La nueva marca de La suerte sonríe a los audaces

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lunes, 21 de agosto de 2017

Sobre el odio y otras cuestiones
















El día del atentado en las Ramblas quise voluntariamente alejarme de las redes sociales. En la misma red Twitter dije que después de un atentado “Twitter se llena de comentarios de individuos que pretenden usar los atentados para fortalecer sus doctrinas y prejuicios, relacionando cosas inconexas o culpando a personas/sistemas de lo sucedido, sobre la sangre fresca de los muertos. También aparecen otros para los que el dolor se convierte en inmunidad para poder insultar y machacar a cualquiera subidos sobre una razón moral autoasignada”.

No era sólo Twitter el problema, la cuestión es que ciertas actitudes están arraigadas en la sociedad española. Desde hace casi dos décadas los atentados terroristas en España se usan con fines políticos (si es que no se usaban ya antes), y si juntamos eso con el estado actual de la prensa española, transformada en un altavoz de frente de combate dedicada al hundimiento de sus enemigos, no había que ser zahorí para darse cuenta que se iban a aprovechar los atentados para el hundimiento del enemigo.
Y así fue. Como prueba, no hay más que leer el editorial de EL PAÍS del día siguiente o esta viñeta de Peridis en el mismo periódico, dedicada a los independentistas, o esta columna de Lluis Bassets, en la que saca a colación lo que pomposamente les ha dado por llamar “turismofobia”, para comprobar lo que digo. Intentar usar el atentado terrorista para atacar a tus enemigos sigue siendo moralmente indigno, por mucho que sea una situación ya arraigada en nuestro país. EL PAÍS no iba a desaprovechar la ocasión para atacar el independentismo o la “turismofobia”, al igual que lo harán con Colau en cuanto puedan, con Podemos, y si encontrasen el vehículo acabarían haciéndolo con Maduro e incluso con Donald Trump.
Esto es algo extendido a toda la prensa española, y por consiguiente también a la prensa independentista catalana. Con un día de retraso, el periodista Suso de Toro, una especie de alter ego de Terch o Arcadi pero en independentista, nos deleitaba con esta joya en la que decía más o menos que los terroristas son aliados coyunturales del estado español.

Yo no soy amigo de sobrerreacciones emotivas ni de indignaciones sobreactuadas. La realidad es la que es, el ser humano está permanentemente sometido a los intentos de manipulación por parte de grupos organizados y desgraciadamente la muerte es parte de la realidad, no la congela ni paraliza, y ésta se usa como cualquier otra cosa. Escandalizarse por eso hasta el punto de situarte en un altar moral es algo un tanto infantil y muestra cierta visión irreal del mundo que nos rodea y de los límites morales de los seres humanos. De hecho, escandalizarse puede ser un intento de manipulación en sí mismo.
La manipulación existe y el odio también. Los seres humanos odian por muchas cuestiones, muchas ni siquiera dependen de uno mismo, son cosas heredadas que no hemos cuestionado o se convierten en estructuras de odio que nos envuelven desde que nacemos y que forman parte de nuestro mundo. Los terroristas odian, por eso se les manipula, y nosotros también odiamos y esos odios son un caballo de Troya en nuestro interior que nos convierte en potenciales víctimas de determinados mensajes, que buscan la explosión de nuestra emocionalidad para someternos a determinados intereses o ideas.

Cuento todo esto porque a pesar de mi alegato inicial en Twitter, hice una pequeña incursión en esa red social para defender a un usuario que creo que estaba siendo injustamente atacado. Este usuario estaba defendiendo básicamente lo mismo que yo aquí, que el editorial de ELPAIS era impresentable, pero se le ocurrió criticar también a los tuiteros independentistas catalanes que hablaban de la conexión del atentado con las “cloacas del estado”. A su interlocutor, persona a la que respeto intelectualmente, esto le parecía una asquerosa posición de equidistancia.
El argumento era más o menos este: Los “catalanes” habían sido atacados por los terroristas, y luego ELPAIS se dedicaba a instrumentalizar el atentado. Eso era tan terrible que ya estaba justificado todo, desde la paranoia de los independentistas hasta el victimismo en general pasando por cierta obligación de hacerse independentista, ante las muestras de catalanofobia y odio. No entender que había un agredido (los “catalanes”) y un agresor (los medios “españoles”), y no ponerse del lado de la víctima justificando todo lo que hacía y comprando sus argumentos, te convertía directamente en un “equidistante” que participaba a modo de colaboracionista en el odio hacia Cataluña.   
Al defender al tuitero yo pasé a ser también un equidistante que justificaba el odio a Cataluña, no, más aún, que colaboraba con él, que lo promocionaba, aunque se me concedió indulgentemente que lo hacía por ignorancia y por dureza de mollera. Obviamente defendí que eso era un disparate, que era un “o conmigo o contra mí” de libro, que acababa convirtiendo las indignidades en graves o justificables en función de la potencia del altavoz con las que se emiten, que esto no era más que dejarse llevar por la viejísima política del odio y los agravios. Todo en vano, ya estaba decidido quienes eran las víctimas (los “catalanes”) y quienes eran los malos (quienes no aceptasen las motivaciones independentistas, activa o pasivamente), y la conversación perdió cualquier viso de racionalidad y pasó a ser un enroque en posiciones de rabia justificadas con vivencias personales, muchas de ellas absolutamente inconexas con el caso pero que mágicamente compactaban el argumento emocional. Cuando hablan los sentimientos el cajón desastre es infinito.

