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lunes, 20 de marzo de 2017

Cómo combatir a un manipulador: Rallo y la feliz desigualdad













Sí, lo siento, tengo que hablar otra vez de Juan Ramón Rallo. Sé que algunos consideraréis esto un ad hominem motivado por no sé qué fantasías (ya os avanzo que no son ciertas, ni siquiera le conozco), pero creo que una vez más debo ser directo y no andarme con falsas consideraciones en situaciones que creo deben ser denunciadas directamente.

La semana pasada nuestro protagonista escribió dos artículos con los que, llanamente, se lució. El segundo de ellos tampoco era tan raro en el autor, al final era la repetición de uno de los mantras de este autor y de sus secuaces ideológicos: Que la desigualdad y la pobreza no tienen nada que ver, que son cosas inconexas y que la primera se puede directamente ignorar por irrelevante, aunque en el fondo el mensaje (que evita decir directamente) es que la desigualdad es buena, genera crecimiento económico y eventualmente sirve para reducir la pobreza.
Esta idea es una absurdez como expliqué en este artículo. Para empezar la pobreza, tal y como todos la entendemos (y la comunicación consiste en entenderse, no en redefinir sectariamente las palabras), es algo relativo, siempre, y está íntimamente relacionado con la desigualdad. Su desacople teórico solo se consigue estirando las costuras de la realidad y subvirtiendo los significados semánticos de las palabras. Pero vamos, nada nuevo bajo el sol, la típica ideología disfrazada de economía al que el autor nos tiene acostumbrados, y como ya está rebatido no insisto más.

Lo que pasa es que nuestro amigo venía de dar una nueva vuelta de tuerca a sus ideas y se atrevió a ir un paso más allá. En un artículo publicado tres días antes dejó caer la idea de que cuanto más desigual es una sociedad, más feliz es la gente. He dicho “dejó caer” porque el autor juega al ilusionismo dialéctico y a no expresar esta idea directamente, lo que hace es “juguetear” con ella, negar la contraria, plantearla como una hipótesis, decir lo mala y peligrosa que es la percepción contraria, etc, etc. Al final el mensaje es claro: La desigualdad es buena, las sociedades más desiguales son más felices y por tanto hay que acabar con el igualitarismo.
La crítica económica no se hizo esperar. El economista Manu Higaldo rebatió con este artículo no solo el artículo de Rallo, sino que demostró las lagunas del estudio y lo cogidas con pinzas que están las conclusiones, destacando además que hay enorme evidencia en contra de esa hipótesis. Y no sólo fue este artículo, el propio Hidalgo con cuatro investigadores más (tres de ellos economistas), han ido más allá de la educada crítica y han acusado a Rallo de “desvergüenza intelectual”, algo que a estas alturas resulta evidente conociendo el historial del autor. Vale la pena que leáis las dos réplicas, porque están muy bien y son muy reveladoras de hasta qué punto los economistas profesionales están cansados de gente como Rallo.
Ojo, que estos cinco investigadores no son peligrosos comunistas o revolucionarios igualitaristas, son economistas “mainstream” y la mayoría de ellos están cercanos a posiciones socioliberales. De hecho, yo tengo frecuentes debates con ellos porque me parece que sus puntos de vista son excesivamente benevolentes o favorables a cosas como la globalización, el libre comercio tal y como lo entendemos en esta época, ciertas desregulaciones, un aumento de los impuestos indirectos o ideas similares. Creo que es importante destacar esto para entender que la crítica no viene de los peligrosos rojos chekistas admiradores de Durruti que escribimos en econoNuestra, sino de la propia ortodoxia económica y de la economía liberal.

