La nueva marca de La suerte sonríe a los audaces

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lunes, 30 de enero de 2017

El fuego amigo















¡Al suelo, que vienen los nuestros!” decía el ex ministro de la UCD Pio Cabanillas, mostrando cómo en política los más peligrosos no son los rivales, sino la gente de tus propias filas. Esta frase me vino a la cabeza el otro día por un debate en el que me vi envuelto, y hoy me ha vuelto a venir por otro debate que he presenciado sobre la Renta Básica Universal y el Trabajo Garantizado. Dejad que me explique y veréis donde quiero llegar.

El otro día se me ocurrió rebatir un tuit de un chico que defendía que los residuos nucleares no eran un problema medioambiental porque, según su peculiar visión, al haberse generado residuos en el pasado el problema del almacenamiento ya existe, así pues era absurdo preocuparse por generar más ya que había que hacer un almacén nuclear igualmente. El argumento me pareció bastante disparatado y le intenté hacer ver a mi interlocutor que ese argumento era extensible a todo y fácilmente reducible al absurdo.
Mi interlocutor defendía una posición concreta en el debate energético y climático. Hay gente que considera que lo fundamental es acabar con las emisiones de CO2 y que, al ser eso preferente, la energía nuclear es un mal menor e incluso una ayuda para conseguirlo. Esta idea lleva a estas personas a situarse en posturas a veces claramente pro-nucleares, o al menos en una posición negacionista sobre el riesgo que tiene la energía nuclear.
Yo intentaba defender una posición equilibrada: Hay que bajar las emisiones de CO2 pero la nuclear también es peligrosa. Obviamente no se puede acabar con todo a la vez así que habrá que ser equilibrado: Eliminemos las centrales térmicas más contaminantes, no hagamos ninguna nuclear más, vayámoslas cerrando conforme superen su vida útil y trabajemos en eficiencia energética y movilidad eléctrica y sostenible. Me parecía un plan pragmático que reconoce dos problemáticas e intenta solucionar ambas en la medida de lo posible.
Pues bien, para mi interlocutor y para otros que se metieron en el debate yo era un peligroso defensor de las emisiones de CO2 que iban a destruir a la humanidad. Las nucleares eran segurísimas, no había riesgo alguno de accidente, no pasaba nada con los residuos y yo era un alarmista estúpido. Eso sí, pensar en mantener alguna central de gas para cerrar una nuclear era un crimen contra la humanidad.
Intenté ser comprensivo, dije que la posición de cerrar antes térmicas que nucleares era defendible pero que no podía ser presentada como la verdad absoluta frente a los herejes, que al final era una valoración de riesgos. Mis interlocutores se enervaron: “¡¿Cómo que riesgos?! El cambio climático es una verdad incuestionable ¡Eres un negacionista!”. Intenté hacerles ver que todo en la vida es una cuestión de riesgos, hasta la verdad científica más incuestionable es cuestión de riesgos (¿Y si mañana entran en erupción todos los volcanes de la tierra y nuestras previsiones climáticas se van a hacer puñetas?), pero fue inútil. Ellos defendían la verdad y yo era el infiel.

Os comento el segundo debate de hoy, o mejor os comento el debate en el que está enmarcado. En la izquierda política hay varias alternativas económicas que coexisten y que están enfrentadas. Una de ellas es la Renta Básica Universal (RBU) que todos conocéis porque cada día se habla más de ella e incluso está comenzando a ser aceptada por economistas mainstream y ciertos grupos económicos. Frente a ella se sitúa el Trabajo Garantizado (TG), que pretende que el estado sea una especie de empleador de último recurso que cree empleo para los desempleados y así garantizar el pleno empleo y un ingreso digno a todo el mundo. El TG está íntimamente relacionado con la Teoría Monetaria Moderna (TMM), que me abstengo de explicar que se haría muy largo.
Pues bien, generalmente los defensores del TG hablan pestes de la RBU y la consideran una especie trampa del capitalismo para mantener a la gente pasiva y subsidiada y no alterar así las estructuras de propiedad y producción. En este contexto los defensores del TG dedican una parte importante de su tiempo en argumentar machaconamente los terribles peligros que hay detrás de la RBU y en todos los males que traerá: Inflación, falta de compromiso social, problemas burocráticos, dependencia hacia el estado, etc, etc. Lo más gracioso de todo esto es que muchas de las críticas que hacen a la RBU son exactamente las mismas que los economistas liberales hacen a la TMM (como lo de la inflación o la dependencia).
A nivel de opinión pública la RBU tiene bastantes más adeptos que el TG y cada vez que esto se visualiza los ataques de los defensores del TG hacia la RBU se multiplican, llegándose a personalizar los ataques y a infravalorar la inteligencia, capacidad o conocimiento de economía de los defensores de la RBU.

