierta decepción en el Frente Nacional de Le Pen, pero al final el hecho final es el mismo: Frente a Le Pen cualquier candidato iba a ganar, con la única duda de Melenchon.

Si hace año y medio alguien nos hubiese dicho que un miembro del gobierno Hollande iba a ganar la presidencia hubiésemos pensado que estaba loco. Los republicanos tenían todas las de ganar en una segunda vuelta contra Marine Le Pen, y los “socialistas” estaban fuera de todas las quinielas.
Que Macron haya llegado a ser presidente de Francia se debe básicamente a la suerte y a una cuádruple carambola a su favor. Lo primero que le benefició fue la elección de Fillon como cabeza de lista de Los republicanos, candidato muy conservador que, además, tuvo la “mala suerte” de estallarle un escándalo de corrupción en el periodo preelectoral. Lo segundo que le benefició fue la elección de Hamon como candidato socialista, candidato muy de izquierdas que alejó al “ala liberal” del socialismo francés de su propio partido y pasó a apoyar a Macron. Derivado de esto se produjo el tercer golpe de suerte: La debilidad de Hamon concentró el voto izquierdista en La Francia insumisa de Melenchon, y la caída progresiva en las encuestas no hizo más que profundizar la desafección de los socialistas hacia Hamon, potenciando también escapes hacia Macron. La cuarta razón fue su rival en la segunda vuelta, pues contra Le Pen casi cualquier candidato hubiese ganado.
Y así tenemos a un hombre sin partido y hasta hace nada sin programa al frente de Francia, catalizado por una serie de acontecimientos inesperados y por la quiebra del sistema de partidos de la V república francesa. Macron tiene el mérito de haberse colocado en el sitio adecuado en el momento adecuado, pero eso no le hubiese valido si la suerte no le hubiese acompañado.
Ahora falta por ver en qué condiciones puede gobernar Emmanuel Macron, pues se tiene que presentar a unas elecciones parlamentarias sin partido. Hay encuestas por ahí que le dan más de 250 diputados, quedándose no muy lejos de la mayoría absoluta. La verdad es que me cuesta creer estas encuestas, pero no soy un especialista en las interioridades electorales francesas y no me atrevo a rechazar esta opción. A priori me parece más probable que Macron tenga que convivir con Los republicanos de Fillon en una cohabitación, lo que obviamente le ataría mucho las manos.

Sin embargo, y a pesar del 66% de Macron, los enormes problemas que han llevado a un 34% de votos para Le Pen siguen ahí. En esta campaña se ha dado una imagen para mí muy simbólica, la de aquella fábrica que visitó Macron siendo abucheado y que, un rato después, visitó Le Pen entre aplausos. Tanto los “obreros” como los empleados de servicios parece que han apoyado mayoritariamente a Le Pen, mientras que los jubilados y los directivos han apoyado masivamente a Macron.
La ruptura entre lo que se llama ganadores y perdedores de la globalización es evidente, y a pesar de no existir una fractura generacional tan definida como la que existe en países como España (porque el Frente Nacional no es un partido de jóvenes sino más bien de gente de mediana edad), ésta también existe. Sería muy interesante ver también esta ruptura por origen o raza, pero en la cultura francesa esas cosas no se hacen y no creo que podamos tener nunca los datos.
A pesar de las primeras palabras de Macron, me temo que toda esta realidad va a ser escondida debajo de la alfombra o tratada con la medicina equivocada. En esta UE parece que lo único que importa es ir solventando las pelotas de partido conforme vengan, para respirar aliviados después y volver a estar encantados de conocernos hasta el siguiente envite “populista”.

Emmanuel Macron ha sido tratado con mimo por todos los medios de comunicación frente a la demonizada Le Pen, resaltándose sus virtudes y carrera meteórica. Pero Macron no parece nada más que un producto de marketing que esconde un socioliberal de toda la vida. Recuera a Albert Rivera en esa vacuidad que vive de la imagen y que crea medidas en función del eslogan y no al revés. Recuerda también a Jordi Sevilla. Hay mucho de palabrería moderna empresarial, como si fuese el típico gurú de un congreso de negocios hablando de tópicos sobre el emprendimiento, la modernización, la economía del conocimiento, etc. Pero en el fondo parece que hay poco nuevo, o quizá nada.
De Macron sabemos que estudió en el Instituto de Estudios políticos de París como casi todos los políticos de la V república, que se casó con una señora 24 años mayor que él que era ex-mujer de un banquero, que inició su carrera de banquero poco después de este matrimonio, que fue asesor económico y ministro de economía de Hollande y que no era querido dentro del PSF tanto por su tendencia al socioliberalismo como por su ambición. Más allá de esto, un libro de autopromoción y mucho marketing.
Viendo esto, parece que Macron no es un “hijo del establishment” como se ha dicho por ahí, realmente Macron parece la síntesis del establishment mismo. Sumidero de votos pro-establishment de centro-izquierda, centro y centro-derecha, exbanquero y alumno del IEP, embarcado en un proyecto personal como si fuese un joven emprendedor de Silicon Valley. Macron parece casi un personaje fabricado en base a un molde determinado.

¿Tendrá éxito Macron? Francamente, lo dudo. Ya es la enésima vez que se lanzan cohetes por el glorioso advenimiento socioliberal, pero nada apunta a que Macron vaya a correr un destino distinto a fugaces estrellas mediáticas como Valls o Renzi. Porque Le Pen representa una reactiva vuelta al pasado, a una situación donde los males de la globalización no nos afectaban. Pero Macron, en el fondo, también es esa vuelta al pasado, un pasado más reciente donde el “fin de la historia” había llegado y donde la adaptación a los fundamentos del mercado triunfante era inevitable.
Siendo muy distintos, Macron y Le Pen representan lo mismo: Una simbólica revuelta contra un estado de las cosas que sabemos que hay que cambiar, pero que no sabemos cómo cambiar y por tanto proyectamos hacia el pasado, más o menos lejano más o menos distinto en función de nuestro estatus y percepción de evolución social.