Sin embargo, me parece que hay una crítica que no se le ha hecho a Rallo y que creo que es fundamental. Rallo presenta la “felicidad”, entendida como la percepción subjetiva de felicidad, como un factor que debe condicionar las decisiones económicas. Si la desigualdad genera mayor felicidad ¿Quiénes somos nosotros para intentar combatirla? La felicidad subjetiva de la gente es un valor esencial y fundamental, y por tanto asumiendo que lo que dice Rallo es verdad (que no lo es), deberíamos tolerarla y no sé si incluso promocionarla.
Este argumento, que es lo que hay en el fondo del artículo, es terrorífico y su aceptación puede llevar a la justificación de las cosas más terribles. Mirad, en el siglo XIX los esclavistas justificaban la esclavitud de las más diversas formas: Decían que el hombre blanco era superior al hombre negro, justificaban la misma por lo que decía el antiguo testamento o incluso hacían argumentaciones en las que aseguraban que los negros eran más felices siendo esclavos. En esa época no había econometría ni estudios estadísticos para estas cosas, pero los esclavistas aseguraban que los negros eran más felices siendo tutelados por los amos blancos. En ese momento no lo necesitaban, pero de haber vivido en esta época seguro que hubiesen podido encargar o encontrar un estudio donde hubiesen podido correlacionar la esclavitud con cierta felicidad subjetiva.
La felicidad subjetiva puede justificar las mayores barbaridades que se nos ocurran. Seguro que conocéis la frase de la sabiduría popular que dice que “la ignorancia es la felicidad”, frase que es terrible pero que probablemente contenga algo de verdad: El desconocer la realidad fuera de tu pequeño mundo, el no enfrentar las complejidades que solo ves cuando tiene un conocimiento amplio de un tema o simplemente la ausencia de preocupación que te da el no ser consciente de un futuro incierto o terrible, son cosas que pueden correlacionar con la felicidad perfectamente. Ejemplo facilón ¿quién es más feliz, un enfermo con una enfermedad terminal a quien se la han comunicado la semana de antes o un enfermo que la tiene pero que no lo sabe?
Extendiendo más el argumento nos podemos encontrar multitud de situaciones donde las personas pueden ser más felices en situaciones terribles que en el momento posterior a la solución de esa situación terrible ¿Cuándo son más felices los niños maltratados, cuando viven con sus padres o cuando les han retirado la custodia y les han mandado a un centro o familia de acogida? ¿Es más feliz un secuestrado con síndrome de Estocolmo cuando le han liberado? ¿Es más feliz un heroinómano en desintoxicación o inyectándose heroína? Podemos hacer miles de preguntas como estas, y la respuesta puede ser que las personas muchas veces son más felices aun sufriendo daño que cuando intentamos solucionar ese daño. Sin embargo, tenemos la convicción de que lo que sufren esas personas es inmoral, inaceptable y que evitándolo se les dará un mejor futuro. Actuamos contra su felicidad puntual, sí, pero lo hacemos intentando asegurar su felicidad futura, intentando salvarles la vida o sencillamente movidos por razones morales y humanas.

El argumento de Rallo es peligrosísimo porque se basa en una amoralidad brutal donde nada importa excepto el fondo de la doctrina, que es la consolidación de un capitalismo sin interferencia del estado. Todo vale, no hay límites para nada siempre que no haya “coacción” del agente estatal. No creo que haga falta explicar que esta amoralidad es totalitaria en sí misma.
Mi amigo Alfredo Coll, buen conocedor de esta gente y excompañero suyo (perteneció al Instituto Juan de Mariana), siempre dice que si a un ultra-liberal le das dos copas y se desinhibe un poco, comenzará a defenderte cosas como la esclavitud, la violencia de género o incluso cosas peores, ya que todo lo reducen a “contratos” entendiendo éstos como que nada puede interferir en lo que dos personas acepten, independientemente de las necesidades, coacciones, engaños, miedos o daños que sufra una de ellas.
Rallo es la cara amable e ilustrada de esta idea, pero en el fondo es parte de ese mismo mundo, de hecho es uno de sus apóstoles. No digo que defienda las cosas anteriormente citadas, pero sus ideas colindan peligrosamente con la aceptación o tolerancia de cualquier barbaridad que se pueda hacer en nombre del “contrato” que dos partes puedan aceptar.