No creo que haga falta explicarlo, pero quienes prefieren acabar antes con las nucleares y quienes prefieren acabar antes con las centrales térmicas están a nivel de moral y pensamiento en posiciones próximas, simplemente tienen unas prioridades distintas. Los defensores de la RBU y los del TG también tienen morales similares, quieren un mundo menos desigual, erradicar la pobreza y acabar con la explotación que se ejerce sobre los hombres gracias a la necesidad. Todos van en el mismo barco, pero a veces parece que prefieren hundir el barco antes de que se llegue la terminal del puerto que no es su preferida.
Son las luchas intestinas típicas de la izquierda, la búsqueda del contrarrevolucionario y del desviado de la Fe verdadera. Es lo de siempre, la razón por la que la izquierda jamás llega a nada, la maldición de los inmortales, matarse entre ellos para, cuando solo quede uno, darte cuenta que estás en aplastante minoría respecto a los demás. Y no aprendemos, pasó con los revolucionarios, los marxistas, los comunistas, etc. Y la maldición se extiende de forma indefectible por cada nuevo movimiento. Luego se extrañan que haya tantos que se hagan de derechas una vez no soportan más las persecuciones y la guerra fratricida. Al menos la derecha sabe que hay que joder a los demás, no a los propios.

Yo no tengo claro si es mejor la RBU o el TG, no sé si es mejor cerrar antes una central de gas o una nuclear. Lo que sé es que es importante acabar con la desigualdad e ir avanzando hacia una generación energética basada en las renovables, y también sé que guerras como estas lo que garantizan es que no se consiga nada de eso. El fuego amigo que abrasa y destruye todo lo que toca, basado en una Fe casi religiosa y en la soberbia de pensar que estás en posesión de la verdad y rodeado por idiotas. Yo no voy a jugar a eso, lo siento.

lunes, 2 de enero de 2017

Pueblo, identidad y Errejón

















En las últimas semanas he leído varias entrevistas a Íñigo Errejón en distintos medios en las cuales reflexiona sobre la realidad internacional actual y conceptos como identidad, patria, pueblo, etc. Quizá la más interesante es esta que le hizo Antonio Maestre en La Marea, pero si buscáis encontraréis algunas más en otros medios.
Creo que Errejón es probablemente el mejor intelectual-político que tenemos en España en la actualidad y, sin estar de acuerdo en todo lo que dice y opina, creo que entiende perfectamente las pulsiones sociales y las limitaciones de las propuestas políticas y los cambios. Por eso quiero reflexionar en abierto sobre lo que ha comentado en estas entrevistas y que, tengo que reconocerlo, me resulta un tanto incómodo porque dice cosas que no me gusta que sean así pero que, lamentablemente, creo que son como él dice.

Si hay algo central en estas entrevistas es la idea sobre las “identidades”. Errejón, como buen seguidor del populismo de Laclau, considera que la identidad es fundamental en la política y que no se puede ganar la mayoría social sin aceptar/usar/crear identidad colectiva. Opina Errejón que sólo hay tres cosas en la historia de Europa que han sido generadoras de una identidad general (un “gran nosotros”): La patria, la religión y la clase social. Esta idea la enlaza con el fracaso de la izquierda que, según él, hace un discurso de clase cuando en la actualidad la mayoría de la población ha dejado de identificarse con la clase social.
En la entrevista, o en esta otra, la idea de la identidad enlaza con muchas otras. La idea del “orden”, de que hay que convencer de que se trae una propuesta de orden nuevo bajo el brazo y que a los que se quiere sustituir son quienes representan el desorden, de cómo lo que desea la gente es tener protección, “que le cuiden”, habla también de penetrar en la cultura popular y en las tradiciones populares y entenderlas en vez de despreciarlas, y se sitúa enfrente tanto de los esencialismos de izquierdas como del desprecio intelectual de las clases ilustradas.