Un ejercicio muy fácil para ver si se está siendo injusto o irracional con algo es plantear el mismo escenario cambiando los actores. Me imaginé un atentado en Madrid o en Sevilla y un editorial del diario Ara o El Nacional insinuando que esto había pasado porque el gobierno tiene a la policía pendiente de Cataluña en vez de tenerla trabajando contra el terrorismo. ¿Hubiese sido un acto de odio nacional irresoluble, algo que debiese hacer cambiar mi posición ante un conflicto político? Obviamente no, es disparatado, tanto que eso justifique un cambio de posicionamiento interno como la extensión de un editorial a casus belli, y mucho menos convertir a los “catalanes” en agresores de no sé quién.

Muchas veces pienso que una de las claves para una política sensata es cómo nos enfrentamos al odio, interno y externo, que tiene aproximaciones distintas. Lo del odio interno ya lo he explicado, creo que debemos ser conscientes que todos tenemos la semilla del odio dentro al haber nacido en una sociedad donde el odio existe. El odio es una degeneración de la emoción, que la proyecta en negativo sobre otro u otros, que justifica la frustración encontrando un chivo expiatorio al que cargar nuestras incapacidades. Es algo inherentemente destructivo que se apodera de uno.
En cambio, el odio externo, el de los demás, creo que no debe ser enfocado de la misma manera. El odio tiene causas, las personas y parte de las sociedades odian por determinados motivos y hay que enfrentar y analizar esos motivos, hay que intentar entender estos motivos, porque solo así podremos vislumbrar una solución. El odio al odio es odio, verlo así no es más que echarle fuego a una rueda que no acaba jamás. Hay que enfrentar porqué hay gente que odia a los inmigrantes, que odia a “España”, que odia a occidente, a la izquierda o la derecha, a los empresarios o a los sindicatos, y hay que intentar entender el odio sin comprenderlo, sólo así se puede llegar a conocer la sociedad en la que se vive. Tratando como enfermos o idiotas a quienes sienten eso, o bien militando en ese odio, no se consigue nada perdurable. 

Recuerdo a Azaña escribir en sus diarios, en plena guerra civil, que él sentía desprecio por muchas cosas idiosincráticas a la España de la época, como su atraso, su fanatismo y su violencia, pero que eso no le llevaba a rechazar ni a separarse del país, al contrario, que eso fortalecía sus ganas de cambiarlo. La frase de Azaña es plenamente vigente en la era de Twitter, porque basta con entrar un rato en la red social en días como esto para que te invada el sentimiento de que no vale la pena luchar por nada y que los problemas sociales son irresolubles. Pero no lo son, nunca lo han sido, de hecho han sido los hombres que no se han dejado embargar por este sentimiento quienes han conseguido que desde la sociedad violenta y analfabeta hayamos llegado a esta sociedad, que será decepcionante, pero que ha avanzado mucho respecto a esa.

1 comentario:

  1. La solución al fanatismo no es fácil ni rápida y seguirá utilizándose como arma arrojadiza entre unos y otro Pedro. Violencia genera violencia y no solo física. También leí aberraciones en las redes sociales.

    Un problema que nos atañe a todos, pero que hasta que no lo sentimos de cerca o en nuestra misma piel, miramos para otro lado (guardando distancias, recuerdas que al ébola nadie le preocupaba hasta que empezó a matar a blancos occidentales?). Aqui hay un problema de fondo que estamos pasando de él sin más ni más.

    por cierto, yo si encontré una conexión con Maduro: El practica terrorismo de estado...No es diferente al fanatismo...

    Saludos Pedro

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