Combatir las ideas de Rallo y de sus adláteres me parece una obligación moral para quienes defendemos un mundo más justo y donde las personas no sean meros objetos de mercado, porque representa una de las posibles reacciones o contrarreformas a las que nos enfrentamos. El problema que surge aquí es cómo se hace esto ¿cómo se rebate a una persona que escribe muchísimos artículos a la semana, que hace contrarréplicas a todo por absurdas que sean, que está presente a todas horas en redes sociales y en televisión, protegido con un dogma ideológico basado en premisas irrebatibles por indemostrables, y que parece no tener vida personal más allá de su cometido? Nos encontramos con el típico perfil del predicador de una secta, incansable, imposible de hacerle recular, con un grupo de fieles que se comportan como seguidores de una religión, que no tiene límites a la hora de defender su Fe. No es fácil combatir eso.
El otro día defendía en twitter que no tiene sentido andarse con réplicas exquisitas con alguien así, que haciendo réplicas técnicas e intentando ser más serio que él no haces más que caer en su juego ¿Os imagináis que al doctor Goebbels se le hubiese intentado rebatir siendo escrupulosamente cuidadoso de no caer en ninguna de las malas prácticas de su propaganda? Como comprenderéis esa hubiese sido una malísima idea, más que nada porque los propagandistas, y Goebbels era el mejor entre ellos, tienen una técnica que se llama el “principio de renovación”, que consiste en intentar renovar continuamente la propaganda para que, cuando te estén rebatiendo, tú ya vayas un paso por delante de ellos y ya tengas a la opinión pública pendiente de otra cosa. Rallo se pasa el día escribiendo y renovando argumentarlo (aunque siempre son las mismas cuatro cosas), como vayamos por ese camino mal vamos.
Fijaos que tengo la sensación que con Rallo pasa lo mismo que con el autobús de Hazte Oír. Estos de Hazte Oír son cuatro matados que no representan más que a un sector residual de la población española, pero al final hemos sobreactuado tanto que les hemos hecho una propaganda que jamás hubieran imaginado. Con Rallo pasa lo mismo, es el hazmerreír del resto de economistas, defiende doctrinas residuales pero, al final, todo el mundo sabe quién es gracias a estas cosas.
Ojo, que hay que rebatirlo, las teorías que transmite esta gente hay que pararlas, pero no sé si lo estamos haciendo bien. Quizá habría que ser más listo y menos exquisito en lo que hacemos, por mucho que nos acusen de ad hominem y cosas así.

Finalmente, creo que debemos fijarnos en una última cosa. Rallo ha replicado a los dos escritos que he comentado al principio (el de Manu Higaldo y el de los cinco investigadores) como hace siempre, pero llama poderosamente la atención las horas. El artículo de Manu Hidalgo salió publicado a las 4:00 del día 17 de marzo, y la réplica de Rallo salió en su blog a las 7:30, tres horas y media después, bastante poco tiempo la verdad, tiempo además que la gente dedica a dormir. El segundo artículo, el de los cinco investigadores, fue publicado el 19 de marzo a las 20:00, y la réplica de Rallo, a las 5:00 del día siguiente, siendo una réplica extensa y en un medio que no es el suyo (normalmente en los medios online hay que enviar los artículos antes).
No hay que ser zahorí para darse cuenta que nuestro protagonista probablemente tenía los artículos antes de que se publicasen, porque la alternativa es que no duerma, escriba textos con múltiples referencias y datos casi de memoria, y además esté pendiente de todo a todas horas. Rallo escribe en los dos medios en los que estos artículos han sido publicados, El Confidencial y VozPópuli, así que el hecho de que le hayan sido filtrados es muy verosímil.
Las réplicas a primera hora de la mañana las ha hecho como método de taponar el debate e intentar proveer de argumentario a sus fieles antes de que cundiese el pánico. Debe ser un método de cohesión interna porque no creo que piense realmente que las críticas se pueden taponar así, pero el caso muestra hasta qué punto este hombre está obsesionado con su “misión”.

Habrá quien piense que este artículo está de más porque todos sabemos quién es Juan Rallo. Otros, cercanos al austriaco, dirán que es un ad hominem y así lo defenderán a modo de negación, y probablemente me incluirán dentro de una conspiración de esas que generan para blindarse ante la hostilidad general.
La realidad es que es un artículo que creo que hacía falta, a pesar de que puedo estar cayendo en las mismas trampas que he comentado antes. Quizá le esté dando más importancia a este hombre de la que tiene, pero ver cómo el debate público se degrada con manipulaciones tan evidentes es algo ante lo que no puedo permanecer pasivo