Es difícil resumir aquí la cantidad de reflexiones que me ha producido estas entrevistas. El realismo de Errejón me resulta brutal y creo que a todos los que tenemos sensibilidades progresistas en cierta manera nos ha puesto el dedo en la llaga. La aceptación de la importancia de la identidad viene a decirnos que el mundo no se basa en esa racionalidad intelectual en la que parece empeñarse la izquierda. Niega a los “revolucionarios”, empeñados a pensar que los perjudicados por la estructura social acabarán inevitablemente en brazos de quienes quieren subvertirla, pero niega también a los “reformistas progresistas”, tan cosmopolitas, tan intelectuales y tan convencidos que desde la superioridad moral e intelectual se puede gobernar una sociedad.
Tengo que reconoceros que esta importancia de la identidad, sobre todo la nacional, no me gusta nada. Las naciones realmente no existen, son invenciones temporales creadas bajo parámetros subjetivos y no hay nada “real” en ellas más que lo creado por ellas mismas, es decir, por la influencia cultural o social que al final genera sobre los individuos moldeándolos a costumbres, pensamientos o valores similares. Y sin embargo las patrias sí existen, sí son importantes y sí condicionan la política y las relaciones humanas. ¿Cómo debo apelar a algo que creo que en el fondo no es “real”? Es una contradicción difícil de asumir, sobre todo cuando tienes el convencimiento que cada vez más los habitantes del mundo se parecen más.
Un ciudadano de Madrid y uno de Barcelona se parecen muchísimo entre sí, pero también se parecen a uno de Berlín o de New York. De hecho muy probablemente el barcelonés se parece más al madrileño de la capital que al vecino de un pequeño pueblo de Lleida, incluso aunque sea independentista (y por tanto no reconocería esto jamás). Es que incluso nos parecemos a un chino o a un japonés de forma que sería impensable hace 100 años. Pero eso no quita que la gente tenga patria, tenga una identidad que necesite y que, quizá, necesitemos todos para el mantenimiento de una estructura social de protección mutua.
Crear patria, comunidad, identidad…En un mundo que se parece cada vez más, donde las formas de vida y los referentes culturales son comunes… ¿Cómo cuadramos esto? Supongo que el camino es la búsqueda de identidades no excluyentes (siempre he admirado a los asturianos en esto), que no sean esencialistas sino que aspiren a ampliarse y a unirse con otras, a buscar y crear conexiones con otros seres humanos de otros sitios para empatizar con ellos y para eventualmente crear una nueva identidad común. Echo de menos esa visión quizá romántica pero absolutamente progresista en esa fabricación de identidad, que temo sino se acabe pareciendo demasiado a las identidades reactivas y defensivas de los derechistas.

Otro punto que me llamó mucho la atención fue este comentario: “Hay que pensar dónde se está socializando esa gente y qué parte de la cultura popular que ya existe hay que pelearla (…) No estoy diciendo que haya que disputar las procesiones, pero hay algo que sirve para identificar al pueblo, igual que lo hay en las gradas, en las sociedades gastronómicas, en las collas”. Al leer esto me acordaba de algo que ha pasado en la Comunidad Valenciana estos años y que supongo que Íñigo Errejón habrá hablado con Mónica Oltra y la gente de Compromís (y si no debería hablarlo).
Hace unos años aquí nos encontrábamos en una clarísima hegemonía del PP, tanto a nivel económico como cultural, y ante ese hecho hubo dos movimientos en los partidos de la oposición. El primero fue el PSOE de Alarte, que decidió asumir como correcta la política económica y de grandes eventos del PP, y el resultado fue…Un desastre electoral para el PSOE en 2011. El otro movimiento fue el de Compromís, que superó el rechazo que sentía la izquierda a cosas como las fallas, ciertos ambientes futbolísticos o populares en donde la hegemonía del PPCV era muy fuerte, e intentó aproximarse a ese mundo, entender que la sociedad civil estaba allí y que había que adaptarse y penetrar. El resultado en este caso ha sido la alcaldía de Valencia y la mitad del gobierno de la Generalitat.
He aquí dos estrategias de aproximación a la hegemonía generada que son muy distintas. Una te convierte en una copia del original y eso solo lleva al fracaso, y la otra te hace entender donde hay una batalla perdida y representa la superación de fobias históricas. Probablemente Compromís tuvo la suerte de que el modelo de sociedad del PPCV fue aniquilado por la corrupción y la ruina autogenerada, pero la cuestión es que eso lo capitalizaron ellos y no otros. De hecho es habitual ver gente en Valencia que, sin tener afinidades políticas muy definidas, en el pasado simpatizó con esa visión de sociedad que tenía el PP y hoy día simpatizan con la de Compromís. Y no es porque se haya acercado políticamente al PP, es porque ha entendido que había que ir y había que entender a aquellos que, teniendo problemas similares a los que pretendes resolver, rechazaban tu discurso por cuestiones viscerales o emocionales.
Lo que dice Errejón me recuerda mucho a esto que ha hecho Compromís: Acercarse donde está la gente, entender qué siente la gente, superar los tics y las fobias que te hacen absurdamente impopular y darles un proyecto colectivo relacionado con su propia identidad y vivencias. Esto es “llegar a los que no están”.

Hay una realidad que los revolucionarios no parecen entender. Las revoluciones “totales” no existen, son una fantasía. Cualquier revolucionario que llegue al poder al final acabará asumiendo realidades sociales establecidas y heredando muchas cosas del pasado, concentrando los cambios en alguna faceta y incorporando rasgos de los regímenes anteriores al nuevo régimen. Esto siempre ha sido así, desde los revolucionarios franceses y rusos (que acabaron incorporando muchas idiosincrasias de los regímenes absolutista y zarista en sus propias revoluciones) hasta cualquier otra revolución pasando por el cristianismo mismo, que fue el primero en incorporar todos los rituales paganos a la nueva religión como herramienta para extenderla a toda la población.
Las revoluciones siempre son parciales porque los hombres somos incapaces de cambiar radicalmente, está en nuestra naturaleza. Aprendemos a vivir en un mundo con unas normas y estructuras y si no los cambian totalmente sería imposible de gestionar. Podemos aceptar un grado de cambio, no un cambio total, eso no habría humano que lo resistiese. Vivimos condicionados por lo que hemos aprendido y no podemos soltarlo todo, siempre nos influye el pasado, para bien o para mal. Los revolucionarios “totales” en su infantilismo no entienden esto y por eso fracasan. Es esencial entender que la realidad, por mucho que nos disguste, es la base para construir algo nuevo y un freno que no vamos a poder eliminar.

Una última cosa. Una de las reprobaciones frecuentes que el statu quo hace a partidos como Podemos o a los “populistas” en general es por el lenguaje de enfrentamiento, de conceptualizar un “pueblo” contra un adversario. Esto, además de una estrategia para asustar, es producto de la idea del “fin de la historia”, de una democracia sin conflictos, de “consensos” como dice Errejón, esto que hemos escuchado tantas veces de que se gobierna para todos y de que hay cosas que son buenas para todos.
Estos “populistas” no están inventando en enfrentamiento ni trayéndolo por vicio, tan solo son la respuesta al fracaso de esta idea un tanto infantil de que el conflicto en democracia no existe. Sí existe, siempre ha existido y ha tenido que sentirse insegura y empobrecerse mucha gente para que volvamos a verlo. Una política siempre tiene un adversario, siempre tiene damnificados, segmentos sociales que van a ser perjudicados porque se les eliminan sus prerrogativas. Siempre ha sido así, lo importante es no confundir al adversario con el enemigo, porque es la esencia verdadera de la democracia, no confundir al adversario como un enemigo a excluir.